Capítulo 204
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 204
—¿Es eso cierto?
Dietrian, apenas recuperado del shock, preguntó con urgencia.
—¿Estás embarazada? ¿De mi hijo, de nuestro hijo?
—¿Cuántas veces tengo que decirlo? —Leticia, con los ojos llenos de lágrimas, miró a Dietrian con reproche—. ¡Sí! ¡Estoy esperando un hijo tuyo! ¿Sabes lo asustada que he estado? ¿Lo sola que me he sentido? ¡Cuánto te he echado de menos! ¿Y ahora dices que me vas a dejar? ¿Que deberíamos morir juntos?
Era extraño. Las emociones estaban totalmente descontroladas, de una manera inquietante.
—¿Incluso preguntas por qué me quedé embarazada? ¿Cómo puedes decir eso siendo yo quien va a ser madre? ¿Acaso hice al bebé yo sola?
En realidad, no había razón para culpar a Dietrian. Aun sabiéndolo, sus pequeños puños golpeaban su pecho.
—¿Por qué no dices nada? ¿Por qué me miras fijamente sin expresión? ¿No eres feliz? ¿Todavía te resulta una carga la idea de tener un hijo? ¿Es eso?
Al oír la noticia, debería haber sonreído ampliamente y haberse sentido feliz. Pero su expresión ambigua la inquietó. Esa inquietud se convirtió en tristeza y se desbordó.
—¡Sí! ¡Claro que es una carga! Pero hay que aceptarlo. Yo también tenía miedo al principio, pero aguanté. Aunque no sea el momento adecuado, ¡ahora que el niño ha llegado a casa…!
En ese instante, Dietrian la abrazó con fuerza. Su frágil cuerpo se desplomó hacia atrás como si no pudiera soportarlo.
—¿Dietr…?
Antes de que pudiera reaccionar, un beso la envolvió. Leticia abrió los ojos de par en par. Sintió el calor de sus labios al rozarse. Al principio se sobresaltó, pero enseguida se tranquilizó. No entendía por qué lo hacía, pero el beso le había sentado bien.
Inconscientemente, cerró los ojos y lo abrazó por el cuello. Había soñado con pasar un mes a solas con él, tras puertas cerradas. No podía rechazar el intenso deseo que él sentía por ella.
—¿Dietrian?
Sus labios se separaron por un instante. Leticia, respirando con dificultad, se estremeció. Dietrian, acariciándole la mejilla, la besó por toda la cara.
—Dietrian, ¿por qué?
—Quédate quieta. Solo un momento.
Sonaba desesperado. Era la primera vez que se le veía tan desaliñado desde el incidente en la oficina. Aunque era desconcertante, se sentía bien. Cada vez que la tocaba, su resentimiento se desvanecía. Habló.
—Si me detienes ahora, creo que podría morir. Dame un momento.
Su voz sonaba ligeramente quebrada. Leticia se estremeció. Simultáneamente, los labios de Dietrian descendieron lentamente. Su cuello sonrojado, su nuca blanca, sus hombros redondeados y sus manitas. No dejó de besar y acariciar cada rincón visible. Luego, la abrazó con fuerza de nuevo. Y silencio. Leticia tampoco podía hablar con facilidad.
—Eres tan hermosa, me estoy volviendo loco. Estoy tan feliz, siento que podría morir sin remordimientos —añadió rápidamente—. Claro, no quiero decir que vaya a morir de verdad. No quiero que me vuelvas a regañar.
Aún abrazándola, Dietrian rio entre dientes. Las agradables vibraciones transmitidas a través de sus cuerpos al tocarse la hicieron sentir gradualmente más real. Sus ojos verdes se llenaron de lágrimas claras. Leticia preguntó con voz temblorosa.
—¿Eres realmente feliz?
—¿Mmm?
—¿De verdad… eres feliz? ¿Estás seguro de que eres feliz?
—Por supuesto.
—¿No me estás mintiendo para consolarme?
—Jaja. ¿Mentir? ¡Imposible!
Dietrian soltó una risita suave. Luego la soltó y bajó la mirada hacia Leticia. Ella tragó saliva al ver su sonrisa radiante e impecable. Sus ojos oscuros, llenos de puro cariño, la hicieron sentir como una estrella reflejada en ellos. Su imagen resplandeciente parecía indicar que este hombre era sincero. Estaba verdaderamente feliz por su embarazo. Quizás porque su tensión se había aliviado, las lágrimas volvieron a brotar. Sollozando, Leticia gimió sin motivo aparente.
—Deberías haberlo dicho desde el principio. ¡Me asustaste!
—Pensé que era un sueño. Es demasiado perfecto.
Con delicadeza, le secó las lágrimas y apoyó su mejilla contra la de ella.
—Para ti es lo mismo, ¿verdad? Porque ahora puedes darle una familia a alguien que ha estado solo toda su vida. Por eso eres feliz, ¿no?
—Ah.
Leticia cerró los ojos con fuerza.
¿Por qué actuaba así hoy? Intentó contener las lágrimas, pero sus palabras seguían provocándolas. Tenía razón. Quería darle una familia a alguien que había sufrido una profunda soledad en el pasado.
Por eso no pudo confesarle su amor antes. Ella, maldita como estaba, jamás podría cumplir ese sueño. Le dolía el corazón. Incluso pensar en sus últimos momentos mientras el principado caía aún le causaba dolor. Creía que ese dolor era solo suyo, pues era la única que recordaba el pasado. En el pasado, el presente y el futuro, creía que siempre sería así. Pero se equivocaba.
—Gracias por estar a mi lado, en esta vida y en la última, Leticia.
Dietrian lo recordaba todo. Ya no tenía que cargar sola con el peso de su doloroso pasado. Esta comprensión le brindó a Leticia un inmenso consuelo.
—Gracias por convertirte en mi familia y darme una nueva. Te juro que nunca más te dejaré solo.
—¡Deja de hacerme llorar
Leticia, ahora llorando de nuevo, golpeó su pecho. Dietrian rio entre dientes y la abrazó con fuerza.
—Muchísimas gracias, Leticia.
—…Yo también, gracias.
A pesar de estar a punto de llorar, Leticia asintió con entusiasmo. Quería decirle al bebé que llevaba en su vientre que habían escuchado las palabras de su padre, que eran la felicidad de todos y que estaba deseando conocerlos.
La felicidad creció en su interior como un globo. Creció tanto que sentía que podía flotar si se aferraba a ella.
Al cabo de un rato, Leticia dejó de llorar. Se abrazaron, compartiendo su calidez. Fue como la primera vez que se besaron, la primera vez que hicieron el amor, la primera vez que compartieron la verdad, y la vez que todo lo que había sobre su escritorio se desbordó…
Pensaba que no podía haber un momento más perfecto que ese. Pero se equivocaba. Existía una alegría más radiante y extática, un momento tan perfecto simplemente por existir.
—¿Alguien más lo sabe?
—No. —Leticia negó con la cabeza—. Solo Kaylas lo sabe. Quería contártelo primero.
—Se lo haré saber a las Alas de inmediato. Estarán muy contentos.
—Bueno.
Dicho esto, Leticia se acurrucó más en sus brazos. En ese momento, solo quería pensar en Dietrian. Después de estar en su abrazo durante un buen rato, Leticia lo miró. Mientras lo observaba fijamente, Dietrian preguntó en tono juguetón.
—¿Tengo algo en la cara?
—¿Crees que el bebé… se parecerá a ti?
—¿Qué?
—Cuando te veo sonreír…
Las mejillas de Leticia se sonrojaron ligeramente. Bajando un poco la mirada, habló.
—Creo que sería bonito que el bebé se pareciera a ti.
—¿Por qué?
—Porque eres guapo…
Dietrian se detuvo ante su sincera y tímida confesión. Luego dejó escapar una risa baja y entrecortada. Se había acostumbrado a los ataques inesperados de Leticia; de lo contrario, podría haber sido peligroso. Podría haber perdido la razón y haberla deseado con avidez. Dietrian se recompuso lo mejor que pudo.
«Por mucho que la quiera, tengo que controlarme por ahora».
Leticia estaba en las primeras etapas del embarazo. No debía esforzarse demasiado.
«Tengo que tener cuidado, mucho cuidado».
Había oído que las mujeres con cuerpos débiles podían sufrir abortos espontáneos si se esforzaban demasiado al principio del embarazo. La esposa de Yulken también había tenido sangrado al inicio del embarazo y tuvo que guardar reposo hasta que la menstruación se estabilizó.
Por suerte, Leticia parecía estar bien. Probablemente se debía a los poderes curativos que Kaylas había usado en ella. Aunque aliviado, también sintió una punzada de lástima.
«Pensar que tuvo que soportar todo tipo de dificultades en un país extranjero en un momento tan crucial».
Deseaba poder tomarle la mano y regresar al principado de inmediato. Pero aún quedaba trabajo por hacer, así que no podía.
«Además, yo también tengo cosas que hacer».
La radiante alegría quedó ahora ensombrecida por el peso de la realidad. Dietrian la abrazó por los hombros para disimular su expresión y se sumió en sus pensamientos. Recordó las palabras de Sigmund.
—Dietrian, tu elección influirá en el despertar de la última ala. Podría ayudar o dificultar dicho despertar.
No había dicho quién era el ala.
—Esto es todo lo que puedo decirte. Me gustaría decir más, pero no puedo usar todo mi poder para la profecía. Si utilizo toda la energía que me queda, no podré soportar el momento más crucial. Todavía tengo algo importante que hacer. Llevo años preparándome para cambiar el destino de ese niño. No será fácil corregir lo que ya se ha distorsionado. Aunque mi visión no sea perfecta, no te preocupes demasiado. Si sigues esforzándote al máximo como lo haces ahora, llegará el día en que sabrás naturalmente qué hacer.
Poco después, otra visión del futuro se desplegó en su mente. Una habitación llena de adornos que jamás había visto en el principado. Leticia estaba sentada allí, con expresión preocupada. Noel le tomó la mano y habló.
—Su Alteza regresará pronto. No te preocupes demasiado, Leticia.
Eso era todo. No mostraba adónde había ido, qué estaba haciendo ni por qué no había regresado.
«En cualquier caso, eso significa que tendré que dejar de jugar junto a Leticia otra vez para encontrar la novena ala».
Dietrian cerró los ojos. Había estado evitando a Leticia todo este tiempo por culpa de ese futuro.
«Pero un niño…»
Leticia estaba embarazada.
«Entonces, aun sabiendo que está esperando un hijo mío, ¿tendré que alejarme de ella?»
Aún sentía una inmensa felicidad, como si el mundo entero lo poseyera. Pero no podía ignorar el peso de la realidad. Con el paso del tiempo, ese peso no haría más que aumentar.
«Aún así, solo por hoy».
Dietrian intentó sacudirse las preocupaciones y abrazó a Leticia aún más fuerte.
Como padre, solo por hoy. Decidió saborear esta felicidad al máximo.
Athena: Bueno, eres el hermano de la novena ala. Tiene sentido que tengas que ver para su despertar, el buen despertar. Aunque esto de que sea un niño ahora…
Capítulo 203
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 203
—¡Qué disparate! ¿Esa gente codicia a Nuestra Alteza? ¡Si tienen conciencia, no pueden hacer eso! —gritó Barnetsa.
—¿Crees que la gente del Imperio tiene conciencia?
—¡Por supuesto que no!
—Ese es el problema.
—¡Maldita sea! ¡Estos bastardos!
Aunque no quería admitirlo, Julia tenía razón. Los bastardos del Imperio no parecían dispuestos a dejar ir a Leticia fácilmente. Apretando los dientes, apretó el puño.
«Eso jamás debe ocurrir».
A menos que Leticia quisiera quedarse en el Imperio, no le quedaba más remedio que regresar al principado. Esto era aún más cierto si se tenía en cuenta a Dietrian.
«Nuestro príncipe no puede vivir sin Su Alteza».
¿Cuánto debía amar a Leticia para que un rey se lanzara al Imperio sin escolta? Si alguien se interponía en el camino de Leticia, todos estarían condenados. Con esta determinación, Barnetsa habló con gravedad.
—Tenemos que resolver esto con el príncipe imperial.
—¿El príncipe Calisto? ¿Resolverlo?
—Los miembros de la familia imperial también son aliados. Si Su Alteza desea regresar al principado, sin duda la ayudarán. Los bastardos del Imperio que aún persisten deberían quedar en manos de la familia imperial.
—Bueno, yo pienso diferente. —Julia negó con la cabeza con expresión escéptica—. Al fin y al cabo, son miembros de la familia imperial. El príncipe Calisto podrá ser devoto de Su Alteza, pero ¿qué hay de la princesa?
—¿La princesa se aferraría a Su Alteza? Pero la princesa también es el ala de Su Alteza. ¿Puede desafiar su voluntad?
—La princesa Dana está destinada a convertirse en la emperatriz del Imperio antes que en una rama menor. Si Su Alteza se marcha al principado, el Imperio se tambaleará enormemente. ¿Acaso se quedaría de brazos cruzados?
—Un ala sigue siendo un ala.
—Un ala es un ala. Pero nosotros solo somos alas temporales. Es diferente del príncipe Calisto, la reencarnación del Sumo Sacerdote.
Tras convertirse en ala, Julia descubrió algo inesperado. A pesar de ello, sus sentimientos hacia Leticia no habían cambiado mucho. Leticia seguía siendo muy importante, pero no por haberse convertido en ala. Leticia era la esposa de Dietrian, la reina del principado y la benefactora que salvó a Enoch. Por eso, quería protegerla.
—Aunque me he convertido en un ala, sigo siendo un sirviente del príncipe Dietrian. Sus dos altezas son igualmente importantes para mí. Soy diferente de las otras alas, que ven a Su Alteza como el centro del mundo.
Noel, Ahwin, Kaylas, Calisto. Para aquellos que originalmente eran alas, las reencarnaciones de los Sumos Sacerdotes, el centro del mundo era solo Leticia. Si Leticia vivía, ellos vivían; si moría, ellos morían. Obedecerían cualquier orden de Leticia, incluso para destruir el mundo. Obediencia incondicional.
—Pero no lo soy. Si Su Alteza intenta hacerle daño a Zenos, la detendré a toda costa. Si fuera necesario, incluso podría desobedecer sus órdenes. Por supuesto, Su Alteza es muy importante para mí. No porque sea un simple miembro de su séquito. Tenga o no el poder de la diosa, es la reina de nuestro principado, así que quiero protegerla.
El poder de la diosa era un medio para proteger a la preciosa Alteza, ni más ni menos. Esta era la principal diferencia entre las alas originales y las nuevas.
—Bueno, eso también es cierto para mí.
Barnetsa asintió. Luego, cruzándose de brazos, habló con expresión seria.
—Ahora que lo pienso, Noel me preguntó una vez: si tuviera que elegir entre las dos altezas, ¿a quién elegiría?
Cuando Barnetsa dijo que ambas altezas eran importantes, Noel puso una expresión muy peculiar. En aquel momento no le dio mucha importancia, pero ahora, en retrospectiva, parecía que se debía a que Noel era la reencarnación del Sumo Sacerdote.
—Cuando los intereses de la familia imperial y los deseos de Lady Leticia chocan, ¿podrá la princesa renunciar a Su Alteza? En lugar de renunciar, ¿no intentará retenerla por todos los medios necesarios? —dijo Julia—. Debemos pensar con antelación qué decisiones tomaríamos entonces.
—Mmm…
Las preocupaciones de Barnetsa se intensificaron.
Para desgracia de Barnetsa, las preocupaciones de Julia resultaron ser completamente ciertas.
—Alteza, las labores de remoción de escombros en el Palacio Oriental están casi terminadas. Parece que no serán necesarios más monstruos.
—Lo comprobaré personalmente. Tomaré la iniciativa.
—Entendido.
La princesa se dirigió hacia el Palacio del Este, con el cielo azulado del amanecer a sus espaldas. Al doblar la esquina, se encontró con un espacio abierto. Al ver el otrora elegante edificio convertido en un campo árido, la princesa chasqueó la lengua.
—Sin duda hicieron un trabajo exhaustivo de destrucción.
Fueron los espíritus de Calisto los que le hicieron esto al Palacio del Este. Aunque interiormente chasqueaba la lengua, no podía culparlo del todo, ya que ella misma no había sido diferente la noche anterior.
«Anoche no fui diferente de ese tipo».
Junto a las ruinas del Palacio Oriental se alzaba un edificio plagado de agujeros. Era la Biblioteca Real, con una larga historia. Fueron sus propios monstruos los que convirtieron la intacta biblioteca en un panal de abejas.
Al contemplar la biblioteca que se derrumbaba lentamente, la princesa comprendió que su vida había cambiado por completo. De verdad. Se había convertido en un ala. La princesa comenzó a planear el futuro, ignorando deliberadamente su pérdida de razón.
«Debería involucrar a los monstruos en el proyecto de restauración del palacio. Puede que sean tontos, pero son fuertes, así que, si se les entrena bien, serán útiles».
Al principio, le incomodaba ser la dueña de los monstruos, pero al cambiar de perspectiva descubrió muchas ventajas.
«¿No podría usar también los poderes de las otras alas? Primero, convenceré a Calisto para que me ayude a construir una presa…»
Si las alas cooperaban, el Imperio se desarrollaría mucho más. Esto también significaba que debía hacer lo que fuera necesario para ganarse el corazón de Leticia.
«Su Majestad seguramente se opondrá».
Un emperador que hubiera vivido toda su vida a la sombra del Sumo Sacerdote sin duda se opondría a su elección.
«Al igual que en el banquete, diría que no puede inclinarse ante una simple reina de un principado».
La princesa resopló.
«Me da igual. No me importa».
Tras haber escapado por poco de la muerte, la princesa decidió que ya no le importaban las opiniones de nadie. Lo más importante para ella era Santa Leticia.
Como princesa, como su ala. En cualquier caso, si el emperador se interponía en su camino, estaba preparada para destronarlo con sus propias manos.
«Me aseguraré de que pueda descansar en un lugar con buen aire y agua».
Aunque consideró la posibilidad de rebelarse, la princesa mantuvo la calma. No todas las rebeliones en este mundo eran violentas. Era perfectamente posible derrocar al emperador sin lanzas ni espadas.
«Eso solo es posible si la santa decide quedarse en el Imperio».
Por primera vez, la princesa mostró preocupación en sus ojos. El prometedor futuro del Imperio y el trato devoto hacia Leticia dependían de que ella permaneciera en él. El problema era que Leticia no parecía dispuesta a quedarse. La princesa suspiró, llevándose la mano a la frente.
«El Imperio siempre la ha explotado, así que debe haber perdido todo afecto por él. No tengo que buscar muy lejos; ni siquiera yo sabía que la santa maltrataba a su hija».
A pesar de pensar así, la princesa sabía que debía aferrarse a Leticia. Si la santa y las alas desaparecían al mismo tiempo, el Imperio se derrumbaría sin duda.
«¿Qué debo hacer? ¿Debo consultar con Calisto? No, no».
La princesa negó rápidamente con la cabeza.
«Si le cuento a Calisto mis preocupaciones, solo causará problemas en lugar de solucionarlos. Se enfurecerá y me acusará de intentar desafiar la voluntad de nuestra ama como una simple ala».
La princesa sonrió con amargura y encogió los hombros.
«No sé si debería estar agradecida o no».
La devoción ciega de Calisto hacia Leticia era sin duda bienvenida como compañero de escuadrón. Sin embargo, el problema era que ella no podía compartir esa devoción. Las preocupaciones de la princesa también se agudizaron.
Mientras las alas estaban absortas en sus preocupaciones, su ama, Leticia, también se sentía conflictuada. Incluso después de regresar al palacio, no había podido contarle a Dietrian sobre el bebé que llevaba en su vientre.
«¿Cuándo y cómo debo contarle que vamos a tener un bebé?»
Pensó que podría decírselo en cuanto lo viera. Sin embargo, cuando lo miró a los ojos, no pudo pronunciar palabra.
«¿Y si Dietrian no está contento con mi embarazo?»
Se sentía cada vez más ansiosa y asustada. Tenía ganas de echarse a llorar.
«¿Y si él no quiere al bebé? ¿Qué debo hacer?»
Sería mejor si pudiera tener una conversación profunda con Dietrian, pero no podía, así que sus pensamientos se dirigieron rápidamente al peor escenario posible. Si hubiera estado un poco más serena, se habría dado cuenta de lo infundadas que eran sus preocupaciones, pero no podía permitírselo.
«Tengo miedo. Me dan ganas de llorar».
Sus emociones estaban completamente descontroladas porque estaba embarazada. Leticia, que experimentaba el embarazo por primera vez, no lo sabía.
—Leticia. ¿No sería mejor regresar a la mansión?
Mientras Leticia luchaba por contener las lágrimas, Dietrian le acarició suavemente la mejilla.
—Las demás alas permanecerán en el palacio, así que no es necesario que te esfuerces demasiado. He oído que últimamente has estado yendo al médico con frecuencia. Necesitas descansar.
—…Dietrian.
Este sonrió levemente.
—Sí. Estaré a tu lado. Así que no tienes de qué preocuparte. Haré lo que quieras.
Dietrian acostó con cuidado a Leticia en la cama.
—Si te resulta más cómodo quedarte en el palacio, hazlo. Pero no te excedas. Eres una santa, pero también eres mi esposa. No tienes ninguna obligación de proteger al Imperio. Simplemente sé feliz.
Leticia miró a Dietrian con los ojos temblorosos. Su consuelo solo hizo que sus lágrimas brotaran aún más. Mientras escondía el rostro en su pecho y sollozaba, también suspiró aliviada.
«Creo que puedo decírselo».
Ella seguía asustada y temerosa, pero su calidez poco a poco fue disipando sus miedos.
«Confesémoslo. Estoy embarazada. Voy a ser la madre de tu hijo».
Justo cuando ella se decidía, Dietrian, que la sostenía, susurró primero.
—Leticia, tengo algo que contarte. ¿Me escucharás?
Leticia asintió en silencio, le gustó el sonido de su voz. Pensó que hablarían del bebé después de que él terminara de hablar.
Los ojos de Dietrian se habían oscurecido, pero Leticia no lo notó. Él le sostuvo la cabeza y presionó sus labios firmemente contra su frente. Luego susurró suavemente.
—Se trata de la conversación que tuvimos en el templo.
—¿El templo?
Leticia, que había estado escuchando con los ojos cerrados, hizo una pausa. Antes de encontrarse con él en el templo, le había dicho a Julia que tenía que irse. Ella lo había olvidado por completo, absorta en el bebé que llevaba en su vientre.
—En realidad, tengo que irme.
—¿Qué?
—Hay algo que debo hacer por todos nosotros. Hasta que no se resuelva, no puedo estar a tu lado. Entonces, ¿qué te parece si nos separamos por un tiempo?
Fue como si le hubieran echado agua fría encima, sacándola de su ensimismamiento. Leticia se incorporó instintivamente.
—¿Qué dijiste?
Dietrian se incorporó tranquilamente junto a ella.
—Hay una razón por la que tuve que venir al Imperio. No fue solo porque estuviera preocupado por ti.
La voz de Dietrian tembló ligeramente.
—Tuve un sueño.
—¿Un sueño?
—Recientemente, desperté a Gilead. Como mi hermano y mi madre. Por eso… vi tu pasado.
El dolor ensombreció la dulce sonrisa de Dietrian. Leticia lo miró fijamente, sin expresión. Dietrian intentó explicarle todo lo que había vivido con la mayor calma y claridad posible para que no se sorprendiera. Le contó lo que Sigmund le había dicho, los cambios que había experimentado, la decisión de Julios y los recuerdos que había visto de ella.
—Creo que ambos debemos sobrevivir. Si solo uno de nosotros puede, entonces tú debes vivir. Pero mi opinión ha cambiado. Si no podemos vivir juntos, prefiero morir contigo. Ya sea que vivamos o muramos, estaremos juntos. No te dejaré sola como en el pasado.
Ante su tierno susurro, Leticia lo miró con incredulidad.
—¿Quieres morir conmigo?
—Sí. Si no podemos sobrevivir juntos, entonces eso es lo que haré.
Ante esto, Leticia lanzó un grito casi desgarrador.
—¡Por qué morir!
—Para no volver a dejarte sola jamás…
—¡Entonces, ¿por qué estás pensando en morir? —Leticia estalló—. Quiero vivir contigo. Tenemos que… vivir juntos. ¡Sobreviviremos juntos!
—Por supuesto, si es posible, lo haremos. Pero no conocemos el futuro. No tengas miedo. Estaremos juntos para siempre.
—¡Eso es lo que digo, no hables así! ¿Por qué hablar de morir juntos? ¡Yo no puedo morir! ¡Tenemos que vivir juntos!
Leticia rompió a llorar. Tomó su mano y la colocó sobre su vientre.
—¡Estoy embarazada!
—¿Qué?
—¡Estoy embarazada!
—¿Embarazada?
Dietrian repitió la palabra con asombro. ¿Embarazada? No lo entendía. Estaba seguro de que habían usado anticonceptivos. Involuntariamente volvió a preguntar.
—Pero usábamos anticonceptivos, ¿cómo…?
—¡Cómo iba a saber yo por qué! —Leticia espetó, con la voz temblorosa—. ¡Yo tampoco lo sé! ¡Pero sucedió! Estoy embarazada.
—¿Qué?
—¡Estoy esperando un hijo tuyo! ¿Para qué hablar de morir? ¡Ambos tenemos que vivir! Si morimos, nuestro bebé también muere.
Dietrian reaccionó de golpe, como si le hubieran echado un chorro de agua fría. Por fin comprendió lo sucedido. El anticonceptivo había fallado. Leticia estaba embarazada. Llevaba en su vientre a su hijo.
«Yo…»
Dietrian tragó saliva con dificultad. Fuegos artificiales estallaron en su mente. Las preocupaciones que lo habían agobiado se desvanecieron en un instante.
«¡Voy a ser padre!»
Capítulo 202
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 202
—…Leticia.
Dietrian cerró los ojos con fuerza. No tuvo el valor de darse la vuelta y abrazarla. Temía que todo lo que había contenido se derrumbara de repente. En su mente, pensó que debía irse después de tratar a Leticia con la mayor calma posible. Pero...
—…Dietrian.
Ya no pudo soportar su voz temblorosa. Agarró con firmeza las manos de Leticia que lo sostenían y se giró lentamente.
—Leticia.
Con delicadeza, le acarició las mejillas surcadas por las lágrimas. Mientras le secaba las lágrimas, le susurró con ternura.
—Ha pasado mucho tiempo. Te he echado de menos.
Había tantas otras cosas que quería decirle. Que había visto su pasado, que lamentaba no haber comprendido su dolor y que nunca más la dejaría sola.
También necesitaba hablar del futuro. De que él también había visto su futuro y que, aunque era lamentable, no existía un futuro en el que estuvieran juntos. Lo mejor sería mantenerse separados hasta que se rompiera la maldición. Pero no se atrevía a decírselo. No quería separarse de Leticia, ni siquiera si eso significaba morir.
Leticia sentía lo mismo. Necesitaba hablar de su hijo, pero no se atrevía a decirlo. Temía que él se mostrara reacio por la maldición.
El miedo que había reprimido a la fuerza parecía que se desmoronaría de repente. En el silencio cargado de palabras no dichas, Dietrian habló primero.
—¿Has estado bien?
—…Sí.
Leticia asintió levemente. El calor de Dietrian la había tranquilizado más que antes. Miró a su alrededor lentamente. Aún quedaban rastros de la batalla. Sangre empapaba la tierra, árboles rotos y espadas esparcidas por el suelo. Caballeros corrían buscando a los enemigos restantes y bestias aún resoplaban tras el combate.
El doctor, atónito por la noticia de que su hija se había convertido en ala, Irene, que consolaba al doctor, y Julia y la princesa, que observaban a los dos.
Las demás alas, que habían huido juntas del palacio pero no habían podido acercarse, observaban desde la distancia el reencuentro de Leticia y Dietrian.
No parecía el momento adecuado para tener una conversación importante. Una vez que las cosas se calmaron y los ánimos se tranquilizaron, decidieron hablar con calma cuando estuvieran a solas.
—Leticia. ¿Volvemos al palacio por ahora?
Leticia asintió levemente, con el rostro hundido en su pecho.
Al mismo tiempo, Julios luchaba desesperadamente por escapar de la oscuridad.
—¡No, por favor! ¿Cómo podría arruinar así el futuro que he cambiado?
Comenzó a soñar con su futuro cuando aún no había cumplido los veinte años. En sus sueños recurrentes, había decidido salvar a todos, pero muchas veces deseó huir o hacer la vista gorda. Aunque había sido criado como un rey, en realidad, no era más que un joven común y corriente.
Lo que le consolaba era la imagen de Leticia que veía en sus sueños. En sus largos sueños, veía tanto la primera como la segunda vida de Leticia.
—Su Alteza. Ha pasado mucho tiempo. En esta vida, sin duda os enviaré de vuelta a vuestra patria.
Ver a alguien que no lo conocía en absoluto abrazando sus restos con lágrimas en los ojos fue una experiencia bastante extraña. Fue triste y aterrador, pero, en cierto modo, también sanador.
Aunque muriera, siempre habría alguien que lo cuidara. Aunque solo quedaran sus huesos, podría regresar junto a su madre. Por eso, a pesar de ser un joven común y corriente, podía afrontar la muerte con tanta serenidad.
—Iré al Imperio en lugar de a Dietrian, madre. Sin duda volveré, así que, por favor, permíteme hacerlo.
Aunque sabía que su promesa le rompería el corazón a su madre, prometió regresar.
—Josephina, eres una impostora.
A pesar de tener una forma de sobrevivir, provocó deliberadamente a Josephina para que muriera. Esto fue posible porque creía en Leticia. En ese momento, sintió alivio. Aunque su vida había terminado, los demás encontrarían la felicidad. Estaba convencido de que lo único que le quedaba era un largo descanso.
—La resistencia es inútil, Julios. Tu destino ya está sellado.
¿Por qué terminó el descanso eterno que merecía?
—Ya que eres mío, Leticia, esa cosa inútil jamás podrá vencerme.
Además, la voz apuntaba a Leticia y Dietrian. Su intención era revivirlo para hacerles daño. Julios no podía aceptarlo. No le hacía ninguna gracia ser revivido. En todos los futuros que había visto, él no existía. Así que luchó por regresar al mundo de los muertos a toda costa.
