Capítulo 18
—¿Qué?
Clonay se quedó paralizada un instante ante aquella mirada gélida.
Los ojos amarillos que había creído que reflejaban la cálida luz del sol ahora eran tan fríos que le helaban la sangre. Era una mirada llena de desprecio y odio, mucho más allá de la mera hostilidad o la desconfianza.
Sus ojos parpadeaban rápidamente, incapaces de asimilar el repentino cambio de ambiente.
—¿Crees que estás en posición de juzgarme a mí y al duque de Evuteren?
—¡Cielos, nunca lo dije con esa intención! Solo decía que ustedes dos…
—Y, sin embargo, otra vez.
Aveline interrumpió la voz de Clonay como si la estuviera cortando con unas tijeras.
No le interesaban los verdaderos sentimientos de Clonay Huster. Dijera lo que dijera, Aveline encontraría la manera de contradecirlo. Al fin y al cabo, esa era la razón por la que había venido hoy.
Lo único que Aveline había estado esperando era una excusa adecuada. Una excusa para humillar públicamente a Clonay Huster en ese mismo instante.
Su objetivo era erradicarla por completo para que jamás se atreviera a mostrar su rostro en ningún lugar, para librarse de esa molesta presencia de una vez por todas.
Conforme aumentaba el alboroto, la atención de la gente se fue centrando gradualmente en ellas. Sin embargo, solo murmuraban desde la distancia; nadie se atrevía a intervenir.
Clonay sintió una vergüenza indescriptible cuando Aveline chasqueó la lengua delante de ella como si estuviera castigando a una niña descarriada, justo delante de todos.
No tenía ni idea de dónde provenía la ira de Aveline, pero independientemente del motivo, sabía que ese trato era injusto.
—Parece que la señorita ya no desea conversar conmigo. En ese caso, me retiro.
Sin esperar permiso, Clonay se puso de pie bruscamente. No era precisamente un comportamiento propio de una dama, pero ahora incluso estaban considerando que Aveline había sido la primera en actuar con descortesía.
—Lady Croeta. Me enseñaron que cuanto mayor es el estatus de una persona, más generosa debe ser con quienes están por debajo de ella. Espero que su gracia se extienda a los demás.
Su voz era firme, sin rastro de burla. Parecía que le estuviera ofreciendo un consejo sincero a Aveline.
Y eso fue lo que encendió una llama inextinguible en el pecho de Aveline.
«¿Cómo se atreve? Después de haber sentido algo por el hombre de otra mujer, ¿tiene la audacia de dar consejos?»
Era imposible que Aveline no reconociera esa mirada: esos ojos llenos de una tristeza ridícula, esa expresión insolentemente desolada. ¿Cuántas veces había visto a mujeres mirar a Kazerre de esa manera?
Clonay Huster era solo otra mala hierba que Aveline tenía que pisotear. Tenía que asegurarse de que jamás se atreviera a crecer de nuevo.
Por eso, Aveline estaba dispuesta a hacer cualquier cosa.
No había nada que temer. Lo único que podía perder era a Kazerre Evuteren, y si eso significaba protegerlo, estaba más que dispuesta a convertirse en una villana.
Si pudiera eliminar a todas las mujeres que se atrevieran a rondarle, con gusto se prendería fuego a sí misma como ofrenda.
«Si eso es lo que hace falta para que sigas a mi lado».
Aveline se puso de pie lentamente.
En ese momento, justo cuando Clonay bajaba y luego levantaba la cabeza para despedirse...
Un sonido agudo y estridente rompió la armonía de la melodía de la orquesta, y Clonay giró la cabeza bruscamente hacia un lado.
Temblaba, con los labios ligeramente entreabiertos por la sorpresa ante la repentina bofetada.
—¿Q-Qué es esto…?
—Tenías la cabeza demasiado alta.
Una segunda bofetada despiadada ahogó la protesta de Clonay.
Las damas, de porte refinado, jadearon, cubriéndose la boca con ambas manos. Si bien conocían bien la crueldad de Aveline, esta era la primera vez que recurría abiertamente a la violencia.
El ambiente que la rodeaba era tan escalofriantemente amenazador que nadie se atrevía a intervenir, y mucho menos a acercarse.
La condesa de Gruner, que acudió rápidamente al percatarse del alboroto, no fue la excepción. Incluso mientras presenciaba cómo agredían a su sobrina ante sus propios ojos, no pudo hacer más que patalear con impotencia y angustia.
—Tenías la mirada demasiado baja.
Tras la tercera bofetada, que fue sonora, Clonay finalmente perdió el equilibrio y se desplomó al suelo.
Su cabello, antes cuidadosamente peinado, se despeinó, sus ojos verde intenso se apagaron y perdieron su vitalidad, y su mejilla, antaño clara, se hinchó hasta adquirir un rojo intenso, más allá de lo que cualquier polvo podría disimular.
Finalmente, una sonrisa de satisfacción apareció en sus labios mientras Aveline miraba a Clonay, que permanecía sentada, humillada y desplomada.
Le dolía la mano derecha de tanto golpearla, pero comparado con la euforia del triunfo, el dolor era insignificante.
—Por fin has encontrado una altura de los ojos adecuada, que te corresponde.
—Ugh…
—Incluso podrías estarme agradecida, pues te he enseñado a respetar debidamente a tus superiores.
Con un tono suave, Aveline añadió este consejo antes de quitarse el guante de la mano derecha y tirarlo a un lado, como si se deshiciera de algo sucio.
