Capítulo 36

Incluso antes de despertar su poder divino, Aveline nunca había dudado de que ella y Kazerre estaban destinados a estar juntos. Por lo tanto, el hecho de que su poder divino se hubiera manifestado era simplemente algo inevitable, nada más que una simple confirmación para Aveline.

En otras palabras, distaba mucho de ser suficiente para compensar la sensación de pérdida que sentía tras la muerte de su madre.

Su madre había muerto. La madre que había intentado protegerla de su padre autoritario, pero que al final se había visto impotente y se había hundido con ella. Vivian Croeta, que siempre la miraba con una sonrisa triste, como si le pidiera disculpas.

Abrumada por el dolor, Aveline cayó en una fiebre alta que duró más de diez días. Cuando finalmente recuperó la consciencia, descubrió que ahora podía usar su poder divino. Mientras todos los demás se regocijaban, solo Aveline sentía tristeza.

«Si iba a despertar de todas formas, ¿por qué no pudo haber sucedido un poco antes? Así tal vez habría podido salvar a mi madre».

Esa pena solo la sentía Aveline. Al fin y al cabo, durante ese tiempo, su padre vivía con una sonrisa perpetua en el rostro. Perder a su esposa era insignificante comparado con la riqueza y la gloria que le traería el poder divino que su hija había despertado. Y así, el dolor solitario de Aveline perduró durante mucho tiempo.

Entonces, el día de su cumpleaños, cuando huyó a la oscuridad para escapar del sonido de las risas de la gente que la celebraba, quien la encontró no fue su padre, sino el destino.

Cuando oyó su voz buscándola mientras sollozaba en el balcón, sintió a la vez alivio y una profunda tristeza.

—¡Kazerre!

Sentía que moriría si no lo abrazaba de inmediato. Como si le hubieran salido alas, voló por los aires hacia él, hacia los brazos seguros y tiernos que solo podían ser suyos.

El abrazo del niño salvó a Aveline una y otra vez. Incluso cuando se le formaban moretones en las muñecas por el agarre férreo de su padre al arrastrarla, incluso cuando la arrojaban en medio de miradas desdeñosas y altivas, incluso cuando perdía el sueño porque su padre, con los ojos enrojecidos por el complejo de inferioridad, destrozaba sus pertenencias en un ataque de ira; si tan solo ese abrazo permaneciera suyo, Aveline podría soportarlo todo.

Pero llegó el momento en que ni siquiera eso estaba permitido.

—¡Ha llegado un mensajero! ¡El duque de Evuteren y Su Majestad la emperatriz consorte han caído en batalla en el norte…!

El duque de Evuteren y la emperatriz consorte Elise, hermanos que habían liderado personalmente una expedición para someter a las bestias cada vez más descontroladas de los últimos años, perecieron juntos en batalla.

—¡Dios mío, incluso los caballeros de élite de Evuteren fueron aniquilados por las bestias…!

Una oleada de inquietud. Los murmullos apagados de los adultos.

Nadie explicó nada con claridad, pero su ansiedad se transmitió sin filtros a la joven Aveline.

Los habitantes de la capital, que solo habían oído hablar de las bestias a través de rumores, cayeron en pánico. Solo ahora comprendieron realmente lo peligrosas que eran esas criaturas.

La reverencia por la Casa Evuteren, que los había protegido de monstruos tan aterradores, se desvaneció rápidamente ante el miedo y la incertidumbre inmediatos.

—¿Y ahora qué pasa? Si las bestias descienden sobre la capital…

—Tras la muerte del duque y la emperatriz consorte, según la tradición, el joven duque tendrá que tomar las riendas de la lucha.

—Incluso los caballeros de élite perecieron, ¿qué puede hacer entonces un niño no ordenado…?

Mientras la gente propagaba sus temores entre sí, Aveline pensó en el difunto duque de Evuteren y en la emperatriz consorte Elise.

Nunca había forjado un vínculo profundo con ellos. Su atención siempre había estado centrada exclusivamente en Kazerre.

Pero ella los recordaba. Eran el padre y la tía de quienes Kazerre se había sentido tan orgulloso. Ella había amado a Kazerre cuando él juró convertirse en un gran Evuteren como ellos.

—Disculpe, necesito ver a Kazerre…

—Por favor, señorita, compórtese. El duque no tiene tiempo para sus caprichos ahora mismo.

Aveline deseaba desesperadamente correr hacia Kazerre.

Pero los sirvientes de la finca solo la consideraban una molestia y se negaban a escucharla.

Para aquellos que se enorgullecían de servir a una prestigiosa casa noble, la familia Croeta no era más que objeto de burla.