Sintió una sensación ominosa bajo sus pies. Julio se estremeció y bajó la mirada.
—¡Esto es…!
Un aura de color púrpura oscuro, casi negra, envolvía sus piernas.
—La caída de un alma virtuosa es uno de los manjares favoritos de la causalidad. Adelante, lucha todo lo que puedas. Cuanto más lo hagas, más valorará la causalidad tus hazañas.
Con voz burlona, el aura púrpura penetró en el alma de Julio. Una inmensa desesperación lo abrumó. Todo lo que había construido sacrificándose se derrumbaba.
—No, por favor. Por favor…
Un sollozo lleno de dolor. Con esas palabras, la oscuridad envolvió por completo a Julios.
La larga, larguísima noche había terminado para todos. Fue un tiempo que realmente había trastocado la historia del Imperio. En una sola noche, tres alas murieron y tres nuevas nacieron. Josefina, quien había sido la santa, lo perdió todo, y en su lugar, Leticia se convirtió en la única santa del Imperio.
Los habitantes del Imperio corearon el nombre de Leticia durante toda la noche, implorando su gracia. Cuando se supo que dos caballeros del Principado habían sido elegidos por la diosa, incluso hubo quienes elogiaron al Principado. El repentino cambio de actitud entre el clero fue particularmente notorio.
—Felicidades a ambos por convertiros en alas.
—¿He oído que Sir Barnetsa maneja la llama de la purificación? Es una gran bendición para el Imperio que un poder perdido hace mucho tiempo haya regresado.
—Señorita Julia, he oído que se ha convertido en el ala de protección. ¡Enhorabuena!
—Ver a Dame Julia en persona me da mucha tranquilidad como sacerdote del Sacro Imperio. Ahora, nadie en el continente se atreverá a desafiar al Imperio.
Los sacerdotes los colmaron de elogios, como si sus lenguas estuvieran untadas de miel. Cuanto más lo hacían, más frías se volvían las respuestas de Barnetsa y Julia.
—Eh, chicos. ¿Cuándo os importó nuestro Principado, y ahora nos alabáis? ¿Qué demonios os pasa?
—Oh, esa no era nuestra verdadera intención. No tuvimos otra opción por culpa de Josephina. Hemos respetado al Principado durante mucho tiempo.
—¿Respeto? ¡Qué ridículo! Todavía recuerdo lo que le hicisteis a Enoch. Viéndolo sufrir y morir, ¿dijisteis que tenía que morir? ¿Lo tratasteis como basura solo porque tenía una enfermedad repugnante?
Barnetsa gruñó amenazadoramente. Los rostros de los sacerdotes palidecieron. Se encontraban frente a la imponente presencia de un Ala. Era abrumador. Aterrorizados, los sacerdotes le rogaron a Julia que los ayudara.
—¡Señora Julia! ¡Por favor, ayúdenos! ¡Por favor, calme al señor Barnetsa!
—¡Así es! Sentimos mucho lo de Sir Enoch, pero no tuvimos otra opción en aquel momento.
—¡En efecto! ¡Teníamos el deber de proteger a los ciudadanos del Imperio!
—¡No podíamos admitir fácilmente a alguien que pudiera tener una enfermedad repugnante, no, ¡una enfermedad terrible! Si se hubiera propagado una plaga, ¡habrían muerto muchísimas personas!
—Como Ala de Protección, Dama Julia, usted debe comprender nuestros corazones. Lamentablemente, a veces hay que hacer pequeños sacrificios por el bien común. Así que, por favor, tenga piedad…
—Te entiendo, pero no puedo perdonarte —dijo Julia con frialdad, mirando a los sacerdotes—. Enoch es mi hermano.
—¿Qué-qué?
—La persona que casi muere por vuestra culpa es mi hermano.
Con esas palabras, la imponente presencia de las Alas, que hasta entonces solo se había percibido en Barnetsa, se intensificó repentinamente. Los sacerdotes, congelados como el hielo, inclinaron la cabeza rápidamente. Comprendieron que, si persistían, sería su fin.
—Nos retiramos.
Tras esas palabras, los sacerdotes se escabulleron. Julia se apartó el pelo con irritación.
—Es absurdo que personas así hayan vivido con tanta arrogancia como sacerdotes durante todo este tiempo.
—Por eso el Imperio está en este estado. Pero debería estar mejor ahora. La mayoría ha perdido su poder.
—No basta con que pierdan su poder. Deben ser castigados por sus crímenes. ¿Acaso no son todos criminales? ¿Por qué siguen ocupando cargos sacerdotales?
—Esperemos con paciencia. Lady Leticia se encargará de ello.
Al ver a los sacerdotes huir, Barnetsa sonrió. Le dio una palmadita en el hombro a Julia.
—Julia. Relájate. Piensa en esos tipos huyendo hace un momento. ¿No es satisfactorio?
—Bueno, sí.
Julia dejó escapar un suave suspiro. Su expresión seguía siendo severa.
—Ver a esos tipos me hace tener malos pensamientos.
—¿Qué piensas?
—La idea de que no dejen ir a Su Alteza.
—¿Eh? ¿De qué estás hablando?
—Ya oíste lo que nos dijeron hace un momento.
—¿Qué dijeron?
—Dijeron que el hecho de que nos hayamos convertido en Alas es una gran bendición para el Sacro Imperio.
—¿Y qué? ¿Acaso no es obvio?
—Tú y yo somos caballeros del Principado. Somos gente que regresará al Principado, y dijeron que, gracias a nosotros, el Sacro Imperio se convertirá en el mejor del continente. ¿Qué crees que significa eso?
Barnetsa parpadeó. Luego soltó una risita.
—¿Acaso esperan que nos quedemos en el Imperio? ¡Imposible! No pueden estar tan locos.
—Bueno, nunca se sabe.
—Julia, eso es ser demasiado paranoica. Claro, puede que intenten retenernos. Pero si armamos un escándalo, se acabó. Piensa en cómo huyeron antes. No tienen conciencia ni determinación. Si usamos nuestro poder, huirán rápidamente, probablemente rogándonos que nos vayamos al Principado.
—Eso puede ser cierto para nosotros, pero ¿crees que Su Alteza sería tan fácil de dejar ir?
—¿Eh?
—¿Qué crees que significa Su Alteza para el pueblo del Imperio?
—¿La persona más… importante del mundo?
—Sí, exactamente. Y ese es el problema. —Julia asintió levemente con el ceño fruncido—. ¿De verdad dejarían que una persona tan valiosa regresara al Principado tan fácilmente? ¿No causarán todo tipo de problemas para retenerla en el Imperio?
Capítulo 201
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 201
—¡El pilar de luz se está encogiendo!
El pilar de luz, que parecía perforar el cielo, se fue haciendo cada vez más delgado.
Pronto, volvió a convertirse en un pequeño círculo y se alejó flotando. Todos quedaron hipnotizados por la visión milagrosa de lo que parecía una luna blanca en movimiento.
—¿Se dirige al palacio imperial?
La luna nueva, que había cautivado a todos, se desvaneció repentinamente en el palacio. Al desaparecer la luz, la gente recuperó la compostura como si les hubieran echado un chorro de agua fría.
—¿Por qué? ¿Acaso el poder de la diosa se ha trasladado allí?
La gente, desconcertada, no tardó en encontrar una respuesta.
—¡Lady Leticia está en el palacio!
—¡La diosa está demostrando el nacimiento de una nueva santa!
—La diosa no nos ha abandonado. ¡Nos ha dado a Lady Leticia!
Todos gritaron de alegría. El nombre de Leticia resonó por toda la plaza. Incluso aquellos que se habían negado a reconocerla hasta el final ya no podían negar el milagro.
—¡Ha aparecido la verdadera santa!
—¡Larga vida a la nueva santa!
—¡Gloria eterna al imperio!”
Mientras todos estaban de buen humor, solo una persona, Lehir, parecía estar en otro mundo. Sintiendo la energía oscura fluyendo por su cuerpo, Lehir alzó sus labios temblorosos.
—Sí. Disfrutad de este momento, insensatos humanos. Jamás volveréis a vivir tiempos como este.
El festival termina hoy. Todo lo que venga después será un preludio del desastre que se avecina. Los necios humanos, ajenos al infierno que les espera, cantarán y bailarán. Mirando fríamente a los humanos, Lehir habló.
—Encontrad de inmediato el recipiente perfecto para albergar el alma de Julios. Para que pueda convertirse en el desastre que aplaste a todos.
Siguiendo su orden, el poder oscuro comenzó a extenderse silenciosamente bajo tierra. Como una sola gota de tinta en un tanque, se movía muy lentamente.
El Lehir del pasado jamás habría tolerado semejante escena. Odiaba esperar. Si algo se interponía en su camino, lo habría superado. Pero ahora no podía apresurarse.
El alma del príncipe caído, Julios, era la carta final.
Para revertir la situación, que estaba completamente desequilibrada, debía ser cauteloso, extremadamente cauteloso. Sorprendentemente, el poder oscuro pronto satisfizo el deseo de Lehir.
—…Lo encontré.
Un escalofrío recorrió sus extraños ojos verde oscuro. A sus pies, la energía oscura comenzó a agitarse. Pronto, la escena de la nieve derretida en la plaza desapareció y se desplegó un paisaje diferente. Era un bosque tras las murallas del castillo. A diferencia de la zona de la ciudad donde se celebraba el festival, aquí solo se oía el fuerte sonido del viento.
—Guíame hasta donde está.
Ante sus palabras, el poder oscuro guio rápidamente a Lehir. Pronto, Lehir se detuvo con arrogancia frente a un saliente cubierto de nieve.
—Despejadlo ahora.
Con un crujido, la nieve acumulada fue dispersada por un viento de color púrpura oscuro.
Debajo había un niño pequeño, con el pelo casi blanco plateado, vestido con ropas andrajosas.
Al percibir la presencia, las largas pestañas del niño temblaron. Pronto, aparecieron sus ojos borrosos.
Era de un azul turbio, como un lago brumoso.
—Mmm. Curiosa coincidencia.
Un destello de interés apareció en los ojos de Lehir. Le resultaba curioso que el recipiente que había encontrado se pareciera al dueño del alma. Le pareció una señal de que todo iría bien, lo que le produjo una sensación de satisfacción. Lehir tomó la muñeca huesuda del niño. El pulso era muy débil.
—El momento de la muerte no está lejos.
Luego susurró palabras de maldición como si estuviera cantando.
—Ríndete pronto, pequeño. Será más fácil si te rindes. Deja de aferrarte a tu vida sin valor y muere. Haré buen uso de tu cuerpo.
Como si esa fuera la señal, el niño, que había estado temblando débilmente, se desplomó y exhaló su último aliento.
—Muerto.
Tras confirmar que el corazón se había detenido por completo, Lehir extrajo un fragmento del alma de Julios. Luego, presionó firmemente el fragmento contra el cuello del niño. Aunque el alma había abandonado el cuerpo, este aún conservaba un rastro de energía vital, lo que lo convertía en el momento perfecto para infundir el alma en el cuerpo.
—Abre los ojos, mi viejo juguete.
Con el susurro de Lehir, el fragmento de alma se filtró lentamente en el cuerpo del niño. Mientras el fragmento se absorbía parcialmente en la piel, el frágil cuerpo se estremeció como si convulsionara. Esto sucedió porque el cuerpo estaba rechazando el alma.
—Una lucha tan inútil.
Anticipándose a esto, Lehir soltó una risita y apretó con fuerza el delgado cuello. Sus ojos verde oscuro brillaron con crueldad. Para dominar por completo el alma, le infundió poder oscuro. Aunque la expresión del niño no cambió, era como si pudiera oír el grito de su alma.
—La resistencia es inútil, Julios. Tu destino ya está sellado.
El pequeño cuerpo se movió con más violencia. Pero aplastado por la mano y el poder oscuro de Lehir, no pudo moverse ni un centímetro. Al ver esto, Lehir soltó una carcajada jubilosa.
—Sí, esto es. ¡Esto es!
Ningún ser humano podía resistir su poder. Sin embargo, aún así no podía rendirse. Debió haber presentido cómo sería utilizado.
—Sí. ¡Sigue resistiendo! ¡Más, más!
De todos modos, resistirse sería inútil. Solo aumentaría el dolor. Sabiendo esto, la incapacidad de Julio para detenerse llenó de júbilo a Lehir.
—Es sublime. Perfecto. Hacía tanto tiempo que no sentía esto.
El dolor de Julios, un alma que brilló con más intensidad incluso en la eternidad, era inquietantemente dulce.
Era mucho más intenso que el dolor de otros seres humanos.
En ese momento, la alegría fue tan abrumadora que casi olvidó que había perdido todas sus alas en tan solo unos días.
Y finalmente, las mejillas del niño, que claramente había muerto, comenzaron a recuperar el color.
Mientras las pestañas plateadas se humedecían con las lágrimas, el frágil cuerpo se desplomó. Al percibir el débil pulso, como el de un pajarito revoloteando, Lehir estalló en carcajadas.
Poco después de que apareciera el pilar de luz, el interior del palacio imperial también se sumió en el caos. Todos en el palacio temblaban de miedo, al igual que la gente en la plaza.
—¡Diosa, por favor, perdónanos la vida!
Temían una catástrofe aún mayor, pues habían presenciado de cerca las locuras del príncipe y la princesa. En medio de todo esto, el pilar desapareció y una luz blanca se dirigió rápidamente hacia el palacio. Acto seguido, se adentró en Leticia, penetrando en su cuerpo.
Leticia, que había estado ayudando a restaurar el palacio con el poder de la diosa, miró su cuerpo con confusión.
—¿Ah?
—¡Señorita Leticia! ¿Se encuentra bien?
—¡Señorita Leticia! ¿Está herida en alguna parte? ¡Déjeme revisarla!
—¡Señorita Leticia!
Mientras Leticia estaba aturdida, las alas a su alrededor bullían de actividad.
Kaylas quería comprobar el estado de Leticia con sus poderes curativos, Noel había arrastrado al médico del palacio por el cuello, Ahwin observaba atentamente al médico mientras examinaba a Leticia, y Calisto, con los brazos cruzados, supervisaba todo.
Incluso en medio de toda esta conmoción por su bienestar, Leticia no lograba comprender la realidad.
Se sentía muy extraña.
Tenía la sensación de que algo muy importante la esperaba. Ella simplemente no sabía qué era.
—El cuerpo de la santa está en perfectas condiciones. De hecho, ¡goza de muy buena salud!
Cuando el médico del palacio concluyó su examen, Leticia recobró el sentido. Lo primero que dijo fue:
—¿De dónde salió esta luz?
—Desde el templo contiguo a la plaza. Allí apareció el pilar de luz, se transformó en una esfera y luego entró en el cuerpo del santo.
—Tengo que ir allí.
—¿Qué?
—Necesito ir a ese templo ahora mismo. Hay algo muy importante allí.
—Pero, santa, deberías descansar y controlar tu estado un poco más…
—Conozco bien mi cuerpo. Tengo que irme ya. Debemos actuar antes de que sea demasiado tarde. ¡No hay tiempo!
No sabía exactamente por qué tenía que ir al templo, pero sabía que tenía que hacerlo. Era un presentimiento instintivo.
Sintiendo urgencia, montó a caballo y salió disparada. La gente se apartó al verla acercarse, pegándose a las paredes para despejar el camino. A pesar de esto, muchos vitorearon a Leticia.
—¡Larga vida a Lady Leticia!
—¡Larga vida a la nueva santa!
Leticia no sintió alegría alguna por los vítores que le dedicaban. Al contrario, se sintió ansiosa e inquieta. Temía perderse algo realmente importante.
—Saludos, santa.
En cuanto llegó al templo, los caballeros reales hicieron una profunda reverencia.
—La princesa está dentro. Por aquí, por favor.
El caballero condujo rápidamente a Leticia al interior. Siguiéndolo, Leticia se apretó el corazón, que latía con fuerza.
«¿Por qué me siento así?»
Su corazón latía con fuerza, como si fuera a estallar. Sentía que de repente iba a romper a llorar.
—¡Snif! ¡Irene! ¡Te has convertido en un ala! ¡¿Cómo pudiste convertirte en un ala?!
—Por aquí.
Lo primero que vio fue al doctor abrazando a Irene y llorando desconsoladamente.
—¡Qué bueno que te hayas convertido en un ala, pero papá está tan triste! ¡Un ala! Me alegra que te hayas vuelto más fuerte, ¡pero estoy tan triste! ¡Buuuu!
—A ese tipo, de verdad que no hay nada que hacer.
A continuación, apareció la princesa, sacudiendo la cabeza con los brazos cruzados.
—¿Qué podemos hacer? Es el hombre que incluso huyó porque no quería involucrarse con Su Alteza. Aceptar que su hija se convierta en su ala debe ser difícil.
Al pasar junto a Julia, que sonreía radiante, se encontró con Dietrian, su esposo. El hombre al que amaba estaba justo delante de sus ojos. Leticia se quedó paralizada. Fue como si el tiempo se hubiera detenido en el mundo entero. Dietrian, que había estado observando al doctor que lloraba, frunció el ceño.
—Tenemos que informar a Leticia sobre el nacimiento de un nuevo miembro de la familia.
—Alguien fue a la capital… deberían llegar pronto, ¿verdad?
—Me preocupa que se haya asustado con el pilar de luz.
—Oh, vamos. Es menos sorprendente que ver a Su Alteza aquí.
—…No estoy seguro.
—¿De verdad os vais a ir antes de que llegue Leticia?
—Por el momento.
—¡Dios mío! ¿Por qué dudáis tanto?
—Porque no lo soporto.
—¿El qué?
—Puede que llegue un momento en que tenga que aguantar por el futuro, pero no lo soporto.
—Os preocupáis demasiado. Aunque Su Alteza se enfade con vos después, ese no es mi problema. No siempre puedo ponerme de vuestro lado ahora que soy un simple miembro de la tripulación.
¿Acaso el espíritu del viento había percibido su deseo? Le había transmitido su conversación. Incapaz de soportarlo más, se dirigió rápidamente hacia Dietrian.
—En realidad lo preferiría. De todos modos, primero debo irme de aquí…
Dietrian dejó de hablar de repente. Leticia aceleró el paso. Julia, que estaba de pie enfrente, miró a Leticia y exclamó.
—¡Oh, qué oportuno…!
La perspicaz Julia se detuvo allí y retrocedió rápidamente. Leticia corrió hacia Dietrian y lo abrazó con fuerza, rompiendo a llorar.
—¿A dónde crees que vas…?
Capítulo 200
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 200
La esfera de luz se fue agrandando poco a poco. Pronto se elevó lentamente. El jardín, que había estado sumido en la oscuridad, se iluminó cada vez más.
—Ah. Ah.
Della retrocedió tambaleándose. Incluso viéndolo con sus propios ojos, apenas podía creerlo. Jadeando, bajó la mirada instintivamente hacia sus manos. Luego abrió los ojos de par en par.
¡Sin sombras!
Sus manos eran de un blanco inquietante. No se veía ni una sola sombra. Incluso las partes que deberían haber estado a la sombra estaban brillantemente iluminadas.
«De ninguna manera».
Della se desplomó al suelo. Todo era luz. Todas las sombras habían desaparecido. ¡No quedaba ni una pizca de sombra! Eso significaba…
«¡No puedo usar ningún poder!»
Eso significaba que le habían arrebatado todo su poder mientras aún estaba viva. Della alzó la mirada temblorosa.
Las bestias, que habían estado mirando la luz con asombro al igual que Della, recobraron la compostura. Sobresaltadas por la repentina desaparición de las sombras, miraron a su alrededor y, en algún momento, se detuvieron. Entonces, todas miraron fijamente a Della.
Fue una orden de la princesa. En el paisaje iluminado por una luz blanca, las bestias mostraron sus colmillos amenazadoramente.
—No, no, no.
El terror a la muerte la invadió en un instante. Della retrocedió, aún sentada. Pero ya era demasiado tarde. El horror llenó sus pupilas. En un instante, su visión se volvió negra.
—¡Aah…!
Las bestias se abalanzaron sobre Della, y su cuerpo se desplomó hacia adelante.
Sus gritos pronto fueron ahogados por los rugidos de las bestias. El sonido de algo siendo desgarrado y roto resonaba sin cesar. En cierto momento, los gemidos de Della cesaron abruptamente. Aun así, el sonido de las bestias masticando continuó.
La princesa desmontó apresuradamente de la bestia. Corrió hacia Irene, que estaba sentada aturdida, mirando fijamente la esfera de luz.
—Niña, debiste de estar muy asustada, ¿verdad?
Hacía apenas un instante, la princesa había ordenado la muerte de Irene, por lo que su voz estaba llena de remordimiento.
—Soy Dana. ¿Cómo te llamas?
La princesa lo pidió amablemente, haciendo una señal a las bestias que la rodeaban. Las bestias gigantes se movieron rápidamente para interponerse entre Della e Irene.
—Hija, hace demasiado frío aquí, ¿verdad? Vámonos a otro sitio.
La princesa tomó rápidamente a Irene en brazos. El sonido de la muerte de Della no era algo que una niña pudiera oír. Al moverse con rapidez, Irene reaccionó de repente y miró a la princesa.
—¿Quién eres? —Al preguntar, sus ojos se abrieron de par en par con sorpresa—. ¿Ah? Tienes los mismos ojos que Su Alteza el príncipe.
—¿Príncipe? ¿Cal? ¿Estás hablando de Cal?
Irene miró fijamente a los ojos de la princesa como hipnotizada. Aunque grises, se parecían a los de Calisto, que eran como joyas misteriosas. Una mujer con ojos iguales la sostenía. Los ojos de la princesa brillaban con una luz peculiar.
—Niña, tú conoces a Calisto.
—Sí.
Irene asintió, con las mejillas ligeramente sonrojadas. La princesa irradiaba una dignidad y una gracia similares a las del príncipe.
«Parece una princesa».
Tras haberse aficionado recientemente a los cuentos de hadas de princesas, su corazón latía aún más fuerte.
—Lo conocí una vez, no, lo conocí, lo conocí…
—¿Os conocisteis?
—¡Sí!
Con dificultades para comprender los títulos honoríficos desconocidos, Irene asintió rápidamente. La princesa soltó una carcajada. A pesar de ser su primer encuentro, la inocencia de Irene resultaba absolutamente encantadora.
—Calisto es mi hermano. No es de los que mantienen a la gente muy unida, así que es toda una coincidencia que lo hayas conocido.
—Lo conocí cuando vivía con la santa.
—¿La santa…? —La princesa se quedó perpleja y le preguntó a Irene para asegurarse—. ¿Te refieres a la reina consorte, no, a Santa Leticia?
—¡Sí!
La inocente respuesta hizo que la princesa reprimiera un jadeo.
«Casi mato a una niña que vivía con la reina consorte».
Estuvo a punto de cometer un grave error.
«Si esa luz no hubiera aparecido, Irene habría muerto».
La esfera de luz, que antes tenía la altura de una persona, se había encogido hasta alcanzar el tamaño de un globo.
«La diosa debió de intervenir».
La princesa, agradecida una vez más por este acontecimiento milagroso, miró a Irene.
—Pero, hija mía, ¿sabes cómo apareció esa luz?
—¿Esa luz? Es… —Irene sonrió radiante—. ¡Es mía!
—¿Qué?
—¡La diosa dijo que es mía!
En ese instante, el globo ligero se encogió hasta alcanzar el tamaño de una canica. Revoloteó hacia Irene y se acomodó en la palma de su mano.
—¿La luz es tuya?
—¡Sí! Tanto la luz como la sombra, todas son mías. ¡Las sombras existen gracias a la luz!
Los ojos de la princesa se abrieron de par en par, sorprendida. El poder de la luz otorgado por la diosa en un momento de crisis.
¡Esto significaba que una nueva ala había nacido ante sus propios ojos!
Justo después de que Irene despertara como el ala de luz y derrotara la sombra de Della, Julia también fue elegida por la diosa como el ala de protección.
Los cadáveres invocados por Seidel no pudieron resistir la espada de Julia, dotada de poder protector. Se abalanzaron con ferocidad, pero antes de que la espada los tocara, sus cuerpos se convirtieron en polvo negro y se dispersaron en el aire.
El cadáver se tambaleó con un gemido de dolor. Julia aprovechó la oportunidad y lo decapitó de un solo golpe.
Con un grito escalofriante, el cadáver se tornó negro por completo. Se puso rígido un instante y luego se desintegró rápidamente en polvo negro. Julia arrugó ligeramente la nariz ante el hedor que le llegó. Con la espada en la mano, se dirigió al doctor, que seguía llorando.
—Doctor, ya pasó. Puede levantarse.
—Uf. Es injusto. No puedo morir así. Ni siquiera he visto a Irene casarse. ¡Qué pena!
El doctor seguía creyendo que estaba muerto. Parecía que tardaría en darse cuenta de lo contrario. Dejando al Doctor como estaba, Julia buscó a Dietrian.
—¿Dónde está Su Alteza?
—¡Ahhh!
Como si fuera una señal, el grito de Seidel resonó. Un aura negra atravesó el hombro y la parte superior del cuerpo de Seidel.
—¡Aaah! ¡Aaack!
Seidel soltó su espada y se agarró el hombro. La sangre brotaba sin cesar de las heridas infligidas por el aura.
—¡Aaah! ¡Me duele, me duele!
Aunque Seidel carecía de emociones, podía sentir dolor. De hecho, precisamente por carecer de ellas, el dolor era aún más aterrador. Este dolor despertó sentimientos que creía extintos hacía mucho tiempo.
—¡Voy a matarte!
Seidel gritó con los ojos inyectados en sangre. Dietrian fue el primero en acorralarla así. Solo tenía un pensamiento: debía matarlo.
«¡Pase lo que pase, debo hacerlo!»
Simultáneamente, su poder como ala se extendió por todo el templo. Intentó invocar cualquier cadáver en descomposición enterrado en su interior. Desafortunadamente para Seidel, su intento fue inútil. Julia, al percatarse de la propagación del poder oscuro, rodeó inmediatamente la zona con su poder protector.
—¡Por qué, por qué…!
Impactada por la repentina pérdida de poder, Seidel abrió los ojos de par en par. La barrera azul oscuro bloqueaba su poder. Al mismo tiempo, el aura negra la atravesó. Ese fue su fin. ¡Pum! Dietrian la observó caer con frialdad antes de envainar su espada. Julia se acercó con una sonrisa.
—Como era de esperar, sabía que terminarías rápido.
—Si hubiera estado solo, habría tardado mucho más.
Dietrian bajó la guardia para asegurarse de que Seidel estuviera realmente muerta. Luego, observó con curiosidad la luz azulada que emanaba de la vaina de Julia.
—¿Es un poder otorgado por la diosa?
—Oh, lo reconocisteis de inmediato.
—Te vi lidiando con los cadáveres hace un rato.
Los cadáveres corrompidos se desmoronaron en polvo al contacto con el aura azul. Pero no fue solo eso. Cuando Julia creó la barrera, la espada de Seidel flaqueó durante su lucha contra Dietrian. Además, en el sueño de Gilead, vislumbró un futuro con alas.
—Solo queda un ala. Enhorabuena, Santa.
Por lo tanto, a Dietrian no le resultó difícil darse cuenta de que Julia había despertado como portadora de alas.
—Se siente completamente diferente al aura. Mucho más puro.
—Lo llaman el poder de la protección.
—El poder de la protección, sin duda.
El poder de la protección. Una fuerza para salvaguardar algo. Era un poder apropiado para Julia, que había dedicado su vida a proteger el castillo real.
«Quizás también podría proteger a Leticia».
Tras haber visto la fortaleza de Leticia con sus propios ojos, su corazón, antes ansioso, se sintió un poco más tranquilo. Fue entonces.
—¡Su Alteza!
Julia exclamó sorprendida. Dietrian se giró, sobresaltada, y vio su rostro resplandeciente de luz blanca. No muy lejos, una enorme esfera de luz se elevaba lentamente hacia el cielo.
—¿Qué, qué es eso?
Dietrian no pudo adivinar la naturaleza de la luz. Aunque era suave y tenue, no pudo bajar la guardia por completo. Corrió rápidamente hacia el doctor, que se había desmayado, y lo ayudó a levantarse.
—Doctor, tiene que levantarse. Debemos abandonar este lugar.
—Uf, Irene, oh, ¿qué, qué es eso…?
El doctor, que había estado sollozando, levantó la cabeza. A través de sus gafas torcidas, miró aturdido la esfera de luz que iluminaba intensamente el templo.
Mientras tanto, la esfera de luz creció y se elevó aún más. Impulsada por el viento, ascendió para iluminar no solo el templo, sino toda la capital. Al tocar las nubes, se convirtió en un brillante pilar de luz que iluminó el mundo entero.
Fue un espectáculo increíble. Como una diosa descendiendo, el enorme pilar de luz unía la tierra y el cielo. Todos en la capital que presenciaron esta asombrosa escena quedaron atónitos.
—¡Es el poder de la diosa!
—¡Un ala ha despertado!
—¡El ala de luz, es el ala de luz!
Las personas que se habían quedado paralizadas comenzaron a despertar de su estado de shock una a una. Empezaron a inclinarse con una mezcla de asombro y temor instintivos.
Mientras todos veneraban el poder de la diosa, uno permanecía erguido, mirando fijamente al pilar con odio. Lehir, o mejor dicho, la oscuridad que había consumido a Lehir.
«Seidel y Della han muerto».
Las dos alas que le quedaban se habían desvanecido con suma facilidad. Era como tragar lava fundida. Horrible y espantoso. El pilar de luz parecía advertirle: «No te atrevas a codiciar mi tierra. No puedes hacer nada».
«No me hagas reír».
Lehir comenzó a reírse entre dientes. Luego se detuvo bruscamente y habló con una mueca.
—Todavía me queda una carta por jugar.
El ser humano más querido de Sigmund, y por lo tanto el más desdichado, el más miserable. El alma del príncipe fallecido, Julios.
Athena: Aaaah… así que el alma que se quedó es la de Julios. Bueno, clarísimo que Julios va a ser la novena ala. Es el que queda y siempre fue importante. Me cuadra con que también sea un ala porque al final con sus visiones y decisiones fue que comenzó todo.
Y así… también volvería. Esta vez entero.
Capítulo 199
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 199
Tras escapar por los pelos de su padre alcohólico, vivió como una huérfana en la calle. Una vida de apenas sobrevivir día a día, como un gato callejero. No tenía esperanza.
