Capítulo 106
Joely permaneció al lado de Robert hasta bien entrada la noche, y tanto la niñera como Audrey la animaron a marcharse, aunque con cierta reticencia. Incluso al irse, se volvió varias veces, con la mirada fija en el niño. Su profundo cariño por Robert era evidente en cada uno de sus pasos vacilantes.
Una vez que Joely se marchó, Paula y la niñera se hicieron cargo de Robert. Ethan había insistido inicialmente en quedarse también, pero su evidente cansancio y sus constantes cabeceos llevaron a Paula a convencerlo de que descansara en su propia habitación.
A primeras horas de la mañana, la habitación estaba bañada por el suave resplandor de las lámparas colocadas estratégicamente para disipar la oscuridad. La niñera, que había pasado casi todo el día al lado de Robert, finalmente se dejó convencer para descansar en el sofá. Su cansancio era evidente, pues se quedó dormida rápidamente, con la cabeza ligeramente inclinada hacia adelante.
Paula ajustó con cuidado la luz de la lámpara y cubrió con una manta a la niñera dormida. Luego regresó a su silla junto a la cama de Robert.
El rostro de Robert aún estaba caliente, y su respiración era suave y entrecortada. Aunque la fiebre había disminuido desde la noche anterior, aún no se había recuperado del todo.
Paula se acurrucó en su silla, encogiendo las piernas mientras seguía vigilándolo. El médico y los demás la habían tranquilizado diciéndole que todo estaría bien, pero la inquietud en su pecho se negaba a desaparecer. Sus pensamientos se desviaron hacia lugares más sombríos: ¿Y si su estado empeoraba? ¿Y si él…?
El recuerdo de su hermano menor —frágil, enfermizo y fallecido demasiado pronto— la invadió, haciéndole temblar el cuerpo. La ansiedad se apoderó de su corazón, haciéndose más pesada con cada respiración superficial de Robert.
—Ma… mam… niñera…
La débil voz la sacó de sus pensamientos confusos. Paula levantó la cabeza de golpe y vio los ojos entrecerrados de Robert parpadeando.
—Sí, estoy aquí, pequeño amo —dijo Paula en voz baja, acercándose a él. Sintió un gran alivio al verlo despierto, aunque solo fuera por un instante. Sonrió con ternura y tomó un paño húmedo para secarle el sudor de la frente.
—Duele…
—El dolor pronto desaparecerá —le aseguró Paula, con voz firme a pesar del dolor en su corazón.
—¿Robert va a morir ahora?
Su mano se quedó paralizada a mitad del movimiento, la tela suspendida en el aire. Su pregunta le oprimió la garganta como una tenaza. Había oído historias sobre su fragilidad, sus frecuentes problemas de salud, pero oír esas palabras de una voz tan pequeña e inocente era casi insoportable.
—No, no va a morir —respondió Paula con firmeza, reanudando sus cuidados con delicadeza.
—¿No voy a morir?
—Jamás —dijo ella, con un tono que no dejaba lugar a dudas. No podía permitir que se obsesionara con esos pensamientos, no cuando era tan joven y tenía tanto potencial.
—Siento que me pincha la barriga…
—¿Su barriga?
La preocupación la invadió al observar su pequeño cuerpo. Dudó, sin saber si despertar a la niñera o volver a llamar al médico, pero Robert no parecía sentir un dolor intenso. Su respiración se mantenía constante a pesar de su malestar.
Con cierta timidez, Paula apoyó la mano sobre su pequeño vientre, con la esperanza de calmarlo.
—Hagamos que el dolor desaparezca, ¿de acuerdo? —dijo ella en voz baja, mientras le frotaba el estómago con movimientos circulares lentos.
Los ojos muy abiertos de Robert brillaban de curiosidad.
—¿Volar lejos?
—Sí. Cuando hacemos esto, el dolor se va volando muy, muy lejos, y viene un pájaro y se lo come todo —explicó con voz suave y tranquilizadora.
