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Capítulo 18

El destino me traicionó Capítulo 18

—¿Qué?

Clonay se quedó paralizada un instante ante aquella mirada gélida.

Los ojos amarillos que había creído que reflejaban la cálida luz del sol ahora eran tan fríos que le helaban la sangre. Era una mirada llena de desprecio y odio, mucho más allá de la mera hostilidad o la desconfianza.

Sus ojos parpadeaban rápidamente, incapaces de asimilar el repentino cambio de ambiente.

—¿Crees que estás en posición de juzgarme a mí y al duque de Evuteren?

—¡Cielos, nunca lo dije con esa intención! Solo decía que ustedes dos…

—Y, sin embargo, otra vez.

Aveline interrumpió la voz de Clonay como si la estuviera cortando con unas tijeras.

No le interesaban los verdaderos sentimientos de Clonay Huster. Dijera lo que dijera, Aveline encontraría la manera de contradecirlo. Al fin y al cabo, esa era la razón por la que había venido hoy.

Lo único que Aveline había estado esperando era una excusa adecuada. Una excusa para humillar públicamente a Clonay Huster en ese mismo instante.

Su objetivo era erradicarla por completo para que jamás se atreviera a mostrar su rostro en ningún lugar, para librarse de esa molesta presencia de una vez por todas.

Conforme aumentaba el alboroto, la atención de la gente se fue centrando gradualmente en ellas. Sin embargo, solo murmuraban desde la distancia; nadie se atrevía a intervenir.

Clonay sintió una vergüenza indescriptible cuando Aveline chasqueó la lengua delante de ella como si estuviera castigando a una niña descarriada, justo delante de todos.

No tenía ni idea de dónde provenía la ira de Aveline, pero independientemente del motivo, sabía que ese trato era injusto.

—Parece que la señorita ya no desea conversar conmigo. En ese caso, me retiro.

Sin esperar permiso, Clonay se puso de pie bruscamente. No era precisamente un comportamiento propio de una dama, pero ahora incluso estaban considerando que Aveline había sido la primera en actuar con descortesía.

—Lady Croeta. Me enseñaron que cuanto mayor es el estatus de una persona, más generosa debe ser con quienes están por debajo de ella. Espero que su gracia se extienda a los demás.

Su voz era firme, sin rastro de burla. Parecía que le estuviera ofreciendo un consejo sincero a Aveline.

Y eso fue lo que encendió una llama inextinguible en el pecho de Aveline.

«¿Cómo se atreve? Después de haber sentido algo por el hombre de otra mujer, ¿tiene la audacia de dar consejos?»

Era imposible que Aveline no reconociera esa mirada: esos ojos llenos de una tristeza ridícula, esa expresión insolentemente desolada. ¿Cuántas veces había visto a mujeres mirar a Kazerre de esa manera?

Clonay Huster era solo otra mala hierba que Aveline tenía que pisotear. Tenía que asegurarse de que jamás se atreviera a crecer de nuevo.

Por eso, Aveline estaba dispuesta a hacer cualquier cosa.

No había nada que temer. Lo único que podía perder era a Kazerre Evuteren, y si eso significaba protegerlo, estaba más que dispuesta a convertirse en una villana.

Si pudiera eliminar a todas las mujeres que se atrevieran a rondarle, con gusto se prendería fuego a sí misma como ofrenda.

«Si eso es lo que hace falta para que sigas a mi lado».

Aveline se puso de pie lentamente.

En ese momento, justo cuando Clonay bajaba y luego levantaba la cabeza para despedirse...

Un sonido agudo y estridente rompió la armonía de la melodía de la orquesta, y Clonay giró la cabeza bruscamente hacia un lado.

Temblaba, con los labios ligeramente entreabiertos por la sorpresa ante la repentina bofetada.

—¿Q-Qué es esto…?

—Tenías la cabeza demasiado alta.

Una segunda bofetada despiadada ahogó la protesta de Clonay.

Las damas, de porte refinado, jadearon, cubriéndose la boca con ambas manos. Si bien conocían bien la crueldad de Aveline, esta era la primera vez que recurría abiertamente a la violencia.

El ambiente que la rodeaba era tan escalofriantemente amenazador que nadie se atrevía a intervenir, y mucho menos a acercarse.

La condesa de Gruner, que acudió rápidamente al percatarse del alboroto, no fue la excepción. Incluso mientras presenciaba cómo agredían a su sobrina ante sus propios ojos, no pudo hacer más que patalear con impotencia y angustia.

—Tenías la mirada demasiado baja.

Tras la tercera bofetada, que fue sonora, Clonay finalmente perdió el equilibrio y se desplomó al suelo.

Su cabello, antes cuidadosamente peinado, se despeinó, sus ojos verde intenso se apagaron y perdieron su vitalidad, y su mejilla, antaño clara, se hinchó hasta adquirir un rojo intenso, más allá de lo que cualquier polvo podría disimular.

Finalmente, una sonrisa de satisfacción apareció en sus labios mientras Aveline miraba a Clonay, que permanecía sentada, humillada y desplomada.

Le dolía la mano derecha de tanto golpearla, pero comparado con la euforia del triunfo, el dolor era insignificante.

—Por fin has encontrado una altura de los ojos adecuada, que te corresponde.

—Ugh…

—Incluso podrías estarme agradecida, pues te he enseñado a respetar debidamente a tus superiores.

Con un tono suave, Aveline añadió este consejo antes de quitarse el guante de la mano derecha y tirarlo a un lado, como si se deshiciera de algo sucio.

El guante de encaje blanco inmaculado, ahora manchado con una mota de rojo, cayó ostensiblemente ante los ojos de Clonay.

Sus pupilas temblaron violentamente mientras lo miraba aturdida.

Algo en su interior, que apenas se había mantenido en pie, se derrumbó de repente.

Y algo más, que había estado latente bajo la superficie, comenzó a desbordarse.

Desde el momento en que Clonay vio a Aveline por primera vez, la fuente de esa tensión latente se hizo evidente: era el odio.

Clonay despreciaba a Aveline Croeta. Aborrecía a la mujer que había conquistado a aquel hombre tan apuesto.

La ira desatada por la violencia despiadada se propagó incontrolablemente en un instante.

Y Aveline afrontó sin reparos el furioso resentimiento de Clonay. La lastimera melancolía se desvaneció, revelando una hostilidad cruda que resultó sumamente satisfactoria.

Así que, al final, no era diferente de todas las demás mujeres insensatas que se extralimitaban. Aveline casi sintió alivio.

—¿D-Duque…?

En ese instante, alguien murmuró con voz temblorosa. Aveline, que de alguna manera logró distinguir las palabras, giró la cabeza.

Kazerre estaba entrando al jardín.

Su rostro se endureció por la furia y su mirada se fijó en ella.

Un silencio denso se apoderó del jardín, oprimiendo a todos. Nadie se atrevió a pronunciar palabra.

Kazerre Evuteren era conocido por su taciturnidad, pero a la vez por su compostura y sus buenos modales. Para las damas de la alta sociedad, esto era una verdad innegable.

Sin embargo, ahora, al ver el aura opresiva que emanaba de él, como si pudiera aplastar todo a su paso, se dieron cuenta de lo ingenua que había sido esa creencia.

Por fin comprendieron por qué le llamaban el Duque de Sangre de Hierro.

—Kazerre.

La única persona imperturbable fue Aveline Croeta, quien lo saludó con la misma voz dulce de siempre.

Kazerre se dirigió a Aveline. Ella, volviéndose completamente hacia él, susurró su nombre una vez más con deleite.

—Kaze…

Pero Kazerre pasó de largo sin inmutarse ante su voz.

Como si ni siquiera se hubiera percatado de su existencia.

La leve brisa que levantó al pasar le hizo cosquillas en la piel a Aveline. Ella parpadeó lentamente, incapaz de comprender lo que acababa de suceder.

Los pasos de Kazerre lo condujeron directamente hacia Clonay, que seguía tendida en el suelo. Sin dudarlo, se arrodilló sobre una rodilla para mirarla a los ojos.

—¿Está bien?

—Yo… ah… ay…

Clonay intentó responder instintivamente que estaba bien, pero en el momento en que abrió la boca, un dolor agudo la detuvo.

Dudó un instante y se llevó los dedos temblorosos a los labios. Unas gotas de sangre manchaban las yemas de sus dedos.

—Use esto.

Kazerre, sin dudarlo, le ofreció su pañuelo.

Clonay lo tomó con manos temblorosas y se lo llevó a los labios. La tela blanca se tiñó de rojo, como los pétalos de una flor.

Tras observarla con una leve mueca, Kazerre le tendió la mano.

—Su mano.

Aturdida, Clonay colocó su mano sobre la firme palma de él, y él la levantó suavemente hasta ponerla de pie. Su fuerza era cautelosa, tierna.

Desde la violencia despiadada hasta la salvación repentina, Clonay, aturdida por el impacto de todo aquello, no podía apartar la mirada de sus ojos violetas, que no contenían más que su reflejo.

Una vez más, quedó impresionada por la perfección de Kazerre Evuteren. Le bastó con creer, aunque solo fuera por un instante, que todas sus penurias pasadas la habían llevado hasta él.

—…Pido disculpas.

La voz de Kazerre era baja y cargada de tristeza.

Quizás había venido corriendo; su cabello oscuro estaba despeinado, proyectando sombras sobre su rostro.

Clonay sintió una necesidad imperiosa de tranquilizarlo, de abrazarlo. Si alguien debía disculparse, era Aveline Croeta.

Ella no era de las que se rebelaban contra la voluntad divina, ni siquiera siendo noble del Imperio Mazengarve. Pero solo por esta vez, se encontró maldiciendo al dios que le había destinado a una mujer así.

Kazerre, con el ceño fruncido, luchó por apartar la mirada de Clonay. Pero tras un instante, finalmente giró la cabeza.

Sus ojos hundidos pronto se posaron en la marquesa Bourville.

—Pido disculpas por interrumpir la fiesta.

—Oh, n-no, Su Gracia.

La marquesa Bourville bajó la cabeza apresuradamente.

Kazerre asintió brevemente antes de volver a mirar a Clonay.

Las heridas en su rostro —todas y cada una de ellas— eran, en gran medida, obra suya. El peso de la culpa lo oprimía.

Pero en esta fiesta arruinada, lo único que podía hacer ahora era eliminar rápidamente la causa de este desastre. Kazerre apenas logró girar su cuerpo.

Por fin, la figura de Aveline Croeta, a quien había ignorado durante todo ese tiempo, apareció en su campo de visión.

 

Athena: Uuuuuh, ya empieza, chicos. Es que quiero que caiga, regodearme en la miseria de Aveline y ya, si eso, empezar a sentir pena si cambia alguna vez. Pero lo dudo, por ahora, al menos.

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Capítulo 17

El destino me traicionó Capítulo 17

La merienda celebrada en el jardín del marquesado fue de una magnitud realmente grandiosa.

Debido a la gran cantidad de asistentes, se dispusieron mesas pequeñas por todo el recinto en lugar de reunir a la gente alrededor de una sola mesa larga. En el centro, una orquesta de renombre, invitada para la ocasión, interpretó una suave melodía.

El asiento asignado a Aveline era un lugar de honor cerca del centro. A simple vista, parecía similar a las demás mesas, pero sutiles diferencias lo distinguían.

Por ejemplo, el reluciente baño de oro de la tetera, la cubertería sin un solo rasguño, como si fuera nueva, y el jarrón de cristal delicadamente elaborado.

Las familias nobles de Mazengarve agasajaban a sus invitados especiales ofreciéndoles artículos de lujo, finos pero discretos, perceptibles solo para aquellos con un refinado sentido estético.

—Buenas tardes, señoritas.

Aveline saludó a las damas de la nobleza que habían llegado antes que ella. Todas pertenecían a familias prestigiosas que ejercían una gran influencia sobre el imperio.

—Bienvenida, Lady Croeta.

Todas la saludaron con cálidas y benevolentes sonrisas.

Pero eso fue todo. Tras los saludos de rigor, la conversación no continuó.

Por muy prominente que fuera Aveline en la alta sociedad, la nobleza más elitista seguía desaprobando su linaje, y cuando no estaba con Kazerre, a menudo la ignoraban por completo.

Por supuesto, Aveline no era de las que se dejaban intimidar por esas cosas. Se recostó en su silla, serena y relajada, como si estuviera en la comodidad de su propia habitación.

De todos modos, la gente acudiría a ella por su propia voluntad. Especialmente aquellos provenientes de familias en decadencia o de menor estatus social.

Por mucho que la calumniaran a sus espaldas, tildándola de advenediza de dudosa procedencia, no podían ignorar la influencia de Aveline Croeta, la futura duquesa de Evuteren.

Por mucho que las damas de la nobleza presentes en la mesa la detestaran, no podían simplemente echarla.

Como era de esperar, la gente pronto comenzó a reunirse a su alrededor en pequeños grupos.

—El adorno floral es precioso, Lady Croeta.

Una de las damas de la nobleza que fue a saludarla elogió la flor que Aveline llevaba en el cabello. Aveline sonrió con indiferencia mientras respondía.

—Es un anabel que Su Gracia me obsequió, lamentando no poder acompañarme hoy. Me pareció una pena dejarlo sin usar.

—¡Qué considerado de su parte!

Era un secreto a voces en la alta sociedad que el duque de Evuteren enviaba flores siempre que no podía acompañar a su prometida a una reunión social.

Conseguir flores frescas y en plena floración a diario requería tanto riqueza como esfuerzo. En el imperio, decorar una residencia exclusivamente con flores frescas en lugar de artificiales se consideraba una muestra de la riqueza y el estatus del anfitrión.

Además, las flores que Aveline lucía con tanta indiferencia eran todas variedades exóticas extremadamente difíciles de cultivar o muy caras.

Así pues, era natural que, cada vez que se adornaba con flores tan raras y costosas, despertaba admiración y envidia.

Esa era precisamente la ilusión que ella había cultivado cuidadosamente.

La mentira de que «Kazerre Evuteren era profundamente atento con Aveline Croeta» servía como una astuta ilusión que contrarrestaba la indiferencia que ocasionalmente le mostraba.

Aunque no supiera expresarlo bien, era un hombre de gran profundidad, y en esa profundidad no había lugar para nadie más que para Aveline Croeta.

«Kazerre también debe haber oído hablar de ello».

Era imposible que no lo hubiera hecho. Cualquier miembro de la alta sociedad que se preciara conocía la historia.

Sin embargo, Kazerre nunca se molestó en corregir su mentira. Ni siquiera le envió flores.

Y así, la mentira de Aveline siguió siendo una mentira.

¿Eso fue amabilidad o negligencia?

Para Aveline, su silencio fue una suerte, pero a veces se preguntaba: ¿y si él hubiera descubierto su engaño?

«Si nos hubiéramos visto obligados a romper y reconstruir, entonces quizás…»

¿Habrían sido las cosas diferentes?

Lo peor, muy probablemente.

Pero tal vez, solo tal vez, podría haber sido mejor que esto.

En cualquier caso, la posibilidad de cambio había quedado completamente descartada. Kazerre siempre la recibía con indiferencia, bajo la apariencia de paciencia. Y así, Aveline también permaneció inmóvil.

En ocasiones, le invadía la ominosa sensación de que podrían permanecer así para siempre.

«No. Eso no es cierto. Nosotros somos el destino. Tú eres mi destino, y yo soy el tuyo; así que no hay manera de que permanezcamos así para siempre. Algún día comprenderás mi corazón. Y con el tiempo, tu corazón será igual al mío».

Justo cuando estaba calmando la tormenta que crecía en su pecho...

—Lady Croeta, hace mucho que no la veía.

Una noble se acercó a Aveline, saludándola con familiaridad.

Aveline se recompuso rápidamente y la saludó con una sonrisa especialmente radiante. No era momento de perderse en pensamientos inútiles.

—Ha pasado mucho tiempo, condesa Gruner. No la he visto por aquí últimamente.

—Visité mi ciudad natal por un tiempo. Ah, y esta de aquí es mi sobrina lejana. Acaba de llegar a la capital conmigo. Preséntate.

—Hola. Soy Clonay del vizcondado de Huster.

Los ojos de Aveline brillaban como los de una serpiente que acecha a su presa.

Clonay Huster. Ella era el propósito y la razón por la que Aveline había venido hoy aquí.

El día que recibió la invitación, le ordenó a Anika que averiguara la lista de invitados, específicamente para confirmar si Clonay asistiría.

Aveline lo recordaba con claridad. Las dos figuras que se habían aferrado la una a la otra como si nunca se fueran a separar a menos que ella las llamara. La voz suave de Kazerre y su amable saludo.

Cosas que nunca le fueron permitidas a Clonay Huster.

—Es un placer conocerla, Lady Huster.

Aveline habló con una cortesía natural, escudriñando a Clonay con atención.

Cabello castaño claro apagado, tan poco impresionante como hojas marchitas, ojos verde oscuro turbios, una apariencia simple y sin nada de particular, una postura pulcra pero completamente aburrida…

No había nada en ella que mereciera la pena mencionar.

Y, sin embargo, todo aquello la irritaba muchísimo. Como si le clavaran agujas afiladas en los nervios.

Sin embargo, a diferencia de lo que pensaba, Aveline esbozó una cálida sonrisa. Su expresión era tan serena y dulce que nadie podría haber imaginado la inmundicia que se escondía tras ella.

—¿Por qué no se sienta un rato antes de irse?

Ante la sugerencia de Aveline, los ojos de Clonay se abrieron de par en par. La condesa de Gruner, quien la había presentado, también pareció sorprendida.

Pero Aveline siguió hablando como si no se hubiera dado cuenta.

—Como puede ver, aquí no hay nadie de mi edad. Le agradecería que me hiciera compañía.

—Agradezco la generosa oferta, pero…

Clonay dejó la frase inconclusa, con la mirada nerviosa.

Incluso en la lejana finca de los Huster, en el extremo oriental del imperio, las noticias sobre Aveline Croeta habían llegado a sus oídos.

Una belleza bendecida por los dioses, protagonista de una profecía que había sacudido al mundo, y…

«La prometida del duque de Evuteren…»

Clonay recordó la noche en que se encontró con Kazerre.

El aire fresco del verano, la luna llena proyectando un suave resplandor sobre la oscuridad y los ojos violetas del hombre reflejando la pálida luz de la luna.

La prometida de aquel hombre tan guapo le sonreía ahora.

En ese instante, algo en su interior se agitó, burbujeando como el agua justo antes de hervir.

Antes incluso de poder identificar las emociones confusas que bullían en su interior, Clonay quiso escapar. Le resultaba extrañamente incómodo encontrarse con la mirada de Aveline.

Pero ella era simplemente la hija de un vizconde menor, mientras que Aveline pronto se convertiría en duquesa de Evuteren. Rechazar tal invitación sin motivo aparente sería una gran falta de cortesía hacia su tía, quien la había presentado.

Al final, Clonay se volvió hacia la condesa de Gruner y le preguntó en voz baja:

—¿Te parece bien, tía?

—Por supuesto. La joven parece necesitar compañía, así que mantenla entretenida.

—Sí, gracias.

La condesa de Gruner, con semblante expectante, le dio a Clonay un suave empujón en la espalda antes de marcharse. Tras haber conseguido inesperadamente un asiento en la mesa principal, Clonay enderezó la espalda y forzó una sonrisa incómoda.

Sin embargo, por mucho tiempo que pasara, Aveline no le dirigió ni una sola palabra.

Tras solicitar su compañía, ahora actuaba como si Clonay ni siquiera existiera.

Las demás damas de la nobleza que estaban en la mesa la miraban de vez en cuando antes de volver a apartar la vista.

Clonay, recién llegada a la capital, no se dio cuenta de que aquello era una muestra clásica de los juegos territoriales tácitos de la alta sociedad.

—Lady Croeta.

Finalmente, incapaz de esperar más, Clonay se dirigió con cautela a Aveline.

Aveline, que había estado saboreando su té, dejó lentamente la taza. Solo después de una larga pausa volvió la mirada hacia Clonay.

Sus labios conservaban la misma curva elegante que cuando tan amablemente la había invitado a sentarse.

—¿Qué ocurre, Lady Huster?

—Ah, bueno…

Clonay, conocida habitualmente por su aplomo, de repente se encontró tropezando con sus propias palabras.

La sonrisa de Aveline seguía siendo tan hermosa como siempre, pero por alguna razón, contemplarla le producía un vacío escalofriante en el corazón, como un páramo desolado.

«¿Será que estoy siendo demasiado sensible?»

¿Fue su incomodidad con Aveline lo que la hizo sentir intranquila?

De hecho, Aveline era diferente a cualquier persona con la que Clonay hubiera interactuado antes.

Una dama de la alta sociedad, una noble criada entre las últimas tendencias de la capital, una aristócrata glamurosa y refinada. Una mujer que permanecía junto a aquel hombre extraordinario como si formaran una obra de arte perfecta…

Clonay pensó inadvertidamente en Kazerre y rápidamente apartó esa imagen de su mente. Luego, buscó el tema más seguro que le rondaba por la cabeza.

—Lady Croeta, usted ya me ha visto antes, ¿verdad?

Solo después de hablar se dio cuenta de que era una pregunta bastante extraña en la situación actual.

Pero no era del todo inapropiado, así que continuó con naturalidad.

—Durante el banquete de cumpleaños de Su Alteza el príncipe heredero, estuve a punto de caerme. Casualmente, el duque de Evuteren me ayudó, y en ese momento llegó una dama buscándolo. Estaba demasiado oscuro para estar segura, pero pensé que podrías haber sido usted, Lady Croeta.

—Era yo.

—Oh, ya me lo imaginaba.

Clonay dejó escapar un leve suspiro, con la voz teñida de amargura. Incluso ella se sorprendió de lo desolada que sonaba.

A toda prisa, como para encubrirlo, añadió:

—Yo también lo pensaba entonces, pero la verdad es que ustedes dos se complementan muy bien.

