Capítulo 158
El calor del sol era reconfortante, envolviendo a Paula en un suave abrazo que la relajaba. Inclinó la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos mientras se deleitaba con el resplandor dorado. Una suave brisa traía el susurro de las hojas, cuyos delicados sonidos se fundían con la serenidad del momento.
Cuando finalmente bajó la mirada, Lucas estaba sentado frente a ella. Entre ambos había una variedad de deliciosos postres y un té aromático. Su sonrisa se ensanchó al cruzar sus miradas, y una calidez familiar iluminó su rostro.
—Hace un tiempo precioso, ¿verdad? —dijo con voz tranquila y apacible.
—Lucas… —murmuró Paula su nombre, y su sonrisa se acentuó. La brisa alborotó su cabello castaño, y la luz del sol lo enmarcaba con un halo radiante.
Paula comenzó a hablar, con un fluir constante de palabras. Relató sus luchas, sus alegrías e incluso sus pequeñas quejas, tejiendo un tapiz de los momentos recientes de su vida. Lucas permaneció en silencio, asintiendo de vez en cuando, con una sonrisa inquebrantable mientras escuchaba atentamente. Aunque era la única que hablaba, Paula encontró reconfortante aquel intercambio.
—¿Llegué demasiado tarde? —preguntó en voz baja, con la voz temblorosa—. ¿Cumplí tus deseos?
Lucas no respondió, pero su sonrisa parecía transmitir una comprensión tácita. Animada, Paula continuó, con la voz cargada de emoción:
—Siento haberte dejado solo. Haber huido cuando más me necesitabas.
La culpa que cargaba la oprimía, una carga que nunca había superado del todo. Había huido, dejándolo solo ante sus últimos momentos. Solo ahora podía reunir el valor para disculparse, una confesión que llegaba demasiado tarde.
—¿Por qué no aguantaste un poco más? —preguntó con la voz quebrándose—. Aunque fuera insoportable, aunque los demás te despreciaran… ¿por qué no luchaste por seguir con vida?
Deseaba que hubiera vivido, que hubiera resistido, por muy difícil que fuera. En su corazón, soñaba con volver a verlo, con encontrarlo sano y salvo años después. Pero sabía que no era justo. Comprendía lo pesadas que podían ser las cargas de la vida, cómo podían aplastar incluso al espíritu más fuerte. Aun así, deseaba que hubiera sido lo suficientemente egoísta como para elegirse a sí mismo.
El silencio de Lucas persistió, pero su sonrisa permaneció intacta. La luz del sol parecía realzar su figura, casi frágil, como si pudiera disolverse en ella. Las palabras de Paula vacilaron, su voz se suavizó mientras lo miraba.
—¿Es esto... un sueño? ¿O acaso...?
Aun así, él no dijo nada, y sus pensamientos volvieron a los últimos momentos que recordaba. Se habían sentido como la muerte, aunque la idea no la asustaba. En otro tiempo la había anhelado. Sin embargo, ahora, ante la posibilidad, se sentía reacia. Quedaban tantas cosas por hacer.
—Paula —la voz de Lucas, más cálida que el sol, le acarició los oídos.
Ella lo miró, cautivada por la ternura de su mirada.
—Cuando era joven —comenzó—, pensaba que la vida estaría llena de una felicidad deslumbrante, como la luz del sol abriéndose paso entre las nubes. Pero al crecer, aprendí que el mundo no es tan amable. Descubrí mi propia fragilidad ante verdades dolorosas y me sentí completamente solo. Escribirle cartas a mi hermano, esperando una respuesta, era mi manera de desear que alguien me dijera que todo estaba bien.
Sus palabras quedaron suspendidas en el aire, y Paula escuchó atentamente.
—Tu respuesta —continuó— fue el mayor consuelo que pude haber recibido. Me recordó que no estaba solo en el mundo. Fue entonces cuando empecé a amarte. Profundamente.
