Capítulo 135

—No tienes talento para las bromas, Duque. Pero como sé que lo intentaste, lo dejaré pasar por esta vez.

Rebecca forzó una sonrisa, pero el duque Findlay permaneció en silencio, mirándola fijamente. Si él hubiera protestado, alegando que era una broma, o si Diana se hubiera enfadado, insistiendo en que no podía ser cierto, Rebecca podría haber reaccionado de otra manera. Pero el hecho de que el duque Findlay permaneciera en silencio sin ofrecer excusas hincó el diente en la pequeña grieta que ya se había formado en el corazón de Rebecca.

—Mata al primer príncipe y a su esposa, Dian. Por mí.

—Pero, Su Alteza. Son…

Había cambiado. La chica que antes parecía dispuesta a obedecer incluso una orden de morir con una sonrisa había cambiado. ¿Cuándo empezó? ¿Fue cuando ordenó matar a la primera pareja de príncipes? ¿O incluso antes?

—Dian, tú…

—¿Sí?

—No importa. Ve a descansar.

Rebecca había intentado preguntar varias veces mientras se preparaba para su coronación. Quería saber por qué Diana se había distanciado últimamente. Pero cada vez, reprimía sus dudas, convenciéndose de que era solo un malentendido. Sabía mejor que nadie que Diana Sudsfield amaba ciegamente a Rebecca Bluebell. Tenía que hacerlo.

—Soy vuestra persona, Su Alteza. Vos me hicisteis humana.

La luz en los ojos de Diana al decir eso había sido sincera. Esa fe ciega y esa devoción habían contagiado incluso a Rebecca.

Desde el principio, Rebecca había traído a Diana como un "peón" para su ambición de apoderarse del trono: alguien desechable. Pero con el paso del tiempo, y a medida que Diana le sonreía con más frecuencia, esos sentimientos se acumularon, transformando a Diana de un peón en "su persona".

—Te estás encariñando demasiado con una simple hija ilegítima.

—Cállate, Lubi. Incluso tú deberías saber que te echaré a un lado si maltratas a Dian.

Rebecca, a su peculiar manera, se encariñó con Diana y la mantuvo cerca, prestando atención incluso a los detalles innecesarios. Sin embargo, Diana se distanció gradualmente de Rebecca. Y por mucho que Rebecca la quisiera, no podía pasar por alto los cambios en Diana, aunque fueran tan sutiles como chispas en el viento.

—Su Alteza, no me siento bien. Creo que regresaré temprano.

Preocupada por la salud de Diana, Rebecca incluso abandonó un evento importante, donde debía hacer valer su presencia, para seguirla. El duque Findlay y Ludwig intentaron detenerla, pero ella los ignoró.

—Pero soy sincero, señorita. Si cambia de opinión, hágamelo saber. Cuídese.

Pero cuando Rebecca finalmente la siguió... Lo que vio fue a Diana parada cerca de Kayden, sus ojos vacilando ante sus palabras.

En ese momento, una pequeña grieta apareció en la sólida confianza y afecto que Rebecca había albergado. Había intentado ignorarla, insistiendo en que era solo una pequeña grieta. Pero el veneno que el duque Findlay había presentado (claramente creado con el poder de Diana) se filtró por la grieta como un torrente.

«¿De verdad ella todavía me quiere?»

Su confianza en Diana empezó a tambalearse en lo más profundo. Rebecca, desacostumbrada a sentirse tan conmocionada, se retiró para calmar sus pensamientos turbulentos. Enterrada en su cama, se tapó los oídos, cerró los ojos y reflexionó una y otra vez.

—…Debería preguntarle.

Llegó el día del juicio. Rebecca, apenas recuperando la compostura, se armó de valor mientras sus doncellas la vestían. Decidió que, si Diana proclamaba su inocencia, aunque fuera con una sola palabra, la creería y la cuidaría como si la grieta nunca se hubiera abierto en su corazón.

—¿Por qué lo hiciste?

Pero lo que Rebecca volvió a sus sentidos fue un silencio gélido. Diana bajó la cabeza sin responder a la pregunta de Rebecca. Al ver esto, Rebecca instintivamente se aferró al reposabrazos, casi gritando de frustración.

—¿Por qué no dices nada? ¿Por qué... bajas la cabeza como si todas sus acusaciones fueran ciertas?

