Capítulo 148

Puede que haya sido para este momento

—Lo siento. Siento mucho haberos dado la espalda a todos de forma egoísta.

El corazón de Paula se estremeció al escuchar sus propias palabras. Había querido huir, pero jamás imaginó olvidar a sus hermanos fallecidos. Sentía que no tenía derecho a llorarlos. Creía que no debía llorar, ¿qué cambiaría? Los muertos no volverían, y las lágrimas le parecían un acto egoísta para aliviar su propia culpa.

Pero ahora se preguntaba: ¿No era así como debía haber dejado ir a sus hermanos? Aceptando sus errores, pidiendo disculpas, llorando sus trágicas muertes y dándoles sepultura en su corazón antes de seguir adelante con su vida.

Quizás, si la vida, antes sofocantemente tensa, se hubiera vuelto un poco más llevadera —si hubiera podido permitirse momentos para mirar atrás— entonces debería haberlos recordado de vez en cuando y honrado su memoria.

Por primera vez, Paula lloró abiertamente, como una niña, pensando en sus hermanos. Mientras su cuerpo se tambaleaba bajo el peso de sus emociones, unos brazos fuertes la sostuvieron. Ya no sabía si lloraba o gritaba. Lo único que podía hacer era sollozar desconsoladamente, pidiendo perdón y suplicando.

—Hngh… sniff…

La mano de Vincent le acarició suavemente la barbilla, alzándole el rostro bañado en lágrimas. Con la otra mano, le secó las lágrimas con torpeza. Su tacto era extraño, pero tierno. A través de su visión borrosa, Paula vio a Vincent, con una expresión impasible a pesar de su rostro lloroso y desaliñado.

—No deberías hacer esto —susurró ella.

Aunque sus lágrimas caían, la culpa la atormentaba. Sus pecados persistían. Aun así, lloraba egoístamente, buscando un perdón que jamás podría recibir. Quienes podían perdonarla ya no estaban.

—Esto es solo egoísmo mío… Está mal.

—No está mal —respondió Vincent.

—Pero…

—No creo que jamás te hayas alejado de tus hermanos. De hecho, es precisamente por eso que has vivido como has vivido. No espero que cambies de la noche a la mañana. Solo quiero que seas feliz. Aunque sus muertes aún te pesen, aunque la culpa nunca desaparezca, no quiero que renuncies a tu propia felicidad. Así como tú quisiste que yo viviera sin sucumbir a la culpa, yo quiero lo mismo para ti.

Su visión, nublada por las lágrimas, se aclaró y, por primera vez, Paula vio con claridad el rostro de Vincent. Tenía los ojos enrojecidos, como si contuviera sus propias lágrimas.

—Todo el mundo vive así. No tiene nada de especial. Tú y yo vivimos como cualquier otra persona.

No era ni extraño ni extraordinario, simplemente la forma habitual de vivir de la gente. La culpa que a veces la agobiaba, dificultándole la respiración, era algo que debía aceptar y sobrellevar. ¿Vivía él también así?

«Eres cruel», pensó. Vincent la había desmantelado, exponiendo las verdades que había evitado. La obligó a enfrentarlas, sin importarle cómo se sintiera. Sin embargo, en ese momento, no se sentía sola. ¿Sería por eso que quería vivir a su lado?

—¿De verdad me quieres?

—Sí.

—Pero no puedo corresponder a tus sentimientos.

El amor, tal como lo entendía Paula, era una emoción de confianza, dependencia y un intenso deseo de posesión. Era el tipo de sentimiento que impulsaba a uno a lanzarse al fuego, encontrando incluso el dolor embriagador. Ella no conocía tales emociones y no podía darle lo que él buscaba.

—Está bien. Sé tú misma.

—¿Y si no puedo?

—Entonces inténtalo.

—¿Y si me escapo?

—Entonces te traeré de vuelta. Soy codicioso y no puedo dejarte ir.

Su respuesta fue desenfadada, pero la intención que la impulsaba era todo lo contrario. Lo que la aterrorizaba, él se acercó sin dudarlo. Le mostró su corazón sin filtros.

—¿Por qué me amas? ¿A alguien como yo…?

Una mujer sin confianza en sí misma, indigna incluso ante sus propios ojos... ¿por qué insistía él? ¿De verdad merecía la pena tanto esfuerzo?

—Porque incluso ahora, la vida con vista no es diferente de la vida sin ella. Sigo sintiendo que camino a tientas, cuestionando cada paso. Pero creo que la vida sería un poco más feliz si estuvieras a mi lado.

