Capítulo 139

—Sinceramente, no esperaba que dijera algo así.

El hecho de haber compartido las mismas experiencias no significaba que las recordarían de la misma manera. Para Paula, esos recuerdos eran entrañables, pero Vincent suponía que eran momentos que él querría borrar. En aquel entonces, había perdido la vista, su vida corría peligro constantemente y había sufrido innumerables penurias. Para ella, marcharse había sido una opción, pero para Vincent, esos desafíos seguían siendo su realidad, algo con lo que tenía que vivir.

—¿Creías que lo olvidaría?

—Sí —admitió ella.

—No puedo negarlo —respondió, con una sonrisa teñida de amargura.

Aunque su respuesta fue sincera, Paula no se sintió herida. Pero Vincent desvió la mirada, como si la evitara.

—Hubo momentos en que quise olvidarlo todo. Pero resulta que no pude. Que uno de cada diez recuerdos sea doloroso no significa que los otros nueve pierdan importancia. De hecho, esos nueve buenos recuerdos solo hacen que el malo resalte aún más.

—¿Esos nueve recuerdos incluyen los míos? —preguntó Paula.

—Sí.

Al oír su respuesta, una risa escapó de sus labios.

—Así es como Lucas también lo recuerda, ¿verdad? —dijo sin pensarlo.

Quería sugerir que, al igual que Vincent, Lucas podría haberse aferrado a los buenos recuerdos, incluso si venían acompañados de momentos dolorosos. Pero en cuanto pronunció esas palabras, la expresión de Vincent se congeló y su sonrisa se desvaneció por completo.

La conversación se interrumpió bruscamente. El ambiente se volvió denso, pesado y sofocante. La reacción de Vincent fue inquietante: hacía apenas unos instantes sonreía cálidamente, pero ahora no.

—¿Amo? —preguntó ella con vacilación.

Vincent retiró la mano, retrocediendo un poco. Cuando se giró para mirarla, volvió a sonreír.

—Tienes razón. Así es como él lo recordaba.

Sin embargo, esta vez su sonrisa se sentía diferente. Paula percibió una sutil tensión subyacente, una inquietud silenciosa en su expresión que no coincidía del todo con sus palabras.

«Es mentira».

¿Pero por qué? ¿Qué intentaba ocultar?

Paula no pudo devolverle la sonrisa. En cambio, lo observó en silencio, intentando comprender. Bajo su mirada firme, la fachada de Vincent comenzó a resquebrajarse. Apartó la mirada y se levantó de la cama.

A medida que la distancia física entre ellos crecía, también lo hacía la emocional. Su figura, que se alejaba y se recortaba contra la ventana, transmitía una tensión palpable. Entonces lo comprendió: siempre que Vincent hablaba de recuerdos de ella, de Ethan o de Violet, lo hacía abiertamente, sin dudarlo. Pero Lucas era diferente. Siempre evitaba mencionarlo. Cada vez que salía su nombre, la expresión de Vincent se endurecía, tal como sucedía ahora.

—Me está ocultando algo, ¿verdad?

Vincent bajó la cabeza, con los labios apretados, como si quisiera sellar sus palabras.

Paula no quería presionarlo. En cambio, permaneció sentada, esperando con calma su respuesta.

—No tuve otra opción —dijo finalmente, con la voz quebrada por la tensión.

Paula contuvo la respiración, escuchando atentamente.

—Yo… yo no tuve elección —repitió, con la voz temblorosa.

—¿Se trata de sus ojos? Oí que no sabía que eran de Lucas cuando le operaron.

—…Eso no es todo.

—¿Qué?

—No es eso —dijo, con la voz cada vez más débil.

Paula se inclinó hacia adelante, la cama crujió bajo ella. Vincent se volvió hacia ella, con el rostro ensombrecido por la luz de la luna a sus espaldas.

—Lo sabía —dijo en voz baja.

—¿Sabía qué? —preguntó, con el corazón latiéndole con fuerza.

—Sabía que iban a usar los ojos de Lucas para mí.

Los ojos de Paula se abrieron de par en par, sorprendida. Ethan le había dicho que Vincent desconocía la verdad cuando se sometió a la cirugía. Le había dicho que la verdad se ocultó para asegurarse de que Vincent no se negara. ¿Pero ahora Vincent decía que lo había sabido desde el principio?

—¿Desde cuándo? —preguntó con voz apenas audible.

—Desde que me dijeron que mis ojos tenían solución —admitió Vincent—. Piénsalo. Era obvio. Poco después de enterarme de que la condición de Lucas había empeorado y estaba al borde de la muerte, de repente me dijeron que había una manera de recuperar la vista: con un trasplante de córnea. ¿Cómo no iba a darme cuenta?

