Kazerre bajó la mirada hacia el objeto que Samuel había colocado sobre la mesa.
Era un antiguo cuadro en pergamino.
En concreto, se trataba de un retrato. Aunque los colores se habían desvanecido un poco, aún quedaban restos de los pigmentos originales. A juzgar por la vestimenta inusual, no parecía ser una obra contemporánea.
Pero ese rostro. Incluso con los rasgos suavizados y los colores apagados, incluso con las prendas desconocidas que nunca había visto en persona, ese rostro era inconfundible…
—Este es un artefacto que descubrí en las ruinas de un antiguo templo recientemente excavado. Tras comparar la firma en el reverso con escrituras antiguas, llegué a la conclusión de que se trata de un retrato de la emisaria de la luz, Dione. ¿No se parece mucho a alguien?
Era algo más que un simple parecido.
Cabello rubio, otrora símbolo de prosperidad ancestral. Entre los pigmentos desvaídos y moteados, lo único que permanecía vibrante eran un par de ojos verdes inconfundibles. Aquella dulce sonrisa era idéntica.
De no ser por la textura envejecida del pergamino y la vestimenta antigua, sin duda se trataba de Clonay Huster.
La mirada violeta de Kazerre, fija en el retrato, vaciló. Samuel observó su evidente agitación con satisfacción.
Por fin, este hombre solemne y cauto aceptaba la verdad. Un momento histórico.
Samuel estaba inmensamente orgulloso. Se había convertido en un verdadero mensajero de Dios, guiando a un alma perdida por el camino correcto.
Poco después, Kazerre levantó con cuidado el retrato. Samuel sintió un instante de inquietud ante la expresión indescifrable de su rostro, pero se obligó a mantener la calma.
Sin duda, la reencarnación de Hyperion no le haría nada a un retrato de Dione. Dudar de eso era casi una blasfemia.
—¿Hay alguien más que sepa de esto aparte de usted, sacerdote?
Su voz, ahora más grave y pesada, transmitía un peso innegable.
Samuel se estremeció inexplicablemente, frotándose los brazos. Un extraño escalofrío le recorrió la espalda.
Debió de ser la emoción abrumadora de enfrentarse a la verdad. Con orgullo, respondió:
—Por supuesto, aún no se lo he contado a nadie. Dado el impacto que esta verdad tendría en el mundo, tenía que ser cuidadoso. En cuanto descubrí el retrato, lo retiré en secreto para que nadie más lo viera…
—Eso es un alivio.
—¿Cómo?
Samuel parpadeó atónito, sus palabras quedaron interrumpidas.
«Un momento, ¿acaba de hablarme de forma informal?»
Era un hombre tan cortés que incluso utilizaba títulos honoríficos con los sacerdotes aprendices.
Apenas había asimilado el pensamiento cuando...
Kazerre destrozó el retrato sin dudarlo.
Samuel, aún paralizado por la conmoción, saltó hacia adelante horrorizado.
—¿Q-qué está haciendo? ¡¿Ha perdido la cabeza?!
—Eso es lo que debería preguntar. ¿Crear un retrato falso para distorsionar la profecía divina? ¿Deseas ser juzgado por herejía?
—¿Falso? ¿Herejía? ¡Lo juro, soy un devoto siervo de Dios! ¡Esta es la verdad!
Samuel gritó desesperado, con los ojos desorbitados.
Pero un sacerdote débil no tenía ninguna posibilidad contra un caballero entrenado.
En un instante, el supuesto retrato de Dione fue hecho pedazos y esparcido por el suelo, sin dejar rastro alguno.
Solo entonces Samuel comprendió la gravedad de la situación.
La actitud reservada de Kazerre no se debía a la incredulidad, sino a su negativa a aceptar la verdad.
Y ahora, tenía la intención de enterrarlo.
Por fin, Samuel vio de verdad aquellos ojos fríos y violetas que lo miraban fijamente. Sintió el peso sobre sus hombros, una presión asfixiante tan intensa que casi le flaquearon las rodillas.
Fue entonces cuando se dio cuenta de que no se trataba solo de intimidación.
Era un aura asesina.
—¿Q-qué…?
El rostro de Samuel se contrajo de angustia, como si hubiera sido traicionado por el mismísimo Dios.
La comprensión de su difícil situación le golpeó como un martillo, y el miedo se apoderó de él, expandiéndose rápidamente.
Su cuerpo temblaba incontrolablemente, como si lo hubiera asaltado un repentino escalofrío febril.
Esta reacción no se parecía en nada a la que esperaba. No podía creerlo.
No era ningún secreto que Kazerre y su prometida estaban enfrentados. Aveline Croeta era muy inferior al duque de Evuteren en todos los sentidos. Era famosa por su carácter vil, que constantemente agotaba la paciencia de quienes la rodeaban, incluido el propio duque.
Así pues, Samuel creía que Kazerre acogería con agrado la oportunidad de dejar de lado a Aveline y cooperar con él. Era la respuesta lógica.
Como mínimo, debería haberse tomado el tiempo necesario para investigar racionalmente si la afirmación de Samuel era válida. Si de verdad era el duque de Evuteren prudente y digno que todos creían que era.
«Entonces, ¿por qué...?»
—La única razón por la que no te voy a denunciar es porque tus tonterías no merecen mi tiempo.
La mirada fría de Kazerre se clavó en Samuel, que temblaba violentamente.
En ese momento, era más peligroso que cualquier asesino infame que dominara el mundo del hampa.
¡Ah, qué engañosamente amable había sido Kazerre Evuteren todo este tiempo!
