Capítulo 7

—La función comenzará pronto.

Fue una invitación a bailar desprovista de toda cortesía. Ni siquiera habían bailado el primer vals, pero la actitud estrictamente profesional del hombre no delataba más que un sentido del deber que de afecto hacia su pareja.

—¡Qué hipocresía tan absoluta!

Aun mientras lo reprendía, Aveline colocó suavemente su mano sobre la de él.

Después de todo, la negativa nunca fue una opción para ninguno de los dos.

Lentamente, los dos se dirigieron al centro del salón de baile. La multitud se apartó naturalmente, con miradas penetrantes como flechas.

Aveline le apretó la mano con firmeza, con una sonrisa triunfal en los labios. Como si quisiera proclamar su relación al mundo, con orgullo y posesividad.

Era el tipo de satisfacción que uno podría obtener al poseer un caballo de pura raza, una sensación de autosuficiencia por ser dueño de algo.

Pero no era un caballo, era un hombre. No un hombre cualquiera, sino el duque de Evuteren, uno de los nobles de más alto rango del imperio.

Cada vez que Aveline lo trataba como una simple decoración, Kazerre se preguntaba si alguna vez se había planteado respetarlo de verdad como persona.

Para ella, él era, a veces, un trofeo preciado, el adorno más caro o una muñeca que se negaba a dejar que nadie más tuviera.

«Esta sensación repugnante nunca se hace más llevadera».

La irritación volvió a invadirlo, pero no podía hacer nada más que soportar el momento a su lado.

Le gustara o no, ella seguía siendo su destino.

Dado que la conclusión ya estaba tomada, era mejor dejar de lado los pensamientos innecesarios y conservar sus emociones.

Kazerre repasó mentalmente las tareas que tenía pendientes para esa noche.

Dos bailes. Intercambiar saludos con conocidos. Socializar apropiadamente junto a Aveline.

«Al final, incluso esta noche miserable llegará a su fin.»

Con ese pensamiento en mente, Kazerre se concentró en guiar a Aveline a través de los pasos al ritmo de la música. Como soldado, estaba acostumbrado a seguir reglas preestablecidas sin darles demasiadas vueltas.

—¿En qué estás pensando?

Ante la repentina pregunta, Kazerre bajó la mirada para encontrarse con la de ella.

Las deslumbrantes luces de la araña iluminaban su rostro, haciéndolo resplandecer de una manera increíble.

Por un instante, comprendió por qué tantos hombres se convertían en tontos en su presencia, sonrojándose y tartamudeando.

Si no hubiera sabido lo afiladas que podían ser las púas tras esa deslumbrante sonrisa, podría haberse visto tentado a unirse también a sus filas.

—Nada.

—Sigues siendo un pésimo mentiroso, por lo que veo.

Su comentario directo hizo que él frunciera el ceño, aunque Aveline se mantuvo tan serena como siempre, con una sonrisa inquebrantable.

—Si vas a mentir, al menos hazlo bien. Esfuérzate un poco en tu actuación; haz que quiera creerte.

Hablaba como una mujer experta en el arte del engaño. Y no hacía falta ninguna prueba más allá de la encantadora y perfectamente controlada sonrisa que lucía en ese momento.

La sonrisa de Aveline era como una flor venenosa: de una belleza deslumbrante, pero mortal. Atraía a la gente, solo para resultar fatal una vez que se acercaban demasiado.

—Debes esforzarte mucho para engañar a los demás.

El tono de Kazerre estaba teñido de una burla contenida, pero Aveline simplemente se rio, como si le divirtiera más que le ofendiera.

—Las mentiras siempre deben contarse con sinceridad. Incluso más que la verdad, con tanta convicción que te engañes hasta a ti mismo.

Su voz se convirtió en un susurro mientras se inclinaba, apoyando una mano en su hombro y deslizándola lentamente por su brazo.

Incluso a través de las capas de tela gruesa, la sensación era inquietantemente vívida, como si se rozara la piel desnuda.

Kazerre interrumpió la conversación como si se sacudiera su contacto.

—Guárdate tus consejos inútiles. Lo que yo piense no es asunto tuyo.

—De acuerdo. Personalmente, prefiero a los hombres que no son buenos mintiendo que a los que lo hacen demasiado bien.

