Capítulo 13
No podía permitir que la atraparan así. Usó todas sus fuerzas para darle un codazo a Nergal en el estómago.
—¡Ugh!
Aunque Nergal gimió, la fuerza con la que la sujetaba permaneció inalterable. Era un agarre que denotaba su absoluta determinación de no soltarla. Iru giró su cuerpo de nuevo, intentando liberarse de sus manos. En el forcejeo, sus cuerpos quedaron enredados mientras caían y rodaban por el suelo.
Cuando recobró el conocimiento, Nergal ya estaba a horcajadas sobre ella, sujetándole ambas muñecas contra el suelo.
—Ah… ah…
Aunque solo habían forcejeado brevemente, ella ya no podía reunir fuerzas. Al darse cuenta de que su ataque sorpresa había fracasado, Ir se tragó su resignación y le habló.
—¿Vais a matarme ahora?
Aun sin derechos de sucesión, la sangre real era sangre real. Además, fue tachada de traidora, así que no habría problema si Nergal la degollara ahora mismo.
Justo cuando apretaba los dientes, pensando en lo patético que era que incluso ella, la única superviviente, muriera de una manera tan absurda, Nergal habló.
—¿Qué harás ahora?
—Me han atrapado, así que moriré.
—¿Y si te dejo ir? Nadie más sabe de tu aspecto actual, excepto yo. Si finjo que no te he visto, podrías huir lejos y vivir sin preocuparte por el pasado.
Tenía razón. ¿Quién pensaría que era Iru de la Novena Orden de Caballeros con ese aspecto? Si huyera ahora, podría vivir una vida tranquila.
Mucho tiempo atrás, ella había expresado ese deseo. Quería ir a un lugar donde nadie la conociera, no volver a empuñar una espada jamás y vivir tranquila y en paz. Y quien escuchó sus palabras murmuradas fue Nergal.
«¿Aún se acuerda de eso?»
Quizás esta era una oportunidad. Una oportunidad para cumplir un sueño que había olvidado después de tanto tiempo.
Tal como dijo Nergal, si fingía no verla y la dejaba ir ahora, podría escapar del peligro de morir como traidora y vivir libremente con un cuerpo nuevo y un nombre nuevo.
¿Y luego qué?
¿Qué le quedaría si seguía viviendo así? Aunque su cuerpo había cambiado, su mente seguía siendo la misma. Incluso si su aspecto era desagradable, Iru no quería renunciar a su antiguo cuerpo fuerte ni a todo el tiempo que había vivido con él frente a la muerte.
—Si te dejo ir, ¿te irás muy lejos?
—¿De verdad vais a dejarme ir?
—Si prometes irte muy lejos y no volver jamás, tal vez lo haga.
Fue una respuesta desconcertante.
Nergal había dicho que era el único que seguía visitando ese lugar en busca de la Espada Sagrada. Como Canciller, no podía liberar a alguien considerado culpable de traición, ni siquiera sin la Espada Sagrada. Sin embargo, Nergal hablaba como si realmente la dejara ir si eso era lo que ella deseaba.
—Así que te lo pregunto de nuevo. ¿Te irás?
Pero desde el principio, Iru solo tuvo una respuesta.
—No, voy a volver al Palacio Imperial.
—¿Y luego?
—Encontraré al que mató a mis camaradas y le cortaré la cabeza sin falta.
Esa fue la respuesta de Iru, que había vivido como caballero.
Tras declarar su decisión de no rendirse jamás, sin importarle la muerte, sintió alivio.
«¿Qué sucederá ahora?»
Iru recordó todo lo que sabía sobre Nergal. Sin importar nada, él era el Canciller del Imperio. No podía simplemente liberar a la única testigo superviviente que conocía la Espada Sagrada y era sospechosa de traición. Además, ¿acaso no acababa de declarar con sus propias palabras que regresaría al Palacio Imperial y decapitaría a alguien desconocido?
Lo que Nergal más odiaba era el caos impredecible. Alguien tan comprometido con la estabilidad del Imperio jamás liberaría una amenaza incontrolable como ella.
—Qué tontería. Podrías haber aceptado y luego haberte colado en la capital tras escapar de aquí.
—Lo sé. Pero mientras yo siga siendo el Vicecomandante de la Novena Orden de Caballeros y vos sigáis al mando de la misión inconclusa, no puedo mentir.
Su respuesta fue sincera. Elegir ser ingenua en lugar de convertirse en mentirosa era el camino que ella había seguido.
—Por lo tanto, aunque debáis castigarme, espero que al menos creáis mi testimonio, Su Alteza.
Aunque él no le creyera, ella no podía hacer nada. Pero esperaba que al menos una persona conociera el testimonio de alguien que había elegido la verdad por encima de su vida.
Al ver la mirada intrépida de Iru, los labios de Nergal se curvaron en una breve sonrisa. Al principio, pensó que se estaba burlando de ella. Pero al mirarlo de nuevo, no había rastro de burla.
Nergal bajó lentamente la cabeza.
—Te creo.
El cuerpo de Iru se puso rígido ante su breve respuesta.
Sin exigir más explicaciones ni insistir en obtener más detalles, simplemente dijo que le creía.
Mientras Iru seguía atónita, su rostro se acercó aún más.
Demasiado cerca. Y no solo su rostro. Él, que había estado a horcajadas sobre ella, aprisionándola bajo su cuerpo, se inclinó lentamente hacia adelante, presionando ligeramente contra ella. Cuando sus pieles desnudas se tocaron, Iru se dio cuenta de que la manta con la que había estado envuelta cuando intentaba escapar había caído al suelo.