Pensar que había ocultado una presencia tan amenazante bajo su refinada apariencia... era casi ridículo.
Como un depredador que acecha entre las ovejas.
—Así que, de ahora en adelante, será mejor que tengas mucho cuidado.
Su voz, antes amable y pausada, ahora denotaba una escalofriante firmeza.
No, no fue una advertencia.
Era una amenaza.
La percepción que Samuel tenía de Kazerre se hizo añicos por completo.
«¡Qué equivocado estaba!»
Kazerre Evuteren ya no era un caballero. Era una bestia despiadada, dispuesta a clavarle los dientes en la garganta a su oponente en cuanto las cosas no salieran como él quería.
—¿Cree que puede ocultar la verdad de esta manera?
Samuel apretó los dientes y gritó. Le temblaba la mandíbula y la voz se le quebró, pero como devoto siervo de Dios, no podía ceder.
—El derrumbe del Gran Templo el Día del Oráculo y la aparición de demonios en la capital: ¡estas son advertencias de Dios! Debemos arreglar las cosas ahora mismo. ¡No podemos permitirnos seguir provocando su ira!
En comparación con Samuel, que gritaba hasta desgarrarse la garganta, Kazerre permaneció completamente indiferente y sereno. Como si la desesperación ante esta traición imposible le perteneciera solo a él.
¿Cómo pudo haber creído alguna vez en ese hombre y confiarle la verdad? El remordimiento lo carcomía.
—Si desafía el destino que Dios le ha deparado, ¡tampoco será perdonado!
Samuel gritó como si estuviera profiriendo una maldición.
Pero Kazerre se limitó a repetir su advertencia, con una expresión desprovista de calidez.
—Antes de preocuparte por la ira de Dios, deberías preocuparte por la mía. Si las tonterías que estás diciendo llegan a oídos de Aveline, ni siquiera tendrás la oportunidad de ser juzgado por herejía.
Con la misma mirada gélida de antes, miró a Samuel con arrogante desdén.
Sin embargo, en ese instante, sintió como si le hubieran puesto una cuchilla en la garganta. Un escalofrío le recorrió la espalda.
Inconscientemente, Samuel se estremeció y retrocedió. El valor que había reunido hacía apenas unos instantes ahora le parecía una bravuconería infantil.
La advertencia de Kazerre Evuteren no era una amenaza vacía. Hablaba en serio. Y cumpliría su palabra.
Solo cuando el aterrorizado Samuel finalmente guardó silencio, Kazerre, tras mirarlo fijamente por un instante, se dio la vuelta.
Dejó atrás al aturdido Samuel y salió del salón.
El lugar al que se dirigía no era su destino original, sino su oficina.
Xenon, que había estado trabajando solo, levantó la vista, sorprendido al entrar.
—¿Ya ha vuelto?
—Investiga a un sacerdote llamado Samuel. Consígueme todos los detalles sobre él. Está afiliado al Gran Templo. Asigna a alguien para que lo vigile también.
—¿Eh? ¿Por qué de repente…?
Xenon comenzó a cuestionar por qué era necesaria tal vigilancia e investigación para un sacerdote común, pero rápidamente se calló.
Su señor desprendía un aura escalofriante y asesina que jamás había visto antes.
Incluso cuando cazaba demonios, Kazerre solo había demostrado un sentido del deber y la responsabilidad, nunca una malicia manifiesta.
¿Qué demonios se dijeron entre ellos?
La mirada que Kazerre dirigió hacia el salón era tan amenazante que Xenon se estremeció involuntariamente.
En lugar de insistir, Xenon asintió rápidamente.
Al ver que no había más instrucciones, Kazerre se dio la vuelta y se marchó.
Aveline, que estaba sentada con la espalda apoyada en la cama, mirando por la ventana, giró la cabeza al oír un ruido.
—Kazerre.
Ella lo saludó con una sonrisa radiante.
Habían pasado tres días desde que recuperó la consciencia.
Como aún no se había recuperado del todo, Kazerre se aseguró de visitarla al menos una vez al día.
Aunque había recuperado la consciencia, su tez seguía siendo débil. Las ojeras le daban un aspecto demacrado, y su palidez era casi fantasmal.
En comparación con hace tres días, cuando se la veía completamente frágil, sin duda estaba mejorando, pero para Kazerre, su recuperación era demasiado lenta.
—Pensé que no vendrías hoy porque llegaste tarde.
Aveline sonrió levemente, y las comisuras de sus labios se curvaron hacia arriba.
Conservaba una sonrisa deslumbrante, pero los rastros de la enfermedad la hacían parecer tan frágil como una flor marchita.
Esa visión no hizo sino inquietar aún más a Kazerre.
—Me retrasé.
—¿Ha ocurrido algo?
Kazerre, que había estado mirando fijamente sus mejillas pálidas, desestimó la pregunta con indiferencia.
—No. Nada.
No tenía ninguna intención de contarle semejantes tonterías a un paciente que aún no se había recuperado del todo.
Con el carácter que tenía Aveline, probablemente se desmayaría dos veces más si lo oyera.
Sobre todo, porque, una vez más, se trataba de Clonay Huster.
Aveline ya había llegado al punto en que incluso oír ese nombre le provocaba espasmos. Asegurarse de que el sacerdote permaneciera bajo vigilancia constante no le parecía en absoluto excesivo.
Porque, al final, no era más que una completa tontería.
Athena: Vaya… yo pensaba que lo aceptaría fácilmente. Bueno, me ha sorprendido.