Su voz no era triste, pero sí denotaba una melancolía silenciosa. Paula quería responder, corresponder a sus sentimientos, pero las palabras se le escapaban. Una vez más, no tenía respuesta para él.
—Por mucho que te quiera —dijo Lucas—, también quiero a los demás. Los quiero a todos. ¿Te decepciona eso?
Paula negó con la cabeza enérgicamente. No importaba. Su sinceridad, su capacidad de preocuparse tan profundamente por tantos, era lo que lo hacía especial. Entonces comprendió algo: el amor no tenía por qué arder con pasión ni consumirte con su intensidad. También podía ser tierno, reconfortante y teñido de tristeza.
La sonrisa de Lucas pareció confirmar sus pensamientos.
—Quiero que todos mis seres queridos sean felices, como los héroes de un cuento de hadas.
«¿Y tú?», pensó Paula. «¿Quién te consolará, Lucas? ¿Quién traerá felicidad a alguien que dejó este mundo sumido en el dolor?» El pensamiento le oprimió el pecho, pero Lucas pareció percibir su angustia. Se inclinó hacia ella, con voz suave.
—No llores por los que se han ido. Vive por ellos. Encuentra la felicidad que ellos no pudieron. Eso es todo lo que pido.
Sus palabras, llevadas por el suave susurro de las hojas y la cálida brisa, la envolvieron como un bálsamo reconfortante. El cielo a sus espaldas se había teñido de un intenso color naranja, y el horizonte resplandecía con los colores del atardecer.
—Gracias —dijo Lucas, con un tono lleno de gratitud—. Gracias a ti, mi hermano vivió.
Cuando Paula parpadeó, Lucas estaba de pie con la puesta de sol a sus espaldas, su figura recortada contra el cielo vibrante. Parecía que iba a desvanecerse en el horizonte en cualquier momento. La escena le evocó una extraña familiaridad, recordándole un día lejano en que él la había mirado con la misma expresión tierna y agridulce.
—Jamás olvidaré este momento —dijo, repitiendo las palabras que había pronunciado una vez.
Esta vez, el sentimiento no la llenó de inquietud. No era aterrador, pero sí profundamente triste. Paula sabía que era su último adiós. Nunca volvería a verlo. Las lágrimas brotaron de sus ojos, testimonio de la irreversibilidad de su separación.
—¿Sientes lo mismo? —se preguntó, con el corazón apesadumbrado. Lo vio desaparecer entre la luz menguante, y su pregunta silenciosa quedó sin respuesta.
Paula parecía estar al borde de un sueño, sin saber si la realidad se había desvanecido por completo. Sin embargo, poco importaba. Una sonrisa radiante, que recordaba a otro tiempo, adornaba su rostro en lugar de lágrimas.
—Yo también.
El momento en que ella, que solo había causado daño, salvó a alguien —y el reencuentro con él— quedaron grabados en su memoria para siempre. Sus palabras le arrancaron a Lucas una última y amplia sonrisa.
—Ya estoy bien.
Su suave voz se desvaneció en la distancia mientras la oscuridad la envolvía. Su cuerpo pareció precipitarse sin fin, una caída sin fondo que la obligó a cerrar los ojos. Una extraña sensación la invadió, y cuando volvió a abrirlos, todo a su alrededor estaba borroso.
¿Dónde fue esto?
Su mente confusa luchaba por concentrarse. Sentía el cuerpo pesado, como si estuviera aplastado bajo una masa de piedras. Un crujido rompió la bruma. Parpadeó una vez, luego dos, y una forma vaga apareció ante sus ojos. Al tercer parpadeo, el rostro de la figura se hizo nítido.
—Paula.
Era Ethan. Estaba sentado a su lado, con una silla visible tras su figura algo desaliñada. Su aspecto, habitualmente impecable, había sido reemplazado por el cabello revuelto y una expresión cansada. Las ojeras delataban noches de insomnio, y su fatiga era palpable. Paula lo miró con expresión aturdida, y él le devolvió la mirada como si la estudiara con atención.
