Capítulo 141

La chaqueta seguía con ella, olvidada en la prisa. Era demasiado grande para usarla, algo que cualquiera podía notar. Claramente era una chaqueta de hombre, así que se la quitó y la dobló cuidadosamente, apretándola contra su pecho. Sostenerla así le produjo una extraña sensación.

Un aroma agradable impregnaba la tela. Al hundir el rostro en ella, el olor pareció penetrar en sus sentidos. Llevaba consigo la frescura del bosque y, sobre todo, el aroma de Vincent. El recuerdo de él colocándole la chaqueta sobre los hombros resurgió vívidamente, junto con la sensación de su tacto: la forma en que permanecía, cálido y cercano, como si pudiera hundirse bajo la superficie.

—Tú… eres cálida. Me dan ganas de seguir tocándote.

Aquella voz, baja y susurrante, pareció rozarle la oreja otra vez. Un calor repentino la invadió, quemándole la cara.

—¡Oye! —Un grito repentino la sobresaltó.

El pánico se apoderó de ella cuando la chaqueta casi se le resbaló de las manos. Miró a su alrededor y vio a Johnny acercándose por el pasillo; su actitud despreocupada era evidente incluso desde la distancia.

—¡Hola! ¡Qué gusto verte! ¿Te quedaste dormida? —Saludó con la mano, en un tono informal y amigable.

—¿Tú? —La respuesta fue tajante, su esfuerzo por recuperarse era evidente.

—Sí, yo también. Pensé que sería el único en llegar tarde, pero saber que estás en la misma situación me tranquiliza. Si me regañan, diré que tú también llegaste tarde. Así es más fácil evitar problemas, ¿verdad? —Se rio entre dientes y luego entrecerró los ojos, observándola con atención.

La conversación dio un giro brusco. Su mirada se detuvo en su pecho, donde ella sostenía la chaqueta. Una oleada de pavor la invadió.

—Muy bien, muévete —murmuró, intentando escapar.

Pero Johnny no se dejó disuadir fácilmente. Cambió de rumbo para seguirlo, con la curiosidad a flor de piel.

—¿Qué es eso? ¿Qué llevas en la mano?

—Nada. Suéltalo y vete.

A pesar de la respuesta cortante, sus ojos permanecieron fijos en la chaqueta. Un tono burlón se coló en su voz.

—Esa parece una chaqueta de hombre…

Inquieta por su observación, el silencio le pareció la respuesta más segura, pero solo avivó su insistencia. Se inclinó con una sonrisa astuta, estudiando su reacción.

—¿Qué es esto, entonces? —Su sonrisa se ensanchó mientras sus palabras quedaban suspendidas en el aire, aumentando la tensión entre ellos.

La mirada que le dirigió podría haber congelado el fuego.

—No es lo que piensas.

—Ah, claro. Entendido. —Su respuesta, cargada de falsa comprensión, la irritó profundamente—. No te preocupes. Conmigo está a salvo.

—¿Qué? ¡No es nada de eso! —La protesta fue tajante y firme, dejando al descubierto su frustración.

Su risa la siguió mientras ella lo apartaba, pero él no se inmutó. Una leve palmada en su hombro fue la gota que colmó el vaso. El pisotón que siguió fue rápido y contundente, provocando un grito de dolor en Johnny.

—Ya te lo dije, no es nada.

Sus últimas palabras no dejaron lugar a dudas mientras se alejaba, dejándolo con el pie magullado.

Más tarde, al entrar en la habitación de Robert, la tensión volvió a palparse. Vincent estaba allí, sentado en el sofá, con la mirada fija en ella en cuanto entró. Su presencia se cernía sobre el ambiente, incluso sin pronunciar palabra.

La niñera la saludó afectuosamente.

—Llegas un poco tarde hoy.

—Lo siento —respondió ella cortésmente, haciendo una breve reverencia para evitar la mirada de Vincent. La tensión en la habitación era casi palpable.

Con la cabeza ligeramente inclinada, desvió la mirada. Allí estaba: Vincent, recostado en un extremo del sofá como si la hubiera estado esperando. La separación anterior había sido un intento deliberado de evitar situaciones incómodas, aunque parecía que el destino no estaba de acuerdo. Volver a encontrarse con él en la habitación de Robert no fue una sorpresa total, pero la intensidad de su presencia sí lo fue.

El ambiente a su alrededor era denso, su disgusto evidente en la mirada penetrante que clavaba en ella. Aquella mirada era inquietante, suficiente para despertarle una leve punzada de culpa. Dudando, dio un paso cauteloso hacia la niñera. Cada movimiento, por sutil que fuera, parecía llamar su atención. Sus ojos la seguían fijamente, sin vacilar, y la intensidad de su mirada era imposible de ignorar.

—Si hubiéramos sabido que el conde se uniría a nosotros, se habrían podido preparar su comida —comentó la niñera con un tono de leve preocupación.

No fue ninguna sorpresa que el desayuno de Vincent no estuviera listo; no se habían hecho preparativos previos. Sin embargo, Vincent pareció imperturbable mientras tomaba su té y respondía con naturalidad.

—No hace falta. Fue una visita inesperada y no tengo mucho apetito. No te molestes.

—Aun así, ¿quizás algo de pan, al menos? —sugirió la niñera con cierta timidez.

—No es necesario —respondió con firmeza.

A pesar de sus palabras tranquilizadoras, la indecisión de la niñera persistía. Tenía las ideas claras: la llegada inesperada de Vincent podría significar que planeaba compartir la comida, así que le pareció lo más apropiado preparar algo. La sutil tensión en su semblante contribuía a la incomodidad en la habitación.