Cada palabra que pronunciaba parecía pesarle mucho, como si exhalara pedazos de su alma. Paula recordó las palabras de Ethan, que volvían a resonar en su mente. Ethan había afirmado sentirse culpable por engañar a Vincent, pero ¿y si la verdad era que Vincent lo sabía y había fingido lo contrario? De ser así, no era descabellado pensar que la culpa había sido la causante de la ruptura entre ellos. Y ahora Vincent lo confesaba él mismo.

Su rostro permanecía extrañamente tranquilo, como si se hubiera resignado a su confesión.

—¿Por qué? ¿Por qué fingió no saberlo? —preguntó con voz temblorosa.

—Porque quería vivir —dijo Vincent, con la voz quebrándose bajo el peso de la verdad.

Paula comprendió la profundidad de su desesperación. Una vida sin vista se había sentido como la muerte para él. Aunque respiraba y afrontaba cada día, ya había renunciado a vivir de verdad. Cuando lo conoció, estaba marchito, vacío, una cáscara vacía. Al oírlo ahora, comprendió el peso de sus palabras.

¿Qué podía decir? La magnitud de su confesión la dejó sin palabras. No podía acercarse a él, pero tampoco podía huir.

Vincent se acercó a ella, cada paso temblando de emoción. La sujetó con fuerza por los brazos, con las manos temblorosas. Cuando ella alzó la vista, vio su rostro contraído por la angustia, su dolor al descubierto.

Las lágrimas corrían por su rostro sin cesar.

—Era mi única oportunidad de recuperar la vista. No sabía si alguna vez tendría otra. Me aterraba seguir viviendo en la oscuridad, desconfiar de todos, temblar de miedo cada día. Así que… aunque lo sabía, lo acepté. Me dije a mí mismo que estaba bien porque, en primer lugar, fue culpa suya que perdiera la vista. Me dije que no pasaba nada, aunque sabía por lo que Ethan debió haber pasado para tomar esa decisión…

Su dolor la invadió, y sus manos temblorosas la sujetaron como si temiera que pudiera desaparecer.

—Quería vivir, así que no tenía otra opción —susurró.

Vincent hundió el rostro en su hombro, rodeándola con sus brazos. Su peso la oprimía con fuerza, y ella sintió la profundidad de su angustia en su cuerpo tembloroso. Sobre ellos, la luz de la luna brillaba con belleza, aunque parcialmente oculta. En las sombras, la presencia de Lucas se cernía silenciosamente, con el rostro cubierto de sangre que goteaba silenciosamente al suelo.

—Lucas… —murmuró Paula para sí misma.

Cada vez que se pronunciaba ese nombre, Paula sentía que el pecho se le llenaba de una mezcla abrumadora de emociones, una alegría teñida del dolor punzante de un pinchazo. Pero ahora… ahora era diferente.

—Si me hubiera esforzado más, tal vez Lucas habría sobrevivido. Tal vez aún había esperanza. Pero fui yo quien renunció a esa esperanza. Quería vivir… fue mi egoísmo, mi deseo…

La voz de Vincent tembló mientras brotaban las palabras de la confesión. Esas palabras llegaron a Lucas, quien permanecía en silencio, con el rostro cubierto de sangre. Aunque su expresión estaba oculta, sus ojos rasgados miraban fijamente a Vincent.

Paula alzó sus manos temblorosas y estrechó a Vincent con fuerza en un abrazo. Quería protegerlo, esconderlo de la mirada de Lucas. Esperaba que Lucas no lo viera, que no oyera sus palabras de culpabilidad. En ese instante, su frágil cuerpo se sintió terriblemente insuficiente.

¿Quién empuñó la hoja más ensangrentada?

¿De quién fue la culpa que pesó más?

Esas preguntas no tenían respuesta. Nadie había salido ileso.

Paula no se atrevía a condenar a Vincent por su egoísmo. Al fin y al cabo, era solo un ser humano más. ¿Quién podría comprender verdaderamente su dolor? Nadie podía ocupar su lugar. Y así, no pudo apartar al Vincent que se aferraba a ella, buscando refugio.

«Lo siento, Lucas», pensó en silencio.

—Está bien —susurró en voz alta.

Apoyó su mejilla contra su cabello dorado, acariciando suavemente su espalda temblorosa y brindándole el consuelo que buscaba. Mientras su visión se nublaba por las lágrimas, la figura de Lucas se desvaneció. Eso le permitió abrazar a Vincent aún con más fuerza.

