Capítulo 163
Johnny levantó la mano, y en ella sostenía una pequeña pistola.
—Si haces algún ruido, te mataré —advirtió fríamente.
Paula echó un vistazo al arma y asintió una vez más.
Había oído que lo habían atrapado, así que ¿cómo había escapado? Teniendo en cuenta su relación con James, parecía improbable que hubiera burlado la estricta seguridad. Entonces Paula se dio cuenta: Johnny no era tan común como parecía.
Los ojos de Johnny se movían nerviosamente entre ella y la puerta, delatando su temor a que alguien viniera a investigar el alboroto. Tras lo que pareció una eternidad, pareció relajarse un poco, convencido de que nadie se acercaba. Sin soltar el arma y apuntando a Paula, retrocedió, sus pasos apenas haciendo ruido mientras se dirigía hacia la ventana.
Al fondo de la habitación, Johnny se pegó a la pared, parcialmente oculto mientras miraba hacia afuera. Giraba la cabeza de un lado a otro, escudriñando los alrededores en busca de algún movimiento. Paula siguió su mirada y comprendió su intención: más allá de la ventana se extendía el bosque, a poca distancia.
Planeaba escapar al bosque.
Bajando las piernas con cautela hasta el suelo, Paula intentó moverse con el mayor sigilo posible. Pero los agudos sentidos de Johnny captaron hasta el más mínimo movimiento. Giró la cabeza bruscamente hacia ella y apretó con más fuerza el arma.
—Te dije que no te movieras —siseó.
—Piensas correr hacia el bosque, ¿verdad? —preguntó Paula con calma, ignorando su advertencia.
—Cállate la boca si quieres vivir —espetó con tono gélido mientras su mirada se alternaba entre la ventana y la puerta.
La evidente ansiedad de Johnny, sumada a la desesperada situación, lo hacía parecer mucho menos intimidante de lo que sus amenazas sugerían. El miedo inicial de Paula había dado paso a la calma y el razonamiento, y su mente comenzó a funcionar con rapidez.
—¿A dónde piensas ir? —preguntó con tono firme.
—¡Cállate! ¿Acaso quieres morir? —ladró Johnny, apuntándole con la pistola.
Paula miró brevemente el arma antes de volver a encontrarse con su mirada. A pesar de su agresividad, algo en él le pareció más inestable que malicioso. Su desesperación no hizo sino confirmar sus sospechas.
—Necesito saberlo —continuó, sin inmutarse—. Hace cinco años, alguien estuvo a punto de morir cerca de la pensión.
Johnny hizo una pausa, su expresión se endureció mientras le dirigía una mirada furtiva. La pregunta lo había tomado claramente por sorpresa, aunque lo disimuló rápidamente.
—Era de noche y la víctima había sido apuñalada —continuó Paula, observando su reacción.
Johnny apretó la mandíbula, pero permaneció en silencio. Su expresión inicial de incredulidad se transformó en una de control sereno, como si esperara a oír lo que ella diría a continuación.
—La persona apuñalada era una huésped que se alojaba en el anexo —insistió Paula.
Los recuerdos de aquella noche volvieron a su mente: el sonido del viento implacable que azotaba la oscuridad, la luz parpadeante e inestable de la lámpara rota y el silencio escalofriante que siguió. Los detalles habían permanecido borrosos en su mente, sepultados bajo el peso del miedo y la conmoción. Pero al ver a Johnny frente a ella, aquellos recuerdos fragmentados volvieron a cobrar vida.
—¿Fuiste tú? —preguntó Paula directamente—. ¿Lo hiciste tú?
Johnny se giró completamente hacia ella, con el rostro desprovisto del nerviosismo que había mostrado antes. Su actitud tranquila e impasible resultaba desconcertante, tan diferente del hombre tímido y melancólico que ella había conocido.
—¿Qué piensas? —preguntó con voz firme—. ¿Crees que lo hice yo?
Paula negó con la cabeza.
—No.
El recuerdo del rostro del asesino de aquella noche estaba ahora nítido en su mente, iluminado por un instante por la luz vacilante de la lámpara rota. El hombre que había visto no era Johnny.
—¿Por qué no? Yo podría ser quien cometió ese asesinato —dijo Johnny, inclinando la cabeza como si pusiera a prueba su determinación.
—Tú no eres el indicado —dijo Paula con firmeza.
No podía estar completamente segura, pero algo en su interior le decía que Johnny no era el culpable. La persona que había llegado a conocer, aunque brevemente, no encajaba con la imagen de un asesino a sangre fría. Claro que podía estar mintiendo, pero había una sinceridad en sus acciones y palabras que parecía genuina. Así como Johnny había llegado a comprenderla hasta cierto punto, Paula sentía que había vislumbrado fragmentos de quién era él.
—Tú no eres ese tipo de persona —añadió.
