Capítulo 163

No existe el secreto perfecto.

Ni siquiera Johannes, que parecía impecable, pudo escapar a esta ley.

Era una pregunta que me rondaba la cabeza constantemente durante diez largos años. Y ese día, por fin encontré la respuesta.

Cuando hojeé sus cartas, las dudas que había albergado durante tanto tiempo resurgieron.

Había vivido en silencio todo este tiempo, pero en ese instante, no pude quedarme quieta.

La vigilancia ya no era tan estricta como antes, así que, a partir de ese momento, empecé a investigar lo que había sucedido diez años atrás.

—Así que fuiste tú. La que delató la reunión de oración aquel día.

En el instante en que esas palabras salieron de mis labios, la tranquilidad del rostro de Johannes se hizo añicos.

Debería haberme detenido ahí.

Pero al final de ese camino estaba la muerte de Dietrich.

El día que Dietrich visitó la mansión en busca del libro, descubrí que un sirviente había escuchado nuestra conversación.

El sirviente huyó en cuanto me vio. Su comportamiento sospechoso me obligó a capturarlo y a obligarlo a hablar, y por fin, el enigma se resolvió.

—Ese día, oí algo sobre una «forma de cambiar el objetivo de una maldición».

Aunque habían pasado más de diez años, el sirviente recordaba la conversación con inquietante detalle.

—Fue particularmente escalofriante, ya que fue el joven amo Johannes quien dijo tales cosas… Me disculpo por mi insolencia.

Pero en cuanto oí esas palabras, surgió una nueva pregunta.

Si Johannes le había dicho a Dietrich que había una forma de cambiar el objetivo de la maldición, ¿por qué Dietrich había elegido sacrificarse?

Seguramente, debía haber una forma de transferir la maldición a un simple animal.

Para saber más, busqué hechiceros expertos en maldiciones, tal como lo había hecho diez años atrás.

Sin embargo, a pesar del paso del tiempo, ninguno de ellos sabía nada sobre maldiciones relacionadas con demonios.

—Tengo mis sospechas. Pero no son más que conjeturas, y no me atrevería a pronunciar palabras inciertas ante alguien de su posición.

—Habla.

—El precio siempre debe ser algo de igual valor. Así que, si hay una manera de transferir una maldición… y si se trata de una cuestión de vida o muerte…

—Entonces el sustituto debe ser algo tan valioso como la vida misma. Algo tan precioso como la propia existencia.

Mis pensamientos comenzaron a aclararse.

Lo que había sucedido diez años atrás fue demasiado espantoso. En algún momento, Johannes debió de darse cuenta de que yo estaba bajo una maldición.

Y con algún método, había atrapado a Dietrich, obligándolo a ofrecer su vida en mi lugar.

—¿Tengo razón, Johannes?

Pregunté, ya segura de la respuesta. Y Johannes también lo sabía; no tenía sentido poner excusas.

—Ese hombre murió por su propia voluntad.

—Ya veo.

Cuando acepté sus palabras con tanta facilidad, Johannes pareció sorprendido.

Aquel hombre no había sido tonto.

Lo había entendido todo y aun así se sacrificó voluntariamente para salvarme.

Pero aun sabiéndolo, no podía perdonarlo.

Si no hubiera sabido la verdad, Dietrich no habría muerto.

—¿Cómo te enteraste de la maldición que pesaba sobre mí?

—…No creo en esas supersticiones, pero lo que te pasó… era inexplicable. Fue horrible.

Debió de haber leído el libro que encontré en la cueva y llegó a una conclusión indeseada.

—Así que, después de todo, estuviste involucrado en su muerte.

Ante eso, Johannes se enfureció.

—Deberías pensar en quién es importante para ti ahora. Tienes un hijo, ¿no? Ese niño me adora. Y, aun así, ¿valoras más a un muerto que a mí?

Escuché en silencio las palabras de Johannes.

Su egoísmo era ridículo.

Para él, yo debía parecer alguien dispuesta a tirar todo por la borda por un amor que había muerto hacía diez años. No estaba del todo equivocado.

Incluso después de una década, Dietrich era un amor que llevaría en mi corazón para siempre.

¿Cómo podría olvidar a la única persona que me había abrazado y dado su vida por mí?

Pero…

—Mi ira y mi tristeza ahora no son por su muerte.

Johannes era egoísta.

Y yo también lo era.

Dietrich había muerto, pero había un niño vivo, respirando y con calor.

—Estuviste involucrado en la muerte del padre de ese niño. ¿De verdad crees que, si mi hijo descubre la verdad, seguirá adorándote?

Este era el desenlace que más temía.

Mi deseo de que mi hijo creciera con normalidad no se había cumplido.

Pero, al menos, quería protegerlo de este horrible secreto.

Nunca había podido protegerme a mí misma, pero al menos, mi madre me había protegido hasta el final.

Y ahora, quería hacer lo mismo por mi hijo.

—No puedo confiar en ti. Jamás te dejaré tener a Noah.

—…Pero ese niño aún no sabe nada. Ahora mismo es feliz. Aunque te lo lleves de aquí, ¿de verdad crees que puedes asumir la responsabilidad total de su vida?

Pronto, ese niño llegaría a la adolescencia.

Y con el paso del tiempo, me odiaría aún más.

Para él, yo ya no era un pilar de apoyo; Johannes ya había ocupado ese lugar.

—Mientras no sepa la verdad, ¿qué importa?

No sabía qué decisión sería la mejor para él.

Pero una cosa era segura: ya no podía permitir que mi hijo permaneciera al lado de Johannes.

—Voy a enviar a Noah lejos.

—¿A dónde?