Sintió un ligero dolor en el corazón al decirlo, pero lo decía con sinceridad.

Cuando estaban juntos, eran perfectos, sin dejar espacio para nada ni para nadie más.

Pero, ya fuera porque había perdido su sinceridad o porque, en cambio, había quedado al descubierto otra cosa, la sonrisa, antes impecable, de Aveline se fue torciendo lentamente.

—Oh, Lady Huster. Realmente no conoce su lugar, ¿verdad?

 

Athena: A ver, siendo sincera, espero la caída de Aveline con muchas ganas. Porque no suelen mostrar este lado en las historias y tampoco sé cómo ella se va mover cuando todo lo que tiene desaparezca.

Reconozcámoslo, aunque hay cosas del pasado que pueden hacer que puedas empatizar con ella, Aveline es mala. Muy mala.

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Capítulo 16

El destino me traicionó Capítulo 16

Unos ojos tan claros como el cristal helado, de un tono amarillo penetrante, lo miraban fijamente como si intentaran leerle la mente.

Thierry se puso rígido, apoyó ambas manos en los muslos y se incorporó. Ante esto, Aveline soltó una risita.

—Hoy te has portado excepcionalmente bien.

«Eso es exactamente lo que iba a decir».

Thierry se tragó la réplica que casi se le escapó.

Al notar la persistente rigidez del caballero, Aveline cambió repentinamente de tema, como si se le hubiera ocurrido algo de repente.

—He oído que han pasado casi diez años desde que te uniste a la Orden de los Caballeros del Campo Nevado. ¿Es cierto?

¿Por qué preguntaba eso?

Thierry miró a Aveline con recelo, como si intentara adivinar sus verdaderas intenciones, antes de responder a regañadientes.

—Sí, para ser exactos, han pasado poco más de ocho años.

—Debías de ser muy joven. Fue una decisión precipitada.

—Bueno, eso no es nada comparado con Su Gracia. Cuando recibió su título y llegó al Norte, solo tenía trece años.

—Kazerre no vino al Norte por voluntad propia.

—Por supuesto que es cierto, pero…

«¿Por qué estoy teniendo esta conversación con ella? No, más importante aún, ¿se supone que debemos hablar con tanta informalidad?»

Esa duda fundamental y primordial se desvaneció al final de su frase.

Pero Aveline no le dio tiempo a reflexionar sobre ello. Inmediatamente después, le hizo otra pregunta.

—¿Le fue bien en el Norte?

—¿Disculpe?

Sorprendido por la pregunta abrupta, los ojos de Thierry se abrieron de par en par. Al ver la expresión de estupidez en su rostro, Aveline soltó una risa corta e incrédula y aclaró:

—Me refería a Kazerre, no a ti.

—No, nunca pensé que estuviera preguntando por mí.

«Aunque fuera un idiota, ¿acaso confundiría realmente el tema de esa pregunta?». Thierry agitó apresuradamente ambas manos, negando así su malentendido.

Aun así, le sorprendió igualmente que Aveline hubiera preguntado por Kazerre.

Sobre todo, por ese tono melancólico que nunca antes había oído, como si preguntara por un amor perdido hace mucho tiempo.

Se sentía extraño.

Para él, Aveline no era más que una hechicera obsesionada con atormentar a su señor. Era como si constantemente ideara nuevas maneras de exprimirlo al máximo.

Los caballeros habían pasado meses angustiados, viendo cómo el rostro de su señor se volvía más pálido y demacrado a pesar de su regreso triunfal.

Finalmente, menos de medio año después de su regreso a la capital, con solo oír su nombre, todos los caballeros hacían una mueca instintiva.

Y, sin embargo, la mujer que tenía delante no mostraba ahora ni rastro de esa malicia.

A Thierry eso le resultó profundamente inquietante.

—¿Sir?

—Ah, disculpe. Eh, bueno, eso es…

¿Cómo estaba, de nuevo? Thierry se obligó a ordenar sus pensamientos confusos.

Kazerre llegó al Norte como el «Duque de Evuteren» poco después de que el duque anterior perdiera la vida luchando contra bestias demoníacas.

Las codiciosas ramas de la nobleza no tuvieron reparos en enviar al muchacho de trece años al campo de batalla. Aunque los caballeros intentaron desesperadamente proteger a su joven señor, este se vio obligado a empuñar una espada y lanzarse al frente de batalla en tan solo dos años.

Así, cuando Thierry, de quince años, conoció a Kazerre, este ya se había convertido en un hombre capaz de quitar una vida sin dudarlo, con el rostro inquietantemente impasible.

Thierry había quedado cautivado por la silenciosa resistencia de su señor: su capacidad para asumir su deber sin quejarse y seguir adelante con una resolución inquebrantable.

Se había unido a la Orden de los Caballeros del Campo Nevado, convencido, sin lugar a dudas, de que Kazerre también lo guiaría hacia adelante.

—Con el debido respeto, incluso cuando me incorporé, Su Gracia ya era un líder digno de admiración. Siempre fue solemne y racional, a veces hasta el punto de parecer frío, pero su dedicación al Norte jamás flaqueó.

Sin embargo, cuando Kazerre enfermó gravemente un día, Thierry finalmente lo comprendió.

Kazerre no era increíblemente fuerte; simplemente apretaba los dientes y resistía.

Había resistido tanto tiempo que, cuando finalmente llegó a su límite, su cuerpo se desplomó como si se hubiera roto una presa.

Una vida transcurrida en el corazón del campo de batalla. Al observar a Kazerre, Thierry vio de primera mano cómo una vida así podía desgastar a una persona.

¿Qué hizo falta para convertir a un niño en un hombre de la noche a la mañana? ¿Cuán cruel y despiadado fue ese proceso?

Cada vez que Thierry recordaba aquellos años, no podía evitar sentir tristeza por su señor.

Por eso Thierry siempre había sido débil cuando se trataba de Kazerre.

Cualquiera se compadecería de un niño que reprimía su dolor y soportaba incontables noches en soledad.

—Aun así, cuando lo conocí, todavía conservaba algunos rasgos de niño. Es difícil de imaginar ahora, pero hubo un tiempo en que los vientos del norte eran tan fuertes que enfermó gravemente…

Mientras Thierry rememoraba, un recuerdo olvidado tras otro afloraba.

Entonces, de repente, guardó silencio. Aveline, que había estado escuchando con la mirada ligeramente desviada, parecía mortalmente pálida.

Su rostro estaba tan pálido que se le encogió el corazón.

Lo invadió una repentina e incontenible sensación de haber dicho algo terriblemente malo. Desconcertado, se apresuró a retractarse.

—Bueno, en general, estaba muy bien. La enfermedad duró poco tiempo al principio, y después de eso, gozó de perfecta salud.

Cuando la conversación dio un giro positivo de repente, Aveline volvió a fijar sus ojos dorados en él.

Aunque su rostro permanecía sereno e inmutable, Thierry sentía la lengua seca, como si acabara de morder un puñado de hierbas amargas.

—¿Lo estaba?

—Por supuesto. Al fin y al cabo, el castillo de Evuteren es realmente el hogar de Su Gracia, ¿no es así? Y no se imagina cuánto lo adora la gente del Norte. Mi padre, por ejemplo, se preocupa más por el bienestar de Su Gracia que por el de su propio hijo…

Thierry comenzó a divagar, enumerando todas las virtudes de su honorable y admirable señor.

Podría hablar durante días y noches enteras sobre lo extraordinaria, digna e incluso hermosa que era su señora. Pero, más allá de eso, el pálido rostro de Aveline seguía rondando en su cabeza. No entendía por qué le producía una sensación tan incómoda en el pecho.

«Es una mujer realmente inquietante».

Para concluir el asunto de forma concisa, Thierry siguió parloteando, intentando disipar la incomodidad.

Para cuando llegó a la parte en la que Kazerre, de diecisiete años, había descubierto los orígenes de un hijo ilegítimo nacido de una pareja pobre de gente común y los había obligado a arrodillarse, el carruaje finalmente se detuvo, justo a tiempo para salvarlo.

Prácticamente saltó del carruaje como si escapara de un encierro. Su rostro, que había estado sombrío y taciturno durante todo el trayecto, ahora irradiaba alivio.

—Por favor, baje, mi señora.

A diferencia de su vacilación inicial, Thierry extendió la mano hacia el carruaje con soltura. Estaba ansioso por completar la tarea lo más rápido posible.

Aveline le tomó la mano sin oponer resistencia y salió con gracia. Entonces, de repente, esbozó una sonrisa pícara en la comisura de los labios.

—Tengo la fortuna de ser el primer beneficiario del escolta de Sir Thierry.

—¿Perdón? ¿Qué quiere decir con eso?

—Si mostraras semejante falta de modales a otra dama, incluso la más descarada se sentiría terriblemente avergonzada, ¿no crees?

Aveline se burló como si lo encontrara completamente ridículo. Sin embargo, por una vez, Thierry no sintió la necesidad de replicar.

«Sí. Esta es la Aveline Croeta que conozco».

Esa lengua afilada, esos ojos condescendientes, esa sonrisa burlona que apenas levantaba una comisura de sus labios... resultaba extrañamente reconfortante verla así.

Sintió como si la áspera y granulada incomodidad que se le había aferrado hacía apenas unos instantes se hubiera desvanecido en una sola ola.

—Puede retirarse ahora, sir.

—Bueno, al menos debería esperar hasta que llegue Su Gracia…

Normalmente, habría recibido semejante orden con los brazos abiertos, pero esta vez, en lugar de regocijarse, dudó.

Había planeado esperar en el carruaje hasta que llegara Kazerre. Si Kazerre no podía llegar por algún motivo, Thierry tendría que acompañar a Aveline de vuelta.

Pero Aveline lo miró extrañada, como si esa posibilidad ni siquiera se le hubiera pasado por la cabeza. Era como si estuviera segura de que Kazerre iría a verla, pasara lo que pasara.

Entonces, como si acabara de escuchar el rumor más ridículo, levantó una ceja y preguntó:

—¿O… piensa asistir a la fiesta del té como mi pareja? ¿Con esos modales tan pésimos?

—Me retiro inmediatamente.

—Ya me lo imaginaba.

En cuanto Thierry respondió sin dudarlo, Aveline finalmente pareció satisfecha y sonrió.

Sin siquiera pronunciar una última palabra, se dio la vuelta y se marchó con pasos ligeros y elegantes.

Con el ceño fruncido, Thierry observó distraídamente su figura que se alejaba antes de despeinarse con frustración y volver a subir al carruaje.

Aunque había completado su tarea sin problemas, por alguna razón, una inquietud inexplicable se agitó en su pecho.

—¡Oh, cielos, Lady Croeta! ¡Ha llegado!

La marquesa de Bourville saludó a Aveline con calidez. Lucía una máscara de hospitalidad propia de la anfitriona del evento, decidida a recibir a cada invitado con entusiasmo, sin importar quién fuera. Pero su mirada, que delataba sus verdaderos pensamientos, se desviaba constantemente de Aveline.

Ella buscaba a Kazerre, con la esperanza de que la hubiera acompañado.

Aveline fingió no darse cuenta y respondió con un saludo cortés y formal.

—Gracias por la invitación, Lady Bourville.

—Sí, claro…

Mientras la marquesa de Bourville apenas podía disimular su decepción, Aveline siguió al sirviente que la guiaba al interior.

Después de todo, el motivo por el que había venido a esa merienda no tenía nada que ver con la marquesa de Bourville.

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Capítulo 15

El destino me traicionó Capítulo 15

—Debería haber preguntado por Mi Señora mientras estaba en el Norte. Tontamente reprimí mi curiosidad y ni siquiera me preparé…

—Sir Thierry, ¿tenías tanta curiosidad por Mi Señora?

—No, no solo yo; todos sentíamos curiosidad. Su belleza ya era famosa…

—Debías tener muchas ganas de conocerla.

—¡Cállate! ¿Q-qué quieres decir con que lo espero con ansias?

Thierry le espetó a Jacques como si le hubiera tocado la fibra sensible. Pero por mucho que protestara, tenía la cara roja como un tomate, lo que le impedía disimular su vergüenza.

Aun así, Thierry no estaba del todo equivocado.

En aquel entonces, todos los caballeros de la Orden de Snowfield albergaban cierta fantasía sobre Aveline Croeta.

Una belleza legendaria cuya fama había llegado incluso a los rincones más remotos del Norte, la única consorte de su orgulloso y noble señor, la compañera predestinada elegida por los dioses…

Para los caballeros que juraban lealtad a su dama, ¿podría existir una figura más romántica?

Sin embargo, en cuanto llegaron a la capital con todas sus expectativas, se encontraron con una hostilidad casi absoluta. Tratados peor que perros callejeros, los caballeros no pudieron evitar sentirse traicionados.

La admiración que habían albergado en secreto fue rápidamente reemplazada por resentimiento, y pronto, la oposición a Aveline comenzó a extenderse entre ellos.

Los caballeros no eran tontos. Sabían a qué tipo de señor querían servir.

Y Aveline Croeta fue una de las pocas mujeres nobles que no despertó en ellos ningún deseo de protegerla.

—Bueno, no se puede evitar. A mi señora no le gustan las espadas.

Jacques se encogió de hombros, y Thierry giró bruscamente la cabeza, con una expresión de disgusto. Era evidente que aquel hecho no le había sentado nada bien.

Pensándolo bien, fue una tragedia realmente ridícula. ¿La consorte del hombre aclamado como el mejor caballero del imperio despreciando las espadas?

Especialmente aquí, en el Imperio Mazengarve, donde la postura de cada uno respecto al manejo de la espada era algo más que una simple cuestión de preferencia.

Como nación de caballeros, el imperio organizaba eventos a gran escala, como torneos de caza y justas, brindando amplias oportunidades para que los guerreros demostraran su habilidad y valor.

En tales ocasiones, las damas de la nobleza asistían para animar a sus caballeros, y los vencedores les dedicaban sus triunfos. Era una tradición ancestral: un romance de caballeros.

Sin embargo, la Orden de Snowfield jamás sería capaz de luchar en tales eventos por la duquesa de Evuteren. Era lógico que su moral se desplomara.

«Así que esto es el destino, ¿eh...?»

Una oleada de cansancio y arrepentimiento se abalanzó sobre Kazerre como una tormenta.

Pero por mucho que lo pidiera, los dioses jamás le responderían. Incluso si lo hicieran, él ya conocía la verdad demasiado bien: solo él tendría que cargar con el peso de ese destino.

La conclusión ya estaba tomada. Con una facilidad casi práctica, Kazerre acalló sus pensamientos y alzó la mirada.

Volvió a centrar su atención en sus subordinados, que habían estado discutiendo delante de él. Al notar su mirada penetrante, los caballeros se tensaron y se pusieron firmes.

Solo Lionel, riéndose para sí mismo, continuó bebiendo de un trago la botella vacía de licor, aparentemente divertido por todo aquello.

Kazerre optó por sacar a colación un asunto que podía resolverse rápidamente.

—En dos días, asignaremos un caballero para escoltar a Aveline.

Su tono era monótono, como si estuviera deseoso de terminar cuanto antes con una tarea molesta.

Los caballeros, en cambio, se pusieron tensos al instante, aguzando el oído. Ni siquiera acampando en montañas infestadas de monstruos los había puesto tan nerviosos.

—La escolta será…

Cuatro días después, frente a la entrada principal del ducado.

Aveline llegó un poco más tarde de la hora acordada.

Junto al carruaje esperaban un cochero y un caballero ataviado con el uniforme de la Orden.

Caminó hacia ellos a paso pausado.

—Buenas tardes, señorita Croeta.

El caballero inclinó la cabeza con rigidez a modo de saludo, y Aveline esbozó una amplia sonrisa en las comisuras de los labios.

—Es una tarde preciosa, sir Thierry.

El rostro de Thierry se contrajo de forma incómoda al devolver el gesto.

Su sonrisa era tan forzada que parecía que estaba a punto de llorar. Sin duda, era un hombre cuyas emociones se reflejaban en todo su rostro.

Aveline lo molestó levemente, como si disfrutara del momento.

—Jamás imaginé que te vería así.

Ante sus palabras, Thierry frunció el ceño torpemente, intentando esbozar una sonrisa.

Como si pudiera haberlo previsto: que Kazerre lo eligiera a él, precisamente a él, para escoltar a la persona con la que peor se llevaba.

—El acompañante será Thierry.

—¿Qué? ¿Yo, señor? ¿No Patrick?

—Sí.

—¡Por favor, reconsidere su decisión, Su Gracia! ¡Nunca antes he acompañado a una dama!

—Perfecto. Así podrás adquirir experiencia.

Ante la inflexible decisión de su señor, Thierry se quedó boquiabierto, incrédulo.

En ese momento, como para rescatarlo, Jacques levantó la mano con entusiasmo y se ofreció voluntario.

—¡Iré yo!

—Denegado.

Sin embargo, antes de que Thierry pudiera siquiera sentir gratitud, Kazerre rechazó fríamente la petición de Jacques.

De pie junto a Kazerre, Xenon dirigió una mirada compasiva al atónito Thierry y le ofreció algunos consejos.

—Asegúrate de vestirte apropiadamente para no deshonrar a la dama, Sir Thierry.

La diversión engreída que se escondía en su voz amable aún resonaba en los oídos de Thierry.

«¿Qué estará pensando mi señor? ¿Me estará castigando o algo así?»

El rostro de Thierry se ensombreció mientras repasaba la idea una y otra vez. Pero no podía dejar que esos sentimientos se notaran delante de Aveline.

Finalmente, Thierry bajó la cabeza como un hombre culpable y habló.

—Me falta experiencia atendiendo a una dama, así que puede que no sea del todo adecuado en muchos aspectos, pero haré lo mejor que pueda, mi señora.

Fue una declaración demasiado sincera, pero Thierry sabía que debía disculparse de antemano. Era plenamente consciente de sus propios defectos.

Aunque figuraba entre los mejores luchadores de la orden de caballería, cuando se trataba de tratar con damas nobles, era igualmente incompetente.

«Siempre que surgía algo así, enviaba a Patrick. ¿Por qué ahora...?»

A diferencia de Thierry, Patrick de Con era un caballero de noble cuna versado en etiqueta. Además, a diferencia de la mayoría de los caballeros, no guardaba un profundo resentimiento hacia Aveline y a menudo la acompañaba en lugar de Kazerre.

Gracias a eso, Thierry rara vez había interactuado con Aveline. Pero por alguna razón, su señor lo había elegido deliberadamente esta vez.

«¿Fue porque antes fui demasiado insolente con la dama...? No, seguro que no».

Su señor, siempre serio y digno, jamás impondría un castigo tan insignificante a un subordinado. La sola idea le pareció una falta de respeto, y Thierry la apartó rápidamente de su mente, concentrándose en cambio en la mujer que tenía delante.

«¡Joder, es increíblemente guapa!»

A pesar de su pésimo humor, era innegable que, vestida con un vestido amarillo pálido del color de sus ojos, Aveline lucía absolutamente radiante.

Su larga y suave cabellera rosa estaba elegantemente trenzada hacia un lado, adornada con pequeñas flores blancas y sujeta con una cinta azul que ondeaba suavemente con la brisa.

Siempre había sido una mujer excepcionalmente llamativa, pero mientras caminaba hacia él en ese preciso instante, daba la sensación de que el sol mismo se acercaba.

«Y probablemente me quemará por completo sin dejar rastro».

Thierry se burló de sí mismo.

Pero, contrariamente a lo que esperaba, la dama permaneció en silencio. Había supuesto que lo rechazaría de inmediato, pero ella simplemente lo miró fijamente.

Era mejor que ella empezara una pelea de inmediato, pero el silencio resultaba igualmente incómodo para Thierry.

Justo cuando empezaba a desear que ella lo regañara de una vez...

—Su mano.

—¿Perdón?

—Tienes que ofrecerme tu mano, sir Thierry.

Ante su comentario mordaz, Thierry se sobresaltó y rápidamente extendió la mano.

Estaba tan absorto en recordarse a sí mismo que debía soportar todo con paciencia que había olvidado por completo el protocolo de acompañamiento más básico.

Cuando su mano pequeña y delicada, enguantada de encaje, se posó sobre la palma de su mano, su mente se quedó completamente en blanco.

«Un momento, ¿cómo abro ahora la puerta del carruaje? ¿Uso la otra mano? ¿O debería soltarle la mano primero y luego abrirla?»

Al ver a Thierry agitarse confuso, el cochero chasqueó la lengua con exasperación y le abrió la puerta. Thierry sintió un impulso irresistible de morderse la lengua avergonzado.

Afortunadamente, Aveline subió al carruaje sin quejarse.

Thierry exhaló aliviado, sintiéndose como si apenas hubiera sobrevivido a una crisis. De repente, sintió la espalda empapada de sudor, fresca y húmeda.

Justo cuando confirmó que Aveline se había acomodado y extendió la mano para cerrar la puerta...

—¿No vas a entrar?

—¿Yo?

—Sí.

—Ah, puedo ir sentado delante en la silla del cochero…

—No recuerdo que el duque solicitara un cochero.

Aveline ladeó la cabeza. No era una duda genuina, sino una orden silenciosa para que se diera prisa y entrara.

«¿Pero por qué?»

¿Por qué tenían que sentarse uno al lado del otro? Seguramente ella preferiría estar sola.

«¿Tiene intención de charlar amistosamente ahora?»

La sola idea de tener que forzar una sonrisa educada le revolvía el estómago.

Pero Aveline no mostró ninguna intención de retractarse. Simplemente lo miró fijamente con expectación.

—…Entonces, discúlpeme.

Tras repetirse una y otra vez que no debía desobedecerla ese día, Thierry subió a regañadientes al carruaje.

Ahora tenía que soportar una hora entera a solas con Aveline en aquel espacio reducido. Solo de pensarlo se le secó la garganta. No sabía dónde posar la mirada.

Como era de esperar, el silencio llenaba el carruaje, roto solo por el ocasional sacudón de las ruedas.