Johnny soltó una risita seca ante su respuesta.
—El tipo del que hablas está muerto —dijo sin rodeos.
—¿Muerto? —repitió, frunciendo el ceño.
—Sí. Lo mataron. Dijeron que no podían dejar ninguna prueba —respondió con un tono frío e impasible.
No necesitaba que él le explicara quiénes eran "ellos". Era demasiado obvio.
—Así es como actúan los nobles —continuó Johnny con amargura—. Usan a alguien mientras les sirve, lo desechan cuando ya no. Y cuando las cosas se complican, borran las pruebas. Predecible, ¿verdad? Ese tipo también lo sabía.
—¿Lo conocías? —preguntó Paula con vacilación.
—Durante un tiempo —admitió Johnny—. Trabajamos juntos. Yo trabajaba para la familia Christopher.
Su confesión pilló a Paula desprevenida.
«¿Trabajaba para la familia Christopher?». Aquella revelación la hizo replantearse todo.
Explicaba muchas cosas: su actitud, su competencia e incluso su habilidad para leer y escribir, destrezas poco comunes para alguien de su posición. A pesar de las circunstancias caóticas de su primer encuentro, Johnny siempre había transmitido una imagen de seguridad, como si estuviera acostumbrado a desenvolverse en las complejidades de la vida aristocrática.
Fue entonces cuando lo comprendió. Johnny había sido uno de los hombres de James.
—¿Así que trabajabas para el hombre que mató a tu compañero? —preguntó Paula, con un tono de incredulidad en la voz.
Johnny sonrió con sorna, con una expresión amarga en el rostro.
—Pagaron bien. Haré cualquier cosa si el precio es el correcto.
—¿No sientes ni un poquito de culpa por eso? ¿Por tu compañero? —insistió.
—No éramos tan cercanos —dijo con desdén, como si no importara.
A Paula le costaba comprender su indiferencia.
—¿Por qué? ¿Por qué aceptar algo así? Eres capaz, podrías haber encontrado un trabajo honesto.
Sus palabras hicieron que Johnny soltara una risa amarga. La risa duró poco, pues su rostro se endureció, transformándose en una máscara de ira.
—No me hagas reír —espetó—. ¿Qué tipo de trabajo crees que puede conseguir gente como yo? ¿Leer y escribir? Eso no da para vivir. A los que están en la cima solo les importa cómo usar a gente como nosotros. No les importa lo que pensemos ni lo que queramos. Para ellos, solo somos herramientas. Mantenernos cerca es una mancha en su dignidad. Por mucho que nos esforcemos, nunca seremos reconocidos, porque para ellos somos escoria, escoria sucia y patética con la que no vale la pena relacionarse.
A Paula se le cortó la respiración; la amargura cruda en su voz la dejó sin palabras por un instante. Las palabras de Johnny eran duras, pero contenían una verdad innegable, algo que no podía ignorar.
La cruda realidad de sus palabras era innegable. Johnny ya había dicho algo parecido antes, y Paula había comprendido su significado entonces, al igual que ahora. No podía rebatirlo, por mucho que lo deseara.
Su mirada se posó en la luz parpadeante de la lámpara, cuya inestabilidad reflejaba la agitación en su mente.
—Les lamería las botas a esos cabrones si me pagaran lo suficientemente bien —dijo Johnny, con la voz teñida de amarga determinación.
A Paula se le encogió el corazón al oír sus palabras. El dinero… aquello que lo había llevado a tales extremos. Pero por mucho que lo odiara, no podía condenarlo por sus decisiones. Su perspectiva, dolorosa y errónea como era, se basaba en una cruda realidad que no podía negar.
El estatus lo era todo. Ya fueras noble, plebeyo o mendigo, definía cómo te trataban y las oportunidades a tu alcance. La brecha que creaba era insalvable, sus consecuencias inevitables.
El peso de esa realidad era asfixiante, e impedía que Paula pudiera reaccionar.
La cruda realidad de sus vidas, tanto pasadas como futuras, se cernía sobre ellos como una sombra inquebrantable. Aunque las luchas cotidianas les permitieran olvidar por un tiempo, y la amabilidad de la gente buena suavizara el dolor, momentos como estos les recordaban la amarga verdad de su existencia.
—¿De verdad estás de acuerdo con esto? —preguntó Paula en voz baja.
—¿Qué otra opción tengo? —respondió Johnny con tono inexpresivo.
Era una verdad resignada, fruto de la supervivencia. Paula sonrió con amargura. Johnny no dijo nada más, le dirigió una breve mirada antes de volver a fijar su atención en la ventana.
Por un momento, el silencio envolvió la habitación, roto solo por el débil sonido de su respiración en la quietud de la noche. Johnny abrió con cuidado el pestillo de la ventana; el suave crujido del mecanismo resonó en el silencio. Lentamente, la empujó y se preparó para salir.
