Maru LC Maru LC

Capítulo 170

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 170

Era evidente que una tormenta de recuerdos dolorosos se desataba en la mente de Dietrich.

Su rostro cambiaba a cada segundo, como si quisiera demostrar que existían muchos matices diferentes de sufrimiento.

Sus párpados temblaban, sus labios se abrían y cerraban.

—Tú… se supone que debes estar…

—¡No estamos muertos! ¡Hemos estado atrapados aquí!

Dietrich también se sentía atraído por ellos, y sus pasos vacilaban.

Su razón se estaba desmoronando.

Era como si estuviera a punto de seguirlos directamente a las profundidades del infierno.

Sabía la agonía que había sufrido al verlos en su vida pasada. Aunque comprendía que no eran sus amigos, había sufrido igualmente.

—Hermana.

Johannes me llamó.

—Las cosas no saldrán como deseas.

¡Ni hablar de que no lo harán!

—¡Dietrich! ¡No los mires!

Pero Dietrich ya había sucumbido a su influencia. En ese momento, estaba atrapado en el tormento de su pasado.

Yo era una desconocida para él, así que, por supuesto, se dejaría influenciar por ellos.

Aun así… por alguna razón, me entristeció.

Necesitaba reaccionar.

Moví mi cuerpo liberado y corrí hacia Dietrich.

—¡Dietrich!

Lo llamé de nuevo.

—Mírame.

No los mires.

—Dietrich, ven aquí.

—Tienes que salvarnos.

Los muertos vivientes le susurraban sin cesar, robándole sus preciados recuerdos y atrayéndolo aún más.

Entonces…

Un pequeño objeto rodó hacia mis pies.

Tomé el anillo sin pensar demasiado y volví la mirada hacia la dirección de donde había venido.

Noah.

Era el anillo de Johannes.

—Niño, ¿por qué me das esto…?

No dijo ni una palabra, pero lo entendí.

Úsalo para detener a Johannes.

El anillo ahora pertenecía a Noah. Eso significaba que también atacaría a Johannes.

Me lo puse.

Pero incluso entonces, dudé en actuar.

¿Y si no fue Johannes, sino Noah quien terminaba herido...?

Sin embargo, la mirada de mi hijo permanecía inmutable. Aunque no hablaba, podía oír sus pensamientos con la misma claridad que si lo hubiera hecho.

«Esta es tu última oportunidad, madre».

Bien.

Tomé una decisión y activé el anillo.

Corrí hacia el candelabro de plata fijado a la pared.

Los muertos vivientes me seguían, pero yo era más rápida.

Antes de que Dietrich pudiera entrar en este lugar…

Alcé el borde afilado del candelabro y lo giré hacia mí, apuntando a la parte más profunda de mi cuerpo.

Desde lejos, el grito de Johannes resonó.

Debió de funcionar.

Las formas de los no muertos comenzaron a desmoronarse.

—¡Hermana…!

—Escúchame, Dietrich.

Mientras los cuerpos de sus amigos se desmoronaban, apenas estaba en sus cabales.

Sin siquiera entrar en la mansión, cayó de rodillas, mirando fijamente las figuras que se desvanecían.

Quizás, en su mente, sus queridos amigos ya habían muerto una vez.

Pero.

—Esos no son tus amigos.

—¿Cómo es posible? ¿Qué demonios está pasando ahora mismo? ¿Y tú… quién eres exactamente?

—Soy…

Una vez más, mi cuerpo comenzó a ponerse rígido.

El precio que había pagado por el tiempo que el demonio había controlado mi cuerpo finalmente llegaba a su fin.

—Cierra la puerta y vete. Entonces te lo contaré todo.

Ah, se acabó.

El control de mi cuerpo volvió al demonio. La historia del juego estaba a punto de comenzar de nuevo.

—El final no llegará, Charlotte.

El demonio me miró con desprecio mientras volvía a tomar el control de mi cuerpo.

Ahora que había vuelto a sus orígenes, parecía creer que podía manipular a Dietrich tanto como quisiera.

La desesperación y el miedo me consumieron por completo.

Por favor, deja que Dietrich me escuche.

Siguiendo la voluntad del demonio, mis labios pronunciaron su nombre.

—Dietrich…

—Si me vas a contar todo, entonces cerraré la puerta.

—¿Qué?

Dietrich retrocedió.

Extendió la mano hacia el pomo de la puerta para cerrarla.

De repente, abrí la boca apresuradamente. El demonio parecía estar entrando en pánico.

—Por favor, pase, señor.

—¿No me acabas de decir que cierre la puerta?

—¡Lo que acaba de pasar fue…!

—Pero, señorita, ¿por qué cambian de color sus ojos? Cada vez que cambia su comportamiento.

Dietrich me miró con recelo, agarrando con fuerza el pomo de la puerta.

Parecía haber tomado una decisión.

—¡Maldita sea! ¡No!

El demonio gritó desesperadamente, pero la puerta se cerró aún más rápido.

—Entonces, adiós.

¡Pum!

La puerta se cerró.

En ese momento, la fuerza invisible que había estado controlando mi cuerpo desapareció.

Ah.

Por fin había terminado.

Tras cerrar la puerta, Dietrich recordó lo que acababa de ocurrir dentro.

Sus amigos muertos habían regresado.

«Eso es imposible».

Soltó una risa hueca.

Se rio, luego su rostro se torció.

Un milagro así jamás podría ocurrir. La forma en que sus figuras habían comenzado a desmoronarse era prueba de que no eran sus amigos, sino monstruos.

La forma en que intentaron atraerlo al interior dejaba claro que le esperaba una trampa en aquella mansión.

Era una finca extraña.

Ahora entendía por qué a Lindbergh lo llamaban maldito.

Entonces, cerró la puerta.

¿Pero quién era esa mujer?

Una mujer cuyos ojos cambiaron de azul a rojo.

Una mujer que parecía irradiar una luz brillante, solo para ser engullida una y otra vez por una fuerza de oscuridad absoluta.

Dietrich, vencido por el cansancio, apoyó la cabeza contra la puerta.

El momento en que sus amigos habían muerto pasó fugazmente por su mente.

El peso sobre sus hombros le oprimía el pecho, dificultándole la respiración.

Fue una miseria.

Su vida no había sido más que miseria.

Y ahora, abandonaría este lugar y regresaría a su miserable existencia.

Bajo la lluvia torrencial, el hombre dejó que las lágrimas cayeran. Siempre había reprimido sus emociones, pero solo por esta vez, se permitió llorar.

Incapaz de soportar la abrumadora soledad, se alejó tambaleándose de la puerta.

Tenía que irse.

Tenía que seguir por el camino que le estaba destinado.

Dietrich se dio la vuelta.

En la oscuridad más absoluta.

En ese instante, la puerta oxidada emitió un lento crujido al abrirse. Al darse la vuelta, una cabellera rubia platino brilló en la penumbra.

Era un brillo tan radiante que parecía que iba a hacerlo caer de rodillas.

—¡Dietrich!

Como un torrente de luz, la mujer corrió hacia él y lo abrazó.

Dietrich, por instinto, la agarró por los hombros para apartarla. Era una persona desconfiada.

—Dietrich…

Ella se aferró a él, llorando, llamándolo por su nombre una y otra vez.

Quería preguntarle cómo sabía su nombre.

—Dietrich, Dietrich…

Ella pronunciaba su nombre una y otra vez, como si estuviera desahogando todo su anhelo.

Y en ese momento, dudó.

—Dietrich…

¿Quién era esa mujer que lo conocía?

Todo en ella resultaba sospechoso. Y sin embargo…

Estaba tan solo.

Cada vez que ella pronunciaba su nombre, el dolor que sentía en su interior parecía disminuir, aunque solo fuera un poco.

La oscuridad que lo había consumido retrocedió ante su luz.

Dietrich abandonó la idea de apartarla y, en cambio, la abrazó.

Quizás fue una idea tonta.

Pero tal vez…

No era la mansión maldita lo que realmente lo había embrujado.

Quizás fue esta mujer.

Quizás la razón por la que intentó entrar en la mansión en primer lugar... era para verla una vez más.

El escenario ni siquiera había comenzado.

Y así, la maldición que aún no se había materializado quedó destrozada.

En cuanto recuperé mi libertad, corrí hacia Noah. El niño, completamente agotado, se había desplomado en el suelo.

—…Noah.

Noah había recuperado su forma original. Ya no tenía la apariencia de una criatura pequeña.

—Lo siento. No te reconocí.

—…Madre.

—Desconfiaba de ti. Me alejé de ti. Lo siento.

Abracé al niño y le susurré suavemente. Estaba calentito.

Pero entonces, su cuerpo comenzó a desvanecerse.

—¿Por qué…?

Él estaba desapareciendo, junto con la maldición de la mansión. Y en ese momento, lo comprendí.

Noah había hecho un pacto con el demonio. Así fue como empezó este juego.

—Ahora que el juego ha terminado, ¿tú también vas a desaparecer…?

Pero entonces, ¿por qué seguía yo aquí?

Mi alma había sido intercambiada por esta tierra. Mi vida había sido…

—Cien oportunidades.

Ese dolor fue la razón por la que seguí existiendo. Pero Noah… él no estaba sujeto a las mismas condiciones.

No podía salir vivo de ese lugar.

—No lo sabía…

No. No puedo perderte.

Lo abracé con todas mis fuerzas, pero su figura se volvía cada vez más difusa.

—¿Me quieres?

—¿Por qué preguntas algo así…?

Por supuesto.

Lo di a luz en pleno invierno.

Había sido la etapa más difícil de mi vida.

El invierno siempre había sido una estación que detestaba. Cuando desobedecía a mi padre, me mandaba afuera, a la nieve, obligándome a acurrucarme en los establos, temblando de frío.

El recuerdo seguía muy vivo. Por eso siempre había detestado el invierno.

—Pero después de tenerte, me enamoré del invierno.

Noah me miró en silencio.

Entonces, sonrió.

—…Te quiero, mamá.

Y así, sin más, desapareció.

Durante mucho tiempo no pude moverme.

Entonces…

Una leve sensación de aleteo se agitó en mi estómago.

Puse mi mano sobre ella.

Ah… ya veo.

El tiempo había retrocedido, pero…

Este cuerpo era diferente.

Nunca envejecería.

Se quedó congelado en el tiempo.

Me acaricié el vientre.

«Así es como estás aquí, niño».

Una leve sonrisa se dibujó en mis labios.

Y con eso, salí de la mansión.

La lluvia había cesado.

A lo lejos, un hombre se alejaba de Lindbergh.

—¡Dietrich!

Lo llamé por su nombre mientras corría hacia él.

Mi amor.

Mi luz.

Mi todo.

Mi felicidad.

Lo abracé por completo.

Te amo.

Con toda mi vida.


Athena: Y… ¡se acabó! Vaya, esta historia me enganchó pero he querido entrar muchas veces a ahorcar a la protagonista jajaj. A ver, me ha gustado. Es una historia diferente y da juego, pero Charlotte me ha sacado de quicio muchas veces.

Dietrich es mi pobrecito de la historia. Al final el pobre ni se acuerda de nada, se muere cada dos por tres, ni se entera que tiene hijo… en fin. Y Noah también me ha dado pena. Entiendo cómo acabó haciendo todo y, al final, era un niño que necesitaba amor y que le vinieron las cosas muy mal.

Creo que todo se habría solucionado si la gente hablara las cosas, pero aquí todo eso brillaba por su ausencia. Por no hablar que NO hay que hacer nada con demonios (qué miedo).

En fin, espero que os haya gustado. En algún momento traeré las historias paralelas. ¡Nos vemos!

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 169

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 169

Cuando abrí los ojos, me encontré mirando el mismo techo que había visto innumerables veces hacía tres años.

Esto ocurrió dentro de la mansión, en la habitación de Charlotte.

—Ah.

Me incorporé. Llevaba puesto el uniforme de criada que ya conocía.

Había regresado al pasado.

Pero… ¿cómo es que aún conservaba mis recuerdos?

Recordé la voz que había escuchado al final de mi vida anterior.

—Demonio, aún no has pagado tu precio. Tomaste tres cuando solo te correspondían dos. Ahora, paga la diferencia.

¿Podría ser que... el precio fueran mis recuerdos?

—…Noah.

Tenía que encontrarlo inmediatamente.

¿Dónde estaba él...?

[Se está implementando la mentalidad de acero.]

Cuando apareció el mensaje del sistema, las emociones abrumadoras que me habían invadido se vieron rápidamente controladas. Por un instante, me pregunté si era necesario buscar a Noah con tanta urgencia.

«No. Esto no está bien».

Aunque mis emociones estaban atenuadas, mis recuerdos permanecían intactos. Tomé una decisión que jamás habría sido capaz de tomar en el pasado.

[Mentalidad de acero: DESACTIVADA]

Cerré la ventana del sistema y salí corriendo.

—¡Noah!

¿Dónde estaba?

En el instante en que entré al vestíbulo de la mansión, un destello de luz brilló desde una ventana alta.

¡BOOOOM!

Afuera, un rayo iluminaba el cielo mientras llovía a cántaros.

«De ninguna manera…»

Dietrich iba a venir.

—…No puedo dejar que entre en la mansión.

Pero si Dietrich abriera las puertas de la mansión, volvería a estar bajo el control del poder del demonio.

Aún así…

Tenía que hacer algo.

…Tenía que protegerlos a ambos.

Busqué frenéticamente a mi alrededor algo útil. Mi cuerpo aún no había sido tomado.

Ahora era mi única oportunidad.

Agarré una cuerda y la até rápidamente alrededor de la manija de la puerta.

No era suficiente. Intenté bloquear la entrada con muebles...

Se oyeron pasos que se acercaban.

—¡No te acerques más!

Grité con urgencia.

Alguien estaba tirando de la puerta desde fuera, pero por suerte la cuerda resistió, impidiendo que se abriera.

Tenía todos los nervios del cuerpo en tensión.

Mi respiración era irregular.

Este era el verdadero comienzo. Si fracasaba aquí, todo volvería a empezar.

—¿Hay alguien dentro?

Esa voz. Tan familiar, tan profundamente extrañada que me dieron ganas de llorar.

—Disculpa. No me di cuenta de que este lugar estaba ocupado…

Era Dietrich. Era Dietrich.

Pero en este momento, desearía que no fuera así.

Un fuerte escozor me picó en los ojos.

Esta sensación… Había llegado el momento.

Reuní las últimas fuerzas que me quedaban y grité.

—¡Sí! ¡Esta es una casa con dueño! ¡No se atreva a entrar sin invitación! ¡Esta mansión me pertenece!

Escupí las palabras con furia, asegurándome de que ni siquiera pensara en poner un pie dentro.

Esta mansión, donde en mi infancia no sufrí más que dolor. Donde padecí junto a la muerte misma.

Y, sin embargo, también era el lugar donde había vivido con mi madre. Donde había convivido con el hijo al que di a luz.

Así que, me pertenecía.

No al demonio.

Ni a Johannes.

Era mía.

Mi cuerpo se paralizó. Ya no podía moverme.

Esto fue lo mejor que pude hacer.

Desde afuera, oí el sonido de una mano abriendo la manija de la puerta.

—Me disculpo por haber tirado de la puerta sin permiso.

Deseaba con todas mis fuerzas que Dietrich se marchara.

Sin embargo, el cuerpo que se había quedado rígido contra mi voluntad comenzó a moverse de nuevo. Sentí que mis manos me traicionaban, buscando la cuerda para desatarla.

Luché, intentando tirar en la dirección opuesta, y, sin embargo, mi cuerpo ya no me pertenecía.

El escenario del juego estaba comenzando.

—¿De verdad creías que las cosas iban a salir como querías?

El demonio que se había apoderado de mí se rio sin piedad.

«No puedes…»

Al soltar la cuerda, la puerta se abrió con un crujido.

Un relámpago iluminó el cielo con una intensidad tan cegadora que me ardían los ojos. Sentía ganas de llorar del dolor.

Un hombre, mucho más joven que el que yo recordaba, estaba parado en el umbral, mirándome con sorpresa.

—…Bienvenido.

Por favor…

—Bienvenido a la mansión de Lindbergh, querido huésped.

No entres, Dietrich.

Dietrich vaciló, su expresión cambió con confusión.

Le había dicho que no entrara.

Y, sin embargo, yo misma le había abierto la puerta.

Por supuesto, debió parecer extraño.

—¿Por qué lloras?

¿Eh?

Esa fue la única razón de su asombro. Solo después de que habló me di cuenta de que tenía las mejillas mojadas por las lágrimas.

Miró alternativamente a mí y a la puerta abierta antes de preguntar con cautela:

—¿Puedo pasar?

No. No entres.

—…Por supuesto. El dueño de esta casa es misericordioso. Sin embargo, le molesta mucho que no se atienda bien a los huéspedes.

Por favor, no entres. Debes haber presentido que algo andaba mal, así que por favor…

—Si no es mucha molestia, ¿puedo preguntarle por qué cambió de opinión de repente?

Dietrich se mostraba receloso, pero su actitud era mucho más amable que la primera vez que entró en esta mansión. Aun así, esperaba que siguiera desconfiando de mí, que siguiera dudando, para que jamás pusiera un pie dentro.

Pero en ese momento, contra mi voluntad, mis labios se entreabrieron.

—Dietrich.

Yo no era quien hablaba.

Esto fue…

—¿Sabe… quién soy?

Fue exactamente igual que antes.

—…Perdone, pero ¿cómo sabe usted quién soy? No le he dicho mi nombre, señorita.

Porque eres mi único amor. Por eso te conozco.

Pero, una vez más, mis labios se movieron por sí solos.

—Acércate y te lo diré.

La misma escena se repetía.

No, ¿estaba todo destinado a repetirse? ¿Se estaba preparando el escenario para otra función?

Dietrich dio un paso al frente.

Pero en ese momento.

—¡Kkyung!

Una voz. Una que ya había oído antes.

Una pequeña bola de pelo negro corrió hacia la puerta.

¡Noah…!

Mi hijo tenía algo en la boca.

En el momento en que lo reconocí, Noah lo arrojó.

Una botella de vidrio se hizo añicos a los pies de Dietrich. Ante esta situación inesperada, Dietrich detuvo sus pasos.

El líquido de la botella tocó el suelo, provocando una violenta explosión.

Con un estruendo ensordecedor, la puerta se derrumbó.

Trozos de madera se amontonaban, bloqueando el paso de Dietrich, y unas llamas enormes se alzaron.

Era un objeto de la mansión.

La pequeña bola de pelo se giró para mirarme.

Tú también querías evitar que esto empezara, ¿verdad?

Pero entonces...

Un destello plateado cruzó las llamas. En un instante, el aura de la espada de Dietrich atravesó el fuego, extinguiéndolo.

Sus ojos violetas brillaban con intensidad.

—¿Intentabas matarme?

El mismo malentendido de antes.

Quería explicarme, quería hablar, pero cuanto más me esforzaba, más se negaban mis labios a moverse.

—Qué lástima, Charlotte.

Ya no quería que los malentendidos nos consumieran.

La risa del demonio resonó en mis oídos. Una profunda sensación de impotencia me invadió, pero me negué a rendirme.

Pero justo en ese momento…

Una voz, como un milagro, resonó por toda la mansión.

—El tiempo que robaste debe ser devuelto.

Una voz que rememoraba el pasado resonó en los grandes salones.

No era la voz del demonio…

Y con ello, el poder que me había estado controlando se desvaneció.

—¡Maldito seas, Carlino!

El demonio gritó de rabia.

Ahora era mi oportunidad.

—¡Eso no es cierto!

Sí.

Esto era lo que siempre había querido decir.

—¿Entonces qué es todo esto? Esa pequeña criatura acaba de intentar matarme.

Siempre había querido decir la verdad.

Simplemente nunca pude.

—…Era por ti. Nunca intenté matarte.

Hubo momentos en los que ni siquiera entendía mis propias emociones.

Pero ahora lo sabía.

—…Te conozco desde hace mucho tiempo.

—¿Cómo es posible que me conozcas?

—Porque te quiero.

—¿Qué?

—Te amo, Dietrich.

—Eso es ridículo. Es la primera vez que nos vemos.

Aunque no me creyera...

Aunque no lo entendiera…

Quería contarle todo.

Quería contarle todo lo que habíamos vivido juntos.

Pero no había tiempo.

—¡Johannes! ¡Detenlos de inmediato!

—¡Detenlos mientras recuperan ese tiempo robado!

—Por favor. Te prometo que te lo contaré todo la próxima vez, así que no entres en la mansión. De ahora en adelante, diga lo que diga, pase lo que pase, jamás, jamás entres en mi casa.

Pero entonces...

Una tenue y extraña distorsión se propagó por el aire.

Y ante mis ojos, las sombras comenzaron a tomar forma.

—Dietrich.

Figuras monstruosas, disfrazadas de humanos, intentaron alcanzarlo.

Rostros que había visto demasiadas veces antes: las criaturas no muertas que una vez fingieron ser amigas de Dietrich.

Era demasiado débil para resistirse en aquel entonces.

Observé cómo sus ojos violetas temblaban.

Lo vi suceder; me vi desaparecer de su mente mientras su mirada era consumida por los no muertos.

—¿Por qué… por qué están todos aquí?

Su voz, encadenada por el dolor.

Esta versión de Dietrich aún vivía en la sombra de los muertos.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 168

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 168

Después de eso sucedieron muchas escenas.

La mujer volvió a la vida.

Pero ella no sabía por qué estaba allí, ni por qué estaba atrapada.

Entonces, entró Dietrich.

Dietrich no la recordaba.

La mujer lloraba amargamente, pero cuanto más lloraba, más confuso se sentía Dietrich.

Una pequeña criatura peluda se acercó a la mujer afligida.

Pero, así como Dietrich no la había reconocido, la mujer tampoco reconoció a la pequeña criatura.

El demonio le había arrebatado la forma humana a Noah.

A cambio de que Charlotte recuperara su lengua, el niño se había transformado en una bestia, incapaz de hablar.

La mujer abrazó la extraña bola de pelo. La soledad disminuyó, aunque solo un poco.

Pero la criatura estaba desconsolada.

Todo esto fue por su culpa.

«Lo siento. Lo siento mucho».

Dietrich volvió a entrar en la mansión.

Y murió.

Luego volvió a entrar.

Y murió.

Y murió.

Y murió.

La mujer perdió la cabeza.

Un día, un dios se compadeció de ella. Mientras el demonio estaba momentáneamente distraído, el dios entró en el dominio del demonio.

Enviaron a la mujer a otro mundo para que pudiera escapar.

Pero incluso en ese mundo, cayó en la trampa del demonio. Jugaba a un juego llamado La Mansión de Lindbergh.

En el juego, el protagonista moría con demasiada facilidad. Nunca se dio cuenta de que el personaje al que mataba repetidamente en ese mundo era un ser humano real y vivo.

Ella no se dio cuenta de que su amante se estaba muriendo.

La pequeña bola de pelo sintió lástima por el hombre.

Él no lo quería. Pero el hombre no había hecho nada malo.

Entonces, un día.

Cuando Dietrich atravesó el primer piso, la criatura peluda consumió accidentalmente una poción.

Era un objeto que había aparecido tras la muerte de Penny, la administradora del primer piso. Después de beber la poción maldita, la criatura recuperó su forma humana.

El niño estaba rebosante de alegría.

Si volviera a encontrarse con esa mujer, por fin podría decirle: "Soy tu hijo".

Pero pronto, el demonio encontró a la mujer y la arrastró de vuelta a su dominio.

Cuando el dios la envió a otro mundo, le borraron la memoria. La mujer ya no recordaba por qué estaba atrapada allí.

El demonio se aseguró de que jamás recuperara esos recuerdos. Le guardaba rencor por haberse atrevido a escapar.

Y por supuesto, independientemente de si la criatura peluda había adoptado forma humana o bestial, ella no lo reconoció.

Era un mundo dentro de un juego.

Un mundo donde los personajes respiraban y vivían.

La mujer gritó.

Al principio, el demonio lo disfrutaba, pero con el tiempo, el ruido le resultó irritante. Quería silenciarla, quería controlarla mejor.

Ah, sí.

Hace mucho tiempo, la mujer había tomado medicamentos para reprimir sus emociones, por lo que el demonio creó algo llamado Mentalidad de Acero.

El ruido cesó.

Sin recuerdos ni emociones, la mujer repitió su vida una y otra vez.

De nuevo.

Y otra vez.

Y otra vez…

Hasta que solo quedaba una última oportunidad.

—Entonces, Charlotte.

La Habitación de la Verdad le mostró todo.

Se reveló toda la verdad sobre la mansión.

—Déjanos ir a Noah y a mí.

—¿Eso es todo? ¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—Eso ya es cosa del pasado.

La Sala de la Verdad cerró sus puertas.

Sin importar lo que hubiera habido dentro, el pasado era el pasado.

No tenía sentido revivir viejos recuerdos y ahogarse en la tristeza.

—No volveré a repetir el pasado. Ahora abre la puerta.

—Lamentablemente, aún no ha terminado.

—¿Qué?

—Ya te lo dije, ¿no? Johannes también es un aspirante.

¿Qué tontería era esa?

Incluso después de repetir las palabras una y otra vez en su mente, no pude entenderlas.

Eso significaba...

—…No estarás diciendo que Johannes también tiene opción, ¿verdad?

—Logró su objetivo al guardar su secreto hasta el momento en que abriste la puerta. Ahora, también se le ha concedido el derecho a elegir.

No éramos los únicos que planteábamos desafíos.

Johannes también era uno de ellos.

—Esto es ridículo…

—Ahora es hora de regresar, Charlotte.

Pero si regresamos así, entonces Noah…

Le di la espalda y mis ojos se encontraron con los de mi hijo.

Ojos azules, temblando de angustia.

Volvería a perder la memoria. Volvería a traer a Dietrich a la mansión. Y entonces, mi hijo se vería obligado a revivir este tormento una vez más.

Sin posibilidad de saber si esta vida terminaría en éxito o en fracaso.

Si regresaba, ¿podría salvar a ese niño esta vez?

Tenía que encontrar una solución. Tenía que pensar…

El diario de S.

De repente, lo recordé.

¿Quién era S?

En un momento dado, me pregunté si S podría ser Charlotte.

Al fin y al cabo, mi nombre se escribía Charlotte, pero algunas personas lo escribieron erróneamente con una “S”.

Quizás lo escribí así para evitar la mirada del demonio.