Quiso replicar que no lo había dicho por ella, pero en ese momento, Aveline se alejó dando el siguiente paso, rompiendo momentáneamente su conexión.

Como él deseaba que la conversación terminara, Kazerre simplemente se centró en guiarla a través del baile, desempeñando su papel sin quejarse.

Entonces, al girarse de nuevo hacia él, algo familiar rozó su nariz.

Un aroma fugaz, uno que ya había percibido antes. Instintivamente, apretó con más fuerza la cintura de ella.

Era una fragancia peculiar, que siempre resultaba familiar y desconocida a la vez.

No era el perfume que Aveline solía usar, sino un aroma sutil y natural que él solo percibía cuando estaban tan cerca.

Un aroma como el de una rosa silvestre solitaria que florece en medio de un matorral: fragante, pero teñido de soledad.

Por supuesto, cualquier aroma que desprendiera Aveline no tenía importancia para él.

Y, sin embargo, esa fragancia tenue y efímera persistía, hurgando persistentemente en sus nervios, negándose a ser ignorada.

La irritación era tan intensa que sintió un impulso repentino de descubrir su origen, hundir la nariz en ella y respirar hondo.

«Eso es una locura».

En su interior surgió una oleada de resistencia instintiva, acompañada de una indefinible sensación de autodesprecio.

Desde el día en que tomó la espada en el frente en lugar de su padre, su objetivo siempre había sido único.

Proteger todo lo que pertenecía al nombre Evuteren.

Ya fueran personas, posesiones o incluso un simple título honorífico, Kazerre tenía la responsabilidad de soportarlo todo como duque de Evuteren.

Sin embargo, este impulso repentino y salvaje sacudió su firme razón en un instante.

No podía aceptar la impotencia que amenazaba con reducirlo a una simple bestia en lugar de un hombre. La abrumadora repulsión que sentía iba dirigida directamente a quien le hacía sentir así.

«Ella sí que sabe cómo agotarme en todos los sentidos».

Como siempre, Kazerre deseaba que el baile terminara pronto. No quería nada más que soltarle la mano y alejarse de ella.

Como si hubiera leído sus pensamientos, Aveline detuvo repentinamente sus movimientos justo cuando la pieza estaba llegando a su fin.

—¿Aveline?

Ella nunca lo dejaba ir fácilmente cuando bailaban, a menudo obligándolo a bailar dos o más piezas. Sin embargo, ahora que ella se había apartado primero, Kazerre se sintió desconcertado.

A pesar de que esto era lo que había deseado desde el principio, lo inesperado del suceso le dejó una sensación desagradable.

—Dejémoslo por esta noche. Entremos.

Su tono autoritario recordaba al de una reina caprichosa dando órdenes. Sin embargo, contrariamente a la imponente naturaleza de sus palabras, Aveline rozó suavemente el dorso de su mano, que descansaba sobre su cintura. Luego, colocó con delicadeza su propia mano sobre ella.

Parecían, en toda regla, amantes cariñosos.

Kazerre comprendió al instante que ahora era su turno de estar a su lado, siendo su objeto de deseo, rodeado de miradas atentas.

Tal como se esperaba, en cuanto se acercaron al borde del salón, la multitud los rodeó como si los hubieran estado esperando. Aunque nadie se atrevió a acercarse demasiado, su curiosidad era palpable.

—Fue un baile espléndido, Lady Croeta.

—Gracias por el cumplido.

Aveline condujo la conversación con fluidez y una elegancia natural. Quienes hablaban con ella parecían conocerla bastante bien.

A pesar de su carácter implacable, siempre estaba rodeada de gente. Dado que estaba destinada a convertirse en la duquesa de Evuteren, era lógico que intentaran ganarse su favor.

Y como siempre, Kazerre se mantuvo al margen del escenario social, cumpliendo en silencio su papel de mero espectador. Observaba atentamente por si una Aveline irritada pudiera arremeter contra alguna víctima desprevenida.

—Duque Evuteren.

En ese instante, una voz suave lo llamó directamente. Kazerre giró la cabeza como si despertara de un sueño profundo.

Una mujer con el pelo negro cuidadosamente trenzado y un sencillo vestido verde estaba allí de pie, sonriendo dulcemente.

