Capítulo 11

Dos sombras se extendían sobre la hierba, susurrando con el viento. Una larga y ondulada cabellera castaña clara. El dobladillo ondeante de un vestido. Dos figuras entrelazadas como si fueran una sola.

Sin embargo, lo que captó la mirada de Aveline no fueron otros que los ojos de Kazerre.

Incluso desde esa distancia, sus ojos le traspasaron el corazón con una intensidad dolorosa. Más allá de la profunda bruma violeta, se percibía una leve ondulación.

—¡Kazerre!

Antes de que pudiera comprender lo que significaba, Aveline gritó su nombre con urgencia.

Ante su repentino arrebato, el aire tranquilo de la noche de verano se estremeció. La fuerza de su propia voz hizo que su cuerpo también temblara.

—¿Aveline?

Kazerre se volvió hacia ella de inmediato. La mujer que acababa de separarse de su abrazo, pero que aún se aferraba a su brazo, también giró la cabeza.

Cuando sus miradas se cruzaron, el corazón de Aveline latió con fuerza contra sus tímpanos.

Sentía como si toda la sangre de su cuerpo se hubiera evaporado, dejándola helada. Una sensación escalofriante, como la de alguien que acaba de escapar de ahogarse.

—Volvamos, Kazerre.

—¿Qué…?

Sorprendido por su repentina petición, Kazerre comenzó a interrogarla, pero se detuvo.

Aveline, que se frotaba el brazo con nerviosismo, no parecía estar bien.

Un ceño se le formó entre las cejas mientras la examinaba con atención, y sus ojos violetas se oscurecieron con preocupación.

—Creo que… no me encuentro bien. Volvamos.

Aveline reprimió una ansiedad inexplicable y habló con voz débil.

A diferencia de lo habitual, no le preguntó a Kazerre sobre la mujer que estaba a su lado ni le presionó para que le diera explicaciones. En ese momento, no le importaba quién fuera la mujer; solo sabía una cosa: tenía que alejarla de él.

Al oír que Aveline decía sentirse mal, Kazerre no indagó más. En cambio, se dirigió a Clonay y se despidió brevemente.

—Debo retirarme, Lady Huster. Espero que disfrute del resto de la velada.

—Ah… Sí, Su Gracia…

La mujer que se quedó atrás no pudo hacer más que quedarse allí parada mientras Kazerre caminaba a grandes zancadas hacia Aveline.

Para Aveline, sus pasos eran terriblemente lentos.

Quería correr hacia él, agarrarle la mano primero. Pero por alguna razón, sus piernas no respondían. Así que solo pudo quedarse quieta y verlo acercarse.

«Por favor, ven conmigo. No mires a ningún otro lado».

Por suerte, Kazerre llegó a tiempo. Sin embargo, para Aveline, esos pocos instantes le parecieron más largos que los últimos ocho años sin él.

—Nunca pides irte antes. ¿Te sientes tan mal? ¿Dónde te duele?

Su mirada preocupada la recorrió minuciosamente.

Solo cuando se vio reflejada por completo en sus ojos violetas, Aveline sintió que podía respirar de nuevo. Esos ojos oscuros e intensos eran lo único que le devolvía la vida.

Él era el único que le importaba de verdad.

—Siento que mi estómago… no está del todo bien. —Aveline murmuró débilmente.

Su tez pálida y su respiración irregular ponían nervioso a Kazerre.

Sus labios, normalmente rojos, se habían vuelto de un inquietante tono azul. A sus ojos, parecía que iba a desmayarse en cualquier momento.

—¿Tienes fiebre?

Sin dudarlo, Kazerre le puso la mano en la frente.

Su tacto fresco pareció aliviar el calor que recorría su cuerpo. Aveline apoyó la frente en su gran palma y murmuró:

—Se siente bien… ¡Ah!

En ese momento, Kazerre alzó ambas manos para acunar su rostro, sus dedos rozando su piel antes de que de repente la tomara en brazos.

Su pequeña y delicada figura encajaba a la perfección con él, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Aveline lo abrazó por el cuello como si hubiera estado esperando este momento.

Su aroma, familiar, pero a la vez desconocido, le cosquilleaba la nariz, pero no tenía tiempo para detenerse en ello.

—Regresaremos enseguida. Espera un poco más.

Al sentir que ella asentía levemente contra su pecho, Kazerre no dudó más y comenzó a caminar.

Antes de acurrucarse por completo en sus brazos, Aveline lanzó una última mirada por encima de su hombro.

La mujer que había estado con él hacía apenas unos instantes se quedó paralizada, observándolos marcharse.

Al verla quedarse atrás, una inexplicable sensación de alivio se extendió por el pecho de Aveline como una brisa fresca.

Mientras la mujer se alejaba cada vez más y finalmente desaparecía de la vista, Aveline apartó la mirada. Cerrando los ojos, apoyó la cabeza en el pecho de Kazerre.

Su aroma, fresco, nítido y embriagador, la envolvió como la primera nevada del invierno.

El aroma que adoraba. El aroma de Kazerre.

«Él es mío».

Este abrazo firme y cálido era su único refugio seguro.

Hasta el día en que dejara de respirar, él le pertenecería solo a ella, así como ella le pertenecía a él. Porque ese era el destino que el cielo les había escrito.