—A la academia. No es un mal sitio. Hará contactos, se preparará para la alta sociedad. Es inteligente, le irá bien allí.

—…De acuerdo.

Y así, apresuradamente, envié a mi hijo a la academia.

Antes de irse, tenía una expresión de dolor.

—¿De verdad me odias tanto?

¿Por qué te odiaría?

—Sabía que me odiabas, mamá. Así que intenté vivir lo más discretamente posible, pasar desapercibido.

Mi hijo dijo algo que jamás esperé.

Había intentado darle libertad.

Pero en lugar de eso, me había convertido en la cadena que lo ataba.

—Te odio. Te odio muchísimo. Eres horrible.

Mi hijo me lanzó esas palabras y se marchó.

Pensé para mis adentros: era mejor así.

Si mi intención era hacerle daño, lo mejor era que estuvieran lejos, que vivieran en libertad.

Pero me equivoqué.

Antes de irse, mi hijo se llevó el libro.

En cada período de vacaciones escolares, mi hijo a veces regresaba a la mansión.

Durante años, jamás me dirigió la palabra.

Como me odiaba profundamente, yo tampoco podía acercarme a él con despreocupación.

Mientras tanto, mi hijo había crecido mucho. Aquella figura menuda, sin darme cuenta, había alcanzado mi estatura. Su voz se había vuelto más grave, propia de la adolescencia.

Entonces, tras años de silencio, mi hijo me habló.

—Ahora lo sé todo.

—¿Qué quieres decir?

Lo que mi hijo dijo a continuación fue sencillamente impactante.

Reveló todos y cada uno de los secretos que Johannes y yo habíamos intentado ocultar.

—…Hijo, ¿cómo lo sabes?

Eran cosas que uno no podía saber a menos que se las hubieran contado directamente.

Las maldiciones no dejaban rastro en este mundo.

—El libro me lo dijo-

—¿El libro…? ¿Quieres decir que ha reaparecido? ¿Por qué lo tienes?

—¿Así que era verdad, después de todo?

¿Acaso el demonio le había susurrado algo a mi hijo sin que yo me diera cuenta?

Un escalofrío me recorrió la garganta; mi cuerpo se paralizó de puro horror.

Lo que más temía se había convertido en realidad.

—Me dijo esto: que mi padre murió por la manipulación de Johannes. Que Johannes te amenazó.

—Eso no es cierto.

—También me dijo que cometiste crímenes hace mucho tiempo y que te mantenían cautiva por esos secretos. Lo comprobé, y resulta que eras un criminal buscado incluso antes de que yo naciera.

Los ojos azules de mi hijo brillaron. Me miró como si contemplara algo repugnante.

—De verdad quería a mi tío. Pero al final, solo quería usarme. Sentía un afecto repugnante por su propia hermana.

Cada palabra que pronunciaba mi hijo me sumía en la confusión.

¿Acaso no era más que un rehén atrapado en medio de tus planes?

—Niño, no me entiendes…

—¡No me llames así! ¿A quién llamas niño? Ya no soy un niño.

Pero para mí, seguía siendo tan pequeño.

Una existencia pequeña y frágil que necesitaba protección.

«Te equivocas… Por favor, escúchame. Dame la oportunidad de explicarme».

Pero todo lo que mi hijo decía era cierto.

Cualquier explicación que le diera sería una mentira.

—¿Por qué nadie me ha amado de verdad?

Las lágrimas corrían por el rostro de mi hijo.

Era la misma pregunta que yo había hecho una vez, a su misma edad.

Ese fue el mayor shock de todos.

—Noah…

Quería consolarlo, de alguna manera.

—Eres tan valioso… Aunque nadie te dé amor, jamás permitas que eso te haga sentir indigno.

Estas eran las palabras que yo misma necesitaba escuchar.

Y ahora, esperaba que llegaran a mi hijo antes que a mí.

Eres… tan precioso.

Tanto que ni siquiera pude decirte "te quiero".

Porque todo lo que había amado había sufrido desgracias.

No podía soportar amar también a mi hijo.

—Es demasiado tarde.

—No, no lo es. Desde que naciste, eras radiante. Y seguirás brillando. No importa lo que hayas aprendido, sigues siendo precioso. No mires atrás. Este dolor no es nada. Sigue adelante, Noah.

Una vez, alguien me susurró esas mismas palabras cuando era pequeña.

—…Siga adelante, señorita.

Ya no recordaba quién las había dicho.

Pero eso ya no importaba.

Por primera vez, con vacilación, extendí la mano y la coloqué sobre el hombro de mi hijo; algo que nunca me había atrevido a hacer antes, por miedo a que se rompiera.

—No te dejes atormentar por estas palabras. Eres… una existencia preciosa.

Pero mi hijo negó con la cabeza, con el rostro contraído por la angustia.

—Entonces debiste haberlo dicho antes.

Soltó una risa amarga y triste.

—Pedí un deseo.

Lo que más temía finalmente se había cumplido.

Apreté con más fuerza su hombro.

—¿Qué dijiste?

—Deseé que Johannes muriera.

En ese instante, el tiempo pareció detenerse.

Mi hijo no comprendía el precio de la muerte.

Yo también había pedido un deseo sin saber nada.

Pero no podía permitirme llorar ni desesperarme como en mi juventud.

Lo abracé con firmeza.

—Escúchame bien, Noah.

—Madre.

—Esto será un secreto entre nosotros.

Todos los que había amado habían muerto.

Había pasado mi vida impotente, incapaz de protegerme siquiera a mí misma.

Pero esta vez…

Protegería a esta persona.

Pase lo que pase.

 

Athena: Porque hablar las cosas cuando deben hablarse, ¿para qué?

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