Capítulo 9
Bajo el suave resplandor de la luz de la luna, Kazerre se tensó instintivamente al observar más de cerca a la mujer que se había acercado.
Esos ojos verdes... ya los había visto antes.
Un recuerdo que ni siquiera se había dado cuenta de que aún conservaba afloró, vívido, como las hojas verdes e inquebrantables de un árbol antiguo que había perdurado a través de todas las estaciones.
—¿No nos hemos visto antes, hace un tiempo, en el distrito comercial de Morbe?
Una voz llena de seguridad lo alcanzó. Sus tranquilos ojos verdes brillaban, frescos y luminosos como hojas de primavera que brotan.
Sin apartar la mirada, Kazerre respondió:
—Usted es la señorita que paseaba sola y con mucha confianza por el distrito comercial de Morbe.
Aunque no era su intención, su voz resultó inesperadamente suave.
—¡Oh, Dios mío, tenía razón!
Radiante, la mujer aplaudió con alegría. Sus delicadas facciones se iluminaron con una sonrisa, que le recordó a un lirio floreciendo bajo el cielo nocturno.
—Me alegra mucho verlo de nuevo. Siempre me he sentido culpable por no haberle expresado mi gratitud como es debido en aquel entonces, pero el destino me ha dado otra oportunidad. ¡Qué alivio!
—Simplemente hice lo que cualquiera debería hacer. No hay por qué preocuparse —respondió Kazerre secamente. No estaba siendo modesto; solo había hecho lo que se esperaba de él, y no había razón para que se le agradeciera.
Pero la mujer no se dejó disuadir fácilmente.
—Por favor, no diga eso. Aunque en ese momento estaba demasiado nerviosa como para preguntarle su nombre, no soy de las que olvidan una deuda de gratitud. —Juntó suavemente las manos delante de la cintura e hizo una reverencia con gracia—. Le pido disculpas por el retraso en el saludo. Mi nombre es Clonay Huster. Una vez más, le agradezco sinceramente por haberme salvado aquel día.
Enderezando su postura, Clonay sostuvo la mirada de Kazerre.
Ahora era su turno de presentarse. Ella lo observaba expectante, con los ojos brillantes de anticipación ante la oportunidad de un intercambio formal de nombres.
Kazerre ya podía predecir su reacción al oír su nombre: ojos muy abiertos, una apresurada muestra de cortesía formal, tal vez incluso un silencio repentino al recordar inevitablemente a la mujer asociada con él.
Por alguna razón, se sentía reacio a compartir su nombre con ella.
Era una sensación extraña. La profecía que lo envolvía a él y a Aveline llevaba mucho tiempo arraigada en la conciencia del imperio, tan natural e inevitable como la salida del sol durante el día y la de la luna durante la noche.
Ya no tenía por qué preocuparse por eso.
Sin embargo, una extraña sensación se apoderó de él, áspera y seca, como un bocado de arena.
—…Kazerre Evuteren.
Pero no podía ignorar una presentación formal cuando ella ya se había presentado. Al final, dijo su nombre.
—Oh…
Como era de esperar, los ojos de Clonay se abrieron de par en par con sorpresa, y su mano derecha se cubrió instintivamente la boca.
Kazerre simplemente sostuvo su mirada en silencio, comprendiendo su reacción.
Entonces, con serena elegancia, Clonay recogió sus faldas e hizo una profunda y elegante reverencia.
—Le pido disculpas por no haber reconocido a una figura tan noble como Su Gracia, el duque de Evuteren. Es un honor conocerle.
Su voz había adquirido un tono más mesurado y formal.
Se desenvolvía con la elegancia y el refinamiento de una figura de un retrato antiguo. A diferencia de las deslumbrantes damas de la alta sociedad, su sencillez solo realzaba su elegancia clásica.
—El honor es mío, Lady Huster.
Kazerre devolvió el saludo con la misma formalidad cortés y mesurada.
Fue un intercambio sencillo, pero la compostura de Clonay flaqueó ligeramente. Parpadeó sorprendida antes de preguntar:
—¿Conoce a mi familia?
—¿No está ubicada cerca de las Momtañas Gilt?
Ante esto, su rostro se iluminó con pura alegría, como si le complaciera que su familia fuera conocida.
—Sabe bastante. ¿Ha estado antes en Gilt?
—No. Pero he oído hablar de ello —respondió Kazerre, apretando los labios con firmeza. No era un recuerdo que le agradara.
—Aveline, ahí no. Aquí.
—¿Aquí?
—Sí. Aquí es donde cayó la undécima estrella.
Era una época en la que estaba profundamente enamorado del romanticismo del destino, creyendo que era algo predestinado por los dioses.
Por aquel entonces era solo un niño, y el mero sonido de la palabra destino le resultaba embriagador.
Kazerre solía repasar el comienzo de su historia con Aveline, en mapas, en libros de historia, incluso en textos sagrados, maravillándose de lo predestinado que parecía estar su vínculo.
Aquella época de juventud y, por lo tanto, de insensatez.
Ahora comprendía que un destino decidido por los dioses no siempre era una bendición, del mismo modo que Aveline ya no era la dulce chica que él había conocido.
—¿Regresó a casa sana y salva ese día?
Kazerre buscó deliberadamente una pregunta para desviar la conversación. Clonay, tímidamente, se cubrió una mejilla con la palma de la mano antes de responder.
—Gracias a usted. Tomé un carruaje enseguida y llegué a casa sin problemas. Sin embargo, no terminé mis recados, así que tendré que volver pronto.
