Capítulo 14

Sin embargo, a diferencia de antes, los caballeros no estaban tensos en absoluto. Los pasos pesados y resonantes que hacían vibrar el suelo les resultaban demasiado familiares.

—Bueno, todo el mundo parece muy animado.

Un hombre de aspecto tosco, propio de un bandido, y con una complexión enorme que parecía a punto de reventar el uniforme de caballero de la talla más grande, entró dando un paso al frente y abriendo la puerta de par en par.

Era Lionel, el vicecomandante de los Caballeros de Snowfield.

—Vicecomandante, ¿dónde ha estado todo este tiempo…? No, ¿qué es eso que tiene en la mano?

—¿Qué más? Alcohol.

Xenon puso una expresión de estupefacción, como si le preguntara a Lionel si creía que no reconocía el alcohol cuando lo veía.

Si Kazerre era un norteño que no se parecía a un norteño, entonces Lionel era alguien que ni siquiera era del Norte, pero que encarnaba su espíritu más que nadie.

—Sigue siendo horario laboral.

—Precisamente por eso necesitamos una copa. ¿Cómo vas a poder leer todas esas cartas sin ella?

Tarareando una melodía, Lionel entró con paso despreocupado y se dejó caer en el sofá, acomodándose.

—Pero ¿qué pasa con este ambiente?

—Oh, Lady Croeta estuvo aquí hace un rato…

Xenon se quedó pensativo, incapaz de decir que ella había puesto todo patas arriba. Aun así, eso bastó para que Lionel comprendiera a grandes rasgos la situación.

Emitió un murmullo pensativo y recorrió la oficina con la mirada lentamente. Primero se fijó en Kazerre, que estaba concentrado en su papeleo, y luego en Thierry y Jacques, que estaban de pie sin hacer nada.

—¿Y por qué estáis vosotros dos aquí?

—Este tipo convirtió el campo de entrenamiento en una pista de equitación por puro capricho, así que vine a denunciarlo.

—¿Y desde cuándo te preocupas por los lugares adecuados y el decoro…?

Jacques murmuró algo, y Thierry lo fulminó con la mirada. Por otro lado, Lionel soltó una carcajada, y su voz grave resonó por toda la habitación.

Xenon miró disimuladamente a Kazerre. Por suerte, en lugar de mostrarse disgustado, Kazerre parecía completamente indiferente al alboroto.

Para alguien que cargaba con el peso de la frialdad del mundo sobre sus hombros, tenía una inesperada debilidad por sus caballeros.

—Pero, vicecomandante.

—¿Eh?

—Lady Croeta… ¿siempre ha sido así?

Los ojos de Jacques brillaban de curiosidad, mientras que la expresión de Thierry se ensombreció visiblemente.

Independientemente de sus intenciones, mostrar un interés innecesario en la prometida de su señor nunca fue una buena imagen.

Thierry miró a Kazerre, intentando adivinar su reacción. Sin embargo, Kazerre permaneció impasible, como si no hubiera oído ni una sola palabra.

—¿Y la señorita?

En cambio, Lionel frunció el ceño y se inclinó hacia el joven caballero de una manera que resultaba casi amenazante.

Había desaparecido la despreocupación de hacía un momento. Su mirada fría parecía capaz de degollar a alguien a la menor provocación. Sus rasgos, ya de por sí toscos, se volvieron aún más severos.

Sin embargo, el niño, siempre inocente, arrugó la nariz y continuó hablando como si nada le afectara.

—Me resulta curioso. Se supone que le tiene miedo a las espadas, pero no parece tenerle miedo a los caballeros. No es algo que la mayoría de la gente pueda lograr solo con pura valentía, ¿verdad?

Quienes temían a las espadas solían retroceder o encogerse incluso al ver a un caballero. Por ello, la audacia de Aveline era sin duda inusual.

Lionel, algo convencido por la genuina curiosidad de Jacques, se recostó en el sofá.

Acariciándose la barba canosa, repasó sus recuerdos.

—Bueno… ahora que lo pienso…

De repente, vaciló a mitad de la frase, ladeando la cabeza.