Por alguna razón, sentía que hasta el más mínimo ruido sería inapropiado. Rígido como una tabla, Thierry miró a su alrededor con nerviosismo.

Frente a él, Aveline estaba sentada con gracia, con la mirada ligeramente baja, como si estuviera pensando.

Sus largas y delicadas pestañas proyectaban finas sombras sobre su piel de porcelana, y cada vez que parpadeaba, esas tenues sombras temblaban como seda ondulante.

«Como una mariposa batiendo sus alas…»

Sin darse cuenta, Thierry se encontró hipnotizado por la escena.

En el instante en que se percató de lo que estaba haciendo, giró bruscamente la cabeza.

«Idiota. Eres un maldito idiota».

Por muy guapa que fuera, seguía siendo Aveline Croeta.

La mujer que menospreciaba a sus amados caballeros, considerándolos insignificantes, que constantemente ponía a su señor más respetado en situaciones difíciles: una mujer infinitamente arrogante y condescendiente.

Pero sin importar los sentimientos que albergara hacia ella, en el instante en que la miró directamente, no pudo evitar reconocer su belleza.

Eso era lo verdaderamente aterrador de Aveline Croeta.

«¿Es esta una nueva forma de tortura?»

Thierry reflexionó seriamente sobre la idea.

El hecho de encerrarse deliberadamente en un espacio reducido con un hombre que se sentía incómodo a su alrededor, para luego permanecer en completo silencio, era un tormento demasiado sofisticado para ser accidental.

Si su objetivo era asfixiarlo con incomodidad, entonces su plan fue un éxito innegable.

—Sir Thierry.

En ese preciso instante, Aveline, que había permanecido sentada inmóvil como una figura de cera, levantó la mirada.

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Capítulo 14

El destino me traicionó Capítulo 14

Sin embargo, a diferencia de antes, los caballeros no estaban tensos en absoluto. Los pasos pesados y resonantes que hacían vibrar el suelo les resultaban demasiado familiares.

—Bueno, todo el mundo parece muy animado.

Un hombre de aspecto tosco, propio de un bandido, y con una complexión enorme que parecía a punto de reventar el uniforme de caballero de la talla más grande, entró dando un paso al frente y abriendo la puerta de par en par.

Era Lionel, el vicecomandante de los Caballeros de Snowfield.

—Vicecomandante, ¿dónde ha estado todo este tiempo…? No, ¿qué es eso que tiene en la mano?

—¿Qué más? Alcohol.

Xenon puso una expresión de estupefacción, como si le preguntara a Lionel si creía que no reconocía el alcohol cuando lo veía.

Si Kazerre era un norteño que no se parecía a un norteño, entonces Lionel era alguien que ni siquiera era del Norte, pero que encarnaba su espíritu más que nadie.

—Sigue siendo horario laboral.

—Precisamente por eso necesitamos una copa. ¿Cómo vas a poder leer todas esas cartas sin ella?

Tarareando una melodía, Lionel entró con paso despreocupado y se dejó caer en el sofá, acomodándose.

—Pero ¿qué pasa con este ambiente?

—Oh, Lady Croeta estuvo aquí hace un rato…

Xenon se quedó pensativo, incapaz de decir que ella había puesto todo patas arriba. Aun así, eso bastó para que Lionel comprendiera a grandes rasgos la situación.

Emitió un murmullo pensativo y recorrió la oficina con la mirada lentamente. Primero se fijó en Kazerre, que estaba concentrado en su papeleo, y luego en Thierry y Jacques, que estaban de pie sin hacer nada.

—¿Y por qué estáis vosotros dos aquí?

—Este tipo convirtió el campo de entrenamiento en una pista de equitación por puro capricho, así que vine a denunciarlo.

—¿Y desde cuándo te preocupas por los lugares adecuados y el decoro…?

Jacques murmuró algo, y Thierry lo fulminó con la mirada. Por otro lado, Lionel soltó una carcajada, y su voz grave resonó por toda la habitación.

Xenon miró disimuladamente a Kazerre. Por suerte, en lugar de mostrarse disgustado, Kazerre parecía completamente indiferente al alboroto.

Para alguien que cargaba con el peso de la frialdad del mundo sobre sus hombros, tenía una inesperada debilidad por sus caballeros.

—Pero, vicecomandante.

—¿Eh?

—Lady Croeta… ¿siempre ha sido así?

Los ojos de Jacques brillaban de curiosidad, mientras que la expresión de Thierry se ensombreció visiblemente.

Independientemente de sus intenciones, mostrar un interés innecesario en la prometida de su señor nunca fue una buena imagen.

Thierry miró a Kazerre, intentando adivinar su reacción. Sin embargo, Kazerre permaneció impasible, como si no hubiera oído ni una sola palabra.

—¿Y la señorita?

En cambio, Lionel frunció el ceño y se inclinó hacia el joven caballero de una manera que resultaba casi amenazante.

Había desaparecido la despreocupación de hacía un momento. Su mirada fría parecía capaz de degollar a alguien a la menor provocación. Sus rasgos, ya de por sí toscos, se volvieron aún más severos.

Sin embargo, el niño, siempre inocente, arrugó la nariz y continuó hablando como si nada le afectara.

—Me resulta curioso. Se supone que le tiene miedo a las espadas, pero no parece tenerle miedo a los caballeros. No es algo que la mayoría de la gente pueda lograr solo con pura valentía, ¿verdad?

Quienes temían a las espadas solían retroceder o encogerse incluso al ver a un caballero. Por ello, la audacia de Aveline era sin duda inusual.

Lionel, algo convencido por la genuina curiosidad de Jacques, se recostó en el sofá.

Acariciándose la barba canosa, repasó sus recuerdos.

—Bueno… ahora que lo pienso…

De repente, vaciló a mitad de la frase, ladeando la cabeza.

«Espera, ¿de verdad lo era?»

En retrospectiva, desde la perspectiva adulta parecía completamente intrépida, pero la joven Aveline siempre había sido diferente de sus compañeros en ciertos aspectos.

Ya fuera por su inquebrantable confianza en cualquier situación o por la forma en que sus ojos a veces reflejaban una madurez impropia de su edad…

«Sobre todo cuando se trataba de Su Gracia, su obsesión era algo extraordinario».

Desde el primer momento en que se conocieron, Aveline se adueñó del lugar junto a Kazerre y nunca lo soltó. Incluso cuando Kazerre, molesto por su apego, intentaba deshacerse de ella, de alguna manera terminaba de nuevo a su lado.

Mientras tanto, la otra candidata (una chica que inicialmente había sido considerada una posible oráculo) fue cayendo gradualmente en el olvido. Con el tiempo, se sintió tan intimidada por el dominio de Aveline que, incluso cuando Kazerre le habló primero, dudó, buscando la aprobación de Aveline antes de responder.

«Bueno, incluso en aquel entonces, ella sentía un gran afecto por Su Gracia».

Kazerre había sido un chico extraordinariamente guapo, tanto que era comprensible que alguien quisiera tenerlo solo para sí mismo.

De hecho, como guardaespaldas personal de Kazerre en aquel entonces, a Lionel se le había encomendado una misión secreta de la que el propio Kazerre nunca supo: proteger a su joven señor de unos pervertidos enloquecidos.

Pero la obsesión de Aveline con Kazerre no era simplemente la de una niña que no quería compartir un juguete preciado. Había algo... diferente en ello.

Si se le pidiera que explicara qué era exactamente, a alguien tan directo como Lionel le costaría expresarlo con palabras.

—Hubo una vez… Ella saltó directamente desde un balcón del segundo piso solo para ver a Su Gracia. Recuerdo que casi me da un infarto en aquel entonces…

—¿Qué? ¿Saltó desde un balcón?

Los caballeros intercambiaron miradas apresuradas, con la sorpresa reflejada en su rostro.

Así que, después de todo, no era una persona común y corriente. Había sido excepcional desde el principio. Aunque no lo expresaron en voz alta, todos compartían la misma opinión.

—Sí. Y, por esas cosas del destino, cayó justo encima de Su Gracia, rompiéndole el brazo. Tuvo que recuperarse durante bastante tiempo… ¿Lo recuerda, Su Gracia?

Recostado contra el sofá, Lionel inclinó repentinamente la cabeza hacia atrás para mirar a Kazerre boca abajo.

Kazerre le dirigió a Lionel una mirada irritada antes de volver a bajar la vista.

Aunque no respondió, recordaba aquel día con total claridad. Había sido un incidente tan absurdo que olvidarlo era imposible.

El evento había sido sencillo.

Al divisar a Kazerre desde el balcón del segundo piso del templo, Aveline, sin dudarlo, saltó hacia él.

Kazerre, que se encontraba abajo, la atrapó instintivamente, pero en el proceso se fracturó el brazo izquierdo, lo que le obligó a iniciar un período de convalecencia inesperado.

Tras acumular tales experiencias, se había vuelto instintivamente tenso cada vez que Aveline estaba involucrada. Si le disgustaban las situaciones impredecibles, sin duda ella era la razón.

«Pero comparado con ahora, supongo que aquello era casi entrañable».

Ella causaba problemas en cuanto alguien bajaba la guardia, pero en aquel entonces, había algo entrañable en ella.

A veces, cuando ella le sonreía radiante, él se sorprendía pensando, de forma ingenua, que nada de eso importaba realmente.

Pero eso solo se aplicaba al pasado. Aveline ya no era encantadora, ni tampoco una niña.

Kazerre se dio cuenta de esto en el momento en que se reencontraron.

—¿Dónde está Aveline?

A su regreso a la capital, en medio de la bienvenida de los sirvientes desconocidos, Kazerre había preguntado.

Faltaban varias caras conocidas, pero ninguna le preocupaba más que Aveline.

Al principio, escribía cartas y enviaba regalos en cada oportunidad, pero en algún momento dejó de hacerlo.

Él también solía estar demasiado absorto en sus asuntos como para responder adecuadamente, y se preguntaba si eso la habría herido. Ese pensamiento lo impulsó a concluir sus asuntos en su territorio lo más rápido posible y regresar directamente a la finca ducal.

—Está en el anexo…

En aquel momento, Kazerre supuso que simplemente estaba de mal humor. Siempre había sido muy terca. Solo pensó que necesitaba verla pronto y hacer las paces.

Cuando Kazerre observó en silencio al sirviente indeciso, el hombre suspiró y, a regañadientes, lo condujo a los aposentos de Aveline.

Aún ataviado con su armadura, Kazerre lo siguió apresuradamente, solo para verse asaltado por una extraña sensación de inquietud.

El aire en el pasillo era anormalmente frío, como si los vientos gélidos del norte se hubieran filtrado en la propia finca.

Fue entonces cuando se percató de la ausencia de los sirvientes habituales. Aquellos a quienes esperaba ver al frente, dándole la bienvenida, no estaban por ninguna parte.

¿Adónde habían ido todos? ¿Por qué no quedaba ni rastro de ellos?

Justo cuando la sensación de inquietud se afianzaba, unos leves sollozos y el sonido de carne chocando contra carne llegaron a sus oídos desde la distancia.

Al principio, pensó que había oído mal.

Pero los sonidos no hicieron más que hacerse más claros, y con cada paso que daba hacia adelante, su mente se volvía gélidamente rígida.

—¡Su Gracia…!

Una criada que estaba de pie fuera de una habitación jadeó alarmada al verlo e intentó detenerlo.

Pero ninguna simple sirvienta podía burlar a un caballero curtido en el campo de batalla. En un abrir y cerrar de ojos, Kazerre la esquivó y, sin dudarlo, abrió la puerta de golpe.

Y allí, por fin, estaba Aveline.

La hermosa muchacha que se había convertido en una mujer aún más deslumbrante. La que había estado unida a él desde su nacimiento.

Su primer encuentro en ocho años: un reencuentro en el que, por derecho propio, deberían haberse abrazado con alegría.

Ojalá no hubiera habido una criada arrodillada a sus pies, conteniendo los sollozos.

—¿Aveline…?

Kazerre la llamó por su nombre con incredulidad atónita. Lentamente, Aveline giró la cabeza hacia él. Una radiante sonrisa iluminó su pálido rostro.

Era la misma sonrisa encantadora que Kazerre siempre había conocido.

—Has vuelto, Kazerre.

¿Cómo podía la sonrisa de una persona resultar tan inquietante? Aveline se mantuvo serena, con una postura impecable.

Ante ella yacía arrodillada la temblorosa criada, luchando por reprimir sus gritos. Tenía el cabello revuelto y la piel manchada de marcas rojas.

Los demás sirvientes permanecieron a distancia, sin hacer ningún intento por intervenir.

El aire, denso y gélido como los vientos de un bosque helado, lo oprimía con fuerza. Y en un instante, Kazerre comprendió.

Esto no era mera obediencia, sino sumisión, cultivada a través de una prolongada indefensión. Aquel aire sofocante y estéril que había percibido en el pasillo también era obra de Aveline.

—Bienvenido a casa. Te he echado mucho de menos.

Aveline habló con voz dulce, y una suave sonrisa se dibujó en sus labios.

Pero Kazerre no se atrevió a responder de la misma manera. Nunca antes había sentido el peso del paso del tiempo con tanta intensidad.

Aveline seguía siendo tan hermosa como siempre; sin embargo, para él, ahora era una completa desconocida.

Y así, no pudo ignorar la verdad que tenía delante de sus narices.

La Aveline Croeta que él había conocido ya no existía. La chica que solía sonreírle con los ojos llorosos... Ya no estaba.

 

Athena: Así que en el pasado era una cosa… y ahora otra.

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Capítulo 13

El destino me traicionó Capítulo 13

El mayordomo, Morris, entró por la puerta entreabierta y anunció:

—Su Gracia, Lady Croeta, ha llegado.

El alboroto de hacía unos instantes cesó milagrosamente. Un silencio gélido, como una helada repentina, llenó la habitación. Kazerre frunció ligeramente el ceño.

Consideró especular sobre el motivo de su visita, pero pronto descartó la idea.

De todas formas, no tenía sentido; cualquiera que fuera su razón, él no podría negarse.

Con un leve suspiro, Kazerre asintió levemente.

—Déjala entrar.

Morris hizo una reverencia antes de abrir la puerta de par en par.

Poco después, Aveline entró en la oficina con pasos gráciles, como una mariposa revoloteando en busca de una dulce flor.

Al ver cómo su suave cabello rosa florecía como una cascada de flores primaverales, Xenon corrigió sus pensamientos.

«Ahora que lo pienso, hay otro momento en que Su Gracia se muestra particularmente sensible».

Fue entonces cuando se encontró cara a cara con su prometida.

—Kazerre.

Aveline lo saludó alegremente por su nombre antes de examinar lentamente a los caballeros que habían estado ocupando la oficina.

Todas las miradas ya estaban puestas en ella.

Su presencia iluminó al instante el espacio, antes abrumadoramente masculino, pero nadie pareció complacido con ello.

A pesar de saber que las miradas que recibía distaban mucho de ser amables, Aveline ofreció una sonrisa serena.

—Ay, Dios mío, debo haber llegado en el momento equivocado. Dada la rigidez de la postura de todos, parece que la futura señora del ducado ni siquiera merece una leve reverencia.

—Ha pasado mucho tiempo, Lady Croeta —interrumpió rápidamente Xenon con un tono respetuoso.

Basándome en mi amplia experiencia, evitar cualquier conflicto con esta mujer siempre fue la opción más sensata.

En una batalla de ingenio entretejida con intrincadas capas de malicia, era imposible derrotar a Aveline Croeta. Sin importar la respuesta, uno terminaría cayendo en sus redes. La mejor estrategia era ceder y escapar ileso.

—En efecto. Aunque residimos en la misma finca, es bastante difícil verle, sir Xenon.

La voz de Aveline era melodiosa cuando respondió. Por suerte, su mirada penetrante no se detuvo en él por mucho tiempo.

Desafortunadamente, en lugar de retirar sus ataques, los redirigió hacia el objetivo más vulnerable.

—Vaya, señor Thierry, todavía le pesa bastante la cabeza. Teniendo en cuenta que, a pesar del tiempo transcurrido, sigue sin tener la capacidad de mostrar el decoro adecuado, supongo que no hay mucho ahí dentro que la haga pesar.

—¿Qué acaba de decir?

El rostro de Thierry adquirió un color rojo intenso.

Xenon, sacudiendo la cabeza, parecía haber perdido toda esperanza.

La animosidad entre Aveline y los Caballeros de Snowfield no era nada nuevo.

Para empezar, el temperamento de Aveline la hacía fundamentalmente incompatible con los caballeros. Sentía un miedo innato a las espadas.

Desconfiaba de otras armas blancas como hachas y hoces, pero su aversión a las espadas era extrema.

«Oí que, de niña, sufría ataques epilépticos con solo ver una».

Por su culpa, incluso los cuchillos de cocina del ducado se desafilaban deliberadamente lo máximo posible. Los filetes se servían precortados para poder manipularlos con cuchillos de mantequilla.

Era fácil imaginar cómo veía ella a los caballeros que recorrían orgullosamente la finca con espadas atadas a la cintura.

El problema era que Aveline nunca hizo el más mínimo esfuerzo por ocultar su disgusto.

—¿Por qué es necesario llevar armas tan grotescas dentro de la finca?

—Llevar una espada siempre encima refleja la constante vigilancia de un caballero. ¿Y llamarlo grotesco? ¿Te das cuenta de que eso es un insulto a los caballeros?

—¿Un insulto? ¿Solo por eso? Si los caballeros tienen la mente más blanda que un pudín, supongo que se pondrán a llorar de vergüenza con solo rozarse con alguien.

—¡¿Cómo pudiste decir semejante cosa...?!

Los caballeros, que nunca antes se habían enfrentado a semejante desdén, ardían de ira.

En retrospectiva, la insistencia de Aveline en evitar las espadas fue la decisión correcta: varios caballeros apenas se habían contenido para desenvainar las suyas en respuesta a sus palabras.

En Mazengarve, un imperio venerado como la tierra de los caballeros, estaban acostumbrados a los elogios interminables, no a una hostilidad tan manifiesta.

Finalmente, Kazerre dispuso que los barracones de los caballeros se ubicaran lo más lejos posible de los aposentos de Aveline, en el extremo más alejado del anexo derecho. Además, adquirió más terrenos en la finca para trasladar el campo de entrenamiento más allá del jardín trasero.

Fue una medida drástica para minimizar sus encuentros.

Pero por muy vasta que fuera la propiedad, era imposible evitar cruzarse con ellos por completo, especialmente cuando Aveline se inmiscuía deliberadamente en el dominio del duque de esta manera.

—Ve al grano, Aveline.

Kazerre se pasó la mano por el pelo con tono rígido. El gesto brusco despeinó sus mechones negros, proyectando sombras sobre su rostro. Por primera vez, su expresión, normalmente impasible, reveló claros signos de agotamiento.

Cada vez que Aveline y los caballeros se enfrentaban, recaía exclusivamente sobre Kazerre la responsabilidad de mediar.

Para los caballeros, bastaba con una sola orden para resolver los problemas. Con ella, en cambio, significaba soportar conversaciones interminables y tediosas, lo que la convertía en una adversaria mucho más problemática que aquellos hombres groseros.

—Quiero que me acompañes a una merienda dentro de cuatro días.

—¿Qué?

—Es una merienda organizada por la marquesa de Bourville. La invitación indica que se permite ir acompañada.

Aveline colocó cuidadosamente la invitación sobre su escritorio.

Kazerre se quedó momentáneamente sin palabras, sin saber a qué objetar primero mientras observaba sus movimientos serenos.

Pues bien, irrumpir en una habitación con invitados sin previo aviso, dar órdenes sin pedir su opinión e intentar convertirlo en el centro de atención en una merienda claramente destinada a damas, nada de esto constituyó una falta de cortesía hacia Aveline.

Al fin y al cabo, para él era tan natural darle prioridad que ella ni siquiera lo consideraba una muestra de consideración.

Y Kazerre se fue cansando de todo aquello, hasta el punto del cinismo.

Quizás debería haberle dejado claro que las cosas a las que había cedido con tanta facilidad eran, de hecho, actos fruto de su consideración.

Antes de que se convirtieran en algo que ella daba por sentado. Antes de que se volvieran tan incuestionables que no toleraría que él hiciera lo contrario.

Pero al final, Kazerre le daría la respuesta que ella quería.

No por ella, sino porque no tenía ni idea de por dónde empezar a desenredar el lío en que se había convertido su relación.

—No puedo. Tengo compromisos previos para ese día.

—¿Qué tipo de acuerdos previos?

—…Me reuniré con el príncipe Leonard mañana por la mañana.

La familia real (especialmente los hermanos Beatrice y Leonard) eran su mejor baza contra Aveline. Jamás pensó que tendría que usar su promesa a Beatrice de esta manera, pero ahí estaba.

Aparte del sabor amargo que le dejó en la boca, Aveline, como era de esperar, cedió.

—Entonces no necesitaré que me acompañes a mi salida.

—En su lugar, enviaré un caballero para que te escolte.

—¿Quieres?

La voz de Aveline se curvó ligeramente al final mientras dirigía la mirada hacia donde estaban Thierry y Jacques. Su mirada, teñida de burla descarada, se curvó sutilmente.

—Entonces, al menos envía a alguien con la dignidad que le corresponde. Sería problemático si el nivel fuera demasiado bajo.

El rostro de Thierry se puso tan rojo como su cabello, ardiendo de humillación.

Sin embargo, en lugar de mostrar su enfado abiertamente como solía hacer, Thierry se interpuso silenciosamente entre Jacques y ella, como si quisiera protegerlo de su vista.

Afortunadamente, Aveline se volvió hacia Kazerre y añadió:

—Y asegúrate de ser tú quien venga a recogerme.

—…Aún no he decidido cuándo regresaré.

—No importa. Al fin y al cabo, la merienda durará toda la tarde.

Su determinación de exhibirlo era evidente.

Kazerre observó en silencio a Aveline, quien no mostraba ninguna intención de ceder.

