Capítulo 145

El profundo suspiro de Vincent, al que ella ya se había acostumbrado demasiado últimamente, rompió la tensión. Solía exhalar así cuando sus conversaciones no iban como él quería, como si deseara que ella escuchara su frustración.

—Te pedí que te quedaras a mi lado. Que te quedaras aquí conmigo. Seguramente no pensaste que me refería solo a que fueras mi sirvienta, ¿verdad?

—¿No es así? —preguntó Paula con cautela.

Ella había asumido que su singular papel en su vida provenía de conocer sus secretos, de ser la única que compartía con él las partes que no podía mostrar a los demás. Pero eso era todo, nada más.

La expresión de Vincent se ensombreció, su rostro se tensó como si intentara contener la ira que sentía. Aquel cambio la inquietó.

—Te besé —dijo bruscamente—. ¿Y qué fue eso?

—E-eso… sinceramente, no sé por qué lo hiciste —balbuceó, con la voz temblorosa.

Era la parte que menos entendía. Consolarlo mientras se derrumbaba bajo el peso de la culpa le había parecido natural: sostener su cuerpo tembloroso, acariciarle el cabello, rozarle la mejilla y los hombros. Esos gestos le habían parecido hábitos persistentes de hacía cinco años, o quizás su manera de buscar consuelo. Pero el beso… eso era algo completamente distinto. ¿Quizás solo había sido el ambiente de aquella noche?

—No mientas —gruñó Vincent, interrumpiendo sus pensamientos. Su voz era baja, casi un gruñido—. Sabes perfectamente por qué te besé. Simplemente no quieres aceptarlo. Porque nunca imaginaste que yo pudiera sentir esto por ti. Piensas que es imposible, absurdo.

La tensión en el ambiente se hizo palpable. Una brisa fresca recorrió el claro, pero no logró disipar la atmósfera sofocante. La mirada implacable de Vincent la presionaba para que respondiera.

Paula apartó la mirada brevemente antes de armarse de valor para encontrarse con la suya.

—¿Te gusto?

—Sí —dijo sin dudarlo.

Sus labios se entreabrieron con sorpresa antes de que se le escapara otra pregunta.

—¿Me... quieres?

—Sí, te quiero —respondió Vincent con voz firme pero desprovista de calidez.

Su confesión no fue tierna ni dulce. Fue áspera, teñida de frustración e ira, y las emociones que reflejaban su rostro parecían muy alejadas del amor. Frunció el ceño con más fuerza, sus ojos se tornaron tormentosos, como si contuviera un torrente de sentimientos.

Paula lo observó con calma antes de volver a hablar.

—¿Por qué?

Su pregunta era sincera. Quería entender. Pero a medida que pasaban los segundos, se dio cuenta de que no necesitaba una respuesta. En cambio, soltó una risita suave, teñida de incredulidad.

—¿Por qué me amarías? ¿Por qué? No tiene sentido.

Porque realmente no era así.

Amor. Era un concepto que apenas comprendía, sobre todo el amor romántico. Le resultaba ajeno, distante, algo que había observado en otros pero que nunca había experimentado.

Recordaba a la mujer del pueblo de su infancia, que hablaba de amor con las mejillas sonrojadas y una sonrisa tímida:

—Estar con él es como arrojarme a un fuego abrasador. Siento que mi cuerpo arde, y sin embargo no puedo parar. Me dejaría consumir con gusto, porque incluso el dolor es emocionante.

La mujer irradiaba felicidad, su alegría era tan contagiosa que las demás mujeres habían expresado su envidia. Paula reflexionó en silencio sobre esas palabras, preguntándose por qué aquella emoción le resultaba tan desconocida.

¿Qué se sentía al experimentar eso? ¿Arder en las llamas del amor y encontrar éxtasis en el dolor? En un principio, había sentido curiosidad, incluso ansias, por comprenderlo. Pero pronto se dio cuenta de que esos sentimientos no eran para ella. Sus manos delgadas y marcadas por las cicatrices, su cuerpo pequeño y desnutrido, y su rostro desfigurado: nada de eso era digno de amor.

—¿Por qué bromear sobre algo así? —dijo finalmente con tono inexpresivo—. No tiene gracia.

Pero la respuesta de Vincent fue firme:

—No estoy bromeando.

Se le cortó la respiración. ¿De verdad lo decía en serio? Por un instante, pensó que tal vez, solo tal vez, la veía como una mujer. Pero la idea era absurda. Soltó una risita suave, sacudiendo la cabeza.

—¿Qué tiene de imposible? —preguntó Vincent, cada vez más frustrado.

—Mírame —dijo Paula, extendiendo los brazos como si se presentara—. ¿Quién... quién podría amar a alguien como yo?

Su voz temblaba a pesar de su intento por mostrarse indiferente. La vacilación en sus palabras la delató, al igual que la débil sonrisa que intentaba mantener.

Pensó en su rostro, en su cuerpo, en la forma en que la gente siempre la había mirado con desdén o lástima. ¿Cómo podía alguien ignorar eso? ¿Cómo podía Vincent, precisamente él, sentir tales emociones por ella?

La expresión de Vincent se endureció.

—Ya te lo dije: tu apariencia no me importa. ¿No me crees?

—Sí —respondió Paula en voz baja—. Pero esto… esto es diferente.