Sus ojos rojos como el fuego, más que parecer intensos, transmitían calidez debido a su carácter apacible.

—Princesa Beatrice.

Kazerre, que había permanecido rígido, la saludó de inmediato. Su rostro, antes impasible, frío e inflexible como una estatua, pareció animarse poco a poco.

—Ha pasado mucho tiempo.

—¿Habéis estado bien?

En lugar de responder, Beatrice sonrió y asintió levemente. Luego, tras echar un vistazo a su alrededor como si estuviera preocupada, volvió a hablar.

—Oh, cielos, parece que no soy la única que desea hablar con usted, duque. ¿Sería mejor posponer nuestra conversación?

—No, ya estoy bien.

Kazerre se acercó a ella sin dudarlo. En el instante en que la princesa y el duque se encontraron, la multitud retrocedió instintivamente, abriéndoles paso.

Mientras acompañaba a Beatrice con naturalidad, Kazerre echó una mirada por encima del hombro.

Aveline no parecía disgustada. En cambio, mantenía una expresión neutral, su mirada vaciló ligeramente antes de apartarla bruscamente.

Sin mostrar el menor signo de preocupación, les dio la espalda y centró su atención en los demás invitados, distanciándose de ellos.

—¿Damos un paseo, duque?

—Sí, Su Alteza.

—Me gustaría tomar un poco de aire fresco por la noche.

Comprendiendo su intención, Kazerre actuó sin dudarlo.

Dejando atrás las miradas que los observaban, cruzaron las puertas que daban al jardín exterior.

Incluso después de salir al exterior, pasearon tranquilamente por el jardín iluminado por la luna, donde poca gente se detenía. Quizás debido al calor sofocante del salón de baile, el aire de aquella noche de principios de verano se sentía agradablemente fresco.

El ocasional chirrido de los insectos y el suave roce de sus prendas contra la hierba ayudaron a disipar el calor que aún persistía en el salón de banquetes.

Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos de las miradas indiscretas, Kazerre habló en voz baja.

—Gracias, Su Alteza.

—Ahora que solo estamos nosotros, ¿todavía tienes que usar un lenguaje tan formal? Hermano.

Beatrice sonrió con dulzura. Sus títulos honoríficos reflejaban la familiaridad y el vínculo que compartían desde la infancia.

Beatrice era pariente de Kazerre. Más precisamente, su madre, la emperatriz consorte Elise Evuteren, era hermana del difunto duque Dominic Evuteren, lo que la convertía en tía de Kazerre.

La emperatriz consorte Elise había sido una orgullosa caballero de la Orden de los Campos Nevados, tan comprometida con su identidad Evuteren que había renunciado al puesto de emperatriz consorte para defenderla. Los hermanos Evuteren se habían apoyado mutuamente en la batalla, y su vínculo se forjó en las pruebas más duras.

Quizás por eso compartieron el mismo destino trágico.

Ambos perecieron juntos en el campo de batalla, sin regresar jamás de la monstruosa campaña de subyugación en la que se habían embarcado.

Para el joven Kazerre, perder a sus dos mayores de mayor confianza a la vez había sido una devastación sin precedentes. Y, sin embargo, solo podía respetar a Elise, quien se había mantenido fiel a su identidad como Evuteren hasta el final.

Sin embargo, su mayor preocupación había sido por quienes ella había dejado atrás. En aquel entonces, Beatrice tenía solo ocho años, y su hermano menor, el príncipe Leonard, era apenas un bebé.

Ante el cuerpo sin vida de Elise, Kazerre había jurado proteger a sus hijos a toda costa. Era la única manera de honrar su legado como el próximo duque de Evuteren.

Por eso, incluso ahora, a pesar de que Beatrice se había convertido en una joven refinada, él no podía evitar seguir viéndola como la niña pequeña que una vez correteaba detrás de él.

—¿Y no habíamos acordado que dejarías de darme las gracias? Aunque supongo que Aveline podría guardarme cierto resentimiento por haberte alejado de mí.

 

Athena: Es novedoso que desde el inicio nos muestren el punto de vista de él, cómo se siente en la cárcel que es esta relación y cómo le hace sentir Aveline… que es toda una mala típica de historias. No sé cómo le va a ir a esta chica, la verdad.

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