Capítulo 140
Todos vivimos una vida de arrepentimiento. Un hombre que una vez vagó por los barrios bajos dijo: «La gente solo puede sobrevivir sacrificando a otros». La mayoría desestimó sus palabras como humor cínico, pero Paula se encontró de acuerdo, aunque solo fuera en parte. Después de todo, su miserable vida se había construido sobre el sacrificio de otra persona.
Las clases bajas se pisoteaban unas a otras para sobrevivir, mientras que las clases altas aplastaban a muchas más en su ascenso. Quizás por eso la gente se esforzaba tanto por vivir con rectitud: para compensar el peso de sus actos.
Así como su vida había estado marcada por esas luchas, también lo había estado la de Vincent, pensó. Luchando por encontrar la manera de vivir, soportando el dolor, lamentando los sacrificios y, sin embargo, esforzándose por encontrar la felicidad en medio de todo.
Sin importar el género o la condición social, todos vivimos una vida similar. Si bien la dirección y la intensidad pueden variar, en última instancia, todos buscamos nuestra propia felicidad y la de nuestros seres queridos.
En ese momento, Paula sintió una profunda afinidad con Vincent.
—¿Por qué llora otra vez? —preguntó ella, secándole las lágrimas que corrían por su rostro. Vincent le tomó la mano y la apoyó suavemente contra su mejilla.
—Porque tengo miedo.
—¿A qué le tiene miedo?
—Que ya no estoy solo. Es tan bueno… me asusta.
No sabía cuántas veces su voz baja y temblorosa había rozado sus labios, pero Vincent se aferraba a ella, buscando consuelo sin reservas. Ver a alguien tan grande dependiendo de alguien más pequeño resultaba extraño, pero a la vez reconfortante. Su dependencia de ella le brindaba un verdadero alivio, y ella podía sentirlo en la forma en que se apoyaba en ella.
«Así que esto es lo que significa encontrar a alguien digno de ser amado».
Por primera vez, Paula comprendió. A pesar de su propia sensación de insignificancia, Vincent le resultaba entrañable por apoyarse en ella, por buscar su consuelo. Quería abrazarlo con fuerza, corresponder a su afecto silencioso. Lo rodeó con sus brazos, asegurándole en silencio que siempre estaría ahí para él.
Finalmente amaneció, y la luz del sol entró a raudales por la ventana, cálida y brillante. Paula se quedó absorta, contemplando el sol naciente. Un rayo rozó el suelo, obligándola a entrecerrar los ojos. Levantó una mano para protegerse del resplandor, pero el fresco aire matutino que acarició su piel la hizo estremecer.
De repente, la jalaron hacia atrás. Unos brazos la rodearon con fuerza por la cintura, atrayéndola hacia un pecho ancho. Sus piernas se enredaron y, aunque el calor era reconfortante, su nariz y boca estaban pegadas a su pecho, dificultándole la respiración. Al girarse ligeramente, oyó su murmullo soñoliento.
—Solo un poquito más…
Frotó sus labios contra el cabello de ella, murmurando adormilado.
«Debería levantarme», pensó Paula, parpadeando rápidamente. Pero cuando su respiración se reanudó, logró despejar la nariz y la boca, jadeando en busca de aire. Apoyó la barbilla en su hombro, luchando contra el sueño que la invadía.
—Ya ha amanecido. Tienes que despertarte —le instó con dulzura.
—…Está bien —murmuró, con la voz adormilada.
—Esto no me parece bien.
Cuando ella se retorció para escapar de su abrazo, Vincent no hizo más que apretarlo, acariciándole el cabello como si intentara mantenerla cerca.
—No es momento para esto.
El desayuno estaba a punto de llegar, y si no aparecía, la niñera podría empezar a preocuparse. Tras varios intentos, finalmente logró zafarse de sus brazos. Pero la inercia la llevó demasiado lejos y cayó de la cama, golpeándose contra el suelo con un fuerte estruendo.
Un dolor agudo la atravesó, pero no podía alcanzar nada para aliviarlo; estaba envuelta en las sábanas, como una oruga envuelta en un capullo. Mientras forcejeaba y se retorcía, oyó a Vincent asomar la cabeza por el borde de la cama, rascándose el pelo revuelto.
—¿Qué estás haciendo?
—Ayúdame a levantarme.
A regañadientes, pidió ayuda. Con un parpadeo soñoliento, Vincent extendió la mano y, sin esfuerzo, la levantó, dejándola de nuevo sobre la cama. Apoyó la mejilla en su pecho, pero enseguida se recompuso.