Pero entonces… ¿por qué se había sentido como una intrusa hacía tan solo unos instantes?

Se suponía que este era su lugar.

«No. Él es mío. Mi hombre».

Como si intentara sacudirse la inquietud que se apoderaba de su corazón, Aveline tembló y se acurrucó más profundamente contra su pecho.

Ojalá pudieran convertirse en uno solo, para que nunca más volvieran a separarse.

—¿Cuándo empezó esto?

Una voz repentina y grave la sacó de sus pensamientos convulsos.

Como un polluelo recién nacido, Aveline abrió lentamente los ojos.

Levantó la cabeza y echó un vistazo a su alrededor.

Sobre ella, un alto techo abovedado se extendía a lo largo del pasillo, con faroles de cristal colgando a intervalos regulares. A lo largo del corredor, estatuas de héroes legendarios se erguían altas e inquebrantables.

¿Acaso no había estado ella en sus brazos solo un breve instante? Sin embargo, ya habían llegado a la entrada del salón de baile.

La fiesta seguía en pleno apogeo, dejando el pasillo inquietantemente vacío.

Aunque la distancia desde el jardín era considerable, Kazerre no mostraba signos de cansancio. Ni siquiera había jadeado.

—No lo sé —murmuró Aveline en voz baja, apoyando de nuevo la cabeza en su pecho mientras él seguía caminando.

Kazerre bajó la mirada, a punto de decir algo en respuesta a su tibia contestación, pero sus pasos se ralentizaron drásticamente hasta detenerse por completo.

Frunció el ceño como si acabara de descubrir una terrible verdad.

—Tú…

Kazerre, que la había estado mirando con expresión sombría, exhaló un suspiro y aflojó el agarre, dejándola en el suelo.

Aveline saltó ágilmente de sus brazos y aterrizó con gracia sobre ambos pies.

La palidez que había ensombrecido su rostro horas antes había desaparecido por completo, sustituida por un precioso rubor rosado. Sus ojos dorados lucían más claros y brillantes que nunca.

—Ahora me siento bien. Antes tenía una sensación extraña en el estómago, pero ahora ya me siento bien.

Aveline se encogió de hombros levemente y esbozó una sonrisa pícara y despreocupada en la comisura de los labios. Su mirada divertida brillaba con la astucia de una embaucadora juguetona.

Kazerre se quedó sin palabras al mirarla, perfectamente sana y sin inmutarse.

Un golpe en la nuca habría sido menos humillante que esto. La había traído corriendo hasta aquí, pensando que algo grave le pasaba, solo para darse cuenta de que lo habían engañado.

—…Ja.

Una risa hueca escapó de sus labios.

Por supuesto. Así era ella.

Susurraba mentiras y planes con la misma dulzura que palabras de amor, e incluso cuando la descubrían, seguía sonriendo sin pudor alguno.

Así que, al final, el único tonto aquí fue él, por creerla, incluso cuando debería haberlo sabido.

El rostro de Kazerre, que por un instante había mostrado una expresión de ira, se quedó rápidamente inexpresivo.

—Olvídalo. Volvamos atrás.

En lugar de dar rienda suelta a su creciente frustración, Kazerre optó por marcharse.

Era mejor volver a casa cuanto antes, para poner distancia entre ellos.

No había motivo para enfadarse. No hacía falta. Por mucho que gritara o suplicara, Aveline Croeta jamás cambiaría.

Y si ese era el caso, ¿qué sentido tenía malgastar emociones en ella?

Sin embargo, por mucho que intentara razonar consigo mismo, la opresión asfixiante en su pecho se negaba a desaparecer.

Irritado, se pasó la mano por el pelo y apartó la mirada de ella. Reprimir sus emociones solo hizo que el cansancio se apoderara aún más de él.

—Sí, entonces volvamos a casa.

Mientras él luchaba por controlar sus emociones, Aveline deslizó suavemente su mano por el hueco de su brazo, como si estuviera sujetando con una correa a una mascota que se había escapado a casa.

Ella le devolvió la mirada con una sonrisa serena y cómplice.

—Sabes cuánto te quiero, ¿verdad? Te amo. Mi Kazerre, mi Hyperion.

Su voz era tan rica y seductora como el canto de una sirena, de esas que pueden hacer que incluso los hombres que cotilleaban sobre ella a sus espaldas murmuren instintivamente en señal de aprobación.

Pero Kazerre no sintió nada. Su corazón no se conmovió. No le sorprendieron sus palabras, ni se preguntó si las decía en serio.

Simplemente estaba cansado. Ese tipo de cansancio que uno siente al escuchar una historia irrelevante sobre la vida de un desconocido.

Sus interminables declaraciones de amor, sus intentos de atarlo con ellas... él estaba empezando a cansarse de todo aquello.

Sin responderle, Kazerre siguió adelante, con pasos fríos e inflexibles.

La noche fue demasiado larga. Agotadoramente larga, sofocantemente larga.

 

Athena: Esto cuando explote, va a ser un dramón. Ella, obsesivamente, sí que quiere a Kazerre, aunque un amor muy disfuncional y su personalidad no ayuda nada. Y él… él no la quiere realmente, o como mínimo, tiene un desencanto muy grande y frustración por un supuesto destino que no eligió.

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