En una ocasión, un sirviente sustituyó el mejor vino por uno barato y se rio a espaldas del conde Croeta mientras este se maravillaba de su exquisito sabor.

Ante esta realidad, el trato que recibió Aveline no fue diferente. Solo fingían amabilidad hacia ella cuando había extraños presentes, viéndola como «la hija del Oráculo».

Sobre todo, cuando se reunía con Kazerre, debían ser extremadamente cautelosos para que su mala conducta no saliera a la luz. Por lo tanto, las súplicas de Aveline para ver a Kazerre fueron desestimadas como una simple rabieta.

Así transcurrieron los días, y finalmente, Aveline decidió abandonar la finca sola para encontrarse con Kazerre.

—¡La joven está desaparecida!

Solo después de que ella se marchó, los sirvientes se percataron de su ausencia y armaron un escándalo.

Al anochecer, cuando aún no la habían encontrado, finalmente pidieron ayuda a la finca ducal, sin olvidar quejarse de lo problemático que era controlar a una chica tan imprudente como excusa por su negligencia.

Mientras ambas familias se veían sumidas en el caos, la niña perdida permanecía sentada, abatida, entre las casas adosadas, muy juntas entre sí.

Precisamente ese día tenía que ser el primero en nevar. En Mazengarve, situada en el sureste del continente, la nieve era un fenómeno poco común, pero ese día cayeron copos espesos sin cesar.

La nieve se acumulaba sobre los pequeños hombros de Aveline, cubierta solo con un fino abrigo. Para cuando sus pies, congelados por completo, perdieron toda sensibilidad, una voz resonó.

—¡Aveline!

La voz que la había atormentado en sus noches de insomnio hizo que Aveline levantara la cabeza de golpe.

Kazerre caminaba hacia ella entre la ráfaga de nieve.

—¡Dejar la casa sola! ¿En qué estabas pensando? ¿Tienes idea de lo preocupado que estaba…?

—¡Hic, Kazerre!

Aveline rompió a llorar y se arrojó a sus brazos con tanta fuerza que Kazerre se tambaleó ligeramente.

Pero, como siempre, la abrazó con firmeza.

Esa constancia inquebrantable era tan desgarradora que sus lágrimas no cesaban.

Lágrimas calientes corrían por sus mejillas heladas.

—No llores, Aveline.

Kazerre le dio una palmadita en la espalda.

Debería haber sido ella quien le dijera esas palabras. Pero como él no lloraba, Aveline ni siquiera pudo consolarlo.

En cambio, ella lo abrazó con todas sus fuerzas, tal como él siempre lo había hecho con ella. Tal como lo había hecho cuando ella perdió a su madre.

Ella nunca había aprendido otra forma de consolar a alguien.

Cuando finalmente cesaron los sollozos de Aveline, Kazerre se apartó suavemente. Completamente agotada por el llanto, ella le permitió que la moviera sin resistencia.

Kazerre apretó con fuerza sus pequeñas manos entre las suyas.

Sus manos, que hacía tiempo habían perdido la sensibilidad, se calentaron al contacto con el calor de su tacto.

Aveline levantó la cabeza y miró a Kazerre en silencio.

El rostro del niño, antaño radiante, ahora estaba demacrado, con los ojos hundidos por el cansancio. La abrumadora fatiga reflejada en su rostro seco y triste le oprimió el pecho, como si lo hubiera magullado por dentro.

—Es peligroso, así que no andes sola por ahí. No tengo fuerzas para cuidarte ahora mismo…

—¿Es cierto que te vas al norte?

Aveline interrumpió de repente, con la voz temblorosa por el cansancio.

Kazerre, que había estado mirando fijamente sus manos entrelazadas, finalmente la miró a los ojos.

Ella ya había oído que él había heredado su título y se estaba preparando para partir hacia el norte, dejándole apenas tiempo para dormir.

Ante la brutal realidad que se le había abatido como una inundación, probablemente ni siquiera había tenido la oportunidad de hacer el duelo.

Y, aun así, Aveline tuvo que preguntar.

—¿De verdad me vas a dejar atrás?

Kazerre vaciló, como si supiera la respuesta, pero no pudiera atreverse a decirla en voz alta.

Mientras el breve silencio se llenaba con el vaho de sus respiraciones, Aveline, presintiendo su inminente despedida, suplicó con los ojos llenos de lágrimas.

—Yo también quiero ir al norte. Llévame contigo.

—Eso no es posible, Aveline.

Kazerre marcó un límite firme de inmediato. La vacilación de hacía un momento desapareció, reemplazada por una actitud fría y serena, tal como cabría esperar de un miembro de Evuteren.

