Capítulo 129
—Su Alteza, os pido disculpas por molestaros. El vizconde Sudsfield viene a veros.
Diana se estremeció ante el repentino golpe y luego dejó escapar un pequeño suspiro. Ya lo decidió.
Como Rebecca ya había cortado lazos con Millard, el vizconde Sudsfield no tenía motivos para seguir apoyándola. Sin embargo, siempre es mejor tener certeza en todos los asuntos. Fue un alivio que el vizconde hubiera decidido apoyar a Kayden.
—Saldré… ugh.
Mientras Diana intentaba levantarse, una mano suave la presionó contra la almohada. Al levantar la vista, parpadeando con sus ojos azul violeta, vio el rostro de Kayden. Sonriendo, él le dio una palmadita en el hombro.
—Saldré. Deberías descansar.
—Pero…
—Estás exhausta.
Aunque él era la causa de ese agotamiento, Diana no se molestó en señalarlo. Era cierto que le dolía todo el cuerpo y se sentía pesada, lo que le dificultaba moverse. Finalmente, Diana suspiró y se relajó. Reclinándose profundamente en la almohada, tomó la mano de él que descansaba sobre su hombro.
—…Me contarás qué pasa, ¿verdad?
—Por supuesto. —Kayden la besó en la frente y salió de la habitación.
Una vez que se fue, el silencio invadió la habitación. Por alguna razón, el espacio junto a ella se sentía insoportablemente frío.
«Estoy tan desesperada...»
No había pasado mucho tiempo desde que ella y Kayden habían empezado a pasar tanto tiempo juntos. ¿De verdad era posible sentirse tan vacía solo porque él había salido de la habitación un momento? Diana rio suavemente de su propio estado, sintiendo que sus párpados se volvían más pesados.
Justo cuando estaba a punto de quedarse dormida, con el cuerpo completamente relajado, oyó un pequeño pitido.
—¿…Eh?
Un leve tirón en el cabello la despertó del sueño y frunció el ceño con fastidio. Abriendo los ojos de par en par, vio una pequeña esfera negra en la cama, tirando de su cabello rosado. Era una de las criaturas a las que había ordenado vigilar los movimientos del palacio.
—¿Hillasa?
Hillasa dejó escapar un sonido agudo y saltó arriba y abajo en la cama como si estuviera irritada.
Diana rápidamente transfirió una parte de su maná a Hillasa y preguntó:
—¿Qué pasa?
Pero Hillasa, inusualmente, ignoró el maná y colocó ambas manos sobre la punta del dedo de Diana. Lo que Hillasa había visto y oído fluyó directamente a la mente de Diana.
—¡Ah! ¡Contrólate!
«¡Cómo puede ser esto…!»
«Ahora mismo… necesitamos…»
Diana jadeó e instintivamente retiró la mano. La impresión la puso rígida.
Hillasa tembló, tirando del dobladillo de la ropa de Diana para hacerla moverse.
Recuperándose, Diana saltó de la cama. Fue una suerte, quizá, que la visita del vizconde Sudsfield hubiera hecho que Bella despidiera a los demás sirvientes, dejándola libre para actuar.
—¡Bella! ¡Mizel!
Diana abrió de golpe la puerta de la habitación contigua sin llamar. Era la habitación que Bella usaba cuando se alojaba en el palacio.
—¿Su Alteza?
—¿Maestra del gremio?
Bella y Mizel, disfrazadas de sirvienta, la miraron confundidas. Al ver la expresión seria en el rostro de Diana, sus rostros se endurecieron.
Diana habló rápidamente con una expresión fría inusual en ella.
—Ambas, reunid todos los documentos u objetos importantes del Palacio del Tercer Príncipe. Llevadlos al salón inmediatamente.
—¿Eh?
—Qué…
—Daos prisa. No hay tiempo. Os lo explicaré por el camino.
Tras decir esas palabras, Diana se giró rápidamente y corrió hacia la sala. El dobladillo de su ligero vestido y chal ondeaba con sus movimientos. Un rápido vistazo por la ventana reveló que un grupo de personas se acercaba a lo lejos.
Diana apretó los dientes; sus ojos azul violeta rebosaban determinación. Abrió de golpe la puerta del salón. Kayden y el vizconde Sudsfield, sentados en el sofá con una mesa entre ellos, se giraron sorprendidos.