Entonces, gracias a Mano, ella siguió el camino de un caballero.
Para ella, el castillo real del Principado era un segundo hogar y una tierra de oportunidades. Amaba sinceramente el castillo real, e incluso se ofreció como voluntaria para realizar tareas de vigilancia.
La mayoría de sus compañeros preferían las fronteras, donde podían alcanzar grandes logros, pero Julia no. La gente del castillo era su familia, aunque sin lazos de sangre. Quería dedicar su vida a protegerlos.
Para lograr su sueño, perfeccionó sus habilidades cada día.
Se convirtió en la comandante más joven de la orden de caballeros Zenos en la historia, no por un talento innato sino por su esfuerzo incansable.
Entonces, una crisis sacudió su vida.
Heden. El día que Tenua atacó a Leticia.
Sus esfuerzos de toda la vida fueron inútiles ante la abrumadora diferencia que suponían las alas.
Solo pudo observar cómo moría su compañero, Barnetsa. Era enloquecedor, horrible.
Por suerte, la batalla terminó en victoria. Barnetsa fue elegida como el ala de la diosa. Gracias a esto, pudo proteger a todo su pueblo.
—¿La diosa te eligió como un ala? ¿A ti? ¿Incluso como el ala de la purificación? ¿Has oído mal?
—Ja, la diosa tiene buen ojo para la gente.
Se sintió aliviada, aunque un poco decepcionada.
Barnetsa fue el elegido, pero ¿por qué no ella?
¿Qué le faltaba? ¿Quizás se debió a una menor desesperación en comparación con Barnetsa?
No se trataba de celos mezquinos.
Quería ser fuerte porque se dio cuenta de su propia debilidad.
No importaba de quién fuera el poder, siempre y cuando ella pudiera ser fuerte.
Ella no quería volver a perder a nadie. Quería proteger a todo el mundo hasta convertirse en una anciana risueña y parlanchina.
—Julia, ¿puedes ver al espíritu del fuego? ¡Guau, qué increíble! Los espíritus suelen ser invisibles para los ojos de la gente común. Cuanto mayor sea el poder de la santa o el poder divino, más claramente podrán ver a los espíritus.
—Jaja, no hay manera de que una persona del Principado como yo tenga poder divino. Tal vez sea porque Su Alteza se está volviendo más fuerte y estoy siendo influenciada.
—Julia también debe tener algo especial. Espero que ese poder te ayude mucho algún día.
A pesar de su firme propósito de no volver a perder a nadie, Julia fue derrotada por Seidel.
Una vez más, su oponente era un ala.
Lo positivo fue que, en esta ocasión, protegió a la persona que tenía que proteger.
A diferencia de Leticia, a quien no pudo proteger a tiempo, el médico escapó sano y salvo. Incluso mientras agonizaba, eso le brindó un pequeño consuelo.
En su conciencia menguante, pensó.
«Si hubiera sido un poco más fuerte, ¿habría podido derrotar al ala? ¿Habría podido sobrevivir? ¿Habría podido proteger el castillo real del Principado hasta el final...?»
En ese momento, se escuchó una voz extraña.
—Julia de Zenos. Tu deseo me ha alcanzado. Mi poder y tu dolor, nuestra desesperación compartida, debieron ser suficientes. Si de verdad lo deseas, te concederé poder. Igual que cuando elegí a nueve hace mucho tiempo. Igual que tu camarada aceptó mi oferta y se convirtió en un ala.
Al escuchar la voz, Julia murmuró con expresión inexpresiva:
—¿Por qué yo, de entre todas las personas?
—Porque estás desesperada. La desesperación hace que cualquiera sea especial. Además, la sangre de mis hijos corre por tus venas. Uno de tus antepasados lejanos debió ser sacerdote. Pero eso no importa. La sangre de los sacerdotes está por todas partes. Solo nueve son elegidos para convertirse en alas. A ti, que has protegido con lealtad el castillo real del Principado durante toda tu vida, quiero confiarte el poder de proteger a mi hija. ¿Aceptarás mi mano? El poder de alejar todo mal. Ese es el poder otorgado a la nueva ala.
Julia aceptó ese poder.
Con su nuevo poder, Julia repelió fácilmente al lobo.
El lobo, recuperando la compostura, se abalanzó de nuevo sobre el doctor, ¡pero pum! Fue rechazado una vez más por una barrera azul que se encontraba frente al médico.
El médico parpadeó confundido. Rápidamente se giró para mirar a Julia.
—Caballero, ¿usaste magia?
Julia, sin responder, tocó suavemente la barrera que había creado. Una suave onda se extendió, como si rozara la superficie del agua.
Una imagen le vino a la mente de forma natural. Imaginó que esa barrera crecía lo suficiente como para cubrir todo el castillo real del Principado.
Ninguna fuerza maligna jamás cruzaría los límites del castillo.
Su pueblo siempre estaría a salvo bajo el poder de la protección.
—Diosa, muchísimas gracias.
Un poder tan hermoso y dulce. Su corazón se llenó de alegría.
«Por cierto, si ibas a hacerme un ala, podrías haberlo hecho cuando Barnetsa se convirtió en ala…»
Al pensar que morir y volver a la vida dos veces era algo que no podría repetir, Julia sonrió.
Entonces, ella se abalanzó inmediatamente sobre el lobo.
Mientras tanto, retrocediendo en el tiempo, cuando comenzó la batalla entre Dietrian y Seidel y el doctor acababa de ayudar a la caída Julia a levantarse, la princesa, que había estado persiguiendo a Della montada en una bestia demoníaca, finalmente divisó a su objetivo.
Una figura esbelta con armadura blanca de caballero sagrado se mueve con rapidez.
Sin duda era Della.
—¡Un poco más rápido!
A la orden de la princesa, la bestia demoníaca golpeó el suelo con más fuerza. La velocidad era vertiginosa, haciéndole sentir como si sus entrañas volaran por los aires. La princesa, que hacía apenas unos instantes había sentido repulsión por los dos cuernos, los agarró y estalló en carcajadas.
—¡Muy bien, cachorro! ¡Vamos a demostrarle a esa ala falsa lo aterradora que puede ser un ala resucitada!
Al mismo tiempo, el suelo a ambos lados de la bestia que cargaba se elevó. Asomaron cuernos afilados que se movían velozmente. La princesa había invocado a otra bestia demoníaca.
—Vamos, mis amores. ¡Rápido, traedme esa ala falsa! ¡Vamos!
—¡¿Qué…?!
Della, que había estado siguiendo los pasos de Irene y Dietrian, se giró sorprendida. La princesa, adornada con joyas brillantes y un vestido, se acercaba con los ojos centelleantes. Parecía la reina de los demonios.
—¿La princesa Dana? ¿Qué hace aquí la princesa? ¿Cómo se acercó tanto?
—¡Jajaja!
Ante la risa alegre de la princesa, el rostro de Della reflejaba consternación. Una lucha entre alas. No tenía confianza en sí misma.
«¡La princesa Dana es una auténtica diva!»
Además, la princesa era la sexta del ala, y ella la séptima. También estaba por debajo en la jerarquía. Della se mordió el labio, recordando cómo Kuhn, el ala superior, la había humillado en el pasado.
«Defenderme sería una muerte inútil. ¡Primero necesito escapar! ¡Tengo que usar el poder de mis alas!»
Se detuvo bruscamente. Al volverse hacia la princesa, invocó el poder del ala. El aire vibró con un zumbido profundo y las hojas circundantes temblaron. Las sombras en el suelo comenzaron a extenderse como pintura.
—¡Mátalos a todos! ¡Rápido!
El pantano de sombras se alzó, formando una legión que se plantó ante Della.
—¿Estás fingiendo? Bueno, eso lo hace más divertido. ¡Sería demasiado aburrido si fuera demasiado fácil!
La princesa rio como una villana mientras desataba su poder. Las bestias demoníacas dispersas por el templo dirigieron su atención a su orden. Poco después, bestias demoníacas posadas en los muros exteriores del templo alzaron el vuelo, y bestias de nivel medio cruzaron por encima de los muros. Bestias que fingían ser plantas se deslizaban con sus raíces. Della, al ver a las bestias revelarse una por una, gritó:
—¡No me subestimes! ¡La noche es tiempo de sombras!
No fue solo bravuconería. La vez que Kuhn la dominó fue durante el día.
Las sombras, bajo la brillante luz del sol, no pudieron resistir los ataques de las bestias y cayeron.
Pero ahora era de noche. La luz era tenue y las sombras profundas; era la hora de la oscuridad. Además, la princesa se había convertido en ala hacía poco tiempo.
Ella aún no estaría acostumbrada a usar su poder.
—Princesa Dana. ¡Haré que te arrepientas de haber vuelto de entre los muertos!
Simultáneamente, las bestias demoníacas que desgarraban el suelo se abalanzaron sobre Della.
—¡Detenla!
La sombra de una estatua se movió lentamente y golpeó a una bestia. ¡Pum! Con un sonido como el de un garrote metálico, la bestia salió disparada. Esa fue la señal para que comenzara la batalla.
Las bestias demoníacas surgieron sin cesar del suelo. La sombra de la estatua seguía golpeándolas. Una rama negra se extendió y agarró la pierna de la bestia como un látigo.
Algunos fueron arrastrados, y otros destrozaron las sombras.
La sombra lanzó un grito de dolor y se desvaneció. Otra sombra ocupó rápidamente su lugar, y la bestia volvió a morderla. Bestias y la legión de sombras. A primera vista, parecía una contienda igualada, tal como Della esperaba.
Pero al examinarlo más de cerca, no era así. La expresión inicialmente complacida de Della se fue transformando gradualmente.
—¡Los de nivel medio ni siquiera se han unido a la lucha todavía!
Esperaban la orden de la princesa, observando la lucha entre bestias y sombras. La princesa observaba desde el punto más alto entre las bestias, sonriendo a Della. Esa sonrisa parecía burlarse de ella, y Della no pudo contener su furia.
—No me subestimes. ¡Tu decisión te llevará a la tumba!
La princesa, en efecto, había invocado a una enorme cantidad de bestias. Mucho más fuertes que Kuhn. Sin duda era impresionante, pero la princesa pasó algo por alto.
«¡Cuantas más bestias haya, más sombras habrá!»
Sin embargo, había un problema. Todavía no tenía el poder suficiente para controlar todas esas sombras simultáneamente. Aún no era un ala de verdad.
—Tengo que encontrar una solución, de alguna manera. Si no, ¡Lord Lehir me matará…!
Mientras pensaba esto, Della hizo una pausa. El nombre Lehir le hizo pensar de repente en un plan plausible.
—La niña que Lord Lehir ordenó matar. Esa niña debe estar cerca.
Della ordenó rápidamente a las sombras más cercanas.
—Dispersaos por todo el templo ahora mismo. Encontrad a la niña que buscaba el Señor Lehir y traedla ante mí. ¡Date prisa!
Para evitar que se descubriera que algunas sombras habían desaparecido, Della reunió sus últimas fuerzas para invocar más. Usar demasiado poder a la vez comenzó a sobrecargar su cuerpo, pero no tenía otra opción.
—Sobreviviré y saldré de aquí. ¡Entonces me convertiré en una verdadera ala!
Della siempre había sido un ala incompleta y, como consecuencia, las demás alas la habían ignorado toda su vida. Era humillante e indignante, pero tenía que aceptarlo. El orden de las alas nunca cambiaba hasta que una moría. A menos que ocurriera el milagroso suceso de que todas las alas superiores desaparecieran, tendría que vivir en el olvido hasta su muerte.
«¡Pero ese milagro sí ocurrió!»
Calisto, la primera ala, traicionó a Josephina, y Tenua, la segunda ala, murió. El tercer y cuarto ala, Ahwin y Kaiyas, se aliaron con Leticia. La quinta ala, Lansen, murió quemado, y Kuhn fue aplastado bajo el templo que se derrumbó, sin dejar rastro de su cuerpo.
«¡Tengo la oportunidad de convertirme en la primera ala!»
Si pudiera escapar de este lugar, si pudiera matar a ese niño, si pudiera regresar a Lehir, ¡podría convertirse en la primera ala!
—Papá, quiero ver a papá…
La sombra finalmente encontró a Irene. La puerta de la sala de oración estaba bien cerrada, pero la sombra pudo colarse por la rendija.
—No te preocupes, niña. ¡Pronto te dejaré ver a tu papá! ¡Cruzarás el río de los muertos de la mano! ¡Jajaja!
Della rio maniáticamente, agarró a Irene por la nuca y la levantó en brazos.
—¡Princesa Dana! ¡Detén el ataque de inmediato! ¡Retira a tus bestias! Si no lo haces, ¡mataré a este niño ahora mismo! ¡Seguro que tú, como ala de la diosa, no ignorarías la muerte de una niña inocente!
La risa de la princesa se detuvo bruscamente. Miró horrorizada a Irene, a quien Della sostenía en brazos. ¿Por qué había una niña en el templo? ¡Había oído que la búsqueda había terminado! La princesa fulminó a Della con la mirada.
—¡Esa miserable humana! ¿Cómo te atreves a tomar a un niño como rehén? ¿Un humano que una vez lideró la orden de caballeros sagrados que servía a la diosa? ¿Crees que morirás en paz después de cometer semejante acto? ¡Maldita seas!
La princesa profirió maldiciones inconcebibles. Las bestias que la rodeaban, reaccionando a sus emociones, resoplaron. Algunas casi se abalanzaron sobre Della.
—¡Alto! ¡No des ni un solo paso hasta que yo te lo ordene!
Las bestias se detuvieron. Della le puso la espada en el cuello a Irene y rio histéricamente.
—¡Jajaja!
En efecto, los verdaderos sirvientes de la diosa eran necios. Fueron necios y por eso perecieron, perdiendo sus puestos ante impostoras como ella. Incluso ahora, su compasión los estaba llevando a cometer errores.
—¡Princesa Dana! Te doy treinta segundos. Sal de aquí inmediatamente. Si no lo haces, ¡le cortaré la garganta a este chico!
—¡Haz lo que quieras! —En ese momento, la princesa habló—. ¡Mata o perdona a la niña, haz lo que quieras!
—¿Qué?
—¡Pero! —La princesa rugió ferozmente—. Por cada gota de sangre que derrame esa niña, te la grabaré en el cuerpo. ¡Sabes que la nueva santa ha adquirido el don de la sanación! Se lo pediré personalmente a la santa. ¡Hasta mi último aliento! ¡Te mataré cada día, una y otra vez!
—¿Qué, qué dijiste?
—Toma tu decisión. Mata a la niña y enfréntate a mi ira y agonía, o déjala ir y muere de una muerte menos dolorosa. ¡Tú decides qué es mejor!
El plan de Della no era malo. Habría funcionado si su oponente hubiera sido otra facción. Pero la princesa no era una facción cualquiera. Había vivido toda su vida como heredera de la familia real. Liderar una nación requería estar siempre preparada para la batalla, ya fuera contra enemigos internos o invasores extranjeros.
Uno de los principios más cruciales en tales batallas era nunca perder el impulso. Incluso si la espada del oponente estaba a punto de llegar a tu garganta, mantener la compostura te daba una oportunidad. Y otro principio era:
«Un gobernante debe ser despiadado».
Un gobernante no debe temer el sacrificio de unos pocos por el bien común. Dejar ir a Della solo provocaría más muertes. Recordando todo lo que había aprendido a lo largo de su vida, la princesa miró fríamente a Della. Solo sentía lástima por Irene, a quien Della sostenía en brazos.
—Chica, lo siento. En nombre de la familia real, pagaré esta deuda.
Mientras se aferraba con fuerza a los cuernos de la bestia demoníaca para mantenerse firme, el rostro de Della se contorsionó demoníacamente al darse cuenta de que la princesa jamás se rendiría.
—Bien. ¡Te mataré!
—¡Nooo!
Un llanto lastimero. Y en ese instante, un destello de luz blanca brotó del pequeño cuerpo de Irene.
—¡Argh!
Della, sobresaltada, soltó a Irene y cerró los ojos con fuerza.
—¡Mis ojos, mis ojos!
Frotándose los ojos frenéticamente, Della gritó a las sombras.
—¡Atrapad a la niña, no la dejéis escapar! ¡Sin ella, estoy acabada!
Pero algo era extraño. El entorno estaba inquietantemente silencioso. No se oía ni el más mínimo ruido.
Della abrió los ojos con una sensación de hundimiento y jadeó.
Todas sus sombras habían desaparecido.
Fue debido a la enorme esfera de luz que flotaba en el aire, como si hubiera salido un nuevo sol.
Athena: Entonces Irene es… ¿luz?
Capítulo 198
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 198
Seidel, empujada por la fuerza, frunció ligeramente el ceño. Sin embargo, recuperó rápidamente la compostura y se sacudió la espada. Al instante, amplió la distancia y miró fijamente a Dietrian.
—¿Quién eres?
—Soy el señor del caballero al que intentaste matar.
—¿El señor de ese caballero? —Los ojos de Seidel se entrecerraron—. El señor de un principado caballero. Entonces, ¿podría ser?
Seidel se abalanzó inmediatamente sobre Dietrian. Sus movimientos eran tan rápidos como los de un ave de rapiña.
Dietrian apenas logró desviar la espada que apuntaba a atravesarle el pecho. La espada de Seidel se clavó en su guardia abierta como un látigo.
—Así que eres el príncipe Dietrian. Has venido a encontrar tu muerte.
—¡Doctor! ¿Qué hay de Julia?
—¡Lo comprobaré inmediatamente!
Seidel miró de reojo la voz familiar. El médico que había atraído a Julia antes ahora la llevaba en brazos. Seidel entrecerró los ojos.
—¡No tienes tiempo para apartar la mirada!
Dietrian volvió a apuntar al hombro de Seidel, de pie frente al doctor y Julia. Seidel frunció ligeramente el ceño mientras desviaba la espada de Dietrian.
Dietrian siguió la trayectoria de su espada deslizante y asestó un tajo horizontal a la cintura de Seidel. Seidel giró en dirección opuesta a la espada que se aproximaba, esquivando el ataque.
—Príncipe Dietrian, decían que nadie en este continente podía igualar tu destreza con la espada. ¿Eso es todo lo que tienes?
Seidel esbozó una mueca de desprecio. Dietrian apretó los dientes. No tenía tiempo que perder y volvió a clavar su espada.
—¡Agh!
A pesar de su actitud fiera, Dietrian fue repelido por Seidel. La situación se mantuvo igual a partir de entonces. Cada vez que Dietrian se abalanzaba sobre Seidel, ella desviaba sus ataques sin esfuerzo y detectaba de inmediato sus puntos débiles. Dietrian apenas lograba esquivar los letales golpes de Seidel.
—Tienes bastante suerte. Pero esa suerte no durará mucho más.
—¡Cierra la boca!
—Un rey, actuando con tanta emoción. Es increíble.
—¡Te dije que se callaras la boca!
—Príncipe Dietrian, jamás me derrotarás. Las emociones son veneno. ¿Cómo puedes vencerme mientras bebes veneno?
Seidel no sentía emociones. Había sido así desde su nacimiento. Quienes la rodeaban decían que parecía un cadáver viviente. Esto le permitió convertirse en una caballera excepcionalmente hábil.
Las emociones nublan el juicio. En el campo de batalla, donde las decisiones que se toman en fracciones de segundo determinan la vida o la muerte, su naturaleza era un arma importante. Su victoria sobre Julia anteriormente también se debió a esto.
Julia protegió al doctor por impulso emocional, mientras que Seidel ignoró todo lo que Julia decía. Al final, Seidel venció a Julia. La pelea con el príncipe Dietrian terminaría de la misma manera.
—¡Alteza! ¡La caballera está sangrando demasiado! Aún se le puede detectar el pulso, pero necesita ser trasladada a un hospital de inmediato.
—Yo me encargo de este lugar. ¡Rápido, llévate a Julia!
Como era de esperar, la pelea transcurrió tal como Seidel había previsto. El príncipe Dietrian sufría numerosas heridas. Solo por pura suerte había logrado evitar lesiones mortales.
Desde el principio, la habilidad de Dietrian con la espada no estaba a la altura de la de Seidel. El rumor de que poseía la mejor esgrima del continente era claramente falso. Sus habilidades ya eran deficientes y no podía concentrarse plenamente en la lucha porque estaba preocupado por Julia. No pudo resistir los ataques de Seidel.
«Es hora de acabar con esto».
Era hora de poner fin a esta tediosa lucha. En ese momento, la postura de Dietrian vaciló ligeramente. Seidel clavó su espada en el hombro descubierto de Dietrian. ¡Clang!
«¿Qué es esto?»
Algo no cuadraba. Estaba claramente abierto, pero Dietrian logró bloquearlo por poco. Debido a su postura incómoda, la espada de Dietrian tembló. Seidel entrecerró los ojos.
«Esto se siente extraño».
La pelea ya debería haber terminado. Su espada debería haber atravesado el hombro de Dietrian y perforado su corazón. Pero seguía recibiendo golpes que la bloqueaban. El hecho de que Dietrian hubiera bloqueado su último ataque era incomprensible.
«¿Cómo lo hizo?»
Seidel intentó recordar la trayectoria de la espada que acababa de ver. Un escalofrío la recorrió. No recordaba nada. En el vacío, una espada había aparecido de repente.
«No lo vi».
Un escalofrío le recorrió la espalda. No había visto nada hasta ahora. No había visto la espada de Dietrian.
«Incluso en los ataques anteriores…»
Seidel repasó rápidamente su conversación con Dietrian. Ahora se daba cuenta de que nunca había visto realmente la espada de Dietrian. Se quedó mirando a Dietrian, sin poder creerlo.
«¿Me perdí su espada? Entonces, ¿podría ser?»
El rostro de Dietrian seguía contraído por el dolor. Seidel apretó los dientes.
Seidel apartó la espada de Dietrian y retrocedió. Ignorando a Dietrian, corrió hacia Julia y el médico.
Simultáneamente, sacó shurikens de su pecho y los arrojó. Dos shurikens y una espada volaron hacia el doctor desde distintos ángulos. El doctor, con los ojos muy abiertos, se quedó mirando las espadas que volaban por el aire.
¡Clang! ¡Clang! ¡Clang!
Antes de que el doctor pudiera ser alcanzado, los dos shurikens y la espada fueron desviados al instante. Seidel, ahora frente a frente con Dietrian, echó un vistazo a los shurikens caídos.
—Así que estabas ocultando tus habilidades.
—No apartes la mirada. Yo soy tu oponente.
Dietrian habló sin expresión. La figura que luchaba por desviar la espada de Seidel momentos antes había desaparecido.
Ojos tan serenos como un lago. Sin embargo, ocultos en su interior se encontraba la hoja más afilada del mundo.
—Príncipe Dietrian, no seas engreído. Jamás podrás derrotarme solo con la espada. Mi verdadera arma no es la espada.
—Si tuvieras el tiempo libre para recurrir a tu poder como ala. Pero parece que no tienes ese tiempo libre.
Seidel frunció ligeramente el ceño. Dietrian tenía razón. Usar su poder como si fuera un ala requería concentración. Pero no había tiempo para eso.
En cuestión de segundos, intercambiaron más de diez golpes. ¡Clang! ¡Clang! Saltaron chispas al chocar sus espadas. La compostura desapareció del rostro de Seidel, reemplazada por una mueca.
La situación había dado un giro radical. Aunque los intercambios parecían similares a los de antes, eran completamente diferentes. Mientras Dietrian ocultaba sus habilidades, Seidel ahora las demostraba con creces.
Dietrian incluso desató su aura. El aura oscura y parpadeante era tan intimidante como una antorcha. Cada vez que la punta del aura la tocaba, la sangre brotaba del cuerpo de Seidel. El dolor se reflejó en sus ojos.
«No puedo seguir luchando así. ¡Necesito tiempo!»
Solo necesitaba unos segundos. ¡Unos segundos para desplegar su poder como un ala y despertar los cadáveres enterrados! Aquello era un templo, con muertos sepultados por doquier. Si lograba despertarlos, ¡su ejército de muertos arrasaría Dietrian!
—¡Oh, caballero!
Fue entonces cuando Seidel encontró su primera oportunidad. El médico que atendía a Julia la dejó ir. La mirada de Dietrian se posó momentáneamente en Julia, que yacía inerte. Inerte, Julia parecía muerta. Los ojos de Dietrian se abrieron de par en par. Seidel no desaprovechó la oportunidad.
Justo delante del médico, la tierra se abrió. Al resquebrajarse, emergieron manos esqueléticas. El médico, que intentaba levantar a Julia de nuevo, cayó hacia atrás con un fuerte golpe.
—¡Aaah!
¡Boom! La tierra se abrió de golpe y algo oscuro surgió. El doctor se agachó por reflejo. El cadáver que se había abalanzado sobre él saltó por encima de su cabeza y aterrizó en el suelo, mostrando de nuevo sus dientes con un rápido giro.
—Graar.
—¡Un, un monstruo…!
Lo que había atacado al doctor era el cadáver de un lobo. La carne putrefacta del lobo desprendía un hedor horrible.
—¡Socorro!
El lobo se abalanzó de nuevo sobre el doctor. Este comenzó a arrastrarse como un loco. En ese instante, Julia y Dietrian desaparecieron de su mente. Solo pensaba en escapar de aquel lugar. Entonces, algo le agarró la rodilla. Era la mano de Julia.
El doctor contuvo la respiración. Un sinfín de pensamientos le invadieron la mente. El lobo era subordinado de Seidel. El objetivo de Seidel no era él, sino Julia. Si arrojaba a Julia al lobo, podría ganar tiempo. El príncipe Dietrian no podría perseguirlo mientras protegía a su subordinado. Incluso si Julia moría, Dietrian no buscaría venganza por el bien de su esposa.
Solo necesitaba escapar con Irene. Era un ciudadano común y corriente. Entenderían su decisión. Fue culpa suya por involucrar a una persona tan normal como él. Tenía que huir…
—¡Aaah!
Pero su cuerpo tomó otra decisión. Gritando, agarró un shuriken del suelo y golpeó la cabeza del lobo. El lobo retrocedió con un gorgoteo al recibir el impacto en el cráneo. El doctor se paró frente a Julia, blandiendo el shuriken con furia.
—¡Piérdete! ¡Monstruo! ¡Aléjate de mí!
El doctor pensó: «Esto es una locura. Debo haber perdido la cabeza. ¿Cómo podría alguien como yo intentar luchar contra semejante monstruo? ¡Seré destrozado en un instante!»
¡Irene!
Pero no pudo evitarlo. No podía traicionar de nuevo a su benefactor. Si lo hacía, no podría mirar a su hija a la cara. El doctor derramó lágrimas como si fueran excremento de gallina.
—¡Maldita sea! Si hay una diosa, ¡ayúdame! ¡Esto es un templo! ¿Por qué no haces nada mientras estos bastardos campan a sus anchas? Si tienes nombre de diosa, ¡cumple con tu deber! Si has recibido ofrendas, devuélvelas… ¡Uf!
A pesar de su súplica desesperada, la diosa lo ignoró. El lobo, saltando, inmovilizó al doctor. Saliva putrefacta goteó sobre su rostro. Pateó la espalda del lobo con sus zapatos, mientras luchaba por apartar la mandíbula viscosa con la otra mano.
—¡Aaaargh!
En ese instante, se escuchó un grito aterrador. Era diferente del gruñido del lobo, pero igual de escalofriante: un alarido bestial.
El lobo, que estaba a punto de devorar al doctor, levantó rápidamente la cabeza. Miró en dirección al sonido como si estuviera evaluando la situación, y luego mostró los dientes amenazadoramente.
—Grrrr… ¡Groar!
En respuesta al grito, otro alarido bestial resonó. Esta vez, fue más fuerte y formidable. El lobo se estremeció, aparentemente intimidado.
«¡Esta es mi oportunidad de escapar!»
El doctor usó todas sus fuerzas para apartar al lobo. Gateando frenéticamente, agarró el tobillo de Julia. Si no podía sostenerla, al menos la arrastraría por el tobillo.
—¡Uf!
Pero en vez de eso, le agarraron el tobillo. Al soltar a Julia, se golpeó la nariz contra el suelo. Lo arrastraron, sujetándole los pantalones con fuerza. En la visión que cambiaba violentamente, vio la mano de Julia moverse.
Sintió un golpe en la espalda, como si le hubieran dado con un garrote, y oyó la respiración del lobo cerca de su oído.
«Esto es todo, ahora sí que voy a morir», pensó, sintiendo cómo los colmillos se clavaban en su pelaje. Creía que se estaba desmayando. No, creía que se había desmayado.
El doctor yacía en el suelo, respirando con dificultad, con la mejilla apoyada en la tierra. Volvió a sentir resentimiento hacia la diosa. Si iba a matarlo, debería haberlo hecho rápido o al menos haberlo dejado desmayarse. ¿Por qué atormentarlo hasta el final?
—Maldita seas, diosa…
—Por favor, tenga eso en cuenta, doctor.
—¿Qué quieres decir con “proteger… caballero”?
El médico se levantó de un salto, con los ojos muy abiertos. Julia, que había estado muriendo hacía apenas unos instantes, estaba allí de pie. El médico preguntó con voz temblorosa.
—¿Estoy muerto? ¿Finalmente morí y te conocí, Caballero?
—Sigues vivo. Y yo también. La diosa nos ayudó. Así que, por favor, guarda tus quejas por ahora.
—¿La diosa nos ayudó?
Julia sonrió levemente y se dio la vuelta sin responder. El lobo al que había herido se tambaleaba hasta ponerse de pie. Apuntó con calma su espada y pensó en la voz que acababa de oír.
«El poder de la protección».
Athena: Eeeeh, ¿Julia es una ala?
Capítulo 197
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 197
Dietrian consoló rápidamente a Irene.
—Irene, no todos los monstruos son malos. ¿Has oído que Su Alteza la princesa ha despertado como el Ala de la Oscuridad? El poder de la oscuridad controla a los monstruos. No hay ningún monstruo en esta ciudad que desobedezca las órdenes de Su Alteza. Así que no tienes de qué preocuparte.
—¿De verdad?
—Sí. Ese monstruo probablemente también esté bajo el control de Su Alteza. Debe estar buscando las alas falsas por orden de Su Alteza.
—Ya veo. Eso es un alivio.
Irene dejó escapar un suspiro de alivio. Mientras Dietrian la consolaba, pensó en el grito del monstruo que acababa de oír.