Era un truco que solía usar con sus hermanos menores, especialmente con el cuarto, que a menudo sufría de hambre. Paula recordaba vívidamente haber consolado a su hermano con esas mismas palabras, aunque sabía que la raíz del problema era mucho más grave que un simple malestar estomacal.
—¿El pájaro resulta herido?
—No. El pájaro es especial; no sufre ningún daño.
—De acuerdo. No le hagas daño al pájaro… —murmuró Robert, mientras su pequeño cuerpo se relajaba al observarla atentamente.
Paula continuó con el movimiento relajante, con voz suave y rítmica.
—Ya no tendrá más dolor. Se está yendo volando, muy lejos, y el pájaro ya se lo está comiendo.
Robert rio suavemente, retorciéndose bajo su tacto.
—¡Me hace cosquillas!
—¿Todavía duele la barriga?
—¡Se acabó el fastidio! —exclamó Robert triunfante, y su tensión anterior fue reemplazada por la inocencia de un niño.
Paula sonrió levemente, aliviada de que pareciera sentirse mejor, aunque solo fuera emocionalmente. Observó su rostro con atención, preparada para despertar a la niñera si su estado empeoraba, pero por ahora, su color se veía más estable.
—¿Me puedes leer un cuento? —preguntó Robert de repente, con voz baja pero clara.
—¿Un cuento? —repitió Paula, momentáneamente sorprendida.
Robert asintió.
—Cuando Robert está enfermo, mamá le lee cuentos…
Conmovida por la petición, Paula se puso de pie y recorrió la sala con la mirada, encontrando una pequeña pila de libros sobre una mesa cercana. Tomó algunos y los hojeó antes de elegir uno para llevarlo a su asiento.
—¡Mira! ¡Un héroe! —exclamó Robert, con los ojos brillantes al ver la portada del libro.
La imagen mostraba a un pequeño guerrero de cabello rubio empuñando una espada, de pie con valentía frente a un paisaje de montañas y un dragón. Paula sonrió ante su entusiasmo.
—¿Le gustan las historias de aventuras? —preguntó bromeando.
—¿Aventuras?
—Quiero decir… ¿Le gustan los héroes valientes?
—¡Los héroes son los mejores! ¡Los héroes luchan contra dragones y ganan! ¡Los héroes son súper fuertes!
Paula abrió el libro y bajó la mirada hacia la vívida ilustración del héroe. El cabello rubio y la baja estatura de la figura guardaban un asombroso parecido con Robert.
—¿Sabe? Este héroe se parece mucho a usted —dijo Paula en tono juguetón.
—¿Yo? ¿Robert es un héroe?
—Sí, un héroe muy valiente y muy fuerte.
—¿Robert es fuerte?
—¡Por supuesto! ¡Tan fuerte que podría luchar contra un dragón y ganar!
Robert sonrió radiante, inflando el pecho.
—¡Robert es súper fuerte! ¡Yo puedo luchar contra dragones así!
Robert blandió su espada imaginaria con gran entusiasmo, moviendo ambas manos como si cortaran el aire, imitando los movimientos de un guerrero. ¿De verdad amaba tanto a los héroes? Una leve risa escapó de sus labios al abrir el libro, y la historia comenzó.
Los ojos de Robert brillaban de interés, con toda su atención fija en las palabras que se leían. Aunque leer en voz alta le resultaba un poco extraño después de tanto tiempo, su entusiasta reacción era reconfortante. Su boquita se movía silenciosamente como si estuviera articulando las palabras, y su intensa concentración era tan entrañable que una leve sonrisa apareció espontáneamente en el rostro de Paula.
La historia era sencilla, perfecta para que la entendiera un niño. Contaba la historia de un héroe rubio que rescataba a una princesa de un temible dragón, con coloridas ilustraciones que llenaban la mitad de las páginas. A mitad de la historia, Robert exclamó de repente:
—¡Tú eres el hada!
—¿El hada?
—¡Sí, el hada!
El inesperado halago parecía demasiado bueno para ser verdad. Efectivamente, Robert señaló algo en el libro y Paula siguió su dedo con la mirada.
