Capítulo 125
Millard, medio llorando, se acurrucó desesperadamente en la silla-cama pegada a la pared. Pero la pequeña cama de la prisión era demasiado pequeña para sostener todo su cuerpo.
—¡Aléjate! ¡Aléjate de mí! ¡No te acerques!
Millard les gritó a las ratas que husmeaban cerca de su cama. No se atrevió a patearlas ni a agitar las manos, temeroso de tocarlas, así que simplemente alzó la voz.
Eso solo agravó el ruido. Su voz estridente resonó en los muros de la prisión como una campana. Finalmente, estallaron las quejas de los presos de las celdas cercanas.
—¡Ah, qué ruido! ¿No puedes callarte?
—Si tanto te preocupa, ¿por qué no atrapas a las ratas? ¿Cuántas horas han pasado?
—Ah, como era de esperar, un noble señor no puede tocar una rata, ¿eh?
—¡No te preocupes! ¡Que te muerdan no te va a matar!
La risa burlona de los demás prisioneros se filtraba a través de los barrotes de hierro. Aunque aterrorizado por las ratas, Millard se enfureció al oír las risas dirigidas a él.
—¡Cómo os atrevéis a hablar así delante de mí! ¡Guardias! ¡Guardias! —gritó Millard tan fuerte que toda la prisión resonó con su voz.
Finalmente, un guardia, con el rostro lleno de irritación, se acercó perezosamente a la celda de Millard y se paró frente a la puerta.
—¿Qué?
—¡Soy un noble! Se supone que los nobles tienen sus propias celdas privadas. ¿Por qué me han traído aquí? ¡Trasládenme a otra habitación de inmediato!
—Como te dije antes, el capitán ya envió una solicitud a los superiores. Un intento de parricidio es un caso bastante inusual. Una vez tomada la decisión, decidirán si te trasladan o no. Así que, cállate.
—¡Tú…! —Millard quiso seguir discutiendo, pero las palabras «intento de parricidio» le entristecieron. Con el rostro pálido y mordiéndose el labio, el guardia regresó a su puesto sin pensárselo dos veces.
El temblor en sus manos comenzó a extenderse por todo su cuerpo. Millard se sentó en la pequeña cama, abrazándose las rodillas y temblando violentamente. El hábito nervioso de morderse las uñas, que creía haber superado de niño, resurgió. En la estrecha prisión, el sonido irregular de Millard al morderse las uñas resonaba débilmente.
«Ojalá. Ojalá no me hubieran pillado...»
Lo que atormentaba a Millard no era el hecho de haber intentado matar al vizconde, sino que otros lo hubieran presenciado. Millard apretó los dientes; sus ojos inyectados en sangre se llenaron de rabia.
Solo unos minutos más. Si hubiera tenido solo unos minutos más, el vizconde Sudsfield habría muerto, y Millard se habría convertido en el dueño de la mina de diamantes Opera y se habría casado con Rebecca.
Sí. Justo cuando estaba a punto de lograrlo, el sonido de una ventana rompiéndose despertó a los sirvientes.
—¿Quién demonios…?
Millard estaba convencido de que alguien había interferido deliberadamente en su plan. Cuando lo arrastraron a prisión, gritó para que alguien investigara la ventana rota, pero era imposible saber si los insensatos sirvientes de la finca del vizconde le habían escuchado.
Sobresaltado por el chillido de las ratas, Millard enterró su cara en sus rodillas y sollozó.
Al cabo de un rato, se oyeron pasos y apareció el mismo guardia, esta vez con una llave. La cabeza de Millard se sobresaltó al oír el sonido de la cerradura girando y la puerta abriéndose.
El guardia entró en la habitación, esposó a Millard y le indicó con la cabeza la puerta.
—El capitán quiere verte. Sígueme.
Solo entonces el rostro de Millard recuperó algo de color. Supuso que lo estaban usando como excusa para trasladarlo a otra habitación, lejos de las quejas de los demás prisioneros. Con esa esperanza, siguió al guardia fuera de la prisión subterránea y subió a la planta baja. Aunque solo llevaba dos días en la celda subterránea, el aire fresco de la superficie le resultaba abrumadoramente refrescante. Siguió al guardia por el pasillo hasta el otro extremo del primer piso.
