Capítulo 142
Dietrich cayó en una profunda reflexión tras comprar el anillo.
Era la primera vez que se sentía tan completamente cautivado por alguien, como si no pudiera vivir sin ella.
Le aterraba que ella pudiera romperse si la sujetaba con demasiada fuerza, pero al mismo tiempo temía que se le escapara más rápido que la arena si aflojaba el agarre.
Se preguntaba cómo su vida había llegado a ese punto.
Esa pregunta sin respuesta permaneció en el aire hasta que volvió a visitar su pequeña cabaña.
Con una sonrisa radiante, entró en su espacio como si fuera el suyo propio.
Deseaba ver esa sonrisa más a menudo; le brindaba un inmenso consuelo.
Su vida siempre había sido como caminar sobre el filo de una navaja, requiriendo una precaución constante para evitar cortarse.
Durante mucho tiempo, solo ese retrato había dado color a su existencia, por lo demás gris. Al ver por primera vez esos colores vivos, quedó encantado. Cuando ella aceptó la horquilla que él le regaló, fue como si también le hubiera dado color a él.
Incluso de adulto, su sonrisa le hacía sentir especial, igual que cuando era niño.
La noble joven, sin saber quién era él en realidad, se había inclinado una vez para besar a un hombre vestido con ropas andrajosas.
Quizás incluso lo amaba.
¿Por qué no podía estar seguro?
No tenía ni idea de lo que le esperaba.
Lo que siguió fue una de las tragedias más desgarradoras de su vida.
Cuando descubrió su verdadera identidad, lo abandonó.
—No volveré aquí jamás.
Ella conocía su situación desde el principio. Era un autoengaño suyo pensar lo contrario.
Detrás de sus amables sonrisas, ella había calculado su valor hasta el más mínimo detalle. El veneno que se escondía bajo la superficie simplemente había pasado desapercibido para él.
—¿Un paladín caído en desgracia? Imagina cómo me vería el mundo si me quedara contigo.
Sus palabras reabrieron sus viejas heridas, igual que el templo lo había hecho en su juventud. Cada frase removía su trauma.
Sin embargo, sabía que no era enteramente culpa suya. En aquella época, ser excomulgado era señal de desgracia.
Era lógico que ella no pudiera aceptar a alguien como él.
Pero el resentimiento llegó de todos modos.
En una ocasión, ella se inclinó para besar al hombre con túnicas andrajosas.
¿A quién había besado realmente entonces? ¿Al hombre de las túnicas o a la figura radiante envuelta en gloria dorada?
A pesar de su amargura, las palabras que escaparon de sus labios fueron disculpas cautelosas, como si fuera un criminal que busca el perdón.
Durante el tiempo que pasaron juntos en la cabaña, habían construido una frágil felicidad. Para protegerla, él se arrodillaba, inclinándose siempre para encontrarse con su mirada.
En cada ocasión, ella encontraba un extraño consuelo en su deferencia.
Esta vez no fue diferente, pero su expresión no ofreció consuelo alguno.
En todo caso, ella lo miraba como si él hubiera destrozado su paz, como si fuera un destructor monstruoso.
Se había engañado a sí misma, fingiendo desconocer su identidad, afirmando amarlo y desempeñando el papel de amante.
Todo fue una mentira.
—No puedo casarme contigo. Así que no volveré más aquí.
En ese momento, se arrodilló ante ella —el acto más lamentable y degradante de su vida— y le suplicó.
Pero nunca miró atrás.
Su breve amor terminó como un fugaz sueño de verano.
Se derrumbó como un castillo de arena arrasado por una tormenta.
En aquel momento, él no sabía que ella regresaría.
Dietrich creía tener un don para sembrar la tragedia allá donde iba.
Y cuando ella regresó, marcó el comienzo de otra desilusión, una que lo destrozaría de nuevo.
[“Oso de peluche viejo pero que no sufre de olvidos” Progreso: 32%]
Ella lo dejó atrás.
Poco después, se difundió la noticia de su compromiso.
La prominencia de su familia hizo que el anuncio fuera inevitable, y todos en la región lo sabían.
Todos, excepto el hombre que se había refugiado en la cabaña, quien se enteró demasiado tarde.
Los días y las noches transcurrían sin que nadie se diera cuenta, mientras él permanecía confinado en el pequeño espacio, inmóvil.
No recordaba haber sentido jamás tal desesperación.
El vacío que había dejado era insoportable. Ni siquiera pudo abrazar los fragmentos de su corazón roto, y su mirada permaneció perdida.
La lluvia caía sin cesar.
Cuando finalmente oyó el débil sonido de pequeños pasos que se abrían paso por el sendero fangoso hacia su cabaña, salió de su ensimismamiento.
Cuando ella solía visitarlo, él se sentaba junto a la puerta todo el día como un perro esperando a su amo.
Su visión borrosa se fijó ahora en la puerta, como si hubiera regresado a aquellos días.
Sabía que no podía ser ella.
Y, sin embargo, el sonido de los pasos se acercaba. El hombre intentó ignorar el eco húmedo en sus oídos.
Ella no iba a volver. Lo había abandonado. Él no valía nada.
Entonces, afuera, la manija de la puerta se movió como si alguien intentara abrirla. La puerta se sacudió con urgencia mientras una mano desesperada tiraba de ella.
Las bisagras, de aspecto endeble, se mantuvieron firmes, negándose a ceder.