«Si solo es una breve aparición, no está tan mal».

Sintió una oleada de resignación al ver cómo semejante compromiso había llegado a parecerle razonable. Pero al final, asintió sin dudarlo.

Más que nada, no tenía ningún deseo de continuar con esa inútil discusión con ella.

—Pasaré por allí si tengo tiempo. ¿Eso era todo lo que necesitabas?

Su tono era tan frío que sería imposible continuar la conversación, aunque ella tuviera algo más que decir.

Por supuesto, Aveline Croeta no era del tipo de persona que se preocupara por esas cosas.

—Sí. Me voy. Tengo los oídos cansados de estar sentado en una sala llena de hombres ignorantes que creen que pueden ganar solo por ser los que más gritan.

Aun sin mucha perspicacia, era obvio a quién iban dirigidas sus palabras. Thierry, que apenas había logrado contener su ira, se mordió el labio y la fulminó con la mirada.

Pero Aveline simplemente esbozó una sonrisa burlona en la comisura de los labios antes de darse la vuelta y abandonar la habitación con tanta elegancia que casi hacía olvidar lo grosera que había sido su intromisión.

Los caballeros siguieron con la mirada su figura que se alejaba.

—…Ella siempre es como una tormenta —dijo Jacques, el primero en romper el silencio.

El genio pecoso arrugó la nariz y sonrió, con una expresión extrañamente divertida.

—Eres el único al que esto le resulta divertido.

Thierry, aún visiblemente furioso, regañó a Jacques, con la frustración reflejada en su ceño fruncido.

Cuanto más repasaba mentalmente la conversación anterior, más se enfadaba y más se le elevaba la voz con frustración.

—Y por muy refinada que sea, si te llama tonto, ¡deberías enfadarte! Puede que ahora solo seas un escudero, pero sigues siendo un miembro orgulloso de los Caballeros de Snowfield…

—¿Perdón? ¿Me estabas hablando a mí? Juraría que estaba hablando de usted, Sir Thierry.

—¿Qué?

—¡Este pequeño…!

Thierry finalmente volvió a estallar, perdiendo los estribos. Xenon dejó escapar un profundo suspiro, sacudiendo la cabeza.

En ese preciso instante, desde más allá de la puerta ahora silenciosa, el sonido de pasos que se acercaban resonó una vez más.

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Capítulo 12

El destino me traicionó Capítulo 12

Palabras que no llegan

La luz del sol entraba a raudales por las ventanas, proyectando un brillo dorado sobre la mesa, donde yacía esparcida una pila de invitaciones abiertas. Aveline las hojeó con expresión aburrida.

La mayoría acabaron cayendo al suelo, pero una carta permaneció en su mano más tiempo que las demás.

—¿Dónde está Anika?

La pregunta iba dirigida a Lucy, la criada que había estado abriendo cuidadosamente los sobres con un abrecartas en lugar de Aveline.

Sobresaltada, Lucy tartamudeó, tensa por la preocupación de que pudiera romper accidentalmente la carta que tenía en las manos.

—Oh, eh… no la he visto desde el desayuno, pero probablemente esté siguiendo al jardinero, ayudando de nuevo con las tareas.

—¿Crees que pregunté porque tenía curiosidad por saber dónde está ahora mismo?

Aveline sonrió dulcemente.

Lucy no era la persona más perspicaz, pero incluso ella pudo percibir instintivamente el disgusto que se escondía tras esa sonrisa angelical.

—¡Yo… yo la traeré enseguida!

Salió corriendo de la habitación como si huyera para salvar su vida.

Poco después, una chica entró corriendo.

Su cabello corto, aplastado bajo un gran sombrero de paja, rebotaba contra sus hombros. Los bajos de sus pantalones estaban cubiertos de mugre.

Una de las criadas, que estaba ordenando la habitación, jadeó horrorizada al ver aquello.

—¡Dios mío, Anika! ¿Cómo pudiste entrar vestida así?

—Oh, bueno… la señorita me llamó con urgencia…

Anika se rascó la barbilla torpemente con la mano enguantada, haciendo que trozos de tierra endurecida se desmoronaran en el suelo.

Mientras las criadas continuaban con sus lamentos atónitos, solo Aveline permaneció indiferente.

—A estas alturas, prácticamente te has convertido en jardinera. ¿Debería escribirte una carta de recomendación?

—Vamos, ¿a dónde más podría ir?

Anika sonrió con picardía, y en sus mejillas aún juveniles y bronceadas se formaron hoyuelos profundos.

Era casi un halago, pero no del todo una mentira. Al fin y al cabo, no había nadie más que pudiera acoger a una chica como ella —una antigua huérfana de los callejones de las tribus del desierto occidental— aparte de esta excéntrica noble.

El desierto occidental era una tierra árida, que ni siquiera el imperio tenía interés en reclamar. Las tribus del desierto subsistían a duras penas en los oasis, pero cuando una sequía devastadora amenazó con acabar con los últimos de ellos, muchos no tuvieron más remedio que abandonar su tierra natal y emigrar hacia el imperio.

Anika era una de esas huérfanas, separada de sus padres mientras cruzaba la frontera en secreto. Como si ser extranjera en el imperio no fuera ya bastante difícil, además pertenecía a una tribu desértica despreciada. Las opciones para sobrevivir eran escasas y crueles.

Robar se convirtió en algo tan natural como respirar, y mentir era simplemente otra forma de saludo.

Entonces, un día, fue secuestrada.

Siempre supo que vivía con el tiempo prestado, así que pensó que simplemente era el momento en que el destino la había alcanzado.

Pero quien la esperaba no era un soldado que la miraba con desprecio. Tampoco era un matón brutal blandiendo sus puños, ni un pervertido asqueroso lamiéndose los labios.

En cambio…

—Trabajarás para mí.

Una dama de la nobleza, del tipo que probablemente nunca había mirado a nadie desde la calle, había dado la orden con una gracia natural.

Anika dudó un instante, escondiendo instintivamente sus manos manchadas de tierra a su espalda para no ensuciar el impecable vestido de la mujer.

—¿Por qué yo? Todos los demás me evitan…

Más tarde, descubriría su nombre: Aveline Croeta. Y en ese mismo instante, Aveline sonrió. Una sonrisa tan deslumbrante y serena que costaba creer que perteneciera a su misma especie.

—Precisamente por eso.

Anika no había comprendido el significado de esas palabras hasta que realizó su primer encargo para Aveline.

Su tarea consistía en comprar información a un intermediario que merodeaba por los callejones del distrito comercial de Morbe.

La mayor parte de la información consistía en chismes desagradables de la alta sociedad, escándalos o intrincadas redes de usura: desenterrar esqueletos que la gente prefería mantener enterrados.

Era un trabajo insignificante para alguien que había vivido toda su vida con elegancia, pero para alguien como Anika, que se había criado en esos mismos callejones, era perfecto.

Era tan común ver a una muchacha de una tribu del desierto vagando por callejones oscuros que nadie sospecharía jamás que trabajaba para una noble.

—¿Adónde vas con tanta prisa?

—Oh, solo estaba haciendo un recado por los callejones...

Ni siquiera las criadas de la casa ducal tenían idea de por qué Aveline había acogido a Anika.

Un día, la detuvieron directamente y la interrogaron. Tomada por sorpresa, respondió con sinceridad, solo para ver cómo sus rostros se contraían de inmediato con desaprobación.

—¿Un recado? ¿Te lo envió la señorita?

—¿Acogió a una niña que acababa de escapar de los barrios marginales, solo para devolverla allí? ¡Qué crueldad!

Luego hablaron sobre cómo alguien de los barrios marginales debería tener la oportunidad de una nueva vida, en lugar de ser obligada a volver a las sombras.

Anika tuvo que apretar los labios con tanta fuerza que se le entumecieron para no reírse a carcajadas.

No porque fuera gracioso, sino porque su descarada hipocresía era absolutamente ridícula.

Las mismas personas que una vez susurraron: ¿De dónde demonios sacó a una chica así?

Aveline no era filántropa, sino empleadora. Y desde la perspectiva de Anika, un trabajo seguro con un salario garantizado era mucho más satisfactorio que una compasión pasajera y trivial.

Por alguna razón, casi la mitad del personal de la finca del duque fue despedido poco después, así que Anika nunca volvió a ver a esas criadas. Pero juró no volver a hablar con tanta imprudencia.

—Necesito salir un rato.

Aveline le entregó a Anika la invitación que había estado examinando con detenimiento momentos antes.

Sin dar detalles ni un destino claro, simplemente dejó que Anika comprobara el sello estampado en la invitación. Eso bastó para que Anika asintiera en señal de comprensión.

—¿Para cuándo lo necesita?

—Devuélvelo esta tarde.

—Mmm, entendido.

El plazo parecía un poco ajustado, pero en lugar de quejarse, Anika aceptó rápidamente.

No tenía sentido hacer una petición inútil para extender el tiempo; avanzaría más simplemente moviendo los pies más rápido.

Después de todo, su empleadora, a pesar de su apariencia angelical, no era una persona particularmente considerada.

Anika salió corriendo de la habitación una vez más.

Mientras las criadas se afanaban en limpiar el suelo recién ensuciado, Aveline dirigió su mirada distraídamente hacia la ventana.

El sol de la mañana se iba ocultando lentamente en el cielo.

—¡Su Gracia! ¿Me está escuchando siquiera?

Se produjo un revuelo inesperado en el despacho del duque de Evuteren.

A pesar de los fuertes gritos dirigidos a él, Kazerre no apartó la vista de los documentos que leía. Su expresión era casi imperceptible; su rostro, tan sereno e impecable como una esfera de cristal pulido.

Este comportamiento es vergonzoso ante vuestro señor, Sir Thierry.

Xenon, el ayudante que había estado asistiendo a Kazerre con el papeleo a pesar de su mirada cansada, reprendió a Thierry en su lugar.

Aun así, Thierry parecía a punto de derrumbarse de frustración, gritando indignado.

—¡Les digo que este bribón de Jacques casi derriba toda la valla del campo de entrenamiento!

—¡Vamos, sir Thierry! No iría tan lejos. Usted exagera demasiado.

—¡Este pequeño…!

Thierry, con el rostro enrojecido por la ira, se volvió hacia el chico que estaba a su lado. Pero en lugar de mostrarse intimidado, el chico permaneció completamente relajado, con una expresión tranquila e imperturbable.

Esa actitud despreocupada no hizo sino irritar aún más a Thierry, aunque el chico parecía completamente indiferente.

—Debería haberlo sabido cuando empezó a llevar toda una fila de caballos a los terrenos de entrenamiento.

—Usted fue quien me dijo que el entrenamiento a caballo es esencial para convertirse en caballero, Sir Thierry.

—¡Le dije que montara el caballo, no que lo estrellara contra la cerca!

Xenon se frotó las sienes y negó con la cabeza. Su dolor de cabeza empeoraba, gracias a esos alborotadores tan incultos.

Thierry era originalmente hijo de un cazador de una aldea cercana a las montañas Nomere, donde vagaban bestias mágicas.

Un día, cuando Kazerre llegó cerca en una misión para someter a una bestia, Thierry se lanzó imprudentemente contra una bestia a puño limpio, declarando que lo protegería, solo para terminar siendo rescatado por el mismo chico al que había intentado proteger.

Después de haber sido reprendido severamente, uno podría pensar que habría aprendido la lección.

Pero no, en cambio, se había abierto paso a la fuerza, con mucha terquedad, en los Caballeros de Snowfield, la élite de la familia Evuteren.

Debido a su ubicación geográfica, los Caballeros de Snowfield estaban compuestos predominantemente por norteños, y Thierry era un ejemplo perfecto de un guerrero típico del norte.

Siempre a un paso de desenvainar su espada ante la menor provocación, sus pensamientos eran tan simples y transparentes que bien podrían haber estado escritos en su frente.

«Se lleva bien con todo el mundo, así que es muy querido en la Orden, pero…»

Él y Xenon simplemente no se llevaban bien. Xenon se frotó el ceño fruncido con los dedos, intentando suavizarlo.

Por supuesto, no todos los norteños eran como Thierry.

Por ejemplo, su señor era Kazerre: era todo lo contrario de aquel necio impulsivo, sereno y solemne como ningún otro.

—Bueno, supuse que el caballo saltaría la valla por sí solo.

—Apenas puedes mantenerte sentado sobre un caballo, ¿y te crees un prodigio? ¡Un poco de halago se te ha subido a la cabeza!

Sin embargo, el problema principal aquí no era Thierry, sino el chico al que estaba regañando, Jacques.

Jacques, un aprendiz de caballero que pronto sería nombrado caballero como el más joven de la historia gracias a su extraordinaria destreza con la espada, pasaba sus días provocando un incidente absurdo tras otro, todo ello mientras lucía una sonrisa inocente e ingenua.

En ocasiones, Xenon casi quedaba impresionado por la pura creatividad que se escondía tras sus percances.

Aunque, la mayoría de las veces, lo único que quería era darle un buen golpe en la nuca al chico.

—Suficiente.

Una voz breve y baja se abrió paso entre el ruido.

Pero esa sola palabra bastó para silenciar a toda la sala en un instante.

Todas las miradas se dirigieron inmediatamente a Kazerre.

Sin inmutarse, simplemente declaró:

—Llevad las peleas a los campos de entrenamiento.

—¡Su Gracia…!

Kazerre hizo un gesto con la mano en señal de desdén, como si no le importara.

Thierry parecía traicionado, pero no tenía sentido discutir. Xenon frunció aún más el ceño.

«Ni siquiera se da cuenta de que Su Gracia está siendo indulgente con él».

Quizás debido a su atractivo físico, que resultaba intimidante, o al prestigio inherente a su título, la mayoría de la gente instintivamente se mantenía alejada de Kazerre, dando por sentado que era un noble arrogante y difícil.

Pero, contrariamente a lo que esperaban, no era particularmente difícil atenderle.

En el campo de batalla, donde la vida y la muerte pendían de un hilo, sus sentidos se agudizaban, volviéndolo más irritable. Pero en la vida cotidiana, era sorprendentemente tolerante.

«Por eso mismo estos imbéciles se salen con la suya comportándose así delante de sus narices».

En cualquier otra orden de caballería, habrían sido juzgados por insubordinación y arrojados a un calabozo sin dudarlo.

Tras haber escuchado numerosas quejas de ayudantes que sufrían bajo el yugo de superiores demasiado estrictos, Xenon a veces envidiaba la dichosa ignorancia de Thierry.

Justo cuando miraba a Thierry con exasperación, se oyó un cauteloso golpe en la puerta desde fuera.

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Capítulo 11

El destino me traicionó Capítulo 11

Dos sombras se extendían sobre la hierba, susurrando con el viento. Una larga y ondulada cabellera castaña clara. El dobladillo ondeante de un vestido. Dos figuras entrelazadas como si fueran una sola.

Sin embargo, lo que captó la mirada de Aveline no fueron otros que los ojos de Kazerre.

Incluso desde esa distancia, sus ojos le traspasaron el corazón con una intensidad dolorosa. Más allá de la profunda bruma violeta, se percibía una leve ondulación.

—¡Kazerre!

Antes de que pudiera comprender lo que significaba, Aveline gritó su nombre con urgencia.

Ante su repentino arrebato, el aire tranquilo de la noche de verano se estremeció. La fuerza de su propia voz hizo que su cuerpo también temblara.

—¿Aveline?

Kazerre se volvió hacia ella de inmediato. La mujer que acababa de separarse de su abrazo, pero que aún se aferraba a su brazo, también giró la cabeza.

Cuando sus miradas se cruzaron, el corazón de Aveline latió con fuerza contra sus tímpanos.

Sentía como si toda la sangre de su cuerpo se hubiera evaporado, dejándola helada. Una sensación escalofriante, como la de alguien que acaba de escapar de ahogarse.

—Volvamos, Kazerre.

—¿Qué…?

Sorprendido por su repentina petición, Kazerre comenzó a interrogarla, pero se detuvo.

Aveline, que se frotaba el brazo con nerviosismo, no parecía estar bien.

Un ceño se le formó entre las cejas mientras la examinaba con atención, y sus ojos violetas se oscurecieron con preocupación.

—Creo que… no me encuentro bien. Volvamos.

Aveline reprimió una ansiedad inexplicable y habló con voz débil.

A diferencia de lo habitual, no le preguntó a Kazerre sobre la mujer que estaba a su lado ni le presionó para que le diera explicaciones. En ese momento, no le importaba quién fuera la mujer; solo sabía una cosa: tenía que alejarla de él.

Al oír que Aveline decía sentirse mal, Kazerre no indagó más. En cambio, se dirigió a Clonay y se despidió brevemente.

—Debo retirarme, Lady Huster. Espero que disfrute del resto de la velada.

—Ah… Sí, Su Gracia…

La mujer que se quedó atrás no pudo hacer más que quedarse allí parada mientras Kazerre caminaba a grandes zancadas hacia Aveline.

Para Aveline, sus pasos eran terriblemente lentos.

Quería correr hacia él, agarrarle la mano primero. Pero por alguna razón, sus piernas no respondían. Así que solo pudo quedarse quieta y verlo acercarse.

«Por favor, ven conmigo. No mires a ningún otro lado».

Por suerte, Kazerre llegó a tiempo. Sin embargo, para Aveline, esos pocos instantes le parecieron más largos que los últimos ocho años sin él.

—Nunca pides irte antes. ¿Te sientes tan mal? ¿Dónde te duele?

Su mirada preocupada la recorrió minuciosamente.

Solo cuando se vio reflejada por completo en sus ojos violetas, Aveline sintió que podía respirar de nuevo. Esos ojos oscuros e intensos eran lo único que le devolvía la vida.

Él era el único que le importaba de verdad.

—Siento que mi estómago… no está del todo bien. —Aveline murmuró débilmente.

Su tez pálida y su respiración irregular ponían nervioso a Kazerre.

Sus labios, normalmente rojos, se habían vuelto de un inquietante tono azul. A sus ojos, parecía que iba a desmayarse en cualquier momento.

—¿Tienes fiebre?

Sin dudarlo, Kazerre le puso la mano en la frente.

Su tacto fresco pareció aliviar el calor que recorría su cuerpo. Aveline apoyó la frente en su gran palma y murmuró:

—Se siente bien… ¡Ah!

En ese momento, Kazerre alzó ambas manos para acunar su rostro, sus dedos rozando su piel antes de que de repente la tomara en brazos.

Su pequeña y delicada figura encajaba a la perfección con él, como si siempre hubiera pertenecido a ese lugar. Aveline lo abrazó por el cuello como si hubiera estado esperando este momento.

Su aroma, familiar, pero a la vez desconocido, le cosquilleaba la nariz, pero no tenía tiempo para detenerse en ello.

—Regresaremos enseguida. Espera un poco más.

Al sentir que ella asentía levemente contra su pecho, Kazerre no dudó más y comenzó a caminar.

Antes de acurrucarse por completo en sus brazos, Aveline lanzó una última mirada por encima de su hombro.

La mujer que había estado con él hacía apenas unos instantes se quedó paralizada, observándolos marcharse.

Al verla quedarse atrás, una inexplicable sensación de alivio se extendió por el pecho de Aveline como una brisa fresca.

Mientras la mujer se alejaba cada vez más y finalmente desaparecía de la vista, Aveline apartó la mirada. Cerrando los ojos, apoyó la cabeza en el pecho de Kazerre.

Su aroma, fresco, nítido y embriagador, la envolvió como la primera nevada del invierno.

El aroma que adoraba. El aroma de Kazerre.

«Él es mío».

Este abrazo firme y cálido era su único refugio seguro.

Hasta el día en que dejara de respirar, él le pertenecería solo a ella, así como ella le pertenecía a él. Porque ese era el destino que el cielo les había escrito.

Pero entonces… ¿por qué se había sentido como una intrusa hacía tan solo unos instantes?

Se suponía que este era su lugar.

«No. Él es mío. Mi hombre».

Como si intentara sacudirse la inquietud que se apoderaba de su corazón, Aveline tembló y se acurrucó más profundamente contra su pecho.

Ojalá pudieran convertirse en uno solo, para que nunca más volvieran a separarse.

—¿Cuándo empezó esto?

Una voz repentina y grave la sacó de sus pensamientos convulsos.

Como un polluelo recién nacido, Aveline abrió lentamente los ojos.

Levantó la cabeza y echó un vistazo a su alrededor.

Sobre ella, un alto techo abovedado se extendía a lo largo del pasillo, con faroles de cristal colgando a intervalos regulares. A lo largo del corredor, estatuas de héroes legendarios se erguían altas e inquebrantables.

¿Acaso no había estado ella en sus brazos solo un breve instante? Sin embargo, ya habían llegado a la entrada del salón de baile.

La fiesta seguía en pleno apogeo, dejando el pasillo inquietantemente vacío.

Aunque la distancia desde el jardín era considerable, Kazerre no mostraba signos de cansancio. Ni siquiera había jadeado.

—No lo sé —murmuró Aveline en voz baja, apoyando de nuevo la cabeza en su pecho mientras él seguía caminando.

Kazerre bajó la mirada, a punto de decir algo en respuesta a su tibia contestación, pero sus pasos se ralentizaron drásticamente hasta detenerse por completo.

Frunció el ceño como si acabara de descubrir una terrible verdad.

—Tú…

Kazerre, que la había estado mirando con expresión sombría, exhaló un suspiro y aflojó el agarre, dejándola en el suelo.

Aveline saltó ágilmente de sus brazos y aterrizó con gracia sobre ambos pies.

La palidez que había ensombrecido su rostro horas antes había desaparecido por completo, sustituida por un precioso rubor rosado. Sus ojos dorados lucían más claros y brillantes que nunca.

—Ahora me siento bien. Antes tenía una sensación extraña en el estómago, pero ahora ya me siento bien.

Aveline se encogió de hombros levemente y esbozó una sonrisa pícara y despreocupada en la comisura de los labios. Su mirada divertida brillaba con la astucia de una embaucadora juguetona.