«Quizás realmente sea un monstruo controlado por la princesa».
Lo había dicho para tranquilizar a la niña, pero cuanto más lo pensaba, más cierto le parecía. Este era el corazón de la capital, la tierra de la princesa. Ningún monstruo se atrevería a desafiar al recién despertado Ala de la Oscuridad aquí.
«Las cosas podrían ir mejor de lo que esperaba».
Si la princesa estuviera cerca, sería de gran ayuda en la lucha contra las Alas de Lehir. Aunque poseía aura, seguía siendo un humano común y corriente. Anticipaba que la lucha contra las trascendentales Alas no sería fácil. Por lo tanto, el grito del monstruo era aún más bienvenido.
—Irene, agárrate fuerte. Voy a acelerar. El viaje va a ser movido.
Dietrian echó a correr con Irene en brazos. Los árboles, envueltos en la oscuridad, pasaban a toda velocidad. Los ojos de Irene se abrieron de par en par. Se veía tan adorable que casi le hizo reír a pesar de la situación.
«Debe ser por eso que Yulken no pudo resistirse a los encantos de su hija».
Se sentía algo amargado. Aunque deseaba con todas sus fuerzas tener un hijo con Leticia, no podía permitirse el lujo de ser codicioso. Había muchas cosas que resolver antes de poder tener un hijo.
En cierto modo, las dificultades que él y Leticia estaban atravesando podrían ser por el bien de su futuro hijo. Necesitaban expulsar a los villanos, corregir sus destinos retorcidos y romper la maldición antes de poder tener un hijo.
Justo en ese momento, el grito del monstruo se escuchó de nuevo, mucho más cerca que antes. Los nervios de Dietrian estaban a flor de piel.
«Necesito comprobar la situación».
El ambiente se sentía extraño. Dietrian decidió dejar a Irene en un lugar seguro y comprobar él mismo la identidad del monstruo. Cerca de allí, había una antigua casa de oración. Tras dejar a Irene en el suelo, Dietrian agarró el pomo de la puerta.
—¡Irene, quédate aquí un momento…!
En ese instante, oyó un ruido en el interior. Dietrian abrió la puerta de inmediato. En un abrir y cerrar de ojos, desenvainó su espada y se precipitó al interior. Apuntó con ella a un joven que estaba agazapado en un rincón.
—¿Quién eres?
—¡Lo siento, me equivoqué!
El hombre comenzó a suplicar aterrorizado. Su aspecto era bastante desaliñado; llevaba gafas rotas y un abrigo manchado de tierra.
—¡Por favor, perdóneme! Tengo una hija pequeña. No le contaré a nadie lo que vi. Lo juro.
El hombre suplicaba, con lágrimas y mocos corriendo por su rostro. La mirada de Dietrian permanecía fija. Había un niño detrás de él. No podía bajar la guardia.
—No tengo nada que ver con la reina consorte. ¡De hecho, la desprecio! ¡Viva Lady Josephina! ¡Viva!”
—¿A qué te dedicas?
—Por favor, perdóname.
—¿Qué es esta sangre? ¿A quién atacaste? ¿Quién es?
Dietrian agarró al hombre por el cuello. Al examinarlo más de cerca, se percató de que las manchas en su abrigo no eran de tierra, sino de sangre. No era la sangre del hombre.
—¡Dime la verdad!
—¿Papá? ¿Qué haces aquí?
Dietrian vaciló y se giró sorprendido. Irene ladeó la cabeza con confusión. El hombre, que estaba a punto de desmayarse, abrió los ojos de par en par.
—¿Irene?
Dietrian soltó rápidamente al hombre y lo ayudó a levantarse. El hombre, tosiendo y jadeando, levantó la cabeza. En cuanto vio a Irene, gritó.
—¡Irene!
El rostro del hombre se contrajo como si estuviera a punto de llorar. Irene corrió hacia él y lo abrazó. El hombre se arrodilló y rompió a llorar desconsoladamente.
—¡Oh, qué gusto volver a encontrarte con vida! Diosa, muchísimas gracias. ¡Jamás olvidaré esta gracia hasta el día de mi muerte!
—Papá, ¿qué haces aquí? ¿Qué pasa con tus pacientes?
—¡Irene, Irene!
El hombre lloraba desconsoladamente. Irene, momentáneamente sorprendida, recuperó rápidamente la compostura. Sabía que su padre solía tener altibajos emocionales, así que lo tomó con calma. Le secó las lágrimas con sus manitas y habló.
—Su Alteza, este es mi padre. Papá, Su Alteza el príncipe me ayudó. Un tipo malo intentó entrar en nuestra habitación, pero me atrapó cuando salté desde el segundo piso.
Dietrian se disculpó sinceramente.
—Doctor, le pido disculpas sinceramente por mi descortesía anterior. Lamento profundamente mi falta de respeto.
—¿Su Alteza? ¿Acaba de decir Su Alteza el príncipe?
—¡Sí!
El médico jadeó y miró a Dietrian con asombro. Dietrian continuó disculpándose sinceramente.
—Lo siento mucho. No tengo excusa para mi comportamiento. La situación era urgente y malinterpreté los sonidos. Como mencionó Irene, alguien la está persiguiendo. Probablemente sea uno de los subordinados de Lehir. Hablando de eso, por favor, quédate aquí con Irene un momento. Parece que hay un monstruo cerca y necesito evaluar la situación…
—¡Su Alteza! ¡Por favor, ayudadnos!
El médico agarró la pernera del pantalón de Dietrian. Su mano, manchada de sangre, estaba pálida.
—¡La caballera Julia se está muriendo!
—Sigo sin entenderlos. Arriesgar la vida por el humano que los traicionó. ¿Por qué hacen algo así?
Seidel ladeó la cabeza, golpeando el suelo con la punta de su espada manchada de sangre.
—Hasta te has lesionado gravemente por culpa de ese médico. Y, aun así, sigues aquí, interponiéndote en mi camino. ¿Cuál es tu motivo para hacer todo esto?
Julia, en lugar de responder, se presionó la herida del abdomen con la mano y respiró lentamente.
Cuando estés herido, conserva tus fuerzas. Solo entonces podrás aprovechar la oportunidad para contraatacar. Esta era una regla que ella, como capitana, siempre recalcaba a sus caballeros. Seidel observó atentamente a Julia y luego se encogió de hombros.
—Bueno, en realidad no necesito entenderlo. Al fin y al cabo, estás a punto de morir.
—No… si puedo evitarlo.
—Tengo buenas noticias para ti. Ya no necesitas proteger a ese doctor. Ya no me interesa. Así que, muere sin remordimientos.
Seidel dejó de lado su curiosidad por Julia. Podría preguntarle a Lehir más tarde. Al fin y al cabo, el mundo estaba lleno de cosas incomprensibles para Seidel.
Las acciones de Julia en ese momento también fueron incomprensibles. Seidel terminó peleando con Julia por culpa del doctor. Siguiendo las órdenes de Lehir, perseguía a Julia cuando descubrió al doctor.
Seidel decidió de inmediato matar al doctor. Necesitaba un cadáver para luchar contra Julia, ya que esta controlaba el poder de la muerte. Normalmente, utilizaba cuerpos enterrados, pero la situación no era la ideal.
Había muchos espíritus buscándola cerca. Si usaba su poder imprudentemente, podrían descubrirla antes de invocar el cadáver. Así que planeó matar al doctor y usar su cuerpo contra Julia, pero entonces el doctor habló.
—¿A dónde fue el caballero?
Casualmente, el médico conocía a Julia. En ese momento, a Seidel se le ocurrió un plan mejor. Decidió tomar al médico como rehén.
—¡Perdóname la vida! ¡Por favor, perdóname la vida! ¡Haré lo que sea! Tengo una hija pequeña. Si muero, quedará huérfana.
El débil doctor era un excelente rehén. Seidel amenazó al doctor con Irene.
—Si quieres vivir, atrae al caballero del Principado que buscas hacia mí. Si no sigues mis órdenes, mataré a tu hija delante de ti.
El doctor estaba desesperado, pero no tenía escapatoria. Finalmente, siguió las órdenes de Seidel y atrajo a Julia al templo.
Julia, que respondió a la llamada del médico sin sospechar nada, fue atacada por Seidel. Se paró frente al médico y dijo:
—¡Doctor! ¡Aléjese… ugh! ¡Llévese a Irene y busque ayuda de las Alas!
Julia sin duda se dio cuenta de que el doctor la había traicionado. Sin embargo, usó todas sus fuerzas para protegerlo, incluso recibiendo una espada en el abdomen. Seidel no podía comprender tales acciones.
—Seidel, ¿verdad? ¿Dijiste que no me entiendes? Pues yo tampoco te entiendo. Seguro que hay alguien a quien debes proteger a toda costa.
—¿Qué?
—Familia, pareja, amigos. Incluso tu amo o tus subordinados. ¿Acaso no hay alguien a quien quieras proteger, incluso a costa de perderlo todo? Si es así, deberías comprender mis sentimientos.
—¿Sacrificio? ¿Por qué haría yo eso? —Seidel ladeó la cabeza—. ¿Y si mi hermana estuviera en peligro? La abandonaría sin pensarlo dos veces. Ella respondería igual. ¿La orden de los caballeros? Son solo peones. ¿Lehir? Si no fuera por el dolor del pacto, lo habría dejado hace mucho. Tanto si te sacrificaste como si no, vas a morir aquí de todas formas. Prepárate. Lord Lehir me ordenó que te matara muy lentamente. Empecemos por cortarte la muñeca.
Seidel ignoró las palabras de Julia y dio un paso al frente. Julia, que había estado tratando de ganar tiempo, se mostró consternada. El sonido siniestro de la espada de Seidel arrastrándose por el suelo, manchada con la sangre de Julia, fue escalofriante. Julia apretó los dientes y alzó su espada.
La lucha se reanudó. Julia no se rindió hasta el último momento. Sin embargo, por mucho que lo intentara, no era más que una humana. La diferencia de poder entre ella y el Ala era insuperable.
Al final, el desenlace estaba decidido. Julia yacía en el suelo de tierra, luchando por respirar. Aunque no había soltado su espada, se estaba muriendo. Seidel miró con indiferencia la mano que sostenía la espada. Alzó su espada y la bajó para cortarle la muñeca.
Justo antes de que la afilada hoja pudiera cercenar la muñeca de Julia, algo brilló y desvió la espada de Seidel. Luego, esta cayó sobre su cabeza. Seidel logró desviar por poco la hoja que pretendía partirle el cráneo.
Capítulo 196
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 196
—Alteza, la búsqueda en el templo ha concluido, pero no hemos encontrado rastro alguno de Lehir. El comandante Della también ha desaparecido. Parece que se percataron de algo y se adelantaron.
El comandante de los caballeros, que había liderado la búsqueda, inclinó la cabeza con expresión solemne.
—Por favor, castigad mi incompetencia.
—¿Incompetencia? ¡Qué disparate! El oponente no es humano; es un ser trascendente, como las alas. Hiciste lo que pudiste.
La princesa sonrió dulcemente.
—Aunque espíritus y monstruos asolan la ciudad, están bien escondidos. Es lógico que los humanos no puedan encontrarlos. Así que no te preocupes. Tu lealtad hacia mí es inquebrantable.
—…Gracias por el generoso juicio de Su Alteza.
A pesar del consuelo de la princesa, la expresión del comandante se ensombreció. No pudo evitar sentirse culpable por no haber encontrado aún al enemigo que había matado a un maestro tan excelente. La princesa notó la angustia del comandante, pero reprimió una sonrisa sin decir palabra.
«Un grado moderado de culpa ayuda a aumentar la lealtad».
Fiel a su papel como heredera del imperio, la princesa se mostró calculadora incluso después de sobrevivir a una experiencia cercana a la muerte.
«Recuperarse tras estar al borde de la muerte es algo que merece la pena intentar al menos una vez».
Había ventajas y desventajas, pero las ventajas parecían superar a las desventajas. Lo mejor era que los nobles y los caballeros finalmente se habían unido. Mientras reflexionaba sobre la mejor manera de aprovechar su lealtad, oyó un aleteo.
La princesa se estremeció y giró la cabeza. Un monstruo tuerto batió sus alas y se acercó a ella. Era el mismo monstruo que había desplegado por toda la capital para encontrar a Lehir. Ignorando el líquido verde oscuro que le goteaba sobre la falda, la princesa forzó una sonrisa.
—¿Encontraste algún rastro de Lehir?
En respuesta a su pregunta, el monstruo abrió la boca de par en par y comenzó a emitir un sonido agudo.
—¿Está Su Alteza interpretando las palabras del monstruo?
—Como era de esperar, es extraordinaria.
La princesa se estremeció ante el ruido ensordecedor. Al menos, la admiración de los caballeros que la rodeaban era un consuelo.
—¿Qué? ¿Alguien acaba de entrar al templo? ¿Una joven? ¿Y un caballero santo?
Todos los caballeros sagrados del templo fueron encarcelados para impedir que ayudaran a Lehir a escapar. Esto significaba que una caballera sagrada que no había sido encarcelada había regresado. Además, se decía que era una mujer.
—¿Podrían ser Della y Seidel?
Ambos eran las últimas de confianza de Lehir, y ejercían como comandante y subcomandante de los caballeros del templo. Habían desaparecido antes de que comenzara la búsqueda, evitando así ser encarcelados.
—Parece que son ellas. Han venido a su muerte.
La descripción del monstruo coincidía con la de las dos personas que la princesa conocía. Unas llamas centellearon en sus ojos. Las alas de Lehir habían aparecido. Por fin había llegado el día de vengar su venganza.
«¿Es la hermana mayor o la menor? Aunque son gemelas, se las puede distinguir. La mayor, Della, es más humana que Seidel. Seidel tiene una larga cicatriz en el dorso de la mano. ¿Ah, no tiene cicatriz? Entonces debe ser la mayor, Della, quien ha venido».
La princesa sonrió fríamente.
«Es el momento perfecto. Me aseguraré de que se arrepienta de haber vuelto hasta el día de su muerte».
Si se hubieran quedado escondidas junto a Lehir, no habrían corrido esta suerte. La princesa estaba tan contenta que quería bailar, preguntándose por qué se habían arrastrado hacia la muerte.
—¿A dónde fue Della exactamente? ¿Podrías indicarme dónde está?
El monstruo de un solo ojo soltó un sonido espeluznante y comenzó a volar velozmente. Olvidando el líquido del monstruo en su falda, la princesa se agarró el dobladillo y echó a correr.
—¡Su Alteza!
Ignorando los gritos de los caballeros, la princesa corrió con entusiasmo, pero finalmente tuvo que detenerse. Había corrido tanto que sus piernas no aguantaron más.
—Ugh. Espera, uff. Esperad un momento.
No se había dado cuenta de que su precario estado físico sería tan problemático. Jadeando, la princesa agitó la mano y se golpeó el pecho. El monstruo tuerto, que la observaba en silencio, aterrizó en el suelo. Su ojo amarillo brillaba en las sombras.
Tras un instante, un zumbido profundo resonó en el aire. Con el sonido vibrante, el cuerpo del monstruo comenzó a hincharse. Sus pies de afiladas garras se transformaron en grandes patas negras y peludas, y sus alas, antes cubiertas por una fina membrana, se convirtieron en grandes brazos.
El ojo, que antes tenía el tamaño de la punta de un dedo, creció hasta alcanzar el tamaño de un rostro humano. El fluido que cubría todo su cuerpo se secó y comenzaron a aparecer protuberancias puntiagudas por todas partes. El monstruo transformado abrió la boca.
La princesa, demasiado sin aliento para percatarse de lo que hacía el monstruo, se sobresaltó y se puso de pie.
—¿Qué, qué es esto? ¿Por qué, por qué estás haciendo esto?
—¡Gwaaah!
—¿Qué? ¿Quieres que me suba encima de ti?
—¡Gwaaah!
—¿Yo? ¿En tu espalda?
—¡Gwaaaah!
Al mismo tiempo, el monstruo se postró, apoyando sus brazos en el suelo. La visión de sus hombros puntiagudos la hizo estremecer. Mientras la princesa permanecía paralizada por la sorpresa, el monstruo volvió a chillar.
—…Incluso ahora, las alas de Lehir se alejan cada vez más, así que date prisa y sube.
El monstruo resopló y asintió. Finalmente, la princesa reprimió las ganas de llorar y se aferró al hombro del monstruo. La sensación era como agarrar escamas de pez, y estuvo a punto de gritar, pero logró contenerse.
«Soy una persona normal. Cumplamos con las obligaciones de una persona normal. Como único miembro normal del ejército, cumplo con mi deber; soy la heredera de este país. Montar a lomos de un monstruo es algo que sin duda puedo hacer…» En ese instante, el monstruo alzó el vuelo.
La princesa cerró los ojos con fuerza. El viento feroz le azotaba las mejillas.
«¿Realmente es beneficioso haber sobrevivido...?»
Cuando Della entró en el templo, la princesa que recibió la noticia montó en el monstruo y salió corriendo.
En ese mismo instante, Dietrian entraba al jardín del templo, llevando a Irene en brazos. Intentaba cumplir el futuro que le había mostrado el poder de Gilead.
Dietrian solo había vislumbrado dos futuros para Irene. Primero, una niña pequeña con un vestido fino abriendo con urgencia una ventana del segundo piso. Segundo, una Irene adulta, de la mano de alguien, paseando por el palacio del Principado.
—Por favor, informas a Su Alteza que hemos llegado.
—Entendido, Lady Irene.
Ese fue el último sueño que tuvo sobre Irene. Recordaba vagamente a una niña que la llamaba con ceceo, pero no lo oía con claridad. No sabía quién era Irene, por qué estaba en el Principado, quién era el niño que la acompañaba ni por qué Irene buscaba a Leticia. Los fragmentos del futuro que vio no le dieron respuestas.
Pero pudo deducir que Irene estaba destinada a ir al Principado, y debía trabajar para que ese futuro se hiciera realidad. Así que Dietrian buscó por toda la capital el edificio que había visto en su sueño. En el momento justo, encontró a Irene abriendo la ventana de su alojamiento y pudo ayudarla.
—Irene, volvamos a la mansión por ahora. Es más seguro estar cerca de las alas de la diosa. No te preocupes por tu padre. Yo lo traeré hasta donde estás.
La Irene que conoció sí estaba relacionada con Leticia. Incluso alguien la perseguía. Dietrian sospechaba que los perseguidores probablemente eran secuaces de Lehir. Ahora que todos elogiaban a Leticia, nadie se atrevería a atacar a alguien que una vez había sido su invitada.
—¡Sí! ¡Esperaré tranquilamente en la mansión!
Irene respondió con ojos brillantes y relucientes. Desde que supo que Dietrian era el esposo de Leticia, le había demostrado un cariño infinito.
—Su Alteza, ¿pero dónde estamos ahora?
—Este es el jardín del templo. Ese edificio de color ceniza de allí es el templo oriental. Si cruzas el arco, encontrarás el camino principal. Camina un poco por ese camino y llegarás a la mansión donde vivías.
El templo estaba muy silencioso. Solo quedaban rastros de la búsqueda de los caballeros, en desorden. Dietrian caminó lo más posible entre los objetos dispersos para ocultar sus huellas.
«Esto no será suficiente. Si son los secuaces de Lehir, seguro que encontrarán el rastro».
Con Irene en brazos, no tuvo tiempo de borrar sus huellas. Dietrian aceleró el paso, revisando su siguiente plan. Si su perseguidor era realmente uno de los secuaces de Lehir, era necesario un plan sólido.
«Con mi aura, puedo resistir ataques. Dicen que la hermana mayor controla las sombras y la menor se ocupa de la muerte. No sé cuál de las dos actuará. Podrían ser ambas.»
Los poderes de las alas no eran fijos; se manifestaban según las necesidades de cada época. Algunos poderes, como las llamas de la purificación o el poder de la oscuridad, aparecían brevemente en tiempos de gran caos y luego desaparecían. Existían muchos otros tipos de poderes. Una cosa era segura: había un total de nueve alas.
Las sombras controlaban ejércitos de sombras, y el poder de la muerte controlaba cadáveres. Estos poderes podían comandar múltiples entidades a la vez, por lo que enfrentarse a ellos en solitario podría no ser fácil. Pero tenían debilidades, especialmente las sombras…
En ese momento, un grito escalofriante de monstruo resonó no muy lejos. Irene, aterrorizada, exclamó.
—¡Alteza, un monstruo ha aparecido en el templo!
Capítulo 195
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 195
Lehir no podía creer esta horrible realidad.
—¿Por qué demonios?
Incluso cuando estaba estrangulando a la princesa, los pendientes respondieron a su poder.
—¿Qué truco utilizaron?
Si alguien le hubiera quitado los pendientes a la fuerza, se habría dado cuenta inmediatamente. ¿Cómo lograron quitárselos sin que él se percatara?
—¡Leticia, Leticia, Leticia! ¡Leticia volvió a arruinar mi plan!
En realidad, el método no importaba. Lo que importaba era que Leticia había vuelto a arruinar su plan. Le había arrebatado sus alas, se había llevado a Josefina, a quien él había criado con tanto esmero, ¡y ahora había vuelto a arruinar su plan!
—¡La mataré! ¡La mataré! ¡Definitivamente la mataré!
Sentía que la ira lo consumía. Sentía que todo su cuerpo se derretía por la rabia. Lehir jadeó con los ojos inyectados en sangre. Sentía que daría cualquier cosa por matar a Leticia en ese momento. Incluso pensó que no importaría si renunciaba a todo el poder que había acumulado y volvía a la oscuridad.
—¡Matarla no es suficiente! ¡Destruiré todo lo que Leticia tiene! ¡Mataré a todos los que conoce! ¡Los mataré brutalmente delante de ella!
En ese preciso instante, tenía delante a personas relacionadas con Leticia. El médico y su hija, gente común que moriría con un simple movimiento de su dedo. ¡Los más débiles de la gente de Leticia!
—Della, entra ahí ahora mismo. Saca al doctor y a su hija. ¡Mátalos también! —Lehir gritó furioso—. ¡Entonces escribe junto a sus cuerpos que murieron por seguir a Leticia! ¡Que todos los que sigan a Leticia sepan que correrán la misma suerte!
Leticia, al enterarse de la noticia, seguramente quedaría conmocionada. Esa mujer débil no podría librarse de la culpa de pensar que el padre y la hija murieron por su culpa.
Además, ¡el miedo se extendería por toda la ciudad! Quienes hoy portaban antorchas en honor a Leticia se verían aplastados por el temor a morir en cualquier momento.
—Mataré, y volveré a matar. ¡Mataré todo lo que vea! Ofreceré las vidas de estos humanos a la ley de la causalidad. ¡También ofreceré el caos y el miedo que se extenderán por toda la ciudad!
Con matar a unos pocos bastaría. Perseguidos ahora por las alas, no había maldad más eficaz que esta.
—Si es necesario, también usaré “eso”.
Para comprobar su estado, Lehir hizo un sello con la mano. Una oscuridad tan negra como la tinta flotaba en el aire. El centro se abrió, dejando escapar una tenue luz. Era una piedra blanca que yacía en la oscuridad. Era el alma de una persona fallecida a la que había robado de un cuerpo moribundo hacía mucho tiempo.
—Je, la luz sigue siendo clara. ¡Para un humano, todavía!
Había obtenido esa alma años atrás. Fue cuando empezó a alterar el destino en serio. Tras nacer de la oscuridad, había matado a incontables humanos. Pero era la primera vez que veía un alma brillar con tanta intensidad.
Sintiendo su valor instintivamente, Lehir robó el alma antes de que la ley de causalidad pudiera consumirla. Estaba seguro de que algún día podría usarla. Justo como ahora. Con una risa extraña, embriagado por la luz del alma, Lehir extendió la mano hacia la oscuridad.
—¿Papá?
Irene se frotó los ojos soñolientos y se incorporó. Miró a su alrededor en aquel lugar desconocido, ladeando la cabeza con confusión.
—¿Dónde está este lugar?
Era una habitación decorada con un papel pintado y muebles bastante lujosos. Irene se levantó de la cama y empezó a buscar al médico.
—Papá, ¿dónde estamos? ¿Adónde fuiste?
Entonces, descubrió una bolsa de viaje entreabierta en un rincón. Allí también estaba el preciado maletín médico del doctor. Parecía que había salido un momento; una bufanda colgaba del perchero. Irene cerró la bolsa de viaje con sus manitas y murmuró para sí misma.
«¿Ha venido algún paciente?»
El médico solía ausentarse repentinamente para atender a pacientes con urgencias. Irene no le dio importancia y se dirigió a la mesa. Con cuidado, se subió a una silla e inclinó una botella de agua para servirse un poco. Bebió con precaución para no derramar el vaso grande. Luego regresó a la cama y se cubrió con la manta.
Mientras intentaba conciliar el sueño, su mente se aclaró. Cerró los ojos y contó ovejas, pero pronto se levantó, abrazándose las rodillas y apoyando la barbilla sobre ellas.
—No puedo volver con la Santa, ¿verdad?
Jamás volvería a ver a sus hermanos y hermanas. Sintió un cosquilleo de tristeza en la nariz. Si lo hubiera sabido, se habría despedido. Kailas y Julia la querían muchísimo. Toc, toc.
—¿Papá? ¿Ya regresaste?
Irene saltó de la cama con alegría y corrió hacia la puerta. Extendió la mano para abrirla, pero se detuvo.
«¿Por qué llama papá a la puerta? ¿Por qué no usa la llave?»
Algo no cuadraba. Irene levantó la cabeza lentamente. Sus grandes ojos reflejaban la gruesa puerta de madera. Instintivamente, encogió los hombros.
—Papá, ¿perdiste la llave?
No hubo respuesta desde el exterior.
Tras un instante, toc, toc. ¡Toc, toc, toc, toc! Se le encogió el corazón. Un escalofrío le recorrió la espalda. Instintivamente, Irene soltó el pomo de la puerta y retrocedió. Su corazón latía con más fuerza que los golpes.
«¡No es papá!»
Durante mucho tiempo, el médico le había advertido que tuviera cuidado con los desconocidos. Le decía que nunca le abriera la puerta a alguien que no conociera. Incluso le recalcó que, si no tenía cuidado, podría tener que abandonarlo para siempre, como su madre.
¿Podría tratarse de un huésped que se equivocó de habitación?
Temblorosa, Irene se apoyó contra la puerta. Hizo fuerza con todas sus fuerzas para presionarla, esperando que la persona de afuera se marchara.
Apenas pudo reprimir un grito y retrocedió de la puerta. ¡Clic, clic! Los tornillos del pomo empezaron a girar y a aflojarse. Aterrorizada, Irene se obligó a hablar.
—Papá, perdiste la llave, ¿verdad? ¡Espera! ¡Yo abro la puerta! ¡Pero el pestillo está muy alto! ¡Voy a buscar una silla!
El ruido de afuera cesó de repente. Aprovechando la oportunidad, Irene corrió hacia la ventana. Se subió al armario con todas sus fuerzas. No hubo tiempo para ponerse un abrigo. En cuanto abrió la ventana, una ventisca helada entró a raudales. Su trenza se soltó y ondeó con fuerza.
«Es demasiado alto».
Apenas podía mantener los ojos abiertos por el viento. Cuando bajó la mirada, el corazón le latía con fuerza. La habitación de Irene estaba en el segundo piso. Para la joven Irene, fue como saltar desde lo más alto del cielo.
¡Clic, clic, clic, clic!
El sonido del pomo al girar se hizo más fuerte. La puerta vibró violentamente. Sonaba como el carro del infierno del que había leído en los libros. Irene apenas pudo contener las lágrimas. No había tiempo para dudar. Saliera bien o mal, tenía que saltar.
—Irene.
En ese instante, alguien que no había estado allí antes se encontraba de pie en la nieve blanca que había debajo.
—No te preocupes y salta. Yo te atraparé.
Sonrió con dulzura, extendiendo los brazos. Sus ojos negros brillaban con calidez.
—Vayamos a Leticia.
Los ojos de Irene se abrieron de par en par. En ese instante, ¡bum! Volviéndose instintivamente, jadeó. La manija se había roto. La puerta estaba a punto de abrirse.
—¡Ack!
El viento volvió a soplar. Su visión se nubló y su cuerpo se inclinó hacia un lado. Perdió el agarre en el alféizar de la ventana.
Irene cayó sin hacer ruido. Cerró los ojos con fuerza, preparándose para el dolor inminente.
Pero algo no cuadraba. Por mucho que esperara, no sentía dolor. Irene abrió los ojos con cautela. El hombre que había visto antes la había atrapado perfectamente.
—¿Quién eres?
—Me llamo Dietrian. Soy muy amigo de Leticia. Pero no tenemos tiempo. Nos presentaremos formalmente más tarde.
Dietrian le apartó el cabello despeinado a Irene de la oreja, la sujetó con cuidado y corrió hacia un callejón. En ese instante, ¡bum! Se oyó una tremenda explosión. Provenía de la habitación en la que ella había estado. Una sombra negra se asomó por la ventana.
¡ —Maldita sea! ¡La ratita se escapó!
La pensión desapareció tras el muro. Irene se aferró con fuerza al cuello de Dietrian, sin querer caerse. Incluso en medio de esto, reflexionó sobre la identidad de Dietrian. ¿Dietrian? Estaba segura de haber oído ese nombre en alguna parte. Mientras pensaba intensamente, sus ojos se iluminaron de repente.
«La santa lo mencionó. ¡Él la conoce de verdad!»
El pequeño corazón de Irene latía con fuerza. Recordó algo más. Cuando Dietrian le había apartado el cabello de la cara, había visto un anillo en su dedo.
¡Era igualito al anillo de bodas de la santa!
La brillante Irene finalmente descubrió la identidad de Dietrian.
«¡Él es el príncipe!»
—¡No!
Della lanzó un grito desgarrador. La ventana, completamente abierta, vibró violentamente. Un miedo terrible la invadió. Había perdido a la niña. ¡Había fallado a la orden de Lehir!
«¡Lehir me matará!»
Podría ofrecerla como sacrificio en lugar de la niña. Conociendo la naturaleza de Lehir, jamás la dejaría morir fácilmente. Della saltó inmediatamente desde el segundo piso. La niña había estado en la habitación hacía apenas unos instantes. No podía haber ido muy lejos.
—¿Huellas?
Pero algo no cuadraba. No había huellas de niño en la nieve blanca. En su lugar, estaban las huellas de los zapatos de un hombre adulto. Della apretó los dientes.
