Capítulo 121
—Mmm…
La luz del sol se filtraba por la ventana, cubriendo los párpados cerrados de Diana. Medio dormida, frunció el ceño ligeramente y se retorció, girándose hacia el otro lado. Mientras Diana se acurrucaba contra él para escapar de la luz del sol, Kayden rio entre dientes y le acarició suavemente la mejilla con las yemas de los dedos.
—Diana.
—Sí…
—¿Por qué no puedes levantarte? Normalmente te despiertas enseguida.
Su tono era infinitamente amable. Pero ante esas palabras, Diana se puso rígida de repente.
Ella lo miró débilmente, aún aturdida por el sueño.
—¿De quién crees que es la culpa...?
La razón por la que Diana no podía recobrar el sentido era que se había quedado dormida al amanecer, casi desmayándose de cansancio. Y la razón no era otra que Kayden, quien le sonreía con ese rostro radiante.
«¿Cuánta resistencia tiene…?»
Anoche, Kayden había actuado como un hombre poseído, como si tratara de liberar toda la frustración acumulada.
—Kayden, ¡ah...! Por favor...
—Diana, solo un poquito más. ¿De acuerdo?
Incluso cuando Diana lloraba y negaba con la cabeza, demasiado cansada para continuar, él la persuadió y la abrazó. Claro que Diana había cedido fácilmente a su tentación. Pero se dio cuenta de que quien la tentó tenía más culpa que quien sucumbió. De lo contrario, podría morir de vergüenza.
«…Aunque estuvo bien». El problema era que su cuerpo no lo soportaba. Sentía todo el cuerpo pesado, le picaba la garganta y aún le ardían los ojos por las lágrimas.
Diana sentía un dolor punzante en la parte baja de la espalda y se esforzaba por enfocar la vista. Pero apenas podía abrirla a medias, lo que la hacía parecer cualquier cosa menos amenazante.
Kayden reprimió una risa y le dio pequeños besos por toda la cara. Diana intentó apartarle la cara con la palma de la mano, con la voz más firme que pudo.
—Ya no puedo más.
—Mmm... Puedes quedarte quieta, querida.
—Espera, ¿qué haces…?
Los labios de Kayden, que habían estado acariciando su mandíbula, se acercaron a su oído. La sensación de cosquilleo la hizo gemir sin que pudiera contenerlo.
Diana intentó morderse el labio por reflejo para contener el sonido. Pero Kayden fue más rápido. Le metió el pulgar entre los dientes, riendo en voz baja.
—¿Y si sangras? Muerde esto.
—¡Eso es ridículo…!
Diana estaba a punto de protestar cuando su cálida mano le rozó la cintura. El roce le provocó un escalofrío en la espalda. Sintió como si una llama, que creía extinguida, volviera a la vida con más fuerza que antes.
—¿De verdad… vas a volver a dormir?
Kayden susurró contra su piel, sus labios flotando justo encima de ella. Su aliento le hacía cosquillas, y ya no pudo aguantar más.
Finalmente, Diana dejó escapar un gemido y lo abrazó por la cabeza. No volvieron a dormirse hasta que el sol ya estaba alto.
La situación en el acantilado les impedía permanecer allí más tiempo. Rápidamente registraron la cabaña en busca de algo útil y se prepararon para partir.
Diana miró alrededor de la cabaña, ladeando la cabeza con curiosidad.
—Pero una cabaña en un lugar tan remoto... ¿Era la casa de un cazador o de un leñador?
—¿Quién sabe? Pero no veo ninguna herramienta relacionada con eso. Es extraño.
—Mmm.
Aún así, estaba claro que alguien había vivido allí durante bastante tiempo.
Obligada por Kayden a sentarse en la cama y descansar, Diana, distraídamente, pasó la mano por encima, sintiendo una extraña sensación de apego. Fue entonces cuando sucedió.
—¿…Eh?
Sintió algo delgado y rectangular bajo la sábana. La sensación era tan evidente que se preguntó cómo no la había notado antes.
«Bueno, considerando lo de anoche y ahora mismo, es lógico que no me diera cuenta. Apenas rocé la cama». Pensarlo la avergonzó bastante.
Carraspeando, Diana metió la mano bajo la sábana y sacó el objeto. El crujido hizo que Kayden, que estaba recogiendo provisiones, se acercara a ella.