Kazerre se quedó sin palabras al mirarla, perfectamente sana y sin inmutarse.

Un golpe en la nuca habría sido menos humillante que esto. La había traído corriendo hasta aquí, pensando que algo grave le pasaba, solo para darse cuenta de que lo habían engañado.

—…Ja.

Una risa hueca escapó de sus labios.

Por supuesto. Así era ella.

Susurraba mentiras y planes con la misma dulzura que palabras de amor, e incluso cuando la descubrían, seguía sonriendo sin pudor alguno.

Así que, al final, el único tonto aquí fue él, por creerla, incluso cuando debería haberlo sabido.

El rostro de Kazerre, que por un instante había mostrado una expresión de ira, se quedó rápidamente inexpresivo.

—Olvídalo. Volvamos atrás.

En lugar de dar rienda suelta a su creciente frustración, Kazerre optó por marcharse.

Era mejor volver a casa cuanto antes, para poner distancia entre ellos.

No había motivo para enfadarse. No hacía falta. Por mucho que gritara o suplicara, Aveline Croeta jamás cambiaría.

Y si ese era el caso, ¿qué sentido tenía malgastar emociones en ella?

Sin embargo, por mucho que intentara razonar consigo mismo, la opresión asfixiante en su pecho se negaba a desaparecer.

Irritado, se pasó la mano por el pelo y apartó la mirada de ella. Reprimir sus emociones solo hizo que el cansancio se apoderara aún más de él.

—Sí, entonces volvamos a casa.

Mientras él luchaba por controlar sus emociones, Aveline deslizó suavemente su mano por el hueco de su brazo, como si estuviera sujetando con una correa a una mascota que se había escapado a casa.

Ella le devolvió la mirada con una sonrisa serena y cómplice.

—Sabes cuánto te quiero, ¿verdad? Te amo. Mi Kazerre, mi Hyperion.

Su voz era tan rica y seductora como el canto de una sirena, de esas que pueden hacer que incluso los hombres que cotilleaban sobre ella a sus espaldas murmuren instintivamente en señal de aprobación.

Pero Kazerre no sintió nada. Su corazón no se conmovió. No le sorprendieron sus palabras, ni se preguntó si las decía en serio.

Simplemente estaba cansado. Ese tipo de cansancio que uno siente al escuchar una historia irrelevante sobre la vida de un desconocido.

Sus interminables declaraciones de amor, sus intentos de atarlo con ellas... él estaba empezando a cansarse de todo aquello.

Sin responderle, Kazerre siguió adelante, con pasos fríos e inflexibles.

La noche fue demasiado larga. Agotadoramente larga, sofocantemente larga.

 

Athena: Esto cuando explote, va a ser un dramón. Ella, obsesivamente, sí que quiere a Kazerre, aunque un amor muy disfuncional y su personalidad no ayuda nada. Y él… él no la quiere realmente, o como mínimo, tiene un desencanto muy grande y frustración por un supuesto destino que no eligió.

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Capítulo 10

El destino me traicionó Capítulo 10

Incluso después de que Kazerre y Beatrice se marcharan, Aveline permaneció en el salón de banquetes. La multitud que antes rodeaba a Kazerre se había reducido a la mitad en su ausencia.

Aprovechando el repentino silencio, una joven se acercó a Aveline y la saludó amistosamente.

—Es un vestido deslumbrante, como siempre, Lady Croeta.

—Gracias, Lady Myren.

Aveline sonrió, y su delicada sonrisa con los ojos la hacía parecer casi angelical.

Pero bajo el intercambio aparentemente amistoso, ambas sabían que estaban en estado de máxima alerta.

En medio de la palpable tensión, Lady Myren esbozó una sutil sonrisa burlona y continuó.

—El atuendo de Su Gracia también era muy elegante. Ustedes dos formaban una pareja deslumbrante. Supongo que usted misma lo coordinó una vez más, ¿no?

A primera vista, sonaba como un halago. Pero teniendo en cuenta los rumores en la alta sociedad sobre las excesivas atenciones de Aveline hacia el duque, distaba mucho de ser un comentario amable.

Una leve oleada de risas recorrió a los nobles allí reunidos, una brisa que traía susurros de burla.

Aveline dominaba la vida social, pero solo porque era la prometida de Evuteren.

En la aristocracia de Mazengarve, donde la mayoría de los nobles carecían de verdadera fe, el nombre de Dios tenía poca importancia.

Así pues, despojada de su título de prometida del duque, Aveline se convirtió en una mujer de poca importancia. Una mujer sin linaje, ni poder, ni riqueza; su único mérito era su belleza.

Y, sin embargo.

¿Cómo se atrevían a tratarla como a una igual a las personas nacidas en sangre noble?

Lady Myren siempre había encontrado ese hecho intolerable.

Para ella, Aveline era una impureza en la alta sociedad: vulgar por naturaleza, de una familia insignificante, carente de todo.

Y, sin embargo, por mera casualidad de una profecía divina, había reclamado el puesto de la próxima duquesa de Evuteren.

Una mujer de noble cuna debería estar al lado del duque, alguien de alta alcurnia y digna. Podría haber sido ella.

Cada vez que pensaba en ello, Lady Myren ardía de resentimiento, maldiciendo incluso a los cielos.

Por eso nunca se cansaba de provocar a Aveline. No le importaba arruinarse en el proceso; con tal de poder quitarse esa máscara empalagosa.

Pero en lugar de mostrar la más mínima agitación ante la manifiesta hostilidad, Aveline solo sonrió con más dulzura, con más inocencia.

—Así es. No hay mejor manera de ahuyentar a las hienas carroñeras.

Ella sostuvo la mirada de Lady Myren de frente.

Lady Myren se burló con incredulidad.

—¿Seguro que no se refiere a mí como una de esas hienas?

—Por supuesto que no. —Aveline lo negó con naturalidad, aunque su mirada no dejaba lugar a dudas—. Como si una dama que una vez declaró con certeza que Su Gracia no regresaría sano y salvo del Norte ahora afirmara admirarlo.

La expresión de Lady Myren se volvió fría en un instante.

Era un tema que jamás esperó que surgiera en un lugar lleno de gente dispuesta a escuchar.

Los nobles que habían fingido desinterés en su intercambio se tensaron visiblemente.

Sin inmutarse, Aveline recorrió con la mirada a los demás con calma.

La mayoría evitaba su mirada en el momento en que se encontraban con la suya.

Muchos de ellos habían especulado en su momento sobre la caída del duque.

—Jamás diría algo así, Lady Croeta. Si la gente la oye, provocará un malentendido.

Los labios de Lady Myren temblaron ligeramente, incapaces de disimular por completo su pánico. Su voz, que intentaba mantener ligera, vaciló con inquietud.

Su intención era simplemente hacer una pulla pasajera sobre las muestras de obsesión de Aveline por el duque, pero la represalia fue sencillamente brutal.

«¡Esa miserable mujer, sacando ese tema ahora!»

Lady Myren maldijo para sus adentros.

Ahora bien, Kazerre era un gobernante indiscutible del Norte, pero las cosas habían sido diferentes cuando heredó su título por primera vez.

Era inevitable.

Cuando fue lanzado abruptamente al sangriento campo de batalla del Norte tras las repentinas muertes del difunto duque y la emperatriz consorte, solo tenía trece años.

Un simple muchacho, incapaz de garantizar su propio futuro, había sido más que suficiente para infundir a parientes lejanos de la familia un atisbo de esperanza traicionera.

Ni siquiera la profecía divina que proclamaba que el elegido por el destino sería del linaje de Evuteren había sido suficiente para protegerlo.

Al fin y al cabo, la profecía solo había especificado un heredero del linaje de Evuteren, nada más.

Y los nobles de Mazengarve distaban mucho de ser lo suficientemente devotos como para tomar las palabras de Dios al pie de la letra.

Tan pronto como Kazerre partió hacia el Norte, una de las ramas colaterales de la familia adoptó a un niño de la misma edad, alegando que era un hijo ilegítimo perdido hacía mucho tiempo.

Poco después, comenzaron a circular rumores en secreto de que el verdadero niño del destino no era Kazerre, sino alguien del linaje colateral de Evuteren.

Para las jóvenes nobles que habían estado hirviendo de resentimiento hacia Aveline, quien se comportaba con un aire de superioridad, fue el escándalo perfecto al que aferrarse.

Por supuesto, era algo terriblemente trágico y lamentable pensar en el apuesto duque. Pero en lugar de preocuparse por Kazerre, a quien no habían visto en años, era mucho más urgente poner a Aveline en su lugar.

—¡Ay, Dios mío, Lady Croeta! Sin el duque de Evuteren, usted también estará acabada. ¿No sería más prudente refugiarse ahora en el templo?

—Bueno, nunca se sabe. He oído que hay un niño de la misma edad que el duque en una rama colateral lejana. Quizás la pareja que Dios la destinó nunca fue el duque, sino ese niño.

—¿Ah, te refieres a ese idiota que ni siquiera sabe escribir su propio nombre?

Las jóvenes nobles reían alegremente, como ruiseñores, a pesar de la crueldad de sus palabras.

Pero en ese momento, Aveline, que siempre mantenía la cabeza alta y los ignoraba, lanzó de repente una mirada feroz, y su expresión se volvió salvaje.

Su mirada era tan escalofriantemente penetrante que las jóvenes nobles, a pesar de creer en su propia superioridad, casi retrocedieron temblando de miedo.

—Kazerre.

—¿Q-Qué?

—Mi destino es Kazerre Evuteren. Incluso si regresa a mí como un cadáver.

Su voz, baja y fría como una hoja afilándose, resonó con una intensidad deliberada y mordaz. La sola presencia de la frágil joven era tan implacable como la de un caballero que carga para decapitar a un comandante enemigo.

Tras dirigir una última mirada, una mirada atenta y serena a cada una de las damas de la nobleza, como si memorizara sus rostros, Aveline dio media vuelta y se marchó.

Detrás de su pequeña y delicada figura, estalló una tormenta de susurros tardíos. Lady Myren estaba entre ellos.

—¡Ay, Dios mío! Oí que Lady Myren fue la primera en difundir ese rumor tan extraño. ¿No era cierto?

—Si nos atenemos estrictamente a los hechos, era cierto. Sin embargo, Lady Myren se sintió profundamente agraviada.

—Bueno, en aquel momento…

Ella solo había repetido las palabras que había escuchado de sus padres y otros adultos.

En aquel momento, creer que Kazerre regresaría sano y salvo se consideraba ingenuo y una tontería.

—Y pensar que todo esto ocurrió en una merienda organizada nada menos que por la princesa heredera. ¡Dios mío! Si Su Alteza el príncipe heredero, quien alentó el regreso sano y salvo del duque de Evuteren, se enterara de esto, ¡cuán apenado estaría!

Al oír mencionar al príncipe heredero, Lady Myren guardó silencio, como si se hubiera tragado la lengua. La injusticia de todo aquello le daban ganas de llorar.

Después de todo, el sentimiento negativo generalizado hacia el duque de Evuteren en aquel momento, y la razón misma por la que ella había podido difundir tales rumores, habían sido sancionados por el propio príncipe heredero.

Sin tal aprobación, ¿cómo podría ella, una simple hija de un conde, haberse atrevido a hablar mal de un noble duque?

Era un secreto a voces que el príncipe heredero estaba deseoso de socavar a Kazerre por todos los medios posibles.

Como era de esperar, quienes buscaban el favor del príncipe heredero hablaban abiertamente de la caída de Evuteren, y el príncipe no hizo ningún esfuerzo por impedirlo.

Pero entonces, un día, el príncipe heredero cambió de postura abruptamente. Cuando algunas personas que lo habían adulado con palabras calumniosas fueron repentinamente arrestadas y acusadas de traición, la nobleza cayó en un silencio de confusión y guardó silencio rápidamente.

—Por supuesto, fue un lapsus muy lamentable. Era joven en aquel entonces…

Incapaz de culpar al príncipe heredero, Lady Myren simplemente bajó la cabeza en señal de resignación.

Cuando Kazerre finalmente regresó a la capital, tras haber ahuyentado a las monstruosas bestias hasta los confines del Norte, la nobleza de la ciudad lo recibió con los brazos abiertos, aunque temían en secreto que los rumores que habían difundido llegaran a oídos de él.

Aunque todos eran cómplices, había una persona que no tenía miedo.

Aveline Croeta.

Si hubieran podido, la habrían matado solo para silenciarla.

Sin embargo, contrariamente a sus temores, las viles palabras pronunciadas contra el duque nunca volvieron a salir a la luz. Aveline simplemente se aferró a Kazerre más abiertamente que nunca, desfilando por la alta sociedad con renovada confianza.

Desconcertados, los clientes pronto comprendieron el motivo.

—Demasiado orgullosa para su propio bien; simplemente no puede soportar la humillación de admitir lo que se dijo de él.

—Qué tontería. Como si eso pudiera borrar alguna vez sus miserables orígenes.

—Qué curioso que alguien de tan humilde origen haya encontrado por fin un motivo para estar agradecida por su estatus.

Aquellos que se adaptaron rápidamente acordaron en silencio borrar por completo esa parte de la historia, divertidos por la supuesta necedad de Aveline.

Así pues, los nobles de la capital fácilmente ocultaron sus palabras despectivas sobre Kazerre Evuteren.

Sin embargo, ahora Aveline había desenterrado inesperadamente ese tabú largamente enterrado.

Como si quisiera declarar: Recuerdo cada una de tus fechorías. Y jamás las olvidaré.

—Lamento profundamente que mis palabras imprudentes le hayan causado alguna molestia, Lady Croeta. Fue enteramente una falta de tacto por mi parte. Espero que tenga la gentileza de pasarlo por alto.

—Me alegra que lo entienda.

Aveline respondió con una mueca de desprecio, abriendo su abanico para ocultar sus labios, una clara señal de que no tenía intención de continuar la conversación.

Lady Myren se retiró rápidamente.

No tenía ni idea de por qué Aveline había decidido sacar a relucir de repente una historia que había mantenido enterrada durante tanto tiempo.

Pero ella no tenía ni el más mínimo deseo de averiguarlo.

Quizás debido al ejemplo que se había dado, quienes habían seguido los pasos de Lady Myren comenzaron a observar con cautela a Aveline y gradualmente se distanciaron de ella.

Mientras observaba cómo la gente se retiraba lentamente, Aveline permaneció serena y digna en su lugar.

Finalmente, cuando se quedó sola, cerró su abanico con una expresión bastante aburrida y comenzó a alejarse a paso pausado.

«No es nada nuevo…»

Esas pequeñas provocaciones eran algo constante; a estas alturas, nada que mereciera la pena molestarse.

Y, sin embargo, por alguna razón, hoy sentía una extraña inquietud en el corazón. La sensación era perturbadora, como el presagio ominoso que precede a algo terrible.

Sus pasos, pausados y elegantes, no revelaban ningún signo de angustia.

Pero sus ojos, que se movían con urgencia, la delataron: buscaba algo desesperadamente.

«¿Kazerre aún no ha regresado?»

El hombre que siempre estaba ausente cuando ella lo necesitaba. El hombre que era infinitamente cruel, pero solo con ella. El hombre al que no podía llegar a odiar, por mucho que lo intentara.

«¡Qué irreflexividad!»

Él no le mostró nada más que su fría y distante espalda; entonces, ¿por qué ella seguía anhelándolo de esa manera?

Era algo incomprensible, y, sin embargo, lo único que sentía era afecto. Si esto no era el destino, ¿entonces qué era?

Burlándose de su propio destino absurdo, Aveline salió al jardín y comenzó a buscarlo con ahínco.

Desde los amplios senderos que conducían a la fuente hasta los estrechos y escondidos caminos repartidos por los jardines, ella los conocía todos.

Esos eran los caminos que había recorrido sola en las noches de cada banquete, buscándolo a él, al hombre que nunca venía a ella.

Ya no esperaba que él fuera primero a verla.

Ella solo deseaba que el camino que conducía a él nunca se interrumpiera.

—Kazer…

Por fin, divisó a Kazerre al final del sendero. Instintivamente, lo llamó por su nombre, pero se detuvo a mitad de la frase.

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Capítulo 9

El destino me traicionó Capítulo 9

Bajo el suave resplandor de la luz de la luna, Kazerre se tensó instintivamente al observar más de cerca a la mujer que se había acercado.

Esos ojos verdes... ya los había visto antes.

Un recuerdo que ni siquiera se había dado cuenta de que aún conservaba afloró, vívido, como las hojas verdes e inquebrantables de un árbol antiguo que había perdurado a través de todas las estaciones.

—¿No nos hemos visto antes, hace un tiempo, en el distrito comercial de Morbe?

Una voz llena de seguridad lo alcanzó. Sus tranquilos ojos verdes brillaban, frescos y luminosos como hojas de primavera que brotan.

Sin apartar la mirada, Kazerre respondió:

—Usted es la señorita que paseaba sola y con mucha confianza por el distrito comercial de Morbe.

Aunque no era su intención, su voz resultó inesperadamente suave.

—¡Oh, Dios mío, tenía razón!

Radiante, la mujer aplaudió con alegría. Sus delicadas facciones se iluminaron con una sonrisa, que le recordó a un lirio floreciendo bajo el cielo nocturno.

—Me alegra mucho verlo de nuevo. Siempre me he sentido culpable por no haberle expresado mi gratitud como es debido en aquel entonces, pero el destino me ha dado otra oportunidad. ¡Qué alivio!

—Simplemente hice lo que cualquiera debería hacer. No hay por qué preocuparse —respondió Kazerre secamente. No estaba siendo modesto; solo había hecho lo que se esperaba de él, y no había razón para que se le agradeciera.

Pero la mujer no se dejó disuadir fácilmente.

—Por favor, no diga eso. Aunque en ese momento estaba demasiado nerviosa como para preguntarle su nombre, no soy de las que olvidan una deuda de gratitud. —Juntó suavemente las manos delante de la cintura e hizo una reverencia con gracia—. Le pido disculpas por el retraso en el saludo. Mi nombre es Clonay Huster. Una vez más, le agradezco sinceramente por haberme salvado aquel día.

Enderezando su postura, Clonay sostuvo la mirada de Kazerre.

Ahora era su turno de presentarse. Ella lo observaba expectante, con los ojos brillantes de anticipación ante la oportunidad de un intercambio formal de nombres.

Kazerre ya podía predecir su reacción al oír su nombre: ojos muy abiertos, una apresurada muestra de cortesía formal, tal vez incluso un silencio repentino al recordar inevitablemente a la mujer asociada con él.

Por alguna razón, se sentía reacio a compartir su nombre con ella.

Era una sensación extraña. La profecía que lo envolvía a él y a Aveline llevaba mucho tiempo arraigada en la conciencia del imperio, tan natural e inevitable como la salida del sol durante el día y la de la luna durante la noche.

Ya no tenía por qué preocuparse por eso.

Sin embargo, una extraña sensación se apoderó de él, áspera y seca, como un bocado de arena.

—…Kazerre Evuteren.

Pero no podía ignorar una presentación formal cuando ella ya se había presentado. Al final, dijo su nombre.

—Oh…

Como era de esperar, los ojos de Clonay se abrieron de par en par con sorpresa, y su mano derecha se cubrió instintivamente la boca.

Kazerre simplemente sostuvo su mirada en silencio, comprendiendo su reacción.

Entonces, con serena elegancia, Clonay recogió sus faldas e hizo una profunda y elegante reverencia.

—Le pido disculpas por no haber reconocido a una figura tan noble como Su Gracia, el duque de Evuteren. Es un honor conocerle.

Su voz había adquirido un tono más mesurado y formal.

Se desenvolvía con la elegancia y el refinamiento de una figura de un retrato antiguo. A diferencia de las deslumbrantes damas de la alta sociedad, su sencillez solo realzaba su elegancia clásica.

—El honor es mío, Lady Huster.

Kazerre devolvió el saludo con la misma formalidad cortés y mesurada.

Fue un intercambio sencillo, pero la compostura de Clonay flaqueó ligeramente. Parpadeó sorprendida antes de preguntar:

—¿Conoce a mi familia?

—¿No está ubicada cerca de las Momtañas Gilt?

Ante esto, su rostro se iluminó con pura alegría, como si le complaciera que su familia fuera conocida.

—Sabe bastante. ¿Ha estado antes en Gilt?

—No. Pero he oído hablar de ello —respondió Kazerre, apretando los labios con firmeza. No era un recuerdo que le agradara.

—Aveline, ahí no. Aquí.

—¿Aquí?

—Sí. Aquí es donde cayó la undécima estrella.

Era una época en la que estaba profundamente enamorado del romanticismo del destino, creyendo que era algo predestinado por los dioses.

Por aquel entonces era solo un niño, y el mero sonido de la palabra destino le resultaba embriagador.

Kazerre solía repasar el comienzo de su historia con Aveline, en mapas, en libros de historia, incluso en textos sagrados, maravillándose de lo predestinado que parecía estar su vínculo.

Aquella época de juventud y, por lo tanto, de insensatez.

Ahora comprendía que un destino decidido por los dioses no siempre era una bendición, del mismo modo que Aveline ya no era la dulce chica que él había conocido.

—¿Regresó a casa sana y salva ese día?

Kazerre buscó deliberadamente una pregunta para desviar la conversación. Clonay, tímidamente, se cubrió una mejilla con la palma de la mano antes de responder.

—Gracias a usted. Tomé un carruaje enseguida y llegué a casa sin problemas. Sin embargo, no terminé mis recados, así que tendré que volver pronto.

—Sería mejor que la próxima vez le pidiera a alguien que conozca la zona que la acompañe. Es un lugar bastante complicado.

—Sí, lo haré. Ese día me di cuenta de lo poco acogedor que puede ser el distrito comercial de Morbe para alguien que lo visita por primera vez. —Clonay sonrió con dulzura, una sonrisa cálida y tierna, como si recordara algo preciado—. En realidad, estaba comprando un regalo para mi tía. Como me quedaré con ella después de venir a la capital, quería expresarle mi gratitud. Pero al final, terminé recurriendo a ella una vez más.