—¡Espera! —gritó Paula, abalanzándose sobre él para agarrarle la manga.
El tirón repentino hizo que Johnny perdiera el equilibrio mientras estaba sentado en el alféizar de la ventana. Se giró bruscamente, mirándola con furia.
—¡Suéltame! —exigió.
—Solo necesito un momento. Tengo algo que decir —suplicó.
Johnny frunció el ceño, pero no saltó de inmediato. Paula, a regañadientes, le soltó la manga y se giró hacia la mesita de noche; el dolor en su hombro lesionado se intensificó al abrir el cajón. Reprimiendo una mueca de dolor, sacó un pequeño paquete y se lo ofreció.
Era todo el dinero que había ganado desde que llegó. Todo lo que poseía.
—Dijiste que, harías cualquier cosa si te pagaban, ¿verdad? Entonces te contrato —dijo, con voz firme a pesar del peso de sus palabras.
La mirada de Johnny pasó rápidamente del bulto a su rostro, con una expresión indescifrable.
—¿Para qué? —preguntó con recelo.
—Llévate a Alicia contigo —dijo Paula con firmeza.
—¿Qué? —El rostro de Johnny se torció con incredulidad.
—Llévatela. Muy lejos —continuó Paula con tono firme.
La sorpresa de Johnny se convirtió en incredulidad.
—¿Cómo? ¿Por qué la llevaría conmigo? ¿Te das cuenta de lo ridícula que suenas?
—Ya verás —replicó Paula—. Eres bueno en lo que haces, ¿verdad? Estás escapando de esta finca fuertemente custodiada ahora mismo. Puedes hacerlo.
Paula le tendió el fajo de dinero, apretándolo contra él.
—Llévatela y desaparece. Te daré todo lo que tengo. Solo asegúrate de que esté lejos de aquí.
La risa de Johnny fue aguda y burlona, como el ladrido de alguien que acaba de escuchar la cosa más ridícula.
—Estás loca. ¿Te das cuenta siquiera de lo que te hizo? ¿Y quieres salvarla?
—Lo sé —respondió Paula en voz baja.
—¿Entonces qué demonios estás haciendo? ¿Ni siquiera estás enojada con ella?
Johnny la miró fijamente, desconcertado por lo que él consideraba una locura. Su reacción era comprensible; cualquiera habría pensado lo mismo. Pero Paula ya había tomado su decisión.
—¿De verdad tiene que morir? —preguntó Paula en voz baja.
Johnny se quedó paralizado.
—¿Qué?
—Porque intentó matarme, ¿tengo que matarla yo también? ¿Porque me hizo daño, tengo que hacerle daño a ella también? —La voz de Paula era tranquila, pero había un trasfondo de dolor que solo alguien que había sufrido demasiado podía transmitir.
Había presenciado demasiada muerte; había vivido entre ella, había sobrevivido a ella. La inevitabilidad de la muerte había sido su constante compañera, pero era algo que deseaba rechazar desesperadamente si tenía la oportunidad.
—He perdido a demasiadas personas —dijo Paula con voz baja pero firme—. Si puedo evitar que mueran más, ¿por qué no hacerlo? La odio por lo que me ha hecho. Sé perfectamente de lo que es capaz. Por eso quiero que se vaya. Si no está cerca, podré encontrar la paz. Esa es mi venganza.
Su voz temblaba por la emoción contenida, aunque luchaba por mantenerla firme. La traición de Alicia había sido la gota que colmó el vaso, el final irrevocable de su relación. Sin embargo, incluso en su ira, Paula no podía ignorar el vínculo que las unía: hermanas, al fin y al cabo, por muy doloroso que fuera. Si bien sabía que su relación jamás podría repararse, no podía condenar a Alicia a muerte.
—Es mi hermana. Y ya he enterrado a suficientes. Déjame salvar a una —terminó Paula con voz firme.
La expresión de Johnny se suavizó por un instante, pero su escepticismo persistió.
—¿Y si regresa para vengarse? ¿Qué haremos entonces?
Paula suspiró, con la mirada perdida.
—Ya me ocuparé de ello cuando llegue el momento. Pero por ahora, esto es lo que quiero hacer.
No quería pensar en esa posibilidad, pero aun así persistía: la posibilidad de que Alicia regresara para vengarse, o de que algo saliera mal. Sin embargo, se concentró en el presente, en la decisión que había tomado.
—Asegúrate de llevarla muy lejos —dijo con voz firme—. A un lugar tan remoto que ni siquiera piense en volver.
—¿Y si no puedo sacarla? ¿Y si me atrapan y tengo que abandonarla, o peor aún, matarla para salvarme? —preguntó Johnny con tono frío, poniendo a prueba su determinación.