El diario de S, que encontré una vez en la mansión, terminaba en el momento en que moría cierta criada.

Luego, transcurrieron tres años antes de que comenzara a aparecer S's Advice.

Entonces… ¿podría ser esa chica S?»

No.

Esa criada no era S.

«En mis recuerdos no había ninguna criada llamada S».

Durante mi infancia, tuve una criada que me cuidaba.

Fue ella quien, con gran esmero, recompuso el osito de peluche que Johannes había destrozado. Pero falleció a causa de una enfermedad.

Durante mi adolescencia, hubo otra criada a la que le encantaban mis pinturas. Sin embargo, tras cometer un error, fue despedida de la mansión.

Ni una sola persona se quedó a mi lado mucho tiempo.

Por eso, a medida que crecía, nunca volví a cometer el error de encariñarme con ninguno de los empleados.

Algo era extraño.

S había afirmado haberme cuidado desde mi infancia, pero…

Nadie se había quedado conmigo tanto tiempo. Todos se habían marchado, de una forma u otra.

Cada criada que existió durante la época que S describió era una persona diferente.

Entonces, ¿qué... o quién... era S?

«Ahora que lo pienso…»

Todavía había un consejo de S que no había comprobado.

Con manos desesperadas, abrí la ventana del sistema.

[Consejo de S]

Si fuera yo…

Las letras estaban dispersas, como si hubieran sido borradas.

Luego se escribió una nueva frase.

[Si pudiera volver atrás, jamás empezaría.]

S nunca habló con claridad.

Como siempre, sus palabras eran vagas, como si no solo me estuviera engañando a mí, sino también a alguien más.

Pero entendí lo que significaba.

—Si tan solo nunca hubiera entrado en la mansión aquel día, hace tres años… Quizás el contrato nunca habría comenzado.

Eso fue lo que dijo Dietrich.

Entonces… ¿S era realmente Dietrich?

«No. Eso no puede ser».

S era un conjunto de personas diferentes.

Personas que alguna vez vivieron en la mansión, personas que se preocuparon por mí.

Pero Dietrich había muerto en el palacio imperial, que se había fusionado con la mansión.

Ahora lo entendía.

Finalmente supe qué era S.

Los vestigios de la calidez que brevemente había tocado mi vida.

Los pensamientos persistentes de aquellos que me habían observado, aunque solo fuera por un instante.

Ese era el diario de S.

Y los remordimientos que dejaron atrás antes de morir...

Ese fue el consejo de S.

«Pero incluso si entiendo esto, ¿qué puedo hacer?»

Si regresaba, volvería a perder la memoria.

«Por favor, déjame al menos salvar a ese niño…»

—Madre…

Fue entonces cuando mi cuerpo comenzó a desvanecerse.

Ah, entonces ambos regresaremos.

—Detente.

Una voz, completamente distinta a la del demonio, resonó en mi mente.

Ah. Esta debe ser la otra presencia de la que habló Dietrich.

—Demonio, aún no has pagado tu precio. Te atreviste a tomar tres por el precio de dos; ahora debes pagar la diferencia.

Si regresaba…

Si puedo reclamar un precio a cambio…

[Nadie escapa del escenario.]

Era una frase escrita en el libro.

Sí.

Si el escenario nunca comenzaba, entonces nadie quedaría atrapado.

Una vez que empezaba la obra, nadie podía escapar.

Por lo tanto, debíamos asegurarnos de que el telón nunca se levantara.

—Por robarme a mi hijo, por tomar lo que nunca fue tuyo, debes pagar el precio.

Para cuando exhalé mi último deseo...

Me encontré de pie en la mansión que me resultaba familiar.

Estaba lloviendo.

«Aún queda mucho camino por recorrer…»

Un hombre exhaló, su aliento frío en el aire nocturno.

Para llegar rápidamente a su destino, había tomado un atajo a través de Lindbergh, el lugar al que todos llamaban "pueblo fantasma".

No tenía intención de quedarse mucho tiempo en aquel lugar desolado, pero la lluvia era incesante.

Entonces…

Un repentino relámpago iluminó una mansión lejana.

El hombre permaneció inmóvil, como hipnotizado, contemplando la imponente mansión.

«Me quedaré allí solo un rato».

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 167

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 167

La historia aún no había terminado.

—Un trato más.

Más allá de la Sala de la Verdad, se le pidió otro deseo al demonio.

—Si me devuelves a madre, déjala hablar de nuevo… Te daré mi lengua.

—Eso es algo muy fácil de hacer.

—…Lo siento. Lo siento mucho.

Mientras presenciaba cómo la verdad se revelaba ante mí, mi hijo seguía arrepintiéndose. Ahora que había descubierto los pecados que había querido ocultar con tanta desesperación, sollozaba desconsoladamente.

No se parecía en nada al niño que yo conocía.

Siempre tan sereno, siempre tan indescifrable…

—Alguien como yo… nunca debería haber nacido como tu hijo.

No podía negar el sufrimiento del pasado.

Los años que habíamos estado atrapados en la mansión.

La agonía que jamás habría soportado si Noah no hubiera pedido ese deseo.

—…Eso no es cierto.

Forzar una respuesta era como hablar bajo el agua.

Como si un líquido se filtrara en mis pulmones, asfixiándome.

¿Cómo podría culparlo?

Fue mi propia negligencia al no protegerlo lo que nos trajo hasta aquí.

—Jamás repetiremos el pasado. Nos vamos de este lugar.

—…Madre.

—He abierto la Sala de la Verdad. Ahora, entremos.

Todo había terminado.

—Espera. Mira más allá.

El demonio habló.

La escena cambió.

El demonio, que aún vestía mi carne, se marchó a otro lugar tras escuchar el deseo de mi hijo.

Noah, exhausto de tanto llorar, se había desplomado.

Tarareando divertido, el demonio caminó entre charcos de sangre.

Se detuvo frente a Johannes.

—¿Sigues vivo? Eres el último que queda.

El hombre de cabello rubio, empapado en sangre, apenas abrió los ojos.

Observó fijamente al demonio, con una mirada penetrante a pesar de su menguante fuerza.

Como si la muerte misma no pudiera reclamarlo tan fácilmente.

—De todas formas, vas a morir. ¿Debería dejarte como estás? ¿Qué opinas?

Johannes estaba condenado a morir, independientemente del deseo de Noah.

Pero entonces, extendió la mano hacia el demonio.

—…Cof… Haré… un trato.

Desde algún lugar lejano, Johannes había escuchado vagamente las palabras de Noah.

Su visión se nubló, le zumbaban los oídos, el mundo a su alrededor se desvaneció. Pero... había algo que había escuchado con absoluta claridad.

El demonio iba a traer de vuelta a Charlotte.

Sacrificando esta tierra.

Johannes, incapaz de comprender la magnitud total del desastre, dio por sentado una cosa: que esta catástrofe había sido causada por Charlotte, y que los horrores que estaban por venir también serían obra suya.

—¿Tú también quieres hacer un trato?

—Inclúyeme… en lo que suceda a continuación.

—¿Y si me niego?

El demonio no tenía ningún interés en Johannes.

Un hombre vacío. Un ser indigno de atención.

Si había algo que el demonio valoraba, era todo aquello que Carlino amaba, y a sus ojos, Johannes no era más que escoria.

—…Si lo que deseas es su sufrimiento, también puedo proporcionártelo.

—¡Qué atrevido eres! ¿Y qué te hace pensar que deseo su sufrimiento, criatura patética?

La voz del demonio, antes juguetona, se tornó grave. Despreciaba la arrogancia.

Sobre todo, viniendo de alguien a quien Carlino ni siquiera quería.

—Es obvio que deseas su sufrimiento. ¿Necesito darte más explicaciones?

—Dime, miserable ser, ¿cómo la harás sufrir?

—Yo…

En ese instante, una sonrisa amarga se dibujó en los labios de Johannes. Esa mueca retorcida, tan repugnante, tan familiar. Una sonrisa que siempre había detestado.

Aunque tosía sangre, no dejó que desapareciera.

—Mi propia existencia es su sufrimiento.

Al igual que Dietrich, la vida de Johannes se acercaba a su fin.

—Pero qué lástima. Ya hice un trato para matarte. Y no puedo retractarme de lo que me dieron a cambio.

—…Entonces, devuélveme a la vida.

—¿Y qué ofrecerás?

A Johannes ya no le quedaba nada.

El chico que me había robado todo de mi infancia ya no tenía nada en sus manos.

—Mi secreto.

—¿Me ofrecerías un secreto?

El demonio rio con incredulidad.

Nunca antes había recibido un pago.

—De acuerdo, claro. Déjame saber qué clase de secreto valioso es ese. Pero te advierto: si tu secreto no me impresiona, no te concederé una muerte piadosa.

Johannes tosió, escupiendo sangre. Luego, limpiándose los labios, sonrió.

—Fue hace mucho tiempo. Había un chico, cegado por los celos.

Incluso mientras agonizaba, se rio.

Pero no era una risa de alegría.

—Ese muchacho estaba celoso del primer amor de su hermana. Ambos éramos de origen humilde. Pero mientras ella me llamaba sucio, veía algo diferente en aquel mendigo de la torre del reloj.

Una sensación de presentimiento se apoderó de mí.

Pero en otra línea temporal, Johannes no sabía que yo lo estaba observando. Hablaba de sus secretos con total libertad, sin dudarlo.

—Así que lo maté. Conocí al maestro de ese pintor y le dije que su obra era sorprendentemente similar a la suya. ¿Se llamaba Santorino? Le dije que sentía como si ese humilde pintor le estuviera robando la gloria. El anciano se enfureció, pero, curiosamente, también parecía complacido. Fue entonces cuando me di cuenta de que no era el único que sentía envidia de ese mendigo. Un maestro, envidioso del talento de su propio alumno, utilizó sus contactos para desacreditarlo de todas las maneras posibles.

Mi efímero amor de juventud murió en la miseria.

Había sido acusado de plagiar el trabajo de su maestro.

Pero yo sabía la verdad.

Fue el maestro quien copió las pinturas del alumno.

—Pensé que, si arruinaba su reputación, ella dejaría de verlo. Pero en cambio, lo buscó aún más, y eso me enfureció. Estaba tan obsesionada con él, ¿por qué no podía mirarme a mí de la misma manera?

Un destello de dolor cruzó los ojos verdes de Johannes, como un recuerdo de la infancia que resurge.

—Sin darme cuenta, me encontré en el templo, declarando que el pintor había blasfemado contra Dios. Al principio, solo pretendía que lo exiliaran, pero…

En cambio, había muerto.

Por un breve instante, el arrepentimiento y la angustia se reflejaron en la expresión de Johannes. Pero solo por un instante.

Incluso después de todos estos años, todavía recuerdo cómo murió ese pintor.

Quemado en la hoguera, apedreado.

Ya se estaba muriendo, pero seguían burlándose de él, arrojándole piedras.

Así que murió tres veces.

Ese día grité hasta que me dolió la garganta.

—Y esa criada a la que tanto quería, me dijo que nos vio besándonos. No quería que circularan rumores problemáticos sobre nosotros, así que la maté.

…Yo también recuerdo ese día.

Un día, aquella criada no regresó.

Me dijeron que había contraído la peste y que la habían enviado lejos para evitar su propagación.

Ahora que lo pienso…

—Y el amante al que tanto quería, y el hijo que dio a luz... tal vez su desgracia también fue culpa mía.

Toda mi vida había estado marcada por la desgracia y la autocompasión.

Una tonta que había malgastado su juventud ahogándose en sus propias penas.

Y aquel que me había infligido ese sufrimiento...

Eras tú, Johannes.

—Destruí todo lo que ella amaba.

—Qué patético. ¿Crees que ese es un precio justo por tu vida?

—¿No es así? —Johannes murmuró, con la voz apenas un susurro—. Durante años viví con el temor de que alguien descubriera mi secreto. Perdí incontables noches de sueño por ello…

Con una voz que apenas podía elevarse más, dejó escapar una risa hueca.

Su expresión no cambió.

Pero ya tenía los ojos cerrados.

—Qué fascinante. ¿Por qué has llegado tan lejos, ser miserable?

—…Porque la amo.

Amor.

¡Qué cosa tan miserable y lamentable!

—Dime, ¿cómo piensas usar este secreto como pago? ¿De verdad crees que algo tan trivial es suficiente? ¿Por qué no respondes? Sigues respirando, ¿no? Ah, estás justo al borde del abismo.

El demonio pateó el cuerpo apenas inmóvil de Johannes.

—¡Ah, qué lástima!

Este hombre fue, sin duda, una de las causas del sufrimiento de Charlotte.

El demonio reflexionó.

El dolor de Charlotte y el secreto de Johannes, individualmente, no significaban nada.

Pero ¿qué pasaría si Charlotte descubriera este secreto a su regreso?

Imaginando su reacción, el demonio sonrió con malicia.

—Escucha. Tengo un escenario planeado. Piensa en ello como un juego.

Johannes ya no podía hablar, pero aún podía oír.

—¿Qué te parece si te conviertes en el administrador de este lugar? Si aceptas, te dejaré vivir. Solo asiente. Todavía puedes hacer eso, ¿verdad?

La cabeza de Johannes se movió ligeramente.

El demonio sonrió.

—Una cosa más. Tu situación será la misma que la de Charlotte: también recibirás cien oportunidades. Pero en lugar de romper el ciclo, tu objetivo es proteger tu secreto. Si fracasas… bueno, también perderás a Charlotte. Incluso si ella llega al final, mientras mantengas tu secreto, recibirás otra oportunidad. Tú también te convertirás en un aspirante. ¿Qué te parece?

Johannes asintió levemente.

El demonio estaba a punto de sellar el contrato.

Pero…

Oh, cielos. Demasiado tarde.

—Su alma ya se ha dispersado.

El demonio murmuró con fastidio.

Sin embargo, un fragmento permanecía.

—Mejor usar lo que queda.

Así nació el administrador del tercer y cuarto piso.

Con el paso del tiempo, el alma dispersa se reencarnó.

Aunque solo una parte permaneciera vigente, un contrato seguía siendo un contrato.

Desde el momento en que renació, el ciclo comenzó de nuevo.

—Ahora, esta tierra (la gran finca de Lindbergh) me pertenece.

El comienzo sería cuando Dietrich regresara a la mansión, con vida.

Y comenzarían los cien juegos.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 166

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 166

El niño recordó la vida pasada de la mujer.

Incluso ahora, después de tanto tiempo transcurrido, podía recordar vívidamente cómo se habían desarrollado sus últimos momentos.

Sus ojos se habían puesto rojos.

Y en ese instante, todos murieron.

El poder que había brotado del cuerpo de la mujer que empuñaba la espada no era humano.

Pertenecía a algo que estaba más allá, algo que provenía de debajo de la superficie de este mundo.

—Tú no eres ella.

Noah no fue el único que reconoció la presencia extranjera.

—Así es. No soy Charlotte.

El demonio rio a carcajadas, de pie ante los espectadores confundidos y horrorizados.

—Yo soy quien vino a conceder el deseo de la mujer. Puedes llamarme dios si quieres.

—¡Tú! ¡Jamás podrías ser un dios! ¡Debes ser un demonio! ¡No te atrevas a burlarte de lo divino!

Ese día, Charlotte se convirtió en un demonio para todos ellos.

El demonio, ahora en posesión del cuerpo de la mujer, masacró a todos los que se interpusieron en su camino.

Todos excepto Noah.

El niño lloraba sin cesar, y el demonio, usando las manos de Charlotte, le secaba las lágrimas.

Entre sollozos, Noah le preguntó al demonio...

¿Qué deseaba ella?

—Mmm. Charlotte me pidió que lo mantuviera en secreto. Pero ¿qué debería hacer? No formaba parte del contrato y no recibí ninguna compensación por ello, así que quizás debería contártelo.

¿Qué precio había pagado ella? ¿Por su bien?

Mi hijo, secándose las lágrimas, asintió.

Quería escuchar sus últimas palabras.

Pero cuando el demonio respondió, Noah se desplomó al suelo en estado de shock.

En el momento en que Charlotte entregó su alma al demonio, su cuerpo dejó de pertenecerle.

Ella realmente lo había dado todo.

Incluso sus huesos, incluso el polvo que quedó.

—Ah, espera un momento. Todavía queda algo con vida.

El demonio, aparentemente perdiendo interés en Noah, procedió a completar el contrato.

Fue entonces cuando Noah lo agarró.

—Espera.

El comienzo de todas las pesadillas que había conocido.

El niño recordó aquel día y volvió a llorar.

Oh, noble amor. Oh, el más preciado.

—…Lo siento. Lo siento mucho.

Al contemplar el vientre plano de Charlotte, se arrepintió sin cesar.

Reprimiendo sus deseos egoístas, oró.

Que quienquiera que estuviera dentro de ella no era él.

Que hubiera alguien que pudiera brindarle felicidad.

—…lotte.

Un dolor agudo me recorrió todo el cuerpo, como una descarga eléctrica.

Me sentí extrañamente débil.

—…Charlotte.

Al oír mi nombre, giré la cabeza.

Un hombre permanecía allí de pie, sonriendo con euforia, como si acabara de ver a alguien regresar de entre los muertos.

—…Dietrich.

Tenía la voz ronca, como si hubiera estado gritando.

—…Gracias a dios.

¿Por qué estaba aquí?

Lo había entregado todo al demonio.

No debería estar aquí.

Un miedo repentino me invadió: ¿había ocurrido algún error?

Presa del pánico, me incorporé de golpe desde donde estaba tumbada.

Mi corazón latía con tanta violencia que sentía que me iba a destrozar.

—Noah…

Por suerte, Noah estaba cerca.

El niño permaneció en silencio, mirándome sin decir palabra.

Me sentí aliviada al ver que estaba vivo.

Parecía que había estado llorando; tenía los ojos hinchados y rojos.

Pero la forma en que me miraba… algo no cuadraba.

—Charlotte…

Dietrich pronunció mi nombre con una voz tan quebrada que apenas pudo oírse.

Su mirada también era extraña.

—¿Cómo es que sigo viva?

No debería estar viva.

Pero Dietrich vaciló, incapaz de responder.

Tenía la cabeza gacha, la mirada fija en mi abdomen mientras lágrimas silenciosas corrían por su rostro.

—…Estás embarazada.

En ese momento, no tenía ni idea de qué decir.

Miré a Dietrich con incredulidad, luego dirigí mi mirada hacia mi hijo, que permanecía sentado en un silencio asfixiante.

¿Podría ser...?

—Noah.

Tenía que ser él.

Este cuerpo era el de mi yo más joven.

Así que tenía que ser…

—Mírame, niño.

—…No soy un niño.

Sin importar la edad que tuviera, para mí seguía siendo un niño.

De repente, un cuerpo pesado se desplomó sobre mí.

—¿Dietrich?

Su sangre, espesa y tibia, manchó mi piel.

Ah.

Su cuerpo había llegado a su límite.

Con delicadeza, lo abracé.

—Aguanta un día más, Dietrich. Si lo haces, puedo salvarte.

Aunque el poder fuera demoníaco...

Seguía siendo magia curativa.

Y puesto que se había concedido mediante un contrato, ni siquiera el demonio podía recuperarlo.

—Un momento, Dietrich. Por favor…

No era mi intención hacerte daño. Pero yo había estado cegada…

Creía que, si te mataba, finalmente podría ser libre.

Como si eso alguna vez hubiera significado algo.

Cuando tú y Noah estáis aquí mismo.

—Charlotte. —Su voz ronca me susurró al oído—. Aunque me salves, no importará. Mira hacia abajo.

Un enorme charco de sangre se extendía bajo la escalera.

—Todo esto es culpa mía. ¿De verdad crees que puedo ser perdonado, incluso si escapamos de este lugar?

—Pero yo…

Yo también hice un sacrificio. Aunque me vaya de este lugar, no seré diferente a ti.

—Aunque escape, no sobreviviré…

Ante esto, Dietrich negó débilmente con la cabeza apoyándola en mi hombro.

—Eres diferente.

—No soy…

—Cuando muera, se abrirá la Sala de la Verdad.

Esa habitación maldita.

Lo había anhelado, lo había soñado durante tantos años.

Pero ahora, era lo último que quería.

—Si abres la habitación, regresarás a la mansión Lindbergh.

—¿Te lo dijo el demonio?

—No. Lo hizo otra persona.

—¿Otra persona? ¿Qué quieres decir…?

—Shh. No hay tiempo. Después, llévate a Noah y corre. Si pasas por la cabaña… hay muchas cosas valiosas que puedes vender.

—…No quiero.

No quiero repetir el pasado.

Así que por favor…

Quería decirle que aguantara.

Pero entonces recordé la presencia que estaba detrás de mí.

Si no encontraba la Habitación de la Verdad, no podría irme.

Entonces ese niño…

Volvería a quedar atrapado.

Imaginé el sufrimiento que le aguardaba y me encontré incapaz de pedirle que aguantara más.

Dietrich debió de percibir mi silencio.

Con las últimas fuerzas que le quedaban, me besó.

—Está bien.

Podía oír cómo se desvanecía el sonido de su vida.

Antes creía que la muerte era silenciosa.

Pero no fue así.

Ya lo había visto morir antes, en mi vida pasada, pero en aquel entonces su muerte fue tan repentina que ni siquiera oí el sonido.

—…Te amo, Dietrich.

—…Eso es suficiente para mí.

¿Por qué nunca me has guardado rencor?

—Si acaso, lo siento.

—¿Por qué…?

—Si tan solo no hubiera entrado en la mansión aquel día, hace tres años… Quizás el contrato ni siquiera habría comenzado.

—¿Cómo es eso culpa tuya? Yo ya estaba atrapada, entraras o no.

—…No. Eso no es cierto. Si yo no hubiera entrado, el contrato jamás se habría firmado. Desde el momento en que puse un pie en la mansión, el contrato comenzó, Charlotte. Ahora recuerdo… He entrado en esta mansión docenas de veces. Casi cien.

Si el sonido tuviera color, entonces su voz se estaba desvaneciendo en un blanco puro.

Un sonido tenue y frágil, que anunciaba que la muerte estaba a las puertas.

—Ahora que lo pienso… ¿en qué vida fue eso? Creo que ya te dije algo parecido antes…

Su vida se extinguió por completo.

Al mismo tiempo, una brillante luz blanca inundó todo el espacio.

Ah.

Esta era la Sala de la Verdad.

La luz más brillante y radiante.

Y, sin embargo, comparado con el hombre que acababa de morir, no era nada.

—Ahora, Charlotte. Elige. ¿Abrirás esa puerta y te arriesgarás de nuevo? ¿O te irás?

—Yo…

No me di la vuelta, pero sabía que mi hijo estaba allí, observándome desde la distancia.

Siempre me había mirado de esa manera.

Aunque yo pensaba que se parecía cada vez más a Johannes, él solo me miraba a mí.

—…Me iré.

Mi hijo y la vida que llevaba dentro.

No podía abandonar ninguna de las dos.

Pero había algo que me desconcertaba.

Antes de morir, pedí un deseo.

Le había pedido a Noah que viviera, a cambio de mi propia vida.

Sin embargo, cuando vi a los caballeros irrumpir, me sentí incómoda.

Aunque mi hijo sobreviviera, esos caballeros…

Entonces el demonio me susurró.

—Puedo matarlos por ti.

Cuando pregunté qué significaba, el demonio respondió:

—Pero eso requeriría no solo tu vida, sino también tu alma, Charlotte.

Y…

El demonio tomó mi cuerpo y masacró a todos.

Conque.

—…Arrebatarme el alma y encerrarnos a los tres en la mansión: esas dos cosas no están relacionadas.

Eso no fue un intercambio equitativo.

Entonces, ¿por qué habíamos estado encarcelados aquí?

Abrí la Sala de la Verdad.

—Espera.

El día que el niño perdió a su madre, pidió un deseo.

Aferrándose desesperadamente al demonio que le había robado el cuerpo.

—…Devuélveme a madre.

Ante esto, el demonio se rio, como si acabara de pensar en algo gracioso.

—¿Así que estás dispuesto a ofrecer tu vida? Entonces la acepto ahora mismo.

—¿Eso es todo lo que tengo que hacer? ¡Entonces tómalo!

—¿Ese es tu deseo?

—Sí.

—Pero verás, tu vida no es suficiente. Quitar una vida y devolverla son intercambios completamente diferentes.

—¿Qué quieres decir…?

—Piénsalo. Los humanos pueden matarse entre sí. ¿Pero alguna vez has visto a un humano resucitar a alguien? ¿Lo entiendes ahora?

El rostro del niño se contrajo de dolor.

—Además, tu madre no solo me vendió su vida, sino que me entregó su alma. Para traerla de vuelta, tendrías que devolver también las demás almas. ¿Qué harás con todas las personas que murieron? Tendrías que resucitarlas a todas. Eso tendría un precio altísimo.

Noah guardó silencio, mirando fijamente los ojos carmesíes del demonio.

En aquel resplandor rojo no se reflejaba más que desesperación.

—Entonces, ¿qué tengo que hacer…?

—Dame este dominio.

—¿Qué?

—Aún queda uno. Una vez que lo mates, esta tierra será tuya. Se convertirá en tu propiedad. A cambio de las vidas que arrebataste, te devolveré el alma de tu madre.

Si la tierra cayera en manos del demonio, ¿qué sucedería?

Noah ni siquiera podía imaginar las consecuencias.

Pero sin duda sería terrible.

Y sin embargo...

—Dame el alma de mi madre. Sal de su cuerpo.

—De acuerdo. Pero si dejo su cuerpo, solo será un cadáver. Tendrás que devolverle la vida también. Tendrás que pagar otro precio.

El demonio había dicho que su propia vida no era suficiente.

¿Qué más podía ofrecer entonces...?

—Hagámoslo. Te daré cien oportunidades para que traigas de vuelta a Charlotte.

En ese momento, el niño aún no había comprendido lo que estaba a punto de suceder.

La promesa de que podría traer de vuelta a su madre.

El hecho de que la tierra cayera en manos del demonio.

Que todos los habitantes de la tierra morirían, y que solo él sobreviviría bajo el dominio del demonio.

Él no lo sabía.

Durante mucho tiempo se había preguntado por qué estaba atrapado allí.

…Esta era la verdad.

El comienzo de la mansión.

Lo había abierto el niño.

Noah no podía ver la Sala de la Verdad.

Pero al mirar aquel rostro, pareció comprender.

Como si supiera lo que acababa de verse.

—…Lo siento. Lo siento mucho.