El afecto sencillo y el amor eran cosas distintas. El amor romántico, en particular, parecía un mundo completamente aparte. Por un instante, Paula se imaginó de pie junto a Vincent. La imagen era absurda: una pareja tan dispareja que cualquiera se burlaría de ella.

La idea de que una sirvienta mantuviera una relación sentimental con su amo —y mucho menos con un noble— era impensable. Todas las circunstancias apuntaban a lo imposible que era.

—¿De verdad es tan extraño que te ame? —preguntó Vincent.

—Sí —respondió Paula con sinceridad.

—¿Y qué hay de aquella noche? ¿La forma en que me consolaste, diciéndome que todo estaría bien, que la vida continuaría? ¿La forma en que no te apartaste cuando te besé? ¿Fue solo lástima? ¿Estabas arrojando migajas de compasión a un mendigo?

—Eso fue… como criada… —tartamudeó.

—¿Como criada, eras generosa? —Su voz era ahora cortante, su ira iba en aumento.

No era su intención hacerle sentir así, pero desde su perspectiva, sus acciones podrían haber parecido precisamente eso. No lo negó, sin saber cómo responder.

El silencio entre ellos se hizo más denso, más punzante. El rostro de Vincent delataba la profundidad de su dolor: una mezcla de rechazo y frustración. Paula no encontraba las palabras para acortar la distancia que los separaba.

La gente puede encontrar consuelo en los demás sin necesidad de amor. Así había interpretado ella las acciones de Vincent aquella noche. Incluso el beso: lo había interpretado como un momento de vulnerabilidad, nada más. No parecía haber otra explicación.

—Bueno, déjame dejar esto claro —dijo Vincent con voz baja pero firme—. No te pedí que te quedaras conmigo solo como sirvienta. Te lo pedí porque te amo.

—Basta —dijo Paula en voz baja, sintiendo el peso de sus palabras sobre ella.

—¿Por qué no me crees? —preguntó con voz firme.

—¿Por qué me amarías? ¿Qué hay de amor en mí? —replicó ella, con la voz cargada de frustración. Necesitaba una respuesta. ¿Por qué? Si de verdad la amaba, no lo entendía. Su risa era amarga, teñida de incredulidad, mientras intentaba apartar la absurdidad de la situación.

Las flores blancas se mecían con la brisa, sus pétalos revoloteaban como nieve delicada. Vincent giró ligeramente la cabeza, dejando que el viento alborotara su cabello rubio, algunos mechones cayendo sobre sus ojos.

—Cuando no podía ver —comenzó, con la voz más suave—, todo en el mundo me aterrorizaba. Incluso las personas en las que creía poder confiar se convirtieron en extrañas. Y entonces apareciste tú. Me dijiste que no era extraño. Dijiste que podía cambiar, si era lo suficientemente valiente.

Paula contuvo la respiración. Recordó aquellas palabras.

—Me tomaste de la mano sin dudarlo y me guiaste en la dirección correcta. Pensé que eras extraordinaria. Pero cuando te volví a ver, me di cuenta…

—¿No fui extraordinaria? —Paula terminó la frase por él, con una sonrisa irónica asomando en sus labios.

—No —admitió—. No lo eras.

La confesión le dolió, pero antes de que pudiera reflexionar sobre ello, él añadió:

—Y me gustaste aún más por eso. Sentí que por fin estaba viendo a la verdadera tú.

Ella levantó la cabeza de golpe, sobresaltada por su silenciosa confesión. Vincent no la miraba a ella, sino a las flores, con expresión pensativa.

—No eras extraordinaria. Eras simplemente alguien desesperado por sobrevivir. Alguien que, a pesar de tener miedo y ser pequeña, extendió la mano para ayudar a un hombre destrozado. Me di cuenta de lo frágil y herida que estabas cuando vi tus manos, marcadas por cicatrices y ásperas, pero, aun así, quisiste protegerme.

Hizo una pausa, como si recordara aquellos momentos, con la mirada perdida.

—Fue entonces cuando lo supe. No era solo que quisiera encontrarte, ni que necesitara tu consuelo. Te amaba. Lo suficiente como para querer protegerte.

Vincent se giró hacia ella, con sus ojos color esmeralda, vibrantes y claros, mirándola fijamente. Ya no era aquel chico inseguro y perdido que había conocido cinco años atrás. Ante ella se alzaba un hombre, más fuerte y sereno, cuya mirada rebosaba de un afecto inconfundible.

—Cuando recuperé la vista, ¿sabes qué fue lo que más cambió? —preguntó de repente.

Paula negó con la cabeza lentamente, insegura.

—Me di cuenta de lo hermoso que era el mundo a través de los ojos de Lucas —dijo Vincent, con la mirada esmeralda brillando de emoción—. Y tú… tú eres la parte más hermosa de todo esto.

Extendió la mano y la acarició suavemente. La cercanía la dejó sin aliento; el calor de sus palmas la reconfortó mientras su rostro se cernía a escasos centímetros del suyo. La luz del sol, brillante y dorada, caía a raudales, pero su mirada no podía apartarse de la de él.

—Eres preciosa, Paula —dijo en voz baja.

Sintió una opresión en el pecho, una mezcla de emociones que no podía describir. Sus ojos color esmeralda, llenos de amor y sinceridad, la cautivaron.

—Eres hermosa.

Su corazón se agitaba, inestable y abrumado.

 

Athena: Dios, qué cosa más hermosa. Voy a llorar.

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