—Entonces ese es su destino —respondió Paula con voz firme.
Johnny la miró fijamente.
—¿Y si simplemente tomo el dinero y me largo? ¿Alguna vez has pensado en eso?
—La confianza lo es todo en tu trabajo, ¿no? —replicó ella, tranquila pero firme. Se encogió de hombros levemente, dando a entender que ya había aceptado el riesgo. Si Johnny era el tipo de hombre que haría eso, no había nada que pudiera hacer para detenerlo. Pero confiaba en su intuición: él no era ese tipo de hombre.
Johnny echó un vistazo al fajo de billetes que ella sostenía en la mano; el conflicto interno se reflejaba en su rostro. Sabía los riesgos de llevarse a Alicia: no sería fácil, y el fracaso podría significar la muerte para ambos. Tras una tensa pausa, volvió a mirar a Paula.
—¿Estás segura de que no te arrepentirás? —preguntó, con un tono de duda en la voz.
Paula sonrió levemente, aunque la sonrisa no le llegó a los ojos.
—Puede que sí. Algún día, puede que me arrepienta profundamente, que llore hasta que me duela el pecho y que desee haber elegido de otra manera. Pero algunas decisiones parecen inevitables. Esto no es para Alicia. Esto es para mí.
Sus palabras eran firmes y resueltas, aunque reflejaban el peso de su dolor. No salvaba a Alicia por amor ni por perdón. Era un paso hacia su propia libertad: una decisión de liberarse de las cadenas de la crueldad de su hermana y de la infelicidad que compartían.
Johnny no dudó ni un instante. Con un movimiento rápido, le arrebató el bulto de la mano y se volvió hacia la ventana. En un abrir y cerrar de ojos, se subió al alféizar y saltó. Por un breve momento, su cuerpo pareció flotar en el aire antes de desaparecer en la noche.
La ventana crujió al volver a su sitio, y el silencio que siguió fue ensordecedor.
Paula permaneció inmóvil, bajando sus manos ahora vacías. Afuera, unos leves sonidos anunciaban la huida de Johnny hacia el bosque, pero pronto incluso esos se desvanecieron. Se quedó sola en la oscuridad, abrumada por el peso de su decisión.
—Adiós —susurró suavemente, una despedida no solo a Alicia, sino también al dolor persistente de su pasado.
Unas manos invisibles parecían rozarla: un pequeño tirón en su falda, una mano esquelética deslizándose por su espalda y, finalmente, una mano marcada por cicatrices agarrando la suya.
—Hermana.
Paula sintió la presencia de su hermana menor, Ella. Su voz era tenue pero cálida, como si la trajera la brisa.
—Adiós, hermana.
—Adiós, Ella —susurró Paula, con la voz temblorosa por la emoción.
Otros nombres brotaron de sus labios: nombres que no había pronunciado en años, nombres de hermanos que ya no estaban. En su mente, vio sus rostros, escuchó sus risas. El rostro de Ella, radiante con una sonrisa olvidada hacía mucho tiempo, permaneció en su memoria por más tiempo. Observó cómo Ella soltaba su mano y caminaba delante con los demás. Ellos la tomaron de las manos y la condujeron hacia la oscuridad.
Paula permaneció inmóvil, sin pestañear, mientras sus pequeños pasos se desvanecían en el vacío. Quería despedirlos con una sonrisa, no con lágrimas.
—Adiós, hermanos —susurró por última vez.
Al día siguiente, la desaparición de Johnny desató el caos en la mansión. Ethan y Vincent interrogaron a Paula, quien confesó que Johnny se había colado en su habitación. La investigación reveló que Johnny, en efecto, se había llevado a Alicia y había huido.
Más tarde, cuando Paula se quedó a solas con Vincent, le contó todo sobre Alicia. Él escuchó en silencio, con el rostro sereno e impasible. Solo cuando ella terminó habló.
—Si eso es lo que querías, entonces eso es lo único que importa —dijo simplemente.
Esa sola frase marcó el fin de la importancia de Alicia entre ellos. Con el tiempo, los recuerdos de ella se desvanecieron, su presencia se convirtió en un recuerdo lejano.
«Y nunca volví a ver a Alicia».
<La Doncella Secreta del Conde>
Fin
Athena: Oooooh, ¡pues se acabó! Vaya, el final fue un poco abierto, aunque cerrado. Queda claro que estos dos se quedaron juntos y que Paula fue adoptada por la familia de Ethan, así que, ¡felices juntos para siempre!
¿Qué os ha parecido? ¿Os ha gustado? Admito que a mí me sorprendió y me hizo palpitar el corazón. Creo que el manejo de las emociones estuvo bien llevado en la historia. Y me alegro de que Paula y Vincent hayan encontrado su final feliz.
En fin, ¡nos vemos en otra historia!