El niño se desplomó, abrumado por la culpa, y hundió el rostro en el suelo, sollozando.

Las lágrimas corrían sin cesar.

 

Athena: Ains… él no dejaba de ser un niño. Un niño que se había sentido abandonado, utilizado y odiado muchas veces. Porque la gente aquí no habla ni cuenta verdades ni hace nada bien. Y el que a lo mejor le hubiera dicho las cosas ya había muerto. Y ahora vuelve a estar muerto.

¿Le podéis dar un final feliz a Dietrich? Gracias.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 165

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 165

Mi amado, a quien quise más allá de las palabras.

Nuestro hijo pequeño, al que dejó conmigo después de su partida.

Las dos luces más grandes que había conocido.

Comparada con ellos, yo era una existencia insignificante. Y, sin embargo, por alguna razón, los seres más valiosos del mundo sacrificaron su propio valor para salvarme.

Pero.

Por mucho que lo pensara, ¿no habría sido mejor desecharme a mí, alguien que no tenía ningún valor desde que nací?

Así que, no interfieras.

Siempre iba a ser una vida miserable.

La vida que se vivió una vez y la vida que renació.

«Ojalá nunca te hubiera conocido, tan deslumbrante, tan hermosa».

En aquel momento de su infancia, cuando Dietrich la vio por primera vez, lo único que deseó fue poder proteger su brillantez hasta el día de su muerte.

Deseaba contemplar ese resplandor hasta su último aliento.

—Demonio, igual que «aquel día», llévate incluso mi alma. Deja ir a mi hijo.

El día al que ella se refería era un día en el que él no existía.

Pero ahora, él estaba aquí.

«¿Cómo te atreves a abandonar esta luz por tu cuenta?»

Se aferró a los últimos vestigios de su conciencia menguante, sujetándola mientras ella intentaba deshacerse de su vida.

—¿Quién te dio ese derecho?

Su voz salió ronca, pero aun así, la abrazó.

«Yo nunca te dejaré marchar».

¿Acaso pensaba que se había cortado la garganta en vano?

Si solo uno de ellos iba a sobrevivir, quería que fuera ella.

Su hijo había tomado la misma decisión.

Entonces.

—No me quedaré de brazos cruzados viendo cómo el demonio te devora.

Se había sacrificado para proteger a su hijo, anteponiendo su vida a la suya propia.

Pero Dietrich haría lo mismo: protegería ese resplandor irremplazable.

—¡Ajajajaja!

En ese instante, una voz nítida resonó, ahogándolo todo.

—Ah…

Los ojos azules se volvieron de un rojo intenso.

En esos ojos, Dietrich vio reflejada su propia imagen, distorsionada como si estuviera sumergida en sangre.

Se le cortó la respiración en la garganta.

Ya lo había presenciado innumerables veces.

Pero nunca había sido tan abrumador.

La forma en que había cambiado, sus ojos rojos brillando dentro de la mansión... ahora, él lo entendía todo.

—Tú…

—Es demasiado tarde, Dietrich.

La voz que había resonado en su mente durante tanto tiempo finalmente se fue apagando.

Era la voz de Charlotte.

El ser que había devorado su alma extendió la mano voluntariamente para abrazarlo.

—No…

Una voz hueca y temblorosa resonó desde atrás.

Su hijo apenas se mantenía en equilibrio sobre los escalones, expulsado del lugar.

En sus ojos azules (del mismo tono que los de Charlotte) se reflejaba pura desesperación.

—¡Ajaja!

El demonio rio, deleitándose al ver a los dos hombres ahogándose en la tristeza.

—Por fin lo tengo: este cuerpo. Si le llevo este cuerpo a Carlino, no veo la hora de ver la cara que pone.

El demonio, que ahora poseía el cuerpo de Charlotte, apartó a Dietrich de un empujón y se puso de pie.

Pero Dietrich no podía dejarla ir.

—Devuélvemela.

—Ya es mía.

Se le cortó la respiración.

Desde algún lugar lejano, oyó el llanto del niño que había perdido a su madre.

De repente, su pasado volvió a aflorar.

Cuando renació, no tenía recuerdos de su vida anterior.

Pero en esta, él había sido huérfano.

Durante un breve periodo de su infancia, tuvo padres. Pero lo abandonaron.

Ahora, estaba infligiendo el mismo destino a este niño.

Una escalofriante verdad se apoderó de mí.

En ese instante, su visión se volvió blanca.

Una luz cegadora se extendió por el gran salón.

Dietrich recordó la primera vez que vio aquello.

Cuando quedó atrapado en la mansión, cuando perdió toda esperanza.

En aquel entonces, la mujer de ojos azules siempre lo había ayudado desde la sombra.

El día que reunió los fragmentos y obtuvo la llave del segundo piso, ¿qué sintió?

Aun cuando la traición le quemaba por dentro, había probado un atisbo de esperanza.

Pero ahora…

Ahora, más allá de la luz cegadora, no había más que oscuridad.

Solo quedaban el miedo y la desesperación.

—Enhorabuena por haber encontrado la Habitación de la Verdad.

Charlotte estaba perdida.

Noah había sido desterrado del quinto piso.

Y así, solo quedó Dietrich.

La habitación que un hombre y una mujer habían buscado desesperadamente estaba ahora justo delante de él.

—Abre esta puerta y por fin encontrarás tu libertad. Tenías tantas ganas de irte… ¡Son buenas noticias, ¿verdad?

En otro tiempo, había anhelado escapar.

Pero eso había sido hace mucho tiempo.

¿Cuándo exactamente había cambiado todo?

Nunca había querido que las cosas sucedieran así. Ni siquiera cuando abandonó la mansión hace tres años.

—Por supuesto, hay una manera de traer de vuelta a Charlotte.

Cuando Dietrich no se movió, el demonio habló en tono persuasivo.

—Abre la Sala de la Verdad y regresa al pasado. Tienes una última oportunidad. Perderás la memoria de nuevo, pero si tienes suerte, quizás la próxima vez sea diferente. Debes decidirte rápido. Tu vida se te escapa; tú sabes mejor que nadie que no durarás mucho más.

Dietrich lo sabía.

Apenas se mantenía consciente.

Ya había perdido demasiada sangre.

Pero Dietrich… se rio.

La expresión del demonio denotaba confusión.

El cuerpo poseído de Charlotte se estremeció, y sus cejas se alzaron ligeramente.

Tras haber adoptado forma humana, el demonio aún no había aprendido a disimular sus expresiones.

—Ya he roto la maldición de Charlotte una vez.

Hace mucho tiempo.

Ofreciéndole algo de igual valor a la vida de su anciano esposo, a quien había condenado a muerte.

—¿Ah? ¿Así que piensas sacrificar tu vida otra vez, igual que antes? ¡Qué típico de ti!

El demonio sonrió con sorna, como si hubiera previsto semejante truco.

Dietrich suspiró al ver esa sonrisa.

Hace tres años, había visto esa flagrante injusticia, pero no se había dado cuenta.

Era imposible que fuera Charlotte.

Había sido un necio al confundir su resplandor con aquello mismo que lo devoraba.

—Ah, qué aburrido. Al principio era entretenido, pero ahora que lo he hecho casi cien veces, me estoy cansando. Aun así, ver la cara de Carlino retorcerse de agonía fue todo un espectáculo.

Por eso el demonio le había concedido a esta miserable familia cien oportunidades.

Su sufrimiento siempre había sido una fuente inagotable de diversión, y sus expresiones contorsionadas nunca dejaban de deleitar.

El demonio codiciaba este palacio imperial.

Charlotte creía que aquellos nacidos en la posición más alta recibirían el mayor amor de Carlino, y en un momento dado, el demonio pensó lo mismo.

Pero ahora, ya no estaba tan seguro. ¿Podían seres tan miserables ser amados de verdad?

Bastante…

Aunque su estatus era mucho menor que el de la familia imperial, era evidente que esta familia era la verdaderamente querida.

Ahora solo les quedaba una oportunidad.

Y fracasarían, tal como lo habían hecho noventa y nueve veces antes.

Una vez concluido este último intento, el demonio reclamaría el palacio imperial para sí mismo; robaría por completo la luz de Carlino.

A través de ellos, el demonio había acumulado un gran poder.

—Ahora, Dietrich, elige.

El tiempo del demonio no transcurría igual que el de ellos. Al pensar en los placeres que le aguardaban en un futuro próximo, sintió una oleada de euforia, sensaciones que jamás había conocido cuando era informe.

Una experiencia nueva y encantadora.

—Daré mi vida por traer de vuelta a Charlotte.

—Por supuesto. Sabía que elegirías eso.

Bien.

—Entonces, acept…

Pero en ese instante, sucedió algo inesperado.

Un dolor agudo le recorrió la garganta.

—¡AAAAAGH!

El demonio lanzó un grito, incapaz de ocultar la agonía que le quemaba todo el cuerpo.

—¡AAAAAH! ¡ME DUELE!

¿Por qué? ¿Por qué estaba sucediendo esto de repente?

—¡AAAAAAH!

Duele. Duele.

Dietrich se quedó paralizado, observando cómo el demonio se retorcía de agonía.

Temiendo que el cuerpo de Charlotte pudiera sufrir algún daño, corrió hacia ella.

El demonio, que antes carecía de forma, se había vuelto vulnerable tras tomar un cuerpo humano.

No pudo soportar el dolor abrasador, retorciéndose de miseria, con lágrimas brotando de sus ojos robados.

—Un incumplimiento de contrato.

En ese instante, una voz que no pertenecía al demonio golpeó sus mentes como un martillo.

—¿Carlino? ¿Incumplimiento de contrato? ¿De qué estás hablando? ¡Yo reclamé legítimamente el cuerpo de Charlotte! Cancelé el trato con Noah y me la llevé. ¿Cómo es que eso no es justo?

El demonio rugió de frustración.

—Uno por uno. Dos por dos.

Pero la voz despiadada continuó, sin mostrar ninguna clemencia hacia el demonio.

—Te llevaste tres por dos.

—¿Qué? Cancelé mi trato y reclamé este cuerpo. ¡Liberé a Noah de la mansión a cambio de su alma! Lo mires como lo mires, es un trato de dos por dos…

La expresión del demonio se transformó en algo indescifrable. Como si algo hubiera hecho clic.

Lentamente, señaló su abdomen.

Y entonces, se dio cuenta.

Una risa amarga y hueca escapó de sus labios.

—…Está embarazada.

Nadie se había dado cuenta.

Ni Dietrich. Ni siquiera Noah, que acababa de ser expulsado. Ambos miraron el vientre de Charlotte con confusión y asombro.

Y ahora, al igual que el demonio había castigado una vez a Charlotte por su desobediencia, también se le estaba haciendo responsable por romper las reglas.

No. Para el demonio, era aún peor. Quizás perdería todo el poder que había acumulado…

—Serás responsable por el incumplimiento del contrato.

—¡No! ¡Esto no puede estar pasando!

El demonio gritó.

Pero al final, fue expulsado del cuerpo de la mujer.

Noah se quedó aturdido, mirando fijamente el vientre de Charlotte.

Charlotte ya había muerto una vez y había vuelto a la vida. Su cuerpo era el de su yo más joven, antes de haber dado a luz.

¿Qué había entonces dentro de ella? ¿Era él mismo? ¿O era alguien completamente nuevo?

Incapaz de soportarlo más, el niño rompió a llorar en silencio. No emitió ningún sonido, pero una pena insoportable lo invadió.

Si el que estaba dentro de ella era él, entonces… solo le traería más desgracias.

Pero si se tratara de otro niño…

No. No podía aceptarlo.

Quería ser su único hijo. Aunque no le hubiera traído más que sufrimiento.

Si tuviera otro hijo, podría olvidarse de él.

Puede que quisiera a alguien nuevo y borrara de su corazón a aquel que solo le había traído dolor.

Ahora, las estaciones habían dado paso al verano.

Si ella diera a luz a este niño, nacería en verano. Un niño nacido en la estación que amaba y en la que odiaba.

Noah ya podía ver con mucha claridad.

¿Cuál le gustaría más?

¿Cuál de ellos le molestaría?

«Más que a nadie, quiero ser a quien ames».

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 164

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 164

Un día, Johannes empezó a toser sangre.

Llamé a un médico, pero no pudo darme un diagnóstico claro. Este mundo está lleno de enfermedades incurables, así que se supone que era una de ellas.

—Si te cuidas, mejorarás —le dije.

Pero yo lo sabía.

Sabía que esa era la maldición que mi hijo había lanzado.

El estado de Johannes se había vuelto inquietantemente similar al de mi viejo esposo en sus últimos días.

—Creí que querías matarme, hermana.

—A Noah le gustas mucho.

Johannes estaba desconcertado por la dedicación con la que lo atendía. Claro que también sentía una pizca de culpa.

Pero más allá de eso, tenía que asegurarme de que Johannes nunca descubriera la verdad sobre la maldición.

Así que me quedé a su lado, fingiendo preocuparme por él, casi sin alejarme de su cama.

Con el paso del tiempo, el estado de Johannes empeoró.

La maldición de Noah estaba surtiendo efecto de forma constante.

Aun sabiendo que todo había sido obra de Noah, no pude evitar pensar que Johannes simplemente estaba cosechando lo que había sembrado.

—¿Alguien más sabe algo sobre esto?

—…Algunas personas.

—¿Quién?

—Amigos de la academia. Cuando tomé el libro por primera vez, jugamos con él. Al principio, solo deseábamos cosas pequeñas, como caramelos…

—¿Y pagaste el precio?

—Pequeñas cosas desaparecieron. Libros que teníamos, plumas…

—Ya veo.

Tuve que lidiar con esto yo misma.

Le quité el libro a Noah y pedí un deseo yo misma.

Borré los recuerdos de los otros niños. A cambio, perdí la lengua.

Un día, cuando ya no podía hablar, a Johannes le pareció extraño.

Así que, para que pareciera natural, me envenené.

Todo tenía que parecer perfecto.

—¿Por qué hiciste eso?

Mi hijo lloró, pero yo simplemente le di unas palmaditas en la espalda, tranquilizándolo y diciéndole que todo estaba bien.

No todo salió según lo planeado.

Las pesadillas volvieron a empezar.

Una lámpara de araña se estrelló peligrosamente cerca de mi hijo. Las llamas de la vela parpadeaban salvajemente como si estuvieran a punto de engullirlo.

Fue una recreación de los horrores de antaño.

Noah estaba aterrorizado.

No se había dado cuenta de que su deseo podría tener tales consecuencias.

«Está bien. Tranquilízate. Yo te protegeré».

Cada vez, abrazaba a mi hijo con fuerza, incapaz de hablar, pero con la esperanza de que me entendiera.

Dietrich me había protegido.

Había sobrevivido a la maldición.

Ahora me tocaba a mí proteger a su hijo.

—¿No soy horrible?

[Nunca había pensado eso.]

—Pero hice algo terrible, y ahora está pasando esto. ¡Por mi culpa, incluso tú estás en peligro!

[Lo que hiciste estuvo mal, sí. Pero de ahora en adelante, no debes cometer el mismo error.]

—¿De verdad te crees eso?

[En todo caso, la culpa fue mía por haber traído ese libro de la cueva cuando era joven.]

Pero consolar a mi hijo solo fue una solución temporal.

Si esto continuaba, ninguna cantidad de palabras tranquilizadoras serviría de nada.

Una cosa aún quedaba.

«Hay que pagar un precio en lugar de Noah».

Un precio que pagar por mi hijo.

Algo que apreciaba tanto como su propia vida.

¿Qué podría ser eso?

Quería ocupar su lugar.

Pero mi hijo no me quería.

Ojalá me hubiera amado.

A medida que esto continuaba, era solo cuestión de tiempo antes de que Johannes empezara a sospechar.

Un día, mientras yacía en su lecho de enfermo, me preguntó:

—Hermana, ¿esto no te recuerda a algo de hace mucho tiempo? ¿De verdad crees que esto es solo una simple enfermedad?

Johannes había empezado a sospechar de su propia condición.

Pero otra pesadilla les esperaba.

Lo peor que me podría haber imaginado.

Un día, cientos de caballeros asaltaron la mansión.

Uno de los niños cuyos recuerdos borré era de sangre real.

Antes de que le borrara la memoria, ya le había hablado a su padre del libro.

Aquellos que en otro tiempo habían abandonado la fe a cambio de un pacto con demonios, habían venido a recuperarla.

Habían venido a apoderarse del libro.

Y así, por el bien de mi hijo...

Pedí otro deseo.

Lo ofrecí todo.

Eres al único al que he logrado proteger.

[“Oso de peluche viejo pero que sufre de olvidos” Progreso: 98%]

—¿Recuerdas qué deseo pedí?

—No. Esa parte no la recuerdo.

Lo recordaba todo.

Pero no le dije eso a mi hijo.

Como recordaba las cosas terribles que sucedieron después, pude imaginar fácilmente lo que mi hijo debió haber sentido.

—Eso es un alivio.

Creyendo que sus pecados permanecían ocultos, mi hijo pareció aliviado. Su expresión era casi distorsionada.

—Aunque no querías que lo recordara, aun así conseguiste darle este anillo a Dietrich.

—…Esos recuerdos te pertenecen, madre. Me guste o no, son tuyos.

—Qué buen niño.

—¿Lo dices ahora?

Mi hijo resopló, como si le exasperara mi compostura.

En ese momento, me pareció que se parecía a Johannes.

Pero no importaba.

Por mucho que se pareciera a ese hombre, este niño seguía siendo mi único hijo.

—Ha pasado demasiado tiempo. Voy a terminar con esto ahora, digas lo que digas.

Sin dudarlo, mi hijo se puso el anillo en el dedo.

Era un sonido familiar.

La misma que había visto hace mucho tiempo, cuando estaba atrapada en la mansión, en el segundo piso.

Me vinieron a la mente recuerdos: los días en que luché desesperadamente por recuperar ese anillo después de que hubiera causado tantos desastres.

—¿Sabías que Johannes y el administrador del segundo piso tienen anillos idénticos? Pero el anillo de Johannes no te atacaría, madre.

En ese momento, me di cuenta.

Aparte de la primera vez que los ladrones lo cogieron, el anillo nunca me había hecho daño, independientemente de cómo se utilizara.

—Nunca me dolió… Eso no es propio de Johannes.

«Así que si uso el anillo, el único que morirá será Dietrich».

Sostuve a Dietrich en mis brazos mientras sangraba.

—Dietrich. —Le susurré suavemente al oído.

Un hombre que, entonces y ahora, fue inquebrantable.

—Siento haber dicho que odié cómo cambiaste.

Él nunca había cambiado. Ni una sola vez.

—Siempre has sido tú mismo.

Ingenuamente creí que el hombre al que amaba era diferente del hombre que tenía delante.

Pero él nunca había cambiado.

Mi hijo alzó su espada y la apuntó a su propia garganta.

—Noah.

Cuando llamé a mi hijo por su nombre, se giró para mirarme, aún con la espada en alto.

Tuve que contenerme para no dejar que mi rostro se contrajera de angustia.

Hice un gran esfuerzo por no derramar ni una sola lágrima y forcé una sonrisa.

—…Dilo.

—Te quiero.

Los ojos de mi hijo, apagados por innumerables fracasos, permanecieron firmes.

Esos ojos rojos hacía tiempo que habían perdido su brillo.

Siempre me había despreciado a mí misma.

Pero lo único que me encantaba (lo único que nunca me había disgustado) eran los ojos azules de mi hijo, iguales a los míos.

Yo deseaba que nunca persiguiera la luz.

Pero al verlo crecer, me di cuenta de que mi hijo era la luz misma.

Una gloria radiante.

Y la gloria no necesita perseguir más de sí misma. Ya brilla.

—No me arrepiento de esta vida. Debería habértelo dicho mucho antes. Todo lo que he amado ha sido destruido. Tenía miedo de que si te amaba, tú también serías destruido.

Aunque lo perdiera todo, quería protegerte.

Por eso lo había roto todo para llegar a este momento…

—Desde el momento en que te di a luz, juré protegerte.

Esa convicción nunca había cambiado.

Los ojos de mi hijo, llenos de lágrimas, rebosaban de alegría.

«Lo siento. Lamento haberte dado una vida que te hizo llorar. Pero jamás le permitiría sacrificarse».

—Romperé tu contrato con el demonio.

—¿Qué?

—Hiciste un trato para que me dejaran salir de la mansión. Así que volveré.

—Ese contrato ya ha terminado. ¿De verdad crees que hacer algo así va a funcionar?

—Y una cosa más: Demonio, igual que “aquel día”, llévate incluso mi alma. Pero deja ir a este niño.

—¡Eso es absurdo!

Mi hijo se secó las lágrimas y se burló.

No, se estaba obligando a sí mismo a sonreír con desprecio.

Él intentaba negar mis palabras.

Pero…

—Aceptado.

—¿Qué?

En ese instante, mi hijo se estremeció, como si algo afilado le hubiera atravesado los ojos.

Se cubrió la cara apresuradamente, pero yo lo vi.

El rojo que había engullido sus ojos se estaba desvaneciendo, desapareciendo con la voz que acababa de resonar en mi mente.

—No…

Mi hijo palideció.

Me miró con desesperación, como si intentara rechazar la realidad misma.

El último día de mi vida, la mansión estaba repleta de caballeros.

Habían venido a robar el libro, tachándonos de herejes aliados con los demonios.

En aquel momento, Johannes estaba muriendo; el deseo de Noah lo había condenado.

El hogar pronto se derrumbaría.

Yo había rezado, no a un dios, sino a un demonio.

Pregunté si podía intercambiar mi vida por la de mi hijo.

Y el demonio aceptó de buen grado.

Al principio, sentí alivio.

Pero entonces, me desesperé.

¿Qué tipo de vida tendría mi hijo después de que yo ya no estuviera?

Aunque lo salvara ahora, aún tendría que protegerlo de los caballeros.

Solo me quedaba un deseo.

Entonces, el demonio me habló.

Sus palabras eran ominosas.

Se negó a dar más explicaciones.

Aun así, acepté su oferta, y la mansión se convirtió en un mar de sangre.

Lo último que vi en mi vida fue a mi hijo llorando.

Ah.

—¡Para, madre!

Pero no pude parar.

Mientras el demonio lo consumía todo, mi cuerpo comenzó a entumecerse. Lo primero que perdí fue la lengua, para asegurarme de no poder retractarme de mis palabras.

Hace mucho tiempo, mi último momento fue exactamente así.

El día en que los caballeros asaltaron la mansión, el momento en que lo sacrifiqué todo para proteger a mi hijo…

—Noah, has perdido tu derecho como administrador. No perteneces aquí.

El cuerpo de mi hijo fue empujado hacia atrás repentinamente por una fuerza invisible.

Se agarró desesperadamente a la barandilla, luchando por resistir.

—¡Madre!

Jamás permitiré que te sacrifiquen. Si esta es la única manera, entonces así debe ser.

—No voy a permitir que eso suceda.

En ese momento, una mano fuerte me agarró del brazo.

Su garganta ya había sido seccionada.

No debería haber podido hablar.

Todavía…

Como un demonio que emerge a zarpazos del abismo, sus ojos violetas ardían con ferocidad.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 163

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 163

No existe el secreto perfecto.

Ni siquiera Johannes, que parecía impecable, pudo escapar a esta ley.

Era una pregunta que me rondaba la cabeza constantemente durante diez largos años. Y ese día, por fin encontré la respuesta.

Cuando hojeé sus cartas, las dudas que había albergado durante tanto tiempo resurgieron.

Había vivido en silencio todo este tiempo, pero en ese instante, no pude quedarme quieta.

La vigilancia ya no era tan estricta como antes, así que, a partir de ese momento, empecé a investigar lo que había sucedido diez años atrás.

—Así que fuiste tú. La que delató la reunión de oración aquel día.

En el instante en que esas palabras salieron de mis labios, la tranquilidad del rostro de Johannes se hizo añicos.

Debería haberme detenido ahí.

Pero al final de ese camino estaba la muerte de Dietrich.

El día que Dietrich visitó la mansión en busca del libro, descubrí que un sirviente había escuchado nuestra conversación.

El sirviente huyó en cuanto me vio. Su comportamiento sospechoso me obligó a capturarlo y a obligarlo a hablar, y por fin, el enigma se resolvió.

—Ese día, oí algo sobre una «forma de cambiar el objetivo de una maldición».

Aunque habían pasado más de diez años, el sirviente recordaba la conversación con inquietante detalle.

—Fue particularmente escalofriante, ya que fue el joven amo Johannes quien dijo tales cosas… Me disculpo por mi insolencia.

Pero en cuanto oí esas palabras, surgió una nueva pregunta.

Si Johannes le había dicho a Dietrich que había una forma de cambiar el objetivo de la maldición, ¿por qué Dietrich había elegido sacrificarse?

Seguramente, debía haber una forma de transferir la maldición a un simple animal.

Para saber más, busqué hechiceros expertos en maldiciones, tal como lo había hecho diez años atrás.

Sin embargo, a pesar del paso del tiempo, ninguno de ellos sabía nada sobre maldiciones relacionadas con demonios.

—Tengo mis sospechas. Pero no son más que conjeturas, y no me atrevería a pronunciar palabras inciertas ante alguien de su posición.

—Habla.

—El precio siempre debe ser algo de igual valor. Así que, si hay una manera de transferir una maldición… y si se trata de una cuestión de vida o muerte…

—Entonces el sustituto debe ser algo tan valioso como la vida misma. Algo tan precioso como la propia existencia.

Mis pensamientos comenzaron a aclararse.

Lo que había sucedido diez años atrás fue demasiado espantoso. En algún momento, Johannes debió de darse cuenta de que yo estaba bajo una maldición.

Y con algún método, había atrapado a Dietrich, obligándolo a ofrecer su vida en mi lugar.

—¿Tengo razón, Johannes?

Pregunté, ya segura de la respuesta. Y Johannes también lo sabía; no tenía sentido poner excusas.

—Ese hombre murió por su propia voluntad.

—Ya veo.

Cuando acepté sus palabras con tanta facilidad, Johannes pareció sorprendido.

Aquel hombre no había sido tonto.

Lo había entendido todo y aun así se sacrificó voluntariamente para salvarme.

Pero aun sabiéndolo, no podía perdonarlo.

Si no hubiera sabido la verdad, Dietrich no habría muerto.

—¿Cómo te enteraste de la maldición que pesaba sobre mí?

—…No creo en esas supersticiones, pero lo que te pasó… era inexplicable. Fue horrible.

