Capítulo 120

—Puede que parezca una historia increíble... pero tú moriste en el pasado. Yo también fui asesinada en el mismo lugar donde te decapitaron. Y cuando abrí los ojos, me encontré cinco años atrás… He regresado.

Era una historia difícil de creer. Haber regresado del pasado, ¿quién lo creería?

Mientras lo contaba todo, parecía una historia trivial. La historia de haber tenido creencias erróneas y finalmente ser decapitado por ellas. En cierto modo, podría considerarse un cuento bastante común. Pero Kayden escuchó esa historia lastimosa sin perder el aliento.

—…Así fue como sucedió.

Vacilante pero decidida a terminar su relato, Diana bajó la mirada y apretó los labios.

¿Qué expresión tenía Kayden en ese momento? Quería saberlo, pero al mismo tiempo, no quería verla.

Antes de escuchar esta historia, quizá creía comprenderla por completo. Claro que eso no significaba que Diana subestimara o ignorara su determinación. Pero se trataba de la muerte. Un fin eterno. La conclusión de la vida. Aunque el tiempo hubiera retrocedido, como si nunca hubiera sucedido, el hecho de que Diana, impulsada por creencias erróneas y la codicia, hubiera llevado a Kayden a la muerte permanecería como una cicatriz indeleble en su corazón.

¿Cuántas personas podrían tratar a alguien de la misma manera después de enterarse de algo así? Quienes podían no eran comunes, y para la mayoría, sería natural sentir al menos un poco de incomodidad. Pero saber algo y no querer aceptarlo era diferente. Aunque su mente le decía que debería entender si Kayden la miraba con una calidez distinta a la de antes, su corazón se negaba a confirmarlo con sus propios ojos.

—Diana. —Una voz baja se instaló en su oído.

Diana, como una pecadora, mantuvo la mirada baja, esperando las siguientes palabras. Y, como siempre, Kayden desafió sus expectativas.

—Lo lamento.

—¿Qué?

No había forma de que no pudiera levantar la cabeza con esas palabras. Diana la levantó de golpe. Lo que vio fue un rostro contraído por la tristeza, como al borde de las lágrimas.

Mientras Diana se esforzaba por comprender lo que veía, una mano temblorosa le acarició suavemente el cuello. Probablemente justo donde la cuchilla la había cortado.

—Debiste sentirte muy agraviada y… Debió haber sido aterrador. —La voz de Kayden era espesa, como si estuviera sumergida en el agua.

Esa expresión, esa voz... le arrancaron aún más lágrimas que antes. De repente, la cara y las rodillas de Diana quedaron empapadas.

Nadie más en el mundo pensaría así. Incluso la propia Diana creía que su pasado era solo el resultado de sus malas decisiones. Creía que era una responsabilidad que merecía asumir por las malas decisiones que había tomado. Pero incluso después de enterarse de que lo había matado, Kayden solo se preocupaba por su corazón herido.

—Lo siento , lo siento…

Mientras las disculpas y los sollozos que Diana no podía contener escapaban de entre sus dientes, Kayden la atrajo hacia sus brazos con manos aún más desesperadas.

—No, soy yo. Lo siento, no lo sabía…

Las manos y los brazos de Kayden, que sujetaban a Diana, temblaban sin cesar. Se mordió el labio con dolor, donde ella no podía ver. No era porque no creyera su historia. La idea de no creerla no existía en él desde el principio. A Kayden le dolía el corazón porque sí la creía. Era más cercano a la empatía y al amor que a la compasión.

No debía de ser un buen recuerdo. Traicionada por la única fe que tenía, enfrentándose injustamente a la muerte por ello, esos momentos y esos miedos habían sido desenterrados por él. Si hubiera sabido que sería una historia así, no habría pedido escucharla. Incluso esos arrepentimientos insignificantes cruzaron por su mente.

Tras escuchar la disculpa de Kayden, Diana negó con la cabeza mientras hundía el rostro en su hombro. Habló entre lágrimas, con dificultad para articular palabra.

—No, soy yo... Te llevé a la muerte... —Hizo una pausa para recuperar el aliento antes de finalmente llegar a lo más profundo de su corazón y pronunciar las palabras—. Me atreví a abrazarte. Y por eso, lo siento.

Su voz era apenas un susurro, pero para Kayden, era más fuerte que un trueno. Estaba tan sorprendido que incluso olvidó que intentaba consolar a Diana y la apartó de su abrazo.

Kayden miró a Diana a la cara y murmuró con incredulidad:

—Justo ahora…

—¿Sí?

—Justo ahora, ¿qué dijiste…?

Diana dudó, mordiéndose el labio. Era la primera vez que le confesaba sus verdaderos sentimientos a alguien, así que no le salían las palabras con facilidad. Pero ni siquiera esa incomodidad pudo detener lo que sentía por Kayden. Sonrió levemente entre lágrimas y confesó.

—Me gustas, Kayden. Tal vez desde el primer momento en que te vi.

Diana Sudsfield siempre había sido el "algo" de alguien. Para Rebecca, era una subordinada capaz. Para el vizconde Sudsfield, era un peón al que usar. Pero frente a Kayden, siempre podía ser simplemente "Diana".

