Capítulo 157
Paula despertó con un dolor intenso, una molestia generalizada que parecía cubrir todo su cuerpo. Le dolía tanto que no podía identificar la causa; le dolía todo. Mover incluso un dedo le resultaba imposible. Su mente, nublada y aletargada, luchaba por reconstruir los hechos. ¿Qué había estado haciendo? ¿Dónde había estado hacía un momento?
No, espera. Ella venía caminando a casa desde la panadería del señor Mark. Después de terminar su jornada laboral, él le había dado un puñado de pan sobrante, cuyo aroma cálido y tostado la animó. Aceleró el paso, ansiosa por llevar el pan a casa para su familia.
Entonces, recordó haber conocido a un hombre en el camino: un viajero que había llegado a Filton para encontrarse con alguien, pero que había decidido quedarse. Le había dicho que estaba haciendo recados y le había sugerido que caminaran juntos. Caminaron uno al lado del otro, charlando, y Paula recordó haberse reído de sus comentarios despreocupados. Sus palabras alegres le habían aligerado el corazón, y cada paso se sentía menos pesado.
Ese hombre, aquel con quien había pensado casarse algún día. Los aldeanos lo habían aprobado en broma, diciendo que hacían buena pareja. A ella le gustaba, y él parecía sentir lo mismo por ella. La idea de anunciar su compromiso se había reproducido vívidamente en su mente: su padre la felicitaría con una sutil melancolía; su madre cosería con entusiasmo su vestido de novia; y sus hermanos menores lo celebrarían con una alegría contagiosa.
Paula había imaginado la vida que construirían juntos. No sería extravagante, pero estaría llena de amor y apoyo mutuo. Criarían hijos, crearían un hogar cálido y acogedor, y recordarían con cariño sus vidas en sus últimos años. Era un sueño sencillo, pero con el que se sentía satisfecha.
Pero, ¿estaba realmente contenta?
—¿De verdad lo crees? —preguntó el hombre, interrumpiendo su ensimismamiento.
Paula lo miró, con la sonrisa desvaneciéndose. ¿Era esa realmente la vida que deseaba? El pan que tenía entre los brazos, antes caliente, se había enfriado.
—¿De verdad? —insistió.
Intentó tranquilizarlo con una sonrisa, pero sus labios vacilaron. En el fondo, sabía la verdad.
—No.
Esa no era su vida. Ese sueño de sencillez y felicidad tranquila no era suyo.
Su vida había sido dura desde el principio, marcada por la pobreza y un padre cruel. Su madre, su único consuelo, los había abandonado, dejando a Paula a merced del tormento de su padre y las implacables penurias que siguieron. Lloró, imploró misericordia y rezó por la salvación, pero no la obtuvo.
Sus recuerdos eran un mosaico de angustia y fugaces momentos de calidez: instantes preciosos sepultados en un mar de dolor. Aun así, eran sus recuerdos, su vida. A pesar de todo, había perseverado, forjándose hasta convertirse en la persona que era.
—Esta es mi vida —había susurrado.
—¿Entonces por qué no huimos? —preguntó el hombre en voz baja, apretándole el brazo con desesperación. Sus dedos temblorosos delataban su miedo, y el peso de sus palabras la conmovió profundamente. Quería que escapara con él, que se aferrara a su mano temblorosa y afrontaran juntos lo desconocido.
¡Cuánto había deseado decirle que sí, decirle que todo estaba bien, que podían correr juntos! Pero no lo hizo. No le tomó la mano. Si hubiera sabido cómo terminaría todo, se habría aferrado a él. Le habría dicho que no estaba solo.
Pero huir no era la solución. Ignorar la realidad no resolvería nada. Aunque el camino a seguir implicara soportar dolor y arrepentimiento, seguía siendo su camino. Su vida no era inusual ni extraña, como aquel hombre le había dicho una vez. Era simplemente una vida, llena de dificultades, sí, pero también de momentos de egoísmo, vulnerabilidad y resiliencia.
Así lo había decidido. Se acabó correr.
Paula extendió la mano hacia la suya temblorosa, y sus dedos se cerraron alrededor de la de él. Él aflojó un poco el agarre, y ella lo sujetó con más fuerza, sintiendo la calidez y la incertidumbre en su interior.
—No volveré a huir —susurró—. Esta vez, me quedaré.
Ella levantó la vista y vio su rostro: Lucas, siempre amable y cariñoso, le sonreía sin rastro de resentimiento.
—¿De verdad? —preguntó.
—Sí —respondió Paula con firmeza—. Esta vez, me quedaré a tu lado.
Su visión se nubló y de repente sintió las frías gotas de lluvia sobre su piel. Alguien la llamaba con urgencia. Lentamente, abrió los ojos.
