Capítulo 128
Julios tuvo su primer sueño justo después de convertirse en príncipe heredero.
Fue Josephina quien llamó a Julios inmediatamente después de que concluyera la ceremonia de nombramiento del príncipe heredero.
Había llegado al imperio tras un viaje de un mes entero.
A pesar de las dificultades que soportó para llegar al imperio, la reacción del pueblo imperial fue fría.
—Al ver al príncipe heredero del Principado, me acuerdo de un perro que crie de pequeño. Aquel animal jamás me mordía. Por mucho que lo golpeara, siempre me mostraba la barriga.
—¿Qué podemos hacer? Si queremos sobrevivir, no tenemos otra opción.
—Siendo de sangre real, ¿no te da vergüenza? Si fuera yo, me quitaría la vida. No hay razón para vivir tan miserablemente.
El primer día de su llegada al imperio, se celebró un banquete de bienvenida para la delegación del Principado.
Irónicamente, la única persona del Principado que participó en el banquete fue Julios. Ni a los asistentes ni a los caballeros de la escolta se les permitió la entrada al salón de banquetes.
De pie, solo en el vasto salón de banquetes, Julios se enfrentó a una lluvia de ataques verbales sin oposición.
No fue fácil. En aquel entonces, apenas tenía dieciocho años. Acababa de alcanzar la mayoría de edad, por lo que era demasiado joven para ser considerado adulto.
Sin embargo, Julios no perdió la sonrisa hasta el final.
Hizo varias reverencias y, en ocasiones, superó la crisis tomándoselo con humor.
Algunos lo tildaban de hombre duro, mientras que otros se burlaban de él por renunciar al orgullo de la realeza para salvar su vida.
En medio de las opiniones encontradas, Julios finalmente abandonó el salón de banquetes. Los asistentes, que habían estado esperando ansiosamente afuera, corrieron hacia él.
—Su Alteza, ¿os encontráis bien?
Ocultando su dolor, Julios habló con calma.
—Por supuesto. Fue más relajado de lo que pensaba.
—¿De verdad?
—Claro. Los imperiales, pura fachada y nada de sustancia. Bueno, sí que se metieron en líos, pero a mí me pareció un juego de niños.
Su broma alivió la tensión en las expresiones de los asistentes.
—Como era de esperar, Su Alteza sin duda resistiría.
—No había nada que soportar.
Tras tranquilizar a todos los que estaban preocupados por él, Julios entró en su habitación y vomitó todo.
—Ugh.
Por más que vomitara, parecía interminable. Las miradas de desdén que había visto en el salón de banquetes aún parecían rondarle.
Tras vomitar varias veces con el estómago vacío, finalmente se calmó. Estaba tan exhausto que no podía mover un dedo. Incluso el aire del imperio era espantoso. Y esa noche, soñó.
En el sueño, vio a su hermano menor ya adulto. Sorprendentemente, no era Julios, sino Dietrian quien ocupaba el trono. Dietrian se había convertido en rey.
«Qué sueño tan extraño».
Cuando despertó del sueño, pensó que no era para tanto.
«Hoy tuve el mismo sueño, ¿verdad?»
Pero después de aquel día, tuvo ese sueño con frecuencia. Con el paso del tiempo, el sueño se volvió más detallado.
«¿Por qué Dietrian tiene ese aspecto?»
En cierto momento, Julios ya no pudo considerar el sueño simplemente divertido. La expresión en el rostro de Dietrian en el sueño parecía muy dolorosa.
Quien atormentaba a Dietrian era una mujer. Una mujer de largo cabello rubio y ojos verdes, la esposa de Dietrian.
En el sueño, Dietrian siempre la seguía por detrás. Parecía que se había enamorado de ella.
Por su mirada anhelante, era evidente lo mucho que la quería.
Pero ella nunca observó a Dietrian con la debida atención.
Ella siempre lo mantenía a distancia y lo alejaba. Aun sabiendo que era un sueño, Julios sentía resentimiento hacia la mujer cuyo nombre desconocía.
«Esa mujer, ¿no se está pasando de la raya? ¿No podría mirarlo al menos una vez?»
Sin embargo, no pudo odiarla por mucho tiempo. Ella también parecía estar en una situación precaria. Era lamentable y le conmovía hasta las lágrimas verla así.
Por suerte, no todos sus sueños eran así. A veces, tenía sueños muy felices.
