Capítulo 1

Regresión

La primavera había regresado.

Apartando el gélido viento del norte, la diosa de la primavera se instaló como si fuera lo más natural del mundo, tiñendo todo el Imperio Arcad con sus colores.

Ni siquiera el palacio imperial pudo escapar al poder de la diosa. Brotaron hojas verdes en las ramas cubiertas de nieve blanca, y pronto se abrieron coloridos capullos. Era el comienzo de una hermosa estación.

Los transeúntes quedaron cautivados por los colores primaverales que se extendían con tanta abundancia este año. Sin embargo, en un rincón del palacio imperial, algunos olvidaron dar la bienvenida a la diosa que había regresado, con la atención centrada en otros asuntos.

—¿Es cierto ese rumor?

Ante la voz aguda, las demás mujeres que estaban cerca asintieron con la cabeza.

—Es seguro. Un caballero de nuestra familia lo vio con sus propios ojos.

—Mi hermano menor también lo presenció personalmente.

La mujer que había preguntado si era cierto mostró consternación en su rostro ante la seguridad con la que hablaban sus amigas.

—Aun así, pensar que Lord Nergal trajo a una mujer…

Nergal. El nombre que mencionó la mujer era el del quinto príncipe de este Imperio Arcad.

Era un príncipe que nadie recordaría. Nació después de que el emperador tuviera relaciones con una mujer de una familia insignificante, apenas superior a la plebeya, en un coto de caza.

Su madre murió tosiendo sangre antes de poder recuperarse. Aunque no era una familia digna de atención, era evidente que se trataba de la obra de quienes querían eliminar cualquier posible amenaza antes de que pudiera surgir.

Aunque se trataba de la muerte de una consorte imperial reconocida formalmente, el emperador no hizo mención alguna del incidente.

Sin que se mostrara ningún interés, el niño restante bien podría haber quedado huérfano de padre. Nergal fue prácticamente abandonado en el palacio.

Pero ahora, a los 29 años, no había nadie que no supiera su nombre.

La gente decía que, si te lo encontrabas aunque fuera una sola vez, jamás podrías olvidarlo.

Algunos decían que se debía a su imponente apariencia, mientras que otros afirmaban que se debía a su intensa presencia como ministro que no mostraba ni sangre ni lágrimas.

Además, la gente no podía evitar recordarlo porque su trayectoria fue inusual.

Todos los miembros directos de la familia imperial recibían el nombre del imperio, Arcad, como apellido en el año en que cumplían quince años, cuando la ley imperial garantizaba su independencia como individuos.

Solo había dos casos en los que uno no heredaba este apellido.

Una de ellas era cuando se les consideraba no cualificados para el cargo porque eran tan deficientes que ni siquiera podían recitar correctamente las leyes básicas del imperio.

La otra situación se daba cuando se negaban voluntariamente a adoptar el nombre del imperio y renunciaban a su derecho de sucesión.

El caso de Nergal era de este último tipo.

Al principio, otros miembros de la familia real desconfiaban de él. ¿Quién sería tan insensato como para renunciar voluntariamente a lo que todos deseaban? Incluso para títulos menores surgen disputas por los derechos de sucesión. Sin embargo, allí estaba él, renunciando voluntariamente al derecho a obtener el puesto más noble.

Pero, contrariamente a las sospechas de la gente, Nergal nunca se había dejado ver en la ceremonia de sucesión de Año Nuevo hasta ahora. En cambio, solicitó que se le otorgara el cargo de ministro.

Los años pasaron así.

Ahora, en el palacio imperial, el título de ministro se había convertido en sinónimo de Nergal. Aunque había otros, él era quien tenía mayor presencia e influencia.

Nergal se había convertido en una persona que asistía a todos los asuntos importantes del Estado sin falta. Sin embargo, se centraba discretamente en su trabajo sin consolidar su propio poder. Y ahora, a punto de cumplir treinta años, se acercaba el momento en que sus derechos de sucesión llegarían a su fin oficialmente.

Los miembros de la familia real, tras confirmar que realmente no guardaba ningún apego a los derechos de sucesión y que había decidido vivir únicamente como ministro, estaban desesperados por atraer a Nergal a su bando.

Por ello, muchos deseaban ocupar el puesto a su lado.

Por lo general, los miembros de la familia real se comprometían desde la infancia. Pero Nergal no había establecido vínculos con ninguna familia hasta ahora.

Casi a diario, recibía innumerables propuestas de matrimonio sobre su escritorio, pero él encargaba a su asistente que enviara las respuestas de rechazo.

Al principio, la gente pensó que estaba siendo precavido. Pero a medida que pasaban los años sin que se hablara de matrimonio, ni siquiera de una relación casual, los rumores volvieron a circular.

Se decía cosas como que le entusiasmaban más los documentos que las mujeres, o que ni siquiera podía tener una erección.

Sin importar lo que dijera la gente, él parecía indiferente. ¿Y ahora, de repente, se hablaba de una mujer?

En los ojos de las mujeres allí reunidas se reflejaban emociones complejas. Lo primero que les vino a la mente fue la curiosidad. Era alguien que se centraba exclusivamente en el trabajo, sin mostrar emoción alguna, hasta el punto de que se decía que tenía hielo y hierro en las venas en lugar de sangre. Un hombre así había traído a una mujer por primera vez.

Cuando sus pensamientos llegaron a este punto, la emoción que surgió fue la cautela.

—Si el príncipe Nergal ahora tiene una mujer a su lado, seguramente hay un motivo.