«Espera, ¿de verdad lo era?»

En retrospectiva, desde la perspectiva adulta parecía completamente intrépida, pero la joven Aveline siempre había sido diferente de sus compañeros en ciertos aspectos.

Ya fuera por su inquebrantable confianza en cualquier situación o por la forma en que sus ojos a veces reflejaban una madurez impropia de su edad…

«Sobre todo cuando se trataba de Su Gracia, su obsesión era algo extraordinario».

Desde el primer momento en que se conocieron, Aveline se adueñó del lugar junto a Kazerre y nunca lo soltó. Incluso cuando Kazerre, molesto por su apego, intentaba deshacerse de ella, de alguna manera terminaba de nuevo a su lado.

Mientras tanto, la otra candidata (una chica que inicialmente había sido considerada una posible oráculo) fue cayendo gradualmente en el olvido. Con el tiempo, se sintió tan intimidada por el dominio de Aveline que, incluso cuando Kazerre le habló primero, dudó, buscando la aprobación de Aveline antes de responder.

«Bueno, incluso en aquel entonces, ella sentía un gran afecto por Su Gracia».

Kazerre había sido un chico extraordinariamente guapo, tanto que era comprensible que alguien quisiera tenerlo solo para sí mismo.

De hecho, como guardaespaldas personal de Kazerre en aquel entonces, a Lionel se le había encomendado una misión secreta de la que el propio Kazerre nunca supo: proteger a su joven señor de unos pervertidos enloquecidos.

Pero la obsesión de Aveline con Kazerre no era simplemente la de una niña que no quería compartir un juguete preciado. Había algo... diferente en ello.

Si se le pidiera que explicara qué era exactamente, a alguien tan directo como Lionel le costaría expresarlo con palabras.

—Hubo una vez… Ella saltó directamente desde un balcón del segundo piso solo para ver a Su Gracia. Recuerdo que casi me da un infarto en aquel entonces…

—¿Qué? ¿Saltó desde un balcón?

Los caballeros intercambiaron miradas apresuradas, con la sorpresa reflejada en su rostro.

Así que, después de todo, no era una persona común y corriente. Había sido excepcional desde el principio. Aunque no lo expresaron en voz alta, todos compartían la misma opinión.

—Sí. Y, por esas cosas del destino, cayó justo encima de Su Gracia, rompiéndole el brazo. Tuvo que recuperarse durante bastante tiempo… ¿Lo recuerda, Su Gracia?

Recostado contra el sofá, Lionel inclinó repentinamente la cabeza hacia atrás para mirar a Kazerre boca abajo.

Kazerre le dirigió a Lionel una mirada irritada antes de volver a bajar la vista.

Aunque no respondió, recordaba aquel día con total claridad. Había sido un incidente tan absurdo que olvidarlo era imposible.

El evento había sido sencillo.

Al divisar a Kazerre desde el balcón del segundo piso del templo, Aveline, sin dudarlo, saltó hacia él.

Kazerre, que se encontraba abajo, la atrapó instintivamente, pero en el proceso se fracturó el brazo izquierdo, lo que le obligó a iniciar un período de convalecencia inesperado.

Tras acumular tales experiencias, se había vuelto instintivamente tenso cada vez que Aveline estaba involucrada. Si le disgustaban las situaciones impredecibles, sin duda ella era la razón.

«Pero comparado con ahora, supongo que aquello era casi entrañable».

Ella causaba problemas en cuanto alguien bajaba la guardia, pero en aquel entonces, había algo entrañable en ella.

A veces, cuando ella le sonreía radiante, él se sorprendía pensando, de forma ingenua, que nada de eso importaba realmente.

Pero eso solo se aplicaba al pasado. Aveline ya no era encantadora, ni tampoco una niña.

Kazerre se dio cuenta de esto en el momento en que se reencontraron.

—¿Dónde está Aveline?

A su regreso a la capital, en medio de la bienvenida de los sirvientes desconocidos, Kazerre había preguntado.