—Sería mejor que la próxima vez le pidiera a alguien que conozca la zona que la acompañe. Es un lugar bastante complicado.
—Sí, lo haré. Ese día me di cuenta de lo poco acogedor que puede ser el distrito comercial de Morbe para alguien que lo visita por primera vez. —Clonay sonrió con dulzura, una sonrisa cálida y tierna, como si recordara algo preciado—. En realidad, estaba comprando un regalo para mi tía. Como me quedaré con ella después de venir a la capital, quería expresarle mi gratitud. Pero al final, terminé recurriendo a ella una vez más.
A pesar de sus palabras, no parecía preocupada ni desanimada, como una invitada indeseada que se queda más tiempo del debido. Había un encanto especial en las mujeres verdaderamente queridas, algo que tranquilizaba a quienes las rodeaban.
—Dudo que ella lo vea de esa manera.
Fue una respuesta amable. Inesperadamente amable, viniendo de un hombre que se había mostrado indiferente tanto entonces como ahora, lo que hacía que su amabilidad fuera aún más valiosa.
Los ojos de Clonay se abrieron ligeramente con sorpresa. Luego, tras un instante, preguntó con una sonrisa radiante:
—¿Cree eso?
Era una sonrisa pura y radiante, una que disipó la inquietud que aún persistía en sus pensamientos.
En lugar de responder, Kazerre se limitó a observarla en silencio. Mantuvo su mirada fija un poco más de lo habitual, hasta que su risa se apagó y un incómodo silencio se instaló entre ellos.
Incluso él mismo consideró que sus acciones no eran propias de él.
¿Por qué?
¿Eran esos ojos verdes los que no dejaban de llamar su atención?
Esa sensación, como si los muros que había construido con tanto cuidado se estuvieran derrumbando lentamente, ¿qué era?
Mientras Kazerre se hacía preguntas a sí mismo, Clonay también continuó sosteniendo su mirada sin apartarla.
O, mejor dicho, no podía apartar la mirada.
Aunque su rostro ardía de ira bajo su mirada, no sintió ningún deseo de apartar la vista primero.
En ese preciso instante, un profundo tañido resonó en la distancia. Era el sonido del reloj de la torre del gran templo, que sonaba cuatro veces al día para anunciar las horas de oración.
Como alguien que despierta de un sueño, Clonay parpadeó y luego miró hacia el Salón Elysia.
Era hora de irse.
—No me había dado cuenta de que ya era tan tarde.
Incluso mientras hablaba, su voz estaba teñida de arrepentimiento.
—Hoy ha sido un día de mucha suerte. Volví a encontrarme con mi salvador, descubrí que mi salvador no es otro que el duque de Evuteren, e incluso supe que Su Gracia prefiere un paseo tranquilo a un gran banquete, igual que yo.
Sus palabras fluían con naturalidad, como si estuviera confesando algo tierno; elegía las frases más bellas, transmitiendo con cuidado lo mucho que significaba para ella aquel encuentro.
¿Había llegado a él su sinceridad?
Las comisuras de los labios de Kazerre, que habían sido firmes como el acero, finalmente se suavizaron hasta convertirse en una leve curva.
—Fue un placer conocerla, Lady Huster.
Una simple despedida, pero con su elegante sonrisa, fue más que suficiente.
Clonay se levantó ligeramente la falda e hizo una reverencia, intentando contener las emociones que bullían en su interior.
—El honor fue mío, Su Gracia. Espero que el destino nos permita encontrarnos de nuevo.
Finalmente, Clonay se dio la vuelta y dio un paso lento hacia adelante.
Ahora sí que tenía que marcharse. Sabía que alejarse con elegancia era la forma apropiada para que una dama pusiera fin a un momento así.
Pero su corazón se negaba a seguirla.
Se quedó allí, vacilante, mirándolo de reojo.
Ojalá pudiera volver, ojalá pudiera hablar con él un poco más.
Quizás ese anhelo le pesaba en los pasos. Justo cuando pensó que se había alejado con aplomo, tropezó torpemente.
—¡Ah…!
Soltó un pequeño jadeo al inclinarse su cuerpo hacia adelante, perdiendo el equilibrio.
Instintivamente, cerró los ojos con fuerza, preparándose para el dolor que se avecinaba.
Pero no sintió dolor.
En cambio, algo firme pero suave la rodeó por la cintura y la enderezó.
—¿Está bien?
La voz grave, cargada de preocupación, le provocó un escalofrío en los oídos.
Solo entonces Clonay abrió los ojos con cautela.
El rostro que le había parecido tan distante estaba ahora justo delante del suyo, mirándola fijamente.
Más allá de sus anchos hombros se extendía el vasto cielo nocturno.
Sus pies ya no tocaban el suelo.
La fuerza en su agarre la mantenía firme.
El aroma fresco y nítido permanecía en la punta de su nariz.
Todo estaba claro.
Y, sin embargo, no llegó a comprenderlo del todo, porque lo único en lo que podía concentrarse era en sus ojos.
Unos ojos tan hipnotizantes que despertaban el deseo de tocarlos, incluso sabiendo que no le pertenecían.
Esos ojos violetas iridiscentes, absolutamente cautivadores, hicieron que su corazón temblara de una manera que no podía comprender.
Sin darse cuenta, dejándose llevar por esa emoción inquieta, Clonay levantó una mano...
—¡Kazerre!
Un grito agudo rasgó el espacio que los separaba como una cuchilla que corta limpiamente la seda.
Athena: Bua, es una escena de cuento total súper linda… Chicos, voy a sufrir con esta historia. Porque la prota es la mala, la malaaaaaaa.