El guante de encaje blanco inmaculado, ahora manchado con una mota de rojo, cayó ostensiblemente ante los ojos de Clonay.
Sus pupilas temblaron violentamente mientras lo miraba aturdida.
Algo en su interior, que apenas se había mantenido en pie, se derrumbó de repente.
Y algo más, que había estado latente bajo la superficie, comenzó a desbordarse.
Desde el momento en que Clonay vio a Aveline por primera vez, la fuente de esa tensión latente se hizo evidente: era el odio.
Clonay despreciaba a Aveline Croeta. Aborrecía a la mujer que había conquistado a aquel hombre tan apuesto.
La ira desatada por la violencia despiadada se propagó incontrolablemente en un instante.
Y Aveline afrontó sin reparos el furioso resentimiento de Clonay. La lastimera melancolía se desvaneció, revelando una hostilidad cruda que resultó sumamente satisfactoria.
Así que, al final, no era diferente de todas las demás mujeres insensatas que se extralimitaban. Aveline casi sintió alivio.
—¿D-Duque…?
En ese instante, alguien murmuró con voz temblorosa. Aveline, que de alguna manera logró distinguir las palabras, giró la cabeza.
Kazerre estaba entrando al jardín.
Su rostro se endureció por la furia y su mirada se fijó en ella.
Un silencio denso se apoderó del jardín, oprimiendo a todos. Nadie se atrevió a pronunciar palabra.
Kazerre Evuteren era conocido por su taciturnidad, pero a la vez por su compostura y sus buenos modales. Para las damas de la alta sociedad, esto era una verdad innegable.
Sin embargo, ahora, al ver el aura opresiva que emanaba de él, como si pudiera aplastar todo a su paso, se dieron cuenta de lo ingenua que había sido esa creencia.
Por fin comprendieron por qué le llamaban el Duque de Sangre de Hierro.
—Kazerre.
La única persona imperturbable fue Aveline Croeta, quien lo saludó con la misma voz dulce de siempre.
Kazerre se dirigió a Aveline. Ella, volviéndose completamente hacia él, susurró su nombre una vez más con deleite.
—Kaze…
Pero Kazerre pasó de largo sin inmutarse ante su voz.
Como si ni siquiera se hubiera percatado de su existencia.
La leve brisa que levantó al pasar le hizo cosquillas en la piel a Aveline. Ella parpadeó lentamente, incapaz de comprender lo que acababa de suceder.
Los pasos de Kazerre lo condujeron directamente hacia Clonay, que seguía tendida en el suelo. Sin dudarlo, se arrodilló sobre una rodilla para mirarla a los ojos.
—¿Está bien?
—Yo… ah… ay…
Clonay intentó responder instintivamente que estaba bien, pero en el momento en que abrió la boca, un dolor agudo la detuvo.
Dudó un instante y se llevó los dedos temblorosos a los labios. Unas gotas de sangre manchaban las yemas de sus dedos.
—Use esto.
Kazerre, sin dudarlo, le ofreció su pañuelo.
Clonay lo tomó con manos temblorosas y se lo llevó a los labios. La tela blanca se tiñó de rojo, como los pétalos de una flor.
Tras observarla con una leve mueca, Kazerre le tendió la mano.
—Su mano.
Aturdida, Clonay colocó su mano sobre la firme palma de él, y él la levantó suavemente hasta ponerla de pie. Su fuerza era cautelosa, tierna.
Desde la violencia despiadada hasta la salvación repentina, Clonay, aturdida por el impacto de todo aquello, no podía apartar la mirada de sus ojos violetas, que no contenían más que su reflejo.
Una vez más, quedó impresionada por la perfección de Kazerre Evuteren. Le bastó con creer, aunque solo fuera por un instante, que todas sus penurias pasadas la habían llevado hasta él.
—…Pido disculpas.
La voz de Kazerre era baja y cargada de tristeza.
Quizás había venido corriendo; su cabello oscuro estaba despeinado, proyectando sombras sobre su rostro.
Clonay sintió una necesidad imperiosa de tranquilizarlo, de abrazarlo. Si alguien debía disculparse, era Aveline Croeta.
Ella no era de las que se rebelaban contra la voluntad divina, ni siquiera siendo noble del Imperio Mazengarve. Pero solo por esta vez, se encontró maldiciendo al dios que le había destinado a una mujer así.
Kazerre, con el ceño fruncido, luchó por apartar la mirada de Clonay. Pero tras un instante, finalmente giró la cabeza.
Sus ojos hundidos pronto se posaron en la marquesa Bourville.
—Pido disculpas por interrumpir la fiesta.
—Oh, n-no, Su Gracia.
La marquesa Bourville bajó la cabeza apresuradamente.
Kazerre asintió brevemente antes de volver a mirar a Clonay.
Las heridas en su rostro —todas y cada una de ellas— eran, en gran medida, obra suya. El peso de la culpa lo oprimía.
Pero en esta fiesta arruinada, lo único que podía hacer ahora era eliminar rápidamente la causa de este desastre. Kazerre apenas logró girar su cuerpo.
Por fin, la figura de Aveline Croeta, a quien había ignorado durante todo ese tiempo, apareció en su campo de visión.
Athena: Uuuuuh, ya empieza, chicos. Es que quiero que caiga, regodearme en la miseria de Aveline y ya, si eso, empezar a sentir pena si cambia alguna vez. Pero lo dudo, por ahora, al menos.