Capítulo 155

Ethan regresó como había prometido, llegando a la finca temprano una mañana unos días después. Tras una breve conversación con Joely, se marchó con ella esa misma tarde. Como era de esperar, Vincent no apareció en la finca ni ese día ni el siguiente. Antes de irse, Paula escuchó fragmentos de una conversación entre Ethan y Joely sobre los asesinatos. ¿Habían identificado al culpable?

Esa noche, un trueno retumbó en el cielo oscuro, comenzando como un leve murmullo antes de convertirse en un rugido ensordecedor. La lluvia amenazaba con caer en cualquier momento. Paula se levantó de la cama, se puso ropa de calle y salió sigilosamente de su habitación. Bajando la llama de su lámpara hasta dejarla casi imperceptible, se acercó sigilosamente a la habitación donde Alicia estaba confinada.

A diferencia del día, no había guardias afuera. Dado que ambos asesinatos habían ocurrido de noche, parecía que el personal había decidido no arriesgarse a patrullar después del anochecer. La puerta estaba cerrada con llave, pero Paula sacó una horquilla larga de su cabello y la introdujo en la cerradura. Tras unos giros y clics, la cerradura cedió y la puerta se abrió con un crujido.

Dentro, Alicia estaba sentada en la cama. Ya fuera porque había percibido la presencia de Paula o simplemente porque había estado esperando, estaba despierta.

—Levántate. No tenemos mucho tiempo —dijo Paula en voz baja.

Alicia asintió sin protestar y se puso de pie de inmediato. Paula le entregó una pequeña bolsa que había preparado y echó un vistazo a su alrededor con cautela antes de guiarla fuera de la finca y hacia el bosque. Alicia la siguió de cerca, con paso rápido y apresurado mientras el cielo gemía sobre ellas.

—¿Hasta dónde tenemos que llegar? —preguntó Alicia.

—Bastante lejos —respondió Paula, con la voz tenue por la preocupación.

Atravesar el bosque a la luz tenue de la farola no era tarea fácil. El terreno irregular y las sombras amenazantes hacían que el camino pareciera más largo, y la creciente tensión carcomía a Paula. Necesitaban llegar al sendero secreto antes de que empezara a llover.

Mientras caminaban, Alicia rompió el silencio de nuevo.

—Tú también vienes, ¿verdad?

Paula vaciló.

—…No.

Los pasos de Alicia se detuvieron. Paula se giró y vio a su hermana inmóvil, con una expresión indescifrable en la penumbra.

—¿Por qué? —preguntó Alicia, con voz tranquila pero teñida de incredulidad.

—He decidido quedarme.

—Pero odiabas estar aquí.

—Ya no.

No fue una decisión tomada por obligación; era algo que Paula realmente deseaba. Sostuvo la mirada de Alicia, con expresión firme y resuelta.

Un repentino relámpago iluminó el bosque, seguido de un estruendo atronador. Paula alzó la vista. Aún no había empezado a llover, pero no podían esperar mucho más. Le hizo una seña a Alicia para que se diera prisa, pero su hermana no se movió. En cambio, la voz de Alicia resonó en el aire.

—Es por él, ¿verdad? Ese hombre te pidió que te quedaras.

Paula abrió la boca para negarlo, pero vaciló un instante de más. Alicia notó su vacilación y dio un paso al frente, sujetando con fuerza los brazos de Paula. Sus dedos se clavaron en ella, y la luz de la lámpara parpadeó mientras Paula se estremecía.

—¿Por qué? ¿Por qué tú? ¿Qué te hace tan especial? —La voz de Alicia se quebró, una mezcla de frustración y desesperación.

Su confusión y celos se desbordaron en un torrente de palabras.

—Alicia, para. Me estás haciendo daño —protestó Paula, intentando zafarse.

—¿Qué tienes de especial? ¿Por qué te elegiría a ti? —Las palabras de Alicia se volvieron cada vez más erráticas. Su tono estaba cargado de amargura, sus emociones eran una tormenta incontrolable—. Tú, con tu patética vida de humillaciones y servilismo. ¡No eres más que una sombra, y eso es todo lo que serás!

Paula miró a su hermana, atónita. El rostro de Alicia, iluminado por la luz parpadeante, reflejaba ira, envidia y angustia, muy diferente de la calma que había mostrado apenas unos días antes. Paula comprendió que Alicia, después de todo, no había renunciado ni a sus ambiciones ni a su resentimiento.

—Siempre me has odiado —dijo Paula en voz baja—. ¿Tanto deseas convertirte en mí? ¿Incluso con la vida que desprecias?