—¿Estás bien? ¿Tienes dolor?
—Vin…cent…
Sentía la garganta áspera, como si estuviera llena de arena. Pronunciar una sola palabra le costaba esfuerzo y la dejaba sin aliento. Ethan pareció comprender su preocupación silenciosa y habló.
—Vincent está bien. No ha sufrido heridas y está a salvo.
—Bien… Eso es… bueno…
—Deberías preocuparte más por ti misma que por Vincent ahora mismo.
Su mano se posó suavemente sobre su hombro. Siguiendo su mirada, Paula se dio cuenta de que algo la rodeaba con fuerza. Al moverse ligeramente, un dolor agudo, como si sus huesos se hubieran dislocado, la recorrió por completo. Gimió levemente y sintió que Ethan la sostenía con una presión firme pero delicada.
Mientras ella luchaba por recuperar el aliento, Ethan acercó su silla a la cama. Paula lo miró fijamente de nuevo, con los labios secos, mientras murmuraba.
—¿Ese… hombre…?
Ante su pregunta, Ethan esbozó una sonrisa triste, una que parecía responder por él. Ella recordó el disparo que había oído antes de perder el conocimiento.
—Lo siento, Paula.
Ethan apretó las manos con fuerza, con la cabeza gacha. Su cabello castaño y despeinado proyectaba una sombra sobre su rostro.
—James no siempre fue así. Cuando éramos jóvenes, era confiable. Aunque parecía rudo por fuera, era bondadoso; un hermano al que admiraba. Aunque no éramos parientes de sangre, nunca me hizo sentirlo. Era como de mi familia.
»Quería que se redimiera, que pidiera disculpas como es debido a quienes había lastimado. Sé que fui ingenua. Aunque me di cuenta de que había ido demasiado lejos, mi egoísmo lo mantuvo con vida. Pero jamás deseé este desenlace.
»A pesar de saber que James fue el causante de la ruina de mi padre y que tuvo algo que ver con la muerte de Lucas, yo… tenía miedo de matar con mis propias manos al último miembro de mi familia.
Su voz entrecortada delataba la agitación interior que lo atormentaba. Ethan desahogaba su culpa como un lamento, hundiendo aún más la cabeza con cada palabra. El peso de su remordimiento parecía reflejar algo que Paula veía en sí misma, dejando una huella imborrable en su corazón.
—Por mis malas decisiones, hubo muertos. Vincent volvió a estar en peligro y tú casi pierdes la vida. Lo siento. Es demasiado tarde, pero necesitaba decirlo.
La cabeza de Ethan se inclinó tanto que parecía que iba a tocar el suelo. No podía mirarla a los ojos. Paula simplemente observaba su figura abatida, y su silencio profundizaba su desesperación.
—Señor Ethan…
—Sí, habla.
—Yo… soñé… con Lucas…
Ethan levantó la cabeza, con los ojos muy abiertos temblando ligeramente.
—Dijo que… ya está bien… Y… no… sufrir… por los que han fallecido… Dijo… seguir viviendo… sintiendo su… felicidad… por ellos…
Las palabras de Paula salían lentamente, cada una requiriendo un esfuerzo que la dejaba sin aliento. Ethan escuchaba en silencio, su rostro se contraía gradualmente mientras dejaba escapar una risa débil y entrecortada. Se llevó una mano a los ojos.
—¿Ese tonto dijo eso?
—Sí…
—Ah… ese idiota. Siempre hasta el final…
Los labios temblorosos de Ethan dieron paso a un profundo suspiro. No pudo seguir hablando; su voz quedó ahogada por las lágrimas silenciosas que derramaba tras cubrirse la boca con la mano. Paula lo observaba en silencio, incapaz de articular palabra, no por cansancio, sino porque el dolor de Ethan, crudo e incontenible, no dejaba lugar para nada más.
Athena: Ay…