—¿Quién es este imbécil? ¡Quién se atreve a interferir en mi trabajo!
Della siguió apresuradamente las huellas. Por suerte, estaban claramente marcadas en la nieve. Corrió por el callejón y, al cabo de un rato, el entorno se iluminó. Los ojos de Della brillaron con una mirada siniestra al reconocer el lugar.
—¡Tonto idiota! ¡Esconderse aquí!
Era el templo donde Della había servido como capitana de los caballeros durante años. Ahora, atrapar a esa persona era solo cuestión de tiempo. Della se precipitó al interior del templo.
Capítulo 194
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 194
Cuando la "Oscuridad" apareció por primera vez en el mundo y los monstruos nacidos de ella cubrieron el mundo entero, sucedió algo inesperado.
La “oscuridad” cobró conciencia.
«¿Dónde es esto? ¿Quién soy yo?»
Inicialmente, la conciencia de la Oscuridad era como la de un niño que apenas empieza a caminar, pero con el tiempo se fue aclarando.
—A las cosas que nacieron de mí las llaman monstruos. Los seres humanos sufren.
La oscuridad observaba el mundo con interés. Lo que más le gustaba era ver a los monstruos atacar a los humanos.
—Los gritos de los humanos son agradables de escuchar. Ojalá los monstruos se apoderaran de este mundo. Necesito crear más monstruos.
La oscuridad nació de la malicia humana. Debido a su naturaleza, solo podía encontrar placer en el sufrimiento humano. Durante este tiempo, un suceso impactante afectó a la oscuridad.
—¿Quiénes son esas personas? ¿Quiénes son ellos para destruir a mis monstruos?
Los seres trascendentes que ayudaban a los humanos comenzaron a eliminar directamente a los monstruos.
—¿La diosa Dinute? ¿El dragón Sigmund? ¿Son ellos los que me atacan? ¿Cómo se atreven a quemar a mis monstruos? Jamás los perdonaré…
Por desgracia, el sueño de la Oscuridad no se hizo realidad fácilmente. La pérdida de los monstruos fue un duro golpe. Sin embargo, la Oscuridad no se rindió. No podía rendirse. El sufrimiento humano era su única alegría. Jamás podría volver a un tiempo en el que no conociera esa alegría. Mientras meditaba sobre cómo vengarse, la Oscuridad encontró un camino bastante plausible.
—Les quitaré a Dinute y a Sigmund lo más importante. Le arrebataré las alas a la diosa Dinute. Arruinaré por completo el destino de su sucesora más querida. Haré que los humanos amados por el Dragón Sigmund vivan en el infierno. Haré que derrame lágrimas de sangre, lamentando el tiempo en que abandonó a la humanidad. Vosotros dos os convertiréis en archienemigos, odiándoos mutuamente, y el mundo se sumirá en la desesperación.
La oscuridad se preparó para la venganza durante mucho tiempo. La espera fue larga, pero también emocionante. El tiempo estaba de su lado.
Solo tenía que hacer una cosa. Tras una larga espera, solo necesitaba disfrutar de los frutos de la destrucción, o eso creía. De repente, el destino comenzó a dar un giro inesperado. La venganza, largamente planeada, empezó a torcerse. Los dos seres, preparados para la aniquilación, lo sacrificaron todo para retroceder en el tiempo.
La Oscuridad no tenía ni idea de esto. La idea de estar preparada para la aniquilación con tal de proteger a otros escapaba a la imaginación de la egoísta Oscuridad. Simplemente le perturbaba el destino cada vez más retorcido.
—Recuerda. No debes matarlos con suavidad. Una muerte ordinaria no satisfará la codiciosa ley de la causalidad. Para abandonar este mundo, debo provocar la muerte más terrible.
—Lo recordaré.
La santa caballera Seidel inclinó la cabeza. Su pálido rostro parecía inquietantemente el de una muñeca. Della, la hermana de Seidel, que estaba a su lado, miró a Lehir.
—Señor Lehir, Seidel aún no ha despertado por completo como ala. ¿Qué le parece si me confía esta misión?
Della y Seidel, las dos hermanas, eran las alas falsas de Lehir. Della, la mayor, era la séptima, y Seidel, la menor, la octava. Ninguna de las dos era aún un ala perfecta. Esto se debía a los sacrificios insuficientes de Lehir. Simplemente extinguir el alma del verdadero sumo sacerdote no bastaba para apoderarse del poder de las alas. Se necesitaba un sacrificio que satisficiera la ley de causalidad.
Según el plan original, el precio se pagaría con la muerte de Dietrian y el sufrimiento de Leticia, pero fracasó. Aún quedaba mucho tiempo para que venciera la maldición, y esta, manifestada para infligir sufrimiento, solo provocó una reacción adversa. Su ira, naturalmente, se dirigió hacia las dos alas restantes.
—Della. ¿Acaso tú, un ala a medio hacer, estás cuestionando mis órdenes?
Con solo ver los rostros de las dos alas, su ira se disparó. Si no hubiera perdido las otras alas, jamás habría dependido de estas alas incompletas. Apoyarse en ellas le parecía la prueba de su propia perdición.
—¿Crees que te has convertido en un ala de verdad solo porque te estoy usando como tal? —Lehir la regañó—. ¡Deja de pensar de forma tan ilusoria! No sois más que muñecas. ¡Muñecas que puedo reemplazar cuando quiera!
—Lo siento, Lord Lehir.
Al darse cuenta de la ira de Lehir, Della palideció e inclinó la cabeza. Seidel, aún con la cabeza ladeada, parecía no comprender cuál era el problema.
Al igual que las otras alas de Lehir, Della y Seidel habían vivido cometiendo pecados horrendos. Seidel, incapaz de sentir emociones desde su nacimiento, mataba a otros sin remordimiento alguno.
Della era parecida. Sentía miedo e ira, pero carecía de culpa o empatía. En lugar de impedir que su hermana matara gente, se unió a los asesinatos y los encubrió.
Cometieron toda clase de fechorías hasta que fueron capturadas y condenadas a muerte. Justo antes de morir, conocieron a Lehir, quien despertó transformado en alas, y adquirieron nuevas identidades. Estos atroces criminales se convirtieron en los líderes de los Caballeros Sagrados.
—Se acerca un caballero del Principado, Lord Lehir.
—Muévete ahora, Seidel.
—Entendido.
Seidel siguió en silencio a Julia, que paseaba por la casa. Della, ansiosa, vigilaba a Lehir. A diferencia de su impasible hermana, sabía que Lehir podía destruirla cuando quisiera.
—Le pido disculpas por mi arrogancia, Lord Lehir. Jamás volveré a perturbar su paz.
Della, que había estado suplicando repetidamente, dijo.
—Lord Lehir, ¿qué debo hacer ahora? Solo deme una orden. Haré lo que sea.
—Esperemos a que regrese Seidel. De todos modos, no podemos movernos por ahora. Los perros de Leticia me están buscando. Si nos movemos con prisa, nos descubrirán.
Agua, fuego, viento, tierra e incluso bestias. Todas fuerzas especializadas en encontrar personas. Podía sentir que cientos, miles de espíritus lo buscaban en ese preciso instante.
[¿Dónde se ha ido Lehir?]
[¡Debemos atraparlo!]
[¡Lo destruiremos!]
[¡Para Lady Leticia!]
[¡Ajaja!]
El rostro de Lehir se contrajo ante las risas de los espíritus que resonaban a su lado. Della permaneció inmóvil como el hielo, observando las reacciones de Lehir.
Lehir ocultaba su aura mediante el poder de la causalidad. Este era el poder que había obtenido al ofrecer a Josephina como alimento a las bestias. Según el plan original, debería haber cruzado las murallas con ese poder.
Pero fracasó. El poder que le otorgaba la causalidad era demasiado escaso. Tras escapar por los pelos del palacio imperial, solo pudo esconderse durante unas horas.
—¡Maldita sea la causalidad! ¿Por qué el cálculo es tan erróneo? ¡Yo maté a Josephina! ¡Yo ofrecí a la falsa santa! ¿Y esto es todo lo que recibo? ¿Es una broma?
¿No bastaba con revelarle la verdad sobre su hijo a Josephina? ¿Debería haberle infligido más sufrimiento? ¿El problema era que fue devorada por bestias? ¿Debería haberla torturado durante más tiempo antes de matarla?
«¿Podría ser que Josephina aún esté viva?»
Lehir, que había estado rechinando los dientes ante la idea de la causalidad, se estremeció. Si ese fuera el caso, esta situación infernal tendría sentido. Su rostro se contrajo horriblemente.
«¡Maldita sea! ¿Debería haber confirmado la muerte de Josephina con mis propios ojos? ¡Qué confirmación! ¿Cómo pudo Josephina, habiendo perdido todo el poder de sus alas, escapar de tantas bestias?»
Mientras pensaba esto, no podía librarse de sus sospechas. Si por casualidad Josefina seguía viva, debían traerla allí de inmediato. La mataría de la forma más cruel posible. Con ese poder, podría escapar de la ciudad.
«Debo comprobar el estado de Josephina».
Lehir rápidamente formó un sello con la mano. Aún tenía un medio para vigilar el palacio imperial: los pendientes de la princesa Dana.
«Incluso se necesita energía para activar estos malditos pendientes».
Lehir apretó los dientes. Estaba furioso por desperdiciar la energía que le quedaba. Pero no había otra opción. La soga que se apretaba a su alrededor había llegado a su límite. Habiendo vivido una vida sin paciencia, esto era especialmente cierto para él.
«Solo un momento, una comprobación rápida».
Con esa determinación, recitó el conjuro. Pero entonces, algo incomprensible sucedió. No apareció nada. Más precisamente, solo había una oscuridad absoluta en el vacío.
—¿Qué? ¿Qué está pasando?
Preso del pánico, Lehir vertió aún más de su poder oscuro en ello. El preciado poder oscuro se fue esfumando. Pero fue inútil. Todo se desvaneció como si se intentara verter agua en un recipiente roto.
—¡¿Podría ser, podría ser?
De repente, un pensamiento terrible cruzó por su mente. La razón por la que los pendientes no habían respondido a su llamada. Si había perdido el control, tenía sentido.
«¡De ninguna manera! ¡No podía haber perdido mi poder otra vez! ¡Lo habría notado antes de que sucediera! ¡Lo habría destruido de antemano!»
En ese instante, sintió que algo explotaba. Lehir, que hasta entonces se había mostrado rígido, estalló en carcajadas.
—¡Jaja, por supuesto! ¡No podía haber perdido mi poder!
Justo ahora, la cabeza de la princesa Dana había salido volando. Lehir rio entre dientes y se secó las lágrimas. Aunque lamentaba haber matado a la princesa con tanta facilidad, no había sido tan malo. Sintió cómo la rabia contenida se disipaba.
—Alteza, hemos sellado todos los templos. Ni una sola hormiga puede escapar.
Pero en ese instante, algo comenzó a aparecer en la pantalla, hasta entonces completamente negra. Un destello similar al de una antorcha, más allá de los fragmentos de madera rota.
—No bajéis la guardia. A ese demonio aún le quedan dos alas. ¡Seidel y Della! ¡Sir Naim! ¿Ya habéis encontrado su escondite?
Lehir, que había estado saboreando su triunfo, abrió los ojos de par en par. Esa voz de hace un momento. Era la princesa Dana. ¡La princesa, a quien le habían volado la cabeza, estaba dando órdenes a los caballeros!
—¿Qué? ¡¿Qué está pasando?!
Quería comprender la situación, pero lo único que veía eran los fragmentos de madera. Lehir miraba fijamente la pantalla, medio enloquecido.
—¡Comandante! Acabamos de oír una explosión en la caja.
—¡Tráelo aquí inmediatamente! ¡Muéstralo a Su Alteza!
La vista desde los pendientes se elevó repentinamente. Se tambaleó al moverse y luego reveló a la princesa a caballo. Lehir quedó horrorizado.
—¡Su Alteza! Tal como predijo, ¡la caja acaba de explotar!
—¿Qué? ¿De verdad ese loco lo provocó? ¡Lo sabía! Casi nos metemos en un buen lío si no lo hubiéramos solucionado rápidamente.
La princesa se estremeció y se rascó una oreja.
—¿Lo abrimos para comprobarlo?
—¿Qué lo compruebe? ¡Tíralo inmediatamente! ¡Tíralo al río! ¡No! ¡Quémalo ahora mismo! ¡Quémalo tan completamente que no queden ni cenizas!
Lehir se desplomó en su asiento. El caballero arrojó los pendientes al fuego. Al ver que la pantalla se teñía de rojo brillante, Lehir no pudo mover un dedo.
La princesa no estaba muerta. Lejos de haber perdido la cabeza, tenía ambas orejas intactas.
Capítulo 193
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 193
—Finalmente, recuperé seis. Solo me quedan tres.
En su sueño, Irene estaba de pie en medio de un fondo blanco puro. Una voz extraña que nunca antes había escuchado habló.
—Aun así, no es una situación fácil. La causalidad exige cada vez más… Pero si me ayudas…
Era una voz muy amable, pero a la vez desesperada. Sonaba como el gemido de un cachorro herido, lo que hizo que Irene sintiera compasión. Así que preguntó.
—¿Necesitas mi ayuda? ¿Debería ayudarte?
Irene podía ofrecer su ayuda fácilmente porque había seguido de cerca la vida de su padre.
—¡Doctor! Mi hijo está enfermo. Por favor, ayúdeme.
Mucha gente necesitaba la ayuda del padre de Irene, el médico. La gente acudía sin cesar, día y noche. A veces, incluso golpeaban la puerta del hospital, que estaba firmemente cerrada, al amanecer. Su padre nunca rechazaba a ningún paciente. Siempre estaba agotado, pero jamás lo hacía.
Irene admiraba a su padre por eso, pero también sentía lástima por él. Siempre tenía los hombros caídos hacia atrás.
Irene, que maduró antes que sus compañeros, pensó. Quería crecer rápido. Quería ayudar a su padre cuando fuera adulta. Deseaba que un ángel apareciera de repente para ayudar a su padre hasta que ella creciera.
Así que Irene no ignoró la voz que oyó en la oscuridad. No podía ignorarla. Quería ayudar.
—¡Haré todo lo que pueda! ¡Lo que sea!
La voz permaneció en silencio durante un rato.
—…No esperaba que lo aceptaras tan fácilmente.
Fue extraño. La voz vaciló cuando Irene le ofreció su ayuda.
—Me preocupa estar imponiendo una carga demasiado pesada a una niña pequeña.
Irene habló alegremente.
—Soy joven, ¡pero soy inteligente como mi papá! A papá le gustaba que aprendiera todo rápido. ¡He leído muchos libros difíciles! —Irene extendió los brazos mientras hablaba—. ¡Algunos incluso son de la Academia! Así que no te preocupes. ¡Puedo hacerlo bien!
—Eres una niña realmente encantadora. Veo que tienes una gran fuerza de voluntad. Gracias. Pero no es un camino fácil. Debes superar pruebas muy difíciles. Necesitas pruebas contundentes que puedan demostrar la causalidad. Pero como aún eres joven, si tienes la voluntad, yo asumiré el costo de los juicios.
¿Causalidad? ¿Ensayos? Irene no podía comprender todo aquello. Al inclinar la cabeza, la voz rio suavemente.
—Niña encantadora, solo demuéstrame tu determinación. Aunque tenga que asumir el coste, es necesario un catalizador. Así como se necesita agua de cebado para extraer agua subterránea, yo no puedo compartir mi poder con cualquiera. ¿Dijiste que querías estar con las alas? Si puedes vivir así el resto de tu vida, ¿me ayudarás?
La palabra "agua de cebado" también le resultaba difícil a Irene. Aun así, asintió con la cabeza con entusiasmo.
—¡Sí! ¡Lo haré!
No podía pedir más si podía seguir estando con sus geniales hermanos mayores.
La “voz” rio amablemente.
—De acuerdo, entonces eres mi…
—Hoy no circulan carruajes. ¡Toda la ciudad está conmocionada! ¡Hay un incendio en el palacio! ¿Cómo podría alguien abandonar la ciudad en un día como este?
El doctor se apresuró a llegar a la parada de carruajes con la adormilada Irene. Intentaba escapar de la ciudad antes de encontrarse con las alas. Pero surgió un problema.
—¡Te pagaré lo que quieras!
—¡Por mucho que pagues, no puedes irte! Las puertas de la ciudad están cerradas. ¡Ni una rata puede escapar! ¡Nadie puede irse hasta que atrapen a ese tipo, Lehir, o como se llame!
—¡Podemos tomar otra ruta además de la puerta de la ciudad! ¡Como cochero, debes conocer un camino alternativo! ¡Al menos dime de algún agujero por donde podamos colarnos!
Mientras discutían con el cochero, oyeron los gritos de una multitud enfurecida. Antorchas avanzaron rápidamente y luego desaparecieron en un callejón.
—¡Vayamos al templo inmediatamente! ¡Que todos los que siguieron a Josephina se arrodillen ante la santa!
—¡Los sacerdotes han huido! ¡Todos, perseguid a los criminales! ¡Matad a cualquiera que intente abandonar la capital!
—¡Encontrad a Lehir! ¡Ese tipo intentó asesinar a la princesa!
El médico, asustado, abrazó a su hija. El cochero, pálido, susurró con furia.
—¡Mirad eso! Si intentáis salir de la capital hoy, te confundirán con un sacerdote y os lapidarán hasta la muerte.
—¡¿Y mi hija?! ¡¿Y mi hija?!
—Lo que le pase a tu hija no es asunto mío. Si quieres irte, ¡más te vale empezar a rezar! ¡Reza para que atrapen al desgraciado!
La situación en la capital era mucho más grave de lo que el médico había previsto. Reinaba el caos absoluto. Se sucedían, uno tras otro, acontecimientos inimaginables. La multitud, completamente en contra de Josefina, atacó el templo.
Los sacerdotes, que habían actuado con arrogancia bajo la influencia del poder, huyeron aterrorizados. La multitud enfurecida, al no encontrar a los sacerdotes, comenzó a buscar otros objetivos: los nobles que habían conspirado con ellos para explotar al pueblo. Las mansiones de los nobles de alto rango pronto fueron devoradas por las llamas.
Los nobles buscaron desesperadamente a la guardia de la ciudad. Pero nadie los ayudó. No había nadie que pudiera ayudarlos. Lehir, quien había intentado matar a la princesa, había desaparecido repentinamente durante la lucha con ella. Solo quedaba el cadáver de Kuhn y un charco de sangre donde había estado Josephina. La princesa, furiosa, ordenó a toda la orden de caballeros.
—Caballeros Reales, escuchad. ¡Lehir, quien ultrajó a la santa, amenazó al emperador e intentó matarme, ha huido! ¡Movilizad a todos los caballeros y a la guardia de la ciudad para capturar a ese demonio! Vigilad especialmente a los sacerdotes. ¡Algunos de los que siguieron a Josephina podrían intentar ayudar al demonio!
Para entonces, los que habían seguido a Josephina corrieron al palacio. Sin que nadie se lo ordenara, se postraron y suplicaron.
—Debo haber estado hechizado por Josephina todo este tiempo. Ahora he recobrado la cordura. Aceptaré cualquier castigo, ¡solo perdonad mi vida!
Fue una elección lógica. El príncipe y la princesa imperiales habían despertado como las alas de Leticia. Las alas de Josephina estaban muertas, y la bestia la había devorado, dejando solo su sangre. El hijo de Josephina era ahora un fugitivo. Apoyar a Josephina era una locura.
—¡En fin, no tengo nada más que decirte! ¡Deja de hablar de carruajes y vete a casa, lávate los pies y descansa un poco!
El cochero se marchó furioso. El médico sentía que se volvía loco de rabia. Estaba furioso con la gente que había sumido la capital en tal caos.
¡Si hubieran reconocido a Leticia desde el principio, las cosas no habrían llegado a esto!
Le parecía absurdo que ahora la llamaran la verdadera después de haberla acusado una vez de ser una impostora. La idea de permanecer entre esa gente le resultaba aún más espantosa.
—Irene, papá buscará otro cochero. Quédate aquí y pórtate bien.
Preso de la urgencia, el doctor sentó a Irene en un banco y fue a buscar un cochero. Sus esfuerzos fueron en vano. En cambio, el alboroto no hizo más que empeorar. El doctor apretó los dientes mientras miraba al cielo, ahora completamente rojo por las llamas.
Conteniendo a duras penas su ira, el médico regresó al banco. Sus ojos se abrieron de par en par. Junto a su hija había dos personas que no deberían estar allí: Julia y Víctor.
—C-Caballero.
Julia miró al médico y luego cubrió a la dormida Irene con un chal. Víctor, cruzando los brazos, asintió hacia el médico.
—Julia, mira la cara del doctor. Tenía razón. Intentó huir de nosotros.
—Sí, eso parece. Aunque no sé por qué.
—¿Cuántas veces tengo que repetirlo? El secuestro no tiene sentido. ¿Qué clase de secuestrador prepara su equipaje a la perfección antes de tomar rehenes?
—Era una situación sospechosa. Estos dos son los más débiles de nuestra mansión. Eran los blancos más fáciles para Lehir.
Julia frunció el ceño y se pasó la mano por el pelo, que llevaba recogido en una coleta. Habló con voz dolida, abrazando el hombro de Irene, que dormía.
—Doctor, si quería irse, podría habérnoslo dicho. Podría habernos dado la oportunidad de despedirnos de Irene. Yo también le he tomado mucho cariño. Entiendo que no confiara en nosotros… pero elegir precisamente hoy era demasiado peligroso. Incluso se mudó sin Irene, ¿qué habría pasado si los manifestantes se la hubieran llevado?
El doctor se quedó sin palabras. Julia tenía toda la razón. Aunque hiciera cien concesiones, era una imprudencia dejar a su hija sola. Julia esbozó una sonrisa amarga.
—Al menos te encontramos antes de que fuera demasiado tarde. ¿Te enteraste? Lehir escapó. Sé que no quieres, pero espero que aceptes nuestra protección por ahora, hasta que las Alas de Su Alteza resuelvan este asunto. Después, podrás irte cuando quieras. Nos aseguraremos de que seas el primero en salir cuando se abran las puertas.
El médico no supo decir nada. Comprendió que Julia sentía un cariño sincero por Irene. También comprendió que Julia se sentía herida por su frialdad.
El tiempo que pasó en la mansión pasó ante sus ojos como un relámpago. Los guardias y los caballeros del principado habían cuidado muy bien de Irene. Era la primera vez que la veía reír en todo el día.
—…Entonces, aceptaré su ayuda.
Lo invadió la culpa por haber pisoteado su buena voluntad. Se avergonzaba de sí mismo por haberse sentido aliviado ante la oferta de protección de Julia después de haberse marchado tan imprudentemente. No podía levantar la cabeza y miraba al suelo.
—Tomaste la decisión correcta. Víctor, únete al bando del palacio. Me quedaré con estos dos esta noche.
—Entendido. Ten cuidado, Julia.
—Tú también.
Julia levantó a Irene.
—¿Adónde pensabas ir después de dejar la capital? No me malinterpretes, no intento seguirte. Me preguntaba si podríamos ayudarte con la mudanza. Tenemos un mago muy capaz entre las Alas.
—…Íbamos a resolverlo a partir de ahora.
—¿Desde ahora? ¿Pensabas mudarte en este frío invierno sin ningún plan?
Tras escuchar los reproches de Julia, el médico llegó al alojamiento. Después de ayudarlo a registrarse, Julia le devolvió a Irene.
—Estaré afuera. Me mantendré oculta para que no tengas que preocuparte por mí. Una vez que termine la protección, desapareceré discretamente.
—…Gracias.
El rostro del doctor se enrojeció. En retrospectiva, la gente de Leticia siempre lo había ayudado. Kaylas lo había salvado de la muerte y Ahwin lo había protegido de los matones. Incluso ahora, lo estaban ayudando.
A pesar de tratar a la gente de Leticia como monstruos y huir de la mansión, Julia lo ayudó, a sabiendas de ello. Él se arrepintió de haber actuado con tanta emotividad por miedo.
—Adiós, Irene. Hasta la próxima. Adiós, doctor. Cuídese.
Julia se despidió por última vez de Irene, que dormía, y salió de la habitación. El doctor suspiró profundamente y contempló el rostro de su hija dormida. Sentía una profunda tristeza. Seguía nevando afuera. Lamentaba profundamente haber hecho que Julia hiciera guardia con un frío tan intenso.
El doctor comenzó a rebuscar en su equipaje. Sacó varias hierbas que había atesorado durante mucho tiempo. Seleccionó algunas que podrían ser útiles para Leticia y sus caballeros. Dudó un instante al observar las hierbas beneficiosas para las mujeres embarazadas.
«Kaylas me dijo que nunca revelara el embarazo de la santa».
Pero ¿qué importaba ahora que se marchaba? No estaría de más insinuarlo mientras le daba las hierbas a Julia. Tras arropar a su hija dormida con una manta, el médico salió de la habitación.
—Lord Lehir, los caballeros del principado han entrado en el edificio. ¿Qué debemos hacer ahora?
«Tenía la intención de irme de la ciudad discretamente, pero desde que nos conocimos, no hay necesidad de dejarlos ir fácilmente. De todos modos, necesitaba una nueva ofrenda para la causalidad».
Lehir sonrió fríamente.
—Eso son solo caballeros, no un ala. No tendrán ninguna posibilidad contra ti. Atrápalos en cuanto salgan del edificio. Tortúralos hasta la muerte y cuelga sus miembros en la plaza. Cuanto más dramática sea la muerte, mejor. Cuanto más dramática, mayor será el poder que nos otorgará la causalidad. Con ese poder, eludiremos la mirada del espíritu y cruzaremos las murallas de la ciudad.
—Seguimos sus órdenes, amo.
Capítulo 192
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 192
—La causalidad odia a los humanos. Los seres creados para controlar el caos han provocado un caos aún mayor.
Justo después de despertar como Gilead, Sigmund habló con Dietrian, quien ya conocía todo el pasado.
—Pero no podemos atribuirlo simplemente a la causalidad. La “oscuridad” en el mundo humano creció también debido a la codicia de nosotros, los seres trascendentes.
Sigmund confesó que el poder utilizado por los seres trascendentes para los humanos había distorsionado este mundo.
—A veces sigo pensando que quizás hubiera sido mejor ignorarte desde el principio, sin importar lo que te sucediera. Así, la "oscuridad" no se habría formado. Si hubiera impedido que Dinute interfiriera en el mundo humano, las cosas podrían haber sido diferentes. O tal vez hubiera sido mejor quedarse a tu lado como Dinute. Así mis hijos no habrían sufrido tanto. Josephina no se habría atrevido a amenazar al Principado. Claro que, si eso hubiera ocurrido, al final habría prevalecido una oscuridad aún mayor…
La voz de Sigmund era muy tranquila cuando dijo esto. Pero en ella se dejaban entrever heridas latentes.
—Así que, aun sabiendo que irme fue la decisión correcta, todavía me arrepiento.
Como un padre obligado a dejar ir a su hijo, había un dolor que jamás desaparecería. Dietrian comprendió por qué Sigmund, quien una vez abandonó a los humanos, ahora arriesgaba su propia aniquilación para intervenir en el mundo humano.
—Esta es la última oportunidad para deshacerlo todo. Por lo tanto, te estoy mostrando el futuro. No esperes demasiado. Lo que puedo mostrar es solo una pequeña parte. Tu tarea es deducir el todo a partir de las partes.
—¿Qué debo hacer después de inferir?
—Debes actuar para que el futuro que vislumbraste se haga realidad. Para proteger a tu esposa, ahora es el momento de dar un paso al frente.
Así, Dietrian vio fragmentos del futuro con el poder de Gilead. En el primer fragmento, vio a Calisto llorando mientras sostenía a la princesa muerta y a la princesa resucitada presentándose como un ala.
Así pues, trasladó a Calisto para que ese futuro se hiciera realidad. Predecir el futuro y asegurarse de que ocurriera exactamente como se había previsto no era tarea fácil.
Lo que vio fue un fragmento tan pequeño que tenía que estar constantemente en alerta, temiendo que sus decisiones pudieran arruinar el futuro. Por eso no podía presentarse ante Leticia.
Por alguna razón, en el futuro que mostraba Sigmund, no aparecía ninguna escena de su encuentro. Así que reprimió su deseo de buscarla. Temía que seguir sus propios deseos pudiera alterar el futuro.
Incapaz de soportarlo, la observó desde lejos. Por un instante, el anhelo disminuyó, pero con el paso del tiempo se intensificó aún más. Quería correr hacia ella. Quería abrazarla y decírselo.
Quería decirle que había visto todo su pasado, que lamentaba haberla dejado morir sola. Que en esta vida jamás la abandonaría y que estaría con ella en la vida y en la muerte. Pero se contuvo. Gracias a su paciencia, Leticia finalmente obtuvo la sexta ala. Además, el pueblo del imperio comenzó a temer y venerar a Leticia.
—¡Vayamos todos al palacio! ¡Confesemos nuestros pecados y pidamos perdón a la nueva santa!
—¡Bien!
No solo estaba feliz. El hecho de que quienes la habían criticado cambiaran de actitud tan rápidamente por el deseo de vivir lo enfurecía. Dietrian reprimió toda su furia en lo más profundo de su corazón. Era hora de comprender la segunda parte del futuro que había vislumbrado. No había tiempo para dejarse llevar por las emociones.
Irene.
Pensando en el nombre de la chica que había oído, Dietrian dio un paso al frente.
—Papá, ¿de verdad vamos a ir?
Justo en el momento en que la princesa y el príncipe causaban estragos en el palacio y toda la capital estaba sumida en el caos, el médico, que estaba metiendo cosas en una gran bolsa, se sobresaltó y alzó la vista. Irene, que sostenía un gran conejo de peluche, miraba a su padre con los ojos llenos de lágrimas, como una muñeca.
—¿De verdad tenemos que irnos? ¿De verdad nos vamos tan de repente?
—Irene.
—No quiero irme… No quiero despedirme de mis hermanos y hermanas.
Las lágrimas llenaron rápidamente los grandes ojos de Irene. Las manchas de lágrimas comenzaron a aparecer en el conejito de peluche que Noel le había regalado. El doctor, al ver las lágrimas de su hija con rostro angustiado, forzó una sonrisa.