Debió de haber leído el libro que encontré en la cueva y llegó a una conclusión indeseada.

—Así que, después de todo, estuviste involucrado en su muerte.

Ante eso, Johannes se enfureció.

—Deberías pensar en quién es importante para ti ahora. Tienes un hijo, ¿no? Ese niño me adora. Y, aun así, ¿valoras más a un muerto que a mí?

Escuché en silencio las palabras de Johannes.

Su egoísmo era ridículo.

Para él, yo debía parecer alguien dispuesta a tirar todo por la borda por un amor que había muerto hacía diez años. No estaba del todo equivocado.

Incluso después de una década, Dietrich era un amor que llevaría en mi corazón para siempre.

¿Cómo podría olvidar a la única persona que me había abrazado y dado su vida por mí?

Pero…

—Mi ira y mi tristeza ahora no son por su muerte.

Johannes era egoísta.

Y yo también lo era.

Dietrich había muerto, pero había un niño vivo, respirando y con calor.

—Estuviste involucrado en la muerte del padre de ese niño. ¿De verdad crees que, si mi hijo descubre la verdad, seguirá adorándote?

Este era el desenlace que más temía.

Mi deseo de que mi hijo creciera con normalidad no se había cumplido.

Pero, al menos, quería protegerlo de este horrible secreto.

Nunca había podido protegerme a mí misma, pero al menos, mi madre me había protegido hasta el final.

Y ahora, quería hacer lo mismo por mi hijo.

—No puedo confiar en ti. Jamás te dejaré tener a Noah.

—…Pero ese niño aún no sabe nada. Ahora mismo es feliz. Aunque te lo lleves de aquí, ¿de verdad crees que puedes asumir la responsabilidad total de su vida?

Pronto, ese niño llegaría a la adolescencia.

Y con el paso del tiempo, me odiaría aún más.

Para él, yo ya no era un pilar de apoyo; Johannes ya había ocupado ese lugar.

—Mientras no sepa la verdad, ¿qué importa?

No sabía qué decisión sería la mejor para él.

Pero una cosa era segura: ya no podía permitir que mi hijo permaneciera al lado de Johannes.

—Voy a enviar a Noah lejos.

—¿A dónde?

—A la academia. No es un mal sitio. Hará contactos, se preparará para la alta sociedad. Es inteligente, le irá bien allí.

—…De acuerdo.

Y así, apresuradamente, envié a mi hijo a la academia.

Antes de irse, tenía una expresión de dolor.

—¿De verdad me odias tanto?

¿Por qué te odiaría?

—Sabía que me odiabas, mamá. Así que intenté vivir lo más discretamente posible, pasar desapercibido.

Mi hijo dijo algo que jamás esperé.

Había intentado darle libertad.

Pero en lugar de eso, me había convertido en la cadena que lo ataba.

—Te odio. Te odio muchísimo. Eres horrible.

Mi hijo me lanzó esas palabras y se marchó.

Pensé para mis adentros: era mejor así.

Si mi intención era hacerle daño, lo mejor era que estuvieran lejos, que vivieran en libertad.

Pero me equivoqué.

Antes de irse, mi hijo se llevó el libro.

En cada período de vacaciones escolares, mi hijo a veces regresaba a la mansión.

Durante años, jamás me dirigió la palabra.

Como me odiaba profundamente, yo tampoco podía acercarme a él con despreocupación.

Mientras tanto, mi hijo había crecido mucho. Aquella figura menuda, sin darme cuenta, había alcanzado mi estatura. Su voz se había vuelto más grave, propia de la adolescencia.

Entonces, tras años de silencio, mi hijo me habló.

—Ahora lo sé todo.

—¿Qué quieres decir?

Lo que mi hijo dijo a continuación fue sencillamente impactante.

Reveló todos y cada uno de los secretos que Johannes y yo habíamos intentado ocultar.

—…Hijo, ¿cómo lo sabes?

Eran cosas que uno no podía saber a menos que se las hubieran contado directamente.

Las maldiciones no dejaban rastro en este mundo.

—El libro me lo dijo-

—¿El libro…? ¿Quieres decir que ha reaparecido? ¿Por qué lo tienes?

—¿Así que era verdad, después de todo?

¿Acaso el demonio le había susurrado algo a mi hijo sin que yo me diera cuenta?

Un escalofrío me recorrió la garganta; mi cuerpo se paralizó de puro horror.

Lo que más temía se había convertido en realidad.

—Me dijo esto: que mi padre murió por la manipulación de Johannes. Que Johannes te amenazó.

—Eso no es cierto.

—También me dijo que cometiste crímenes hace mucho tiempo y que te mantenían cautiva por esos secretos. Lo comprobé, y resulta que eras un criminal buscado incluso antes de que yo naciera.

Los ojos azules de mi hijo brillaron. Me miró como si contemplara algo repugnante.

—De verdad quería a mi tío. Pero al final, solo quería usarme. Sentía un afecto repugnante por su propia hermana.

Cada palabra que pronunciaba mi hijo me sumía en la confusión.

¿Acaso no era más que un rehén atrapado en medio de tus planes?

—Niño, no me entiendes…

—¡No me llames así! ¿A quién llamas niño? Ya no soy un niño.

Pero para mí, seguía siendo tan pequeño.

Una existencia pequeña y frágil que necesitaba protección.

«Te equivocas… Por favor, escúchame. Dame la oportunidad de explicarme».

Pero todo lo que mi hijo decía era cierto.

Cualquier explicación que le diera sería una mentira.

—¿Por qué nadie me ha amado de verdad?

Las lágrimas corrían por el rostro de mi hijo.

Era la misma pregunta que yo había hecho una vez, a su misma edad.

Ese fue el mayor shock de todos.

—Noah…

Quería consolarlo, de alguna manera.

—Eres tan valioso… Aunque nadie te dé amor, jamás permitas que eso te haga sentir indigno.

Estas eran las palabras que yo misma necesitaba escuchar.

Y ahora, esperaba que llegaran a mi hijo antes que a mí.

Eres… tan precioso.

Tanto que ni siquiera pude decirte "te quiero".

Porque todo lo que había amado había sufrido desgracias.

No podía soportar amar también a mi hijo.

—Es demasiado tarde.

—No, no lo es. Desde que naciste, eras radiante. Y seguirás brillando. No importa lo que hayas aprendido, sigues siendo precioso. No mires atrás. Este dolor no es nada. Sigue adelante, Noah.

Una vez, alguien me susurró esas mismas palabras cuando era pequeña.

—…Siga adelante, señorita.

Ya no recordaba quién las había dicho.

Pero eso ya no importaba.

Por primera vez, con vacilación, extendí la mano y la coloqué sobre el hombro de mi hijo; algo que nunca me había atrevido a hacer antes, por miedo a que se rompiera.

—No te dejes atormentar por estas palabras. Eres… una existencia preciosa.

Pero mi hijo negó con la cabeza, con el rostro contraído por la angustia.

—Entonces debiste haberlo dicho antes.

Soltó una risa amarga y triste.

—Pedí un deseo.

Lo que más temía finalmente se había cumplido.

Apreté con más fuerza su hombro.

—¿Qué dijiste?

—Deseé que Johannes muriera.

En ese instante, el tiempo pareció detenerse.

Mi hijo no comprendía el precio de la muerte.

Yo también había pedido un deseo sin saber nada.

Pero no podía permitirme llorar ni desesperarme como en mi juventud.

Lo abracé con firmeza.

—Escúchame bien, Noah.

—Madre.

—Esto será un secreto entre nosotros.

Todos los que había amado habían muerto.

Había pasado mi vida impotente, incapaz de protegerme siquiera a mí misma.

Pero esta vez…

Protegería a esta persona.

Pase lo que pase.

 

Athena: Porque hablar las cosas cuando deben hablarse, ¿para qué?

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 162

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 162

El niño no creció como yo esperaba.

Aunque se parecía a mí, incluso los ojos azules que antes me parecían hermosos habían cambiado.

El niño recogió la espada que Dietrich había dejado caer.

—Estoy cansado, madre. Solo quiero terminar con esto ahora.

El niño lucía su peculiar sonrisa habitual, pero en ella se escondía la agonía condensada de incontables años.

—Dietrich eligió morir por su propia voluntad. Quería salvarte. Cuando le dije que debía morir para acabar con este ciclo de dolor interminable, no dudó ni un instante.

Intenté detener la hemorragia de Dietrich rasgando un trozo de tela y presionándolo contra su herida. Pero la tela pronto quedó lamentablemente empapada.

Nada parecía funcionar correctamente. Lo único que lograba terminar era pintar, pero ahora tenía las manos entumecidas; ni siquiera eso podía hacer.

Pero esta vez es diferente. Debía resolverlo con mis propias manos.

—…Yo también quería acabar con esto inmediatamente. Pero no así.

—No, madre. Te equivocas. Esta es la única manera de acabar con esto.

El niño sonrió como si estuviera probando veneno.

—He probado infinidad de métodos. Atrapado en esa mansión, Dietrich vivió decenas de vidas, pero ni una sola vez funcionó alguno. ¿Sabes por qué?

—Porque siempre nos vimos obstaculizados por la mansión, por el demonio.

—Casi, pero no del todo. —El niño negó con la cabeza. Sus ojos rojos brillaban con una luz escalofriante—. Sencillamente, la respuesta estaba predeterminada. Solo me di cuenta después, cuando estaba tan exhausto que cambié de estrategia. Si no podía salvarnos a las dos, decidí salvarte al menos a ti, madre. Y entonces, poco a poco, un camino comenzó a revelarse.

Qué revelación tan cruel.

Me pregunto qué sintió ese niño en ese momento; seguramente se desesperó y finalmente lo aceptó.

—Deja de intentar arreglarlo todo. En este mundo existen respuestas que ya están dadas. Esta es la respuesta. No hay otra manera.

El niño había fracasado docenas de veces. El camino hacia el fracaso fue largo, y después de repetirlo tantas veces, finalmente enloqueció.

—…Pero Noah, entonces, ¿qué significa todo esto?

Ese niño debió haber vivido experiencias que ni siquiera puedo imaginar; a través de ellas, desarrolló este método.

—¿No es eso demasiado cruel para mí?

—¿Demasiado cruel? ¿Para qué? Madre, tú disfrutas de la libertad afuera sin restricciones.

—…No es la libertad que elegí; me la impusieron, me la empujaron en una dirección que no deseaba. ¿Acaso eso es realmente libertad?

—Aun así, ¡libertad es libertad! Tu deseo se cumplirá, madre.

—Pero que el resultado sea el mismo no significa que tu deseo se haya cumplido. Ya he vivido una vida de libertad forzada. ¿Cómo puede ser diferente ahora?

—Claro que será diferente. Una vez que salgas, todo cambiará, madre. Simplemente no has conocido otra forma de vida porque has estado encerrada durante mucho tiempo.

El niño no entendió nada de lo que le dije. Nuestra discusión no parecía llevar a ninguna parte; no cambiaba de opinión.

Ah, ya veo.

Ese niño nunca había experimentado la verdadera libertad, ni la forzada ni la genuina. No podía distinguir entre ambas, pues nunca había experimentado ninguna.

De alguna manera, ese niño parecía un chico tonto, ajeno a las complejidades del mundo.

Finalmente, la sangre que me corría por las palmas de las manos las había empapado por completo.

—Finalmente me di cuenta: desde que dejé la mansión, mi vida ha sido una repetición de mi pasado. Hemos estado jugando una partida en un tablero amañado. Debes saber que esto también forma parte del plan preestablecido. Sí, el ganador del juego estaba decidido de antemano. Y ese ganador soy yo.

Cuando nació el niño, Dietrich ya había fallecido.

Nunca se habrían conocido.

Quizás el niño sintió lástima por él, pero nada más.

—Entonces, ¿por qué elegiste que yo era el ganador?

Ese ganador podrías haber sido tú.

—No puede basarse solo en el amor. Por eso eres tan joven, y nunca me amaste tan profundamente.

—¿Cuánto recuerdas?

—Hasta el día en que me trajiste ese libro.

En ese instante, las fuerzas del niño flaquearon y se tambaleó. Pero pronto logró mantenerse en pie sobre sus dos piernas, apenas pudiendo mantenerse en pie.

—Ah… tan frágil, Madre.

Sobreviví durante algunos años, incluso completamente aislada del mundo exterior, porque estaba catalogada como un criminal buscado; si alguna vez me atrapaban, me ejecutarían.

Volví a perder mi libertad, pero para entonces ya no me importaba.

Ya no dejaba que mis emociones me dominaran como en mi juventud. Las lecciones que me perdí fueron finalmente compensadas por la experiencia y la edad.

Lo único que permaneció inalterable fue la coraza en la que vivía.

Vivía en silencio en aquel lugar, temiendo que, si me descarriaba, pudiera afectar al niño que vivía lejos.

Viví bajo la constante vigilancia de Johannes.

La fortuna que heredé de mi difunto esposo se donaba anualmente a diversos monasterios. Uno de ellos era el monasterio donde se encontraba mi hijo.

Johannes no me impidió hacerlo; incluso me permitió gastar dinero libremente.

Tras unos años más, la vigilancia disminuyó e incluso me permitieron salir a caminar.

Pero había perdido todo deseo de hacer nada. De vez en cuando, usaba la excusa de viajar para visitar el monasterio y ver a mi hijo.

Entonces, un día…

Al final, Johannes lo descubrió. Después de años, la sensación de miedo regresó, pero Johannes dijo:

—No te preocupes. No tengo ninguna intención de hacerle daño a tu hijo.

Tenía muchas sospechas.

Pero no había otra opción.

—¿Piensas mantener al niño allí para siempre?

—Sí.

—¿Lo dices en serio?

—Oficialmente, nunca he dado a luz. ¿Qué crees que pasaría si trajera a ese niño aquí?

Hablé con un tono distante, como si el niño no significara nada para mí. Sin embargo, Johannes, tan decidido como siempre, me llevó hasta el monasterio donde se encontraba el niño.

—Parece que se parece a ese hombre.

Ese fue el comentario sincero de Johannes al ver al niño.

—Ya veo —respondí con indiferencia, aunque interiormente me sentía incómoda.

Contrariamente a mis temores cuando dejé al niño atrás, el niño parecía feliz allí.

Jugaba en el patio con amigos de su edad, con el rostro radiante de sonrisas. Sin embargo, comparado con los demás niños, había algo singular en él.

Cuando los clientes traían a los niños a jugar a juegos de mesa, él destacaba notablemente.

La gente lo adoraba especialmente cuando se mencionaba a Noah.

No lo había dejado allí por eso.

—Tu hijo es bastante inteligente.

—No estoy segura.

—En mi opinión, es extraordinariamente inteligente.

—Con un poco de práctica, cualquiera podría hacer lo que él hace.

Aunque sabía que no debía hacerlo, subestimé las capacidades del niño.

Quizás intrigado por el niño, Johannes se acercaba ocasionalmente a Noah y hablaba con él.

Al principio, el niño se mostró receloso, pero pronto comenzó a seguir a Johannes de cerca.

Mi ansiedad aumentó.

Cuando Johannes finalmente llevó a Noah a la mansión, sentí como si me estuviera asfixiando.

—Tu hijo, hermana. No puedes criarlo ahí fuera. Debe heredar el legado familiar.

¿Qué pensaba hacer exactamente con el niño?

Durante algunos años, estuve a punto de perder la cordura, pero logré resistir. Nada beneficiaría jamás al niño.

Johannes comenzó a preparar al niño para ser su heredero. El niño, tal vez sintiéndose indigno de tal papel, empezó a seguir a Johannes aún más.

Cada vez que me veía, me dirigía una mirada de desdén, una mirada severa dirigida a la madre que lo había abandonado.

Entonces, un día, el niño dejó incluso de mirarme con desdén. En cambio, me ofreció una sonrisa burlona y familiar, parecida a la de Johannes.

Poco a poco, el niño comenzó a parecerse a Johannes.

Lo seguía obedientemente, lo respetaba e incluso intentaba imitarlo. Todo se encaminaba hacia una situación aterradora.

Ya no tenía derecho a acercarme al niño. Y, sin embargo, tenía que protegerlo, al menos al inocente.

Al final, intenté escabullirme de la mansión con el niño en plena noche. Incluso había sobornado a gente para que me ayudara a evacuarlo, pero el grito del niño arruinó el plan.

Después de eso, Johannes me encarceló.

Estaba devastada, pero me negué a rendirme.

Después de que finalmente me levantaron el confinamiento, el niño me trajo comida, aparentemente por orden de Johannes.

Sin embargo, apenas podía comer.

Me encontraba en el mismo lugar donde había sufrido mi miserable infancia.

Aun así, el niño, aunque con cierta torpeza, me dio de comer. Simplemente no pude negarme.

Después de que el niño se marchara, Johannes vino a buscarme.

Después de mucha deliberación, le pregunté a Johannes:

—¿Qué opinas de ese niño?

—Inteligente, con gran capacidad de aprendizaje y perspicaz.

—Sabes que no te pregunto sobre eso. Es que ese niño te sigue muy bien.

Ojalá no lo hiciera.

No podía controlar las emociones del niño.

—Por mucho que hable de cariño y esas cosas, de todas formas, no me creerías. Pero te juro que jamás le haría daño a ese niño.

Desde mi infancia, Johannes me había engañado con sus mentiras; no podía discernir si lo que decía era verdad.

Pero aún así…

—Sinceramente, deseo la felicidad de ese niño. De verdad.

Eso fue lo que dijo, y fue la mentira que más quise creer a lo largo de mi vida.

Y entonces, un día, el niño vino a mí con un libro en la mano.

—Pedí un deseo.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 161

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 161

No recordaba cómo había hecho con su cadáver.

Sentía náuseas y arcadas constantemente.

Recordaba vagamente haber gritado al demonio en un estado de frenesí después de la muerte de Dietrich.

Pero por más que llamé, nunca obtuve respuesta.

Una vez que mi mente se despejó un poco, arrastré mi cuerpo agotado para buscar el libro.

Pero había desaparecido.

[Nadie escapa del escenario.]

[En ocasiones se conceden excepciones, pero conllevan un coste mucho mayor.]

—No… De ninguna manera…

Era el pasaje en el que Dietrich se había centrado más.

Pero eso no podía ser todo.

Era imposible que hubiera ocurrido alguna "excepción" imprevista.

Y, sin embargo, no podía quitarme de la cabeza la imagen de la expresión de Dietrich antes de morir.

Finalmente, tras el funeral, se leyó su testamento.

Todos sentían curiosidad.

Como no tenía hijos, su fortuna probablemente sería reclamada por la familia imperial, un noble sacrificio que, en última instancia, beneficiaría a otros.

Pero entonces...

—Toda su fortuna ha sido donada a huérfanos de guerra.

Todos los presentes en la sala quedaron conmocionados.

Dietrich siempre había sido un hombre bondadoso, pero ¿regalar una fortuna tan inmensa sin dudarlo?

Pero me sorprendió por otro motivo.

«¿Por qué me da la sensación de que es alguien que sabía que iba a morir...?»

Su testamento había sido preparado con antelación.

Durante varios días después del funeral, apenas estuve consciente.

Desde la muerte de Dietrich, no había vuelto a toser sangre.

¿Realmente me había liberado del demonio?

Un vacío profundo y abrumador se apoderó de mí.

Quería volver a tomar mi medicina.

Justo cuando estaba a punto de actuar por impulso, un sirviente se acercó con una carta.

—Mi señor me ordenó que entregara esto.

La voluntad de Dietrich aún no había terminado.

¿Lo ves? Lo había preparado como si supiera que iba a morir.

Mis sospechas se convirtieron en certeza.

Y en el momento en que abrí la carta, comprendí la verdad.

—…Ah.

Se me cortó la respiración.

—Así que eso era. Tú… Tú fuiste allí a morir.

No había donado toda su fortuna.

Se había forjado una nueva identidad y había comprado una isla en un país extranjero.

En la vida de Dietrich había surgido una "excepción".

El demonio seguía en silencio.

No sabía qué hacer.

Dietrich sabía que yo quería escapar.

¿Debería… correr?

Pero mi cuerpo exhausto se negaba a moverse de mi habitación.

Pasaron los días y seguí vomitando.

Finalmente, alguien llamó a un médico.

—Perdóneme, señora. Su estado parecía demasiado grave…

Era uno de los sirvientes de Dietrich.

—Mi señor nos ordenó que vigiláramos de cerca su cuidado.

Estaba demasiado débil incluso para regañarlo.

Simplemente dejé que el médico me examinara en silencio.

Y entonces… Los ojos del médico se abrieron de par en par, conmocionado.

—Está embarazada.

Todo me daba miedo.

Dietrich se había ido, y sin embargo, una nueva vida crecía dentro de mí.

Tenía miedo.

¿Qué debía hacer?

Si traía a este niño al mundo, sufrirá como yo sufrí.

Yo… yo…

Me atormenté con eso durante mucho tiempo.

No tenía a quién pedir consejo.

Para que guardara el secreto, le hice prometer al médico que guardaría silencio.

Si me quedara aquí, volvería a estar en peligro.

Todavía quedaban cabos sueltos.

Los restos del grupo de oración.

La familia imperial.

Johannes.

…Johannes.

«Pero, ¿cómo supo Johannes siquiera del grupo de oración?»

Claro que podrían difundirse rumores.

Pero en el momento en que Dietrich descubrió mi secreto, acudió a Johannes en busca del libro.

No tenía pruebas.

Pero una profunda inquietud se instaló en mi interior.

Johannes siempre había estado ahí, acechando en cada desgracia de mi vida.

Pero más que sospecha, sentí una advertencia urgente.

Él jamás podría enterarse de mi enfermedad.

—Cálmate.

Necesitaba pensar con claridad.

Todo estaba sucediendo demasiado rápido.

Quería tomar la medicina para calmar mis nervios.

Pero eso perjudicaría al niño.

No podría decir que amaba la vida que llevaba dentro.

Pero tampoco era capaz de infligirles el mismo dolor.

—Tengo que mantener la calma.

Me obligué a respirar.

Tenía que centrarme únicamente en lo que había que hacer.

Podría hacer eso.

Lo quisiera o no, ahora tenía algo que proteger.

Durante mucho tiempo, no me importó lo que me sucediera.

Pero la vida dentro de mí era inocente.

Tenía que irme.

Pensé en lo que Dietrich me había dejado.

Pero estando embarazada, el viaje hasta allí era demasiado largo y peligroso.

No podía cruzar la frontera.

Tras mucha reflexión, decidí marcharme después de dar a luz para que nadie me encontrara jamás.

Hui tan lejos como pude.

Cuando mi cuerpo se debilitó, me detuve y me refugié en un monasterio cercano.

Fue entonces cuando me enteré… de que mi nombre se había extendido por toda la capital.

Que yo era una criminal buscada.

¿Los cargos?

Burlarse del templo. De la familia imperial.

«Si me atrapan, me ejecutarán».

Entré en el monasterio a escondidas, pero incluso entonces, lo sabía.

No podría quedarme con mi hijo por mucho tiempo.

Aquel invierno fue particularmente duro.

Y fue entonces cuando nació el niño.

Se decía que no había estación más desoladora que el invierno. Por lo tanto, un niño nacido en esta estación debía tener una gran vitalidad.

La temporada dificultó la recuperación, pero me gustó lo que dijeron.

Los clérigos del monasterio adoraban al niño.

Y así, sugirieron un nombre noble...

Un nombre que me sorprendió.

—¿Qué tal Dietrich? Es el nombre de un héroe de los textos sagrados. ¿No es maravilloso?

—Ese es el peor nombre que he oído en mi vida.

—¿Eh? ¿Por qué?

El hombre que llevaba ese nombre había vivido una vida de sufrimiento.

Por alguna razón, aquellos con grandes nombres parecían consumir sus vidas como si pagaran un precio por ello.

En otra época, me había sentido atraída por el carisma de Dietrich.

Pero al final, murió de la manera más brillante.

Aprendí —demasiado tarde— que la felicidad ordinaria era la más sublime.

Así que le puse a mi hijo un nombre que fuera lo suficientemente común, pero no demasiado común.

Un nombre que cualquiera podría tener.

—Noah.

Ese año, el invierno fue terriblemente frío.

Pero el cuerpo del niño estaba tan caliente que al sostenerlo me dolían los brazos, y, sin embargo, nunca sentí frío.

Pero siempre llegaba un final.

Johannes me encontró.

—Me haré cargo de ese niño.

Decía tonterías como si fuera lo más natural del mundo.

Aquel invierno... mucha gente lo recuerda.

Fue el frío más intenso en años, con una helada intensa que duró demasiado tiempo.

Fue la temporada que más sufrimiento me causó.

Así que volví a huir.

Los caballeros de Johannes habían rodeado el monasterio, vigilándome de cerca. Pero los clérigos, que me habían acompañado durante el parto, me ayudaron a escapar.

Sabía que Johannes volvería a atraparme algún día. El hombre que siempre había estado obsesionado conmigo, el hombre que había traído una miseria interminable a mi vida.

Si se llevara a mi hijo, Noah viviría mi vida. Crecería en la finca de mi infancia, donde yo había sido miserable y estaba destrozada.

Me había vuelto más implacable para que nadie pudiera menospreciarme y, como resultado, me habían dejado completamente sola.

¿Y si mi hijo resultaba ser igual?

Encontré una fortaleza prácticamente impenetrable.

Y así, dejé a mi hijo en un monasterio de renombre.

Allí, Noah sería educado como clérigo.

Era una vida predeterminada, pero no era mala.

Si llegaba a ser un clérigo de alto rango, viviría una vida respetable.

Los monasterios proporcionaban una educación completa.

A diferencia de mí, mi hijo aprendería todo lo que necesitaba saber.

Ah. Sí.

Lo apoyaría desde la distancia, asegurándome de que nadie pudiera tocarlo.

Si me quedaba demasiado cerca, él quedaría atrapado en mi destino maldito.

La desgracia lo consumiría como me había consumido a mí.

Así era como podía protegerlo.

Logré sobrevivir durante bastante tiempo.

Un criminal buscado, pero que aún sigue con vida.

Pero al cabo de tan solo unos años, Johannes finalmente me atrapó.

Siempre supe que este día llegaría.

Así que no me sorprendió.

—¿Dónde está el niño?

—Está muerto.

—¿Qué?

Lloré delante de él, de forma tan convincente que incluso Johannes cayó en la trampa.

El invierno se cobró muchas vidas.

