Capítulo 17

La merienda celebrada en el jardín del marquesado fue de una magnitud realmente grandiosa.

Debido a la gran cantidad de asistentes, se dispusieron mesas pequeñas por todo el recinto en lugar de reunir a la gente alrededor de una sola mesa larga. En el centro, una orquesta de renombre, invitada para la ocasión, interpretó una suave melodía.

El asiento asignado a Aveline era un lugar de honor cerca del centro. A simple vista, parecía similar a las demás mesas, pero sutiles diferencias lo distinguían.

Por ejemplo, el reluciente baño de oro de la tetera, la cubertería sin un solo rasguño, como si fuera nueva, y el jarrón de cristal delicadamente elaborado.

Las familias nobles de Mazengarve agasajaban a sus invitados especiales ofreciéndoles artículos de lujo, finos pero discretos, perceptibles solo para aquellos con un refinado sentido estético.

—Buenas tardes, señoritas.

Aveline saludó a las damas de la nobleza que habían llegado antes que ella. Todas pertenecían a familias prestigiosas que ejercían una gran influencia sobre el imperio.

—Bienvenida, Lady Croeta.

Todas la saludaron con cálidas y benevolentes sonrisas.

Pero eso fue todo. Tras los saludos de rigor, la conversación no continuó.

Por muy prominente que fuera Aveline en la alta sociedad, la nobleza más elitista seguía desaprobando su linaje, y cuando no estaba con Kazerre, a menudo la ignoraban por completo.

Por supuesto, Aveline no era de las que se dejaban intimidar por esas cosas. Se recostó en su silla, serena y relajada, como si estuviera en la comodidad de su propia habitación.

De todos modos, la gente acudiría a ella por su propia voluntad. Especialmente aquellos provenientes de familias en decadencia o de menor estatus social.

Por mucho que la calumniaran a sus espaldas, tildándola de advenediza de dudosa procedencia, no podían ignorar la influencia de Aveline Croeta, la futura duquesa de Evuteren.

Por mucho que las damas de la nobleza presentes en la mesa la detestaran, no podían simplemente echarla.

Como era de esperar, la gente pronto comenzó a reunirse a su alrededor en pequeños grupos.

—El adorno floral es precioso, Lady Croeta.

Una de las damas de la nobleza que fue a saludarla elogió la flor que Aveline llevaba en el cabello. Aveline sonrió con indiferencia mientras respondía.

—Es un anabel que Su Gracia me obsequió, lamentando no poder acompañarme hoy. Me pareció una pena dejarlo sin usar.

—¡Qué considerado de su parte!

Era un secreto a voces en la alta sociedad que el duque de Evuteren enviaba flores siempre que no podía acompañar a su prometida a una reunión social.

Conseguir flores frescas y en plena floración a diario requería tanto riqueza como esfuerzo. En el imperio, decorar una residencia exclusivamente con flores frescas en lugar de artificiales se consideraba una muestra de la riqueza y el estatus del anfitrión.

Además, las flores que Aveline lucía con tanta indiferencia eran todas variedades exóticas extremadamente difíciles de cultivar o muy caras.

Así pues, era natural que, cada vez que se adornaba con flores tan raras y costosas, despertaba admiración y envidia.

Esa era precisamente la ilusión que ella había cultivado cuidadosamente.

La mentira de que «Kazerre Evuteren era profundamente atento con Aveline Croeta» servía como una astuta ilusión que contrarrestaba la indiferencia que ocasionalmente le mostraba.

Aunque no supiera expresarlo bien, era un hombre de gran profundidad, y en esa profundidad no había lugar para nadie más que para Aveline Croeta.

«Kazerre también debe haber oído hablar de ello».

Era imposible que no lo hubiera hecho. Cualquier miembro de la alta sociedad que se preciara conocía la historia.

Sin embargo, Kazerre nunca se molestó en corregir su mentira. Ni siquiera le envió flores.

Y así, la mentira de Aveline siguió siendo una mentira.

¿Eso fue amabilidad o negligencia?

Para Aveline, su silencio fue una suerte, pero a veces se preguntaba: ¿y si él hubiera descubierto su engaño?