—¿Diana? ¿Qué pasa?
—Lo encontré debajo de la sábana. Creo que... ¿es un cuaderno? ¿Un diario?
Cuando Diana abrió el cuaderno, el papel se arrugó como si fuera a desmoronarse en cualquier momento.
Kayden se inclinó para mirar la escritura descolorida dentro del cuaderno, entrecerrando los ojos.
—Está escrito en una lengua antigua.
—Dai, sy… ¿Bluebell?
De alguna manera, el cuaderno le recordó el paquete de papeles que había encontrado en el sótano del bosque, donde la segunda concubina había tramado sus planes.
—Mmm ... —Tras pensarlo un rato, Kayden bajó el saco que llevaba al hombro y lo abrió—. Por si acaso, llevémoslo. No nos hará daño intentar descifrarlo.
—Entiendo.
Mientras Diana guardaba el cuaderno en la mochila, Kayden cerró la abertura y se lo echó al hombro. Sonrió y le ofreció la mano.
—¿Puedes caminar? ¿O te llevo en brazos?
—Estoy bien. Y no digas esas cosas en voz alta.
Diana fulminó con la mirada a Kayden y le dio una palmada en la mano extendida. Pero al intentar levantarse, se desplomó de repente sobre la cama con un dolor intenso en la parte baja de la espalda.
—…No te rías.
—…Pft.
—Dije, no te rías.
Al final, Diana abandonó la cabaña en brazos de Kayden, con las mejillas sonrojadas.
—Está mucho mejor, mi señor. Si no se esfuerza demasiado, se recuperará por completo enseguida.
—Entendido. Basta de insistir. Ya puedes irte.
—Sí. Haré que el joven amo le traiga su medicina como siempre. Descanse bien, por favor.
El médico de la familia Sudsfield hizo una reverencia respetuosa al vizconde y salió de la habitación. Solo entonces el vizconde, cómodamente apoyado en la cabecera, dejó escapar un suspiro de alivio.
«Por fin he conseguido tiempo suficiente para ver a Millard convertido en un auténtico jefe de familia».
La mirada del vizconde se desvió hacia la mesita de noche. Dentro había un documento que legaba la jefatura de la familia Sudsfield a Millard Sudsfield.
En algún momento, incluso cuestionó si era correcto ceder el título familiar a Millard. Sin importar cuán probable fuera que Rebecca se convirtiera en la próxima soberana, su relación era puramente transaccional. Sería una tontería sentir afecto o simpatía por un socio comercial.
Un verdadero heredero del apellido Sudsfield debería aspirar a engrandecer el apellido familiar incluso para superar a Bluebell, no sacrificarlo como forraje para ella. Sin embargo, Millard ya no parecía estar pendiente de cada palabra y acción de Rebecca como antes. Se había reunido con otros nobles en nombre del vizconde, quien no podía salir por enfermedad, y había estado entregando personalmente las medicinas de su padre y cuidando de él a diario.
Al ver eso, el vizconde empezó a pensar que Millard finalmente había madurado. Con su salud deteriorándose, parecía un buen momento para abordar la sucesión de la familia.
El vizconde Sudsfield se relajó, esperando a que Millard le trajera su medicina. Poco después, llamaron a la puerta. Una leve sonrisa se dibujó en los labios arrugados del vizconde.
—Adelante.
Con permiso, Millard entró en la habitación con una bandeja en ambas manos. Miró al vizconde con preocupación.
—Padre, ¿estás bien?
—Sí. Dicen que he mejorado mucho. Quizás pueda levantarme en una semana.
—Aun así, debes tener cuidado hasta que te recuperes por completo. Dicen que la salud puede mejorar justo antes de morir.
—Jaja, sí. Tienes razón.
Puede que haya sido un comentario un poco descarado, pero el vizconde simplemente estaba feliz de que su hijo, anteriormente inmaduro, ahora mostrara preocupación por él.
—Aquí tienes tu medicina. Bébetela toda. —Millard se acercó a la cama y le entregó el vaso de medicina de la bandeja.
El vizconde Sudsfield lo tomó y lo bebió sin dudarlo. Al hacerlo, una lenta pero inconfundible sonrisa se dibujó en el rostro de Millard.
Athena: Madre mía, Kayden. La has destrozado jajajajja. Y encima la curas con tu magia para seguir. Bueno, me alegro por ellos la verdad.