—Traje a Lord Sudsfield. —El guardia llamó a la puerta y habló en voz baja.
Millard parpadeó sorprendido.
«¿De verdad quería verme el capitán? ¿Por qué?»
Mientras permanecía allí, confundido, la puerta se entreabrió y apareció un hombre. Le entregó al guardia una pequeña bolsa. En el silencioso pasillo, resonó el tenue tintineo de las monedas.
—Buen trabajo.
—¡G-Gracias!
—Espere aquí un momento. Tú, entre.
Sin decir palabra, el hombre metió a Millard en la habitación.
Millard, tratando de recordar dónde había visto el rostro familiar de aquel hombre, se encontró tropezando al entrar en la habitación.
La puerta se cerró con un ruido pesado detrás de él. Ese ruido sacó a Millard de sus pensamientos y se giró para mirar hacia adelante con los ojos muy abiertos.
—¿Primera princesa?
De pie en la habitación, todavía con uniforme blanco y capa, como si acabara de regresar, estaba Rebecca. Al verla, el rostro de Millard se iluminó.
«¡Está aquí para salvarme! ¡Debió de haber regresado tan rápido al enterarse de mi encarcelamiento que ni siquiera tuvo tiempo de cambiarse de ropa!» Millard pensó esto. Después de todo, ¿no era todo lo que había hecho por ella? Ella había querido casarse con él en cuanto se convirtiera en el cabeza de familia.
Millard aún recordaba el beso que habían compartido. La forma en que ella lo había mirado con cariño...
—Lord Sudsfield.
Pero la voz de Rebecca era más fría que el frío de las paredes de la prisión.
Ante ese sonido, una creciente sensación de inquietud comenzó a apoderarse de él. Millard intentó forzar una sonrisa, aunque le temblaban los labios. Dio un paso tembloroso hacia Rebecca.
—Por qué… ¿Por qué me miráis así?
Millard no quería creer que la mirada gélida de Rebecca estuviera dirigida a él. Su voz temblaba al hablar, pero entonces la emoción lo dominó y alzó la voz.
—¡Todo fue por vos, Su Alteza! ¡Todo lo que hice fue por vos! Dijisteis que no consideraríais un matrimonio sin reconocimiento formal...
—¿Cuándo dije yo eso?
—¿Qué?
Las palabras de Rebecca fueron como un golpe de gracia, derribando a Millard al borde de un precipicio. Su corazón se desplomó.
Rebecca retrocedió un paso al ver a Millard acercarse. Con una fría mueca de desprecio, lo miró con desdén.
—¿Intentas insinuar que te ordené matar al vizconde Sudsfield? ¿Cómo te atreves a culpar de tu crimen a un miembro de la familia imperial?
—¡Su Alteza! ¡¿Qué estáis diciendo?!
Millard, en shock, intentó alcanzar a Rebecca. Pero llamas blancas brotaron del suelo entre ellas, formando un semicírculo. Millard, incapaz de cruzar las llamas ardientes, se quedó paralizado.
Rebecca chasqueó la lengua con lástima mientras lo observaba.
—Lord Sudsfield, nunca imaginé que estarías tan cegado por el poder como para intentar matar a tu propio padre. ¿Cómo pudiste hacer algo así?
—¿De qué habláis? Fue Su Alteza quien me dijo que me convirtiera en el cabeza de familia...
—Nunca dije eso. Fue un malentendido tuyo.
Se sentía como si alguien le hubiera puesto la mano alrededor del cuello.
Mientras Millard rebuscaba desesperadamente en sus recuerdos, se dio cuenta de que Rebecca nunca le había dicho que usurpara al vizconde y se convirtiera en el cabeza de familia. Pero ya no había forma de demostrarlo. Sus piernas cedieron y se desplomó en el suelo.
Rebecca lo miró, aturdida, por un instante con una expresión indescifrable, y luego murmuró en voz baja:
—Espero que en la otra vida podamos encontrarnos en mejores circunstancias.
—Ah… —Un débil gemido escapó de los labios de Millard.
Sin pensarlo dos veces, Rebecca se dio la vuelta y salió de la habitación. Tras marcharse, el guardia regresó para llevarse a Millard a su celda, pero durante un buen rato, permaneció desplomado en el suelo, inmóvil.
Athena: Bueno, este pena no me da precisamente.