Faltaban varias caras conocidas, pero ninguna le preocupaba más que Aveline.

Al principio, escribía cartas y enviaba regalos en cada oportunidad, pero en algún momento dejó de hacerlo.

Él también solía estar demasiado absorto en sus asuntos como para responder adecuadamente, y se preguntaba si eso la habría herido. Ese pensamiento lo impulsó a concluir sus asuntos en su territorio lo más rápido posible y regresar directamente a la finca ducal.

—Está en el anexo…

En aquel momento, Kazerre supuso que simplemente estaba de mal humor. Siempre había sido muy terca. Solo pensó que necesitaba verla pronto y hacer las paces.

Cuando Kazerre observó en silencio al sirviente indeciso, el hombre suspiró y, a regañadientes, lo condujo a los aposentos de Aveline.

Aún ataviado con su armadura, Kazerre lo siguió apresuradamente, solo para verse asaltado por una extraña sensación de inquietud.

El aire en el pasillo era anormalmente frío, como si los vientos gélidos del norte se hubieran filtrado en la propia finca.

Fue entonces cuando se percató de la ausencia de los sirvientes habituales. Aquellos a quienes esperaba ver al frente, dándole la bienvenida, no estaban por ninguna parte.

¿Adónde habían ido todos? ¿Por qué no quedaba ni rastro de ellos?

Justo cuando la sensación de inquietud se afianzaba, unos leves sollozos y el sonido de carne chocando contra carne llegaron a sus oídos desde la distancia.

Al principio, pensó que había oído mal.

Pero los sonidos no hicieron más que hacerse más claros, y con cada paso que daba hacia adelante, su mente se volvía gélidamente rígida.

—¡Su Gracia…!

Una criada que estaba de pie fuera de una habitación jadeó alarmada al verlo e intentó detenerlo.

Pero ninguna simple sirvienta podía burlar a un caballero curtido en el campo de batalla. En un abrir y cerrar de ojos, Kazerre la esquivó y, sin dudarlo, abrió la puerta de golpe.

Y allí, por fin, estaba Aveline.

La hermosa muchacha que se había convertido en una mujer aún más deslumbrante. La que había estado unida a él desde su nacimiento.

Su primer encuentro en ocho años: un reencuentro en el que, por derecho propio, deberían haberse abrazado con alegría.

Ojalá no hubiera habido una criada arrodillada a sus pies, conteniendo los sollozos.

—¿Aveline…?

Kazerre la llamó por su nombre con incredulidad atónita. Lentamente, Aveline giró la cabeza hacia él. Una radiante sonrisa iluminó su pálido rostro.

Era la misma sonrisa encantadora que Kazerre siempre había conocido.

—Has vuelto, Kazerre.

¿Cómo podía la sonrisa de una persona resultar tan inquietante? Aveline se mantuvo serena, con una postura impecable.

Ante ella yacía arrodillada la temblorosa criada, luchando por reprimir sus gritos. Tenía el cabello revuelto y la piel manchada de marcas rojas.

Los demás sirvientes permanecieron a distancia, sin hacer ningún intento por intervenir.

El aire, denso y gélido como los vientos de un bosque helado, lo oprimía con fuerza. Y en un instante, Kazerre comprendió.

Esto no era mera obediencia, sino sumisión, cultivada a través de una prolongada indefensión. Aquel aire sofocante y estéril que había percibido en el pasillo también era obra de Aveline.

—Bienvenido a casa. Te he echado mucho de menos.

Aveline habló con voz dulce, y una suave sonrisa se dibujó en sus labios.

Pero Kazerre no se atrevió a responder de la misma manera. Nunca antes había sentido el peso del paso del tiempo con tanta intensidad.

Aveline seguía siendo tan hermosa como siempre; sin embargo, para él, ahora era una completa desconocida.

Y así, no pudo ignorar la verdad que tenía delante de sus narices.

La Aveline Croeta que él había conocido ya no existía. La chica que solía sonreírle con los ojos llorosos... Ya no estaba.

 

Athena: Así que en el pasado era una cosa… y ahora otra.

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