Capítulo 49

Paula salió de la mansión y se dirigió al lugar donde Lucas había estado momentos antes. Al iluminar la zona con su lámpara, un fuerte viento azotó el lugar, dispersando hojas secas y provocando que la luz de la lámpara parpadeara erráticamente.

Entonces notó algo inusual: no había sólo unas gotas en el suelo, sino un rastro que conducía a alguna parte.

—¿Qué es esto?

Intrigada, Paula se acercó para examinar el rastro y se dio cuenta de que no era agua. El color oscuro no se debía a la poca luz; era sangre. Al agacharse para confirmarlo, sus peores temores se confirmaron: efectivamente era sangre.

Horrorizada, Paula siguió el rastro de sangre hasta la esquina detrás del anexo. Tragó saliva nerviosamente, con el corazón acelerado por la inquietud. Esto parecía ominoso. ¿Debería pedir ayuda?

Entonces recordó a Lucas, de quien acababa de separarse. No lo encontraba en la mansión.

«¿Podría ser…?»

Abrumada por la confusión, Paula dudó un momento, pero luego decidió seguir el rastro. Iluminó el suelo manchado de sangre con su lámpara, notando que las manchas se hacían más frecuentes a medida que se acercaba a la esquina.

El viento le azotaba el pelo contra la cara. Tras sujetarlo, se concentró en la esquina. Entre el viento aullante, creyó oír sonidos desconocidos, como voces...

Al llegar a la esquina, tragó saliva con dificultad y dio un paso cauteloso hacia adelante. Giró el cuerpo y dirigió la luz de la lámpara hacia el rincón en sombras.

En ese momento, una fuerte ráfaga de viento obligó a Paula a cerrar los ojos. Su ropa ondeaba violentamente y la lámpara se balanceaba, desorientándola.

Levantando la mano para protegerse los ojos, logró abrirlos levemente. La luz parpadeante de la lámpara iluminó el suelo, las paredes, una figura de pie frente a ella y otra caída abajo.

De repente, una fuerza poderosa golpeó la lámpara.

—¡Ah!

Gritó instintivamente. Al salir despedido hacia atrás, la lámpara se hizo añicos en el suelo, sumiéndolo todo en la oscuridad.

Desesperada, Paula buscó a tientas la lámpara, pero solo pudo agarrar pedazos rotos. Aferrándose a ellos, siguió gritando, esperando que alguien viniera en su ayuda.

En ese momento, alguien la agarró del tobillo con fuerza y la arrojó al suelo. Luchó por zafarse de la mano; sus gritos se mezclaban con sollozos. Agitó los pedazos rotos de la lámpara con furia.

—¡Ah! ¡Ah! ¡Vete!

—…Paula…

—¡Ah! ¡Ahhh! ¡Por favor, ayuda! ¡No hagas esto! ¡Vete! —gritó, sacudiendo las piernas frenéticamente y luchando por su vida. Mientras intentaba arrastrarse, una voz familiar atravesó el caos.

—Paula.

El sonido de la voz desesperada y tensa de Lucas devolvió a Paula a la realidad. Lágrimas de miedo corrieron por su rostro al dejar de gritar.

A medida que el aullido del viento amainaba, pudo oír débilmente la voz de Lucas llamándola. Las palabras se hicieron más claras, atravesando la oscuridad.

—¿Sir Lucas?

No hubo respuesta inmediata. Mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad, Paula distinguió una forma vaga y redondeada. A pesar de llamarlo, no recibió respuesta, solo el sonido de una respiración agitada que se hacía cada vez más fuerte. Extendió la mano con cautela para tocar la que le agarraba el tobillo y sintió algo húmedo.

—¿Señor Lucas? ¿De verdad es usted?

—P… Paula…

—¡Oh, Dios mío, señor Lucas!

Arrastrándose hacia él, Paula descubrió que Lucas se había desplomado en el suelo, acurrucado y abrazándola con fuerza. La oscuridad le impedía verle la cara. Presa del pánico, buscó a tientas su rostro y cuerpo, y finalmente notó la humedad en un costado. Intentó discernir qué era, pero la tenue luz le impedía ver.