«Si nos hubiéramos visto obligados a romper y reconstruir, entonces quizás…»

¿Habrían sido las cosas diferentes?

Lo peor, muy probablemente.

Pero tal vez, solo tal vez, podría haber sido mejor que esto.

En cualquier caso, la posibilidad de cambio había quedado completamente descartada. Kazerre siempre la recibía con indiferencia, bajo la apariencia de paciencia. Y así, Aveline también permaneció inmóvil.

En ocasiones, le invadía la ominosa sensación de que podrían permanecer así para siempre.

«No. Eso no es cierto. Nosotros somos el destino. Tú eres mi destino, y yo soy el tuyo; así que no hay manera de que permanezcamos así para siempre. Algún día comprenderás mi corazón. Y con el tiempo, tu corazón será igual al mío».

Justo cuando estaba calmando la tormenta que crecía en su pecho...

—Lady Croeta, hace mucho que no la veía.

Una noble se acercó a Aveline, saludándola con familiaridad.

Aveline se recompuso rápidamente y la saludó con una sonrisa especialmente radiante. No era momento de perderse en pensamientos inútiles.

—Ha pasado mucho tiempo, condesa Gruner. No la he visto por aquí últimamente.

—Visité mi ciudad natal por un tiempo. Ah, y esta de aquí es mi sobrina lejana. Acaba de llegar a la capital conmigo. Preséntate.

—Hola. Soy Clonay del vizcondado de Huster.

Los ojos de Aveline brillaban como los de una serpiente que acecha a su presa.

Clonay Huster. Ella era el propósito y la razón por la que Aveline había venido hoy aquí.

El día que recibió la invitación, le ordenó a Anika que averiguara la lista de invitados, específicamente para confirmar si Clonay asistiría.

Aveline lo recordaba con claridad. Las dos figuras que se habían aferrado la una a la otra como si nunca se fueran a separar a menos que ella las llamara. La voz suave de Kazerre y su amable saludo.

Cosas que nunca le fueron permitidas a Clonay Huster.

—Es un placer conocerla, Lady Huster.

Aveline habló con una cortesía natural, escudriñando a Clonay con atención.

Cabello castaño claro apagado, tan poco impresionante como hojas marchitas, ojos verde oscuro turbios, una apariencia simple y sin nada de particular, una postura pulcra pero completamente aburrida…

No había nada en ella que mereciera la pena mencionar.

Y, sin embargo, todo aquello la irritaba muchísimo. Como si le clavaran agujas afiladas en los nervios.

Sin embargo, a diferencia de lo que pensaba, Aveline esbozó una cálida sonrisa. Su expresión era tan serena y dulce que nadie podría haber imaginado la inmundicia que se escondía tras ella.

—¿Por qué no se sienta un rato antes de irse?

Ante la sugerencia de Aveline, los ojos de Clonay se abrieron de par en par. La condesa de Gruner, quien la había presentado, también pareció sorprendida.

Pero Aveline siguió hablando como si no se hubiera dado cuenta.

—Como puede ver, aquí no hay nadie de mi edad. Le agradecería que me hiciera compañía.

—Agradezco la generosa oferta, pero…

Clonay dejó la frase inconclusa, con la mirada nerviosa.

Incluso en la lejana finca de los Huster, en el extremo oriental del imperio, las noticias sobre Aveline Croeta habían llegado a sus oídos.

Una belleza bendecida por los dioses, protagonista de una profecía que había sacudido al mundo, y…

«La prometida del duque de Evuteren…»

Clonay recordó la noche en que se encontró con Kazerre.

El aire fresco del verano, la luna llena proyectando un suave resplandor sobre la oscuridad y los ojos violetas del hombre reflejando la pálida luz de la luna.

La prometida de aquel hombre tan guapo le sonreía ahora.

En ese instante, algo en su interior se agitó, burbujeando como el agua justo antes de hervir.

Antes incluso de poder identificar las emociones confusas que bullían en su interior, Clonay quiso escapar. Le resultaba extrañamente incómodo encontrarse con la mirada de Aveline.