La grieta en el corazón de Rebecca finalmente se rompió. Era una sensación devastadora de pérdida y traición, como nunca antes había experimentado. Rebecca soltó una risa amarga sin darse cuenta.

—Sois tvos quien finalmente me ha roto.

—Ni siquiera pones excusas. Ya basta. ¡Lleváosla!

Rebecca mantuvo la cabeza en alto hasta el momento en que los guardias sacaron a Diana de la sala, agarrándose al apoyabrazos con tanta fuerza que se le hincharon las venas de la mano. Ese era el último atisbo de orgullo que le quedaba.

Fue traición y también desamor.

—…ha venido a visitaros.

La voz apagada llegó débilmente a sus oídos, que ardían por la fiebre. Rebecca parpadeó, con la vista nublada, mientras yacía de lado. Parecía estar soñando... Apenas podía recordar los detalles, solo las emociones persistentes. Se sentía como si la hubieran dejado sola en un bosque neblinoso.

En la mesita de noche había una palangana con agua fría y una toalla, junto con la medicina preparada por el médico imperial. Su audición se aclaró gradualmente y su visión se iluminó, lo que indicaba que la fiebre estaba bajando.

—¿Estás bien?

Una voz tranquila, que sólo hizo que le disgustara aún más, llegó a sus oídos.

Apretando los dientes, Rebecca intentó incorporarse, impulsada por el instinto de mantener a su enemigo cerca. Pero Kayden le presionó suavemente el hombro, haciéndola caer de espaldas sobre la cama con un golpe sordo.

Rebecca miró a Kayden con furia desde donde yacía, su mirada feroz intacta a pesar de su enfermedad.

—¿Qué estás haciendo?

—Parece que aún no te has recuperado del todo, así que quédate recostada. Solo vine a darte un mensaje.

Rebecca arremetió contra él, pero Kayden la ignoró. Mientras él hablaba con calma, ella se burló, mostrando los dientes con una sonrisa amarga.

—Te comportas como si ya fueras emperador. Qué arrogante... —Intentó seguir burlándose, pero un fuerte dolor de cabeza la obligó a apretar los dientes, interrumpiendo sus palabras abruptamente.

Kayden la observó en silencio por un momento mientras ella luchaba por recuperar el aliento, y luego habló de repente:

—El duque Findlay... no, el traidor, Xavier Findlay, se ha encerrado en su propiedad y está organizando una revuelta. Ha liberado a los monstruos mutantes que creó alrededor de la finca, lo que dificulta el acceso. Planeo ir personalmente con los guardias. El duque Wibur se quedará aquí para proteger la capital.

Aunque no estuvo directamente involucrada en el intento de asesinato del emperador ni en los experimentos con monstruos, Rebecca era, a todos los efectos, una criminal.

Por eso hay que ser cauteloso al alinearse con los demás. Si tu pareja te hace un agujero en el barco, se hunden juntos, como le estaba pasando a Rebecca. Y cuando pierdes tu poder, todo lo que ese poder había ocultado se derrumba como una ola gigante.

En ese sentido, el confinamiento de Rebecca en la torre era casi un lujo. Quizás fueron Kayden y Diana quienes la rescataron de entre los escombros.

Ya era insoportable que la hubieran salvado de semejante destino, pero ¿por qué había venido Kayden a darle ese sermón? ¿Acaso para presumir, para exigirle que inclinara la cabeza en agradecimiento por haberla salvado de la ruina?

Rebecca quiso fruncir el ceño, confundida, pero se obligó a mantener la compostura. Manteniendo su orgullo hasta el final, interrumpió bruscamente a Kayden.

—...Entonces, ¿qué quieres? No has venido a explicar cómo vas a desmantelar mi base de apoyo, pensando que me acobardaría y te suplicaría clemencia, ¿verdad?

Rebecca pensó que Kayden se sentiría ofendido por sus palabras, pero una vez más, él la sorprendió.

Su voz baja continuó:

—Únete a la lucha.

—¿Qué?

—Si aún te queda un ápice de orgullo como miembro de la familia imperial, únete a la lucha con nosotros. Capturar al duque Findlay para mitigar tus crímenes es el camino más digno que puedes tomar.

 

Athena: Bueno, Findlay se quiso quitar a Diana de en medio y sembró la discordia en la mente de Rebecca. Pero bueno, no es que me de pena Rebecca porque siempre ha hecho cosas cuestionables. Así que, que le den.

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