Intentó levantarlo, pero su cuerpo inerte era demasiado pesado. Con esfuerzo, logró incorporarlo parcialmente, aunque su peso dificultaba mantenerlo estable. Finalmente, tuvo que casi sentarlo en su regazo, apoyándolo contra ella.

La sangre seguía manándole de las manos. Al palpar su abdomen, se dio cuenta de que manaba sangre de una herida.

Horrorizada, apretó las manos contra la herida, pero la sangre fluía entre sus dedos.

—¿Qué… qué es esto?

—P… Paula…

—Sí, Sir Lucas. Soy yo. Estoy aquí. ¿Qué pasa?

—Ah, ah…

Su respiración entrecortada le rozó la oreja mientras apoyaba la cara en su hombro, luchando por respirar. Su estado parecía crítico, y Paula sintió una oleada de pánico.

¿Quién pudo haber hecho esto? ¿Quién?

—Señor Lucas, quédese conmigo.

Ella lo sacudió suavemente por los hombros. La mirada de Lucas se volvió lentamente hacia ella, pero estaba desenfocada y vidriosa. Verlo en ese estado quebró la determinación de Paula, y las lágrimas corrieron por su rostro.

—Por favor, no se duerma. No puede dormir.

—¿Por qué… ah… por qué no viniste… ah… viniste…?

—Por favor…

—Te esperé… a… a ti… en lugar de… en lugar de mi hermano… ah… esperé… ah…

Su voz era débil y apagada. Desesperada por que permaneciera consciente, Paula le dio una bofetada en la mejilla; el miedo aumentaba mientras luchaba por mantenerlo despierto.

—¡No te duermas! ¡No puedes dormir!

—Te esperé todos los días… ah… esperé… ah… esperé…

El corazón de Paula se aceleró mientras luchaba por mantener a Lucas despierto, sus lágrimas se mezclaron con la sangre en sus manos.

Lucas se retorcía y gemía en sus brazos, intentando escapar a pesar de sus desesperados intentos por abrazarlo. Su respiración era entrecortada y desigual, y la sangre seguía fluyendo libremente.

Paula miró a su alrededor desesperada, pidiendo ayuda, pero el lugar permanecía inquietantemente vacío, como antes. Las lágrimas le nublaban la vista y se las secó, con la esperanza de encontrar a alguien que pudiera ayudarla.

—No puedes dormir. Por favor, no duermas.

—De verdad… estuvo bien… de verdad…

—Señor Lucas, no puede dormir.

Sus murmullos se hicieron cada vez más débiles. Paula le dio unas suaves palmadas en las mejillas, intentando mantenerlo despierto. Sentía un frío inquietante en el cuerpo, y ese frío la asustó.

No había tiempo que perder. Necesitaba ayuda urgentemente.

Reuniendo todas sus fuerzas, logró levantarlo, pero su cuerpo inerte lo dificultaba enormemente. Cada paso era un esfuerzo, y se desplomó bajo su peso, sintiendo un dolor agudo al caer. Decidida, se obligó a levantarse y lo intentó de nuevo, solo para caer una vez más.

Su ansiedad era abrumadora, su corazón latía con fuerza de miedo. Tenía que llevarlo a un lugar seguro, con alguien que pudiera ayudarla. La desesperación la impulsaba, y continuó arrastrándolo, usando la espalda para sostenerlo y arrastrándolo por el suelo.

—No puedes morir. No puedes morir. Por favor. No lo hagas.

Lágrimas y sudor se mezclaban en su rostro mientras seguía adelante, con determinación inquebrantable. Cada paso parecía una batalla, y se sentía abrumada tanto por el peso de Lucas como por su propio agotamiento.

Finalmente, emergieron de la oscuridad a la luz de la luna. El rastro de sangre los condujo a una zona más abierta. Paula se tomó un momento para examinar a Lucas; su rostro estaba anormalmente pálido, casi sin vida. Comprobó su respiración y sintió un aliento débil, pero constante, en la punta de sus dedos.

Reprimiendo un sollozo, se cubrió la cara con las manos ensangrentadas. Ver tanta sangre era aterrador.

—Lucas. Lucas.