Un niño había fallecido casi al mismo tiempo que Noah.

Y ahora…

Ese niño se había convertido en mío.

[…”Oso de peluche viejo pero que no sufre de olvidos” Progreso: 80%]

Pensé que, si realmente hubiera cortado todo vínculo con mi hijo, todo habría terminado ahí.

Noah se parecía a Dietrich. Sin duda, se convertiría en un clérigo prometedor.

Pero también pensé: espero que no brillara demasiado.

Y, sin embargo, todo se desmoronó.

Todo se volvió retorcido.

Apenas podía respirar mientras me tambaleaba hacia el cuerpo desplomado de Dietrich. La sangre brotaba de su garganta. Presioné la herida, desesperado por evitar que se abriera más.

—¿Cuánto recuerdas, madre? —El niño preguntó—. ¿Entiendes por fin por qué te llamo madre?

Él no lo sabía.

Nunca quise que me llamara así.

Nunca quise que existiera el más mínimo parecido entre nosotros.

Pero Noah nunca creció como yo quería.

Mirando hacia atrás, nuestras decisiones nunca coincidieron.

Siempre nos habíamos echado de menos, de una forma u otra.

—…Supongo que ya no importa. Apártate, madre. Dietrich aún no ha muerto.

El niño estaba decidido a llevar esto hasta el final.

 

Athena: Pues nada, mata a tu padre. Total, a este pobre nadie le importa. En todo caso a Charlotte, y mira cómo acabó por eso. Ains… dios mío.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 160

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 160

Por supuesto, mi estancia en la cabaña no duró mucho. Johannes me encontró.

Pero no me arrastraron ni me capturaron contra mi voluntad.

Cuando me vio con Dietrich, se burló como si no pudiera creerlo. No supe si era una burla o una advertencia.

Llegó la noticia de que las reparaciones de la finca dañada por el incendio estaban casi terminadas. Hasta entonces, seguí alojándome en casa de Dietrich.

Hace poco me regaló un juego de materiales de arte.

Lo miré con asombro, pero él simplemente me puso un pincel en la mano y me dijo que, a partir de ese momento, podría pintar cuando quisiera; nadie me lo impediría.

«Pero, Dietrich. Tengo las manos rígidas. Ya no puedo trazar las líneas como antes».

Ese día, me quedé sentada en el estudio con la mirada perdida y regresé a mi habitación sin haber dibujado absolutamente nada.

Quizás fue esa misma noche.

De repente, la sangre brotó de mis labios. Fue entonces cuando me di cuenta: no podía permitirme demorarme más.

Dietrich también lo había visto. Preso del pánico, gritó pidiendo un médico, pero a mí me zumbaban los oídos como si el tiempo se hubiera congelado.

El médico no pudo dar un diagnóstico claro.

—Date prisa y termina esto, Charlotte. Entonces serás libre.

Cambiar simplemente el objeto de culto no bastaba para apaciguar al demonio. Solo una fe lo suficientemente fuerte como para ofrecer la propia vida sería suficiente.

—Oye, Dietrich. Esto puede sonar repentino, pero a veces… quiero ir a algún lugar muy lejano.

—¿Estás diciendo que quieres viajar?

Tal vez.

—Tráelos a la reunión de oración.

Las reuniones de oración eran organizadas oficialmente por la familia imperial. Sin embargo, irónicamente, ellos mismos nunca asistían.

Quizás aún tenían demasiado miedo de revelarse. En cambio, sus representantes actuaron en su nombre.

Yo era uno de ellos.

Lo único que tenía que suceder era que asistieran a la reunión.

Y ese día fue hoy.

Ya había tomado una decisión, pero no podía dejar de pensar en él.

Dietrich, supongo que nunca nos volveremos a ver.

Aunque hubiéramos aclarado nuestros malentendidos, no cambiaría nada.

Ya había recibido algo del demonio.

Y tenía que pagar las consecuencias.

Pero las cosas dieron un giro inesperado.

—¡Arrestad a los herejes!

Los caballeros irrumpieron en la reunión de oración.

Sabía que este día llegaría tarde o temprano.

Pero era demasiado pronto.

Dietrich encabezaba la ofensiva.

Cuando nuestras miradas se cruzaron, la suya se abrió de par en par, sorprendida.

Y en ese momento, todo se volvió negro.

A la reunión de oración asistieron figuras destacadas, pero muchas menos de las previstas inicialmente.

Al final, terminé en prisión.

Había sobornado a algunas personas para prepararme para esta situación, pero nadie vino.

Pero ese no era el verdadero problema.

El problema era que Dietrich lo había visto todo.

Presa del pánico, rebusqué en mis bolsillos y saqué un puñado de pastillas.

Tenía una dosis fija, pero en mi estado actual, no pensaba con claridad. Me temblaba la mano mientras vertía un montón de pastillas en la palma.

Fue entonces cuando oí pasos.

Finalmente, ¿eran ellos?

—¿No dijiste que dejarías de tomarlas?

Ante esa voz inesperada, dejé caer el puñado de pastillas al suelo.

—¿Por qué estás aquí?

—Son malas para ti. No eres más que una mentirosa.

A quien yo había sobornado no se le veía por ningún lado.

¿Por qué estaba él aquí en su lugar?

—Pareces sorprendida de verme a mí en su lugar.

El hombre que probablemente había impedido que mis sobornos llegaran a su destino estaba justo delante de mí.

Rápidamente disimulé mis emociones.

—Di algo. No te quedes ahí parada en silencio. Tú no eres alguien que creería en una religión como esa. Y debías saber lo que pasaría si te atrapaban.

Al parecer, Dietrich aún no comprendía del todo la situación.

Pero pronto lo haría.

Ya no podía ocultarlo.

Había llegado el momento de rendir cuentas.

Pero, ¿cómo se suponía que iba a decírselo?

Que había pedido un deseo a un libro maldito.

Que desde ese día en adelante, estaba condenado.

Ya le había mostrado toda mi fealdad, pero esta verdad... se sentía diferente.

Aunque todos mis defectos ya habían quedado al descubierto, las palabras se negaban a salir de mi boca.

Sin embargo, Dietrich se enfadó visiblemente más ante mi silencio.

Sin pensarlo, me agaché y recogí un puñado de las pastillas que se habían caído al suelo.

No tenía intención de tragármelas.

Solo necesitaba algo a lo que aferrarme.

Contuvo la respiración mientras me miraba, luego exhaló profundamente y bajó la voz a un tono tranquilizador.

—Charlotte, ¿de qué tienes tanto miedo? No importa lo que digas, te protegeré.

Nunca había comprendido la profundidad de su inquebrantable devoción.

Sin embargo, absorta en la calidez de sus palabras, finalmente hablé.

—Yo solo… quería escapar. Pero no me enseñaron nada cuando era joven. Nadie me dijo nunca qué se suponía que debía hacer…

Crecí sin aprender lo básico.

Para mi padre, yo no era más que un objeto que podía venderse.

Una flor solo necesitaba florecer bellamente.

—Siempre me dejo engañar fácilmente por las palabras bonitas. Luego empiezo a dudar de ellas. Pero incluso cuando lo hago, nunca sé qué hacer al respecto.

Mis palabras fueron inconexas.

Ni siquiera estaba segura de lo que intentaba decirle.

—Hubo momentos en que deseé que ese hombre simplemente desapareciera de este mundo… Quizás por eso me enamoré de ese libro.

—¿Libro?

¿Cómo lo explicaba?

Ya no tenía sentido ocultarlo.

Dietrich me iba a odiar.

Iba a despreciarme.

Ya lo había perdido todo, así que bien podría contarle el resto.

Le conté cómo encontré el libro. Y…

—Deseaba que mi exmarido muriera.

Y realmente lo hizo.

Cuando terminé, no podía levantar la cabeza.

Me aterraba pensar en cómo me miraría ahora.

Pero en lugar de disgusto, dijo lo último que esperaba oír.

—…Pase lo que pase, te salvaré.

En ese momento, sus palabras me hicieron llorar.

Reí entre lágrimas, profundamente conmovida.

Sin ser conscientes del horror que estaba a punto de desatarse.

Tiempo después, salí de prisión.

Cuando le pregunté a Dietrich cómo lo hizo, respondió con una sonrisa amarga.

Él había negociado.

A cambio de derrotar a los bárbaros, había accedido a construir un templo en sus tierras.

—Tu plan ha fracasado.

Sabía eso.

—Mi poder es demasiado grande para que un humano lo soporte. No durarás mucho más.

También lo sabía.

—Sinceramente, me da igual si esto acaba bien o se desmorona. Al fin y al cabo, sigues siendo uno de los hijos predilectos de Carlino.

El demonio continuó susurrando.

En cuanto Dietrich salió de prisión, exigió el libro que encontré en la cueva. Pero, por desgracia, estaba en la finca de Johannes.

—Iré a buscarlo.

—Eso es imposible.

Johannes jamás lo entregaría tan fácilmente.

Y, sin embargo, por alguna razón inexplicable, Dietrich recuperó el libro sin oponer resistencia.

Johannes jamás renunciaría a ellos.

No tenía sentido.

—…Excepción.

Dietrich murmuró la palabra mientras se concentraba en un pasaje en particular. Desde ese momento, una inquietud se apoderó de mí.

Pero no había nada que pudiera hacer.

Entonces, un día, me dijo lo último que quería oír.

—Hay ruinas relacionadas con este asunto en la zona donde se desarrolla mi misión de subyugación. Planeo investigarlas.

La sola palabra subyugación me revolvió el estómago de pavor.

Deseaba poder reprimir mis emociones, pero Dietrich me había impedido tomar mi medicina. Solo podía soportarlo.

—¿Por qué te esfuerzas tanto por mí?

Todavía no entendía por qué se estaba sacrificando tanto.

Entonces, sonriendo levemente, habló.

Fue algo totalmente inesperado.

Era una historia de su infancia.

De un niño pequeño que asistía a una gran fiesta organizada por una familia noble.

—Ese día, la joven de lengua afilada solo aceptó mi regalo.

De alguna manera, me resultaba familiar.

¿Me lo había dicho antes? ¿O simplemente lo había enterrado en algún lugar de mi memoria?

—Nunca entendí por qué solo aceptabas lo mío, pero desde ese día en adelante, tomé una decisión. Pase lo que pase, te protegeré.

Fue una historia muy extraña.

Y poco después...

Dietrich partió a la batalla.

Pasó el tiempo después de que se fue.

Una enfermedad se extendió por todo mi cuerpo.

Comencé a dormir la mayor parte del día.

Dietrich había dicho que regresaría en dos semanas, pero esas dos semanas ya habían pasado hacía mucho tiempo.

Y sin embargo, comenzaron otras dos semanas.

Cada vez que intentaba comer, vomitaba.

La comida ya no me parecía algo que pudiera saciar el hambre.

Se convirtió en una tortura.

Con el tiempo, empecé a comer cada vez menos.

Pero entonces, ciertos días, el hambre me abrumaba y devoraba la comida como una loca, solo para vomitarlo todo después.

Sabía que algo andaba mal con mi cuerpo.

Pero no llamé a un médico.

Dietrich no había regresado.

No importaba lo que me pasara.

A medida que mi cuerpo se consumía, mi anhelo por él no hacía más que crecer.

Empecé a temer que le hubiera pasado algo, que tal vez nunca regresara.

Algunas noches, tenía tanto miedo que lloraba hasta quedarme dormida.

Entonces, un día, recuperé la compostura y comencé a pintar de nuevo.

Un cuadro para enseñárselo cuando regresara.

Mi antigua habilidad había desaparecido hacía mucho tiempo, pero seguí corrigiendo las líneas, una y otra vez.

Hasta que finalmente…

Dietrich regresó a casa.

Estaba cubierto de heridas.

Pero estaba vivo.

Corrí hacia él sin pensarlo y me lancé a sus brazos.

Una y otra vez, le susurré al oído:

—Te extrañé. ¿Por qué tardaste tanto? No me vuelvas a dejar nunca más.

Pero por alguna razón...

Dietrich no dijo nada.

Cuando me miró, su rostro estaba lleno de tristeza.

Esa noche terminé mi cuadro.

Por fin pude enseñárselo.

Aunque mis habilidades se habían deteriorado, fue el primer cuadro que terminé en años.

Tomé el cuadro y me dirigí a su habitación.

Pero cuando abrí la puerta...

Un hombre, sumido en la oscuridad, se desplomó en el suelo vomitando sangre.

El cuadro que le había traído se me cayó de las manos.

Un grito ahogado escapó de mi garganta mientras corría hacia él.

Jamás había visto tanta sangre en mi vida.

Gritando, supliqué que alguien trajera un médico.

Pero antes de que pudiera llegar la ayuda...

Dietrich había muerto.

¿Por qué?

[Nadie escapa del escenario.]

[En ocasiones se conceden excepciones, pero conllevan un coste mucho mayor.]

Un grito desgarrador brotó de mi garganta.

Cuando abrí los ojos, me había despertado de un sueño muy largo.

—Mamá, ¿estás despierta?

Un niño con unos extraños ojos rojos me saludó con una brillante sonrisa.

Mi visión seguía borrosa.

Cuando mi mirada se alzó más allá del niño...

Vi una fuente de sangre brotar detrás de ellos.

Un hombre permanecía allí, con la garganta cortada.

¿Dietrich?

 

Athena: Madre mía. A mí quien me sigue dando pena es Dietrich jaja.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 159

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 159

La medicina no tenía sabor. Pero cada vez que la tragaba, la sensación que me sacudía el cerebro era idéntica a la de un caramelo excesivamente dulce.

Sostuve en silencio la mirada de Johannes mientras él me observaba sin decir palabra. Luego, dejé la medicina.

El sol ya se estaba poniendo pasado el mediodía.

—Desde que trajiste ese libro tan peculiar de la cueva… Has estado murmurando para ti misma, como si estuvieras poseída. ¿Qué está pasando exactamente?

En la mansión, yo había estado evitando a Johannes todo lo posible, pero era evidente que se había dado cuenta de algo.

Su expresión era como si estuviera presenciando alguna superstición extraña e inexplicable.

—Eh, Johannes.

Me dolía la muñeca donde me la había agarrado, y giré ligeramente el brazo mientras hablaba.

—Hay algo que necesito decirte. No entiendo por qué actúas así. Quizás aún arrastras algunas emociones de la adolescencia, y por eso sigues entrometiéndote en mi vida…

Era algo que debía haber dicho innumerables veces antes.

—Terminamos nuestra relación en el momento en que me casé.

Pero esta vez, algo era diferente. No estaba enfadada como antes; simplemente aceptaba la cruda realidad. La pasión que una vez existió entre nosotros se había disipado hacía mucho tiempo.

—Pero ese hombre ya está muerto. Y nunca tuve la intención de dejarte allí para siempre. Una vez que todo se resolviera, iba a llevarte de vuelta…

—No sé a qué te refieres con "todo", pero no importa. Lo que quiero decir es que lo nuestro se acabó. Ya no hay nada entre nosotros, y nunca volveremos a empezar. Solo me quedaré en esta mansión temporalmente, y pronto me iré. Quiero que cortemos lazos por completo. Nada de lo que hagas cambiará eso.

Estaba demasiado agotada para seguir lidiando con él.

Él había sido mi pesadilla desde la infancia. Pero incluso las pesadillas terminan.

—Ya ni siquiera eres capaz de ser mi pesadilla.

Johannes escuchó en silencio. El peso que me oprimía los hombros, su mano, finalmente cedió.

Esperaba que se enfadara, pero sorprendentemente, aceptó mis palabras sin resistencia.

—¿Eso es todo lo que tienes que decir?

—¿Y si lo es?

Una sonrisa torcida se dibujó en sus labios.

—Encerradla.

Al final, Johannes nunca cambió.

Todavía quería atraparme. Arrastrarme de vuelta a su infierno personal.

Cuando los sirvientes de la mansión me agarraron de los brazos, tropecé, incapaz de resistir.

—Te quedarás aquí hasta que te cures. Cuando estés mejor, podrás irte.

No hasta que me curara, hasta que me sometiera.

Estaba acostumbrada a estar encerrada.

Esa sensación de asfixia y náuseas también me resultaba demasiado familiar.

Pero entonces...

—¡AAAAHHHH! ¡FUEGO!

—¿Qué? ¿Por qué hay un incendio de repente…?

Se desataron llamas que envolvieron al sirviente que me sujetaba.

En ese instante, mi mente dio vueltas y vislumbré una oportunidad.

Corrí, directa hacia la salida de la mansión.

Esto no fue una coincidencia. Fue obra del demonio.

—¡Atrapadla!

—¡¿Qué demonios?! ¡¿Cómo se propagó el fuego tan rápido?!

En ese momento, nadie podía detenerme.

Aun sabiendo que era el poder del demonio, me dejé llevar por él.

Corrí hasta que me ardieron los pulmones, hasta que me fallaron las piernas y me desplomé de agotamiento.

Nunca hacía ejercicio, apenas me movía; correr tanto ya era impresionante en sí mismo.

Pronto me alcanzarían.

¿Me salvaría el demonio otra vez?

No podía confiar en ello.

Me obligué a incorporar mi cuerpo dolorido.

¿Adónde debía ir?

Me quedé allí, perdida, mirando fijamente el cielo cubierto de nubes de tormenta.

Un recuerdo afloró.

Ya había visto un cielo así antes, hace mucho tiempo, de camino a una cabaña.

Inconscientemente, mis pies comenzaron a moverse en esa dirección.

La lluvia me empapó por completo.

Una vez que los efectos del medicamento desaparecieron, la familiar letargia volvió a aparecer. Mi cuerpo temblaba violentamente mientras yacía en la cama, empapado.

Debía haberme resfriado por haber estado tanto tiempo bajo la lluvia.

Pero por ahora, solo quería descansar.

Entrando y saliendo del sueño, me despertaba una y otra vez, solo para volver a caer en la inconsciencia.

Justo antes de perder el conocimiento por última vez, vi que se abría la puerta de la cabina.

Pero cuando finalmente desperté...

Una mano grande me sujetaba la barbilla.

—Toma esta medicina. Trágala.

Esa voz…

No había manera de que pudiera estar aquí.

Esto era solo una visión, un producto de la nostalgia.

Sin embargo, cuando volví a despertar, el hombre seguía allí, a mi lado.

—…Ya van tres veces, ¿no?

—¿Que te he salvado? Tal vez.

¿Qué tenía que hacer?

Ya no estaba segura de poder mantener la compostura.

Sabía lo vergonzoso que era dejarse llevar por viejas emociones. No quería comportarme como lo hacía entonces.

Ese pensamiento me absorbió por completo, tanto que ni siquiera pregunté cómo me había salvado.

—¿Tienes hambre?

Incluso en el silencio, siguió cuidándome.

Como no respondí, me trajo en silencio un tazón de gachas de avena.

Observé impasible cómo colocaba una mesita sobre la cama.

Entonces, cuando intentó darme de comer él mismo, ya no pude quedarme callada.

—¿Qué demonios estás haciendo?

—¿Qué quieres decir?

—Si sigues comportándote así, voy a empezar a hacerme una idea equivocada.

No sabía qué tonterías podría decir si volvía a perder el control.

En ese instante, la cuchara que Dietrich sostenía en la mano tembló ligeramente. Pero enseguida la dejó sobre la mesa con calma.

Fíjate en eso: su expresión dice que no se inmutó en absoluto.

Siempre era la única que se desmoronaba delante de ti.

—Casi desearía que lo malinterpretaras.

¿Qué quería decir con eso?

Me sentía mareada. No podía comprender la situación.

Cuando nos volvimos a ver, no mostraste más que desprecio hacia mí. Dejaste claro que me odiabas.

—¿Qué tan poco me tienes aprecio para decir algo así?

Las palabras brotaron antes de que pudiera detenerlas, cargadas de emoción.

Pero no respondió.

¿Por qué me lanzan palabras confusas para luego guardar silencio cuando exijo una explicación?

—Muévete.

Una vez más, me dejé llevar por mis emociones.

A pesar de mi determinación, no pude reprimir el impulso de levantarme de la cama.

—Charlotte…

—¡Suéltame!

Me zafé de su agarre y salí furiosa de la cabaña.

Afuera seguía lloviendo. La lluvia de la estación fría era como agujas contra mi piel.

El aguacero helado no hizo más que apaciguar mis ardientes emociones; solo me hizo sentir más miserable.

Mi cuerpo debilitado apenas aguantó unos pocos pasos antes de que tropezara.

Quien me sujetó antes de que cayera fue Dietrich.

Al darme cuenta de eso, me sonrojé de humillación.

—Por qué…

¿Por qué me seguiste?

Solo estás haciendo que este momento sea más miserable.

—Me odias, ¿verdad?

Tanto si nuestros malentendidos se hubieran aclarado como si no, el pasado jamás podría deshacerse.

—¿Cómo… podría amarte?

Ya lo sabía.

Y, sin embargo, escucharlo seguía siendo como recibir un desgarro en el alma.

Sabía que no había vuelta atrás. Un vínculo torcido por la desgracia jamás podría reescribirse.

—…No debería haber venido a la capital.

Debería haber ignorado la convocatoria del emperador, sin importar qué.

Por supuesto, sabía que esa no era una opción, pero ya nada de eso importaba.

—¿Sabes qué? Me arrepiento de haberte vuelto a ver. Debes de encontrarte divertido. Ya no soy tan guapa como antes, ni tan joven. Y lo único que sé hacer es montar rabietas. Debes haber disfrutado viendo lo patética que me he vuelto, aunque solo fuera por un instante.

—Qué vas a…

Apreté con más fuerza mi muñeca atada, pero él se negó a soltarme.

Ya no quería humillarme más, ¿por qué no me dejas ir?

—No me arrepiento de haberte vuelto a ver.

Su voz resonó a través de la lluvia mientras me atraía hacia él.

Por un instante, mi mente se quedó en blanco.

—¿Lo ves? Incluso ahora, nunca me dejas terminar de hablar. No sé por qué siempre termino frente a ti. Intenté ignorarlo, pero si ese era el plan, no deberías haber dejado que me importara en primer lugar. Estabas ahí, muriendo, justo delante de mí... ¿cómo se suponía que iba a...?

Sus palabras brotaron con voz entrecortada, su respiración irregular.

Ni siquiera él pudo contener ya sus emociones.

—…Sigo pensando que desaparecerás. Que, si lo haces, tal vez por fin deje de importarme. Pero en vez de eso, vuelvo a enloquecer.

La vergüenza en ese momento no era solo mía; en el rostro de Dietrich, pude ver un rastro de la inocencia que alguna vez tuvo.

¿Cómo puedes decir cosas así y esperar que no las malinterprete?

Hice una mueca, sabiendo perfectamente que esa sería mi última pregunta.

—¿Todavía me quieres?

—…No quería.

Esas palabras...

—Te odié. El día que me abandonaste, me vi envuelto en una guerra sin siquiera una espada para defenderme, obligado a bloquear las espadas que me atacaban con mi propio cuerpo. Cada día era una pesadilla. Por eso no quería amarte.

Pero al final...

—Pero cuanto más te odiaba, más… quizás incluso más que eso… He vuelto a perder contra ti. Antes y ahora, no importa lo que me hayas hecho, todavía te deseo.

Al oír eso, no pude evitar reírme entre lágrimas.

La forma en que dijo que me odiaba…

Era la prueba de que todavía me quería.

Eso fue suficiente.

Podría odiarme más. Podría resentirme más.

Porque por mucho que me odiara, acabaría queriéndome aún más.

Pero, así como el sol debía ponerse tras alcanzar su punto más alto, así como la felicidad recién descubierta era efímera, se acercaba un final.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado después de eso.

Dietrich me acompañó de vuelta al interior de la cabaña.

Y sin pensarlo, lo besé.

Sin la medicación que atenuaba mis emociones, actuaba únicamente por instinto.

El frío que la lluvia había calado hasta mis huesos se disipó rápidamente.

—Dietrich, sabes… ya dejé de lado las formalidades contigo. ¿Por qué no dices nada?

—…Porque te conviene.

—Eso es raro.

—Pero Charlotte, ¿no deberías dejar de tomar la medicina?

—Si no lo hago… podría volver a enfadarme contigo.

—Para ser sincero, estoy más acostumbrada a que estés enfadada.

—¿Qué?

Por un instante, fui verdaderamente feliz.

Hasta…

Apenas me había recuperado, y aún me corría sangre por los labios.

¿Tenía algún problema de salud?

—No. Es el precio.

¿El precio?

—El precio de usar mi poder. ¿No lo sabías? Todo tiene un precio.

Ah.

Ya veo.

Entonces tenía que terminar esto rápidamente.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 158

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 158

—Por eso los humanos somos tontos. ¿El mundo es cuadrado? Qué ridículo.

El demonio se burló, mofándose de cómo ese simple ser humano podía ser amado por Carlino.

Cuanto más grotesco se volvía el emperador, más se deleitaba el demonio ridiculizando la ceguera de Carlino. Pero cuando apareció el príncipe heredero, la reacción del demonio cambió por completo.

A diferencia del emperador, su hijo era guapo e inteligente. El emperador, que era muy dado a presumir, a menudo alardeaba de su hijo, pero el príncipe heredero se mantuvo humilde.

Tras una larga ronda de charla ociosa, el emperador finalmente fue al grano.

—¿Cómo ha estado últimamente, señorita?

—He estado quedándome en casa de mi hermano menor.

—Mmm. ¿Es así? Ahora que lo pienso, hace tiempo que no llamo a Johannes. Debería casarse pronto… Incluso intenté concertar su matrimonio con una princesa imperial, pero se negó. No tengo ni idea de por qué. Tú, en cambio, no deberías ser así. Sigues teniendo una piel tan juvenil, como la de una niña. Estoy seguro de que a los hombres todavía les resultas atractiva.

El emperador nunca se dirigió a mí como señora. A pesar de que mi esposo había fallecido y yo nunca me había divorciado, él actuaba como si mi matrimonio hubiera sido anulado.

—En cualquier caso, quiero encontrarte pareja. Una mujer tan bella como tú no debería envejecer y morir sola, ¿verdad? Señor Dietrich, ¿qué opina?

Fue un encuentro incómodo.

No había pasado ni mucho tiempo desde que acordamos no meternos en los asuntos del otro.

El rostro de Dietrich se tensó ligeramente ante la pregunta del emperador, aunque rápidamente lo disimuló antes de que este pudiera notarlo.

—Creo que es importante que la señora descanse, teniendo en cuenta que recientemente sufrió un accidente.