—Una vez me dijo que nadie podía criticarle porque nadie más podría vivir su vida. Yo siento lo mismo. Nadie puede ocupar su lugar, así que ¿quién tiene derecho a juzgar lo que está bien o mal? Aquí no hay nada malo. Simplemente no olvide estos sentimientos que tiene ahora y siga recordando a Lucas. Con eso basta. Siga viviendo con eso.

En el fondo, Paula sabía que sus palabras no podían curarlo del todo. Quizás le ofrecieran un consuelo fugaz, pero no podían deshacer el pasado. Vincent también lo sabía. Aun así, la escuchó en silencio, conteniendo la respiración mientras asimilaba sus palabras.

—Bueno, no pasa nada. Todo estará bien pronto.

Aunque la culpa le dejaría cicatrices, Paula deseaba que su dolor disminuyera, aunque solo fuera un poco. Egoístamente, esperaba que pudiera liberarse momentáneamente del peso de su culpa. Permaneció a su lado, apartándose de Lucas para ofrecerle a Vincent el consuelo que tanto necesitaba.

Vincent dejó escapar un suspiro tembloroso, con el rostro aún hundido en su hombro. Paula le apretó la mejilla contra el pelo repetidamente, intentando consolarlo. Cuando levantó la vista, Lucas ya no estaba. ¿Se habría marchado decepcionado? Ese pensamiento le cruzó la mente mientras el peso de Vincent la oprimía con más fuerza, hasta que cayó de espaldas sobre la cama. El crujido del armazón se mezcló con lo que podría haber sido el sonido de alguien llorando.

Vincent se incorporó ligeramente, dejando al descubierto su rostro surcado por las lágrimas. Sus ojos color esmeralda, brillantes de tristeza, se encontraron con los de ella. Extendió la mano lentamente, como si quisiera acariciar su rostro. Sus dedos rozaron sus facciones, como si las grabara en su memoria, tal como lo hacía antes.

—Eres alguien que puede llegar a cualquier parte —dijo con la voz cargada de emoción—. Aunque la vida sea dolorosa, aunque sea difícil, seguirás intentándolo. Conocerás gente que se volverá importante para ti, y tal vez incluso formes tu propia familia. Eres capaz de eso, lo sé.

Su mano, que había estado acariciando su mejilla, se detuvo un instante en sus labios. Con delicadeza, rozó sus dedos sobre ellos.

—Me aferro a ti —confesó—. Eres la única que lo sabe todo sobre esto, la única que me escuchará. Y eres la única que me diría que todo está bien. Por eso te busqué, por eso quiero tenerte cerca. Porque yo… quiero que me consueles. Porque quiero vivir…

Sus palabras susurradas hirieron profundamente, cargando con un dolor ineludible. Con un gesto tierno, su mano grande secó las lágrimas que corrían por sus mejillas. Luego, como para aferrarse a ella, apoyó su frente contra la de ella. Sus párpados húmedos temblaron, su respiración entrecortada se mezcló con la de ella, compartida en el pequeño espacio entre sus labios entreabiertos.

—Seré bueno contigo. Te daré todo lo que quieras. Así que quédate aquí. Quédate conmigo… aquí…

Sus labios húmedos rozaron las comisuras de sus ojos, secando suavemente las últimas lágrimas. Estas resbalaron por su mejilla, y la calidez de su tacto permaneció allí antes de que sus labios encontraran los de ella.

—Paula…

Su nombre brotó de sus labios como miel: dulce, suave y embriagadora. Su aliento, cálido y denso, la envolvió. Incluso el sabor salado de sus lágrimas se mezcló con la dulzura de su beso, y de alguna manera, eso también le pareció dulce.

¡Qué hombre tan desconsiderado!

Lloraba con tanto egoísmo, se aferraba a ella con tanta imprudencia, se comportaba con tanta irreflexión. Y, sin embargo, a pesar de todo su egoísmo, Paula no podía soltarlo. No podía apartar la mirada de él, no ahora, no en ese momento. Su súplica desesperada, la crudeza de su voz, le partían el corazón. No podía negar la calidez que la envolvía, ni la ternura de su aliento que parecía curar hasta las heridas más profundas.

Sus lágrimas seguían cayendo, empapando sus mejillas. Una mano grande le apartó la chaqueta de los hombros, extendiéndose hacia ella, atrayéndola más cerca, sumergiéndola aún más en su presencia. Paula cerró los ojos, abriendo los brazos instintivamente hacia él, entregándose al torrente de sensaciones que la abrumaban. Cada caricia, cada palabra susurrada, se clavaba en lo más profundo de su ser, empapando su corazón, su piel, su alma misma.

 

Athena: Bua… qué emotivo. Aaaay, me ha encantado aunque a la vez me duele y me lastima.

Anterior
Anterior

Capítulo 140

Siguiente
Siguiente

Capítulo 138