Llamó entre lágrimas, rezando para que se mantuviera despierto. Esperaba que la llamara como siempre, pero en cambio, movió los labios débilmente. Comprendiendo que intentaba decir algo, Paula lo bajó con cuidado al suelo y se inclinó para escuchar sus débiles palabras a través de su respiración entrecortada.

A pesar de la lucha y el dolor, las palabras entrecortadas de Lucas surgieron, apenas audibles. Paula escuchó atentamente, con el corazón roto mientras intentaba descifrar lo que intentaba transmitir, aferrándose a la esperanza de poder salvarlo.

Un escalofrío recorrió la espalda de Paula al oír pasos acercándose. Su rostro palideció y apretó con más fuerza la mano de Lucas. A pesar de su debilidad, la mano de Lucas se aferró firmemente a la suya, como si intentara tranquilizarla o impedir que se fuera.

Paula miró hacia atrás, hacia el sonido, con el corazón acelerado. En la oscuridad envolvente, un objeto brillante comenzó a tomar forma. Entrecerró los ojos, intentando discernir qué era, pero la luz era tenue y distorsionada.

El susurro urgente de Lucas atravesó su pánico, su voz apenas audible pero llena de desesperación.

—Ve. Corre, ahora… Ve.

Paula dudó, indecisa entre quedarse con Lucas y huir del peligro inminente. Podía ver el miedo en los ojos de Lucas, y le dolía pensar en dejarlo atrás. Pero sus palabras, cargadas de urgencia, eran claras.

—¡Lucas, no puedo dejarte aquí!

—Por favor… por mí… vete.

Su agarre se aflojó, y Paula pudo ver cómo la luz se desvanecía lentamente en sus ojos. Las lágrimas corrían por su rostro mientras enfrentaba la angustiosa decisión de dejarlo con la esperanza de encontrar ayuda.

—Volveré. Lo prometo —dijo con la voz entrecortada por la emoción.

Con una última mirada triste a Lucas, Paula se obligó a ponerse de pie. Tenía que correr para buscar ayuda rápidamente. El sonido de pasos se hizo más fuerte, y supo que no tenía tiempo que perder.

Paula salió corriendo de la escena, con el corazón apesadumbrado por la culpa y el miedo por Lucas. La oscuridad a su alrededor parecía cernirse sobre ella, pero ella mantuvo la vista al frente, decidida a encontrar a alguien que pudiera salvarlo.

Su corazón se aceleró mientras luchaba contra el miedo abrumador que la atenazaba. Cada paso parecía una batalla contra cadenas invisibles, su cuerpo agobiado por el terror. Tenía que escapar, pero su instinto le gritaba que se quedara, que ayudara a Lucas.

La imagen de Lucas, retorciéndose de dolor y extendiendo la mano con una súplica desesperada, quedó grabada en su mente. Su agonía era palpable, y el último y contundente empujón que le dio para asegurar su escape la impulsó a moverse. El horror de dejarlo atrás contrastaba con la urgencia del peligro inminente.

Mientras corría, su mente repasaba momentos compartidos con Lucas: la calidez de su mirada, las sonrisas reconfortantes y la amabilidad que siempre le mostraba. Cada recuerdo contrastaba marcadamente con la dolorosa realidad que ahora enfrentaba. La imagen de él sonriéndole, incluso en ese momento desesperado, le desgarraba el corazón.

El miedo a perderlo, a que se le escapara mientras ella no podía hacer nada para ayudarlo, la impulsaba a seguir adelante. Cada eco de pasos, cada sombra en la periferia, aumentaba su pánico, pero se obligó a concentrarse en buscar seguridad y ayuda.

Las lágrimas corrían por su rostro mientras corría; cada gota era un testimonio de la angustia y la culpa que sentía. Paula se aferró a la esperanza de que Lucas aguantaría, de que, de alguna manera, huyendo, aún podría salvarlo.

A medida que la distancia entre ella y la escena crecía, susurró para sí misma, esperando que la noche de alguna manera se aferrara a la promesa que había hecho: encontrar ayuda, regresar y hacer que el sacrificio de Lucas significara algo.

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Capítulo 48