Capítulo 156

Paula observaba los acontecimientos con una ominosa claridad. Ethan había salvado a James. Quizás ese había sido su último acto de misericordia: concederle a James una última oportunidad para reconocer la gravedad de sus pecados y buscar la redención. Sin embargo, James había desperdiciado incluso esa oportunidad, optando una vez más por dañar a otros.

¿Lo sabía Ethan? ¿Era esto lo que intentaba evitar al aislarse en esa habitación? Cuando Paula habló de la situación de Alicia, ¿a quién o a qué vio Ethan reflejado en ella?

Si James Christopher se hubiera infiltrado en la finca, sus movimientos solo podrían haber ocurrido al amparo de la noche. Esto explicaba los asesinatos aparentemente inconexos: la pareja que se encontraba en una cita romántica y el ayudante de cocina que salió brevemente, preocupado por la comida del día siguiente. Habían visto demasiado. Eran testigos.

Ahora, Paula y Alicia también se habían convertido en testigos.

El miedo se apoderó de Paula, oprimiéndole el pecho como un globo tenso a punto de estallar. Su cuerpo se negaba a moverse; le faltaba el aire. En la oscuridad, fijó la mirada en James. Él la observaba fijamente.

—Tú… Te he visto antes. Hace cinco años…

James dio un paso adelante, extendiendo la mano hacia ella. Johnny, de pie a un lado, observaba la situación sin intervenir. Paula permaneció inmóvil.

Un destello de luz iluminó repentinamente la escena. El trueno que siguió rompió el momento, como una señal del cielo que la instaba a correr. Sus extremidades congeladas se descongelaron y, en un instante, giró sobre sí misma, agarró el brazo de Alicia y salió disparada en dirección contraria.

Se adentraron en el bosque, abriéndose paso a través de la maleza con desesperación. No tenían un plan, ni un destino; solo el instinto de huir. Sin una linterna, solo contaban con la tenue luz de la luna para guiarse. La mente de Paula iba a mil por hora. ¿Debían regresar a la mansión o buscar refugio en otro lugar? Ethan y Joely seguían fuera, y Vincent podría no estar cerca. Si Vincent no estaba allí, ¿entonces qué? Sus pensamientos se desbocaron en un torbellino de confusión.

Detrás de ellos, el crujido de pasos rompió el silencio, acercándose cada vez más con el paso de los segundos. Sus perseguidores ganaban terreno. El pánico se apoderó de ellos.

Los ojos de Paula recorrieron el lugar hasta que divisó un enorme tronco de árbol. Sin dudarlo, se dirigió hacia él, apoyándose contra su amplia base. Alicia la imitó, susurrando con urgencia:

—¿Qué está pasando? ¿No era Johnny? ¿Qué hace aquí?

—No lo sé —respondió Paula secamente.

—¿Y el hombre que lo acompaña? ¿Quién es?

—Un hombre peligroso. Muy peligroso.

James Christopher reconoció a Paula. ¿La recordaba como la criada que había servido a Vincent? De ser así, probablemente ya sospechaba que era a quien Vincent buscaba. Si James la atrapaba, ¿la mataría sin dudarlo? Paula consideró brevemente dejar a Alicia atrás para protegerla, pero rápidamente descartó la idea. No había un lugar seguro donde esconderla. La inmensidad del bosque era su única ventaja, pero no mantendría a Alicia a salvo por mucho tiempo. James no dejaría vivir a ninguna de las dos; lo habían visto.

Un pensamiento escalofriante asaltó a Paula: si no eran a quienes James buscaba, probablemente ya estarían muertos. Se le erizó la piel al darse cuenta de ello.

Una gota fría rozó su mejilla. Alicia levantó una mano y murmuró:

—Lluvia.

Unas finas gotas de lluvia comenzaron a caer mientras un relámpago iluminaba brevemente la zona. Paula vislumbró a Johnny persiguiéndola, con el cuchillo balanceándose perezosamente en su mano, como si fuera un simple juguete.

—¿A dónde fueron? —La voz arrastrada de Johnny tenía un tono inquietante y juguetón, como si fuera un depredador saboreando la caza.

Su mirada recorrió la zona, acercándose peligrosamente a su escondite. Paula se apretó contra el árbol, suplicándole en silencio que se alejara. Su corazón latía con fuerza, cada latido amenazaba con traicionarla.

Finalmente, la voz de Johnny se fue apagando.

—Por ahí, creo.

Solo cuando sus pasos se desvanecieron por completo, Paula se atrevió a exhalar. Alicia, temblando, susurró:

—¿Por qué nos persiguen?

—Para matarnos —respondió Paula con gravedad.

—¿M-matarnos?

El rostro de Alicia palideció. Paula le hizo un gesto para que se levantara.

—Tenemos que salir de este bosque y buscar ayuda.

La lluvia comenzó a caer con fuerza, empapando el suelo y convirtiendo el terreno en resbaladizo y peligroso. Paula abría paso con cautela, sus pasos amortiguados por la tierra húmeda. Alicia la seguía con vacilación, su voz temblorosa.

—¿Por qué quieren matarnos?

—Para vengarse de Vincent.

—¿Por qué?

—Es humillante para él. Lo perdió todo en un instante. Necesita a alguien a quien culpar.

Así pues, James quería que Vincent muriera, incapaz de afrontar sus propios errores. Si Lucas hubiera estado vivo, James lo habría matado primero.