El hombre, con la mirada perdida en la puerta, se movió como hipnotizado. Abrió el pestillo.
De pie en el umbral, empapada por la lluvia, estaba su amor perdido.
—¿Por qué… has venido aquí?
¿Qué pudo haber sentido en ese momento?
—…Ayúdame.
Para alguien desterrado, aferrarse a la esperanza de permanecer a su lado ya era bastante cobarde.
Pero que ella, que lo había abandonado precisamente por eso, regresara ahora era aún más desvergonzado.
—Me enteré de la noticia. Te casas pronto.
—¿Lo oíste?
Su rostro estaba pálido.
Tras anunciar abiertamente su intención de casarse con otro hombre y marcharse…
—Vuelve.
—¿De… verdad no te preocupan las noticias?
—¿Qué intentas decir?
Había pasado incontables días contemplando el cielo cambiante, perdiendo la noción del tiempo tras escuchar la noticia, pero su voz era fría.
Esta mujer, que siempre se había preocupado tanto por su aspecto, había cruzado el bosque bajo la lluvia sin paraguas. El barro le había manchado los zapatos y el dobladillo del vestido.
Se preguntaba cuál sería su historia, pero no creía tener derecho a que le importara.
—Me quieres, ¿verdad?
¿Sabía ella cuánto le había dolido aquella simple frase?
Qué egoísta era.
Qué tonto fue al amarla de todos modos.
—Y ahora me han descartado —respondió.
—¿Sabes siquiera con quién me voy a casar?
—No me importa.
Sin palabras, se limitó a mirarlo fijamente. Afuera de la cabaña, permaneció bajo la lluvia durante un largo rato.
Sus labios, teñidos de azul, temblaron. Bajó la cabeza, ocultando su rostro.
—De acuerdo, me voy.
Se dio la vuelta y desanduvo el camino por el que había venido, con la ropa mojada pegada a su cuerpo tembloroso.
El hombre cerró la puerta con llave. Durante un buen rato, no soltó el pomo, como si se contuviera para no correr tras ella.
Quizás, durante el resto de su vida, no volvería a abrir esa puerta. No podía.
Al menos, así debería haber sido.
Al día siguiente, los caballeros de su familia llegaron a la cabaña.
Ella regresó.
Esta vez no llovía, ni era de noche. El sol brillaba con fuerza y el cielo estaba en su máximo esplendor.
La luz del sol que se filtraba entre las sombras del exterior solo contribuía a que se sintiera aún más miserable.
—¿Qué le pasó a tu cara?
Entró en la cabaña sin ser invitada y formuló la pregunta.
—¿Y por qué estás aquí otra vez?
—Esa herida... ¿alguien te golpeó? ¿Fue Johannes…?
Ella extendió la mano hacia su rostro herido, pero él la apartó de un manotazo.
—Déjalo.
Ella lo había abandonado una vez.
Temía darle algún significado a sus acciones, temía tener esperanzas en vano. Sin embargo, lo sabía. Incluso ahora, su regreso no significaba que se quedara con él.
—Descubrí algunas cosas sobre ti. Oí que te negaste a ir a la guerra. Si no te hubieras negado, no te habrían excomulgado.
—¿Estás diciendo que debería volver a la guerra?
—Sí.
Mirándolo fijamente, pronunció sus crueles palabras sin dudarlo, plenamente consciente de la expresión en su rostro.
—Vete a la guerra, Dietrich. Si aún me amas.
En ese momento, su descaro era casi asombroso.
Cuando descubrió su verdadera identidad, lo dejó de lado. Ahora, sin remordimientos, pisoteaba su orgullo herido.
—¿Alguna vez me amaste de verdad?
Siempre se lo había preguntado. Ella se le había acercado atraída por su gloria.
¿Alguna vez lo amó, aunque solo fuera un poquito?
—…Sí.
Su corazón dio un vuelco al escuchar su respuesta, pero ella rápidamente destrozó sus esperanzas.
—Me encantaba tu versión perfecta. Eso también era amor.
—Si eso es lo que es tu amor, entonces, tal como soy ahora, supongo que no soy digno de él.
Sus frías palabras la hicieron estremecerse por un instante, pero volvió a encontrarse con su mirada.
Debía de estar loca.
Porque no podía resistirse a su mirada, como siempre.
—Si me prometes que volverás, haré lo que quieras.
Una vez más, se aferró a ella desesperadamente.
Cegado por el amor que sentía por ella, el tonto fue traicionado una vez más.
Esta vez, casi le cuesta la vida.
Por su culpa, sufrió una grave lesión en uno de sus ojos, llegando casi a perder la vista por completo.
—¿Por qué no te has muerto todavía?
Cuando regresó con vida, esas fueron las palabras con las que ella lo recibió.
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Athena: Emmm… por favor, si sabiendo este pasado se pretendía que empatizase con Charlotte o algo, no lo va a conseguir. Solo me hace ver que Dietrich fue un pobre desgraciado inocente y tonto por una mujer que no merece nada. Sí, entiendo el contexto de ella, pero estar en una situación precaria no deja de lado que sea una mierda de persona.
Para mí el final bueno de esta historia sería que él pudiera liberarse de toda esta mierda y avanzar. Y que Noah también pudiera seguir adelante. Que eso, joder, también me da rabia. Claramente es hijo de Dietrich también, pero solo ayuda a Charlotte y no ha ido de frente con Dietrich.