—Irene, no nos vamos para siempre. Volveremos cuando la situación se haya normalizado.
—Entonces, ¿por qué me dijiste que se lo ocultara a mis hermanos y hermanas? ¿Por qué tenemos que irnos a escondidas?
—Están ocupados. No tienen tiempo para preocuparse por gente como nosotros.
—Pero…
Irene rompió a llorar.
—Irene, no tenemos tiempo para llorar. Si no nos vamos ahora, no podremos salir de este lugar. Tenemos que darnos prisa.
—¿Por qué, por qué, por qué tenemos que irnos?
—Esta mansión es muy peligrosa. Escuchaste antes que la princesa falleció, ¿verdad? Si nos quedamos en esta ciudad, nosotros, que somos tan insignificantes como moscas, seremos arrastrados y moriremos en el caos.
—Pero papá, todos han sido muy amables conmigo. Dijeron que nos protegerían.
Al ver a su hija luchando por contener las lágrimas, el doctor sintió un sabor amargo en la boca. Sabía por qué su hija sentía un cariño tan especial por las alas.
—Irene, si sigues llorando, se lo diré a tu mamá. ¿Quieres hacer triste a tu mamá en el cielo?
Su esposa falleció poco después de dar a luz a Irene. La niña, siempre necesitada de afecto materno, quedó completamente cautivada por las alas que la cuidaban.
El doctor sentía compasión y frustración por su hija. Era un ser que desconfiaba profundamente de los humanos. Su esposa había muerto a manos de los sumos sacerdotes. Al enterrarla en la fría tierra, aprendió una dolorosa lección: quienes ostentan el poder jamás ven a los que están por debajo como seres humanos. No hay que confiar en ellos ni oponerse a ellos. No hay que dejarse engañar por su amabilidad.
Su amabilidad se reducía simplemente a acariciar a una mascota o explotar a una víctima. Vivir discretamente, sin llamar la atención, era la clave de la longevidad. A pesar de sus excelentes habilidades médicas, vivía escondido en una clínica destartalada por este motivo. Pero esa vida se había hecho añicos. Todo se debió a que había dicho una barbaridad en una taberna.
«Debería haberme callado sobre quién era la santa».
Se había puesto del lado de Leticia, un matón le dio una paliza y arrastró a Kaylas al asunto. Al final, terminó viviendo con los locos bajo el mismo techo.
—¡Felicidades! ¡Está embarazada!
Por un instante fugaz, sintió esperanza al enterarse del embarazo de Leticia. Había esperado que la noticia calmara sus alas descontroladas, pero…
—Doctor, debe guardar en secreto los resultados del examen de Leticia. No se lo diga a nadie hasta que el santo dé la orden. Ni siquiera las alas.
En cuanto salió de la habitación de Leticia, Kaylas lo amenazó. A pesar de ser el Ala de la Curación, la presión era inmensa. Incluso recordar ese momento le hacía temblar las piernas.
«En este lugar no hay esperanza. Incluso si la hubiera, no tiene nada que ver conmigo. La única solución es irme de aquí cuanto antes».
Mientras planeaba abandonar la mansión, finalmente se le presentó la oportunidad. Todas las alas habían salido de la mansión. Aunque los caballeros del Principado permanecían allí, a él no le importaba.
—Irene, nos vamos solo por un tiempo. Cuando todo se resuelva, volveremos. ¿De acuerdo?
—¿De verdad volveremos?
—Por supuesto. No nos vamos para siempre. Así que no te preocupes demasiado. ¿De acuerdo?
El médico consoló a su hija casi a la fuerza y abrió la ventana del primer piso. Tras comprobar que no había nadie, salió por la ventana.
—Irene, agárrate fuerte a papá. No me sueltes la mano. ¿Entendido?
—Ajá.
El médico, que sostenía a su hija en brazos, cerró la ventana. Caminó de puntillas y se movió con sigilo.
—Irene, a partir de ahora vamos a jugar a trepar por el muro. Tienes que agarrarte bien fuerte a papá…
El médico, que se disponía a escalar el muro, se detuvo. La hija, que había estado llorando y haciendo un berrinche porque no quería irse, se había quedado profundamente dormida.
—¡Vaya! ¡Qué maravilla! Ella puede dormir en un momento como este.
El médico miró a su hija con expresión perpleja y dejó escapar una risa nerviosa.
—Bueno, al menos es bueno que estés durmiendo bien.
El médico, que últimamente sufría de insomnio severo, le dio unas palmaditas en la espalda a su hija y se puso en posición.
—Oh, Dios mío… uff.
Logró trepar el muro con su hija dormida en brazos, pero su precaria condición física lo dejó completamente exhausto. El médico, con el cuerpo lleno de rasguños y arañazos de la pared, jadeaba con dificultad.
—¿Irene? Despierta. Coge la mano de papá y vamos a caminar. ¿De acuerdo?
Parecía que Irene estaba profundamente dormida, ya que no se despertaba fácilmente.
—Irene, tienes que despertar. ¡Irene!
—¿Papá…?
El médico, respirando con dificultad, levantó a su hija.
—¿Qué clase de sueño estabas teniendo?... Uf. Eso te impidió despertar... Vaya. En fin, vámonos. Tenemos que irnos antes de que regresen las alas.
—Ajá…
Aturdida, Irene tomó la mano de su padre y comenzó a caminar. Al médico le extrañó que su hija estuviera tan inusualmente cansada, pero no tenía tiempo para darle vueltas. Lo prioritario era abandonar la capital cuanto antes, antes de que volvieran las alas.
Por eso, ni siquiera sospechó.
¿Por qué su hija se había quedado dormida tan profundamente de repente?
Qué clase de sueño había tenido Irene. ¿Qué voz escuchó en ese sueño?
Athena: Aaaah, entonces Irene es la siguiente Ala. Ay, pero es muy pequeña… Y Dietrian sabe todas las alas futuras.
Capítulo 191
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 191
En el principio, solo existía la luz radiante.
Los seres trascendentes, que habían trascendido incluso la muerte, pasaban sus días en paz dentro del mundo de la luz.
Sin embargo, comenzaron a aparecer grietas en lo que parecían días perfectos. El aburrimiento empezó a extenderse entre los seres trascendentes.
—El mundo es demasiado aburrido. ¿Para qué nacimos?
Lo que comenzó como una simple mota de polvo pronto empezó a tomar forma. Finalmente, creció hasta alcanzar un tamaño que ni siquiera la ley de causalidad, que rige las reglas del mundo, pudo ignorar.
—Se necesita una nueva existencia para resolver el aburrimiento de los seres trascendentes.
Una balanza desequilibrada acabará por caerse. Se necesitaba una nueva vida para acabar con el aburrimiento. Esa era la humanidad. Destinada a morir algún día, siempre frágil, obligada a librar feroces luchas por la supervivencia. Los seres trascendentes, que se habían aburrido de todo, escaparon rápidamente de su aburrimiento.
—Los seres humanos son fascinantes cuanto más los observas.
Para los seres trascendentes, los humanos eran mascotas muy atractivas. Sin embargo, con el tiempo, surgieron problemas con estas mascotas. El egoísmo y la malicia humanos comenzaron a perturbar el orden del mundo. Finalmente, la ley de causalidad, que regía las normas del mundo, llegó a su fin.
—Necesitamos eliminar a todos los humanos y crear una nueva existencia. Una que sea muy superior a la de los humanos imperfectos y que pueda eliminar el aburrimiento.
Cuando la causalidad llegó a esta conclusión, algunos seres trascendentes, al enterarse de la noticia, acudieron apresuradamente. Una de ellas era la diosa Dinute.
—Los seres humanos no son piezas que se puedan crear cuando se necesitan y desechar cuando no. ¡No podemos pisotear tan fácilmente lo que han logrado!
Entre los muchos seres trascendentes, Dinute sentía un cariño especial por los humanos. Amaba su pasión y llegó a respetar sus vidas.
—Yo enseñaré sabiduría a los humanos. Ellos protegerán el orden del mundo.
A la causalidad no le gustó la terquedad de Dinute, pero decidió darle una oportunidad. Casualmente, otros seres trascendentes que amaban a los humanos se unieron. Sigmund fue uno de ellos. Dinute habló frente a los seres trascendentes que compartían su voluntad.
—Edificaré una nación en el desierto. Mi pueblo aprenderá la humildad ante la escasez. Para ello, compartiré mi poder con nueve sumos sacerdotes.
Al principio, parecía que el plan de Dinute había tenido éxito. El Sacro Imperio prosperó y los humanos del imperio disfrutaron de un período de estabilidad sin precedentes.
Pero la satisfacción duró poco. Los humanos eran mucho más débiles y egoístas de lo que Dinute había previsto. Sin importar cuánto se les diera, se adaptaban rápidamente a la abundancia y ansiaban una mayor estimulación. A pesar de tener suficiente, se dañaban entre sí para conseguir más.
Dinute se desesperó, pero no se rindió. Cada vez que los humanos alteraban el orden del mundo con su egoísmo, ella se sacrificaba continuamente para brindarles oportunidades. Se sacrificó una y otra vez. A veces, incluso ofreció su poder a la causalidad para restaurar el orden roto.
—Dinute, deja de ser tan tonta y olvídate de los humanos. Acabarás desapareciendo. Le prestas demasiada atención a simples mascotas.
—Los humanos no son mascotas. Son mis hijos, mi extensión. No me rendiré.
Un día, mientras luchaba por sobrevivir, Dinute se enfrentó a una desesperación incomparable a todo lo que había vivido antes.
—¿Qué es eso?
Los monstruos comenzaron a extenderse por todo el continente.
—¿Acaso surgieron a causa de los humanos?
Más precisamente, se debió a la intervención de seres trascendentes en el mundo humano.
Así como un metal doblado jamás puede enderezarse por completo, cada vez que se restablecía el orden alterado por los humanos, quedaban huellas por todo el mundo. Estas huellas, particularmente caóticas, se acumulaban para crear oscuridad, y de esa oscuridad surgían monstruos.
Afortunadamente, el brote inicial de monstruos fue controlado gracias a la intervención de seres trascendentes, pero la oscuridad seguía cerniéndose sobre el mundo. Es más, debido a la intervención de estos seres, la oscuridad se hizo más grande que antes. Ante esta situación, Sigmund finalmente tomó una decisión.
—Ya no podemos intervenir en el mundo humano. El caos no hará más que crecer. Es mejor marcharse. Dinute.
Sigmund creía que la única manera de restablecer el orden era abandonar inmediatamente el mundo humano.
—Al principio tendrán dificultades, pero a la larga, debemos marcharnos. Dejar que los humanos vivan sus propias vidas es el mejor camino para ellos.
Dinute no estaba de acuerdo con Sigmund.
—No puedo irme. Si me marcho de repente, la humanidad quedará profundamente conmocionada. No puedo abandonarlos en un mundo tan caótico.
—Dinute.
—Con el tiempo, desarrollarán la autorregulación. Cuando eso ocurra, la oscuridad perderá por completo su poder. Todos los problemas se resolverán de forma natural.
—Respeto tu decisión. Pero tarde o temprano te enfrentarás a límites. La oscuridad no hará más que crecer.
Así, los caminos de los dos seres trascendentes se separaron. Sigmund abandonó el mundo humano, mientras que Dinute permaneció en él. El mayor problema para Dinute, sola, era lidiar con los monstruos que aparecerían en el futuro.
—Debo otorgar un nuevo poder a las Alas.
Dinute sacrificó su poder para otorgar nueva fuerza a las almas de los dos Sumos Sacerdotes que nacerían como las próximas Alas. Este poder incluía el poder de la oscuridad para controlar a los monstruos y las llamas purificadoras para lidiar con aquellos que se descontrolaban.
El Ala de la Oscuridad fue el primer poder que Lehir anheló. Podía controlar a los monstruos. Las llamas purificadoras eran más destructivas, pero ese poder hacía mucho que había desaparecido. Lehir, nacido en la oscuridad, no se atrevió a codiciarlo. Sin embargo, la princesa se apoderó del poder de la oscuridad.
—¡Esto no puede ser! ¡Mi poder no puede desaparecer tan fácilmente!
Lehir, negándose a creerlo, volvió a mirar rápidamente la posición de Kuhn, esperando que estuviera bien y que la desaparición de los monstruos que lo custodiaban se debiera a que Kuhn se había distraído. Pero no.
Un lado del palacio, sin techo, se derrumbaba lentamente. El tiempo parecía transcurrir el doble de despacio. Justo cuando Kuhn alzó la cabeza, una enorme roca cayó sobre él. Los ojos de Kuhn se abrieron de par en par. Antes de que pudiera invocar a los monstruos, todo terminó en un instante.
¡Boom! ¡Bang! Instantes después, el lugar donde había estado Kuhn quedó cubierto de escombros. Lehir, observando el polvo que se levantaba, tragó saliva con dificultad. Le temblaban las yemas de los dedos. El vínculo que lo unía a Kuhn se rompió. ¡Kuhn estaba muerto!
—Murió demasiado fácilmente considerando todos los pecados que cometió.
Detrás de él, la princesa chasqueó la lengua. Lehir, congelado como el hielo, crujió al girarse. La princesa esbozó una sonrisa burlona.
—¿Te preocupa que el Ala haya muerto? No te preocupes. Pronto te unirás a él. El poder que creaste para mí como Ala te consumirá.
Con su arrogante declaración, un chillido escalofriante llenó el aire. Miles de murciélagos que habían cubierto el espíritu de la tierra se abalanzaron al unísono. Lehir, con los ojos inyectados en sangre, contempló la escena con furia. Luchó contra los monstruos varias veces, pero fue en vano. La princesa los dominaba con mucha más destreza que Kuhn. El rostro de Lehir se contrajo de desesperación.
—¡Maldita sea…!
La situación era crítica. Su poder se desvanecía como un castillo de arena. Aunque aún conservaba el poder de las dos Alas, no podía usarlo.
«Debo guardarlo para más tarde».
¿Cuánto tiempo había esperado para obtener el poder de las dos Alas? Había cometido toda clase de atrocidades para conseguirlo. No podía desperdiciarlo de forma tan inútil.
—Lehi…r…
Mientras Lehir apretaba los dientes, tratando de encontrar la manera de escapar de los monstruos, un leve gemido llegó a sus oídos.
—Lehir, ¿dónde estoy? ¿Por qué estoy aquí?
Al ver a Josephina esforzándose por levantarse, la expresión de Lehir cambió drásticamente.
—Sí, así es.
En su mente surgió una idea para escapar sin perder el poder de las Alas. La decisión fue rápida. Su mano se movió como un rayo. Josephina se estremeció ante el dolor repentino e instintivamente bajó la mirada.
—Lehi… ¿ah?
La túnica blanca de la santa se tornó roja lentamente. La sorpresa se reflejó en los ojos de Josephina mientras Lehir sonreía con malicia a la mujer paralizada.
—Que la causalidad valore mucho tu sufrimiento.
Dicho esto, Lehir puso su mano sobre la frente de Josephina. Los sucesos vividos por el verdadero «Lehir», su propio hijo, la invadieron al instante. Mientras Lehir desaparecía en el oscuro abismo, monstruos se abalanzaron sobre la paralizada Josephina.
En el preciso instante en que el palacio, antaño pacífico, fue puesto patas arriba por el príncipe y la princesa, los ciudadanos temblaron de miedo al ver el cielo sobre el palacio iluminado con la misma intensidad que a mediodía por las llamas que se elevaban.
—¿Qué demonios está pasando? ¡El palacio se está derrumbando y los monstruos están causando estragos!
—¿Está condenado el imperio?
Ni se les pasó por la cabeza que hubieran sido el príncipe y la princesa quienes destruyeron el palacio y convocaron a los monstruos.
—¿Por qué siguen ocurriendo sucesos tan horribles?
—¡La diosa ha desatado su ira sobre nosotros! ¡Está furiosa!
—Sí, todo esto sucedió porque no reconocimos a la verdadera santa.
Entre los aterrorizados ciudadanos se extendieron rumores que sugerían que los sucesos del día se habían producido porque el pueblo del imperio había maltratado a Leticia.
—Debemos confesar nuestros pecados al nuevo santo. ¡Debemos arrodillarnos y rogar por perdón!
—¿Dónde está la reina consorte, la santa? ¿Dónde está ella?
—¡Vayamos al templo y matemos a todos los sacerdotes que siguieron a Josephina! ¡Quizás así la nueva santa nos perdone!
La gente acudió en masa al templo, sacudiendo las puertas principales, que estaban firmemente cerradas, y gritando furiosamente.
—¡Sacerdotes! ¡Salid inmediatamente! ¡Sacrificad vuestrs vidas para acabar con este desastre! ¡Ahora!
Entre la multitud agitada, nadie se puso del lado de los sacerdotes. Desde que Josephina fue canonizada, los sacerdotes habían oprimido continuamente a los ciudadanos indefensos.
Con la excusa de haber sido elegidos por la diosa, habían explotado a gente inocente para satisfacer su propia avaricia. Los sucesos de ese día finalmente desataron la ira que el pueblo había albergado durante mucho tiempo contra los sacerdotes.
—¡Salid ahora! ¡Salid, os digo!”
—¡Pedid perdón a Santa Leticia!
Mientras los sacerdotes de Josephina eran atacados, un par de ojos observaban no muy lejos. Era Dietrian, el esposo de Santa Leticia, quien se había ganado la admiración de todos los ciudadanos en tan solo unas horas.
—¡Santa! Por favor, perdónanos. Lo sentimos de verdad. ¡Perdónanos solo por esta vez!
Dietrian, al ver a la gente implorando el perdón de Leticia, se dio la vuelta y se marchó. Aquello era solo el comienzo de la recuperación de todo lo que su esposa había perdido.
Athena: Entonces el poder de Dana y Barnetsa son complementarios. Es interesante. Y Dietrian sigue actuando en las sombras.
Capítulo 190
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 190
—¿Qué dijiste?
—Eso no es todo. ¡La princesa dijo que Lord Lehir fue quien intentó matarla!
Los ojos de Lehir se abrieron de par en par, sorprendido.
—Además, se ha dado una orden a los Caballeros Reales para que los arresten a ambos.
—¡Eso es una tontería! ¡De ninguna manera!
—¡Es cierto! ¡Las bestias demoníacas acaban de venir y me lo han dicho!
Kuhn tenía el poder de controlar bestias demoníacas, así que todo lo que le dijeran tenía que ser verdad.
«¡Maldita sea! ¿Eso tiene algún sentido?»
Lehir, furioso, dio un pisotón. Si, como decía Kuhn, la princesa despertaba y lo identificaba como el culpable, todo estaría perdido. Todo el palacio imperial, no, todo el imperio se volvería contra él.
—Debo reunirme con el emperador. ¡Adelante!
Lo único positivo era que aún existía una manera de evitar el peor desenlace.
«¡Debo usar al emperador como escudo!»
El emperador seguía siendo adicto a las drogas, así que, para sobrevivir, no le quedaba más remedio que ponerse del lado de Lehir.
«Después de eso, podré culpar de todo esto a Leticia, ¡esa bruja!»
Él alegaría que el poder del malvado dragón nubló la visión de la princesa, impidiéndole reconocer a su verdadero enemigo.
—¡Lehir! ¿De verdad mataste a la princesa? ¿Es cierto?
Cuando estaba a punto de salir de la habitación, Josephina lo agarró con urgencia. Su tez estaba aún más pálida que cuando había sufrido las consecuencias de la maldición.
—Lehir, díselo a tu madre. ¡Es imposible que hayas hecho eso!
Aunque pareciera una afirmación inapropiada, Lehir era muy valioso para Josephina. Esto se debía a que la "Sombra" que consumía a Lehir la había manipulado de tal manera.
Aquello había corrompido a Josephina, llevándola a maltratar a su hija Leticia durante toda su vida. Jamás reconoció a la hija a la que debió haber amado de verdad, y en su lugar volcó todo su afecto en un hijo que era solo una cáscara vacía.
Sin saberlo, Josephina se negaba a creer que su amado hijo pudiera cometer semejante atrocidad.
—Cariño, dime. Tengo razón, ¿no? Tú no lo hiciste, ¿verdad? Todo es obra de Leticia, esa malvada mujer, ¿verdad? Sí… ¡Ah!
—¡Suelta!
Josephina no pudo terminar su frase. Lehir, molesto, la apartó y dio órdenes a Kuhn.
—Primero me aseguraré del emperador. Kuhn, ¡trae a Josephina! No debe morir todavía. ¡Aún puede ser útil!
—Comprendido.
—¿Le, Lehir? ¿Qué acabas de decirme? ¿Dijiste que me matarías?
Dejando atrás a la atónita Josephina, Lehir salió de la habitación. Dada la situación, ya no había necesidad de respetarla. Su única utilidad ahora era recibir la espada que apuntaba hacia él.
«Si las cosas salen mal, diré que fue Josephina quien mató a la princesa, no yo».
Dado que la situación había llegado a este punto, decidió que cuando Josephina asumiera la culpa del regicidio y muriera, ofrecería su alma a la causalidad. Mientras meditaba sobre la manera más espantosa de matar a Josephina para satisfacer a la causalidad, alguien le cerró el paso.
—¿Adónde va tan apresuradamente, señor Lehir?
Lehir se detuvo bruscamente. El estruendo de las armaduras lo rodeó rápidamente.
—Su Majestad.
Lehir, apenas pudiendo controlar su expresión, forzó una sonrisa.
—¿Qué haces aquí?
El emperador, que debería haber estado tendido indefenso tras desplomarse en el banquete, se encontraba ante él perfectamente ileso. Reprimiendo la creciente ansiedad, Lehir habló.
—Me enteré de que os desmayasteis debido a un accidente en el banquete, pero parece que os recuperasteis rápidamente. Eso es un alivio. ¿Cómo está vuestra salud?
El emperador permaneció en silencio, limitándose a mirar a Lehir. La incomodidad de Lehir aumentó.
«¿Por qué el emperador tiene esos ojos?»
La mirada del emperador era desconocida. No se parecía a la de él, que últimamente había estado bajo los efectos de las drogas.
«Es como si hubiera despertado de los efectos de las drogas…»
Ante aquel pensamiento que le vino a la mente, Lehir se estremeció. Miró al emperador como si no pudiera creerlo. Sorprendentemente, sus ojos, antes nublados, ahora brillaban con vida. Los ojos color esmeralda de Lehir temblaron violentamente.
«¿De verdad pudo haber superado la adicción? ¿Tan rápido? ¿Cómo?»
No tenía sentido. Las drogas que había usado las había obtenido mediante pactos con la causalidad, al igual que sus otros actos malvados. ¡Una droga tan poderosa no podía ser vencida por un simple humano!
—¿Por qué habéis venido a verme a estas horas? ¿Necesitabais más medicina?
—No lo necesito. Ya no pienso dejarme influenciar por sustancias tan viles.
Aunque preguntó por si acaso, el emperador estaba sobrio.
—Pareces haber visto un fantasma. Debes estar preguntándote cómo recuperé la cordura de repente. Yo también tengo curiosidad. Tampoco sé cómo se frustró tu malvado plan. —El emperador rio entre dientes y susurró—. Pero una cosa es segura. Usted, no, tú miserable, intentaste usarme para cometer actos atroces.
El rostro de Lehir se contrajo de ira. El emperador desconocía el motivo de su recuperación, pero Lehir sí. Aquella poderosa vitalidad que se percibía incluso a pocos pasos de distancia le resultaba muy familiar.
«¡Maldita sea! ¡Es el poder curativo!»
¡El mismo poder que tanto se había esforzado por obtener, pero que había perdido ante sus propios ojos!
«¡Leticia, Leticia, maldita mujer! ¿Cuándo te acercaste al emperador?»
Lehir apretó los dientes.
«¡Solo nos vimos brevemente en el banquete! ¿Acaso curó al emperador en tan poco tiempo? ¿Es eso todo?»
Lehir tembló de rabia al sentir cómo esta le subía a la cabeza.
—Lehir, sea lo que sea que estuvieras planeando, olvídalo. Se acabó para ti. Los Caballeros Reales jamás perdonarán al enemigo que intentó asesinar a su soberano.
El emperador incluso sabía que Lehir ya había intentado matar a la princesa. Solo quedaba un camino.
—¡Kuhn! ¡Abriremos paso de frente! ¡Invoca inmediatamente a las bestias demoníacas más cercanas! ¡Escaparemos del palacio!
—¡Entendido!
Kuhn, llevando a Josephina a cuestas, formó un sello con las manos.
Al mismo tiempo, los Caballeros Reales desenvainaron sus espadas. Docenas de espadas apuntaron simultáneamente a Lehir.
—¡No intentéis ninguna tontería! ¡Nosotros, los Caballeros Reales, jamás dejaremos en paz al enemigo que intentó asesinar a la princesa!
—¡Abandona tus sueños tontos! ¡No puedes vencerme!
Lehir torció sus labios en una sonrisa desdeñosa. Pronto, ¡estruendo, bum! Nubes oscuras cubrieron rápidamente el cielo sobre el palacio. Un relámpago blanco brilló. El suelo se agrietó en varios puntos y algo comenzó a elevarse. Los cristales del corredor se hicieron añicos y figuras negras irrumpieron.
—¡Es un ataque de una bestia demoníaca!
—¡Caballeros Reales! ¡Proteged a Su Majestad de inmediato!
Pequeñas bestias demoníacas, tan diminutas como gorriones, y enormes bestias con forma de raíz de árbol pululaban, cubriendo todo el palacio imperial con toda clase de criaturas grotescas nacidas de la más baja oscuridad.
—¡Maldita sea! ¡Capitán! ¡Hay demasiadas!
El comandante gritó frustrado, mirando por la ventana, que se había oscurecido por completo debido a las bestias demoníacas con aspecto de murciélago.
—¡A este paso, esto nunca terminará! ¡Kuhn está controlando a las bestias! ¡Tenemos que acabar con él!
Con esas palabras, el comandante cargó contra Kuhn. Al mismo tiempo, Lehir agitó la mano.
—¡Cómo te atreves!
—¡Argh!
El comandante fue lanzado a un lado. Simultáneamente, un colosal pilar de tierra, mucho más grueso que las bestias con forma de raíces de árbol, surgió con fuerza.
[¿Me llamaste, amo?]
Los caballeros se quedaron sin aliento al contemplar los inquietantes ojos púrpuras brillantes que se encontraban en el centro del pilar.
—¡Ese es el Espíritu de la Tierra!
Calisto. El mismísimo Espíritu de la Tierra que el príncipe imperial había utilizado una vez para destruir el santuario.
—¡Je, qué ojos tan agudos tenéis, necios! ¡Sí, es el poder de la tierra el que robé mientras ese necio sufría la agonía del pacto!
Lo que Lehir invocó no fue el verdadero Espíritu de la Tierra, sino una réplica creada mediante sacrificios a la causalidad. Ya había usado este espíritu para ayudar a Josephina a escapar. Aunque era una réplica, su poder no era diferente al del verdadero.
—Con mi espíritu, os enterraré a todos vivos. ¡Ofrecer vuestras almas seguramente satisfará la ley de la causalidad!
El Espíritu de la Tierra se movía a lo largo de las paredes. Con vibraciones ominosas, aparecieron grietas por todo el edificio. En algunos lugares, el techo se derrumbó y cayeron escombros.
—¡Agh!
—¡Su Majestad!
Finalmente, los escombros del techo que se derrumbaba golpearon al emperador. Sangrando por la frente y tambaleándose, el emperador fue sostenido por su guardia.
—¡Su Majestad está herido! ¡Abrid paso! ¡Tenemos que salir de aquí inmediatamente! ¡Rápido!
—¡Jajaja! ¿Olvidaste que te dije que despertaras de tu sueño? Esta es tu tumba. ¡Nadie escapará!
Con una risa demente, Lehir extrajo aún más poder. El poder de la tierra que había robado a Calisto se estaba agotando rápidamente. Aun así, Lehir no se detuvo. Siempre podía reunir más poder. Después de todo, los humanos eran abundantes. Justo cuando pensaba esto con confianza, se oyó un estruendo ensordecedor, ¡bang!
Un ruido atronador, como si el mundo se estuviera partiendo en dos, y una conmoción que golpeó el alma se sucedieron rápidamente.
—Uf, ¿qué, qué es esto?
Lehir, tambaleándose, apenas logró mantenerse en pie. Sintió un calor en la oreja. Lehir se limpió el lóbulo por reflejo y abrió los ojos de par en par. Sangre. La sangre goteaba de una oreja. ¡Boom, boom!
—¡Maestro!
Al oír el grito de Kuhn, Lehir alzó la vista incrédulo. Un viento frío le revolvió el pelo rubio. Dejó de respirar al ver el cielo nocturno, tan claramente visible como si el techo se hubiera desvanecido. Más precisamente, algo enorme había arrancado parte del techo de un mordisco. Y eso no era todo.
Los espíritus falsos que habían envuelto el palacio momentos antes se desmoronaron entre sus gritos de muerte. Esto se debió a una entidad gigantesca que, si bien se asemejaba a los espíritus falsos, los superaba en tamaño.
—¡Ha aparecido el verdadero Espíritu de la Tierra!
Lehir gritó en silencio. El Espíritu de la Tierra, que había decapitado al impostor, se levantó lentamente. Mirando fijamente sus ojos negros como el azabache, Lehir apretó los dientes.
—¡Kuhn! ¡Date prisa! ¡Rápido!
—¡S-sí, entendido!
Kuhn invocó apresuradamente a las bestias demoníacas. El sonido de miles de alas batiendo llenó el aire. El cielo azul oscuro se oscureció rápidamente de nuevo mientras las bestias reunidas pululaban.
[¡¿Adónde creen que van, murciélagos?!]
El espíritu, rodeado de cientos, miles de bestias demoníacas, rugió furiosamente. Ramas de árbol brotaron de su cuerpo, atravesando a las bestias demoníacas al instante. Lehir apretó los dientes. Como era de esperar, las bestias de bajo nivel no podían hacerle frente al espíritu.
«¡Pero pueden darnos algo de tiempo!»
Ahora solo necesitaba un breve instante para planificar su siguiente movimiento.
—¡Kuhn, entrega a Josephina!
Lehir tomó a la inerte Josephina y le dio órdenes a Kun.
—¡Cubre nuestra retirada! Asegúrate de que nadie me siga; ¡debes resistir aquí hasta el final! ¡Trae conmigo a las bestias de mayor nivel! ¡Necesitan protegerme!