Su mano se aferró a la de ella, sus ojos se mantuvieron firmes al encontrarse con su mirada incierta, preguntándole en silencio cuál sería su decisión. ¿Lo rechazaría o lo aceptaría?

Vincent era, en efecto, un hombre codicioso. Ignoró sus dudas, decidido a encontrar la manera de retenerla, sin importar su respuesta. Y, sin embargo, esperaba que ella decidiera quedarse voluntariamente.

Aun comprendiendo sus sentimientos, Paula seguía dudando. Se sentía intranquila, abrumada por la duda de qué estaba bien y qué estaba mal. Le faltaba la confianza para ser feliz. Cargando de culpa, no podía librarse de la sensación de que aceptarlo así sería como usarlo. ¿Acaso se lo merecía?

—Te entrometes tanto en la vida de los demás —dijo Vincent con suavidad—, ¿por qué entonces eres tan indecisa con la tuya?

No fue un reproche, sino una observación silenciosa, teñida de preocupación. Paula evitó su mirada, jugueteando con los dedos en lugar de tomarle la mano.

—De acuerdo —dijo finalmente.

Aquellas palabras la sobresaltaron. Su mano se soltó de la de ella, dejando sus dedos fríos y vacíos. Las lágrimas empañaron su vista una vez más, y una sola gota resbaló por su mejilla.

—Pero al menos déjame consolarte —dijo en voz baja.

Ella alzó la vista; su rostro se veía borroso entre sus lágrimas. Él le acarició la mejilla con la mano, secándole suavemente la lágrima que se le escapaba.

—Aunque no se me da bien consolar a la gente con delicadeza —añadió con una leve sonrisa.

Su mano se deslizó desde su mejilla hasta su cuello, su tacto permaneciendo con una audacia que denotaba una clara intención.

«Esto no está bien», pensó, aunque su determinación flaqueó.

Quizás fue porque recordó a sus hermanos, o tal vez por las lágrimas que había derramado. Los muros que con tanto cuidado había construido comenzaron a derrumbarse, y a través de las grietas, Vincent se acercó, ofreciéndole algo dulce y desconocido: permiso para darse un gusto, para desear algo para sí misma.

Por una vez, deseaba ser consolada. Quería apoyarse en alguien, elegir por egoísmo, aunque solo fuera una vez, incluso si luego se arrepentiría. Por ese momento, pensó, tal vez podría ser por sí misma.

—Consuélame —susurró.

La mano de Vincent se quedó paralizada. Paula la sujetó con fuerza con ambas manos.

—Consuélame…

Temiendo que no la hubiera oído, Paula repitió la frase en voz baja. Pero no hizo falta. La mano que había estado tirando de su camisón se deslizó tras su oreja. Inclinó el rostro hacia arriba y unos labios cálidos se encontraron con los suyos. Su calor perduró mientras rozaba sus labios, sus movimientos tiernos pero insistentes. Paula lo recibió con una expectación temblorosa.

Sintió que todo su cuerpo se sonrojaba, y un cosquilleo se extendió mientras su mano sostenía firmemente su cuerpo, que se encogía. Los sonidos húmedos que escaparon de su beso la avergonzaron, dejándola dividida entre el deseo de que se detuviera y el anhelo de que continuara. Una mezcla de emociones encontradas la atormentaba.

—¿Te duele? —preguntó Vincent en voz baja, acariciándole el cabello húmedo con una mano reconfortante.

Su caricia en la mejilla ya no le resultaba extraña. Paula parpadeó lentamente, aturdida.

—No —logró responder, aunque su voz era ronca, como si estuviera sumergida en agua.

La risa silenciosa de Vincent reveló que la había calado. A pesar de la falsedad, a Paula no le importó. Tomó su mano, que descansaba sobre su cuello, y la presionó contra su otra mejilla, buscando el consuelo de su tacto. La mirada de Vincent se detuvo en ella, intensa e inquebrantable, antes de inclinarse hacia adelante, rozando con los dientes el lóbulo de su oreja. El repentino roce la hizo jadear suavemente, una mezcla de dolor y sorpresa.

Las lágrimas le brotaron de los ojos y sus pesados párpados temblaron. Cada vez que alzaba la mirada, los ojos de Vincent se clavaban en los suyos, llenos de una intensidad que casi la asfixiaba.

—¿Por qué me miras así? —murmuró ella.

—Porque tengo miedo —admitió en voz baja.

Paula comprendía su miedo. Una sola noche no lo cambiaría todo, ni ella podría corresponderle por completo.

