Capítulo 121
La hinchazón duró dos días. Durante ese tiempo, Ethan permaneció postrado en cama, luchando contra la inflamación que había invadido su rostro.
Paula chasqueó la lengua en señal de desaprobación, aconsejándole que no volviera a meterse en peleas a puñetazos. Ethan, sin embargo, replicó bruscamente, preguntándole si no había sido ella quien había provocado la pelea. La respuesta la dejó momentáneamente sin palabras.
Esa misma tarde, Robert y la niñera visitaron a Ethan en su habitación. Les preocupaba su ausencia en las comidas habituales. Al ver su rostro hinchado, la niñera se quedó sin aliento y exigió saber qué había sucedido.
Paula respondió con una risa incómoda y palabras vagas sobre un "pequeño incidente".
Robert, sin embargo, observó atentamente el rostro de Ethan antes de preguntar con preocupación:
—¿Te duele?
Esa noche, dos días después, Paula volvió a encontrarse con Vincent. Lo vio por primera vez de pie frente a la habitación de Ethan, a cierta distancia. Tenía la mano en el pomo de la puerta, pero parecía dudar en entrar. En lugar de eso, se dio la vuelta, como si se retirara.
Paula, desconcertada por el extraño comportamiento de Vincent, se dirigió a la habitación de Ethan. Al verla, Vincent se detuvo y comenzó a retroceder. Cuanto más se acercaba Paula, más se alejaba Vincent, creando una distancia incómoda entre ellos.
—¿Qué ocurre? —preguntó Paula, con la curiosidad a flor de piel.
—No te acerques —dijo Vincent, levantando una mano para enfatizar sus palabras.
Paula parpadeó, confundida. Simplemente caminaba por su ruta habitual, pero el comportamiento de Vincent parecía inusualmente defensivo. Ignorando su petición, continuó acercándose. Vincent, visiblemente nervioso, retrocedió unos pasos antes de intentar darse la vuelta. Pero Paula lo alcanzó primero. A medida que se acercaba, la razón de su extraña actitud se hizo evidente.
Las mejillas de Vincent estaban rojas e hinchadas. Paula no sabía si por un moretón o por alguna otra causa, pero su rostro inflado guardaba un parecido sorprendente con el de Robert, de una manera extrañamente tierna.
A Paula se le escapó una risa antes de poder contenerla. Rápidamente levantó una mano para reprimirla, pero la expresión de Vincent se ensombreció.
—No te rías —advirtió con voz fría.
—Lo siento —logró decir Paula, aunque no pudo reprimir del todo la risa.
Cuanto más lo pensaba, más gracioso le parecía. Así que por eso Vincent había estado fuera de la vista durante dos días. Tenía sentido: la cara de Ethan estaba hecha un desastre después de la pelea, y era imposible que Vincent hubiera salido ileso.
A pesar de la mirada fulminante de Vincent, Paula se dobló de la risa, agarrándose los costados. Su diversión atrajo a Ethan hacia la puerta, y al ver la cara de Vincent, también estalló en carcajadas. El humor compartido solo resaltó lo absurdo de la situación.
Con el paso de los días, Vincent empezó a visitar la finca con regularidad. A menudo irrumpía en la habitación de Ethan sin avisar. Al principio, Ethan se molestaba, pero con el tiempo se acostumbró a estas interrupciones. Sus conversaciones, aunque frecuentemente teñidas de irritación, se convirtieron en intercambios habituales.
—¿Por qué sigues viniendo si no tienes nada que decir? —preguntó Ethan un día, visiblemente exasperado.
—Porque estoy aburrido —respondió Vincent simplemente.
La tensión entre ellos persistía, un recordatorio silencioso de los asuntos sin resolver de su pasado. Sin embargo, en esos momentos de charla trivial, Paula percibió un cambio sutil. Las barreras entre ellos, aunque aún intactas, comenzaban a resquebrajarse.
Una mañana temprano, mientras el alba teñía el cielo de suaves tonos, Ethan se preparaba para abandonar la finca. Su partida fue repentina, dejando a Paula apurada con los preparativos. Los sirvientes cargaron sus pertenencias en el carruaje mientras Paula intentaba disimular su decepción.