Una rápida mirada hacia Vincent reveló que la observaba con una concentración intensa e implacable. Sus miradas se cruzaron brevemente antes de que ella apartara la vista rápidamente, decidiendo que era más seguro volver a prestar atención a Robert con su comida.

Robert fue el único que se fue con el estómago lleno. Mientras la niñera recogía los platos vacíos, volvió a mirar a Vincent.

—¿Se quedará a almorzar?

—Sí.

—Entonces haré los preparativos necesarios —dijo la niñera, dirigiéndose a Paula con una amplia sonrisa—. Todavía no has desayunado, ¿verdad? Yo tampoco. ¿Te gustaría acompañarme? Como el conde está aquí, no hay problema en salir un rato.

—Oh, yo… —Paula vaciló, mirando a Vincent.

Su mirada se clavó en ella con silenciosa intensidad, como si la instara a no irse. El peso implícito de esa mirada la hizo reconsiderarlo, reacia a arriesgarse a las consecuencias de marcharse.

—En realidad no tengo hambre. Por favor, siéntete libre de pasar —dijo con torpeza.

—De acuerdo, entonces tomaré algo ligero.

Dicho esto, la niñera recogió los platos y salió de la habitación.

El silencio que siguió fue sofocante. La expresión de Vincent sugería que tenía mucho que decir, pero no habló. En cambio, su mirada permaneció fija en ella, creando un calor opresivo que la agobiaba mientras limpiaba la mesa. Pronto, el peso de su atención se volvió insoportable. Hablar habría sido mejor.

—Léeme esto —la alegre interrupción de Robert rompió la tensión. Extendió un libro de cuentos, con los ojos brillantes de expectación.

Paula agradeció la distracción. Robert había disfrutado de sus lecturas en otras ocasiones y a menudo le pedía que le leyera de nuevo. Tras terminar de limpiar, se lavó las manos, aceptó el libro y se sentó junto a él en el largo sofá.

La historia trataba sobre un cerdito adorable que vivía una aventura, y sus ilustraciones, llenas de vida, cobraban vida en la página. Paula leía en voz alta, tranquila y firme, mientras Robert escuchaba con atención, balanceando las piernas al ritmo del cuento.

El libro no tardó en terminarse, y poco después, Robert le ofreció otro. Y luego otro más. Al llegar al cuarto libro, sentía la garganta seca. Necesitaba un sorbo de agua, pero antes de que pudiera descansar un rato, apareció otro libro, esta vez ofrecido por Vincent.

¿Cuándo se había acercado siquiera? De pie junto a ella, Vincent le ofreció un libro de cuentos con expresión tranquila. En la portada aparecía un corderito, con sus grandes ojos y su pelaje esponjoso, inconfundiblemente familiares.

—Lee esto —dijo con tono despreocupado.

Era el mismo libro que Paula le había leído a Robert antes. Recordaba la trama: un dulce cuento sobre un cordero y su nuevo amigo ciervo que encontraban formas divertidas de jugar juntos. Al mirar a Vincent, la confusión se reflejó en sus ojos.

—¿Por qué este?

—Porque quiero oírlo.

Sin esperar respuesta, Vincent se dirigió al otro extremo del sofá, dando unas palmaditas en el asiento de al lado como diciendo: «Date prisa». Paula, a regañadientes, lo siguió y se sentó. Apenas se hubo acomodado cuando Robert se acercó con otro libro.

—¡Lee esto a continuación!

Antes de que Paula pudiera responder, Vincent lo interrumpió.

—Es mi turno. Espera.

—¡Eso es injusto!

—Es mío, así que puedo ser injusto.

Robert infló las mejillas en un gesto de frustración infantil, pero se dio por vencido y se retiró al otro sofá para dibujar en una hoja de papel. Su atención se centró por completo en llenar la página con formas extrañas y abstractas.

Paula miró el libro que Vincent le había entregado, con evidente vacilación. Había algo extraño en leerle en voz alta, sobre todo con su mirada tan fija en ella. Aun así, abrió el libro y comenzó.

Aunque las palabras eran las mismas, la sensación era completamente diferente. Su tono se tornó rígido, su ritmo pausado, cada frase cargada por la presión de estar bajo escrutinio. La mirada de Vincent era penetrante, aunque no severa. Le recordaba momentos pasados en los que él había criticado su lectura, haciéndola hiperconsciente de cada palabra y entonación.

Apoyó la barbilla en la mano, con la mirada fija. No era tan penetrante como antes, pero su concentración aún la incomodaba. Finalmente, la tensión estalló.

—¿Podrías dejar de mirarme así? —espetó, haciendo una pausa a mitad de la frase.

La respuesta de Vincent fue fría e inmediata:

—¿Dónde más debería mirar mientras alguien me lee?

—La mesa… o cualquier otro lugar sería mejor.

—No.

El rechazo tajante la hizo desplomar los hombros. No había manera de contrarrestar ese tono. Su mirada continuó, implacable.

—Es difícil concentrarse cuando estás mirando tantas cosas —intentó decir de nuevo, con la voz más suave ahora.

—¿Te pone nerviosa?

—…Sí.

Su respuesta sincera pareció sorprenderlo. Sus ojos se abrieron ligeramente, como si no se le hubiera ocurrido. Luego, tras un breve instante, giró la cabeza y emitió un murmullo pensativo. La expresión de su rostro cambió: seguía siendo indescifrable, pero extrañamente satisfecha. Aunque su mirada ya no se clavaba en ella, la peculiar sensación de satisfacción en su semblante persistió, dejando a Paula aliviada y perpleja a la vez.

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Capítulo 140