—Vamos a dormir un poco más, ¿de acuerdo?
—No. Ya es hora del desayuno.
—¿Tienes hambre?
—No es para mí; tengo que cuidar de ti.
Aunque probablemente la niñera se encargaba de todo en su ausencia, Paula no podía quedarse allí. Empezó a forcejear de nuevo, intentando encontrar el extremo de la sábana para liberarse. Pero Vincent la atrajo de nuevo hacia sí, se giró y la inmovilizó bajo su cuerpo.
—¡Ah! —gritó.
Su peso la oprimía, y él no mostraba ninguna intención de soltarla.
—Pesas mucho.
—Ten paciencia.
—No, déjame ir. No puedo respirar.
—No.
—Amo —dijo con severidad, como si regañara a un niño.
Ante su tono cortante, Vincent se incorporó apoyándose en una mano, mirándola con expresión de descontento.
—¿Por qué me miras así?
—No me había dado cuenta antes, pero al oírlo ahora, me molesta.
—¿Qué te molesta?
—Llámame por mi nombre.
Paula se quedó paralizada ante la inesperada petición.
—Vamos, dilo —insistió.
—No puedo.
—¿Por qué no?
—Simplemente porque sí.
La idea de dirigirse a él por su nombre le resultaba imposible. Negó con la cabeza con firmeza, rechazando su sugerencia. La mirada de Vincent se tornó crítica mientras la presionaba.
—Lo permitiré. Solo dilo. Quiero oírlo.
—No. ¿Puedes dejarme ir?
—¿No me digas que no sabes mi nombre?
—Sí.
—Entonces dilo.
—Me niego.
Se giró de lado, con la esperanza de que al moverse pudiera deshacerse la sábana. Pero Vincent se inclinó de repente sobre ella, inmovilizándola. Le sujetó el hombro con la mano mientras acercaba el rostro.
—Paula.
Su voz ronca le resultaba extraña, le erizaba la piel. Mientras intentaba zafarse, él la atrajo con firmeza, rozando sus labios contra el lóbulo de su oreja.
—Paula, Paula, Paula…
—Por favor, deja de llamarme por mi nombre.
Repetir un nombre no la cansaba, pero la sensación de cosquilleo que le provocaba era más de lo que Paula podía soportar. Su leve protesta solo hizo que Vincent apoyara la cabeza ligeramente sobre su hombro.
—Tú también llámame —dijo.
Sus ojos color esmeralda, ahora completamente despiertos, parpadearon con expectación. La anticipación en su mirada la fue consumiendo poco a poco. Paula apartó la mirada, vacilante, antes de finalmente entreabrir los labios.
—…Vincent.
En cuanto pronunció el nombre, la vergüenza la invadió. De repente, sintió un calor sofocante en la habitación. Soltó una risita nerviosa y giró la cabeza, deseando desaparecer. Ya fuera que lo notara o fingiera no hacerlo, la voz de Vincent rompió el silencio una vez más.
—Tienes la cara muy roja.
—¡Déjame en paz!
Mientras él se inclinaba para observar mejor su rostro sonrojado, Paula se retorcía, intentando esquivarlo. Pero no había escapatoria, su camino estaba completamente bloqueado. Sus intentos por evitarlo fueron inútiles. La suave risa de Vincent llenó el aire, disfrutando plenamente de su reacción. Sus ojos brillaban con diversión, lo que la frustraba aún más.
Sus movimientos se volvieron más frenéticos y, en un momento de torpeza, terminó al borde de la cama. Antes de poder detenerse, se echó hacia atrás demasiado rápido y cayó. Las sábanas se deshicieron a mitad de la caída y golpeó el suelo con un fuerte estruendo.
Se quedó allí tumbada un momento, aturdida, antes de incorporarse y frotarse la nuca.
—Ay…
Vincent, que estaba tumbado en la cama riendo sin pudor, soltó una carcajada. Su rostro ardía aún más mientras lo miraba fijamente desde el suelo.
—Lo hiciste a propósito, ¿verdad? —lo acusó.
—¡No, no lo hice! —Vincent levantó las manos en señal de negación, aunque su risa entre lágrimas hacía que sus protestas fueran completamente poco convincentes. Paula le lanzó una mirada desdeñosa, pero él simplemente se secó las lágrimas y sonrió, disfrutando claramente del momento.
—Llámame así de ahora en adelante.