—Es una pena que te vayas tan de repente —dijo Paula, entregándole la última maleta a un sirviente. Ethan, ajustándose la chaqueta, le dedicó una leve sonrisa que parecía reflejar su sentir.
Paula se acercó a Ethan y le alisó la chaqueta. Su rostro, ahora sin hinchazón ni moretones, se parecía mucho al de su primer reencuentro. La ausencia de esas marcas hizo que la despedida fuera aún más emotiva.
—No pensaba quedarme mucho tiempo —dijo Ethan con voz tranquila—. Pero, por alguna razón, me quedé más tiempo del que esperaba.
—Volverás, ¿verdad? —preguntó Paula.
—Por supuesto —respondió Ethan con ligereza—. Y cuando lo haga, aún tendrás que cuidarme.
Pero Paula sabía la verdad. Para cuando Ethan regresara, probablemente ella ya no estaría allí. Sonrió en respuesta, esquivando sus palabras. Ethan no dijo nada más, su mirada se perdió en el horizonte teñido de carmesí que se extendía afuera.
—Paula —dijo de repente.
—¿Sí?
—¿Recuerdas cuando pregunté qué esperaba de esa apuesta?
Paula levantó la vista. Ethan siguió mirando por la ventana, con una expresión indescifrable.
—Esperanza —dijo en voz baja—. Quería ver esperanza, que este momento no fuera un error.
Las palabras resonaron en el aire, cargadas de emociones no expresadas. Paula vaciló, intuyendo que había algo más que él no decía. Aun así, se aventuró a adivinar.
—¿Es por culpa de Lucas? —preguntó en voz baja. Al fin y al cabo, fueron las acciones de Lucas las que crearon una brecha entre Ethan y Vincent, dejando cicatrices que aún no habían sanado.
El silencio de Ethan era revelador.
Paula bajó la mirada, mientras sus dedos rozaban la solapa de la chaqueta de Ethan.
—No tienes que preocuparte demasiado —dijo ella en voz baja—. Vincent sabe por qué tomaste esa decisión. Lo entiende. Al fin y al cabo, eres su amigo. Uno muy importante.
Los hombros de Ethan se relajaron ligeramente, aunque su expresión seguía siendo indescifrable. Paula retrocedió y sonrió, intentando aligerar el ambiente.
—Listo —dijo ella alegremente, sacudiéndole el polvo inexistente de la chaqueta.
Ethan no le devolvió la sonrisa. En cambio, habló con voz baja y grave.
—Yo sentía lo mismo en aquel entonces.
Paula ladeó la cabeza con confusión, pero los ojos de Ethan se encontraron con los suyos, firmes pero llenos de algo más profundo.
—No sabía qué hacer. La culpa me asfixiaba, pero lo único que podía hacer era fingir, sonreír y seguir adelante. Entonces te conocí. Y hablar contigo me dio una pequeña sensación de alivio.
Se refería a la primera vez que se conocieron, hace cinco años. Paula sabía perfectamente a qué se refería.
—Y ahora —añadió Ethan, con voz firme pero teñida de vulnerabilidad—, yo siento lo mismo.
La luz del sol los bañaba a ambos, tiñendo el rostro de Ethan de tonos dorados. Mientras Paula se protegía los ojos del resplandor, no pudo evitar pensar que ese momento —ese instante fugaz y agridulce— la acompañaría mucho después de que Ethan se hubiera ido.
—Eso es un alivio.
Ethan se acercó a Paula, su figura destacándose bajo la radiante luz de la mañana. A pesar de su voz serena, una suave sonrisa se dibujó en sus labios. Levantó una mano y la posó suavemente sobre su hombro, ofreciéndole una palmadita tranquilizadora.
—Quédate al lado de Vincent, como entonces.
El roce de su mano era suave, incluso reconfortante. Sin embargo, algo en aquel momento resultaba extraño. Ethan sonreía, y la luz que entraba por la ventana lo hacía brillar con una belleza casi deslumbrante. Pero a los ojos de Paula, parecía frágil, como si pudiera romperse en cualquier momento. Una punzada de inquietud le atenazaba el pecho.