La imagen de él, diciéndole siempre que no huyera, le vino a la mente de repente. Cada vez que intentaba desaparecer, Vincent siempre la encontraba, por mucho miedo que guardara en silencio. Le resultaba a la vez divertido y extrañamente conmovedor que su miedo estuviera dirigido hacia ella.

¿Qué podía hacer por alguien como él? Paula vaciló, luego extendió la mano para acariciar su rostro. Tal como él había hecho una vez con ella, dejó que sus dedos memorizaran los contornos de sus facciones. El sudor le corría por la frente, humedeciendo su tacto.

—No puedo prometer mucho —dijo en voz baja, con la voz ligeramente temblorosa—, pero puedo prometer esto.

No era mucho, y no sabía si aliviaría sus preocupaciones, pero era todo lo que podía ofrecer por el momento.

—No me iré sin decir una palabra —juró.

Ya no quería huir. Esto era todo lo que podía ofrecerle: su sincera entrega. Al oír sus palabras, Vincent parpadeó sorprendido, y una leve sonrisa se dibujó en sus labios.

—Por ahora es suficiente —dijo con suavidad.

Comparada con todas las emociones que él le había demostrado, su promesa parecía insignificante. Sin embargo, él la aceptó como si lo fuera todo, sonriendo con una alegría que le oprimió el pecho.

La vacilación se desvaneció, dejando a Paula llorar libremente en sus brazos. Se dejó consolar, permitiéndose ser vulnerable en su abrazo. Se aferró a él como una niña, tal como él lo había hecho con ella una vez, y Vincent respondió con la misma ternura y paciencia.

A pesar de afirmar que no era bueno consolando a los demás, la abrazó con infinita ternura, susurrándole que su necesidad de aferrarse a ella era egoísta, pero a la vez ofreciéndole consuelo.

Cuando el trino de los pájaros llegó a sus oídos, Paula se dio cuenta de que había amanecido. La luz del sol matutino era brillante, casi cegadora. Parpadeó adormilada, intentando despejar su mente confusa. Le escocían los ojos, hinchados y doloridos por haber llorado toda la noche, al girar ligeramente la cabeza.

Fue entonces cuando lo vio. El rostro dormido de Vincent estaba tan cerca, con el ceño fruncido como atrapado en un sueño intranquilo. Paula se liberó, logró levantar la mano y le acarició suavemente las arrugas de la frente. Su expresión se suavizó gradualmente bajo su tacto.

Observándolo atentamente, Paula no pudo evitar esbozar una leve sonrisa. Como si sintiera su mirada, Vincent se movió, apoyando el rostro en su hombro. Con los ojos aún cerrados, dejó escapar un suave suspiro y se acurrucó contra ella.

Paula echó un vistazo al reloj que había en la mesita de noche.

—Vuelve a dormir —murmuró Vincent con voz adormilada.

—Ya es de mañana. Levántate —respondió ella.

La conversación le resultaba extrañamente familiar, pero esta vez tenía una calidez inusual. Ella le acarició el cabello con los dedos mientras intentaba animarlo, pero él, en lugar de eso, la abrazó con más fuerza.

—Te has acostado tarde. Duerme un poco más —le instó.

—Si lo hago, me meteré en problemas —replicó Paula con un leve suspiro.

—¿Quién se atrevería a regañarte?

Ah, cierto.

—Aun así me seguirían dando sermones.

—Dime quién lo hace y yo me encargo —murmuró Vincent con un tono casi juguetón.

Paula podía imaginárselo fácilmente enfrentándose a cualquiera que se atreviera a criticarla, tomándole la mano mientras la defendía con vehemencia.

Sentía el cuerpo pesado, la tentación de volver a dormirse era casi irresistible. Por un instante, vaciló, luego negó con la cabeza, intentando resistir. Con delicadeza, le sacudió el hombro.

—Levántate. Vamos.

Con un profundo suspiro, Vincent se incorporó a regañadientes, dejando al descubierto su torso desnudo tras caerse las sábanas. Paula dio un respingo de sorpresa y, por instinto, se giró hacia un lado. Por suerte, estaba cerca de la pared, o podría haberse caído de la cama.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, bostezando.

—Solo… estaba admirando la pared —respondió Paula, nerviosa, cubriéndose la cabeza con la manta para ocultar su vergüenza.

La cama se movió cuando Vincent se levantó. Ella no miró hacia atrás hasta que oyó sus pasos salir de la habitación, y se quedó mirando fijamente a la pared hasta que sintió que era seguro moverse.

 

Athena: Ay… qué emotivo.

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