La expresión del emperador se ensombreció ante la negativa de Dietrich a apoyar su sugerencia. Entonces, como irritado, se rascó la cara con fuerza, casi compulsivamente.

¿Tenía alguna enfermedad de la piel?

—Ese hijo suyo envejecerá de la misma manera.

El demonio murmuró una maldición contra el príncipe heredero, pero yo sabía que ese era mi momento para actuar.

—Majestad, ¿puedo ayudaros?

Si hubiera sido Johannes, habría aprovechado la oportunidad para deslumbrar con su elocuencia, pero, por desgracia, yo carecía de esa habilidad.

Sin embargo, tenía otros talentos.

Alcé la mano hacia el emperador, y una suave luz blanca emanó de mi palma. La erupción que se había extendido por su rostro se desvaneció y desapareció.

Los ojos del emperador se abrieron de par en par, conmocionado.

Incluso Dietrich, que estaba cerca, parecía atónito. Tenía cierta inquietud sobre su reacción, pero había pocas oportunidades de conocer al emperador de esta manera.

—Señorita… ¿qué acaba de hacer?

Cuando terminó el espectáculo, sentí una oleada de náuseas. Una extraña e inquietante sensación de malestar se apoderó de mi cuerpo.

El efecto del medicamento estaba desapareciendo.

Saqué rápidamente la medicina que había traído conmigo.

La había tomado con tanta frecuencia que sus efectos empezaban a desaparecer más rápido. Quizás era hora de cambiar a otra.

La forma en que mis emociones se atenuaban siempre me resultaba inquietante, pero lo necesitaba. Sobre todo, porque acababa de hacer algo tan temerario por primera vez.

—Tus heridas ya están curadas, ¿por qué sigues tomando eso?

—…Pensé que todavía estabas adentro.

—¿Sigues indispuesta?

Su expresión facial era desagradable; ¿por qué me miraba así?

—No estoy enferma. Simplemente… me pongo un poco… no, bastante ansiosa, así que la tomo. Tiene un efecto calmante.

—¿Entonces vas a seguir tomándolo para siempre? He oído que es un medicamento particularmente fuerte. Deberías buscar otro método…

—¿Por qué te importo?

Ya había intentado dejarlo antes, pero nunca funcionó. Al principio, parecía estar bien, pero poco después, la depresión regresaba y perdía la compostura.

Y llegado este punto, ningún otro medicamento me hacía efecto.

—Hace un momento… ¿qué fue eso? ¿Fue magia curativa? Pero tú no tienes ese tipo de habilidad.

—Simplemente apareció de repente.

Su expresión estaba ensombrecida por la sospecha.

Pero ya no teníamos la suficiente confianza como para que pudiera interrogarme más.

—Me voy ahora.

—Espera. Siempre hablas de ti misma, pero nunca intentas escucharme.

—¿De qué estás hablando?

—He tenido muchas cosas en la cabeza desde que te fuiste.

Me di cuenta de que esta conversación era una continuación de la que tuvimos cuando me alojé en su mansión.

—¿Tienes algo que decirme? Llevo preguntándotelo todo este tiempo. ¿Acaso no te he dicho que no entiendo lo que estás pensando?

—No es eso. Ni siquiera sé por qué soy así… pero tú nunca intentas entenderme.

¿Qué demonios estaba diciendo?

—Siendo sincera, ¿acaso no hay todavía una parte de ti que siente algo por mí?

—Esa es una suposición sin fundamento.

—No dices nada porque crees que podría tener razón.

Dietrich permaneció de pie como si aún tuviera algo que decir.

—…Yo estaba allí incluso antes de que tu carruaje volcara. Quizás no lo recuerdes, pero en ese momento, miraste por la ventana y nuestras miradas se cruzaron.

—¿Lo hicimos? No lo recuerdo en absoluto.

—El carruaje volcó justo después. A pesar de que el camino estaba perfectamente llano.

Fue obra del demonio, así que no fue sorprendente que ocurriera en terreno llano.

—No tenía la intención consciente de salvarte. Cuando recobré la consciencia, ya te había llevado conmigo…

Su voz se fue apagando, como si ni siquiera él supiera lo que estaba tratando de decir.

—Fue igual cuando te saqué del estanque. Solo me di cuenta de lo que estaba haciendo después de que ya había sucedido. Ese día… ¿por qué cambiaste de repente? ¿De verdad solo estabas jugando conmigo?

Volvió a sacar a relucir aquel momento de hacía mucho tiempo.

Incluso ahora, con la medicación atenuando mis emociones, seguía pensando en aquella época. Pero ya no vivía atrapada en ella. Recordarla se había convertido más en un hábito que en otra cosa.

Los efectos del medicamento debían estar desapareciendo porque de repente sentí opresión en el pecho. Pero tenía que terminar con esto como es debido.

—Dietrich, la verdad es que… la razón por la que actué de esa manera ese día…

Me daba igual si me creía o no. Le dije la verdad.

—Por supuesto, tuve la culpa por seguir ciegamente las palabras de Johannes. Y de verdad lo lamento. Lo diré de nuevo: lo siento de verdad.

Después de eso, todo encajó a la perfección.

El emperador lo calificó de milagro.

En el imperio existía la magia curativa, pero no podía curar por completo las enfermedades crónicas. Podía suprimir los síntomas temporalmente, pero estos siempre reaparecían.

De hecho, el emperador se sentía cada vez más frustrado a medida que su cuerpo desarrollaba resistencia al poder divino del templo.

Así que, cada vez que él o alguno de sus hijos enfermaba, me llamaba.

El hecho de que yo, que ni siquiera era sacerdotisa, pudiera curar era un enigma para él.

Con el tiempo, el emperador empezó a desconfiar del clero. El templo estaba corrupto y comenzó a resentir el oro que él mismo destinaba a él.

Entonces, un comentario impulsó su cambio de perspectiva.

—¿Por qué un simple templo debería estar por encima de Su Majestad? Deberían estar por debajo de vos.

Por supuesto, yo no fui quien lo dijo.

Era uno de los príncipes, un adulador deseoso de congraciarse con el emperador.

Ese día aprendí algo fascinante:

A veces, ni siquiera tienes que plantar las flores tú mismo. Si solo siembras las semillas, otros las harán florecer por ti.

—¿Por qué no creamos nuestras propias reuniones de oración?

Mi insignificante habilidad se había convertido en la semilla, y alguien más estaba tratando de hacerla florecer.

—¿Estás loco? ¡Si el templo se entera, te excomulgarán!

—No, piénsalo. Crearemos un grupo de oración. Si reclutamos a todas las personas poderosas del imperio, la influencia del templo se debilitará.

—¿Eh?

Mi padre nunca me había enseñado nada.

Todo lo que Johannes debió haber aprendido de niño, yo apenas ahora lo estaba descubriendo por mí misma.

Ah.

—¿Entonces quién será nuestro dios?

—Está justo a nuestro lado, ¿verdad? ¡La sanadora milagrosa!

Así era como funcionaba el mundo.

Las reuniones secretas de oración de la Corte Imperial habían comenzado, no por motivos de fe, sino como resultado de una lucha por el poder.

—Como me has entretenido tanto, estaba pensando en hacerte un regalo.

No sabía qué era, pero algo me inquietaba. No quería aceptarlo.

—Odias ser débil y emocional, ¿verdad? Veamos… ¿cómo debería llamarlo? Ah, sí… ¿fuerza de voluntad?

¿Qué?

—¿Te concederé una mentalidad de acero?

—…No lo necesito.

En cuanto pague el precio, me iré de este país para siempre.

—Hermana, ¿qué has estado haciendo últimamente?

En la mansión vivía un potrillo.

Desde que compartíamos casa de nuevo, había vuelto a entrometerse en mis asuntos, igual que en los viejos tiempos.

—He oído que estás dirigiendo unas reuniones de oración muy raras. Si es cierto, has perdido la cabeza. ¿De verdad crees que esto no llegará a oídos del templo? ¿Qué quieres que te pase? ¿Que te quemen en la hoguera? ¿Que te ahorquen?

Era difícil rebatirlo; tenía toda la razón.

Lo ignoré y fui a buscar mi medicina, pero de repente me agarró la muñeca y me la arrebató.

—Por el amor de Dios, por favor, deja de tomar esta droga maldita.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 157

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 157

¿Por qué le importo a Dietrich? Probablemente ya no siente nada por mí.

Mientras me recuperaba, observé mi entorno en silencio.

Leía los periódicos, con curiosidad por saber cómo iba evolucionando el mundo, y pensaba en cómo esos cambios podrían afectar a mi patrimonio.

Fue entonces cuando me di cuenta de que esto podía ser una forma de estudio. Nunca nadie me lo había enseñado, por eso tardé tanto en comprenderlo.

Pero ese no era el problema más importante en este momento.

¿Por qué Dietrich me estaba cuidando?

—Dime ahora. ¿Qué quieres de mí?

Me salvaste, curaste mis heridas e incluso me diste una habitación, a pesar de que intentaste atormentarme.

—Esto puede sonar descabellado, pero claramente no me odias del todo. No podrías soportar verme morir. Entonces hagámoslo. No volvamos a involucrarnos nunca más.

Las palabras que no habría podido pronunciar antes de tomar la medicina salieron sin dudarlo.

—Ese día, cuando subí al carruaje, en realidad venía a decirte esto. Lamento lo sucedido. Sinceramente.

Una vez que me recuperé casi por completo, abandoné la mansión de Dietrich. Intentó detenerme una vez, pero supe que era mejor no insistir.

Le pregunté al médico qué tipo de medicamento estaba tomando y me lo recetó.

Gracias a la claridad que había adquirido, supe qué hacer.

Me dirigí directamente al templo y doné una parte de mi riqueza. Al principio, el templo me había mostrado hostilidad, pero ahora me despidieron con amplias sonrisas.

Al salir del templo, Johannes se me acercó.

—Me sorprende que sepas hacer esto, hermana. Pero si no haces otra donación importante la próxima vez, volverás a estar acorralada. Para poder costear esas donaciones, tendrás que aumentar los impuestos sobre tu patrimonio.

—Ya veré cuál es el siguiente paso cuando llegue el momento. Pero como tengo mucho terreno, estoy segura de que me las arreglaré.

Le respondí con calma, sin mostrar enfado alguno. Ya ni siquiera tenía ganas de oponerme.

Parecía presentir algo extraño y arqueó ligeramente las cejas.

—¿Te sientes mejor?

Su sincera preocupación me tomó por sorpresa.

—Me enteré de que tu casa se incendió. ¿Dónde piensas quedarte ahora? Si quieres, puedes alojarte en mi mansión. Por si te preocupa, padre ya no está. Lo han trasladado a una residencia de ancianos…

—Está bien.

—¿Perdón?

Johannes se sorprendió claramente por mi rápida aceptación. Pero cuando se dio cuenta de que no iba a cambiar de opinión, asintió.

Tenía mis razones.

De todos modos, tenía asuntos que atender en la mansión, y parecía que mis desgracias se estaban contagiando a quienes me rodeaban.

Si tuviera que compartir esta desgracia, bien podría ser con Johannes, alguien a quien no me sentiría culpable por afectar.

Viajé con él en el carruaje y nos dirigimos hacia la tumba de mi madre.

Parecía creer que yo estaba de luto por mi madre fallecida, pero mi verdadero propósito era romper la maldición.

Mientras yo seguía dando vueltas alrededor de la tumba, Johannes me preguntó qué estaba haciendo, pero solo le dije que sentía nostalgia.

Tras medio día de búsqueda, encontré una cueva. A diferencia de años atrás, ahora estaba bloqueada.

Tras pensarlo un poco, contraté a unos obreros para que cavaran hasta abrirlo.

—¿Qué es exactamente lo que intentas hacer? ¿Piensas volver a usar la nostalgia como excusa?

—Solo quiero que vuelva a ser como antes. Deja de armar un escándalo y no te metas en mis asuntos.

La excavación llevó algún tiempo, pero fue un éxito. Los trabajadores se aseguraron de que la cueva no se derrumbara.

Una vez dentro, el paisaje que había visto antes permanecía intacto.

Las conocidas tallas de madera y un sinfín de libros.

[Dios nos ha abandonado.]

El texto antiguo que había visto hacía mucho tiempo seguía escrito allí.

Resultaba extraño que el interior permaneciera intacto a pesar de que la entrada se había derrumbado.

—¿Por qué está esto aquí…?

Johannes parecía realmente sorprendido, pero como era la segunda vez que lo veía, no me afectó demasiado. ¿O tal vez fue la medicina?

Ahora que lo pensaba, tampoco me sorprendió demasiado la primera vez. Mi padre había descuidado a mi madre incluso cuando estaba viva, así que no me extrañó que hubiera elegido su lugar de entierro con tanta negligencia.

Era un auténtico cabrón.

Sosteniendo una vela, exploré la oscura cueva y recogí varios libros. Envié a Johannes afuera porque estorbaba.

Justo cuando estaba a punto de salir de la cueva, sucedió.

Sin previo aviso, la entrada se derrumbó.

Estaba atrapada dentro.

Increíble.

Sabía que esto iba a pasar.

Afuera había un alboroto, pero yo permanecí indiferente.

Sentía que el aire se me escapaba, pero de alguna manera, yo estaba bien.

Por aburrimiento, hojeé algunos de los libros.

[Nosotros, los apóstoles, nos hemos reunido para buscar el entendimiento del Todopoderoso.]

Así empezó la historia.

Fue una reunión de aquellos que cuestionaban la existencia de Dios.

Entonces descubrieron demonios y registraron lo que encontraron hasta que un demonio quedó incrustado en su libro.

El contenido estaba plagado de relatos poco fiables.

Pero el libro sí reveló lo que el demonio deseaba.

[Para superar al único dios, Carlino.]

[Dentro del vientre de la diosa, Carlino prevaleció, y el demonio, vencido, solo deseó despedazarlo.]

[Sin embargo, incapaz de vencer a su hermano, el demonio cambió de propósito y buscó compartir su propia derrota con otros.]

[Así fue como puso su mirada en la ruina de todo lo que su hermano apreciaba.]

«La bendición de Carlino es realmente asombrosa. Incluso cuando interviene un demonio, sigues estando de una pieza, ¿eh?»

En ese momento, una avalancha de pensamientos ridículos inundó mi cabeza.

—¡Señorita! ¿Se encuentra bien? ¡Debe tener dificultades para respirar! ¡Por favor, aguante! ¡La rescataremos pronto!

Los trabajadores que estaban afuera gritaban mientras intentaban despejar la cueva bloqueada. Pero de repente me surgió una pregunta.

¿Por qué necesitaba salir?

El aire se enrareció cada vez más, dificultando la respiración. Tenía alucinaciones y pensé que tal vez moriría hoy.

Pero mi instinto de supervivencia seguía aferrándose a la vida. Si de verdad Dios me había bendecido, quería acabar con esta maldición.

—…Demonio.

No estaba segura de qué me impulsó a decirlo, pero jadeé en busca de aire mientras gritaba.

La silueta que tenía delante se multiplicó hasta convertirse en decenas. Entre ellas aparecieron rostros conocidos.

Cuando vi a Dietrich, por un instante pensé que aún me estaba recuperando en su mansión. El hombre destinado a ser mi última desgracia.

—…Te daré algo a cambio, así que déjame ir.

Jadeaba mientras contemplaba el aire brumoso que tenía ante mí.

[Una vez que se forja un pacto, no se puede romper. Sin duda, se deberá realizar algún pago.]

Si, como decía el libro, no había escapatoria…

—Te daré algo que Carlino ama más que yo.

Aquellos que estuvieron en la cima de este mundo.

Aquellos nacidos con una gloria y nobleza sin igual.

Incluso se les llamaba los testaferros de Carlino.

—Te transmitiré la fe que profesa la familia imperial.

Había incontables personas en este mundo, y no era la única a quien Dios amaba.

Y entre ellas, algunas eran las más exaltadas.

—De esa forma, Dios se entristecerá profundamente cuando aquellos que una vez lo siguieron se vuelvan para adorar algo malvado.

Justo antes de desmayarme, oí una risa burlona resonar en mis oídos. Ya había oído esa risa antes…

Ah, sí. Fue durante el accidente de carruaje.

—¿Cómo pudiste lograr eso? Tu padre ni siquiera te dio una educación decente. Eres la personificación de la estupidez. Todos los humanos somos tontos, pero tú eres el peor.

No sabía si era una alucinación, pero respondí de todos modos.

—Hasta alguien tan tonto como yo puede hacer esto.

—¿Ah, de verdad?

—Convencer a la gente de que busque una nueva fe no es difícil. Solo necesitas sanar su dolor y concederles sus deseos justo delante de ellos.

Desde niña siempre había pensado en esto. Si apareciera un rayo de luz y me salvara como por arte de magia, me consagraría a él, sin importar de qué se tratara.

—Pero no tienes la capacidad de hacer eso, ¿verdad?

—Puedes ayudarme.

Así fue como empezó todo.

Una mujer enloquecida por la desgracia no se preocupaba por lo que le sucediera al mundo.

Lo único que le importaba era escapar de su miseria.

El mundo no significaba nada para ella.

La familia imperial no era más que un verdugo para ella, una fuente de sufrimiento. Si el demonio quería jugar con ellos como si fueran una pelota, a ella no le importaba.

No estaba segura de si ese sentimiento era una mezquina venganza o no.

[Un pacto con un demonio es el camino más seguro para atar las almas de los hombres y cosechar lo que les corresponde. Sin embargo, incluso el demonio se ve obligado a caminar dentro de los límites de la ley que ha invocado.]

Nadie escapa del escenario.

En ocasiones se conceden excepciones, pero conllevan un coste mucho mayor.

Cuando finalmente me rescataron, sentí que algo dentro de mí había cambiado. Los efectos de la medicina habían desaparecido hacía tiempo.

Había algo más inusual.

—Buen día.

El demonio comenzó a hablarme.

En la cueva, había estado alucinando. Lo que dije entonces no fue con plena consciencia, así que ahora no estaba segura de nada.

Pero cuando recibí una carta del palacio, me di cuenta de que era una oportunidad.

La carta decía que el emperador, preocupado por la serie de accidentes —incluido el accidente de carruaje y el haber quedado atrapado en la cueva—, me había convocado.

Era, por supuesto, un pretexto para presionarme para que me casara. La noticia de que había hecho una gran donación al templo se había extendido y estaban ansiosos por conseguir mi mano.

—Ahora es tu oportunidad, Charlotte.

El demonio susurró.

Nunca antes había conocido al emperador.

Cuando lo hice, me sentí bastante decepcionada.

Un cuerpo grotescamente redondo, con la piel demasiado grasosa; nada que ver con la imagen que tenía del emperador cuando era niño. Cojeaba como si una rodilla le doliera por la edad.

—¿Qué opina, Su Señoría? Algún lunático afirma que el mundo es redondo. Si el mundo fuera redondo, ¿serían los terrenos de mi palacio tan planos? El hecho de que el mundo sea cuadrado es una ley inmutable.

Al emperador le gustaba alardear de sus conocimientos, pero lo que decía tenía poco valor.

—Dietrich, ¿cuál es tu opinión? ¿Crees que el mundo es redondo?

Pero, ¿por qué estaba Dietrich aquí?

No, en realidad, fui yo quien se unió a su reunión. Llegué un poco antes, con la intención de esperar, pero en cambio, me encontré participando en su conversación.

—…En fin, estoy pensando en emparejar a Lady Charlotte con alguien. Dietrich, ¿qué te parece?

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 156

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 156

El rostro de Dietrich se contrajo de incredulidad, como si estuviera mirando a una mujer que hubiera perdido completamente la razón.

Cuando vi mi reflejo en sus ojos claros, fue como mirarme en un espejo, y la vergüenza me invadió. Me estaba mostrando lo patética que me veía.

Pero Dietrich, ¿lo sabías? Esta es mi mejor opción.

Puede que pronto me vea obligada a casarme. Hay demasiada gente deseosa de quedarse con mi fortuna.

Probé otros métodos, pero todos fallaron.

Saltar al estanque era mi último recurso, y hasta eso lo arruinaste.

—Dietrich, Dietrich… por favor, solo…

Sálvame.

Aun sabiendo cómo me veía, me aferré a él porque no tenía a dónde más acudir.

Él fue la única persona en mi vida que se aferró a mí.

Incluso cuando le hacía peticiones irrazonables o me equivocaba al hablar, él solía sonreír amablemente. Eso fue hace mucho tiempo, pero aún seguía atrapada en ese recuerdo.

—¿No te lo dije antes? Si me dejas, te arrepentirás.

Intenté comprender el significado de sus palabras, y entonces lo comprendí: aquellos duros ojos violetas del pasado nublaron mi mente.

¿Acaso su vida no era más que una extensión de esos amargos recuerdos?

—¿Lo ves? Ahora te arrepientes.

Mientras hablaba, me secó las lágrimas que corrían por mis mejillas.

No me arrepentía de nada.

—Cásate conmigo.

En ese instante, su mano se quedó paralizada.

—Cásate conmigo.

Sabía que no podíamos volver a aquellos días.

Pero no podía dejar de pensar en aquella boda inconclusa de hace tanto tiempo.

Durante los últimos seis años, solo había pensado en ese día.

¿Y si hubiéramos superado la ceremonia? ¿Y si hubiéramos permanecido juntos?

—Estás loca.

Soltó una risa seca mientras me observaba desenterrar el pasado.

—El pasado es el pasado. Se acabó. ¿Y recuerdas cómo terminamos?

Sus frías palabras me sacaron de mi ensimismamiento.

El hombre que tenía delante no era el amante que una vez tuve. Pero su aspecto inalterado despertó recuerdos y anhelos que me dejaron aturdida.

—Fuiste tú quien me abandonó, y ahora vuelves arrastrándote. Qué irónico. Te lo dije entonces: si sobrevivía, así sería.

¿Por qué seguía aferrándome a él?

Mi juventud había quedado atrás hacía mucho tiempo. Años de un matrimonio en decadencia me habían insensibilizado, haciéndome creer que lo había olvidado.

Pero volver a verlo había reavivado algo en mí.

Ah.

Seguía atrapada en el pasado.

Después de eso, mi vida se volvió tan insoportable que me aferré al recuerdo de aquella breve felicidad. Mi mente se negaba a envejecer al mismo ritmo que mi cuerpo.

Yo seguía siendo aquella niña pequeña, sola.

—…Cuando mi esposo murió, su inmensa fortuna pasó a mí. Al principio estaba feliz, pero ahora hay demasiada gente que intenta apropiarse de ella. Incluso el emperador, que probablemente ni siquiera sabía que existía, ahora me tiene en la mira.

Al darme cuenta de la verdad, lo miré con calma.

—Y entonces regresaste. Por tu culpa, el patrimonio de mi familia está en peligro, y ahora todas las miradas están puestas en mí.

Aunque intenté sonar serena, mi voz reflejaba una profunda tristeza de la que no podía librarme.

—Pensé que me salvaste ese día porque aún te importaba. Si no fue así, pues bien.

Simplemente sostuvo su taza de té, sin decir nada, observándome en silencio.

Finalmente lo entendí.

Solo querías verme sufrir.

Tras la marcha de Dietrich, la oleada de emociones que había sentido se desvaneció.

Volví a sentirme insensible y pasé el día tumbada. Sabía que prolongarlo no solucionaría nada.

Aunque lo intenté con todas mis fuerzas, nunca funcionó.

Hace apenas un momento, pensaba que no quería morir, pero ahora no sentía nada.

—Disculpe, señorita… Hay una carta para usted, del Palacio Imperial y del Templo.

¡Ay, qué fastidio! ¿Otra vez con esto?

Propuestas de matrimonio o acusaciones de ser una bruja que mató a su marido.

Durante días, ignoré las cartas y me quedé allí tumbada.

Había pensado en una nueva forma de afrontar la situación, pero ni siquiera tenía ganas de intentarlo.

Todo lo que hice fracasó.

No porque fuera incapaz, sino porque sentía que estaba atrapada en un lugar donde el fracaso era inevitable.

Y entonces, por alguna razón, me puse de pie.

Iba a ver a Dietrich. Para disculparme.

Mirando hacia atrás, me di cuenta de que fue impulsivo y una locura.

Fue mucho más tarde cuando comprendí que la afección que padecía se llamaba melancolía.

—¡Ah! ¡Ha habido un accidente! ¡El carruaje…!

—¡Dios mío! ¡Que alguien ayude a la señora! ¡Por favor, que alguien ayude!

—¡Hay alguien dentro del carruaje! ¡Haced algo! ¡Todos, levantadlo!

¿Eh? ¿Qué estaba pasando?

Sin duda, iba de camino de ver a Dietrich…

Recordaba que el carruaje se sacudía violentamente, pero después de eso…

«Duele».

Un dolor tan intenso, como si me estuvieran aplastando el cuerpo, me abrumó, y ni siquiera pude gemir como es debido antes de que se me cerraran los ojos.

—Otro fracaso, hm.

Una clara voz de irritación resonó en mis oídos.

Fue extraño. No podía entender lo que la gente a mi alrededor susurraba, pero esa voz era muy clara.

¿De quién era esta voz?

Incapaz de mover mi cuerpo, luché por poner los ojos en blanco y vi la sangre en mi mano. La voz resonó de nuevo.

—La bendición de Carlino es realmente asombrosa. Incluso cuando interviene un demonio, sigues estando ilesa, ¿eh? Me estás escuchando, ¿verdad? Todavía no estás completamente fuera de sí.

¿Quién eres?

—Ya sabes, cuando firmas un contrato, solemos tomar la vida de inmediato. Pero tu vida no funciona así. La bendición de un dios, ¿eh? Algo muy especial.

Mi mente se nubló, lo que me dificultó comprender sus palabras.

Pero una cosa quedó clara.

La bendición de un dios.

Qué irónico para una vida tan miserable como la mía.

—Ah, elegí el objetivo equivocado. Te elegí solo para burlarme de Carlino, y sin embargo…

Ese extraño libro pasó fugazmente por mi mente. ¿Podría ser...?

—No soy precisamente de los que se rinden fácilmente. Oh, ¿qué hago...?

Pero antes de que pudiera pensar más, perdí el conocimiento.

—Sí. Con eso bastará.

Cuando desperté, estaba en una habitación desconocida.

No tenía fuerzas para hablar, y cuando el médico entró y me examinó, suspiró aliviado.