—Lo pensaré —murmuró Paula, incapaz de negarse rotundamente al ver su rostro juguetón y despreocupado. Su respuesta a regañadientes solo hizo que él riera aún más, confirmando sus sospechas sobre sus intenciones.
Afuera, el aire matutino era fresco y revitalizante. Paula se estiró y respiró hondo, disfrutando de la tranquilidad del amanecer. Tomó de la mano a Vincent mientras se adentraban en el bosque.
A diferencia de la noche, el bosque matutino rebosaba de vida. Árboles frondosos y una exuberante vegetación deleitaban la vista, y el alegre trinar de los pájaros contribuía a la serenidad. Paula echó la cabeza hacia atrás, contemplando el cielo despejado que se asomaba entre los árboles, y disfrutó del tranquilo paseo.
Al acercarse a la casa principal, el personal ya estaba ocupado con las tareas del día. Paula miró a Vincent y rápidamente le soltó la mano. Él se giró hacia ella, con las cejas arqueadas.
—¿Por qué? —preguntó.
—Vete rápido, antes de que alguien nos vea.
Aunque su relación había cambiado, Paula no podía ignorar las miradas de los demás. Caminar de la mano con él por la mañana sin duda suscitaría preguntas. Todavía no estaba preparada para eso. Apartándolo suavemente, lo animó de nuevo.
—Por favor, vete —insistió ella.
—¿Por qué debería hacerlo?
—Porque si alguien nos ve así, se hará una idea equivocada…
—Podrían simplemente suponer que vine a desayunar con Robert —dijo con indiferencia.
Era posible, admitió. Pero, aun así, entrar juntos se sentía mal de alguna manera.
—De acuerdo, yo usaré la puerta trasera. Usted entre por la delantera. ¿Entendido?
—Te dije que me llamaras Vincent.
—¡No es momento para eso! —siseó Paula, indicándole que se dirigiera hacia la puerta principal.
Se apresuró hacia la parte de atrás, moviéndose sigilosamente entre los arbustos, con la esperanza de no hacer ruido. Sin embargo, para su consternación, Vincent la siguió.
—¿Por qué me sigues? ¡Te dije que usaras la puerta principal!
—No quiero.
Su terquedad era exasperante. Paula miró nerviosamente a su alrededor, preocupada de que alguien pudiera verlos. Susurró con brusquedad:
—¡Vete! ¡Mantente lejos de mí!
—No quiero.
—¿Por qué no?
—Porque no quiero estar lejos de ti.
Se le ruborizó el rostro y agitó las manos con frustración, intentando retroceder. Trató de crear distancia entre ellos, pero Vincent, intuyendo su intención, dio un paso al frente y la sujetó de la muñeca.
—¡Ahora no! —protestó ella.
—Acabo de darme cuenta de algo; no te lo he dicho —dijo de repente, cambiando el tema de conversación.
—¿Q-qué?
—No he oído lo que piensas de mí.
—¿De qué estás hablando? ¿Por qué quieres saber eso?
—¿Acaso no es natural querer saber qué piensa de ti la persona que te gusta?
Sus palabras directas la dejaron atónita, y su rostro volvió a enrojecer. La brusquedad de su pregunta la desconcertó por completo. Antes de que pudiera responder, la puerta trasera se abrió y una criada salió atándose el delantal. Se quedó paralizada al verlos: Vincent sujetaba la muñeca de Paula entre los arbustos. Sus ojos, muy abiertos, iban de uno a otro.
—Oh…
La criada señaló a Vincent, reconociéndolo claramente. Presa del pánico, Paula se soltó bruscamente. Cuando la mirada de la criada se posó en ella, exclamó apresuradamente:
—¡Ah! ¡Allí!
Tanto la criada como Vincent se giraron hacia donde ella señalaba, pero solo vieron los arbustos. Aprovechando el momento, Paula entró corriendo a la mansión, con el corazón latiéndole con fuerza. No se detuvo hasta estar a salvo en el pasillo, y subió corriendo las escaleras hacia la habitación de Robert.
Entonces se quedó paralizada.
Bajó la mirada hacia su fino camisón que ondeaba alrededor de sus rodillas. La realidad la golpeó como una bofetada: aún llevaba puesto el pijama. Cualquiera que la viera así sacaría conclusiones precipitadas. Gimió y se cubrió el rostro con las manos, temiendo los chismes que se avecinaban.
Athena: A partir de aquí ya voy a empezar el tuteo por parte de Paula. Además Vincent quiere jaja. Por cierto, ¿pasó a mayores esa noche? Jajaja.