En ese preciso instante, alguien llamó a la puerta.
—Todo está listo, señor —anunció un sirviente desde fuera.
Ethan se giró hacia el sonido y respondió con un tranquilo asentimiento.
—No hace falta que salgas —añadió por encima del hombro mientras se dirigía hacia la puerta. La mirada de Paula siguió su figura que se alejaba, y un pensamiento repentino cruzó por su mente.
—Algo está pasando, ¿verdad? ¿Me equivoco? —preguntó con urgencia.
La realidad la golpeó con fuerza. La visita de Ethan a la finca no se había tratado únicamente de recomponer su tensa relación con Vincent a raíz de las decisiones pasadas de Lucas. Había algo más: algo lo suficientemente urgente como para que se marchara tan repentinamente esa mañana.
Ethan se detuvo, aún de espaldas a ella. Lentamente, ladeó ligeramente la cabeza, como si estuviera meditando sobre sus palabras. Pero al final, no se giró para mirarla a los ojos. Paula sintió un nudo en el estómago. El pesado silencio le resultaba asfixiante. Incapaz de soportarlo más, se abalanzó sobre él, lo agarró del brazo y lo giró hacia ella.
—¡Señor Ethan! —exclamó con voz temblorosa.
La habitación estaba bañada por la luz dorada y rojiza de la mañana, que iluminaba el rostro de Ethan con un brillo intenso. Sin embargo, su expresión era sombría, nublada. Sus ojos marrones vacilaban, llenos de emociones que Paula no lograba comprender del todo. No era solo nerviosismo; había miedo en su mirada.
¿Por qué? ¿Por qué tenía miedo? ¿Qué era lo que tanto le preocupaba? ¿Qué escondía? ¿Qué le estaba pasando?
La mente de Paula bullía de preguntas, pero ninguna lograba pronunciar. La expresión de Ethan le suplicaba que no preguntara. No se atrevía a hablar, temerosa de su respuesta. Sus pensamientos volvieron al tiempo que Ethan había pasado postrado en cama desde su llegada. Solo ahora comprendía por qué Ethan le recordaba tanto a Vincent. Era porque Ethan también estaba pasando por una situación difícil.
Tras una larga pausa, la expresión de Ethan cambió. Exhaló suavemente, y su inquietud anterior se disipó como si nunca hubiera existido. Pero Paula no podía librarse de su preocupación. Mientras él apartaba con delicadeza la mano de ella de su brazo, le dedicó su habitual sonrisa juguetona.
—Quédate al lado de Vincent —dijo con ligereza—. Eso es lo único que importa.
La partida de Ethan fue mucho más silenciosa que su llegada. Solo Joely, Robert, el ama de llaves y algunos sirvientes acudieron a despedirlo. Robert, aún frotándose los ojos soñolientos, se aferró a la mano del ama de llaves mientras intercambiaba breves despedidas con Ethan. Joely, en cambio, mostró abiertamente su tristeza, incapaz de disimular su decepción.
Tras unas palabras de despedida, Ethan subió al carruaje que lo esperaba. Como era de esperar, Vincent no estaba allí.
Paula se quedó de pie, observando cómo el carruaje se alejaba en la distancia. La tensión de antes aún la atormentaba. Intentó ignorarla, diciéndose a sí misma que solo era su imaginación. Si algo realmente grave estuviera sucediendo, Ethan no habría perdido el tiempo recuperándose sin hacer nada. Habría actuado de inmediato o, al menos, habría hablado con Vincent.
Pero… ¿y si estuviera relacionado con Vincent?
Cuando el carruaje se convirtió en un simple punto en el horizonte, Paula se estremeció, sintiendo un escalofrío recorrerle la espalda. Se frotó los brazos, intentando disipar la inquietud.
No, no podía ser. Sin embargo, la inquietud persistía mientras volvía a dirigirse hacia la finca, obligándose a apartar esos pensamientos perturbadores.