Capítulo 21
A pesar de ser verano, el clima era agradablemente ventoso. En un pequeño jardín del palacio, se había preparado un modesto juego de té, como si se tratara de un juego de mesa para tomar el té.
Solo asistieron dos sirvientes y acudió poca gente.
Por todo el jardín colgaban adornos florales toscos pero elaborados con esmero, como si alguien se hubiera esforzado en crearlos.
—¿Por qué celebrar una merienda al aire libre en un día tan caluroso?
Una niña con el pelo castaño oscuro trenzado y enrollado a su alrededor como una corona de flores se abanicaba mientras sudaba.
Cuando la niña se quejó, el pequeño grupo de niños que se habían reunido a su alrededor se hizo eco de su sentir.
—Jena, eso es lo que dije, ¿por qué viniste al cumpleaños de alguien como Nadia?
—Bien. Nadia y tú, Jena… sois diferentes desde que nacisteis. Sigo sin entender cómo te hiciste amiga de Nadia.
—Exacto. Vine porque me lo pediste, pero yo, bueno, probablemente todos nosotros, no queríamos venir a este tipo de fiesta de cumpleaños.
—En realidad no somos amigas. Nuestros padres son parientes lejanos, supongo. Lo siento, a todos. Pero mi madre insistió en que cuidara de Nadia, ya que es una pariente lejana, así que no pude evitarlo.
—¡Oh, vaya! ¿Lady Swan tiene semejantes parientes?
Los ojos de una niña brillaban mientras esperaba la respuesta de Jena.
Su mirada dejaba claro qué respuesta esperaba. Sus ojos brillaban, anhelando encontrar algún defecto en la prestigiosa familia de Jena.
Pero Jena le respondió a la otra niña con tono molesto.
—Es una deshonra para la familia. Oí que la expulsaron de la familia hace mucho tiempo.
—Eso pensaba… La Casa Denhelm jamás toleraría algo así.
Las palabras que salían de la boca de los niños eran terriblemente duras.
Sin embargo, nadie lo señaló. Para quienes nacían en la nobleza, la dignidad importaba por encima de todo.
Los niños cambiaron de tema inmediatamente, con total naturalidad, señalando el modesto juego de té y examinándolo.
—Pero en realidad… incluso si Nadia es hija de una concubina, vivir en un lugar como este…
—¿He oído que en realidad no es hija del rey?
—¡Oh, Dios mío, ¿en serio?!
—¿No lo sabías? En realidad, no es hija del rey; la concubina estaba embarazada antes de serlo. Pero el rey dijo que aun así la aceptaría como su hija.
—Oh Dios mío…
A pesar de las palabras de consuelo de la niña, sus ojos y su boca sonreían.
Todos los presentes parecían conocer a Nadia. A medida que la conversación de los niños se animaba, el contenido se volvía gradualmente más explícito.
Pero una voz que provenía justo encima de ellos interrumpió su conversación.
—Hay tanto ruido que ni siquiera puedo leer… en serio.
En el pequeño jardín donde se celebraba la merienda, un enorme árbol proyectaba su sombra sobre todo. Mientras todos intercambiaban palabras desagradables bajo su sombra, alguien saltó del árbol para interrumpirlos.
—¿Aiden Nuxtergen?
La persona que apareció de repente en la merienda tenía aproximadamente la misma edad que los niños que conversaban.
El niño tenía el pelo rubio, como el de un pollito, peinado cuidadosamente hacia atrás y llevaba unas pequeñas gafas infantiles, pareciendo un caballero adulto en miniatura.
Sin embargo, sus mejillas aún regordetas y su rostro juvenil delataban claramente que era un niño.
Su aparición causó revuelo en la pequeña merienda.
Aiden Nuxtergen.
Era el segundo hijo de una prestigiosa familia ducal, una de las pocas en el reino junto con la Casa Aemon y la Casa Clodence. Todos lo miraban con curiosidad, preguntándose por qué el segundo hijo de una familia ducal había venido a un lugar tan insignificante. Pero Aiden no les prestó atención y habló mientras miraba a los demás niños.
—¿Cómo os educaron? ¡Qué comentarios tan groseros en una merienda sin el invitado de honor!
Cuando Aiden fulminó con la mirada a los otros niños, todos evitaron su mirada, aparentemente culpables.
Todos excepto una persona: Jena.
—Aiden, no dijiste que ibas a venir.
Jena se acercó a Aiden con aspecto bastante dolido y lo agarró del brazo. Tenía motivos para sentirse así: Aiden nunca había asistido a ninguna fiesta de té organizada por Jena.
De vez en cuando asistía a fiestas de cumpleaños, pero incluso entonces con una expresión de disgusto.
Y, sin embargo, allí estaba él, en la fiesta de cumpleaños de esa chica insignificante. Jena no lo demostraba, pero si se encontrara con Nadia en ese momento, le habrían entrado ganas de echarle té en la cara.
Pero Aiden se zafó del brazo de Jena como si estuviera molesto.
—Me estás arrugando la ropa.
—No seas así. Quédate conmigo y mis amigos. He hablado tanto de ti que todos tienen curiosidad.
Jena sonrió radiante y volvió a entrelazar su brazo con el de Aiden después de que este se soltara.
Aiden se sintió momentáneamente irritado, pero esta vez no apartó la mano de Jena, pues no quería estropear el ambiente.