Una vez le había preguntado sutilmente si no consideraría unirse a él, pero incluso eso se debía más a que quería ser su amigo. Así que no pudo evitar amarlo, no pudo evitar enamorarse. Tal vez era inevitable.

Por otro lado, Kayden se quedó sin aliento tras escuchar la confesión que tanto anhelaba. Miró a Diana con la mirada perdida durante un buen rato y luego, inconscientemente, movió los labios.

—¿...Por culpa?

—No.

—Entonces, porque me tienes lástima…

—No es eso.

Diana lo interrumpió bruscamente. Pero Kayden, aún incapaz de comprender del todo la realidad, siguió repitiéndose.

Finalmente, Diana entrecerró los ojos y lo miró con enfado.

—¿Finges no saberlo porque en realidad quieres rechazarme?

—Rotundamente no. —Incluso en su confusión, Kayden respondió con una firmeza que podría haber atravesado una montaña.

Diana terminó riéndose. Su risa hizo que Kayden también soltara una risita desanimada, aunque pronto hizo una mueca.

—Ugh…

—¡Ah! ¡Tu herida!

Mientras Kayden miraba instintivamente hacia el lugar donde estaba herido, Diana se dio cuenta de que lo había olvidado y se levantó rápidamente. Encontró un pequeño frasco en el bolsillo interior de la capucha sobre la que había estado inconsciente y regresó a su sitio. Inmediatamente buscó el nudo de su vendaje.

—Déjame deshacerte el vendaje.

—¿Qué vas a hacer?

—¿Recuerdas cómo te curé las heridas el día del desfile del Día de la Fundación? Traje la poción que me sobró por si acaso. Habría sido mejor no tener que usarla, pero... —Diana se quedó en silencio, con tono arrepentido, mientras le quitaba la venda del torso a Kayden.

Cortó un trozo de una venda relativamente limpia que Kayden había encontrado en la cabaña, la empapó en la poción y limpió suavemente sus heridas.

«Ah, se está curando». Aunque ya lo había visto antes, seguía siendo fascinante ver cómo las heridas sanaban tan rápido.

Diana observó la herida con asombro y luego se concentró en curarla. Pero el paciente, Kayden, no pudo hacer lo mismo.

—Uff…

Cada vez que los dedos de Diana rozaban su piel desnuda, Kayden temblaba, incapaz de reprimir el gemido bastante sugerente que se escapaba entre sus dientes.

Diana hizo una pausa y lo miró. Su agarre en el vendaje se apretó inconscientemente.

—…Ah.

A la pálida luz de la luna azul, sus orejas y nuca estaban enrojecidas, y sus ojos, llenos de deseo, estaban fijos únicamente en ella. Verlo así le hacía sentir como si un fuego se hubiera encendido en su interior.

El aire en la cabaña de repente se volvió más cálido, de manera extraña pero innegable.

Diana luchó por contener su respiración entrecortada mientras sonreía.

—Tu herida... —pero las palabras que estaba a punto de pronunciar se perdieron cuando algo suave presionó sus labios.

En el momento en que sus labios se encontraron, el tenue hilo de razón que apenas los había retenido se rompió. No estaba claro quién se movió primero, pero sus manos desesperadas se extendieron la una hacia la otra. Sus labios se apretaron al entrelazarse sus lenguas y mezclarse la saliva.

Había una cama en un rincón de la cabaña que al menos estaba en buenas condiciones, pero ninguno de los dos tuvo la presencia de ánimo para moverse. Impulsada por la fuerza de Kayden, Diana finalmente se encontró tendida en el suelo. Sus ropas estaban revueltas y sus manos se deslizaron bajo la tela. Las yemas de los dedos, antes frías, se calentaron rápidamente.

—Diana…

—Ah, mmm…

No había una sola parte de su cuerpo que no fuera rozada por sus labios. Lo que comenzó como gemidos interminables se convirtió en sollozos irregulares. La espalda de Kayden, marcada por la lucha por la supervivencia, se movía sin descanso. De vez en cuando, las uñas de Diana se clavaban en su espalda, dejándole arañazos, pero no dolía.

—¡Ah ...! En un momento dado, Diana emitió un sonido que casi fue un grito y se aferró al cuello de Kayden. Sus hermosos brazos, que lo rodeaban, temblaban violentamente.

Kayden finalmente se desplomó sobre Diana, jadeando tras un breve lapso. Una profunda sensación de plenitud los invadió a ambos.

Kayden secó suavemente las lágrimas que corrían por el rostro de Diana y susurró:

—Te amo.

—Yo también te amo —respondió Diana con una sonrisa, frunciendo las comisuras de los labios. A pesar de sus esfuerzos por enjugárselas, nuevas lágrimas corrieron por sus mejillas, dejando largos rastros.

Mientras Kayden se los secaba, sus labios encontraron los de ella, apretándose contra su boca. Diana también dejó de llorar y lo atrajo hacia sí con todas sus fuerzas.

 

Athena: Eeeeeeh. No ha perdido el tiempo nuestro príncipe jajajaja. Bueno, pues, al fin, ¡vivan los noviooooos! O marido y mujer, en este caso.

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Capítulo 119