Pero ella era simplemente la hija de un vizconde menor, mientras que Aveline pronto se convertiría en duquesa de Evuteren. Rechazar tal invitación sin motivo aparente sería una gran falta de cortesía hacia su tía, quien la había presentado.

Al final, Clonay se volvió hacia la condesa de Gruner y le preguntó en voz baja:

—¿Te parece bien, tía?

—Por supuesto. La joven parece necesitar compañía, así que mantenla entretenida.

—Sí, gracias.

La condesa de Gruner, con semblante expectante, le dio a Clonay un suave empujón en la espalda antes de marcharse. Tras haber conseguido inesperadamente un asiento en la mesa principal, Clonay enderezó la espalda y forzó una sonrisa incómoda.

Sin embargo, por mucho tiempo que pasara, Aveline no le dirigió ni una sola palabra.

Tras solicitar su compañía, ahora actuaba como si Clonay ni siquiera existiera.

Las demás damas de la nobleza que estaban en la mesa la miraban de vez en cuando antes de volver a apartar la vista.

Clonay, recién llegada a la capital, no se dio cuenta de que aquello era una muestra clásica de los juegos territoriales tácitos de la alta sociedad.

—Lady Croeta.

Finalmente, incapaz de esperar más, Clonay se dirigió con cautela a Aveline.

Aveline, que había estado saboreando su té, dejó lentamente la taza. Solo después de una larga pausa volvió la mirada hacia Clonay.

Sus labios conservaban la misma curva elegante que cuando tan amablemente la había invitado a sentarse.

—¿Qué ocurre, Lady Huster?

—Ah, bueno…

Clonay, conocida habitualmente por su aplomo, de repente se encontró tropezando con sus propias palabras.

La sonrisa de Aveline seguía siendo tan hermosa como siempre, pero por alguna razón, contemplarla le producía un vacío escalofriante en el corazón, como un páramo desolado.

«¿Será que estoy siendo demasiado sensible?»

¿Fue su incomodidad con Aveline lo que la hizo sentir intranquila?

De hecho, Aveline era diferente a cualquier persona con la que Clonay hubiera interactuado antes.

Una dama de la alta sociedad, una noble criada entre las últimas tendencias de la capital, una aristócrata glamurosa y refinada. Una mujer que permanecía junto a aquel hombre extraordinario como si formaran una obra de arte perfecta…

Clonay pensó inadvertidamente en Kazerre y rápidamente apartó esa imagen de su mente. Luego, buscó el tema más seguro que le rondaba por la cabeza.

—Lady Croeta, usted ya me ha visto antes, ¿verdad?

Solo después de hablar se dio cuenta de que era una pregunta bastante extraña en la situación actual.

Pero no era del todo inapropiado, así que continuó con naturalidad.

—Durante el banquete de cumpleaños de Su Alteza el príncipe heredero, estuve a punto de caerme. Casualmente, el duque de Evuteren me ayudó, y en ese momento llegó una dama buscándolo. Estaba demasiado oscuro para estar segura, pero pensé que podrías haber sido usted, Lady Croeta.

—Era yo.

—Oh, ya me lo imaginaba.

Clonay dejó escapar un leve suspiro, con la voz teñida de amargura. Incluso ella se sorprendió de lo desolada que sonaba.

A toda prisa, como para encubrirlo, añadió:

—Yo también lo pensaba entonces, pero la verdad es que ustedes dos se complementan muy bien.

Sintió un ligero dolor en el corazón al decirlo, pero lo decía con sinceridad.

Cuando estaban juntos, eran perfectos, sin dejar espacio para nada ni para nadie más.

Pero, ya fuera porque había perdido su sinceridad o porque, en cambio, había quedado al descubierto otra cosa, la sonrisa, antes impecable, de Aveline se fue torciendo lentamente.

—Oh, Lady Huster. Realmente no conoce su lugar, ¿verdad?

 

Athena: A ver, siendo sincera, espero la caída de Aveline con muchas ganas. Porque no suelen mostrar este lado en las historias y tampoco sé cómo ella se va mover cuando todo lo que tiene desaparezca.

Reconozcámoslo, aunque hay cosas del pasado que pueden hacer que puedas empatizar con ella, Aveline es mala. Muy mala.

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