Su dedo la dirigió hacia la portada, donde una pequeña figura redonda estaba dibujada en una esquina. Apenas perceptible a menos que se examinara con detenimiento, la figura tenía mechones de pelo blanco y un solo punto que parecía ser un ojo.
—¡Un hada peluda!
Por supuesto. A Paula se le escapó una risita teñida de exasperación mientras observaba más de cerca al hada peluda.
—De acuerdo, seré un hada peluda.
—¿Te quedarás con Robert, entonces?
—¿Cuando lucha contra el dragón?
—Sí, cuando se lucha contra el dragón.
Esas preguntas inocentes eran encantadoras, y no había nada de malo en responderlas.
—Por supuesto. El hada permanecerá a su lado. Aunque no pueda verla en la oscuridad, siempre estará ahí, hablándole solo a usted. Puede ser su compañera de aventuras, su amiga, su familia… todo lo que necesite. Incluso cuando no pueda verla, nunca se separará de usted.
La exagerada tranquilidad iluminó los ojos de Robert con entusiasmo. Agitó los brazos con alegría, su pequeño cuerpo rebotando enérgicamente en la cama. La preocupación surgió rápidamente, y Paula lo tranquilizó con suavidad, temiendo que su entusiasmo pudiera empeorar su estado.
Efectivamente, la respiración de Robert se hizo agitada, su pecho subía y bajaba rápidamente.
—¿Está bien? ¿Le duele la barriga otra vez?
—¡No! ¡No es cierto! —gritó Robert desafiante, intentando aparentar fortaleza.
Sin embargo, su rostro delataba su lucha. Una mano suave se posó sobre su estómago, acariciándolo con delicadeza.
Un leve gemido resonó a sus espaldas. La niñera se había despertado. Incorporándose lentamente, abrió los ojos e inmediatamente notó que Robert estaba despierto. Su reacción fue instantánea.
—¡Maestro Robert!
—¡Niñera…!
Robert agitó su manita con entusiasmo, y la niñera corrió a su lado, estrechándola con fuerza. Un gran alivio la invadió, y las lágrimas brotaron de sus ojos mientras inclinaba la cabeza, apretándola contra sus manos. Había pasado horas angustiada por el estado de Robert, aterrorizada de que algo pudiera salir mal. Ahora, al verlo despierto, su serenidad se desmoronó.
Robert, aparentemente consciente de sus sentimientos, extendió la mano y le acarició suavemente la cabeza con su manita.
La niñera se secó las lágrimas y se volvió hacia Paula.
—¿Cuándo se despertó?
—Hace unos treinta minutos. Parece que tiene algunas molestias estomacales —respondió en voz baja.
La niñera examinó inmediatamente a Robert, comprobando si le dolía mucho el estómago o si presentaba otros síntomas preocupantes. Al comprobar que no tenía nada grave, se enderezó.
—Parece que el problema es el estómago vacío. No comió mucho esta mañana por culpa del juego del escondite.
—¿Le traigo algo de comer?
—Ya hay algo preparado. Iré a buscarlo.
La niñera le dio una palmadita suave en la mano a Robert antes de coger una lámpara y dirigirse a la puerta. Una vez que se marchó, le acomodó la manta hasta el cuello.
Pronto empezó a quejarse pidiendo que le contara más. Al intentar coger el libro, Paula se dio cuenta de que se le había caído al suelo. Al agacharse para recogerlo, la interrumpió la voz sorprendida de la niñera.
—¡Oh, cielos! ¿Cuándo llegó?
Al alzar la cabeza, Paula vio a la niñera de pie junto a la puerta, hablando con alguien que estaba afuera. Poco a poco, la tenue luz de la farola reveló la figura que se encontraba justo al otro lado del umbral. Sus ojos se abrieron de par en par al reconocerla.
¿Cuándo había llegado?
Vincent permanecía allí de pie, con una expresión indescifrable.
—Si está aquí, ¿por qué no entra en lugar de quedarse ahí parado? —preguntó la niñera, expresando la pregunta tácita.
Vincent no respondió. Permaneció en silencio, con la mirada fija en Paula, inmóvil.
Athena: Supongo que habrá escuchado cómo le leías como hacías con él.