A pesar de sus palabras, no parecía preocupada ni desanimada, como una invitada indeseada que se queda más tiempo del debido. Había un encanto especial en las mujeres verdaderamente queridas, algo que tranquilizaba a quienes las rodeaban.

—Dudo que ella lo vea de esa manera.

Fue una respuesta amable. Inesperadamente amable, viniendo de un hombre que se había mostrado indiferente tanto entonces como ahora, lo que hacía que su amabilidad fuera aún más valiosa.

Los ojos de Clonay se abrieron ligeramente con sorpresa. Luego, tras un instante, preguntó con una sonrisa radiante:

—¿Cree eso?

Era una sonrisa pura y radiante, una que disipó la inquietud que aún persistía en sus pensamientos.

En lugar de responder, Kazerre se limitó a observarla en silencio. Mantuvo su mirada fija un poco más de lo habitual, hasta que su risa se apagó y un incómodo silencio se instaló entre ellos.

Incluso él mismo consideró que sus acciones no eran propias de él.

¿Por qué?

¿Eran esos ojos verdes los que no dejaban de llamar su atención?

Esa sensación, como si los muros que había construido con tanto cuidado se estuvieran derrumbando lentamente, ¿qué era?

Mientras Kazerre se hacía preguntas a sí mismo, Clonay también continuó sosteniendo su mirada sin apartarla.

O, mejor dicho, no podía apartar la mirada.

Aunque su rostro ardía de ira bajo su mirada, no sintió ningún deseo de apartar la vista primero.

En ese preciso instante, un profundo tañido resonó en la distancia. Era el sonido del reloj de la torre del gran templo, que sonaba cuatro veces al día para anunciar las horas de oración.

Como alguien que despierta de un sueño, Clonay parpadeó y luego miró hacia el Salón Elysia.

Era hora de irse.

—No me había dado cuenta de que ya era tan tarde.

Incluso mientras hablaba, su voz estaba teñida de arrepentimiento.

—Hoy ha sido un día de mucha suerte. Volví a encontrarme con mi salvador, descubrí que mi salvador no es otro que el duque de Evuteren, e incluso supe que Su Gracia prefiere un paseo tranquilo a un gran banquete, igual que yo.

Sus palabras fluían con naturalidad, como si estuviera confesando algo tierno; elegía las frases más bellas, transmitiendo con cuidado lo mucho que significaba para ella aquel encuentro.

¿Había llegado a él su sinceridad?

Las comisuras de los labios de Kazerre, que habían sido firmes como el acero, finalmente se suavizaron hasta convertirse en una leve curva.

—Fue un placer conocerla, Lady Huster.

Una simple despedida, pero con su elegante sonrisa, fue más que suficiente.

Clonay se levantó ligeramente la falda e hizo una reverencia, intentando contener las emociones que bullían en su interior.

—El honor fue mío, Su Gracia. Espero que el destino nos permita encontrarnos de nuevo.

Finalmente, Clonay se dio la vuelta y dio un paso lento hacia adelante.

Ahora sí que tenía que marcharse. Sabía que alejarse con elegancia era la forma apropiada para que una dama pusiera fin a un momento así.

Pero su corazón se negaba a seguirla.

Se quedó allí, vacilante, mirándolo de reojo.

Ojalá pudiera volver, ojalá pudiera hablar con él un poco más.

Quizás ese anhelo le pesaba en los pasos. Justo cuando pensó que se había alejado con aplomo, tropezó torpemente.

—¡Ah…!

Soltó un pequeño jadeo al inclinarse su cuerpo hacia adelante, perdiendo el equilibrio.

Instintivamente, cerró los ojos con fuerza, preparándose para el dolor que se avecinaba.

Pero no sintió dolor.

En cambio, algo firme pero suave la rodeó por la cintura y la enderezó.

—¿Está bien?

La voz grave, cargada de preocupación, le provocó un escalofrío en los oídos.

Solo entonces Clonay abrió los ojos con cautela.

El rostro que le había parecido tan distante estaba ahora justo delante del suyo, mirándola fijamente.

Más allá de sus anchos hombros se extendía el vasto cielo nocturno.

Sus pies ya no tocaban el suelo.

La fuerza en su agarre la mantenía firme.

El aroma fresco y nítido permanecía en la punta de su nariz.

Todo estaba claro.

Y, sin embargo, no llegó a comprenderlo del todo, porque lo único en lo que podía concentrarse era en sus ojos.

Unos ojos tan hipnotizantes que despertaban el deseo de tocarlos, incluso sabiendo que no le pertenecían.

Esos ojos violetas iridiscentes, absolutamente cautivadores, hicieron que su corazón temblara de una manera que no podía comprender.

Sin darse cuenta, dejándose llevar por esa emoción inquieta, Clonay levantó una mano...

—¡Kazerre!

Un grito agudo rasgó el espacio que los separaba como una cuchilla que corta limpiamente la seda.

 

Athena: Bua, es una escena de cuento total súper linda… Chicos, voy a sufrir con esta historia. Porque la prota es la mala, la malaaaaaaa.

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Capítulo 8

El destino me traicionó Capítulo 8

Aunque Beatrice habló con ligereza, como si bromeara, una sonrisa amarga se dibujó en sus labios.

En lugar de señalar que Aveline ya la detestaba bastante, Kazerre le dio una palmadita suave en el hombro.

No siempre había sido así entre ellos.

De niños, Aveline solía acompañar a Kazerre al palacio y jugar con Beatrice. De naturaleza bondadosa, Beatrice se había adaptado bien a Aveline, y esta, por su parte, nunca la había rechazado abiertamente.

Pero después de que Kazerre se marchara al norte, su relación se rompió por completo.

Kazerre había supuesto que simplemente se habían distanciado con el tiempo debido a que se veían con menos frecuencia. Pero la versión de Beatrice era diferente.

—Un día, simplemente dejó de visitarme. No quería verme ni siquiera cuando enviaba gente a buscarla. Tampoco respondía a mis cartas.

—¿Ha ocurrido algo?

—No. Simplemente... sucedió un día, de repente.

—¿Qué pudo haberlo causado...?

—Ojalá lo supiera. ¿Dije algo sin darme cuenta que la molestó?

Era raro que Beatrice expresara sus sentimientos, pero esta vez sí que había manifestado su angustia. Y con razón: que la dejaran incomunicada de la noche a la mañana sin explicación molestaría a cualquiera.

Aun así, todavía albergaba una silenciosa esperanza de que el regreso de Kazerre pudiera ayudar a recomponer su relación con Aveline.

Pero Aveline siguió manteniendo las distancias.

A diferencia de otras damas de la nobleza, no insultó a Beatrice. En cambio, optó por ignorarla por completo. Ni siquiera le dirigió la palabra ni reconoció su presencia.

Su total indiferencia permaneció inalterable incluso cuando Beatrice estaba con Kazerre. Aveline se mantenía a su lado como si no quisiera separarse, pero en cuanto Beatrice se acercaba, se apartaba primero.

Y así, en una retorcida ironía, Beatrice se había convertido en la única persona capaz de alejar a Kazerre de Aveline.

—No tienes que preocuparte tanto por Aveline.

—Pero como tu prometida, también pasará a formar parte de mi familia. Y en su momento, también fue mi querida amiga.

Su voz, cargada de nostalgia por un pasado irrecuperable, sonaba terriblemente melancólica. Sin embargo, rápidamente animó el ambiente, revelando su inquebrantable esperanza.

—No creo que me evite por odio. Quizás haya algo más.

—Soy escéptico al respecto.

Aveline era de esas mujeres que criticaban a los demás sin motivo alguno. Y el hecho de que Beatrice fuera su prima no era una excepción.

Sin embargo, al ver que Beatrice seguía aferrándose a la esperanza, Kazerre sintió lástima por ella.

Era apenas una niña cuando recibió la noticia de la muerte de Dominic y Elise, y poco después, Kazerre partió hacia el norte. Sola en el palacio imperial, ¡qué soledad debió sentir! Por eso, la frialdad de Aveline debió de dolerle aún más.

Pero ¿qué sentido tenía darle vueltas al asunto? Aveline no era de las que cambian.

Al final, quien siempre tuvo que rendirse y resignarse… fue Kazerre.

—…Ahora que lo pienso, la condición de Su Majestad todavía no ha mejorado, ¿verdad?

Sin querer pensar más en Aveline ahora que por fin se había librado de ella, Kazerre cambió de tema deliberadamente. No eran noticias agradables, pero el bienestar del emperador no era algo que pudiera ignorar.

—Ni las bendiciones divinas ni la medicina parecen funcionar, así que es difícil tener esperanzas de que se recupere. Si Leo actuara con un poco más de seguridad, tal vez tranquilizaría un poco a Su Majestad…

Beatrice esbozó una leve sonrisa, teñida de amargura.

En algún momento, cada vez que hablaba de su hermano menor, esa sonrisa triste volvía a aflorar.

El príncipe Leonard Mazengarve, el niño nacido tardíamente que perdió a su madre antes incluso de dar sus primeros pasos, era naturalmente tímido y retraído, reacio a estar cerca de extraños. Pero con Beatrice, al menos, charlaba sin parar. Había sido un niño débil, pequeño y simplemente adorable.

Entonces, un día, Leonard enfermó gravemente.

Con fiebre y al borde de la muerte, finalmente logró recuperarse después de dos semanas, pero trágicamente, había perdido la voz.

Tal vez como consecuencia de ello, Leonard se había vuelto aún más retraído, evitando a la gente por completo, incluso a su propia familia. El dolor del Emperador era inmenso.

—Siento que últimamente os he descuidado demasiado. Debería visitar al príncipe pronto.

—Sé lo ocupado que estás. Pero si vienes, Leo se alegrará muchísimo.

Dado que Kazerre partió hacia el norte inmediatamente después de recibir la noticia de la muerte de Dominic y Elise, no había tenido muchas oportunidades de pasar tiempo con Leonard.

Aun así, al menos Leonard no lo rechazó.

No era particularmente afectuoso, pero teniendo en cuenta que se negaba a que la mayoría de la gente se le acercara, parecía que al menos sentía cierto grado de confianza hacia Kazerre.

Los dos continuaron su conversación, discutiendo los detalles de una visita al príncipe e intercambiando novedades sobre las personas que los rodeaban.

Cuando finalmente terminó su conversación, Beatrice se puso de pie lentamente.

—Entonces, me voy, hermano.

—¿Ya te vas?

—Le prometí a Leo que le leería un libro esta noche —dijo Beatrice con una dulce sonrisa.

Pero Kazerre sabía que solo era una excusa conveniente.

Así como Kazerre no se llevaba bien con el príncipe heredero, Beatrice también se sentía incómoda a su alrededor. No, más bien cautelosa.

El príncipe heredero no sentía afecto por sus hermanastros. Mantenía una relación tensa con la emperatriz consorte Elise, y quizás por ello, su actitud hacia su hermanastro y su hermanastra era francamente fría.

Como resultado, Beatrice se había convertido en alguien que apenas se atrevía a respirar en su presencia. La única persona que podía protegerla, el emperador, estaba postrado en cama, y su único hermano menor no era un hermano en quien pudiera confiar, sino alguien a quien debía proteger unilateralmente.

Sin embargo, Beatrice seguía siendo solo una niña que aún no había alcanzado la mayoría de edad. Cada vez que Kazerre recordaba ese hecho, se sentía abrumado por su propia impotencia.

—¿Vas a volver al salón de banquetes, hermano?

—Daré un paseo antes de regresar.

—Entonces entraré yo primero.

—Te acompañaré hasta la entrada.

—No hay problema. El salón de banquetes está a pocos pasos.

Beatrice rechazó amablemente su oferta y se despidió de él con serena elegancia.

Kazerre la observó en silencio mientras se alejaba, su figura haciéndose cada vez más pequeña en la distancia. Cada vez que la dejaba ir así, una sensación seca y punzante, como pisar hojas marchitas, le desgarraba el corazón.

El juramento que había hecho al empuñar por primera vez una espada en el gélido paisaje nevado del norte, su promesa de protegerlo todo con sus propias manos, permanecía intacto. Sin embargo, momentos como estos lo hacían sentir completamente impotente.

Kazerre recordó deliberadamente una conversación que tuvo con su padre durante su infancia.

—Kazerre, ¿cuál es la diferencia entre un caballero y un bandido?

—¿Tienen algo en común?

—Ambos empuñan espadas y quitan vidas, ¿no es así?

—Pero…

—Sí. Pero hay una diferencia clave: su propósito. Un bandido alza su espada para robar, mientras que un caballero la alza para proteger. Es una distinción sencilla, pero precisamente por eso, nunca debes olvidar tu propósito. Si lo haces, no serás diferente de una banda de ladrones.

Proteger: esa era la caballerosidad de Evuteren, el credo que su padre le había transmitido.

De entre todas las enseñanzas que su padre le había impartido, ese único principio había echado raíces más profundas en Kazerre, sosteniéndolo a través de todo.

Ante los cuerpos de su padre y su tía, había jurado respetar su voluntad y proteger todo lo que representaba Evuteren. Ese juramento no se había desvanecido con el tiempo.

La carga de la responsabilidad, aunque legítima, no siempre fue fácil de sobrellevar. Pero por muy pesada que fuera, jamás podría dejarla de lado, pues amaba el Norte.

Aunque no hubiera nacido en Evuteren, estaba seguro de que se habría unido a la Orden de los Campos Nevados. Aquella tierra desolada de hielo y escarcha ejercía una atracción inexplicable sobre su corazón.

Quizás, entonces, haber nacido en Evuteren había sido una bendición. Llevaría con gusto el peso de ese nombre.

Pero, ¿qué podía hacer con las cosas que no podía proteger, ni siquiera siendo Evuteren?

Una vez que Beatrice desapareció por completo de la vista, Kazerre se dio la vuelta y comenzó a caminar en dirección opuesta al salón de banquetes.

Una brisa fresca lo acarició, agitando su cabello oscuro bajo la luz de la luna, pero no logró aliviar la frustración que le oprimía el pecho.

No tenía ni idea de cuánto tiempo había caminado cuando, de repente, se topó con una glorieta blanca bañada por la luz de la luna.

La escena era innegablemente romántica, pero al no haber árboles cerca que proporcionaran cobertura, no era un lugar adecuado para encuentros secretos.

Para Kazerre, sin embargo, fue el refugio perfecto tras haberse escabullido del banquete imperial. Sus pies lo habían llevado allí inconscientemente, como por costumbre.

Pero…

¿Una mujer?

Esta noche, por alguna razón, el lugar ya tenía un visitante.

Una mujer con el pelo largo, suave y castaño claro, que recordaba a los campos de trigo otoñales, estaba sentada en uno de los bancos dentro del cenador.

Ella estaba de espaldas a él, así que no podía verle la cara. Pero su postura relajada sugería que, al igual que él, había venido allí buscando soledad.

«Supongo que debería irme».

Kazerre estaba a punto de darse la vuelta sin dudarlo cuando...

—¿Quién anda ahí?

Una voz, teñida de curiosidad y miedo a la vez, rompió el silencio de la noche.

Kazerre se volvió hacia la mujer. Ella ahora lo miraba fijamente desde el interior del cenador.

—Si le he molestado, le pido disculpas. Debo haber tomado el camino equivocado.

—Simplemente salí a dar un paseo sola. Supongo que usted estaba haciendo lo mismo.

No tenía intención de continuar la conversación, pero puesto que ella había respondido, ignorarla habría sido de mala educación. Kazerre asintió levemente en lugar de contestar.

Ante esto, la mujer dejó escapar una risita suave.

Quizás debido al silencio de la noche, incluso un sonido tan pequeño pareció resonar en sus oídos.

—Parece que ambos hemos huido del banquete. ¿No lo llamaría una especie de destino?

Antes de que se diera cuenta, ella había salido del cenador y se acercaba a él.

Entonces, de repente, se detuvo, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

Kazerre había visto a innumerables mujeres quedar hipnotizadas por su aspecto al conocerlo por primera vez. Estaba harto de eso.

Pero la forma en que aquella mujer lo miraba era diferente.

—Eres…

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Capítulo 7

El destino me traicionó Capítulo 7

—La función comenzará pronto.

Fue una invitación a bailar desprovista de toda cortesía. Ni siquiera habían bailado el primer vals, pero la actitud estrictamente profesional del hombre no delataba más que un sentido del deber que de afecto hacia su pareja.

—¡Qué hipocresía tan absoluta!

Aun mientras lo reprendía, Aveline colocó suavemente su mano sobre la de él.

Después de todo, la negativa nunca fue una opción para ninguno de los dos.

Lentamente, los dos se dirigieron al centro del salón de baile. La multitud se apartó naturalmente, con miradas penetrantes como flechas.

Aveline le apretó la mano con firmeza, con una sonrisa triunfal en los labios. Como si quisiera proclamar su relación al mundo, con orgullo y posesividad.

Era el tipo de satisfacción que uno podría obtener al poseer un caballo de pura raza, una sensación de autosuficiencia por ser dueño de algo.

Pero no era un caballo, era un hombre. No un hombre cualquiera, sino el duque de Evuteren, uno de los nobles de más alto rango del imperio.

Cada vez que Aveline lo trataba como una simple decoración, Kazerre se preguntaba si alguna vez se había planteado respetarlo de verdad como persona.

Para ella, él era, a veces, un trofeo preciado, el adorno más caro o una muñeca que se negaba a dejar que nadie más tuviera.

«Esta sensación repugnante nunca se hace más llevadera».

La irritación volvió a invadirlo, pero no podía hacer nada más que soportar el momento a su lado.

Le gustara o no, ella seguía siendo su destino.

Dado que la conclusión ya estaba tomada, era mejor dejar de lado los pensamientos innecesarios y conservar sus emociones.

Kazerre repasó mentalmente las tareas que tenía pendientes para esa noche.

Dos bailes. Intercambiar saludos con conocidos. Socializar apropiadamente junto a Aveline.

«Al final, incluso esta noche miserable llegará a su fin.»

Con ese pensamiento en mente, Kazerre se concentró en guiar a Aveline a través de los pasos al ritmo de la música. Como soldado, estaba acostumbrado a seguir reglas preestablecidas sin darles demasiadas vueltas.

—¿En qué estás pensando?

Ante la repentina pregunta, Kazerre bajó la mirada para encontrarse con la de ella.

Las deslumbrantes luces de la araña iluminaban su rostro, haciéndolo resplandecer de una manera increíble.

Por un instante, comprendió por qué tantos hombres se convertían en tontos en su presencia, sonrojándose y tartamudeando.

Si no hubiera sabido lo afiladas que podían ser las púas tras esa deslumbrante sonrisa, podría haberse visto tentado a unirse también a sus filas.

—Nada.

—Sigues siendo un pésimo mentiroso, por lo que veo.

Su comentario directo hizo que él frunciera el ceño, aunque Aveline se mantuvo tan serena como siempre, con una sonrisa inquebrantable.

—Si vas a mentir, al menos hazlo bien. Esfuérzate un poco en tu actuación; haz que quiera creerte.

Hablaba como una mujer experta en el arte del engaño. Y no hacía falta ninguna prueba más allá de la encantadora y perfectamente controlada sonrisa que lucía en ese momento.

La sonrisa de Aveline era como una flor venenosa: de una belleza deslumbrante, pero mortal. Atraía a la gente, solo para resultar fatal una vez que se acercaban demasiado.

—Debes esforzarte mucho para engañar a los demás.

El tono de Kazerre estaba teñido de una burla contenida, pero Aveline simplemente se rio, como si le divirtiera más que le ofendiera.

—Las mentiras siempre deben contarse con sinceridad. Incluso más que la verdad, con tanta convicción que te engañes hasta a ti mismo.

Su voz se convirtió en un susurro mientras se inclinaba, apoyando una mano en su hombro y deslizándola lentamente por su brazo.

Incluso a través de las capas de tela gruesa, la sensación era inquietantemente vívida, como si se rozara la piel desnuda.

Kazerre interrumpió la conversación como si se sacudiera su contacto.

—Guárdate tus consejos inútiles. Lo que yo piense no es asunto tuyo.

—De acuerdo. Personalmente, prefiero a los hombres que no son buenos mintiendo que a los que lo hacen demasiado bien.

Quiso replicar que no lo había dicho por ella, pero en ese momento, Aveline se alejó dando el siguiente paso, rompiendo momentáneamente su conexión.

Como él deseaba que la conversación terminara, Kazerre simplemente se centró en guiarla a través del baile, desempeñando su papel sin quejarse.

Entonces, al girarse de nuevo hacia él, algo familiar rozó su nariz.

Un aroma fugaz, uno que ya había percibido antes. Instintivamente, apretó con más fuerza la cintura de ella.

Era una fragancia peculiar, que siempre resultaba familiar y desconocida a la vez.

No era el perfume que Aveline solía usar, sino un aroma sutil y natural que él solo percibía cuando estaban tan cerca.

Un aroma como el de una rosa silvestre solitaria que florece en medio de un matorral: fragante, pero teñido de soledad.

Por supuesto, cualquier aroma que desprendiera Aveline no tenía importancia para él.

Y, sin embargo, esa fragancia tenue y efímera persistía, hurgando persistentemente en sus nervios, negándose a ser ignorada.

La irritación era tan intensa que sintió un impulso repentino de descubrir su origen, hundir la nariz en ella y respirar hondo.

«Eso es una locura».

En su interior surgió una oleada de resistencia instintiva, acompañada de una indefinible sensación de autodesprecio.

Desde el día en que tomó la espada en el frente en lugar de su padre, su objetivo siempre había sido único.

Proteger todo lo que pertenecía al nombre Evuteren.

Ya fueran personas, posesiones o incluso un simple título honorífico, Kazerre tenía la responsabilidad de soportarlo todo como duque de Evuteren.

Sin embargo, este impulso repentino y salvaje sacudió su firme razón en un instante.