La explicación de Paula pareció pesarle mucho a Alicia, pero no había tiempo para lamentarse. El bosque aún albergaba innumerables amenazas desconocidas, y cada segundo contaba.

Paula notó la voz temblorosa de Alicia mientras caminaban penosamente por el bosque oscuro y húmedo. La confusión de Alicia era palpable, sus preguntas incisivas pero desesperadas. Paula sabía que Alicia no lo entendería del todo. No había tiempo para explicaciones elaboradas.

El camino que tenían por delante les resultaba familiar; ya lo habían recorrido antes. La entrada al bosque no estaba lejos, solo un poco más adelante. Un suspiro de alivio asomó en la voz de Paula al responder:

—Ya falta poco.

Una vez que llegaron al borde del bosque, el plan era sencillo: buscar ayuda, encontrar a Vincent y Ethan, y advertirles sobre James Christopher y su conexión con Johnny. Era posible que Ethan y Vincent ya lo supieran, pero presenciarlo y contarlo de primera mano daba mayor credibilidad a sus palabras. Si James se escondía allí para vengarse, la vida de Vincent corría, sin duda, peligro.

Antes de que Paula pudiera pensar más, la voz de Alicia la interrumpió.

—¿Y yo? ¿Qué me pasará si escapamos?

La pregunta calmó momentáneamente los pensamientos acelerados de Paula. Su mente volvió a la puerta secreta por la que habían pasado, una entrada que una vez le había parecido una salvación. Ahora, la sentía como una trampa, y dar marcha atrás era impensable.

—Ya encontraremos una solución —dijo Paula, intentando tranquilizarla—. Hablaré con ellos. Les rogaré si es necesario. Me escucharán.

El escepticismo de Alicia era evidente.

—¿Y qué vas a decir?

—Que lo sientes. Que lo siento. Que lo único que queremos es seguridad. Quizás… quizás nos muestren misericordia.

—¿Y crees que eso funcionará?

—Tiene que ser así. Haré que funcione.

Sus propias palabras sonaban vacías. Persuadirla podría ser inútil, pero no quedaba más remedio que intentarlo. La voz de Paula flaqueó ligeramente, pero continuó. Alicia murmuró algo entre dientes que Paula no alcanzó a oír. Al voltear, vio a Alicia mirando al suelo, con el pelo húmedo pegado a la cara. Paula quiso preguntarle qué había dicho, pero la mirada distante de Alicia la detuvo.

El terreno se volvió más accidentado. El camino estaba lleno de piedras, resbaladizas por la lluvia, y cada paso amenazaba con hacerlas tropezar. Paula lanzó una advertencia:

—El suelo es peligroso. Ten cuidado.

La advertencia llegó demasiado tarde. Alicia tropezó, perdió el equilibrio y comenzó a caer. Paula reaccionó rápidamente, sujetándola del brazo para estabilizarla. Alicia se desplomó sobre el pecho de Paula, aferrándose con fuerza a ella. Su temblor era ahora más intenso, el miedo se reflejaba en todo su cuerpo tembloroso.

—¿Estás bien? —preguntó Paula con dulzura.

Alicia asintió débilmente, aunque sus manos aún temblaban. Paula le frotó la espalda con suavidad, intentando calmarla.

Entonces se oyó de nuevo: un crujido entre la maleza. Alicia se tensó en los brazos de Paula, y el miedo las invadió a ambas. Paula se giró hacia el ruido, escudriñando la oscuridad. Aún no se veía ningún movimiento, pero el sonido estaba más cerca que antes.

La entrada al bosque estaba a poca distancia. Paula señaló hacia ella.

—Esa es la salida. Solo tenemos que llegar hasta allí.

Cuando se dispuso a liderar, Alicia no la siguió. En cambio, se aferró a Paula, con la voz temblorosa.

—Tengo miedo.

—No está lejos. Tú puedes hacerlo —animó Paula.

—Quiero vivir —susurró Alicia, con la voz cargada de algo más profundo que el miedo.

Paula se giró para tranquilizarla de nuevo, pero se quedó paralizada. La expresión de Alicia había cambiado. El pánico había desaparecido; en su lugar, había una calma casi inquietante. A Paula se le oprimió el pecho con una extraña sensación de déjà vu. Ya había visto esa mirada antes, pero no lograba recordar dónde.

Entonces los labios de Alicia se movieron, formando las palabras:

—Lo siento.

—¿Qué? —Paula apenas tuvo tiempo de reaccionar antes de que Alicia la empujara con sorprendente fuerza. El empujón la hizo tambalearse hacia atrás, agitando los brazos en un intento por mantener el equilibrio. Se dio cuenta demasiado tarde: el suelo a sus espaldas era una pendiente pronunciada, una caída traicionera hacia lo desconocido.

El cuerpo de Paula se inclinó hacia adelante, la gravedad la venció mientras caía sin control. En medio del caos, alcanzó a ver por última vez a Alicia de pie al borde del bosque, con una extraña y triste sonrisa en los labios.

—Si yo no puedo tenerlo, nadie lo tendrá.

La voz de Alicia resonó débilmente mientras Paula caía. Fue lo último que escuchó antes de que el mundo se convirtiera en una nebulosa de oscuridad giratoria y tierra fría e inflexible.

 

Athena: Mira, hay gente que no tiene salvación. Alicia es una de ellas.

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