Algunos lo mirarían ahora y lo elogiarían como un joven duque que irradia una dignidad impropia de su edad. Y Kazerre soportaría esa pesada carga sin quejarse.

Pero la idea de que él se esforzara sin descanso precisamente por eso le hacía sentir que el corazón le iba a estallar.

Solo pensarlo le daban ganas de llorar así. ¿Cómo pensaba soportar esas largas noches completamente solo?

—¡No! Llévame contigo. No me dejes atrás.

—No seas terca. ¿Tienes idea de lo peligroso que es el norte? Está plagado de bestias.

—¡Y, sin embargo, vas a ir allí!

—Aveline. Tengo que ir. Ahora soy el duque de Evuteren. —Kazerre razonó con ella pacientemente—. Pero tú eres diferente. Aún eres joven y frágil. Si vas a un lugar así, podrías morir.

—¿Y tú…?

«Solo eres un año mayor que yo. Eres igual de joven, igual de frágil. El que realmente parece que va a morir eres tú».

Solo llevaba unos días separada de su prometido, y, sin embargo, de repente él le pareció un adulto, tan insoportablemente maduro que le daban ganas de llorar de nuevo.

Apretó los puños y gritó furiosa.

—¡Me da igual, voy a seguir!

—Aveline.

—No me importa si es peligroso, ¡solo quiero estar a tu lado! Prefiero morir contigo que quedarme atrás. Yo… yo soy tu destino.

Kazerre guardó silencio, mirando fijamente sus ojos llenos de lágrimas como hipnotizado. El tono dorado de sus iris brillaba como la luz del sol reflejada en el agua.

Sabía lo terca que podía ser. Eso le había preocupado más de una vez.

Pero esta vez, su inquebrantable determinación proyectó una luz impenetrable en la oscuridad de su corazón.

Así es. El deber no era lo único que le quedaba.

Aveline seguía aquí. Su destino seguía aquí.

Fue solo después de darse cuenta de ese hecho que Kazerre tomó conciencia de la inmensa sensación de pérdida que lo había estado asfixiando.

Al perder en un instante a todos los adultos en quienes podía confiar, se sintió completamente solo. Sintió como si el mundo entero lo hubiera abandonado.

Pero aún le quedaba mucho por dar.

Y por primera vez, hizo un recuento de las cosas que realmente quería proteger, no por obligación, sino simplemente porque eran valiosas para él.

Y entre ellas, esta chica fue la primera.

—Aveline. Hagamos una promesa.

—¿Qué clase de promesa?

—Dentro de diez años, volveré a ti. Cueste lo que cueste, regresaré a tu lado. Así que, cuando lo haga, sé mi esposa, tal como el destino lo ha dispuesto para nosotros. Y que nunca más nos separemos.

Al oír la palabra «esposa», los ojos de Aveline se abrieron de par en par por un instante antes de que su expresión se ensombreciera. Había comprendido el verdadero significado de sus palabras.

Su promesa de regresar también implicaba la posibilidad de que no lo hiciera.

Su promesa de que nunca más se separarían significaba que, hasta entonces, debían permanecer separados.

Nuevas lágrimas brotaron de sus ojos, que ya estaban enrojecidos.

—¿Por qué tienes esa cara? Te estoy pidiendo matrimonio ahora mismo.

—¡Eres un idiota!

Aveline lo fulminó con la mirada, como si le molestara que intentara aligerar el ambiente con una broma.

Pero no había manera de que Aveline Croeta pudiera odiar de verdad a Kazerre Evuteren.

Ella se arrojó a sus brazos sin dudarlo.

Y esta vez, Kazerre la abrazó con fuerza. Por primera vez, estrechó con todas sus fuerzas aquel pequeño cuerpo que siempre había temido romper.

—Seguro que volverás, ¿verdad?

—Lo juro. Pase lo que pase, volveré. Así que quédate aquí y espérame a salvo.

—Prométemelo. No puedes romperlo.

—Lo prometo. Lo juro hoy mismo, dentro de diez años.

Aveline se aferró a él, sintiendo cómo su calor la envolvía.

Apenas podía respirar, pero deseaba que nunca la soltara. Quería que la abrazara aún más fuerte. Si lo hacía, sentía que podría morir feliz en sus brazos.

Los copos de nieve caían sobre las dos figuras que se abrazaban como una sola, para luego derretirse al contacto con ellas.

Fue un invierno inusualmente cálido.

 

Athena: Ay… qué pena me ha dado leer esto. Ahora me van a dar ese contexto que tanto necesito jaja.

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