—¡Sí! —gritó Alicia—. Si ser tú significa sobrevivir, entonces sí, con gusto tomaría tu lugar. Si significa vivir a salvo y feliz, ¡fingiré ser tú para siempre!

—Eso está mal —replicó Paula—. ¡No puedes vivir así, no está bien!

—¡Así viviste! —replicó Alicia—. Sobreviviste haciendo la vista gorda ante todo y ante todos. No te creas superior a mí. ¡Todo el mundo lo hace, y tú también!

Paula guardó silencio; las palabras de su hermana la habían herido profundamente. Era cierto. Paula había evitado la confrontación y sacrificado los sentimientos de los demás para protegerse. Esa culpa la atormentaba a diario. Pero, a diferencia de Paula, Alicia parecía no sentir remordimiento alguno. Esa marcada diferencia solo profundizaba la brecha entre ellas.

—Me miras así otra vez —dijo Alicia con voz temblorosa—. Como si fuera un monstruo. No te atrevas a juzgarme. Si yo soy una espectadora, tú también lo eres. Si yo soy una asesina, ¡tú también lo eres! Somos iguales, tú y yo. Ambos estamos atrapados por el mismo linaje maldito.

La tensión llegó a su punto álgido cuando la voz de Alicia, cruda y cargada de emoción, resonó en los oídos de Paula. Aquellas palabras no eran meras acusaciones, sino confesiones que dejaban al descubierto heridas que ambas hermanas cargaban pero que nunca habían reconocido.

Los ojos de Alicia estaban inyectados en sangre, las lágrimas se acumulaban, pero se negaban a caer. Era su último acto de desafío, una negativa a mostrar vulnerabilidad. Apretó los puños con tanta fuerza que las palmas se le pusieron blancas, como si pudiera aplastar su angustia hasta silenciarla. En ese instante, Paula comprendió que Alicia había aceptado el vínculo que las unía como la última familia que quedaba. O, mejor dicho, Alicia siempre lo había sabido.

—Fingir que te importan los demás mientras ignoras las muertes a tu alrededor… Así eres tú. Por supuesto, alguien como yo no importa. No harás nada por mí. Incluso si muero, simplemente pensarás: “Bueno, así son las cosas”. —La voz de Alicia temblaba por el peso de su amargura, pero su mirada permanecía impasible—. ¿Qué más puedo hacer? ¡Tengo que usar todo lo que esté a mi alcance para sobrevivir! No puedo seguir viviendo así, sin saber si habrá un mañana. Necesito estar en un lugar seguro, donde pueda proteger mi felicidad. ¡Quiero vivir! ¡Cueste lo que cueste, quiero sobrevivir!

La voz de Alicia resonó en medio de la tormenta como un trueno, sacudiendo a Paula hasta lo más profundo de su ser.

«Así es como te maté».

Los pensamientos de Paula resonaban en su mente como una tormenta. Había ignorado a Alicia, desviado la mirada y restado importancia a sus problemas. Había hecho lo mismo con la muerte de su hermana menor: fingió que no había sucedido, encerrándose en sí misma. Alicia era su única hermana, pero Paula nunca la había tratado con igualdad. La había resentido y odiado, sin aceptarla jamás como parte de la familia. Paula había asumido que alguien tan bella y capaz como Alicia no tendría problemas, proyectando sus propias inseguridades en ella.

Pero ahora, mientras Paula estaba frente a Alicia —destrozada, vulnerable— vio la verdad. Alicia también había sido tratada como una simple mercancía, un trofeo bien cuidado para ser vendido. Su padre había prodigado atención a su apariencia y posición social, sin considerar jamás el vacío que Alicia debía sentir. El dolor de Alicia era como un trapo desgarrado, hecho jirones.

Desde el principio, su relación había sido problemática, y ahora parecía irreparable. El arrepentimiento llenaba el vacío pecho de Paula. Había creído que podía con todo sola, pero se dio cuenta demasiado tarde de todo lo que había perdido. Ahora, por fin, Paula comprendía a Alicia. Aunque sus métodos eran erróneos, Alicia, al igual que Paula, luchaba por sobrevivir.

Paula cerró los ojos y respiró hondo para calmarse. Alicia, con la cabeza gacha, también respiraba con dificultad; su ira y frustración daban paso al agotamiento. Las verdades que habían compartido eran demasiado pesadas para soportarlas, y la realidad de su situación no hacía sino intensificar su tristeza.

—No intento abandonarte —susurró Paula.

Pero antes de que Paula pudiera decir algo más, un crujido provino de detrás de ella. Sobresaltada, agarró la lámpara del suelo y la dirigió hacia el ruido. La llama temblorosa iluminó una figura oscura, familiar, pero fuera de lugar.