—¡Paula! ¡Quédate conmigo!
La voz de Vincent rompió el silencio de su mente, una mezcla de preocupación y alivio. Su rostro, contraído por la inquietud, se suavizó ligeramente cuando sus miradas se cruzaron.
—Vas a estar bien —murmuró, acariciándole suavemente la mejilla. Su mano temblaba levemente, delatando el miedo que intentaba ocultar.
Los pensamientos de Paula comenzaron a aclararse. El dolor, la confusión... todo seguía ahí, pero ella estaba allí. Afrontaría lo que viniera.
Se dio cuenta de que se había caído. Sentía el cuerpo pesado, cada extremidad dolorida con una punzada sorda y entumecedora. En algún lugar, su hombro palpitaba con fuerza, pero la sensación era distante, ajena, como si el dolor perteneciera a otra persona. Su mente estaba nublada, luchando por conciliar el presente con la conmoción persistente. Quería hablar, responder al llamado desesperado de Vincent, pero sus labios se negaban a obedecer. Solo sus párpados temblaban, su rostro empapado por la lluvia incesante.
Vincent se inclinó hacia ella, apoyando su frente contra la de ella. Su voz, ahora suave pero insistente, repitió: «Vas a estar bien». Ella no supo discernir si intentaba tranquilizarla a ella o a sí mismo.
Entonces, su mirada se desvió. Entre la niebla y el aguacero, vio a Lucas. Su rostro familiar, manchado de sangre, se cernía en el límite de su visión; su expresión era urgente, su voz aguda y frenética.
—Corre…
No. Esta vez fue diferente.
—¡Corre… corre! ¡CORRE!
La voz de Lucas, desesperada y quebrada, se elevó en una súplica frenética. Su rostro, normalmente un torbellino de emociones, ahora se veía dolorosamente claro. Retorcido por el pánico y la angustia, transmitía un mensaje que no iba dirigido a ella. El corazón de Paula se encogió al comprender por fin. Lucas no le estaba diciendo que huyera; estaba advirtiendo a otra persona.
¿Quién?
Entonces, Lucas se hizo a un lado, dejando al descubierto la imponente figura de James Christopher. Sus ropas andrajosas se le pegaban al cuerpo bajo la lluvia, y sus ojos brillaban con malicia. En su mano, alzaba una pistola, apuntando directamente a Vincent. Su sonrisa era fría y depredadora, y mientras el dedo de James se acercaba sigilosamente al gatillo, la voz de Lucas resonó en la mente de Paula.
—¡Corre, hermano! ¡Vincent!
Ah, ya veo. Su advertencia no iba dirigida a Paula, sino a Vincent. Lucas no la llamaba para salvarla. Gritaba para salvar a su hermano.
Vincent, ajeno a la presencia de James, seguía inclinado sobre Paula, con la mirada fija en ella, llena de preocupación. La realidad la golpeó como un trueno: no había tiempo. James estaba a punto de disparar. Su cuerpo, tan pesado hacía un instante, de repente se sintió ligero.
Sin pensarlo dos veces, Paula se abalanzó sobre Vincent, lo abrazó y giró su cuerpo para protegerlo. Lo apartó con todas sus fuerzas. Un dolor punzante le atravesó el hombro al oír el disparo, cuya fuerza la desgarró.
Los ojos color esmeralda de Vincent se abrieron de par en par por la sorpresa al ser lanzado hacia atrás. Su mirada pasó de Paula a James, luego se endureció, feroz y mortal. Levantó su arma —¿cuándo la había sacado?— y gritó entre dientes apretados:
—¡James!
Un segundo disparo resonó.
Por un instante, todo pareció detenerse. El cuerpo de Paula se desplomó al suelo, sin fuerzas. Luchó por mantener los ojos abiertos, pero todo se volvió borroso. La lluvia repiqueteaba contra su rostro, el frío se le calaba hasta los huesos. Era vagamente consciente de los gritos de Vincent, del cuerpo de James desplomándose, pero todo se sentía distante, amortiguado.
Entre la bruma, el rostro de Lucas volvió a aparecer. Su expresión era melancólica, llena de arrepentimiento y tristeza.
Oh, Lucas. El tonto y bondadoso Lucas. Tan amable que lo debilitaba. Paula finalmente comprendió por qué siempre había sentido lástima por él. Era igual que ella: alguien que lastimaba a los demás y vivía atormentado por la culpa. Había intentado huir de ella, había intentado enterrarla con mentiras, solo para ser consumido por el peso de su propio remordimiento. Al final, probablemente lo había abandonado todo, rindiéndose a la desesperación.
Él era otra versión de sí misma: la versión que podría haber optado por rendirse por completo.
Por fin, ella lo comprendió.