No podía aceptar la impotencia que amenazaba con reducirlo a una simple bestia en lugar de un hombre. La abrumadora repulsión que sentía iba dirigida directamente a quien le hacía sentir así.

«Ella sí que sabe cómo agotarme en todos los sentidos».

Como siempre, Kazerre deseaba que el baile terminara pronto. No quería nada más que soltarle la mano y alejarse de ella.

Como si hubiera leído sus pensamientos, Aveline detuvo repentinamente sus movimientos justo cuando la pieza estaba llegando a su fin.

—¿Aveline?

Ella nunca lo dejaba ir fácilmente cuando bailaban, a menudo obligándolo a bailar dos o más piezas. Sin embargo, ahora que ella se había apartado primero, Kazerre se sintió desconcertado.

A pesar de que esto era lo que había deseado desde el principio, lo inesperado del suceso le dejó una sensación desagradable.

—Dejémoslo por esta noche. Entremos.

Su tono autoritario recordaba al de una reina caprichosa dando órdenes. Sin embargo, contrariamente a la imponente naturaleza de sus palabras, Aveline rozó suavemente el dorso de su mano, que descansaba sobre su cintura. Luego, colocó con delicadeza su propia mano sobre ella.

Parecían, en toda regla, amantes cariñosos.

Kazerre comprendió al instante que ahora era su turno de estar a su lado, siendo su objeto de deseo, rodeado de miradas atentas.

Tal como se esperaba, en cuanto se acercaron al borde del salón, la multitud los rodeó como si los hubieran estado esperando. Aunque nadie se atrevió a acercarse demasiado, su curiosidad era palpable.

—Fue un baile espléndido, Lady Croeta.

—Gracias por el cumplido.

Aveline condujo la conversación con fluidez y una elegancia natural. Quienes hablaban con ella parecían conocerla bastante bien.

A pesar de su carácter implacable, siempre estaba rodeada de gente. Dado que estaba destinada a convertirse en la duquesa de Evuteren, era lógico que intentaran ganarse su favor.

Y como siempre, Kazerre se mantuvo al margen del escenario social, cumpliendo en silencio su papel de mero espectador. Observaba atentamente por si una Aveline irritada pudiera arremeter contra alguna víctima desprevenida.

—Duque Evuteren.

En ese instante, una voz suave lo llamó directamente. Kazerre giró la cabeza como si despertara de un sueño profundo.

Una mujer con el pelo negro cuidadosamente trenzado y un sencillo vestido verde estaba allí de pie, sonriendo dulcemente.

Sus ojos rojos como el fuego, más que parecer intensos, transmitían calidez debido a su carácter apacible.

—Princesa Beatrice.

Kazerre, que había permanecido rígido, la saludó de inmediato. Su rostro, antes impasible, frío e inflexible como una estatua, pareció animarse poco a poco.

—Ha pasado mucho tiempo.

—¿Habéis estado bien?

En lugar de responder, Beatrice sonrió y asintió levemente. Luego, tras echar un vistazo a su alrededor como si estuviera preocupada, volvió a hablar.

—Oh, cielos, parece que no soy la única que desea hablar con usted, duque. ¿Sería mejor posponer nuestra conversación?

—No, ya estoy bien.

Kazerre se acercó a ella sin dudarlo. En el instante en que la princesa y el duque se encontraron, la multitud retrocedió instintivamente, abriéndoles paso.

Mientras acompañaba a Beatrice con naturalidad, Kazerre echó una mirada por encima del hombro.

Aveline no parecía disgustada. En cambio, mantenía una expresión neutral, su mirada vaciló ligeramente antes de apartarla bruscamente.

Sin mostrar el menor signo de preocupación, les dio la espalda y centró su atención en los demás invitados, distanciándose de ellos.

—¿Damos un paseo, duque?

—Sí, Su Alteza.

—Me gustaría tomar un poco de aire fresco por la noche.

Comprendiendo su intención, Kazerre actuó sin dudarlo.

Dejando atrás las miradas que los observaban, cruzaron las puertas que daban al jardín exterior.

Incluso después de salir al exterior, pasearon tranquilamente por el jardín iluminado por la luna, donde poca gente se detenía. Quizás debido al calor sofocante del salón de baile, el aire de aquella noche de principios de verano se sentía agradablemente fresco.

El ocasional chirrido de los insectos y el suave roce de sus prendas contra la hierba ayudaron a disipar el calor que aún persistía en el salón de banquetes.

Una vez que estuvieron lo suficientemente lejos de las miradas indiscretas, Kazerre habló en voz baja.

—Gracias, Su Alteza.

—Ahora que solo estamos nosotros, ¿todavía tienes que usar un lenguaje tan formal? Hermano.

Beatrice sonrió con dulzura. Sus títulos honoríficos reflejaban la familiaridad y el vínculo que compartían desde la infancia.

Beatrice era pariente de Kazerre. Más precisamente, su madre, la emperatriz consorte Elise Evuteren, era hermana del difunto duque Dominic Evuteren, lo que la convertía en tía de Kazerre.

La emperatriz consorte Elise había sido una orgullosa caballero de la Orden de los Campos Nevados, tan comprometida con su identidad Evuteren que había renunciado al puesto de emperatriz consorte para defenderla. Los hermanos Evuteren se habían apoyado mutuamente en la batalla, y su vínculo se forjó en las pruebas más duras.

Quizás por eso compartieron el mismo destino trágico.

Ambos perecieron juntos en el campo de batalla, sin regresar jamás de la monstruosa campaña de subyugación en la que se habían embarcado.

Para el joven Kazerre, perder a sus dos mayores de mayor confianza a la vez había sido una devastación sin precedentes. Y, sin embargo, solo podía respetar a Elise, quien se había mantenido fiel a su identidad como Evuteren hasta el final.

Sin embargo, su mayor preocupación había sido por quienes ella había dejado atrás. En aquel entonces, Beatrice tenía solo ocho años, y su hermano menor, el príncipe Leonard, era apenas un bebé.

Ante el cuerpo sin vida de Elise, Kazerre había jurado proteger a sus hijos a toda costa. Era la única manera de honrar su legado como el próximo duque de Evuteren.

Por eso, incluso ahora, a pesar de que Beatrice se había convertido en una joven refinada, él no podía evitar seguir viéndola como la niña pequeña que una vez correteaba detrás de él.

—¿Y no habíamos acordado que dejarías de darme las gracias? Aunque supongo que Aveline podría guardarme cierto resentimiento por haberte alejado de mí.

 

Athena: Es novedoso que desde el inicio nos muestren el punto de vista de él, cómo se siente en la cárcel que es esta relación y cómo le hace sentir Aveline… que es toda una mala típica de historias. No sé cómo le va a ir a esta chica, la verdad.

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Capítulo 6

El destino me traicionó Capítulo 6

Kazerre dio la espalda y desanduvo sus pasos en silencio.

Cruzó el vestíbulo principal y subió rápidamente al segundo piso, llegando al final del pasillo en un instante. Mantuvo el paso firme incluso al doblar la esquina.

La quinta habitación al final del pasillo en ángulo era el salón privado de Aveline, al que solo tenían acceso sus allegados.

Cuando Kazerre se acercó, la criada que hacía guardia abrió rápidamente la puerta.

—Señorita, el duque ha llegado.

Fue un anuncio perfecto, como si ella hubiera anticipado su llegada.

Sin decir palabra, Kazerre entró en la sala de recepción.

Aveline estaba recostada perezosamente en el sofá, casi tumbada. Llevaba el pelo recogido en un moño adornado con un largo collar de perlas blancas, y la vaporosa tela azul celeste de su vestido se extendía sobre el sofá como nubes ondulantes.

Su postura, ligeramente ladeada, la hacía parecer una diosa aburrida observando el mundo desde los cielos.

—Bienvenido, Kazerre.

En cuanto lo vio, sus ojos dorados, antes llenos de aburrimiento, se iluminaron de vida, aunque siguió sin hacer ningún esfuerzo por levantarse.

Kazerre, acercándose con expresión resignada, notó de inmediato que su vestido estaba confeccionado con la misma tela que su corbata. Un detalle imposible de ignorar: una clara señal de que eran pareja.

Al darse cuenta de esto, de repente notó que su corbata, que le había resultado cómoda hacía unos instantes, ahora le apretaba asfixiantemente alrededor del cuello.

—Llegas tarde. A este paso, nosotros también llegaremos tarde.

Aveline extendió su mano izquierda hacia él con movimientos lentos y elegantes.

Resultaba casi ridículo que ella lo reprendiera por llegar tarde mientras estaba medio desplomada en el sofá.

Kazerre le estrechó la mano y la levantó con firmeza. Como era de esperar, no olvidó reprenderla con su habitual tono frío.

—Si estabas tan preocupada, podrías haber venido antes.

Aveline, atraída hacia sí por su mano, respondió con una sonrisa impecable en lugar de palabras. Hoy, sus labios lucían un rojo aún más intenso, curvándose en un arco seductor con una elegancia natural.

—Me conoces, Kazerre. Jamás haría algo así.

Por supuesto, él lo sabía demasiado bien, casi hasta el punto del agotamiento.

Cada vez que tenían un compromiso, ella nunca salía de su habitación. No se movía ni un centímetro a menos que él fuera personalmente a buscarla.

—¿Por qué demonios…?

Kazerre estaba a punto de preguntarle por qué insistía en ser tan problemática, pero en vez de eso suspiró en voz baja.

Era su método habitual para controlar sus emociones.

Y, por supuesto, la única persona que siempre le hacía recurrir a ello era Aveline.

Sin embargo, su esfuerzo por contenerse fue en vano. Aveline sonrió con complicidad, como si lo entendiera todo.

—¿No es obvio? Quiero verte venir a buscarme. ¿Sabes, Kazerre? La expresión de tu cara, cuando apareces a pesar de odiarlo, es realmente adorable.

La mano desnuda de Aveline acarició suavemente la mejilla de Kazerre dos veces. Fue un gesto propio de una dama sofisticada que juega con un joven ingenuo.

Kazerre la agarró inmediatamente de la muñeca con voz baja y áspera.

—No me toques.

—Al oír eso, casi me siento como un villano engañando a una doncella inocente.

—Aveline Croeta.

—No te lo tomes tan en serio. No es como si tu cara se fuera a desgastar solo porque la toque.

—De verdad…

Justo cuando Kazerre estaba a punto de replicar, Aveline deslizó su brazo sin esfuerzo a través del de él, rodeándolo con él como una serpiente que se mueve sin hacer ruido.

Kazerre bajó la mirada hacia su mano por un instante.

Su brazo delgado y pálido estaba acurrucado entre su robusto antebrazo, destacando como una pintura realizada con un estilo completamente diferente.

Incluso en medio de sus discusiones, su ira hirviente se disipaba sin dejar rastro cada vez que vislumbraba su delicada muñeca.

Verse a sí mismo volcando toda su fuerza emocional sobre una mujer tan frágil lo hizo sentir completamente patético.

—…Olvídalo. Vámonos.

Como siempre, Kazerre tragó sus palabras y acompañó en silencio a Aveline hacia adelante.

La intensa tensión de hacía unos instantes había desaparecido sin dejar rastro.

Su rostro, ahora completamente libre de irritación, comenzó a mostrar indicios de aburrimiento.

Aveline, que caminaba a su lado, observaba su perfil: el hombre al que todo le parecía aburrido, el hombre que nunca se había vuelto para mirarla.

Los dos se dirigieron al Salón Elysia, donde se celebraba el banquete de cumpleaños del príncipe heredero.

Con su techo de tres pisos de altura, el Salón Elysia servía como el gran salón de banquetes para eventos imperiales.

Dado que el interior se redecoraba constantemente según las preferencias del anfitrión del banquete, algunos nobles asistían a estas reuniones imperiales únicamente para conocer los gustos de la familia real.

El Salón Elysia de hoy no fue una excepción, y reflejó las preferencias del príncipe heredero hasta en el último detalle.

Como ríos de oro, pequeñas fuentes repartidas por todo el salón rebosaban de champán espumoso. Las mesas estaban repletas de platos exóticos aderezados con especias raras.

Incluso las cortinas de las ventanas y los jarrones que decoraban la habitación estaban adornados con cintas doradas, el color distintivo de la familia imperial.

Era una escena fastuosa, casi agotadora para la vista.

—¡El duque de Evuteren y Lady Croeta han llegado!

Al anuncio del mayordomo, todas las miradas en el vestíbulo se dirigieron hacia la entrada.

Aveline acercó un poco más a Kazerre y dio un paso al frente con una confianza inquebrantable, adentrándose en el mar de miradas.

Cuando subieron la escalera central cubierta de terciopelo carmesí, el príncipe heredero, recostado en su trono dorado, los miró con aire de arrogancia.

Su cabello rubio oscuro, untado con aceite perfumado, brillaba bajo la luz.

—Al Pequeño Sol del Imperio, Su Alteza el príncipe heredero Philape Mazengarve, le rendimos homenaje.

Aveline y Kazerre hicieron una reverencia al unísono ante el príncipe heredero.

Sentado en el trono, cubierto con capas de túnicas ceremoniales doradas y una capa, el príncipe heredero los miraba con ojos carmesí que brillaban con una leve diversión, como si considerara insignificantes a todos los que estaban por debajo de él.

—Ha sido una visita bastante inusual, duque.

—Mis más sinceras felicitaciones por vuestro cumpleaños, Su Alteza.

—Y aun así me saludas con tanta formalidad. Podría empezar a sentirme ofendido.

A pesar del tono aparentemente amistoso, Kazerre se mantuvo rígido. En lugar de relajarse, enderezó aún más la espalda y bajó la mirada con precisa formalidad.

Sabía que las palabras del príncipe heredero eran una trampa; si bajaba la guardia, aunque fuera un poco, el príncipe mostraría sus colmillos sin dudarlo.

Como único heredero del Imperio, el Príncipe Heredero tenía en la más alta estima su autoridad. Y, del mismo modo, jamás mostraba clemencia hacia quienes la desafiaban.

Su fría mirada hacia Kazerre no fue una excepción.

El linaje de los Evuteren, casi tan noble como el de la propia familia imperial, el favor divino concedido a Kazerre, su innegable perfección tanto en apariencia como en habilidad: todo ello era una espina clavada en el costado del príncipe heredero, como una llaga en la boca, imposible de ignorar.

—Su Alteza, por favor, no molestéis demasiado a mi prometido.

En lugar de Kazerre, Aveline rompió el silencio e intervino con naturalidad, disipando sin esfuerzo la tensión que había comenzado a hacerse sentir.

Había desaparecido la presencia aguda y calculadora que solía mostrar; en su lugar, sonreía con la dulzura de un pétalo meciéndose con la brisa primaveral.

El príncipe heredero chasqueó la lengua con leve irritación.

—Tu prometido sigue siendo tan aburrido como siempre. ¿Cómo piensas vivir con un hombre tan insensible?

—Ya tiene tantas cosas... seguro que puede prescindir de algo tan trivial como el entretenimiento.

—Bueno, supongo que con solo mirar esa cara el tiempo se me pasaría volando.

El príncipe heredero frunció los labios mientras escudriñaba a Kazerre con una mirada penetrante, buscando alguna debilidad.

Kazerre soportó el escrutinio sin inmutarse. A pesar de la tensión en los ojos carmesí del príncipe heredero, Kazerre no tenía ningún interés en provocarlo.

Independientemente de lo que el príncipe heredero pensara de él, eso no haría tambalear la inquebrantable lealtad del duque de Evuteren.

La familia Evuteren había gobernado el Norte mucho antes de la fundación del Imperio Mazengarve. Sus tierras comprendían casi la mitad del territorio total del imperio, pero optaron por seguir formando parte de él en lugar de establecer un reino independiente.

La razón era sencilla: las vastas tierras del norte eran estériles, incapaces de autoabastecerse. Aunque abundaran los minerales y las piedras preciosas, la riqueza carecía de sentido sin alimentos.

El Norte no podía sobrevivir aislado; necesitaba comercio y cooperación con las regiones fértiles. Por lo tanto, formar parte del Imperio era mucho más beneficioso, ya que garantizaba un suministro estable de cereales mediante un comercio activo.

Pero la familia imperial siempre había desconfiado de Evuteren, manteniendo al Norte bajo control mediante impuestos excesivos para limitar su poderío militar o utilizando los suministros de alimentos como medio para ejercer presión.

El príncipe heredero que le precedió no era diferente, poniendo a prueba constantemente la paciencia de Kazerre.

—No es más que un juego infantil.

El Norte era una parte inseparable del Imperio. Incluso el príncipe heredero necesitaría una razón justificada para convertirlos en enemigos.

Por eso Kazerre permaneció impasible. Podía soportar solo la mezquina hostilidad del príncipe heredero. No tenía intención de darle una excusa para inmiscuirse en los asuntos del Norte.

Y además…

—Por supuesto. Mientras tenga al duque de Evuteren, no necesito nada más.

Su propia prometida había hablado en su defensa.

Mientras Kazerre había estado ausente en el Norte, Aveline había ascendido a la cima de la alta sociedad, forjando una estrecha relación con el príncipe heredero.

Al principio, solo eran conocidos. Pero cuando el emperador enfermó hace cinco años y el príncipe heredero tomó el poder, Aveline se convirtió en una de sus confidentes más cercanas.

Quizás su posición le resultaba particularmente satisfactoria, pues le había susurrado incesantemente a Kazerre a su regreso a la capital:

—Recuerda, Kazerre. Debes ser leal a Su Alteza el príncipe heredero.

En aquellos momentos, su mirada había sido tan intensa que él casi la confundió con amor.

Por supuesto, esa ilusión se desvaneció al instante cuando Aveline se rio en su cara ante la mera sugerencia.

—¿Cuándo era la boda?

—En menos de seis meses —respondió Aveline con coquetería, con las mejillas ligeramente sonrojadas.

Su tez sonrosada la hacía lucir absolutamente encantadora.

Sin embargo, a diferencia de la futura novia, que irradiaba ilusión, Kazerre permaneció tan impasible como siempre, ajena a la conversación.

«¿De verdad han pasado dos años desde que regresé a la capital?»

Cuando llegó, Aveline ya había fijado la fecha de su boda: dos años y medio después. Él había dado por hecho que se casarían inmediatamente a su regreso, pero la fecha se había retrasado inesperadamente.

Sin embargo, no lo había cuestionado.

El matrimonio en sí era inevitable.

Además, Aveline ya vivía en la finca de Evuteren. En ese momento, la fecha de la ceremonia parecía insignificante.

—¿Así que Lady Aveline finalmente se convertirá en la duquesa de Evuteren?

—Es el mayor honor.

Cuanto más orgullosa se mostraba Aveline, más incómodo se sentía Kazerre.

¿Podría haber habido otro momento en el que se hizo tan dolorosamente evidente que, para ella, él no era más que un premio, un título prestigioso para lucir como un adorno?

—Espero con ilusión ese día. Mientras tanto, disfrutad de la velada.

Con esas palabras, el príncipe heredero los despidió, ofreciéndoles su bendición de antemano para su unión.

Por fin, habían superado la primera y dura prueba del banquete. Kazerre no perdió el tiempo, hizo una reverencia y bajó las escaleras.

Por supuesto, aún quedaba otro juicio.

Decidido a terminar con aquello cuanto antes, Kazerre extendió bruscamente la mano hacia Aveline.

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Capítulo 5

El destino me traicionó Capítulo 5

—Si, si ese es el caso, para el frac…

Nicol se apresuró a hacer modificaciones en respuesta a las críticas de Aveline. Gotas de sudor se formaron en su frente mientras escudriñaba hasta el más mínimo movimiento de sus cejas.

Siempre que asistía a un banquete con el duque, Aveline encargaba extravagantes conjuntos a juego, como si fueran un juego de vestir. Como si estuviera ansiosa por lucirlo aún más.

—Ya que tenemos zafiros, podríamos añadirlos entre los bordados…

Sin embargo, independientemente de las circunstancias, el cliente de Nicol no era el duque, sino su prometida, quien ahora alzaba la barbilla con arrogancia, mostrando un evidente aburrimiento.

Nicol dejó de lado cuidadosamente sus sentimientos de lástima y se devanó los sesos buscando ideas para convertir al duque en un espectáculo aún más espléndido.

—…así que pensé que podríamos revisar el diseño de esta manera, pero…

Sin embargo, su voz, que hasta entonces había sido algo segura, se fue atenuando gradualmente. Se sentía intimidada por el rostro sereno de Aveline.

Con la barbilla apoyada en la mano, Aveline parecía estar escuchando atentamente a Nicol.

Pero Nicol intuyó instintivamente que su silencio —su mirada fija sin pestañear ni una sola vez— era una señal de que su propuesta le resultaba insatisfactoria.

Era un ambiente suficientemente amenazador para el tímido Nicol. De repente, le gritó a su asistente.

—Nosotros, todavía tenemos otros diseños. ¡Oye, ¿qué estás haciendo?! ¡Date prisa y tráele los bocetos a la señorita!

—¡Ah, sí!

Siempre que Nicol recibía un encargo de Aveline, preparaba numerosos bocetos de diseño con antelación. Aunque presentara decenas de páginas solo para ser rechazadas, sentía que sin ellas lo harían pedazos a él en lugar de a los bocetos.

Justo cuando estaba renovando una vez más su audaz pero irrealizable resolución de rechazar los encargos de Aveline la próxima vez...

—¡Eek!

La asistente, que se acercaba apresuradamente con los bocetos de diseño apretados contra el pecho, tropezó con sus propios pies y cayó de bruces.

Por desgracia, parece que se golpeó la cabeza contra la mesa, produciendo un ruido sordo y ominoso.

—¿Estás bien?

Las criadas, sobresaltadas, se apresuraron a rodearla para ayudarla a levantarse.

—Ugh…

—¡Oh, Dios mío!

El lado derecho de su frente había sido cortado por el borde, y la sangre corría a borbotones.