—¿Está diciendo que se llevará a todas las bestias de nivel superior, Lord Lehir?
—¡Sí!
—Entonces, ¿qué debería usar…?
Kuhn, con el rostro pálido, preguntó. Con el Espíritu de la Tierra presente, entregar bestias poderosas significaba una muerte segura. La expresión de Lehir se tornó sombría.
—Kuhn, me debes tus poderes alados, ¿y ahora te atreves a cuestionar mis órdenes? Si tu amo está en peligro, ¡las alas deben ser sacrificadas, por supuesto!
—S-sí, lo entiendo.
Aquejado por el dolor del pacto, Kuhn inclinó la cabeza. Luego, con dificultad, formó los sellos.
—¡Todos, proteged al amo! ¡Ahora!
Con decenas, cientos de bestias a cuestas, Lehir se movió rápidamente. La aparición del Espíritu de la Tierra significaba que Calisto estaba cerca. Necesitaba escapar con rapidez mientras Kuhn contenía al espíritu de Calisto.
—Ah, por fin te encontré.
Aunque el tiempo apremiaba, Lehir volvió a ser interceptado poco después de salir del palacio. Abrió los ojos con sorpresa ante el inesperado adversario.
—¿Princesa Dana?
La princesa sonreía con incomodidad, sin siquiera mirar a Lehir. Una bestia murciélago tuerta revoloteaba emocionada a su lado.
—Jaja, sí, gracias. Gracias a ti, encontré a ese hombre rápidamente. ¿Qué? ¿Cómo está tu ojo? Claro, no es horrible… es hermoso, jajaja, jajajaja.
Lehir, que observaba aturdido a la princesa conversar con la bestia, reaccionó de repente, como si le hubiera caído un rayo. Giró la cabeza apresuradamente, pero ya era demasiado tarde.
Todo había desaparecido. Todas las bestias que lo habían estado siguiendo se habían ido.
—Las envié lejos.
Y entonces llegó la altiva declaración de la princesa.
—Lo auténtico ya está aquí; ya no tienen por qué seguir las órdenes de un impostor, ¿verdad?
Capítulo 189
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 189
—¿Qué?
Sorprendida, Leticia miró a la princesa con asombro. Incluso Calisto, que había estado sollozando, levantó la cabeza con expresión impasible.
—¿Hermana? ¿Qué acabas de decir?
—Ja ja…
La princesa rio nerviosamente, evitando las miradas de ambos. Hacía poco, había estado maldiciendo a los Alas, llamándolos humanos dementes. Ahora, presentarse como una Ala era increíblemente vergonzoso.
—La verdad es que esto fue lo que pasó…
La princesa explicó con detalle lo que había vivido: cómo Kun la secuestró, cómo Lehir la estranguló, cómo Lehir destruyó cinco de las nueve Alas mientras la mataba y cómo, al borde de la vida y la muerte, una voz extraña la eligió para ser un Ala.
Calisto y Leticia tuvieron reacciones completamente opuestas. En cierto momento, Calisto se quedó tan inmóvil como una noche oscura. Por otro lado, Leticia preguntó con voz temblorosa.
—¿El criminal que atacó a Su Alteza era mi hermano? ¿Y ya destruyó cinco de las nueve Alas?
—Sí. Lo vi claramente rompiendo la barrera de piedra dañada que tenía delante.
Leticia se quedó sin palabras. Una escena le vino a la mente de forma natural.
—Que la manden lejos. ¿Por qué no concertar un matrimonio?
Hace mucho tiempo, Lehir le había aconsejado a Josephina, a quien Leticia le resultaba problemática, de esta manera.
—Cásala con el príncipe Dietrian. Seguro que odiará a Leticia.
Josephina finalmente aceptó la propuesta. Tras enviar una propuesta de matrimonio al Principado, había grabado una maldición en el corazón de Leticia.
—No puedo permitir que vivas cómodamente lejos de mi vista.
—Mata a Dietrian en medio año. Si no lo haces, serás despedazada viva.
El matrimonio de Leticia con Dietrian fue todo por culpa de Lehir. En otras palabras, Lehir fue el inicio de todo esto. Además,
«Barnetsa era solo un Ala temporal porque el alma del Sumo Sacerdote ya se había extinguido».
El alma del Sumo Sacerdote, que se reencarnaba repetidamente para proteger a la representante de la diosa, se había extinguido. Por lo tanto, debía aparecer una nueva Ala para proteger a Leticia en esta vida.
«Si no hubiera existido una segunda oportunidad, las cuatro almas restantes también se habrían extinguido».
Ahwin, Noel, Calisto, Kaylas. Mirando hacia atrás, las cuatro Alas habían tenido un final miserable en sus vidas anteriores.
«Las otras cinco Alas, incluido Tenua, habían prosperado».
No se trataba simplemente del destino siguiendo su curso. La "Sombra" que había consumido a Lehir había alterado el destino y, en última instancia, destruido las nueve almas de las Alas.
—¡Cal! ¿Adónde vas?
Leticia apenas se recuperó de la sorpresa ante la urgente llamada de la princesa.
—Voy a matar a Josephina y a Lehir. Voy a destrozar a la madre y al hijo.
—¡Este tipo está realmente loco!
La princesa se horrorizó y le dio a Calisto una palmada en la espalda con tanta fuerza que produjo un fuerte ruido.
—¡¿Por qué me detienes?! ¡Lehir, ese bastardo se atrevió a…!
Calisto no pudo terminar la frase y frunció el ceño con dolor. Aunque la princesa había sobrevivido, el recuerdo de haber sostenido el cadáver de su hermana seguía siendo una herida profunda. La princesa reprendió severamente al angustiado Calisto.
—¡Primero necesitas obtener permiso!
—¿Qué?
—Ya lo había sentido antes, pero eres demasiado impulsivo. Eres un Ala, ¿por qué siempre eres así? Hablando de eso, ¿pediste permiso antes de destruir el santuario?
—¿Permiso? ¿De qué permiso estás hablando?
Calisto hizo una breve pausa, preguntando con confusión. La princesa respondió como si fuera obvio.
—Por supuesto, de la maestra…
—¡Un momento!
Leticia interrumpió apresuradamente antes de que la princesa pudiera terminar de pronunciar el extraño título.
—Su Alteza, por favor, llamadme reina consorte como antes.
—¿Qué? Pero fui elegida como Ala. ¿Cómo podría llamaros… ama…?
—¡Basta! Su Alteza está destinada a convertirse en la emperatriz del Imperio. Llamarme ama no me parece correcto. ¡Por favor, llamadme como antes!
Tras una breve discusión, la princesa asintió a regañadientes, con el rostro lleno de arrepentimiento.
—Dado que Su Alteza insiste, no tengo otra opción. Os llamaré como me habéis pedido.
—Gracias.
Leticia suspiró aliviada en secreto, agradecida de que la princesa fuera menos obsesiva que las demás Alas.
—Entonces, reina consorte, ¿está bien que vayamos a acabar con Lehir ahora?
Su alivio duró poco, pues Leticia se estremeció involuntariamente ante la dulce sonrisa de la princesa. Por alguna razón, vio las expresiones de otras Alas superpuestas en el rostro de la princesa. Rápidamente sacudió la cabeza para disipar esos pensamientos ominosos.
«Seguro que Su Alteza no sería como ellos».
La princesa, que tanto había sufrido limpiando los desastres causados por las Alas, seguramente ya no sería la misma.
—De acuerdo. Yo también necesito reunirme con mi hermano, no, Lehir, para confirmar algo.
En ese preciso instante, Leticia, con la ayuda del niño que llevaba en su vientre, resucitó a la princesa utilizando el poder de la curación.
—¡Lehir!
Con un grito desgarrador, Lehir se levantó de un salto de su asiento. Sus ojos, llenos de conmoción, contemplaron el símbolo púrpura que se desmoronaba en el aire.
—Lehir, ugh. ¡Me duele, me duele…!
Justo debajo del símbolo, Josephina rodaba por el suelo, agarrándose el brazo. Era la reacción adversa de la maldición.
—¡Aaagh!
Incapaz de soportar el dolor, Josephina se arrancó las horquillas del cabello. Se le cayeron todas y su elaborado vestido quedó arrugado.
Las lágrimas corrían por su rostro, emborronando su maquillaje y dejando manchas antiestéticas. Josephina, ajena a su aspecto arruinado, se arrastró por el suelo, llorando.
—Lehir, sálvame… ¡Me duele, me duele!
De todos modos, Lehir miró fijamente el símbolo como si quisiera matarlo.
—¡¿Qué es esto?! ¡¿Por qué vuelve a estar involucrado el poder del Dragón?! ¡¿Cómo se atreve a interferir otra vez?!
La energía dorada que rodeaba el símbolo maldito era, sin duda alguna, la del Dragón.
—¡De ninguna manera! ¿Cómo podría Sigmund… a menos que estuviera preparado para ser aniquilado, cómo!
Para que un ser trascendente interfiera con el destino, debe pagar un precio. Así como Lehir mató a la princesa para interferir con la maldición de Leticia, Sigmund tuvo que sacrificar algo para contrarrestarla.
—¡Sigmund, ese idiota, no mataría a un ser humano!
Así pues, solo quedaba un camino. Renunciar a su propio poder o longevidad para asumir la maldición. Sigmund ya había interferido con el destino humano varias veces. Estaba seguro de que Sigmund no podría proteger a Leticia por un tiempo. Sin embargo, la energía dorada que amenazaba con la maldición era brillante.
—¿Está dispuesto a llegar tan lejos para arruinar mis planes? ¡¿Es eso?!
Sin saber de la existencia del hijo de Leticia, el rostro de Lehir se contrajo de rabia.
—Bien. ¡Haz lo que quieras! Intenta detenerme hasta el final. ¡Tu destino ya está sellado!
Sigmund. Ese necio dragón solo conocía una parte de la historia. Por mucho que lo intentara, jamás podría bloquear por completo la maldición de Leticia. Una vez agotado todo su poder, solo le quedaría el camino a la aniquilación.
—Dinute solo no puede oponérseme. El verdadero santo desaparecerá para siempre, ¡y este mundo finalmente será mío!
La sonrisa de Lehir se torció mientras miraba fijamente el símbolo. Decidido a hacerles pagar caro su malentendido, levantó a Josephina bruscamente.
—Madre. Cálmate e intenta ponerte de pie.
—Uf, Lehir. Me duele, tengo dolor…
—Debes soportarlo, por muy doloroso que sea. ¡Necesitamos recuperar la fuerza vital robada por el Dragón! —Lehir gritó—. La única forma de lograrlo es acabar con Leticia. ¡Así que tienes que reunir fuerzas!
—No puedo hacerlo. Tengo demasiado miedo. No quiero sentir dolor…
Josephina rompió a llorar como una niña. Uno de sus brazos estaba completamente arrugado. La cicatriz inicial de cuando maldijo a Leticia se había extendido por todo su brazo.
—Si esto continúa, acabaré muriendo. Mi fuerza vital se agotará por completo…
Tras haber soportado los efectos de la maldición en repetidas ocasiones, su piel se había vuelto como corteza de árbol, extendiéndose más allá de sus hombros hasta justo debajo de su clavícula. Incapaz de vencer su miedo, Josephina se aferró a Lehir.
—Quiero rendirme, quiero rendirme, Lehir…
A diferencia de lo habitual, Lehir no consoló a Josephina. La maldición que había acelerado al matar a la princesa había fracasado. La sola presencia de Josephina lo estaba volviendo loco.
«¡Idiota! ¡Todo esto es culpa tuya! Si hubieras dirigido bien a las Alas, las cosas no habrían salido tan mal».
Las Alas falsas fueron creadas asesinando a innumerables humanos y violando la causalidad. Josephina había perdido a dos de ellas e incluso la lealtad de las Alas verdaderas. Pensándolo bien, parecía que hubiera sido mejor acercarse directamente a Leticia.
—Lehir, hijo mío…
Estaba tan enfadado que quería sumir a Josephina en una desesperación aún mayor.
Quería decirle que su amado primogénito había fallecido hacía mucho tiempo, que su alma había sido utilizada para distorsionar el destino de su hija. ¡Que el alma del niño había sufrido un dolor insoportable durante años antes de finalmente desintegrarse!
«No es mala idea».
Los ojos de Lehir se entrecerraron mientras miraba fríamente a Josephina, pensativo.
«La desesperación de Josephina sería muy valiosa en términos de causalidad».
Aunque era una impostora, Josephina seguía siendo la santa de un país. El poder divino que Lehir le había infundido a la fuerza rebosaba en su cuerpo.
«Que muera de la forma más dolorosa y lenta posible».
Solo pensarlo le hizo imaginarse al destino codicioso devorando el alma de Josephina. Los labios de Lehir se curvaron en una sonrisa burlona.
«De acuerdo. Si todo lo demás falla, mataré a Josephina y esperaré la próxima oportunidad».
Quizás porque había encontrado una solución, su estado de ánimo, que antes era pésimo, mejoró ligeramente.
«No logré manifestar la maldición, pero todo lo demás va bien, ¿verdad? A estas alturas, la reina consorte debe ser vista como la responsable de la muerte de la princesa».
Mientras se tranquilizaba y repasaba sus planes futuros, una voz apresurada provino del exterior. Era Kuhn.
—¡Lord Lehir! ¡Algo terrible ha sucedido! ¡La princesa ha vuelto a la vida! ¡La reina consorte la resucitó! ¡Dicen que usó el poder de la curación para revivir a la princesa delante de todos!
Capítulo 188
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 188
«¿Funcionará?»
Leticia no estaba segura.
Pero tenía que intentarlo.
—El poder de la sanación revive todo lo que está muriendo. Incluso aquellos que han caído en el Río de los Muertos pueden ser devueltos por el poder de la sanación.
Ahwin lo había dicho hacía mucho tiempo al explicar el poder de las alas. El Río de los Muertos era un lugar por donde pasaban las almas de los difuntos al transitar de este mundo al siguiente. Una vez que cruzaban completamente ese río, se convertían en espíritus del más allá, sin posibilidad de retorno.
La princesa no llevaba muerta mucho tiempo.
Si su alma aún estuviera cruzando el Río de los Muertos, tal vez habría una manera de traerla de vuelta.
Aferrándose a un pequeño resquicio de esperanza, Leticia infundió su poder curativo.
Pero el cadáver de la princesa permaneció inalterado.
En cambio, se hizo cada vez más frío.
Con cada momento que pasaba, la esperanza se desvanecía.
¿Ya era demasiado tarde? ¿Fue realmente irreversible? ¿Acaso el alma de la princesa ya había cruzado el Río de los Muertos, rompiendo por completo sus lazos con este mundo?
A pesar de los pensamientos cada vez más ominosos, Leticia no se detuvo.
El poder de la diosa fluía continuamente hacia el cadáver de la princesa según su deseo.
No era una tarea fácil. El poder de la diosa era como un pozo inagotable.
Extraer demasiada agua de golpe, aunque fuera temporalmente, inevitablemente dejaría al descubierto el fondo.
Leticia se encontraba en ese estado en ese momento. Cuanto más exprimiera su poder curativo, más gotas de sudor perlaban su pálida frente.
—Leticia, es hora de parar.
Finalmente, Calisto, incapaz de soportarlo más, intervino.
El dolor se reflejaba en sus ojos grises.
Tanto Leticia como la princesa eran personas a las que quería salvar incluso a costa de su propia vida.
Pero la princesa ya estaba muerta.
No quería admitirlo, pero ella había dejado de respirar hacía rato. En ese caso, los vivos tenían que seguir viviendo.
Además, era el ala de la diosa. Como reencarnación del sumo sacerdote elegido por la diosa, debía priorizar el bienestar de Leticia por encima de todo.
—Por favor, esperad un poco más. Quiero intentar todo lo que pueda.
—Por favor, no lo hagas. Me llevaré a mi hermana conmigo. Ha estado demasiado tiempo a la intemperie. Deberíamos dejarla descansar ahora… en paz.
Anunciar la muerte de su hermana con sus propias palabras fue más doloroso de lo que jamás hubiera imaginado. Al final, no pudo terminar la frase y cerró los ojos. Se mordió el labio con tanta fuerza que sangró. No sentía dolor. Solo lágrimas calientes caían sin cesar.
—Su Alteza.
Al ver la profunda tristeza en él, Leticia también se emocionó hasta las lágrimas. Perder a un ser querido ante sus propios ojos era algo que ella también había experimentado. Por eso no podía rendirse.
Si dejaba ir a Calisto ahora, su herida nunca sanaría fácilmente.
Podría quedar como una cicatriz imborrable, que lo atara para siempre.
No podía permitir que volviera a vivir en la desesperación, ahora que acababa de escapar del dolor del pacto.
Para evitar que se repitiera el pasado, cuando él mismo se quitó la vida, Leticia no podía rendirse.
—Su Alteza, os lo ruego. Por favor, permitidme intentarlo una vez más.
—Lady Leticia.
—Como sabéis, estoy viviendo una segunda vida. Mi objetivo es proteger a todos mis seres queridos. Si os dejo ir así, viviré el resto de mi vida arrepintiéndome. No quiero desperdiciar esta oportunidad tan valiosa de forma tan absurda.
Cuando Leticia habló de su vida antes de regresar, Calisto ya no pudo resistirse. Calisto, que había estado mirando a Leticia con expresión de dolor, bajó la mirada.
Entonces, con delicadeza, tomó la mano de su hermana, que se había puesto rígida.
La mano, antes cálida y suave, se sentía dura como un bloque de madera, y tenía la sensación de que el corazón se le iba a romper.
Habló con la voz quebrada por la emoción.
—…Haz lo que desees, Lady Leticia.
—Gracias.
Leticia, sintiéndose aliviada, volvió a concentrarse en el poder curativo que fluía por su cuerpo.
Aunque había ganado algo de tiempo, seguía ansiosa.
Dejar a la princesa tendida en ese suelo frío seguramente sería doloroso para Calisto.
Para encontrar la más mínima pista, recordó la información que tenía sobre el poder curativo.
Por supuesto, al ser un poder tan abrumador, conlleva importantes restricciones.
Un gran poder siempre conllevaba un gran precio.
—Aun así, le será muy útil, Lady Leticia.
Finalmente, recordó lo que Ahwin había dicho sobre el poder curativo.
«¿Qué debo ofrecer?»
Daba igual si era la diosa o Sigmund. Simplemente esperaba que le mostraran el camino.
«Por favor, dame fuerzas. Permíteme proteger a todos mis seres queridos».
Pensando eso, Leticia, sin darse cuenta, se rodeó el vientre con los brazos.
Era un hábito que había adquirido recientemente.
Siempre que sentía el corazón atribulado, recurría al bebé que llevaba dentro como si buscara consuelo.
Eso la hizo sentir un poco mejor. Era como si el bebé le estuviera hablando.
Esta vez fue igual.
No te preocupes. Todo lo que estás haciendo saldrá bien.
Con la ilusión de oír el balbuceo de su bebé, una extraña calidez se extendió desde las puntas de sus dedos, que rodeaban su vientre.
Al sentir esa sensación desconocida, algo que bloqueaba el espacio entre ella y la princesa comenzó a resquebrajarse.
El poder curativo, que se había estado disipando sin sentido, se filtró suavemente en el cuerpo de la princesa. Al mismo tiempo, una extraña luz comenzó a emanar de las manos que sostenían a la princesa.
Al ver el color de la luz, Leticia se quedó paralizada, sujetando los hombros de la princesa.
—¡Señorita Leticia!
Alguien la llamó con urgencia, pero no tuvo tiempo de mirar. Solo pudo contemplar, como hipnotizada, la luz mezclada de blanco y oro.
La luz blanca es el poder del Elixir».
Una de las luces le resultaba muy familiar. Era el poder de la diosa que siempre la había protegido tras su regreso.
El otro es…»
En la intensa luz dorada, había algo que le recordaba a los ojos del dragón Sigmund, que solo había visto una vez. Pero no era exactamente lo mismo.
«¿Este poder, podría ser…?»
Instintivamente comprendió la verdad. El aura dorada era claramente diferente del poder abrumador de Sigmund, tan vasto como el mar. Se sentía como la vitalidad fresca de un brote recién germinado.
«Nuestro hijo me ayudó».
El susurro que le dijo que no se preocupara no había sido en vano. Los ojos de Leticia se enrojecieron de emoción. Unos instantes después, las pestañas de la princesa temblaron. Lentamente, sus párpados se abrieron, dejando al descubierto sus ojos grises.
—¡Hermana! ¿Estás consciente? ¡Hermana!
Leticia retiró las manos al ver cómo la cicatriz en el cuello de la princesa desaparecía rápidamente.
—¿Cal…listo?
—Oh, oh, diosa. Muchísimas gracias. Gracias, gracias…
Leticia cerró los ojos. Una oleada de emociones abrumadoras la invadió. Quería contárselo al mundo entero. Que se había convertido en madre. Que su hijo la protegía. Más que nunca, quería ver a Dietrian.
—¡Hermana…!
Calisto, acurrucado, rompió a llorar como una niña.
—Ya estoy bien. No tienes que llorar más.
—Lo siento muchísimo, hermana. Debería haber tenido más cuidado…
—No es tu culpa, así que no llores.
Conmovida, aunque algo torpe, por la preocupación de su hermano, los ojos de la princesa se enrojecieron. Sollozó y se levantó.
—¡La princesa está viva!
—¿Cómo… cómo es esto posible?
La princesa, que observaba a la gente con asombro, se sobresaltó. No muy lejos, un hombre de cabello rojo fuego estaba de pie sobre el lomo de un caballero. Sonrió e inclinó la cabeza hacia la princesa.
—Nos volvemos a encontrar, Su Alteza.
La princesa, aún traumatizada por el caos del banquete, desvió rápidamente la mirada. Justo a su lado, Leticia estaba de pie con los ojos cerrados, sujetándose el vientre.
Al mirarla, le vino a la mente la voz que había oído justo antes de perder el conocimiento. Ese momento en que se estaba muriendo, pero aún estaba preocupada por Leticia.
—Dana, ¿de verdad quieres proteger a ese niño? Si es así, te concederé una nueva vida. Pero hay una condición. Usaré esta vida para proteger a mi hija.
No sabía a quién pertenecía esa voz ni a quién se refería "aquella niña". Simplemente deseaba proteger a Leticia por el bien del imperio.
—Muy bien. Tu deseo y el mío coinciden, y esa niña acabará salvándote. Ni siquiera la causalidad puede culparme. Vive esta vida por esa niña.
Alguien sonrió levemente mientras ella perdía el conocimiento.
—Decide sobre la reencarnación después de haber vivido un poco más.
Leticia abrió los ojos lentamente. La princesa, sin darse cuenta de su tensión, tragó saliva con dificultad.
—Su Alteza, ¿sentís algún dolor?
Los ojos de Leticia se suavizaron con una dulce sonrisa. En ese instante, una conmoción abrumadora invadió la mente de la princesa.
«¡Oh, Dios mío!»
Solo entonces la princesa comprendió por qué las alas se habían descontrolado tanto.
«¿Qué clase de sensación es esta?»
En el instante en que sus ojos se encontraron con los de Leticia, su corazón se aceleró y sintió un cosquilleo en la nariz.
Fue como escuchar la música más hermosa del mundo.
No, no se podía comparar.
Aunque su madre fallecida volviera a la vida o despertara y descubriera que Calisto había unificado el continente, no sería tan feliz.
«Pensar que me convertí en un ala loca como ellos…»
Al recordar el día en que cayó el palacio divino, a la princesa se le llenaron los ojos de lágrimas. El trauma de aquel día fue tan abrumador que convertirse en ala no fue en absoluto una experiencia alegre. Ahora comprendía las palabras de la «voz» que le decía que decidiera si mantenía el puesto temporal después de vivir un poco más.
Sin percatarse de las complejas emociones de la princesa, Leticia solo sonrió con dulzura. Era una sonrisa mucho más hermosa que cualquiera de las extravagantes expresiones que la princesa conocía. Su delicado cuerpo parecía incluso frágil. Quizás por eso.
«¿Qué tan difícil debe ser lidiar con toda esa gente loca?»
De repente, la princesa sintió muchísima lástima por Leticia. Se había esforzado muchísimo solo para consolar a Calisto. Lidiar con todos esos individuos tan talentosos no debía de ser fácil.
«Ni siquiera quería convertirse en santa…»
A medida que sus propias dificultades se entrelazaban con las de Leticia, el afecto de la princesa por ella creció de forma natural.
«Bueno, ¿qué importa si soy un ala? La reina consorte es preciosa tal como es».
Leticia era la única que podía restaurar todo lo que Lehir había destruido, e incluso la había salvado de la muerte. Había que protegerla.
Cuando sus pensamientos llegaron a este punto, la princesa sintió un peculiar deseo. Era el anhelo de una persona cuerda de proteger a Leticia entre las alas de la locura.
—Muchísimas gracias. Me salvasteis a mí y al imperio. —Dudó un instante antes de pronunciar el título— ¿Maestra…?
Athena: Aisssh, ¡lo sabía! Bienvenida de vuelta, Dana. ¡Ya tenemos la sexta ala! Me pregunto qué poder tendrá. Y me encanta que los dos hermanos se unan a Leticia. Pobre Calisto, qué mal lo estaba pasando.
Capítulo 187
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 187
—¡Hermana!
Calisto abrió la puerta cerrada de golpe, como si la estuviera derribando.
—¡Hermana! ¿Dónde estás, hermana?
Calisto, que buscaba frenéticamente por la habitación como un loco, tenía el rostro desfigurado hasta ser irreconocible. La princesa no aparecía por ninguna parte. Además…
«El dormitorio está demasiado limpio».
No había señales de que alguien entrara o saliera. Calisto se giró bruscamente y gritó.
—¿Estás seguro de que mi hermana vino al dormitorio?
El cortesano palideció y tembló.
—Lo oí desde bambalinas. Dijeron que se fue a su habitación…”
—¡Encontrad a mi hermana inmediatamente! ¡Rápido!
—¡S-Sí, señor!
Los cortesanos huyeron despavoridos. Las luces iluminaron rápidamente cada rincón del palacio. El eco de los pasos apresurados de los caballeros resonó. Calisto apretó el puño con tanta fuerza que las uñas se le clavaron en la palma de la mano.
«Necesito mantener la calma. Todo saldrá bien. Josephina no le haría daño a mi hermana a menos que haya perdido la cabeza».
No solo debía hacerle daño, sino que tenía que mantenerla con vida. Cuanto más fuerte se volviera Leticia, más desesperadamente necesitaría Josephina el apoyo de la familia imperial.
«Entonces, ¿por qué me siento tan intranquilo?»
Calisto se llevó la mano al corazón, que latía con fuerza. ¿Qué tramaba Josephina con su hermana? ¿Por qué había usado las alas para raptar a la princesa? ¿Dónde podría estar su hermana?
[¿Me llamaste, amo?]
El espíritu de la tierra se coló por la ventana rota. Una enorme serpiente de barro proyectó una larga sombra en el suelo.
—Mi hermana ha desaparecido. ¡Registrad cada rincón del palacio! ¡Ahora mismo!
[Entendido.]
El espíritu de la tierra se deslizó fuera de la ventana.
—¡Kyaa!
Cuando el suelo intacto se derrumbó y la tierra se elevó, los cortesanos gritaron. Ignorando su caos, Calisto actuó con urgencia.
«Primero tengo que ir a ver a Josephina».
Justo en ese momento,
—¡Alteza! ¡Hay problemas!
Un grito desgarrador. Calisto se detuvo en seco. El escalofrío le hizo sentir como si le desgarraran el corazón. Se giró con dificultad, apenas pudiendo respirar.
—¿Qué pasó?
—La princesa… —El cortesano se desplomó, llorando—. ¡Ha muerto!
Calisto avanzó tambaleándose. En medio de una plaza cubierta de nieve blanca, yacía algo. La gente se había reunido a su alrededor. Al principio, no se dio cuenta de que era una persona. La nieve acumulada hacía que pareciera un pequeño saco.
La reconoció como una persona por el dobladillo del vestido esparcido sobre la nieve blanca. A pesar de ser un vestido muy familiar, lo negó hasta el final.
«De ninguna manera».
Cuando el cortesano informó de la muerte de su hermana, gritó que era una tontería. Dijo que era una patraña y que no lo creería hasta verlo con sus propios ojos. Así que les dijo que no se atrevieran a mencionar la muerte de su hermana. Pero entonces, ¿qué fue eso?
«¿Mi hermana, tan inútilmente?»
Sin duda, le había dado a su hermana un medio para protegerse: una pequeña piedra de comunicación. Le había dicho que la rompiera y lo llamara si algo sucedía. Por eso, estaba tranquilo respecto a su seguridad. Pero, ¿por qué, entonces? La princesa yacía en la nieve como si simplemente estuviera dormida.
—Hermana.
Cayó de rodillas, con los labios temblando. Un vaho blanco se dispersó rápidamente en el aire.
—Hermana, soy yo.
A diferencia de él, de los labios de la princesa acurrucada no salió ni una palabra.
—¿Qué haces aquí? —Colocó su mano temblorosa sobre la mejilla de la princesa—. ¿Por qué, en un lugar como este? ¿Por qué…?
Su visión se nubló al tocar la mejilla helada. Todos los momentos pasados se convirtieron en heridas que lo azotaban.
La princesa Dana. Siempre había sido la segunda en su vida. Durante su infancia, mientras él se entrenaba como ala, Josephina, naturalmente, ocupó un lugar más importante que la princesa. Tras el dolor del juramento, se centró por completo en encontrar la manera de escapar de él.
Una vez liberado del dolor, Leticia se convirtió en el centro de su mundo. Por lo tanto, la princesa nunca había sido su prioridad.
Por supuesto, sabía que su hermana lo quería profundamente. Era la única persona en aquella desolada familia imperial que se preocupaba por él. Sin embargo, nunca sintió la necesidad de corresponder a ese afecto. La princesa ya tenía demasiado. Era la dama más noble de la familia imperial y la futura emperatriz. Pensaba que sus sentimientos eran innecesarios.
—Hermana….
¿Por qué solo valoramos algo después de perderlo? Por muy poderosa que fuera su magia, no podía resucitar a los muertos. A pesar de usar todos los hechizos curativos que conocía, la princesa no recuperó el aliento.
Mientras intentaba contener las lágrimas y alzar a la princesa, Calisto se quedó paralizado. Luego, sus ojos se abrieron de par en par, conmocionado.