—Estuviste a punto de sufrir un accidente grave. Podrías haber quedado con lesiones permanentes, pero es increíble lo bien que te has recuperado.

Me miró parpadeando como si no pudiera creerlo.

—¿Dónde estoy y quién eres tú?

Apenas logré hablar, pero el médico solo sonrió con incomodidad.

—El maestro llegará pronto. Lo sabrás entonces.

Así que no me lo dirá.

Aunque la situación era extraña, no sentí miedo. ¿Por qué no estaba alerta?

—El medicamento que le receté tiene un efecto calmante. Sentirás un poco de somnolencia y tranquilidad.

Ah, eso lo explicaba.

No es de extrañar que esto resultara tan extraño.

—La bendición de Carlino es realmente asombrosa. Incluso cuando interviene un demonio, sigues estando ilesa, ¿eh?

¿Pero fue todo eso realmente solo un sueño?

Bajé la mirada hacia mi mano herida. Tenía sentido, dado que me había aplastado un carruaje.

«O… tal vez no».

Antes de perder el conocimiento, había visto una herida similar.

Así que no fue un sueño.

En la mesita de noche, vi un objeto familiar.

—Trajimos esto porque parecía ser algo que llevabas contigo.

Era ese libro otra vez.

Recordé las palabras que había oído antes de desmayarme y la mención de la bendición de un dios me resultó incomprensible.

Me sentía fatal tanto antes como después de que apareciera el libro.

Poco después de que el médico se marchara, entró en la habitación un invitado inesperado. La persona que probablemente me había traído hasta aquí…

—¿Dietrich?

Fue realmente inesperado.

Así que fue él quien me salvó de nuevo.

—…Es una suerte que estés a salvo.

¿Por qué me salvó?

Pero, curiosamente, verlo no me impactó ni me aceleró el corazón. ¿Sería por el efecto calmante del medicamento?

—¿Por qué me trajiste aquí? Me odias. Y aun así sigues salvándome.

Por eso me aferré a él con tanta desesperación en aquel entonces.

Con el efecto calmante del medicamento, no podía entender por qué aquella mujer desesperada y emocionalmente afectada había estado tan atormentada.

—…Y sigues comportándote así delante de mí.

—Parece que el carruaje volcó delante de ti. No lo sabía. Gracias por salvarme la vida.

Hablé con calma, pero Dietrich frunció el ceño.

Sin el peso de las emociones negativas, todo parecía más claro.

Debería llegar a un acuerdo con el emperador respecto a la carta de matrimonio. Si lo hiciera, tal vez también me ayudarían a esclarecer las acusaciones de brujería.

Ya había sentido la necesidad de actuar antes, pero siempre lo había evitado por miedo.

Pero ahora ya no tenía miedo.

—¿Por qué estás tan tranquila después de lo que acaba de pasar?

—¿Ah, esto? El médico al que llamaste me dio una medicina. Se supone que me calma. Aunque estoy herida, no siento ningún dolor. Es bastante agradable. ¿Podrías llamar a un sirviente? Debería irme. Ya te he molestado bastante.

Todavía no sabía por qué me había salvado, pero Dietrich me odiaba. Estar cerca de él no era bueno para ninguno de los dos.

—No puedes irte.

—¿Por qué no?

—Acabo de recibir la noticia de que ha habido un incendio en la finca donde te alojabas.

Esto no podía ser una coincidencia.

Entonces Dietrich dijo algo inesperado.

—Quédate aquí hasta que te recuperes.

¿Por qué me estaba ayudando?

Sentí que estaba a punto de comprender. Justo antes de perder el conocimiento, escuché algo.

A pesar de mi estado de calma, una sensación de inquietud se apoderó de mí.

Algo estaba a punto de salir mal.

Ah, ahora lo recuerdo.

—No puedo quitarte la vida, pero puedo quitarte la desgracia.

Mi última desgracia se encontraba justo delante de mí.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 155

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 155

El libro siguió acompañándome.

Incluso cuando dejé la finca y llegué a la capital.

Siempre que ocurría algo similar, aparecían nuevas desgracias.

—Si vas a matarme, hazlo ahora. Moriré con gusto en este mismo instante.

Como era de esperar, no hubo respuesta.

A pesar de amenazar constantemente mi vida de innumerables maneras, permaneció en silencio.

—¿Podría ser que mi desgracia se deba a Dietrich?

¿No era eso una sospecha razonable?

Dejé escapar una risa hueca, mientras miraba fijamente la fría superficie del estanque.

Era invierno.

Con cada respiración, nubes blancas de niebla escapaban de mi boca.

No había encontrado a un hombre adecuado para engañar el plan del emperador.

Cuanto más patético era el hombre, más cegado quedaba por la tierra del oro. Se les hacía agua la boca, creyendo que podían poseerme a mí y al oro.

Solo me quedaba una opción.

Pero mientras pensaba en llevarlo a cabo, una imagen brillante de un hombre apareció en mi mente.

Cometer semejante acto vergonzoso delante de él me hizo dudar. Pronto me recriminé mi necedad al olvidar mi situación actual.

«Tengo que hacerlo».

Si no quería volver a la pesadilla del matrimonio.

Me quité toda la ropa excepto el corsé y la ropa interior y me lancé al estanque.

El agua era más profunda de lo que esperaba, y me asfixiaba. Una parte de mí deseaba morir allí mismo.

No tardaría en aparecer alguien, y cuando lo hicieran, mi reputación quedaría arruinada. ¿Quién querría casarse con una mujer así?

Al cerrar los ojos, mi cuerpo fue bruscamente levantado.

Un fuerte agarre me rodeó la cintura, sacándome del agua por mucho que me debatiera.

—¿Estás loca?

En cuanto salí a la superficie, el agua me llenó la boca y la nariz, provocándome una tos violenta. Me zumbaban los oídos, pero su voz se oía con claridad.

Temblando de frío, lo miré con el rostro enrojecido.

—¿Dietrich?

Vestido para impresionar en una fiesta, el hombre ahora parecía una rata empapada, igual que yo.

Sin duda, fue un reencuentro inesperado.

Ignorando mi estado de aturdimiento, me sacó a rastras del estanque y me arrojó descuidadamente al suelo.

El castigo por saltar a un estanque en pleno invierno fue severo. Todo mi cuerpo se congeló y no podía moverme con normalidad.

El frío me punzaba la piel como agujas, haciendo que cada sensación fuera agonizante.

—Si no quieres morir congelada, ponte esto rápido.

Me arrojó la ropa que había tirado.

—Pronto habrá gente aquí.

—¿Por qué me salvaste? Pensé que te daría igual si vivía o moría.

Su mirada era indiferente, lo que hacía sorprendente que se hubiera molestado siquiera en salvarme.

—¿Todavía me quieres?

El rostro de Dietrich se contrajo en una expresión de incredulidad.

Una pregunta totalmente ridícula.

Después de cómo lo traté al final. Después de todo lo que pasó.

Egoístamente, había disfrazado mi deseo con la forma de una pregunta.

Entonces, una leve sonrisa apareció en sus labios. Me tomó un momento darme cuenta de que era una mueca burlona.

—Sigues siendo la misma de siempre.

En esa sola frase, vertió desdén y hostilidad. En ese instante, deseé haberme ahogado en el estanque.

El hombre que había arruinado mi plan me dio la espalda sin siquiera mirarme.

Apenas pude contener el sollozo que amenazaba con escaparse.

No te vayas.

Naturalmente, no podía asistir a la fiesta estando completamente empapada.

No le había informado a mi pareja de mi ausencia, pero contraer un resfriado terrible tras caerme a un estanque me pareció una excusa razonable.

Durante varios días estuve postrada en cama, debatiéndome entre la vida y la muerte.

Tenía fiebre alta y me dolía mucho la cabeza. Cada vez que una mano fría me rozaba la frente, me sentía reconfortada.

Ya había experimentado esa sensación una vez antes.

Hace mucho tiempo, en una cabaña pequeña y destartalada, un hombre de manos frías me las calentaba y me tocaba las mejillas heladas.

Creí haber soñado brevemente con ese momento.

—…Dietrich.

Debí haber pronunciado su nombre sin darme cuenta, atraída por el recuerdo.

La mano que me acariciaba la frente se quedó congelada.

—Sigues pensando en ese hombre, ¿eh?

Una voz completamente diferente me sacó de mi ensimismamiento.

—¿Qué haces aquí?

Incluso en mi estado febril, lo miré fijamente. Johannes retiró la mano.

—Vine porque tengo asuntos que atender, pero estás en muy mal estado, hermana. Y ese hombre… está vivo.

Sospechaba que Johannes podría saberlo, pero incluso él pareció sorprendido por esta revelación.

—…Ve al grano.

No quería sacar a relucir el pasado con Johannes sin motivo alguno.

—Mi padre está gravemente enfermo.

En ese momento pensé: ¿Y qué? Aunque era mi único pariente de sangre que me quedaba en este mundo, no sentí nada.

Simplemente darme cuenta de algo: al final, se está muriendo.

—Ya veo. Tu padre está gravemente enfermo. ¿Eso es todo?

—Mi padre ya no puede hacerse cargo de ninguna de sus responsabilidades, así que me han confiado plena autoridad. Pero tras revisar la situación, descubrí que la familia está siendo investigada por varios asuntos problemáticos.

—¿Y qué esperas que haga al respecto? Soy una mujer casada, alguien que ha roto lazos con la familia.

—Esto también te concierne a ti.

—¿Qué quieres decir?

—Tu expareja parece tener una red de contactos bastante extensa. Todas las personas que dirigen la investigación están estrechamente vinculadas a él.

—¿Estás diciendo que Dietrich hizo esto?

—Sí. Parece que guarda rencor por sucesos del pasado.

¿Podría ser esta desgracia otra maldición traída por el libro? La idea me cruzó por la mente, pero negué con la cabeza.

Esto fue simplemente la consecuencia de pecados pasados.

—Hermana, somos la única familia que nos queda. Entiendo que tú también estás en una situación difícil. Sientes presión para volver a casarte, ¿verdad? Puedo ayudarte con eso.

No pude evitarlo, le di una bofetada en la cara.

—Todo esto es culpa tuya. Rompiste tu promesa y trataste de matarlo. Ahora ambos estamos pagando las consecuencias.

—¿Pagando las consecuencias? —Johannes repitió, con tono incrédulo—. Solo los perdedores pagan las consecuencias, hermana. ¿De verdad no entiendes por qué hago esto? ¿Crees que la venganza de ese hombre va dirigida únicamente contra mí? No eres diferente a mí. Pronto, también te apretará la soga al cuello. Te han llevado de un lado a otro, ¿acaso has logrado proteger algo como es debido? ¿Y te atreves a hablar de pagar un precio?

Durante los cinco años de mi miserable matrimonio, la vida de Dietrich había estado teñida de sangre.

Me había aislado del mundo y solo recientemente me enteré de los rumores.

Circulan historias de que Dietrich estuvo a punto de perder una extremidad o de escapar por poco de la muerte en varias ocasiones.

Si bien yo simplemente había vivido una vida predeterminada, personalmente había cortado el camino que Dietrich podría haber tomado.

—No me importa.

—¿Qué?

Respondí a su burla con una sonrisa irónica.

—Si tienes razón, entonces la perdedora soy yo. Los perdedores deben pagar las consecuencias.

—…De verdad que…

Poco después de mi discusión con Johannes, su predicción se cumplió.

Se extendieron rumores de que la propiedad que había heredado estaba maldita.

Murmuraban que tal vez allí vivía una bruja.

A este paso, podrían celebrar un juicio por brujería. Casi con toda seguridad me acusarían y me confiscarían mi fortuna.

Tal como dijo Johannes, no pude hacer nada.

Me torturarían hasta morir solo en una habitación oscura y vacía. ¿Qué sentido tenía esforzarme tanto por heredar esta propiedad si este era el resultado?

El templo codiciaba mi oro, así que probablemente colaboraron con Dietrich.

Tenía un sentido del humor cruel.

Si iba a hacer esto, no debería haberme salvado entonces. O tal vez me salvó solo para ver cómo se desarrollaban los acontecimientos.

Fue cuando ya no podía más que Dietrich vino a verme.

Se sentó en silencio, como si me estuviera observando.

—No esperaba que vinieras a verme.

Como permaneció en silencio, rompí el hielo.

Pensaba que, si volvía a verlo, sería como una criminal culpable, esperando en silencio el juicio. Pero en cambio, me consumió la autocompasión.

¿Por qué soy la única que sufre así?

No te abandoné porque quisiera.

Aunque se lo explicara ahora, Dietrich lo vería simplemente como una excusa.

—Ese día, ¿por qué me salvaste del estanque?

Respondió a mi pregunta repentina con tranquila indiferencia.

—¿Acaso salvar a alguien requiere una razón?

—Pero me has tratado con tanta crueldad desde entonces. Así que sí, creo que es necesaria una explicación. Ya sé que estás detrás de todo lo que me está pasando.

En retrospectiva, la causa de sus acciones podía rastrearse hasta el pasado.

—Recuerdo la expresión de tu rostro cuando me salvaste.

La conmoción y la ira no se debían únicamente a la repentina situación.

—Me salvaste del estanque porque una pequeña parte de tus sentimientos pasados ​​aún permanecía.

 

Athena: A ver, para mí, viendo el desarrollo de todo, claro que es una excusa. Sinceramente no lo veo justo. Él se merecía mucho más. Lo peor que pudo pasarle fue conocer a Charlotte.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 154

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 155

La mansión anhelaba sombras.

Mi esposo falleció cuando comenzó la temporada de monzones.

Ya habían pasado meses y el monzón debería haber terminado. Pero las nubes oscuras seguían aferradas a la mansión, negándose a marcharse. La lluvia parecía haber olvidado cómo parar.

Las tierras de cultivo estaban en ruinas, y la visión constante de cielos ennegrecidos sembraba la desesperación en los corazones de la gente.

Por primera vez, esta tierra fértil, antaño llamada el "Territorio Dorado", recibió la etiqueta de estar maldita.

—Con esto, la herencia completa ha sido transferida oficialmente a ti, hermana.

Johannes permaneció en la finca durante meses, manejando el caos a su antojo.

No me quedaba más remedio que mantenerlo cerca; era mi único aliado. Con los familiares de mi difunto esposo involucrados en la disputa por la herencia, no estaba segura de poder vencerlos sola.

Al final, mi bando ganó la batalla por la herencia.

La mujer que afirmaba ser la amante de mi marido y decía que el niño era suyo quedó al descubierto: el niño no era suyo, sino de otra persona. Sus afirmaciones fueron desestimadas por infundadas.

—Ahora que todo está resuelto, vámonos a casa. No creo en supersticiones, pero este lugar parece maldito. Nunca había visto tantos accidentes e incidentes sin motivo aparente.

Las velas se caían de sus candelabros y quemaban las cortinas, las estanterías se derrumbaban sin motivo aparente, y la vida misma parecía estar constantemente al borde del desastre. Incluso Johannes parecía creer que la mansión estaba maldita.

Parecía agotado.

—Esta es mi casa ahora, Johannes.

—¿Hablas en serio?

—La heredé, así que ahora es mi casa, ¿no? ¿Me equivoco? Ya me has ayudado bastante, así que puedes irte.

Sus cejas se arquearon ligeramente, como si se burlara de mí.

—¿Y qué has hecho exactamente mientras yo me encargaba de asegurar tu herencia?

—Sí, gracias por ayudarme.

—Hermana.

Me llamó con suavidad, como si me estuviera persuadiendo. Qué asfixiante.

—El dinero que no has ganado por ti misma tampoco puede protegerse por ti misma. Parece que aún no lo entiendes.

Odiaba su actitud arrogante, como si lo supiera todo.

Era todo lo contrario a cuando éramos niños. En aquel entonces, yo había sido criada como una noble, conociendo las normas de etiqueta y adquiriendo conocimientos, mientras que él era un niño pobre sacado a la fuerza de los barrios bajos.

Eso fue hace tanto tiempo que me resultaba extraño recordar que alguna vez hubiera sido cierto.

Mi padre sentía predilección por Johannes y contrató para él a los tutores más renombrados.

A mí, su propia hija, solo me proporcionó lo mínimo indispensable. Siempre había tenido la intención de legar el legado familiar a Johannes.

Johannes no tardó en superarme tanto en conocimientos como en refinamiento.

—Johannes, antes de morir mi marido, dijo algo extraño.

Hablé despacio, mirándolo a los ojos verdes y arrogantes.

—¿Recuerdas lo que pasó hace cinco años? No creo que hayas cumplido tu promesa.

—¿Qué intentas decir, hermana?

—Hace cinco años me prometiste que lo mantendrías con vida. ¿Por qué no lo hiciste?

Por un breve instante, el rostro de Johannes se contrajo ligeramente.

—¿Por qué sacas a relucir algo de hace cinco años ahora?

—Porque nos volvemos a ver después de cinco años.

—…No me digas que aún te aferras a alguna idea romántica sobre un antiguo amor.

—Johannes, no me refiero a eso.

—¿Entonces qué es?

El té que teníamos entre nosotros se había enfriado. Las cosas calientes siempre se enfrían rápidamente.

Nunca volvían a entrar en calor.

—Es ridículo. Hablas de proteger mi patrimonio cuando ni siquiera pudiste cumplir una simple promesa.

—Hermana, eso no es…

—Te burlaste de mí, diciendo que no sabía nada. Pero de algo estoy segura: ya no tienes ningún derecho a involucrarte con mis bienes.

Volví a marcar una clara diferencia entre nosotros.

—Gracias de nuevo por tu ayuda. No tenía ni idea de lo que estaba haciendo y estaba completamente perdida, pero gracias a ti, todo se ha solucionado. Tu papel ha terminado, así que vete antes de que te eche a la fuerza.

Johannes permaneció en silencio, con la boca cerrada, sentado inmóvil. Su mirada serena se posó en mí.

Esperé a que tomara su decisión.

—…Muy bien. Si ese es tu deseo, volveré.

El hombre, tras terminar de hacer los cálculos mentales, se puso de pie.

La fría acogida que recibimos al encontrarnos no fue diferente a la de nuestra despedida.

Justo antes de abandonar la finca maldita, Johannes me habló.

—Veamos qué tan bien proteges lo que es tuyo por tu cuenta.

No tardé en darme cuenta del verdadero significado de sus palabras.

Tras la muerte de mi marido, la finca quedó sumida en un silencio asfixiante.

El único ruido había sido el de la lluvia cayendo a cántaros como si estuviera ahogando la tierra, pero incluso eso acabó por cesar.

Por esa época, los visitantes comenzaron a llegar en masa a la finca.

Pretendientes.

Todos anhelaban a la viuda que había heredado tierras ricas en oro.

Los ignoré a todos, pero los rumores sobre una viuda rica se extendieron como la pólvora, y las visitas no cesaron, incluso con el paso del tiempo.

Agotada por la interminable afluencia de huéspedes, la mayoría de los días me encerraba en mi habitación.

Un día, mientras leía el periódico, me topé con la noticia de una victoria en una guerra reciente.

Al final del reportaje, se mencionaba brevemente a una viuda adinerada, pero cerré el periódico inmediatamente.

No estaba segura de cuánto tiempo más había transcurrido.

Llegó un mensajero del palacio imperial.

Era la primera vez que recibía un mensaje del emperador, y me quedé perplejo.

—Por orden de Su Majestad el emperador, deberá asistir a la próxima celebración de la victoria como compañera de Caín Hyperion.

Me quedé atónita.

De vuelta en mi habitación, me quedé sentada un buen rato, intentando asimilar lo que acababa de suceder.

La vida había sido tan asfixiante que ni siquiera me había mantenido al tanto de los asuntos del reino.

Caín Hyperion.

Quizás incluso el emperador deseaba a la viuda con sus tierras de oro. La familia Hyperion estaba muy unida al emperador; prácticamente eran sus primos.

En la celebración de la victoria, probablemente el emperador intentaría emparejarme con un hombre que no conociera.

—Veamos qué tan bien proteges lo que es tuyo por tu cuenta.

Eso es lo que querías decir, Johannes.

Tenía que protegerme.

Me negaba rotundamente a volver a casarme. Apreciaba el silencio asfixiante de mi finca.

Nadie me hablaba, nadie me tocaba. No quería revivir los horrores del matrimonio.

Necesitaba encontrar una solución antes de la celebración.

Pero con el paso del tiempo, me di cuenta de algo irónico.

La única forma de evitar este matrimonio era mediante otro matrimonio.

Necesitaba engañar a todos encontrando a un hombre con menos poder y prestigio que yo para que se hiciera pasar por mi prometido. No un matrimonio de verdad, solo un compromiso.

Si no encontraba a alguien a tiempo, armaría un escándalo en la celebración y arruinaría mi reputación. Ese era mi último recurso.

Pero a medida que se acercaba el día de la celebración, todavía no había encontrado un hombre adecuado.

Me invadió el pavor al pensar que tendría que recurrir a mi última opción.

Sintiendo impotencia, me dirigí a la capital.

La capital era tremendamente ruidosa, muy diferente de mi tranquila zona residencial.

La gente estaba entusiasmada con el ambiente festivo de la celebración de la victoria, y el ruido me dejó exhausto.

La gente decía que mi finca era aburrida y gris, pero yo no deseaba nada más que volver a ella.

Entonces, sucedió.

De repente, la multitud a mi alrededor comenzó a vitorear con entusiasmo, y la emoción en el ambiente se intensificó. La multitud se duplicó a medida que la gente acudía en masa a ver la procesión.

Intenté alejarme, pero me empujaron y me zarandearon hasta que no me quedó más remedio que mirar el desfile.

El sonido de los cascos de los caballos resonaba.

Y al frente de la procesión, vi un rostro conocido.

Su cabello negro azabache era como la noche capturada, y sus ojos violetas brillaban con un resplandor que parecía contener la gloria del mundo.

Al ver esos ojos, me transporté a mi juventud. En aquel entonces, también me había enamorado de esa misma belleza.

Era él.

Aquel que decían que había muerto había regresado con vida.

¿Cómo?

Un torbellino de preguntas y confusión me invadió, pero al final, el sentimiento más fuerte fue el alivio de saber que estaba vivo. Ya no tenía que cargar con el peso de la culpa.

En medio de la multitud, me quedé allí, aturdida, observándolo mientras pasaba.

Los vítores ensordecedores ahogaron mi voz, impidiéndome llamarlo, y la multitud me impidió acercarme.

Aunque la multitud se hubiera dispersado, probablemente no me habría acercado a él.

Había pasado demasiado tiempo.

Él había alcanzado un nivel que yo ya no podía alcanzar.

Ya no era el hombre de la cabaña.

Era una persona completamente diferente.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 153

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 153

Mi marido me castigaba cuando le desobedecía y a veces me encerraba en una habitación vacía.

Fue puro terror.

En aquella habitación vacía, sentí que estaba perdiendo la cabeza. La soledad sofocante me abrumó.

A veces me dejaba allí durante días sin siquiera darme un sorbo de agua.

Ese día, apenas me habían dado el alta del confinamiento, y ya se cumplían tres años de nuestra boda.

Pero después de estar atrapada durante tanto tiempo en ese espacio oscuro y vacío, no tenía forma de saber qué día era. Ni siquiera podía distinguir cuándo salía o se ponía el sol.

Pasé esos días contando mechones de pelo con la punta de los dedos en la oscuridad, soportando la monotonía interminable.

Cuando finalmente regresé a mi habitación, había un libro extraño sobre mi cama.

Era un objeto que había recogido hacía mucho tiempo de la tumba de mi madre. Al principio me había interesado, pero con el tiempo perdí el interés.

¿Por qué estaba aquí ahora?

Intenté dejar el libro a un lado sin pensarlo mucho, pero en ese momento, las páginas se pasaron solas. Ni siquiera soplaba la más mínima brisa.

En la página que se había abierto, había una línea de texto.

—Dime qué quieres. Te lo concederé todo.

Una página cualquiera me reveló ese mensaje. Debería haberlo ignorado o haber sentido un escalofrío recorrer mi espalda, pero tal vez porque no tenía a nadie en quien confiar, me quedé mirando las palabras como si estuviera bajo un hechizo.

No creía en supersticiones, pero en ese momento estaba desesperado.

¿Qué quiero?

—Quiero que ese viejo se muera.

El hombre que me golpeó, me encerró y, a menudo, ni siquiera me daba agua.

Pero mi deseo no se hizo realidad.

Ni al día siguiente, ni al otro, ni al siguiente.

No importa cuánto tiempo hubiera pasado.

Finalmente, llegué a la conclusión de que aquel día debí de estar tan abrumada que me lo había imaginado.

No pude encontrar el libro de nuevo, por más que lo busqué.

Con el paso del tiempo, me olvidé de ello.

[…”Oso de peluche viejo pero que no sufre de olvidos” Progreso: 56%]

Los años pasaron.

—Charlotte, ¿llovió ayer?

Se estaba haciendo mayor y su memoria se estaba deteriorando.

—Llovió hace una semana. Y me lo preguntaste hace un momento.

No, su memoria no era solo mala para su edad, sino que era terriblemente mala.

Mi padre, que era mayor que él, seguía muy lúcido. Para mí, eso fue desalentador.

—Mmm. ¿Lo hice? Charlotte, ayúdame a desvestirme. Quiero tomar un baño.

Mi marido siempre me tenía a su servicio. Para él, yo no era más que la sirvienta perfecta.

No mostró compasión alguna, y en cuanto entré en la habitación, me obligó a atenderlo. Al principio de nuestro matrimonio había sido insoportable, pero ahora ya me había acostumbrado.

—Ya te bañaste antes.

—¿En serio? Por cierto, Charlotte, ¿llovió ayer?

Su pérdida de memoria ya era notoria antes, pero últimamente había empeorado mucho.

Se había vuelto cada vez más senil, y a veces, cuando yo no estaba presente, tenía rabietas violentas.

—Llamaré al médico si te encuentras mal.

Llevaba mucho tiempo deseando que se muriera, pero como aún estaba vivo, hice la sugerencia por cortesía antes de que pudiera provocar otro arrebato.

—¿Un médico? Pero no estoy enfermo, Charlotte.

Sin nada más que decir, me quedé callada. No quería seguir hablando con él.

Entonces, de repente, empezó a reírse entre dientes y estalló en carcajadas.

Últimamente lo hacía con frecuencia, así que, como siempre, lo ignoré.

Pero entonces dijo algo inesperado.

—¿Sabes por qué está bien que te trate como yo quiera?