Aliviada por esto, Jena hizo un gesto al grupo que estaba sentado delante y los llamó.
—¡Oh, vaya, hola! Joven amo Nuxtergen. Soy Sorna Philia, segunda hija de la Casa Philia. Encantada de conocerle.
—Buenos días, joven amo Aiden Nuxtergen. Soy Greb, cuarto hijo de la Casa Jowal. ¿Qué libro tiene en la mano? Parece bastante interesante.
A continuación, se produjo una sucesión de saludos infantiles.
Su forma de hablar era refinada y formal, como la de los nobles adultos, pero los saludos aristocráticos de los niños que acababan de dejar atrás su niñez parecían una imitación de adultos; resultaba bastante tierno.
Pero con cada saludo de los numerosos niños, Aiden sentía que las emociones iban más allá de la simple irritación. Sin embargo, hoy no era el protagonista, así que no podía estropear aún más el ambiente.
Con el paso del tiempo, poco a poco, surgió la curiosidad por saber dónde se encontraba la invitada de honor de hoy, Nadia.
—¿Por qué llega tan tarde?
Ante las palabras de Jena, los demás niños también se sintieron molestos.
Por muy importante que fuera el invitado de honor, llegar tan tarde era una falta de etiqueta.
Así que, uno a uno, comenzaron a menospreciar a Nadia de nuevo.
Y Jena, que lo había planeado todo, observaba la escena con total satisfacción. Había despeinado deliberadamente la larga melena verde claro de Nadia y había seleccionado cuidadosamente solo atuendos extravagantes como regalos. Esa chica tonta y tímida terminó sin poder decir nada y, como siempre, aceptó las burlas de Jena.
Jena sonrió y tranquilizó a los niños.
—Aun así, esperemos todos con un poco más de paciencia.
—De verdad, Jena, eres sorprendentemente amable.
Al oír los elogios de otro niño, Jena se encogió de hombros. Sonrió y miró a Aiden. Pero Aiden le devolvió la mirada con una expresión cada vez más dura. Justo cuando Aiden sentía que había llegado a su límite y estaba a punto de decir algo...
—Lo siento a todos. Llego demasiado tarde, ¿verdad?
Nadia apareció.
—Surgió un imprevisto para el que tuve que prepararme. Lo siento mucho. Invitar a unos invitados y cometer semejante descortesía…
Su cabello verde claro, siempre largo y suelto, se había transformado en un corte bob corto.
No se trataba simplemente de un corte más corto: Nadia había trenzado las puntas en un semirecogido y lucía adorablemente apropiada para su edad. Pero, sobre todo, lo que la hacía tan linda era el vestido que llevaba. El dobladillo del delicado vestido tenía capas de adornos de gasa verde claro. El encaje, cosido con delicadeza, brillaba sutilmente con cada movimiento de Nadia.
—¡Tú…!
Incapaz de creer lo que veía, Jena se quedó sin palabras y señaló a Nadia.
Pero nadie le recriminó su mala educación. Todos se centraron en Nadia, tan diferente de lo habitual.
—H-hola, Jena…
Nadia se acercó primero a Jena.
El cabello que Jena había arruinado esa mañana, prometiendo dejarlo bonito, apenas había sido cortado a la altura de la barbilla por María, quien se lo pidió a una sirvienta que pasaba por allí.
A pesar de haberle estropeado el pelo a Nadia, Jena no mostró remordimiento alguno y, en cambio, la regañó, diciéndole que la calidad de su cabello era mala y que no se cortaría bien.
Tras semejante incidente, Nadia ya no pudo sonreírle amablemente a Jena.
Jena corrió hacia Nadia en un instante.
Esta misma mañana, Nadia se había puesto el vestido más ridículo que Jena tenía, además del peinado que ella misma había arruinado.
Sin embargo, como por arte de magia, la apariencia de Nadia había cambiado.
Nadia sonrió tímidamente e inclinó la cabeza.
Recordó brevemente lo que María le había dicho antes de enviarla a la fiesta del té.
—Te voy a lanzar un hechizo, Nadia.
—¿Qué? ¿Un hechizo? ¿Eres maga, María?
—No, pero conozco un hechizo más poderoso y asombroso que el de cualquier otro mago.
Nadia tragó saliva y observó a María hablar con seriedad. Entonces María miró fijamente a los ojos de Nadia.
Y lanzó un hechizo que nadie le había hecho a Nadia antes.
—La estrella de la fiesta de cumpleaños de hoy eres tú, Nadia. Eres guapa, amable y maravillosa. ¡No te desanimes y ve!
Nadia se había reído entre dientes ante las palabras juguetonas de María, pero ahora sentía el poder del hechizo de María más que nadie.
«Soy la estrella. Nadie más que yo. Soy guapa, amable y maravillosa».
Con ese pensamiento, Nadia pudo sonreír con confianza y orgullo por primera vez en su vida.
Ante esa sonrisa y esa atmósfera, todos los niños miraron a Nadia con expresiones de asombro.
Todos excepto una persona: Jena. Jena tembló y fulminó con la mirada a Nadia.
—¡Tú…!
—Ah, este atuendo…
Nadia ya no temía a Jena. Hablaba sin perder la esperanza.
—Apareció un hada madrina y me lanzó un hechizo.
Athena: Aaaaay, qué niña más linda.