—¿Diana? ¿Por qué no descansas? —Kayden frunció el ceño, confundido.
Sin perder un segundo, Diana habló con urgencia:
—Kayden, tienes que huir.
—Qué vas a…
—El emperador ha sido envenenado. Es el mismo veneno que afectó al príncipe Elliot, y el duque Findlay afirma que tú, quien lo descubrió, eres el culpable.
—¿Qué?
Tanto Kayden como el vizconde Sudsfield se pusieron de pie de un salto, con el rostro lleno de sorpresa. Sus expresiones reflejaban la sensación de Diana al enterarse de la noticia por primera vez a través de Hillasa.
—¡Maestra del gremio!
En ese momento, se oyó a Bella y Mizel entrando corriendo. Ellas también estaban pálidas, tras haber visto el alboroto afuera por la ventana.
—El primer príncipe y su esposa están ahí fuera con soldados. Pero ¿qué es esto…?
—¿Es cierto? ¿De verdad el emperador…?
Mizel se mordió el labio con frustración. Era la vicemaestra del gremio Wings, uno de los gremios de información más renombrados del imperio. Pero ni siquiera Wings podía dar noticias tan rápido como Hillasa, quien relató la situación en el momento en que ocurrió.
Diana miró a los demás con expresión sombría.
—Sabemos que el envenenamiento del príncipe Elliot fue obra del duque, pero otros no. La acusación es demasiado plausible... —Su voz temblaba de culpa. Si hubiera podido revelar que sus atributos elementales oscuros le habían permitido detectar el veneno, las cosas no se habrían complicado tanto.
En ese momento, Kayden la sujetó por los hombros. Sorprendida, Diana lo miró fijamente a los ojos mientras él hablaba.
—Diana, esto no es tu culpa. Así que no te culpes. Te estoy muy agradecido por salvarle la vida a mi hermano.
Kayden sonrió levemente al final de sus palabras. Diana le devolvió una leve sonrisa, sin poder evitarlo.
La mente de Kayden daba vueltas.
—Si me declaran culpable tan rápido, probablemente ya hayan puesto el veneno en algún lugar de este palacio. No me ejecutarán con el apoyo de la emperatriz y mi hermano, pero si me atrapan ahora, será más difícil encontrar pruebas antes de que el duque cubra sus huellas...
—Sí. Así que necesitamos escapar por ahora y reunir pruebas que demuestren la culpabilidad del duque lo antes posible. Pero ¿adónde deberíamos ir...? —Diana se mordió el labio con ansiedad. Consideró brevemente huir al cuartel general de Wings, pero... Había demasiadas miradas allí.
«Los guardias van y vienen con frecuencia...»
La zona alrededor del cuartel general de Wings era conocida por su actividad criminal, pero si un fugitivo buscado por el palacio imperial aparecía allí, era imposible que los criminales se quedaran callados. Necesitaban un lugar con menos gente, pero encontrarlo rápidamente era difícil.
Fue entonces cuando la voz del vizconde Sudsfield interrumpió sus pensamientos:
—Venid a mi finca.
—¿Vizconde? —murmuró Diana sorprendida, mirándolo.
Kayden la atrajo hacia sí, frunciendo el ceño.
—Pero la finca del vizconde, la casa familiar de Diana, será el primer lugar que registrarán.
—Precisamente por eso funcionará. Es una decisión tan obvia que nos dará tiempo. Y no se atreverán a irrumpir en una familia que perdió a su heredero hace unos días. —El vizconde Sudsfield, todavía de luto, habló con calma.
Diana miró instintivamente a Kayden. Él la miró a ella. El razonamiento del vizconde era acertado, pero a Diana le preocupaba pedir ayuda a alguien que acababa de perder a un familiar.
El vizconde, al percibir su vacilación, los miró con ojos penetrantes.
—La mejor manera de desafiar a la primera princesa y a su facción es frustrar sus planes. Por favor, permitidme ayudar.
Sin más lugar para la discusión, tanto Kayden como Diana asintieron sombríamente.
Kayden habló con voz grave:
—Vayamos a la finca del vizconde.
Athena: Ah, bueno no me esperaba este giro tan rápido.