—¿A qué familia podría pertenecer? ¿Quizás a una familia que, tardíamente, había puesto sus ojos en el trono? Si no, tal vez a una familia con estrechos vínculos con un príncipe al que apoyaban.

Un profundo silencio se apoderó de ellos, pero nadie se atrevía a hablar con facilidad. Todos tenían la mente acelerada.

En ese preciso instante, se oyeron murmullos cerca. Los que estaban allí reunidos inmediatamente voltearon la cabeza.

—¡Es Su Alteza Nergal!

Alguien habló al ver el color dorado, claramente visible incluso desde lejos. Las mujeres allí reunidas movieron rápidamente los pies. No solo ellas. Otras también, al descubrir a Nergal, se acercaron.

A medida que se acercaba, la gente contuvo la respiración.

Nergal había heredado por completo la belleza de su madre. Pero nadie se atrevía a decir que se parecía a ella. Si bien la belleza era de su madre, ni en su estatura (al menos un palmo más alto que los demás) ni en sus anchos hombros se podía apreciar la fragilidad de su madre.

Los ojos de quienes lo observaban se nublaron. Incluso aquellos acostumbrados a las numerosas bellezas del palacio imperial se quedaban sin palabras al ver a Nergal.

Quienes habían estado mirando a Nergal sin prestarle atención pronto notaron que su apariencia era diferente a la que recordaban. Era el mismo Nergal de siempre. El atuendo formal impecable, sin una sola arruga. El andar mesurado que podría confundirse con el de un caballero. Y sin embargo…

«¿Por qué?»

¿Qué era lo que lo hacía diferente y particularmente cautivador hoy en día?

Mientras se preguntaban confundidos qué era exactamente lo que había cambiado, se oyó un murmullo.

—¿Lord Nergal está… sonriendo?

Al oír esas palabras, la gente comprendió tardíamente qué les había provocado esa sensación de incongruencia.

Siempre que se mencionaba el nombre del príncipe Nergal, la gente recordaba su expresión fría, y era imposible descifrar lo que estaba pensando.

Había sido así desde niño. Alguien que simplemente observaba con una mirada fría, como si careciera de emoción.

Ni siquiera frunció el ceño ante las burlas de mal gusto que insultaban a su madre o a él mismo. Los demás príncipes que lo habían atormentado finalmente se rindieron, cansados ​​de su falta de reacción, incluso menor que la de una muñeca.

Incluso al crecer, esa naturaleza no cambió. Muy rara vez hacía sonidos burlones, pero incluso esos casos se podían contar con los dedos de una mano.

En cualquier caso, nadie había visto sonreír a Nergal. Sin embargo, ahora, el Nergal que pasaba lucía una sonrisa amable que nadie había visto antes. Naturalmente, las miradas de la gente seguían su línea de visión. La persona a la que Nergal miraba…

La sorpresa se reflejó en los rostros de quienes habían desviado la mirada para seguir la de Nergal. Había una mujer a su lado.

—¿Quién es… esa mujer?

Una hermosa mujer a la que nunca habían visto antes caminaba junto a Nergal, tomándole de la mano.

Nergal recorrió brevemente con la mirada a la gente atónita antes de volverse hacia un lado. Allí estaba una mujer con expresión tensa y rígida, agarrándole la mano. Bajó un poco la cabeza y le susurró al oído.

—¿Lo ves? Te dije que nadie te reconocería, Iru.

Ante las palabras de Nergal, Iru giró ligeramente la cabeza para mirar a quienes se habían acercado.

No podían acercarse fácilmente al lado de Nergal, tal como Iru «recordaba».

Era una escena familiar para Iru. Ella también siempre había visto a esas personas dentro del palacio.

Pero quienes la conocían no la reconocieron en absoluto.

«Aunque es natural, sigue siendo sorprendente».

Apartando la mirada de las miradas de la gente, Ir miró la mano que Nergal sostenía.

Brazos largos y delgados, piel tan clara que parecía no haber estado expuesta jamás al sol, sin una sola imperfección. Además, manos tan suaves que parecían no haber sostenido jamás nada más pesado que una sombrilla, sin un solo callo.

Aunque lo veía todos los días, seguía pareciéndole increíble.

«Pensar que estas son mis manos».

Recordaba claramente su aspecto original.

Desde niña, sus manos habían estado cubiertas de callosidades de tanto practicar con la espada, hasta que se le reventaban las ampollas y sangraban.

Su piel era más oscura que la de los caballeros más experimentados, pues nunca faltaba a los entrenamientos, ni siquiera en el sofocante verano. Sus músculos fuertes eran incomparables a los de otros caballeros, y las innumerables cicatrices acumuladas desde la infancia seguían siendo incontables.

Y sobre todo…

La mirada de Iru se detuvo en su codo.

En la mansión en llamas, ella alzó el brazo para detener una columna que caía. La columna en llamas le aplastó el brazo, causándole quemaduras graves. El médico frunció el ceño, diciendo que tal vez sería mejor amputarle el brazo, dada la horrible herida que le había quedado.

No era solo el brazo. Su rostro y la mitad de su cuerpo presentaban claras marcas de quemaduras, y sin embargo…

 

Athena: Hola, ¡hola! Pues aquí tenemos un nuevo comienzo con otra historia. ¡Veamos cuánto drama y sobre todo, buena trama encontramos aquí! Ya de momento parece que Nergal va a ser interesante. Y a ver cómo es Iru.

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Capítulo 2