—Te lo advertí, ¿no? Que no anduvieras por ahí de noche —bromeó una voz juguetona.

Paula se quedó paralizada. Reconoció esa voz, ese rostro. Era Johnny. Pero él no la miraba; su mirada estaba fija en Alicia. Una sonrisa burlona se dibujó en sus labios.

—¿Quién es? —preguntó Johnny con un tono ligero, casi burlón.

—¿Qué? —tartamudeó Paula, con la mente desbocada.

La repentina aparición de Johnny fue inquietante, y su actitud lo acentuó aún más. Parecía encantado, como si se hubieran encontrado por casualidad en una tarde soleada en lugar de en una noche de tormenta en el bosque.

—La mujer que busca el conde. ¿Quién es? —preguntó de nuevo, con un tono informal pero incisivo.

Un relámpago iluminó su rostro, y Paula divisó la hoja que sostenía en la mano. Aquella visión desencadenó una avalancha de recuerdos.

«¡Corre!»

Ella ya había experimentado ese tipo de miedo antes.

Johnny se acercó, obligando a Paula a retroceder. Sus ojos se fijaron en el cuchillo que sostenía.

—Al principio, pensé que era Alicia —dijo con voz casi coloquial—. Pero después de recabar información, me pareció más probable que fueras tú. El problema es que nunca me diste una respuesta clara. Me has mantenido en vilo todo este tiempo. Pero bueno, no quería preguntarte directamente; me habría herido el orgullo, ¿sabes? Me he esforzado mucho para conseguir esto.

Su forma de refunfuñar le heló la sangre a Paula. Le apuntó con el cuchillo.

—¿Así que eres tú a quien busca el conde? Dímelo ahora, porque será un fastidio si cambias tu versión después.

—¿Quién eres? —logró preguntar Paula con voz temblorosa.

—Alguien que haría cualquier cosa por el precio justo —respondió Johnny encogiéndose de hombros—. Es sencillo, ¿no? Alguien busca a la mujer que el conde tanto anhela.

—¿Quién es? —preguntó Paula.

—¿Quién crees? —preguntó Johnny con tono juguetón, como si disfrutara jugando con ella.

Su actitud resultaba tan extraña que Paula se preguntó si aquello era real. Sin embargo, sus ojos no dejaban de posarse en el cuchillo que sostenía en la mano.

—Tú mataste a esas personas, ¿verdad? —preguntó Paula con voz baja pero firme.

Johnny ladeó la cabeza, fingiendo inocencia.

—Mmm... ¿quién sabe?

La sospecha de Paula se convirtió en certeza. Johnny estaba detrás de los dos asesinatos. La navaja en su mano, sus palabras burlonas… no cabía duda. ¿Pero por qué? ¿Qué motivo podría tener?

Antes de que ella pudiera preguntar, Johnny giró la cabeza con disimulo.

—¿Y bien? ¿Qué debería decir? —preguntó, dirigiéndose a alguien que estaba detrás de él.

Otro crujido provino de los arbustos. Paula se giró, apretando con fuerza la lámpara. Al instante, un relámpago iluminó el cielo y un hombre emergió de las sombras. Su aspecto andrajoso y su rostro demacrado resultaban inquietantes, pero fue el brillo en sus ojos lo que le heló la sangre.

Un hombre con aspecto de serpiente.

—James Christopher… —susurró Paula, pero un trueno ensordecedor ahogó su voz.

La lámpara se le resbaló de las manos y se estrelló contra el suelo. La oscuridad los envolvió, salvo por el destello de intención asesina en los ojos de Christopher.

La mente de Paula trabajaba a toda velocidad, intentando reconstruir la historia. Un hombre que resentía sus orígenes, que había sufrido discriminación y humillación en su juventud. Un hombre que había soñado con el éxito, pero cuyas manos estaban manchadas con la sangre de su padre adoptivo y su hermano. Un hombre cuyo mayor rival —su hermano de sangre— había frustrado sus ambiciones.

Y ahora, buscaba venganza, no solo contra su hermano, sino contra todos los que le habían hecho daño. Había oído hablar de la búsqueda del conde de una mujer, alguien muy querida para él, y decidió encontrarla primero. Matarla. Destruir lo que el conde tanto apreciaba.

Y Ethan... Ethan lo sabía. Ethan no había sido capaz de traicionar a su hermano.

 

Athena: Oooogh, no quería esta traición por parte de Ethan. Yo pensando que este tipo estaba bien muerto. De Johnny sospeché algo cuando dijo que sí había estado en una casa noble, pero vaya.

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