¿Sentiría lo mismo si le cayera un rayo y le partiera el corazón? Aun así, no sería tan doloroso.
Apenas extendió la mano y apartó el cabello de la princesa. Su rostro se contrajo terriblemente. En el cuello de la princesa se veían huellas de manos teñidas de morado. Las marcas de los dedos eran claramente visibles debido a la fuerza con la que la habían sujetado.
La princesa, la mujer más noble del imperio, su hermana, había sido asesinada de la forma más cruel. Estrangulada y luego, vestida con ropa de calle, abandonada como basura en una plaza nevada.
—¡Alteza, hemos encontrado al culpable del asesinato de la princesa! ¡Un testigo vio al perpetrador!
Sosteniendo el cuerpo frío de su hermana, habló con los ojos inyectados en sangre.
—¿Encontraste al culpable?
Ahora solo tenía un pensamiento en mente: matar al responsable de aquello de la forma más brutal posible.
—¡Fue la reina consorte!
—¿Qué?
—Un caballero llamado Barnetsa, que acompañó a la reina consorte al banquete de hoy, ¡abandonó el cuerpo de la princesa aquí! ¡Parece que guardaba rencor por lo sucedido en el banquete!
Dado que el emperador insultó a Leticia, ¿acaso esto no se hizo para saldar esa deuda? El caballero gritó esto con los ojos inyectados en sangre. Luego se arrodilló.
—¡Por favor, vengad a la princesa, Su Alteza!
Su voz era tan fuerte que resonó por toda la vasta plaza.
—¿Oíste? ¡El caballero de la reina consorte mató a nuestra princesa!
—¿Cómo pudo alguien hacer algo así?
—Debió de haberse vuelto loco, confiando ciegamente en su ama. ¡Dicen que usó el poder de un dragón maligno!
—El príncipe Calisto se convirtió en el ala de la reina consorte, ¿no es así? ¿Y el caballero de esa consorte mató a su hermana?
Al escuchar los murmullos, los labios de Calisto se torcieron. Era tan absurdo que no pudo evitar reírse inoportunamente.
«Josephina, ¿esto era lo que pretendías?»
Matar a la princesa e inculpar a Barnetsa del crimen. Un método burdo, pero sin duda efectivo.
«Como soy el ala de la reina consorte, ¡nadie me creerá!»
Si Calisto defendiera a Leticia, todos dirían que ella lo había engañado. Incluso podrían señalarlo con el dedo, acusándolo de estar del lado del demonio que mató a su hermana.
«¿Estabas tan desesperada, Josephina, que recurriste a planes tan descabellados?»
Calisto apretó los dientes. Aunque engañara a los demás, jamás podría engañarlo a él. Debía saber que un Calisto sediento de venganza se desataría. Sin duda, había una razón que la impulsaba a correr semejante riesgo.
«¡La mataré! ¡Sin duda la mataré!»
Sin importar lo que Josephina se propusiera, no lograría nada. Él acabaría con todo. ¡Ahora mismo, le arrebataría todo a Josephina! Una rabia ardiente consumía su pecho. La razón se había desvanecido por completo.
—¡Alteza, enviaré soldados a los aposentos de la consorte inmediatamente!
—¡Sí, debemos matar a los traidores que se atrevieron a asesinar a un miembro de la realeza en el corazón del imperio!
Las palabras de los caballeros no llegaron a sus oídos. Solo un pensamiento llenaba su mente: matarla ahora mismo. Matar a Josephina. En ese instante, olvidó que había pospuesto su muerte para romper la maldición.
—Su Alteza… ¡Uf!
El grito urgente y el gemido de un caballero resonaron. Instintivamente, Calisto se giró con los ojos muy abiertos.
—Su Alteza, lamento llegar tarde.
Una persona que jamás esperó ver en un momento así. Su único salvador.
—…Santa.
Era Santa Leticia.
—Alteza, ¿puedo examinar el cuerpo de la princesa?
Leticia llevaba una capucha fina, pues había acudido corriendo hasta allí. Tenía la piel pálida por el viento frío.
—Vine en cuanto me enteré, pero… esto.
Los ojos de Leticia se abrieron de par en par mientras examinaba a la princesa. Las lágrimas brotaron de sus ojos mientras luchaba por contener sus emociones. Su voz temblorosa preguntó:
—Su Alteza, ¿os encontráis bien?
Calisto no pudo hablar y bajó la cabeza. Lágrimas calientes le humedecieron los párpados. Cerró los ojos con fuerza. No era por ira. En el instante en que Leticia apareció, la rabia que lo había cegado desapareció al instante.
Pero no se atrevía a expresar sus sentimientos. Su hermana había muerto y no podía aceptar lo fácil que se había calmado.
Incluso en esa situación, quería apoyarse en el consuelo de Leticia. Quería llorar y aferrarse a su falda, rogándole que salvara a su hermana. Que obrara un milagro, como ella lo había salvado a él. Quería aferrarse a ella como un niño.
—¡Su Alteza! ¡Debemos sacar a esa mujer de inmediato! ¡Quién sabe qué trucos podría tener… Uf!
—¡Cállate la boca!
—¡Eh, jeje, tú, tú eres!
El caballero, golpeado repentinamente en la nuca y derribado de rodillas, miró con los ojos muy abiertos.
—¡Alteza! ¡El asesino está aquí! ¡Este demonio mató a la princesa! ¡Mira lo que me acaba de hacer! ¡Seguro que…!
—¡Barnetsa!
—No te preocupes. ¡Yo me encargo ahora mismo!
Barnetsa habló alegremente y volvió a golpear con el puño. ¡Zas! Con un crujido, el caballero se desplomó de lado.
—¿El poder del demonio?
Leticia, mirando fijamente al caballero caído, agarró a la princesa por el hombro.
—De acuerdo. Demostremos de lo que es capaz el poder del demonio.
En ese instante, el poder curativo inundó el cuerpo de la princesa como una marea.
Capítulo 186
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 186
—Las Nueve Alas ya no existen en este mundo. Cinco almas fueron completamente destruidas y desaparecieron hace mucho tiempo.
No podía respirar debido a la sensación de asfixia. La princesa se aferró débilmente a la mano de Lehir. Intentó apartarla, pero no lo logró. Lehir se burló de la princesa que forcejeaba.
—Podría haber destruido también a los cuatro restantes, pero Sigmund lo arruinó. Bueno, no importa. Hay muchos humanos en el mundo. Si sigo matando, algún día podría cambiar también el destino de esos cuatro.
Los labios de la princesa temblaron. Su visión se volvió blanca. Irónicamente, lo que más la atormentaba no era la asfixia. El miedo a la muerte ni siquiera se le pasaba por la cabeza en ese momento.
—Dana, considéralo un honor. Tu vida será el comienzo de un nuevo giro del destino. Ruega para que la causalidad valore tu vida profundamente.
Esto era un sueño. Una pesadilla terrible. Cinco de las almas de las Nueve Alas ya habían perecido. El responsable también perseguía a las cuatro almas restantes. Además, planeaba sacrificar su vida al azar para alterar sus destinos.
En su conciencia menguante, Dana se dio cuenta.
«Así que, por eso Calisto sufrió tanto…»
Ahora lo entendía. La razón por la que Calisto no podía escapar del tormento a pesar de reconocer la verdadera naturaleza de Josephina. Las vidas que Josephina había masacrado habían transformado el destino de Calisto.
«Los responsables de las otras alas también cambiaron, como era de esperar».
Noel, Ahwin, Kaylas. Antes eran alas de Josephina, ahora obedecían a Leticia. Eran iguales a Calisto.
«Josephina nunca fue real, ni por un instante».
La verdadera santa era la reina consorte Leticia. ¡Le robaron todo!
—Princesa Dana. Para empezar, no está mal. Siendo la heredera del imperio, la causalidad te encontrará bastante apetitosa. Sin duda, se puede sacar mucho provecho de ello. ¿Qué debería desear esta vez? ¿Debería acelerar el fin de la maldición que pesa sobre esa chica, Leticia?
La risa de Lehir se volvió más siniestra.
—Aunque dudo que se pueda lograr con tu vida insignificante. Pero vale la pena intentarlo. Al menos, debería ser posible activar la maldición momentáneamente.
Incluso en su menguante consciencia, las pupilas de la princesa se dilataron enormemente. La idea de la maldición de Leticia era más impactante que su propia muerte.
«¡La reina consorte, no! ¡No debe sufrir ningún daño!»
Si Leticia muere, todo se acaba. El destino que apenas se había enderezado seguramente volvería a ser un caos.
—¿Qué? ¿Todavía quieres vivir? ¿Por qué sigues luchando? Ríndete. Si te rindes, encontrarás la paz. Deja de arrastrarte como un insecto y acepta la muerte ahora.
—N-no.
—Bueno, los humanos siempre han sido así. Por muy espléndida que sea la apariencia, la esencia se revela ante la muerte. La esencia básica y superficial. Esa es la verdadera naturaleza humana.
—Absolutamente.
—¿Por supuesto que no debo matarte? Ja, ja. Qué vulgar.
Lehir soltó una risita.
—No lo entiendo por mucho que lo piense. ¿Por qué demonios Sigmund aprecia a esta escoria? Un heredero del imperio mendigando por su vida como si fuera basura…
—R-reina, no.
Lehir, burlón, hizo una pausa.
—La reina consorte, no.
—¿La reina consorte? ¿Te refieres a esa bruja, Leticia?
—Esa persona, esa persona nunca debe… ¡Uf!
La expresión de Lehir cambió bruscamente. Un miedo escalofriante recorrió la espalda de la princesa. La presión en su cuello se volvió incomparable a la de antes.
—¿No tú, sino la reina consorte, no debe ser asesinada?
—¡Ugh…!
—¿Acaso careces de sentido de la realidad? ¿No comprendes la situación en la que te encuentras ahora mismo?
Un zumbido le llenó los oídos y su visión se volvió blanca. La sensación en su cuerpo, privado de oxígeno, se fue debilitando.
—No finjas. Quieres vivir, ¿verdad? ¿No es así? ¡Entonces lucha hasta el final, con todas tus fuerzas!
Con un grito feroz, la princesa cerró lentamente los ojos. Con lágrimas corriendo por sus mejillas, su frágil cuerpo se desplomó. Su mano blanca cayó sobre la cama. Aun así, Lehir continuó estrangulándola como para desahogar su ira. Tras arrojar a la princesa al suelo, le tomó el pulso.
—Ella está muerta.
Pronto soltó una risita.
—¡Kuhn!
—Sí, amo.
Kuhn, que había estado esperando afuera, entró. Lehir ordenó con arrogancia.
—Arroja el cadáver de la princesa a la plaza. Asegúrate de que lo vea la mayor cantidad de gente posible.
—Entendido.
—¿Has contratado a alguien para que se encargue de deshacerse del cuerpo adecuadamente?
—Sí. Tal como me lo pidió, elegí a un hombre pelirrojo.
—No basta con el pelo. También debe vestir como el caballero de aquella mujer del banquete.
Se refería a Barnetsa, el caballero de Leticia, que vestía la armadura del Principado.
—No se preocupe. Lo haré a la perfección.
Kuhn recogió el cuerpo de la princesa y salió de la habitación. Lehir observó su fría figura que se alejaba antes de dirigirse a una habitación contigua.
—¡Lehir! ¡¿Por qué llegas tan tarde?!
Josephina subió corriendo apresuradamente.
—He estado esperando todo este tiempo. ¡Todo este tiempo!
Mientras hablaba, las lágrimas manchaban las mejillas de Josephina. Lehir, irritado por su voz estridente, consideró brevemente arrojarla por la ventana.
—Lo siento, madre. ¿Esperaste mucho tiempo?
Por supuesto, él no la tiró. Josephina era su muñeca, meticulosamente creada a lo largo de décadas. Todavía tenía su utilidad.
—¡Leticia! ¿Qué le pasó a esa muchacha? ¿Se fue del palacio sin hacer ruido? ¿Es eso todo?
—Por ahora. Pero no te preocupes. ¿Qué podría hacer una chica falsa como ella?
—¡Otros no lo creen! ¡Todos los nobles en el banquete creen que ella es la verdadera! —Josephina despotricó—. Tenemos que matarla ahora mismo. ¡Tenemos que acabar con su vida inmediatamente! De lo contrario, ¡todos creerán que esa chica es la verdadera!
—Yo también quiero matar a esa chica. Sabes que no es tan fácil, madre.
Aunque intentaba apaciguar a Josephina, Lehir la encontraba patética. Si matar a Leticia hubiera sido tan fácil, no habría tenido que dar un rodeo tan largo. El destino había elegido a Leticia como la verdadera santa, y por eso las cosas habían llegado a este punto.
—Manipular el destino no es tarea fácil.
Solo había dos maneras de alterar el destino. Una era satisfacer la causalidad matando a otros, y la otra era ofrecer el propio poder. Lehir, o, mejor dicho, la sombra que lo había consumido, no tenía intención de ofrecer su poder. Por lo tanto, el único camino que quedaba era matar humanos.
—Por ahora, hay que esperar. Si empezamos a matar gente ahora, todo el mundo notará algo extraño.
—¿Cuánto tiempo esperas que espere? ¿Acaso tengo que quedarme de brazos cruzados hasta que esa bruja me quite todo?
—Solo un poco más. Una vez que hayas recuperado por completo la autoridad de la santa, podrás matar a Leticia y al rey Dietrian.
—¡Pero!
—Por supuesto, entiendo que esperar es difícil. Por eso sugiero enviar una advertencia a Leticia.
—¿Una advertencia?
—Una maldición. —Lehir susurró—. Manifiesta la maldición una vez más. Eso asustará a Leticia. No se atreverá a salir de su mansión.
El miedo se reflejó en los ojos de Josephina mientras escuchaba a Lehir.
—Ya fracasamos una vez. La reacción negativa…
—No te preocupes. Esta vez lo conseguirás. Sigmund no podrá interferir.
«Después de todo, he pagado un precio muy especial».
Lehir ocultó la última parte de su frase mientras curvaba suavemente sus labios en una sonrisa.
—Parece que Su Majestad y Su Alteza la Princesa finalmente no vendrán.
—Y tampoco hay noticias de la santa…
—¿Crees que la reina consorte volverá?
La mayoría de los nobles permanecieron en el salón de banquetes a pesar de que los protagonistas se habían marchado hacía rato. La familia real no había declarado oficialmente el fin del banquete, así que se quedaron esperando, sin poder hacer nada más. Finalmente, el canciller, harto de la situación, se dirigió a todos.
—Demos por concluido este banquete. Informaré a Su Majestad. Por favor, todos, váyanse a casa.
Los nobles, finalmente aliviados, comenzaron a prepararse para partir, reuniéndose en pequeños grupos para comentar los acontecimientos del día.
—¿Qué sucederá ahora? ¿Cambiará la santa?
—Probablemente. El poder sagrado de la reina consorte era muy superior.
—¿Pero no era ese el poder de un dragón malvado?
—¿Todavía crees eso? Esa fue la afirmación de Josephina.
—Creo que la reina consorte es la santa elegida por la diosa. Incluso el Ala del Viento le fue leal.
Tal como temía Josephina, la opinión de los nobles estaba cambiando rápidamente a favor de Leticia. Mientras los carruajes que transportaban a los nobles, ahora convencidos, se preparaban para salir por las puertas de la ciudad, los caballeros que custodiaban la entrada reconocieron a alguien e inclinaron la cabeza rápidamente.
—Saludos a Su Alteza, el príncipe.
—¿Dónde está mi hermana?
—Su Alteza se retiró a sus aposentos temprano.
—¿Ya?
Calisto frunció el ceño.
—Sí. De hecho, hubo un pequeño revuelo en el banquete…
El caballero vaciló, luego explicó lo sucedido en el banquete. Cuando mencionó que el emperador había insultado a Leticia, la mirada de Calisto se volvió gélida.
—…Primero necesito ver a mi hermana.
Aunque estaba furioso, se contuvo. Era por lo que Dietrian le había dicho.
—Para salvar la sexta ala, necesitamos la ayuda de Su Alteza. Sin embargo, hay algo que debe proteger. Pase lo que pase en el banquete, no responda.
—¿Qué debo hacer allí?
—Primero, reúnete con Su Alteza la princesa. Después de eso, comprenderás naturalmente lo que hay que hacer.
Era como si Dietrian pudiera ver el futuro, hablaba con tanta seguridad. En realidad, Calisto quería ignorar las palabras de Dietrian. Lo detestaba. Si tan solo pudiera matarlo, Leticia quedaría completamente libre de la maldición. Incluso mientras escuchaba a Dietrian, a veces sentía ganas de romperle el cuello.
«¿Por qué me dejo influenciar por sus palabras?»
A pesar de esto, Calisto finalmente siguió el consejo de Dietrian y acudió al palacio real. Después de todo, Dietrian era el esposo de Leticia. Era alguien a quien Leticia valoraba más que a su propia vida. Por el bien de Leticia, debía hacer caso a las palabras de Dietrian.
Al acercarse al palacio de la princesa, notó una escena inusual. Todo el personal del palacio estaba afuera.
—¿Por qué no están en sus puestos y reunidos aquí?
—Eh, es porque… —Uno de los empleados habló con cautela—. Su Alteza la princesa dijo que tenía asuntos urgentes y nos despidió a todos.
—¿Qué?
—También nos ordenó que no pusiéramos un pie dentro del palacio hasta que ella dé nuevas órdenes. Así que estamos esperando aquí.
El personal, mientras hablaba, vestía solo camisas finas. Los demás iban vestidos de forma similar. Con su ropa de interior, intentaban calentarse las manos frías mientras esperaban las órdenes de la princesa. Al ver esto, Calisto frunció el ceño.
«¿Mi hermana daría una orden tan inhumana?»
La princesa Dana, su hermana, jamás daría una orden tan cruel. Con una sensación de inquietud, Calisto preguntó.
—¿Quién transmitió las órdenes de mi hermana?
—Era el ala de la santa. La sexta ala, Kuhn…
—¿Kuhn? ¿Él entregó los pedidos de mi hermana?
—Sí, así es.
La implicación del ala de Josephina lo llenó instantáneamente de pavor.
—Necesito ver a mi hermana. ¡Abre la puerta ahora mismo!
—Pero…
—¡Dije que abrieras la puerta! —Calisto gritó.
En ese instante, el espíritu de la tierra destrozó la puerta al instante.
Athena: Pero… no puede estar muerta de verdad, ¿no? Si Dietrian está tan tranquilo…
Capítulo 185
Una forma de protegerte, cariño Capítulo 185
—¿…La sexta ala? ¿Acabas de decir la sexta ala?
Los ojos de Calisto reflejaban dudas al preguntar. Era natural. Resultaba difícil creer que el rey del principado, que desconocía a la diosa, pudiera predecir el nacimiento de un ala. Dietrian negó con la cabeza.
—No hay tiempo para explicaciones. Avancemos primero. Te explicaré con detalle después de que rescatemos la sexta ala.
La princesa apenas logró levantar los párpados. Sentía la mente nublada. No podía ni adivinar dónde estaba ni qué estaba pasando.
«Recuerdo haber comprobado el estado de Su Majestad…»
¿Qué había sucedido después? La princesa luchaba por recordar. Poco a poco, las cosas que estaban ocultas en la niebla comenzaron a aflorar.
«Kuhn, el ala de Josephina. Él me atrapó».
Finalmente, recordó el momento justo antes de perder el conocimiento. Había percibido un olor familiar pero desagradable cuando una mano grande le tapó la boca.
«Eso debió ser anestesia».
El olor del alucinógeno que había estado percibiendo últimamente en la habitación del Emperador. Era muy similar.
«¡Qué locos! ¿Se atrevieron a drogar al emperador del Imperio y a anestesiar a la princesa? ¿Cómo pudieron hacer algo así? ¿Acaso han perdido completamente la cabeza?»
La princesa luchaba por levantarse. La droga era tan fuerte que ni siquiera podía reunir fuerza en sus manos.
—Ya estáis despierta.
La princesa, que se había detenido un instante, giró la cabeza hacia la voz.
—…Lehir.
No muy lejos, Lehir permanecía de pie contra el cielo nocturno completamente negro. Estaba demasiado oscuro para ver bien, pero ella podía sentir claramente que él sonreía.
—¿Cómo os sentís?
—Estás loco de remate.
Al final, no pudo evitar maldecir. Intentó contenerse, pero fue imposible. Sentía que todo el autocontrol que había cultivado a lo largo de su vida se había esfumado. Lehir soltó una carcajada.
—Vaya, nunca imaginé que Su Alteza la princesa pudiera ser tan brusca.
—¿Dónde estamos? ¿Por qué me trajiste aquí? ¿Qué clase de plan de mierda estás tramando?
—¿Plan de mierda? ¿Por qué palabras tan duras? ¿Qué he hecho?
—Le ordenaste a Kuhn que me secuestrara. ¿Me equivoco?
—Jaja, debo estar soñando. La elegante Su Alteza la princesa se está comportando de forma tan vulgar.
La princesa torció los labios ante la burla de Lehir. Su mirada se volvió gélida.
—La decencia está reservada para quienes la merecen. No hay necesidad de tratar con respeto a un canalla que secuestra a la princesa del palacio. ¿No es así?
Lehir tenía razón. La princesa dijo cosas que jamás diría. Estaba yendo demasiado lejos.
No era solo por la ira. Aunque estaba furiosa, había vivido una vida de paciencia. Podía soportarlo todo por un futuro mejor. Pero no lo hizo. Porque no habría un futuro mejor.
—¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Vas a matarme?
—Mmm, ¿por qué piensas eso?
—Porque no hay manera de que me mantengas con vida después de hacer algo así.
Si Lehir dejaba vivir a la princesa, ella lo tacharía de traidor en cuanto saliera de esa habitación. Desde que Kuhn la secuestró, no había vuelta atrás. Lehir sonrió radiante.
—Correcto, como era de esperar, eres muy ingeniosa. Verdaderamente inteligente. Sin duda, eres apta para suceder al Imperio. Aunque el día en que asciendas al trono nunca llegará. Tal como lo imaginabas. Su Alteza la princesa no saldrá viva de este lugar. Te traje aquí para que vieras tu sangre.
La sonrisa de Lehir se acentuó. La princesa apretó los puños con fuerza. Aunque lo había previsto, sintió que el corazón se le encogía.
—¿Qué vas a hacer conmigo? ¿Qué estás planeando?
¿Había alguna forma de escapar? ¿Podría sobrevivir? Parecía una misión imposible. Su oponente era un hombre adulto que manejaba una espada y alas como si fueran extremidades. No tenía ninguna posibilidad contra él.
—Maestro.
En ese instante, se oyó una voz grave y ronca. La princesa se sobresaltó y miró en esa dirección. Un hombre enorme inclinaba la cabeza hacia Lehir desde la puerta. Kuhn, el sexto ala de Josephina, quien la había traído hasta allí.
—Tal como me ordenó, he retirado a todos los caballeros de la zona. No queda ni una rata.
—¿Hubo alguna resistencia?
—Invoqué el nombre de Josephina y mostré el poder de mis alas. Todos desaparecieron sin hacer ruido.
—Entendido. Vuelve a hacer la señal después de atender a la princesa. Apresúrate con los preparativos para el próximo plan.
—Sí, amo.
Kuhn hizo una profunda reverencia. La princesa lo observó con incredulidad.
«¿Amo? ¿Acaba de llamar amo a Lehir?»
Kuhn, el ala de Josephina, llamaba a Lehir su amo. Incluso mencionó el nombre de Josephina con falta de respeto.
«¿Qué está pasando?»
Era inimaginable que un ala se comportara con tanta insolencia hacia Josephina, a quien debían obediencia absoluta.
«¿Y qué hay del dolor del pacto? ¿Acaso no lo siente? ¿Y qué hay de Calisto? Él sufrió toda su vida. ¿Por qué sus reacciones son diferentes?»
Mientras la princesa estaba confundida, Kuhn se retiró de la habitación, aún con una profunda reverencia. Su postura solo significaba una cosa: obediencia absoluta. Significaba que Kuhn, el ala de Josephina, servía verdaderamente a Lehir como a su amo.
«Lehir. ¿Cuál es tu verdadera identidad?»
Algo no cuadraba. Parecía que Lehir no solo seguía las órdenes de Josephina, sino que la estaba manipulando.
¿Cómo era posible?
Aunque no lo entendía, sentía que estaba vislumbrando una respuesta.
«¿Podría ser que la "Sombra" que mencionó Calisto sea Lehir?»
La misteriosa fuerza que ayudaba a Josephina y el poder que la rescató del palacio divino, si se tratara de Lehir, tendría sentido que Kuhn le obedeciera.
¿Era él realmente la Sombra?
La princesa tragó saliva seca.
Enfrentarse a la posible "Sombra" la puso tensa.
«¿Por qué la Sombra quiere matarme?»
Aunque Lehir fuera la Sombra, sus intenciones no estaban claras. Ella aún tenía cierto valor, ¿no? ¿Qué motivo podía tener para una acción tan extrema, incluso a costa de ese valor?
—¿Por qué intentas matarme?
Finalmente, la princesa decidió preguntar directamente. Si no lograba sobrevivir, necesitaba recabar información. Si dejaba algún rastro, Calisto sin duda lo encontraría.
—¿De verdad planeas romper completamente los lazos con la familia real? ¿Qué pasará con los nobles? ¿Y con los ciudadanos? ¿Crees que mi hermano Calisto se quedará de brazos cruzados?
La princesa alzó la voz deliberadamente, fingiendo estar agitada, con la esperanza de pillar a Lehir desprevenido.
—¿Intentas apoderarte del imperio? ¿Al matarme a mí y a Su Majestad, pretendes convertirte en el gobernante del imperio? ¿Es por eso que haces esto?
—Gobernante del imperio, ¿eh? Bueno, algo así.
Lehir soltó una risita. Sus vestiduras sacerdotales resplandecían blancas a la luz de la luna, dándole la apariencia de un mensajero enviado por la diosa. A pesar de su apariencia benévola, su verdadera naturaleza era, sin duda, vil.
—Si todo sale bien, lo tendré todo. No solo el imperio, sino todo el continente será mío.
—¡Qué tontería!
—Ya verás si es una tontería o no. Ah, pero para entonces, ya no estarás en este mundo.
—¿Qué?
—Alteza, ¿sabes cómo se fundó el imperio?
Lehir cambió repentinamente de tema mientras la princesa aún intentaba expresar su enfado.
—La tierra elegida por la diosa fue cultivada por nueve arciprestes. Ellos se han reencarnado repetidamente, protegiendo el imperio. Las nueve piedras protectoras que simbolizan sus almas han protegido todo el imperio. La familia real ha conservado estas piedras protectoras durante siglos.
—¿Por qué me dices esto ahora…?
La princesa, que estaba a punto de estallar de ira, se detuvo en seco. En la mano de Lehir había un objeto que no había notado antes.
—¡Eso…!
Al reconocer el objeto, la princesa abrió mucho los ojos. Lehir rio entre dientes y asintió.
—Lo has descubierto. Sí, esta es efectivamente una de las piedras de barrera. —Lehir sacudió la tosca gema que sostenía en su mano—. Más precisamente, es una de las piedras de la barrera rotas.
Había nueve piedras de barrera que representaban las nueve alas. Recientemente, cinco de ellas habían perdido su luz. Una de las cuatro restantes también se encontraba en mal estado, con una luz tenue que parecía a punto de desaparecer. Esto había sido motivo de gran preocupación para la familia real.
El único consuelo era que, tras el despertar de Calisto, la cuarta piedra de la barrera, que había estado perdiendo su luz, había sido restaurada. Esto le dio a la princesa la esperanza de que las piedras restantes también pudieran ser restauradas algún día, especialmente con Leticia a su lado; creía que ese día llegaría pronto.
Eso fue hasta que vio la piedra de la barrera rota en la mano de Lehir.
—¿Cómo conseguiste las piedras de la barrera?
Las piedras de protección se guardaban en el lugar más seguro del palacio. Aunque perdieran su luz, permanecían almacenadas a buen recaudo con la esperanza de su eventual restauración.
—No hay ningún lugar en este palacio al que no pueda ir.
Lehir se burló. El cuerpo de la princesa se tensó. Pareció percibir su miedo y sacudió la piedra de la barrera. Luego, la soltó con indiferencia y la aplastó bajo su talón.
—¡Eh!
—¿Eso te sorprendió? Bueno, supongo que sí. Nunca imaginaste que una piedra protectora imbuida con el poder de la diosa pudiera romperse tan fácilmente.
Lehir habló con arrogancia. El ambiente a su alrededor cambió al instante.
—Ya que hemos llegado a este punto, permíteme mostrarte algo más interesante.
Un círculo negro apareció en el aire. Lehir metió la mano y sacó varios objetos. Eran más piedras de barrera.
Una, dos, tres, cuatro. A medida que aparecían más piedras de barrera en el aire, el rostro de la princesa palideció. Las cuatro piedras que habían aparecido sucesivamente se desmoronaron en polvo al instante.
Al ver cómo el polvo se dispersaba en el aire, el cuerpo de la princesa se estremeció de horror. Cinco piedras protectoras se habían convertido en polvo ante sus ojos. Era una visión imposible, propia de una pesadilla.
—Vaya cara que pones. —Lehir soltó una risita y levantó la barbilla de la princesa—. Dana, ¿de verdad aún tenías esperanza? ¿De verdad creías que tu hermano podría restaurar las piedras de la barrera? Siento destrozar tus sueños. Pero, aunque esa chica viera las piedras protectoras, no podría devolverles la luz. La perdieron para siempre hace mucho tiempo.
Los ojos de Lehir brillaban con crueldad.
—Cinco de las nueve alas. Las almas de esos cinco han desaparecido por completo. No pueden reencarnarse. Han desaparecido sin dejar rastro.
—¿Qué, qué?
—Yo solo rompí piedras. —Lehir declaró fríamente—. Si ese bastardo de Sigmund no se hubiera entrometido, también habría destruido la sexta piedra de la barrera. Pero las cosas se torcieron, maldita sea.
El repentino estallido de intenciones asesinas hizo que la princesa se estremeciera. La presión era tan abrumadora que apenas podía respirar. Mientras jadeaba en busca de aire, Lehir soltó una risita.
—Bueno, da igual. Tu hermano sobrevivió, así que tú morirás. Dana.
Agarró a la princesa por el cuello y presionó su arteria palpitante.
—La causa y el efecto no eligen sus sacrificios.