¿Acaso iba a volver a sacar a relucir mi reputación manchada?

Sabía que mi valor en el mercado matrimonial se había desplomado después de lo que pasó con Dietrich. Mi marido no dejó de sacar el tema después de casarnos.

—Porque tu padre me dijo que no había problema.

Era la primera vez que oía eso.

—Dijo que eras una mocosa y me ordenó que te educara adecuadamente.

Después de tres años, ya me había acostumbrado a los insultos. Sorprendida, sí, pero no impactada.

Al ver mi falta de reacción, mi marido me asestó otro golpe cruel.

—¿Ah, sabes algo de esto? Tu amante antes de que nos casáramos.

La inesperada mención de ese hombre por sus labios hizo que, involuntariamente, cruzara mi mirada con la suya.

Habían pasado tres años desde que nos separamos. Su recuerdo ya comenzaba a desvanecerse de mi mente.

¿Por qué mencionarlo ahora?

—Oí que lo vendieron a una tierra desolada. Probablemente ya esté muerto en algún campo de batalla.

—¿Qué?

No pude comprender sus palabras de inmediato.

Johannes me lo había prometido.

Dietrich…

«Dijo que le perdonaría la vida, pero nunca dijo que lo dejaría en libertad».

Johannes debió de saber lo que yo realmente quería: que Dietrich viviera en paz y recuperara su vida.

Y, sin embargo, había jugado a ese cruel juego de palabras. ¡Qué ridículo debió parecerle mi desesperado deseo!

—Pregunté por noticias sobre él por curiosidad, y me enteré de que había muerto.

Después de eso, mi marido siguió profiriendo insultos con la intención de humillarme, pero ninguno me afectó.

Había aprendido a soportar muchas cosas, pero los recuerdos de aquel antiguo amor eran diferentes.

Podía tragarme cualquier pastilla amarga, pero esta se me había atascado en la garganta y se negaba a bajar.

Aun así, como siempre, seguí adelante.

Lo único que podía hacer ahora era ofrecer mis disculpas y llorar la pérdida de la persona que había perdido.

La memoria de mi marido se fue deteriorando gradualmente.

Ya no podía gestionar adecuadamente los asuntos de la herencia, y las tareas más sencillas me fueron delegadas.

Nunca había estudiado administración de fincas, y nadie esperaba que tuviera la capacidad de resolver asuntos relacionados con la tierra.

Lo único que tenía que hacer era poder firmar con mi nombre.

El otrora poderoso señor se había quedado mentalmente vacío, y como no se ocupaba de nada, el poder de decisión recayó en mis manos.

Y no tenía ninguna intención de dejar escapar esa oportunidad.

Mi esposo, que se había ido debilitando cada vez más, no duraría mucho más. Su fortuna y el control de la herencia familiar pronto serían míos.

La libertad se acercaba.

Impulsada por esa convicción, hice todo lo que pude.

Como era de esperar, mi marido no vivió mucho tiempo.

Se aferró obstinadamente a la situación durante un año más.

Pero después de cinco años de matrimonio, finalmente falleció.

El hombre que me castigó y encarceló había muerto. Su inmensa fortuna era ahora enteramente mía, y nadie podía interferir en mi vida.

El valor de su herencia era asombroso.

Las tierras bajo las que se extendía la finca eran ricas en oro, y los vastos campos producían cosechas anuales extraordinarias.

Jamás había conocido tal felicidad.

Pero en su funeral, lloré más amargamente que nadie.

Sin embargo, no tenía ni idea del milagro que la montaña de oro pronto traería consigo.

—Qué desgracia la de esta viuda.

… Johannes había venido a verme después de cinco años.

—¿Qué estás haciendo aquí?

Podría haber impedido mi matrimonio hace cinco años, pero no lo hizo. Estaba segura de que nuestra relación había terminado entonces.

Pero Johannes tenía otra idea, como lo demostraba su mirada burlona.

La verdad era simple.

Él había orquestado mi matrimonio, todo mientras esperaba este preciso momento: cuando me convirtiera en viuda sin ningún lugar a donde ir.

—¿Mataste a mi marido?

—Por supuesto que no. Murió solo, y hasta a mí me sorprendió.

Ya había superado la edad para volver a casarme, lo que hacía imposible esa opción. Podía quedarme en la finca o regresar a la casa familiar. Pero si elegía lo segundo, corría el riesgo de perder la herencia que me habían dejado.

No puedo permitir que eso suceda.

Había luchado demasiado por mi libertad.

Cuando regresé a mi habitación, el extraño libro estaba allí de nuevo.

Alarmada, pregunté quién lo había traído, pero la respuesta fue que nadie había entrado en mi habitación desde la última vez que salí.

Una extraña sensación me invadió.

Sentí que algo similar había sucedido hace mucho tiempo…

Una vez más, las páginas del libro se pasaron solas, igual que antes. Aquella imagen familiar despertó recuerdos del pasado.

Sí, esto ya había sucedido antes.

El día en que fui liberada del confinamiento.

—Mata a mi marido.

Esas palabras aparecieron lentamente en una página en blanco, como para confirmar que su muerte no había sido una coincidencia, sino el cumplimiento de mi deseo.

Mi marido se volvió loco y finalmente murió. ¿Podría ser…?

¿Fue este libro la causa de todo? Si es así…

¿Debería desear que Johannes desapareciera?

Aunque llevara tiempo, si este libro pudiera concederme mi deseo…

Esa noche, recé fervientemente.

«Haz desaparecer a Johannes».

Al día siguiente, me caí por las escaleras y me rompí la pierna.

Por una vez, Johannes pareció genuinamente nervioso mientras corría hacia mí. Me sostuvo mientras me llevaban a mi habitación y, poco después, llegó un médico.

—Por el momento, deberá tener cuidado con cualquier movimiento…

El médico dijo algo, pero sus palabras no llegaron a mí.

Yo deseaba que Johannes desapareciera, entonces, ¿por qué terminé herida?

Pero los desastres no terminaron ahí.

En el instante en que salí de mi habitación, la lámpara de araña se desplomó. Si Johannes no me hubiera apartado agarrándome por la cintura, habría muerto en el acto.

—Qué está pasando…

Esto no podía ser una coincidencia; era demasiado ominoso.

Johannes castigó a los sirvientes, culpándolos del mal estado de la mansión, pero yo permanecí paralizado, con una inquietud que se me metía hasta los huesos.

Y los incidentes no cesaron.

Unos días después, una mujer llegó a la mansión acompañada de un niño pequeño.

Ella afirmaba que el niño era hijo del señor fallecido y que, por lo tanto, tenía derecho a heredar la propiedad, no yo.

Por si fuera poco, parientes lejanos del difunto lord, todos deseosos de obtener una parte de la herencia, se unieron para apoyar a la mujer.

Sentía como si todas las desgracias del mundo se me vinieran encima a la vez.

Entonces, alguien me susurró al oído.

—Es hora de pagar las consecuencias, Charlotte.

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 152

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 152

Creo que ya lo mencioné antes.

La historia de cómo viví en un monasterio cuando era joven.

Porque mi madre me abandonó. Y esa madre eras tú.

Pero no me malinterpretes. No te guardo rencor.

En aquel entonces te odié por un breve tiempo, pero ahora lo entiendo.

Fue una decisión que tomaste para protegerme.

Me echaste de menos, ¿verdad? Por eso visitabas el monasterio de vez en cuando, ¿cierto?

Pero, sinceramente, ya no importa. Estoy cansado de buscarle significado a las cosas. Lo único que importa es que te amo, mamá.

En el monasterio casi nunca me hablabas, pero el hombre rubio que venía contigo siempre me hacía preguntas.

Me elogió sin reservas e incluso me llevó a caballito. Fue muy divertido.

Pero sentía inquietud porque me observabas desde la esquina con una mirada incómoda. No podía disfrutar libremente bajo esa mirada.

Entonces, un día.

Como de costumbre, tú y el hombre rubio vinieron al monasterio, pero esta vez, el hombre me visitó solo.

El hombre rubio me dijo la verdad.

—Esa mujer es en realidad tu madre. No pudo vivir contigo debido a circunstancias inevitables, pero ahora está aquí para llevarte de vuelta.

Se presentó como Johannes, tu hermano menor, y me dijo que lo llamara tío.

Ese día, encontré una familia. No tenía padre, pero pensé que esta era la estructura familiar ideal.

Así que tomé la mano del hombre y regresé a casa. Todavía lo recuerdo.

La forma en que tu rostro se contorsionó cuando me viste tomar la mano de Johannes al entrar.

Fue entonces cuando pensé, la circunstancia inevitable que mencionó probablemente era que mi madre no me quería.

Yo era un niño no deseado.

Y entonces tomé una decisión.

Yo también te odiaría.

Lo único que valía la pena ofrecerle a una mujer que me abandonó era desprecio.

Ahora llevaba una vida cómoda, así que ¿qué más daba?

Una vez instalado en la mansión, pude leer libros, dar paseos y comer bocadillos cuando quisiera. Disfruté de esas libertades durante un mes antes de que comenzara mi formación como sucesora.

Para mi sorpresa, Johannes pretendía convertirme en su sucesor. Ni siquiera lo había considerado. Conocía demasiado bien mi lugar como para eso.

Fue fascinante. ¿Por qué un hombre tan guapo y poderoso como él permanecería soltero y sin hijos durante tanto tiempo?

En fin, yo era inteligente, así que enseguida comprendí la situación.

No hagas preguntas innecesarias.

Mi madre me abandonó, y la única persona que me cuidaba era mi tío. Así que me convertí en el niño bueno que seguía sus instrucciones.

Asistí diligentemente a mis clases y me comporté de una manera que Johannes aprobaría.

Pasó el tiempo. Mucho tiempo, tal vez.

Una noche.

En plena noche, mi madre irrumpió en mi habitación y me despertó. No me explicó nada, simplemente me agarró y me obligó a vestirme mientras yo protestaba.

—Tenemos que irnos. Tenemos que irnos ahora —fue todo lo que dijo.

¿Sabes lo que pensé en ese momento?

¡Mi madre me está abandonando otra vez!

Entonces grité.

Los sirvientes entraron corriendo en mi habitación y, poco después, llegó mi tío.

Johannes evaluó la situación y te confinó de inmediato. Me sentí un poco culpable, pero Johannes me tranquilizó.

Me dijo que le informara de inmediato si volvía a ocurrir algo así.

Dijo que, aunque no estábamos emparentados por sangre, estaba dispuesto a ser mi padre.

Me sentí muy seguro.

Y así fue como me convertí por completo en hijo de Johannes.

Después de que te encerraron, seguí con mi vida diaria con normalidad. A veces pensaba en ti, pero ¿qué podía hacer?

Todo fue culpa tuya.

En aquel entonces, no sabía nada, así que pensé que eras tonta y estúpida. Y cruel también.

Johannes te encerró, pero te cuidó con esmero. La comida que te daba era mucho mejor que la que yo tenía en el monasterio.

Pero te negaste a comer nada. ¿Sabes lo que pensé?

Que eras una mujer mimada que daba todo por sentado.

Una mujer desagradable que aceptaba el maltrato como si fuera algo normal.

Una mujer tan ajena a su precaria situación que no se daba cuenta de que la amabilidad de Johannes era lo único que la mantenía fuera de la calle.

Pero ahora lo entiendo.

Incluso ahora, probablemente no me quieras.

Eso es porque te han robado todo lo que amabas.

¿Qué se siente cuando te arrebatan todo lo que amas?

En aquel entonces no lo habría sabido.

Porque nunca había perdido nada.

Eres la persona más desafortunada que he visto en mi vida.

Cuando finalmente saliste de esa habitación, chasqueé la lengua. ¡Qué terca debías de ser para salir luciendo aún más frágil y demacrada que antes!

Johannes me sugirió algo.

—¿Qué te parece si cuidas de tu madre?

Como ella rechazó todo lo que Johannes le ofreció, parecía que no le quedaban más opciones.

Como era Johannes quien lo pedía, acepté sin dudarlo mucho, pero incluso a mí me pareció extraño.

Si fueras tú, probablemente odiarías cualquier cosa que te diera.

Me preocupaba decepcionar a Johannes.

Pero ese no fue el caso.

Cuando traje la comida, te viste sorprendida, mamá, pero no dijiste nada.

Ni siquiera te enojaste conmigo cuando te grité. Honestamente, en parte fue culpa mía que hayas terminado así.

No me arrepentí, pero no pude quitarme de encima la sensación de inquietud.

Como permaneciste en silencio, seguí las instrucciones de Johannes y cogí la cuchara para darte de comer directamente.

Y terminaste tu comida.

Poco después, tu estómago no pudo soportarlo y vomitaste todo.

Observé tu reacción en silencio. Fuiste tan obediente, madre, que sentí que ahora era el momento adecuado para preguntar.

—Madre, ¿por qué me abandonaste?

Te lo pregunté directamente.

Quizás debería haber suavizado un poco la pregunta, pero ¿qué sentido habría tenido? No importaba cómo la formulara, ella me abandonó igualmente.

¿Sabes lo que dijo?

—No sabía que ibas a nacer.

¿Me estás tomando el pelo? ¿Se supone que esa es una respuesta?

Nací, ¿qué clase de cosa es esa?

Me quedé tan estupefacto que no pude responder, y entonces mi madre me preguntó algo.

—…Aunque naciste así, sigo esperando que seas feliz. ¿Eres feliz ahora?

Una vez más, me quedé sin palabras.

¿Me estás diciendo que no era el hijo que querías, pero aun así esperas que sea feliz?

Y tu expresión en ese momento… no la pude entender en absoluto.

Como si estuvieras dispuesto a renunciar a todo solo para asegurar mi felicidad.

Pero, en cierto modo, sentí alivio. Al final, no parecía que me odiaras.

Quizás podríamos llevarnos mejor de lo que pensaba.

¿Fue entonces cuando empezó el problema?

—Mira, ese es solo tu propio deseo.

Alguien me susurró.

Cuando regresé a mi habitación, había un libro extraño allí.

Madre, ¿te acuerdas?

Hace tres años, cuando estábamos en la mansión.

Cuando Dietrich estaba siendo controlado por los muertos vivientes, encontramos parte de ese libro juntos.

Lo que tenía en mi habitación era la versión original de ese libro.

El libro me conmovió.

—Escribe lo que deseas y te lo concederé.

¿Qué crees que hice?

Ah, mira eso.

Dietrich ya está aquí.

Pero Madre… te has convertido en una con el anillo.

Un hombre cubierto de sangre terminó de subir las escaleras, y Noah Deschultz se sentó allí acunando a Charlotte, que dormía profundamente como si fuera un tesoro incalculable.

—Lord Deschultz.

Dietrich habló con franqueza, con la mirada fija en el chico.

—No. Noah.

Con todos sus recuerdos de la mansión restaurados, Dietrich recordaba a Noah con claridad.

—Hola, Dietrich.

El chico respondió con la misma calma, dirigiéndose al hombre que compartía su misma sangre.

—He venido a llevarme a Charlotte conmigo.

—Lo sé.

—¿Me la entregarás?

Dietrich no amaba a nada ni a nadie excepto a Charlotte.

Todo aquello que una vez apreció había desaparecido hacía mucho tiempo.

Charlotte era todo lo que le quedaba, así que amarla solo a ella fue una conclusión natural.

Pero para Noah fue diferente.

El hecho de que solo fueran tres en la mansión tenía un profundo significado para él.

Porque, aparte de ellos tres, no había nadie más.

—Aunque te lleves a mamá, no podrás salir de este lugar. Así que espera un poco.

Noah no especificó cuánto tiempo duraría "un poco" ni cuándo llegaría el momento adecuado.

Así que esperó a que Charlotte abriera los ojos.

Finalmente, cuando sus párpados comenzaron a temblar, él le quitó con cuidado el anillo del dedo.

—Tómalo, Dietrich.

—Esto es…

Era el anillo que Noah le había dado antes.

—Ni siquiera cuando llevaba este anillo, Charlotte me quería.

—Por supuesto que no, Dietrich. ¿De verdad te lo creíste?

Noah se burló de él por su ignorancia.

—Mamá te ha amado en cada momento. Incluso antes de que te diera el anillo. Así que el anillo no tenía ningún significado.

Ya tenías lo que querías desde el principio. ¡Qué tonto, vagando sin rumbo todo este tiempo!

El rostro de Dietrich reflejaba asombro, como si jamás se le hubiera ocurrido pensar en ello. Al ver esa expresión tan ingenua, Noah no pudo evitar sentirse abrumado.

«Ah. Quizás, después de todo, sí soy hijo de Johannes. La forma en que se me revuelve el estómago al ver esto».

—Entonces, ¿por qué me diste el anillo?

—¿No querías recuperar tus recuerdos?

Noah no le dio una respuesta clara.

Noah siempre había actuado por el bien de Charlotte, nunca por el de Dietrich.

Así pues, el motivo del anillo no era para beneficio de Dietrich.

Fue todo lo contrario.

«No por Charlotte, sino por ti, Dietrich, para que la ames aún más. Al recuperar tus recuerdos, quería que sintieras una conexión aún más fuerte. Para que estuvieras dispuesto a morir por ella. Igual que yo. No hay otra manera».

Leer más
Maru LC Maru LC

Capítulo 151

Confinada junto al protagonista de un juego de terror Capítulo 151

Mientras yo vagaba, Noah tenía un objetivo claro. Sabía lo que estaba destinado a suceder.

El chico, que lo había predicho todo, se movió sin dudarlo, dejándome paralizado.

De pie al pie de la escalera, la sonrisa de Noah era tan clara como el cristal. Parecía pura, pero debajo se escondía una mezcla de lodo turbio.

En el instante en que vi esa sonrisa, me vino a la mente un vago recuerdo de alguien.

—¡Mirad allí! ¡Es Noah Deschultz…!

—¿Qué… qué es esto? ¿Por qué está Noah Deschultz ahí? ¿No se suponía que debía estar encerrado?

Así como yo me quedé perpleja, la gente que estaba abajo también quedó sumida en la confusión.

—Escuchad todos con atención.

Noah habló con seguridad, imperturbable ante el caos que lo rodeaba.

—Solo una persona que sobreviva podrá subir estas escaleras y marcharse.

—¡¿Qué?!

—¡Oye, Noah Deschultz! ¿Crees que alguien te va a escuchar?!

—Al menos una persona lo hará, ¿verdad?

Noah respondió con audacia, señalando hacia abajo con la barbilla.

Abajo…

—¡Gah!

Era probable que Dietrich estuviera allí.

—¡Sir Dietrich! ¡Por favor, entre en razón!

Pero en ese preciso instante, la voz de Dietrich resonó clara y firme.

—¿Estás seguro de que solo una persona puede subir las escaleras?

—Sí, es cierto, sir Dietrich.

Noah respondió con voz tranquila y devota, como un adorador que reza a un dios.

Pero tras las serenas palabras del niño, se oyeron gritos escalofriantes.

Mis piernas flaquearon y me desplomé en el suelo del quinto piso. No podía ver lo que ocurría abajo, ni tenía fuerzas para comprobarlo.

Sentí que los párpados me pesaban.

El sonido de las espadas blandiéndose y la carne siendo cortada se mezclaba con gritos, taladrándome los oídos.

Un aroma metálico, como el de flores que se abren y que lleva el viento, rozó mi nariz.

Una tormenta de sangre rugía bajo las escaleras.

—Madre.

Noah sabía que esto iba a pasar. Lo sabía desde el momento en que hizo ese trato con la mansión hace tres años.

—¿Sabes por qué llevo el apellido Deschultz?

—Yo… no estoy segura.

No sabía qué decirle al chico. Giré la cabeza para evitar su mirada, pero Noah siguió hablando.

—Entonces tal vez sepas esto. ¿Sabes qué significa Deschultz en lengua antigua? Pravis.

Pravis. Nunca antes había escuchado esa palabra, pero me resultaba extrañamente familiar.

—Significa “glorioso” y “radiante”. ¿No es impresionante? Originalmente, el apellido de la familia Deschultz era Préviche. Pero cuando la familia cayó en desgracia y resurgió, cambiaron el nombre a Deschultz.

Lentamente, levanté la cabeza.

Pravis, Préviche.

—Préviche deriva de Pravis. El emperador le otorgaba este nombre a un caballero para honrar su gloria y esplendor. ¿No es asombroso?

— Noah Préviche ofrece un trato.

—En aquel entonces, todo el mundo conocía a la familia. Pero después de varios siglos, ya no es tan conocida, por lo que muchos la confunden con una nueva casa noble.

—¿Qué intentas decir?

—Alégrate, madre. He cumplido tu deseo. El apellido que querías.

—Noah, todavía no he recuperado la memoria por completo. No entiendo lo que dices.

Nunca le había pedido algo así.

Tenía que ser de un pasado que no podía recordar.

El chico que había sido tan amable conmigo en la mansión debió de estar influenciado por sucesos de hace mucho tiempo.

—No tuve padre. Por eso heredé tu apellido, madre. Pero siempre quisiste que llevara el apellido Préviche. Así que dejé la mansión y la compré. El nombre había cambiado a Deschultz después de cientos de años, pero sigue siendo el mismo linaje y conserva el mismo significado.

Noah siempre tenía una razón para sus acciones. Irónicamente, esa razón a menudo me llevaba de vuelta a mí.

Me había preguntado por qué compró el apellido familiar, y ahora me daba cuenta: también era por mí.

—¡Por ​​favor! ¡Sir Dietrich, no haga esto!

—¡AAAAAAGH!

Los gritos aún resonaban desde debajo de las escaleras.

Noah ignoró el caos como si no pudiera oírlo y se acercó a mí.

—¿No hay manera de detener lo que está sucediendo ahí abajo?

—Madre, ¿te preocupan las personas de ahí abajo o las horribles acciones de tu amante?

No respondí, pero Noah pareció entender y sonrió, entrecerrando los ojos. Siempre que lo veía sonreír así, no podía evitar pensar que se parecía a alguien.

—Lo que está sucediendo ahí abajo no se puede detener. Se puso en marcha en el momento en que saliste.

—¿Ese fue el trato que hiciste?

—El trato constaba de dos partes principales: garantizar tu salida y cumplir lo que el demonio no había logrado en el pasado, además de gestionar el quinto piso. El demonio quería que me convirtiera en tu peor pesadilla.

En retrospectiva, todos los administradores que conocí desde el primer piso en adelante estaban relacionados con mis dolores del pasado.

Penny, el recuerdo de mi madre. Valek, mi primer amor. Todas cosas que apreciaba, pero que me hirieron profundamente.

Y luego Johannes…

No era del todo una fuente de dolor, pero se había convertido en alguien que solo dejaba recuerdos dolorosos.

—No quiero que seas mi pesadilla.

—Es demasiado tarde.

—¿Por el trato? Si regreso a la mansión, no tienes que hacerlo.

En ese instante, los ojos rojos del niño vacilaron.

Hizo una expresión a medio camino entre la risa y el llanto antes de esbozar una sonrisa burlona, ​​una sonrisa que me recordó a otra persona.

—Me alegra que digas eso de mí, madre. Pero es imposible. El trato no se puede deshacer, y cuando dije que era demasiado tarde, me refería a algo mucho anterior al trato.

—¿Por qué haces todo esto?

Sus sacrificios eran demasiado dolorosos como para llamarlos amor.

—Este es el precio que debo pagar por mis pecados.

—¿Qué pecados? No has hecho nada malo…

—Ya que tenemos tiempo, ¿por qué no tenemos la conversación que siempre has querido tener?

Sus ojos rojos, que me recordaban mi vida en la mansión, se clavaron en mí mientras comenzaba a hablar.

Matar, matar y volver a matar.

El acto espantoso fue interminable.

Si este hubiera sido el Dietrich de hace tres años, se habría desplomado, vomitando.

Pero ahora, Dietrich empuñó su espada con gusto para subir las escaleras. Ya no le importaba nada más.

Los demás lucharon desesperadamente, pero la masacre solo terminó cuando todos y cada uno de ellos estuvieron muertos.

Dietrich, manchado de sangre, intentó subir las escaleras.

Pero las escaleras no le permitieron subir. ¿Acaso la regla de que debía matar a todos había sido una mentira?

Se quedó de pie en silencio, meditando, hasta que oyó un leve suspiro.

¿Quedaba alguien con vida?

Dietrich se giró lentamente.

«Veamos. Allá».

Alguien a quien había pasado por alto, dando por hecho que ya estaba muerto.

—T-Tú…

La voz era apenas un áspero graznido metálico.

Era Vesta, el Sumo Sacerdote.

Charlotte lo había elegido como objetivo primero.

¿En qué estaba pensando? ¿Por qué fue tras él antes que nadie?

—Sumo sacerdote.

Dietrich llamó suavemente al hombre, que apenas podía respirar con dificultad.

—Cuando era niño, una vez me dijiste que todo era simplemente así en la vida, y que debía aceptarlo. Gracias a esa enseñanza, fui al campo de batalla antes incluso de ser adulto. Cuando tuve dificultades, me enseñaste de nuevo acerca de las costumbres del mundo: que todo es la voluntad de Dios, y que nosotros somos simplemente siervos glorificados que ejecutan esa voluntad.

Dietrich giró su hoja empapada en sangre hasta la mitad, dejando que el líquido carmesí goteara como agua, revelando el acero manchado que había debajo.

—Entonces, esto debe ser parte de la voluntad de Dios. Como Sumo Sacerdote, entiendes, ¿verdad? Lo que estoy haciendo ahora no es por mi voluntad, sino por la voluntad de Dios.

—¡Demonio!

Vesta gritó, mientras la sangre brotaba de sus labios.

Pero a medida que Dietrich se acercaba, la voz del sacerdote se quebró y juntó las manos en señal de oración.

—No, por favor…

La oración desesperada hizo que los recuerdos de la juventud de Dietrich volvieran a su mente.

Dietrich había rezado de la misma manera en otra ocasión.

Había suplicado que no hicieran daño a nadie.

Pero nadie había escuchado jamás.

—Esta es la voluntad de Dios.

—…No, niño.

—Morir por Dios.

Sin dudarlo, Dietrich blandió su espada.

A diferencia de los ataques de pánico de Charlotte con su daga, los movimientos de Dietrich fueron rápidos y precisos.

Una vez superado el último obstáculo, la puerta que daba a las escaleras finalmente se abrió.

La historia de Noah me cautivó.

El sonido de pasos que se acercaban me devolvió bruscamente a la realidad.

El asesino solitario subió las escaleras.

Leer más