Sus cuerpos, tensos y cálidos, se presionaban pegajosamente uno contra el otro. Sus voluptuosos senos, de cuya existencia ella misma no era consciente, quedaron aplastados bajo los músculos de Nergal.
—Ah…
Aunque confiaba en poder soportar la tortura, la vertiginosa sensación del pecho de otro rozando sus pezones era algo para lo que nunca se había preparado. Por mucho que ella lo sintiera, Nergal también debía sentirlo, pero no se apartó. En cambio, se inclinó aún más, aprisionando su cuerpo como si la abrazara.
—¿Su Alteza?
La poca razón que le quedaba llamó a Nergal. Pero en lugar de responder, bajó lentamente las manos que sujetaban las muñecas de Iru. Sus dedos, al recorrer sus delgados brazos, hicieron que ella se estremeciera violentamente bajo él.
Este cuerpo, libre de cicatrices, era a la vez débil y sensible.
—Ah, nnh…
Fue solo un leve rasguño, pero le recorrió un escalofrío y le nubló la vista. Aunque antes, incluso tras ser cortados por espadas, esos brazos no habían sentido nada especial, ahora eran más sensibles que cualquier zona íntima, sintiendo cada caricia.
Las manos de Nergal acariciaban sus brazos una y otra vez. Era como si buscara algo que debería estar allí. Normalmente, Iru habría notado de inmediato tal comportamiento por su parte, pero no ahora.
Era la primera vez desde que alcanzó la mayoría de edad que había estado tan cerca de alguien. Especialmente en ese estado de desnudez.
Nergal soltó una risita y dijo:
—¿Cómo puedes decapitar a alguien estando tan débil? En este estado, morirás antes incluso de llegar a la capital, y mucho menos al Palacio Imperial.
Aunque esas palabras la irritaron profundamente, Iru guardó silencio. Porque sus palabras eran ciertas.
Además, en ese momento le preocupaban otras cosas. Como su pulgar, que una vez más le había agarrado la muñeca y ahora le acariciaba la palma de la mano.
Aunque carecía de experiencia en estos asuntos, no era tan ingenua como para no comprender lo que Nergal le estaba haciendo. Por eso Ir estaba aún más desconcertada. Jamás nadie había mostrado un deseo tan primario por ella.
El sudor le perlaba la piel debido a la tensión. La respiración entrecortada y la sensación de piel resbaladiza la confundían aún más.
—Dijiste que querías venganza.
—Sí.
—Pero sabes que es imposible en tu estado actual. Así que… —Nergal la sujetó con más fuerza mientras hablaba—. Te ayudaré con esa venganza.
—¿Qué?
Era algo que no se esperaba en absoluto. ¿Ayuda para su venganza? ¿El Canciller la ayudaría a decapitar a alguien de los Caballeros Imperiales?
—Pero quiero algo a cambio de ti.
Antes de que Iru pudiera ordenar sus pensamientos, Nergal la miró a los ojos y habló.
—¿Qué es?
Iru intentó pensar qué podría querer Nergal de ella. Pero por mucho que se devanara los sesos, no se le ocurría nada.
—Tu cuerpo.
—¿…Qué?
Ante su breve respuesta, Iru volvió a dudar de sus oídos. Realmente le estaba exigiendo algo que nadie, ni siquiera ella misma, había considerado valioso en toda su vida.
Mientras Iru lo miraba confundida, Nergal volvió a hablar.
—Quiero poseer tu cuerpo.
Fue una exigencia descarada.
¿Querer su cuerpo? Ese era el tipo de discurso que uno esperaría de gentuza en callejones oscuros. Sin embargo, ahora Nergal exigía su cuerpo sin dudarlo. Como si solo hubiera deseado eso toda su vida, habló sin reservas, con absoluta certeza.
Lo afirmó con tanta seguridad que ella casi pensó que le estaba exigiendo que le devolviera algo que había perdido.
Solo entonces Iru recordó cosas que había olvidado momentáneamente. Nergal la había comprado en la casa de subastas. Como no podía saber que era Iru, debió de haber comprado simplemente a una mujer que despertó su deseo, que le cautivó.
Y aún ahora en esta situación.
Debajo de donde sus pechos se tocaban, ella había estado sintiendo algo desde hacía un rato. No necesitaba mirar para saber qué era lo que crecía cada vez que sus pieles húmedas por el sudor se presionaban entre sí.
Realmente se dio cuenta de que la deseaba con locura.
Cerró los ojos por un instante.
¿Su cuerpo? No tenía nada de especial. Sabía que el coito implicaba dolor. Pero por muy doloroso que fuera, no podía ser tan doloroso como cuando se quemó. Si fuera tan agonizante, los gemidos de placer no se oirían a diario en todo el Palacio Imperial.
¿Vergüenza? Claro que sería terrible. Había visto varias veces cómo quienes eran víctimas de violencia sexual no podían superar la vergüenza y la ira, lo que las llevaba a tomar decisiones desafortunadas. Pero para Iru, que alguien invadiera su cuerpo un par de veces era menos vergonzoso que no poder vengar a sus compañeras.
Así que esta era una oferta demasiado buena. Podía dar algo que no tenía ningún significado especial para ella a cambio de lo que más deseaba.
Pero tenía que ser honesta.
—Eso sería en detrimento de Su Alteza.
Athena: Nergal, qué forma tan rara de decir que siempre te ha gustado ella. Pero bueno.