En esos sueños, Dietrian y la mujer cuyo nombre desconocía se amaban libremente y eran felices.
Los días en que tenía esos sueños, su estado de ánimo era bueno durante todo el día.
Así, aquel dicho se convirtió en un hábito para él.
—Ojalá mi hermano llegara a ser rey.
Dietrian odiaba ese dicho y lo detestaba.
—El príncipe heredero es mi hermano. Entonces, ¿por qué sigues diciendo cosas tan raras?
Entonces, un día, llegó una carta del imperio.
—¿El imperio ha pedido a Dietrian, no a mí?
Mientras hablaba, una revelación repentina lo golpeó.
Que el poder de Gilead llevaba mucho tiempo regresando, y que lo que había visto era el futuro.
Y lo que tenía que hacer para convertir ese futuro en realidad.
Al principio, aceptar esta verdad fue aterrador.
Él también era un joven lleno de sueños.
Él quería vivir.
Quería ignorar el futuro que había vislumbrado.
Pero al final, lo aceptó.
Quizás debido a que había tenido ese sueño durante tanto tiempo, sin darse cuenta había preparado su corazón.
—Madre, sin duda volveré. Así que, por favor, confía en mí y déjame ir.
Tras despedirse de su madre y partir hacia el imperio, tuvo un nuevo sueño.
En el sueño apareció una niña. La hija de la santa, Leticia.
—Madre, yo, yo hice mal. Por favor, perdóname la vida.
Al ver el rostro de la niña, Julios quedó profundamente conmocionado.
«¿No es esa la esposa de Dietrian? ¿Así que la mujer a la que Dietrian amaba era la hija de la santa?»
Por aquella época, la mala fama de Leticia empezaba a darse a conocer incluso en el Principado.
Julios no podía entenderlo en absoluto. Si el sueño era cierto, Leticia jamás podría ser una villana.
«¿Pude haberme equivocado? ¿Acaso los sueños que tuve no eran premoniciones?»
Solo había una forma de verificarlo.
Poco después de llegar al imperio, se dirigió al lugar que había visto en sus sueños.
Estaba cerca del edificio situado entre el palacio de huéspedes donde se alojaba la delegación y el palacio occidental. El lugar donde conoció a Leticia por primera vez en el sueño.
Miró con ansiedad más allá del pasillo. Si Leticia aparecía, significaría que realmente había tenido premoniciones.
Si Leticia no aparecía, entonces los sueños que había estado teniendo carecían de sentido.
Eso significaría que no tendría que elegir la muerte.
—…Disculpe, jovencita, ¿podría pedirle indicaciones?
Y tal como lo había predicho el sueño, Leticia apareció ante él.
Mientras levantaba a la niña caída, una indescriptible tormenta de emociones lo invadió.
El alivio de haber conocido a la persona que esperaba y la desesperación de saber que su muerte estaba finalmente sellada.
Pero por encima de todo estaba el sentido del deber.
Tenía la responsabilidad de proteger a su pueblo.
Que Leticia fuera mucho más encantadora de lo que había previsto era el único consuelo que le quedaba de vida.
—Alteza, os estoy profundamente agradecida. Aunque ahora no tengo nada que ofreceros… sin duda os devolveré su amabilidad algún día.
Así, aunque sintió alivio, también le dolió pensar que no podría verlos felices juntos.
Lloraba mucho a solas.
Sintió lástima por ella.
Él había visto cómo la primera etapa de la vida de Leticia había terminado de forma solitaria y miserable.
«¿De verdad estoy haciendo lo correcto?»
¿Fue correcto involucrarla en su destino? ¿No sería mejor dejarla vivir al lado de la santa como lo hacía ahora?
Tras mucha deliberación, finalmente decidió seguir el camino que se había trazado.
De todos modos, Leticia nunca podría ser feliz al lado de Josephina.
Entonces, le escribió una carta a Dietrian, contándole sobre Leticia.
—Su Alteza, ¿podemos reunirnos de nuevo?
—Por supuesto. Ven a buscarme cuando quieras.
El día en que se despidió de Leticia, sabiendo que nunca volverían a verse, Julios sonrió con ternura.
—Pequeña doncella, volvamos a encontrarnos felices la próxima vez.
—¿Felices…?
—Sí, pequeña doncella. Sin duda serás muy feliz.
Tenía más cosas que decir. Que tu primera vida será muy difícil, pero que tu segunda vida, con el tiempo, será feliz. Mucha gente llegará a quererte, lograrás todo lo que deseas y además… Para proteger a mi gente en mi lugar.
—Príncipe, debéis iros.
Tras reprimir sus palabras, se dio la vuelta con rostro indiferente.
Martín, el caballero escolta, exhaló un suspiro de alivio.
—Por fin abandonamos el imperio. Ja, pensé que llevaba un mes sin sangre. Menos mal que podemos regresar sin ningún percance.
—Debiste haberte preocupado mucho.
—Por supuesto. Nunca se sabe cómo podría cambiar de opinión la santa. Es como un sueño poder regresar sana y salva.
Julios observó en silencio a Martín, que estaba bromeando, y luego rio juguetonamente y dijo:
—Sí. Todos podrán regresar a casa sanos y salvos.
Todos excepto Julios.
—Tú, tú tienes novia, ¿verdad? ¿Cuándo te vas a casar?
—¿Qué, el rumor ya ha llegado hasta allí?
—Por supuesto. ¿Crees que hay algo en el castillo que yo desconozca?
—Preocúpate por Su Alteza antes que por mí. Deberías casarte y tener un heredero. ¿No es demasiado ocioso para alguien que sucederá al trono?
Julios se limitó a sonreír en silencio ante las quejas de Martín.
—En serio, dejad de reíros. ¿Sabéis lo preocupados que están Sus Majestades?
—Sí, sí. Lo entiendo.
—No os limitéis a decir que lo entendisteis. Siempre respondéis bien, ¿verdad?
—¿Sabes que te quejas demasiado?
—¿Os dais cuenta de eso ahora
— “Si hubiera sabido que sería así, te habría hecho jurar lealtad a Dietrian.
—Yo también lo pienso a menudo. Al fin y al cabo, Lord Dietrian es más diligente que vos.
—Ja, es verdad.
Discutió con los caballeros camino al templo. Solo necesitaba saludar a Josephina y abandonar el imperio.
Eso era lo que todos pensaban.
Excepto Julios.
Pasaron los años, y después de siete años…
—Eres una farsante.
Josephina, que se preparaba para asistir a la celebración nacional de la boda de Leticia y Dietrian, abrió los ojos bruscamente.
Su propia figura, vestida incluso con más esplendor que el suntuoso espejo que tenía delante, se veía reflejada.
Detrás de ella, los cortesanos la vestían afanosamente.
¿Un sueño?
Los ojos de Josephina se entrecerraron.
«¿Lo soñé?»
Josephina frunció ligeramente el ceño.
«Soñar con algo así».
Justo antes, había soñado con el día en que murió Julios. El día en que la delegación del Principado debía partir hacia el imperio, Julios, que había sido tan manso como un perro durante un mes, cambió repentinamente.
Comenzó a decir tonterías.
—Josephina, sé que no eres la verdadera. En cuanto me vaya de aquí, lo difundiré por todo el imperio. Eres una impostora. La verdadera santa es otra.
Hasta entonces, Josephina no había estado segura de haberse convertido en la verdadera.
Tenía pesadillas en las que todos sus poderes desaparecerían repentinamente algún día.
Julios había tocado su punto débil.
Como si estuviera decidido a morir.
—Hoy, Genos perderá a su príncipe heredero. Si tanto deseas morir, te lo concederé.
Así pues, Josephina mató a Julios. Irónicamente, ese acto le dio seguridad a Josephina.
Había matado con sus propias manos a un descendiente del dragón, pero su poder permanecía intacto.
El dragón solo podía amenazarla, pero no podía hacerle daño directamente.
Por lo tanto, ella era, en efecto, la verdadera santa. Aún hoy seguía convencida de ello.
—Santa, por favor, cierre los ojos un momento. Voy a terminar de maquillarle los ojos.
—Está bien.
Josephina se recostó en su silla y cerró los ojos.
Athena: Mmmm… pero, ¿para qué provocas tu propia muerte? ¿De verdad era necesario? Me refiero, a menos que fuera necesario su muerte para que se despertaran poderes y cosas así, no lo entiendo. Porque basta con abdicar para que Dietrian ascendiera. Yo que sé. Es que así solo provocas trauma y… no tiene sentido. A menos, que de verdad fuera necesario.