Las criadas exclamaron conmocionadas y corrieron a traer paños limpios para detener la hemorragia. La tímida Nicol, que temía a la sangre, ni siquiera se atrevió a acercarse y no dejaba de murmurar «¡Dios mío!»

—Deberíamos hacer que examinen la herida de inmediato.

—Primero detengamos la hemorragia.

—Ah, yo…

En medio del alboroto, la asistente, que sostenía el paño presionado contra su frente y respondía aturdida, levantó la vista de repente.

En el suelo de mármol blanco donde había caído, un pequeño pie calzado con un zapato de seda permanecía completamente inmóvil.

La asistente levantó lentamente la cabeza como hipnotizada.

Unos ojos dorados, desprovistos de emoción, la miraron. Era una mirada indiferente, como si lo que yacía a sus pies no fuera una persona herida, sino una molesta piedrecita.

Justo cuando su cuerpo comenzaba a paralizarse bajo esa mirada inexpresiva, los ojos de Aveline se curvaron amablemente.

Al inclinar ligeramente la cabeza, su cabello rosa pálido se meció suavemente, como pétalos de flores revoloteando en plena primavera.

Era una belleza tan deslumbrante que provocaba admiración a pesar de la situación inapropiada. La sonrisa, que brillaba como la cálida luz del sol, la dejó momentáneamente en blanco.

—¿Por qué me miras así?

—Ah, bueno…

Incluso su voz era clara y bonita, como la de un canario.

Cuando preguntó con tanta dulzura y con esa voz, sintió un gran alivio. Aquella amable pregunta le pareció tan noble como el aliento de una deidad que alivia las heridas de una criatura insignificante.

Sin embargo, su alivio fue prematuro.

—Seguramente…

La voz, que hasta hacía un instante había sido tan cálida como una brisa primaveral, se transformó de repente en una ráfaga seca del desierto.

El bello rostro, ahora desprovisto de sonrisa alguna, era limpio e implacable.

—No te atreves a esperar que yo use personalmente mi poder divino para ti, ¿verdad?

Bajo el frío interrogatorio, sus ojos, que habían permanecido congelados por la confusión, comenzaron gradualmente a vacilar.

En realidad, ella esperaba que Aveline pudiera usar su poder divino. Siendo la reencarnación de Dione con un poder divino especializado en curación, ¿acaso no podría curar una herida tan pequeña en un abrir y cerrar de ojos?

Por supuesto, ella no creía que Aveline fuera el tipo de persona que pudiera sentir compasión o simpatía.

Aun así, creía que Aveline no sería tan insensible como para ignorar a alguien que sangraba delante de sus ojos, que no sería tan cruel…

—¡N-no, en absoluto! ¿Cómo podría yo atreverme a esperar poder divino de usted, mi señora?

Al encontrarse con esos ojos dorados que no intentaban ocultar su desprecio, no pudo evitar darse cuenta de lo absurda que había sido su expectativa.

La asistente inclinó tanto la cabeza que casi tocó el suelo. No podía moverse ni un centímetro, como si el aire mismo le pesara enormemente.

La sangre goteaba de su frente sobre el suelo de mármol blanco. A pesar de la espantosa escena que tenía ante sí, Aveline ni siquiera pestañeó.

Examinó brevemente la coronilla de la cabeza inclinada a sus pies con una mirada serpentina que parecía indagar en los pensamientos más íntimos del otro, luego perdió el interés y se recostó de lado en el sofá.

El salón estaba tan silencioso que el crujido de la tela de su vestido al arrugarse se oía con claridad. En ese silencio donde incluso respirar parecía prohibido, Aveline finalmente habló.

—Si planea entrar y salir de esta mansión en el futuro, haría bien en recordar esto.

La voz que brotaba de unos labios tan suaves y flexibles como un melocotón maduro era aburrida y tediosa, como si nunca hubiera sido feroz.

—Puede que sea capaz de matarte, pero nunca podré salvarte.

Carecía de la gravedad necesaria para ser una advertencia, pero tampoco era lo suficientemente amenazante como para constituir una amenaza real.

Era simplemente un tono monótono, como si recitara un hecho objetivo, lo que en realidad despertó un miedo más primario.

La asistente temblaba y apenas logró asentir con la cabeza, que aún permanecía inclinada hasta el suelo. Todos en la sala contuvieron la respiración.

Aveline no mostró el más mínimo interés en ninguno de ellos mientras saboreaba tranquilamente su té de limón.

En la sala de recepción, donde todos los demás permanecían congelados como estatuas, solo ella se movía con calma, como el único ser vivo que irradiaba calidez.

Tal como siempre fue: refinada y elegante, y, por lo tanto, aún más cruel.

—La ropa le queda bien.

Morris sonrió satisfecho mientras sostenía el frac. Kazerre metió los brazos en el abrigo con expresión de fastidio. El abrigo azul marino oscuro se ajustó suavemente a sus anchos y fuertes hombros.

Los sirvientes que lo atendían lo miraban como hipnotizados, sin cansarse jamás de contemplarlo. Algunos incluso dejaron escapar exclamaciones de admiración sin darse cuenta.

—¿Hay algo que le incomode?

Ante la pregunta de Morris, Nicol, que había estado de pie cerca con la boca abierta, finalmente reaccionó y recogió sus alfileres.

A tan solo unas horas del banquete, no podían perder ni un instante si era necesario realizar algún cambio.

Como sastre de confianza de la casa ducal, se sabía de memoria las medidas de Kazerre, pero aun así le resultaba estresante confeccionar ropa sin una sola prueba.

Pero no había otra opción. Durante sus numerosas visitas a esta residencia para ver a Aveline, Kazerre no había dado ni una sombra de sí mismo, lo que hacía imposible hacer una prueba de vestuario o incluso una estimación a simple vista.

«¿Cómo hemos llegado a esto? Yo era simplemente un ciudadano común y corriente, satisfecho con tres comidas al día y un lugar cómodo donde dormir…»

Nicol había vivido feliz con un trabajo estable incluso sin fama.

Pero, de alguna manera, tras captar la atención de Aveline, se convirtió de repente en una maestra artesana que marcaba tendencia de la noche a la mañana. Era una fama que jamás había deseado.

—Bien.

Mientras Kazerre murmuraba en voz baja, Nicol retrocedió, sintiéndose culpable de antemano.

Por supuesto, carecía del poder para rechazar el encargo de Aveline. Pero se sentía algo culpable por haber creado un atuendo que era exactamente lo opuesto al gusto de Kazerre, a pesar de conocer bien sus preferencias.

—No parece necesitar ninguna modificación.

—¿Ah, de verdad?

Morris le informó a Nicol con voz tranquila. A diferencia de Nicol, que estaba completamente intimidada, al mayordomo no parecía preocuparle en lo más mínimo la reacción de Kazerre.

Afortunadamente, Kazerre tampoco se quejó. Su rostro, deslumbrantemente bello como siempre, simplemente mostraba aburrimiento, sin rastro alguno de insatisfacción.

Nicol suspiró aliviada para sus adentros.

Si había algún consuelo, era que Kazerre no era en absoluto un cliente difícil. El duque, taciturno y sensato, era sin duda más generoso que otros nobles.

—Le sienta de maravilla. La señorita tiene un gusto excelente.

Morris elogió sutilmente a Aveline.

Aunque la ceja de Kazerre, siempre imperturbable, se crispó ligeramente, el experimentado mayordomo, curtido por años de servicio, fingió hábilmente no percatarse del disgusto de su señor.

Mientras tanto, los sirvientes que lo habían estado mirando aturdidos se apresuraron a ayudar con los preparativos restantes.

Le peinaron el cabello cuidadosamente hacia atrás para dejar al descubierto su amplia frente y le metieron la corbata con esmero dentro del chaleco para que no se moviera. No se olvidaron de alisar el abrigo para evitar arrugas.

Justo cuando los preparativos estaban casi terminados, un sirviente entró en la habitación y anunció:

—El carruaje está listo.

Kazerre asintió, se ajustó por última vez el cuello del abrigo y salió de la habitación.

Afuera, el resplandor del atardecer pintaba el cielo de un tono rojizo.

Kazerre, que caminaba con su alargada sombra proyectándose a sus pies, se detuvo de repente.

Al final de su mirada solo se encontraba el gran carruaje adornado con el escudo ducal y el cochero de pie, solo, frente a él.

Como si lo entendiera, Kazerre dejó escapar un pequeño suspiro y se acercó al cochero para preguntarle:

—¿Cuánto tiempo nos queda?

—Debe partir ahora para llegar a tiempo.

Kazerre echó un vistazo rápido al anexo. Se dirigía hacia el segundo piso, donde se encontraban las habitaciones privadas de Aveline, incluido su dormitorio.

—Entonces me iré.

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Capítulo 4

El destino me traicionó Capítulo 4

Mi Kazerre, mi Hyperion

—Bienvenido de nuevo, Su Gracia.

El mayordomo, firme frente a la mansión, hizo una reverencia respetuosa a Kazerre mientras este desmontaba de su caballo. Kazerre asintió levemente y le entregó sus guantes cubiertos de polvo.

Morris, que había estado al frente de la casa ducal de Evuteren como mayordomo durante toda su vida, era un hombre leal que había permanecido al lado de su amo durante todo el tiempo que estuvo en el frente norte. Para él, permanecer inmóvil como una estatua bajo el sol abrasador para saludar a su amo no significaba nada.

—La mansión parece ruidosa.

Kazerre se detuvo bruscamente mientras caminaba. Con el ceño fruncido, sus ojos violetas buscaban afanosamente la fuente del sonido.

La residencia ducal de Evuteren, donada especialmente por el primer emperador de Mazengarb, contaba con una historia y una tradición no menores que las del palacio imperial.

En particular, la mansión, que hacía gala de su majestuosa dignidad, tenía una estructura cuadrada abierta, con el edificio principal situado en el centro, sostenido firmemente por anexos alineados a ambos lados.

Y ahora, el bullicio que le estaba sacando de quicio provenía de la entrada del anexo que se extendía hacia la derecha.

—Hoy, la joven solicitó la presencia de un sastre para la celebración del cumpleaños del príncipe heredero. Parece que acaban de llegar.

Morris explicó con una expresión ligeramente preocupada.

No había mucha gente en el mundo capaz de incomodar a este anciano mayordomo. Y Aveline lo conseguía una y otra vez.

Habían pasado siete años desde que se mudó a la residencia ducal, justo después de que su padre, el conde Martin Croeta, falleciera repentinamente en un accidente.

La muerte del conde no solo trajo consigo un profundo dolor personal, sino también una gran crisis: el hecho de que Aveline ya no fuera noble. Esto se debía a que el condado de Croeta no era un título hereditario.

La familia Croeta era originalmente una familia noble caída en desgracia, cercana a la gente común, que vivía en una aldea remota en las Montañas Doradas. Cuando nació repentinamente un niño predestinado, le otorgaron apresuradamente un título nobiliario.

Tras la muerte del conde, titular de dicho título, resultaba difícil considerar a Croeta como una familia con título nobiliario.

Pero independientemente del estatus de su familia, Aveline Croeta seguía siendo la prometida del duque de Evuteren, elegida por Dios.

—A partir de ahora, Evuteren se hará cargo del bienestar de Aveline. Prepárenle un lugar en la residencia ducal.

Al recibir la noticia del fallecimiento en el norte, Kazerre, naturalmente, se hizo responsable de su bienestar.

Al fin y al cabo, en aquel entonces, la residencia ducal en la capital llevaba varios años vacía y sin dueño. No supondría ningún problema tener un huésped, ¿verdad?

Sin embargo, cuando finalmente regresó a la capital y vio rostros desconocidos que lo saludaban, y se enteró de que los ocupantes originales de esos puestos habían sido expulsados por Aveline, se dio cuenta de que sus suposiciones habían sido completamente erróneas.

Aveline reinaba en la residencia ducal no como invitada, sino como la dueña. Como una zorra que juega a ser rey donde no hay león.

Ni siquiera la jefa de las doncellas, que trabajaba en la residencia ducal desde antes del nacimiento de Kazerre, pudo ser una excepción para Aveline. Al final, Kazerre ni siquiera pudo averiguar su paradero.

—No entiendo por qué quieres saber cosas tan innecesarias.

—¿Innecesarias?

—Sí. Al fin y al cabo, mientras yo esté aquí, ninguno de ellos volverá a poner un pie en este lugar.

La sonrisa torcida que no le sentaba bien a su rostro bello y delicado seguía viva en su memoria.

Fue a partir de entonces cuando comenzó a albergar un escepticismo irreverente hacia el dios que había determinado su destino.

—La joven dijo que también le había mandado a hacer a medida su traje de gala para el banquete, Su Gracia.

Morris también fue una de las víctimas.

Aunque no fue expulsado como jefe de criados, a pesar de regresar triunfante con su señor, su autoridad se había visto mermada por el intruso.

Sin embargo, no mostró ningún resentimiento particular hacia Aveline. Al contrario, la defendía, diciendo que la futura ama parecía estar haciendo un ensayo general por adelantado.

Quizás había superpuesto su imagen con la de su joven amo, que había perdido a ambos padres a temprana edad, al igual que ella había perdido a su padre y se había refugiado en la residencia ducal.

—¿Le gustaría pasar por el anexo, Su Gracia? Si lo hace, podrá comprobar la vestimenta ahora mismo.

Morris sugirió con cautela, observando a Kazerre, cuya mirada permanecía fija en el anexo. Era casi una pregunta que formulaba a pesar de conocer la respuesta.

—…No, está bien.

Como era de esperar, el viejo mayordomo se retiró sin hacer más preguntas ante esta respuesta. Al presenciar esto, Kazerre sintió que, por alguna razón, se le oprimía el pecho de nuevo.

Aveline Croeta, ante quien todos inclinaban la cabeza, pero a quien nadie se atrevía a acercarse.

Incluso Morris, aunque sentía lástima por ella, no se preocupó activamente por su bienestar. Era como un fantasma que rondaba la residencia ducal.

¿Qué demonios pretendía conseguir al poner esas espinas contra los demás de esta manera?

Era una preocupación que le había rondado la cabeza miles de veces cuando quiso comprender a Aveline, pero aún así no encontraba la respuesta.

«Quizás nunca hubo una respuesta desde el principio».

Quizás simplemente tenía una naturaleza que necesitaba someter a todos a sus pies en lugar de estar codo con codo con los demás.

¿No era eso lo que la Aveline Croeta que había observado hasta el momento había demostrado suficientemente?

De repente, Kazerre se dio cuenta de que, una vez más, había intentado comprender a Aveline.

A pesar de saber mejor que nadie que era un intento inútil, cada vez que recobraba la cordura, se encontraba pensando en ella por costumbre. En esos momentos, Kazerre se sentía como un perro de caza perfectamente entrenado.

Por mucha libertad que tenga para correr por los campos, al final, un perro de caza debe regresar con su amo cuando llegue el momento.

«...En realidad, ¿soy diferente?»

Quizás debido a su modestia, que rozaba la resignación, su apariencia —que había brillado noblemente como el retrato de un héroe— adquirió momentáneamente un aire precario, como el de un hijo pródigo merodeando por callejones oscuros.

Pero eso duró poco. En un instante, el rostro de Kazerre, tras haber ocultado sus emociones, volvió a ser el del caballero íntegro y noble duque de Evuteren que solía ser.

Como si quisiera apartarse de toda incorrección, se alejó del anexo con pasos decididos.

Pensar en Aveline Croeta siempre le producía esta sensación desagradable.

Así pues, para él, el destino solo podía ser la desgracia de experimentar para siempre la crueldad de Dios.

En ese momento, Aveline estaba recostada tranquilamente en un sofá bordado con elaborados motivos florales, bebiendo té de limón preparado en frío.

Ante ella, el personal de la tienda de ropa se afanaba en colocar las prendas confeccionadas en una atractiva presentación.

—Este es el vestido que solicitó, mi señora.

Nicol, propietaria de la tienda de ropa más elegante del distrito comercial de Morbe y sastre de confianza de la casa del duque, explicó señalando un vestido azul claro.

El vestido desprendía un brillo reluciente, lo que hacía evidente incluso para el ojo inexperto que estaba confeccionado con una tela extremadamente cara.

—Tal como nos indicó, planeamos colocar zafiros muy juntos a lo largo del escote. Hemos preparado todo para poder comenzar a trabajar tan pronto como nos entregue las joyas.

A simple vista, parecía una dama de la nobleza disfrutando de una tarde de compras: un momento común y corriente, pero agradable. Sin embargo, el salón estaba impregnado de una atmósfera solemne, como si se estuvieran preparando para una batalla final.

Aveline Croeta era una clienta implacable. Resultaba especialmente molesta para Nicol, cuyo único objetivo en la vida era vivir una existencia larga y tranquila.

¿Qué importa si es una clienta habitual que gasta mucho dinero?

Si la disgustaba aunque fuera un poco, no solo perdería dinero, sino también su sustento. Nicol podía nombrar varias tiendas que habían cerrado simplemente porque habían caído en desgracia con ella.

—¿Los zafiros?

La criada que estaba al lado de Aveline le ofreció rápidamente una pesada bolsa de cuero. Sus movimientos coordinados eran más precisos y claros que los de una procesión de caballeros.

Tras revisar el contenido de la bolsa, Aveline asintió levemente y la criada se la entregó a Nicol. Él la aceptó con aire de disculpa.

—¿Es suficiente?

—Sí, sí. Más que suficiente.

No era suficiente, era excesivo. Con esa cantidad, podría cubrir toda la parte trasera del vestido con zafiros y aún le sobrarían algunos.

«Si tuviera que convertir esto en dinero…»

Nicol tragó saliva inconscientemente.

Ni siquiera podía calcular cuánto dinero tenía en sus manos. Además, aunque las piedras eran algo pequeñas, se trataba de zafiros Pritten, reconocidos por su brillo y pureza superiores.

Sin embargo, a pesar de poseer tantos zafiros como estrellas en el cielo nocturno, ni siquiera pensó en guardarse ninguno.

La cantidad era tal que robar uno o dos podría pasar desapercibido, pero si la atrapaban, la sola idea de las consecuencias le hacía temblar las piernas.

Desde hacía tiempo, Nicol se regía por el principio de no correr riesgos innecesarios al tratar con nobles. Especialmente cuando la clienta era Aveline Croeta; aunque fueran diamantes azules en lugar de zafiros, no se atrevería a tocarlos.

—Y este es el atuendo para el duque Evuteren. Como solicitó, la corbata y el chaleco están confeccionados con la misma tela que su vestido…

Tras entregarle cuidadosamente la bolsa a su asistente, Nicol se dirigió hacia la ropa formal de caballero que colgaba junto al vestido y continuó su explicación.

El chaleco blanco como la nieve tenía el mismo brillo sutil que el vestido de Aveline. La corbata estaba hecha de la misma tela.

El frac que se llevaba encima era de un azul marino intenso, confeccionado con una tela de tan alta calidad que se mantenía erguido sin una sola arruga. El bordado de las mangas, cosido con hilo plateado, era especialmente llamativo.

Cuando Nicol recibió el encargo por primera vez, se imaginó al duque Evuteren vistiendo ese frac y sonrió con amargura.

La vestimenta tan llamativa y extravagante nunca fue del agrado del duque. Prefería las prendas de caballero que ofrecían una excelente movilidad y eliminaba los adornos innecesarios siempre que era posible.

Como no le gustaba la admiración y la adoración que se le dedicaban, las decoraciones ostentosas solo le molestaban.

—Tiene un aspecto bastante sencillo.

Y la prometida del duque era una mujer que no tenía en cuenta sus preferencias en lo más mínimo.

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Capítulo 3

El destino me traicionó Capítulo 3

Poco después, Kazerre logró encontrar el origen del grito.

En el interior de un callejón oscuro y apartado, un hombre se encontraba en un forcejeo con alguien que vestía una túnica y lo sujetaba del brazo.

El brazo que el hombre de aspecto desaliñado agarró con fuerza era tan delgado que cabía entero en una mano. No hacía falta mucha imaginación para entender la situación.

El hombre, visiblemente desconcertado por el repentino grito de la mujer, le gritó y vociferó incoherencias.

—Solo te pregunté si tenías algo de tiempo, ¿por qué gritas?

—¡Suéltame!

—Vamos, ¿qué hice mal?

El hombre, aunque se mostraba inquieto ante la resistencia de la mujer, no la soltó del brazo. Era un ser patético en muchos sentidos.

Kazerre se acercó sigilosamente. Como había ocultado su presencia, no lo notaron hasta que puso la mano sobre el hombro del hombre.

—Uf, ¿y ahora qué?

Irritado por el repentino peso sobre su hombro, el hombre giró la cabeza con irritación. Al ver a Kazerre mirándolo, se sobresaltó y retrocedió.

—¿Q-Qué? ¿Quién eres? ¿Q-Quién eres tú para…? ¡Argh!

El hombre gritó y soltó el brazo de la mujer, sintiendo un dolor intenso como si le estuvieran aplastando el omóplato.

—¡Aaaagh! ¡Suéltame!

El hombre retorció todo su cuerpo, forcejeando y tratando de zafarse de la mano que le agarraba el hombro.

Pero no se movió ni un ápice, como si le hubieran clavado un pilar en el hombro. Al darse cuenta de su fuerza despiadada, el miedo se reflejó lentamente en el rostro del hombre.

Para su desgracia, Kazerre estaba de espaldas al sol, así que el hombre no podía mirarlo directamente. Sin embargo, el aura intimidante que emanaba fue suficiente para amenazarlo.

—Lo siento, me equivoqué.

Encogido al máximo debido a la enorme diferencia de fuerza, el hombre finalmente se disculpó. El instinto de supervivencia se impuso al orgullo.

—Solo por esta vez, por favor, perdóname solo por esta vez. Prometo que nunca volveré a hacerlo… Por favor, ten piedad…”

Mientras el hombre suplicaba clemencia repetidamente, casi gimoteando, Kazerre recorrió su rostro aterrorizado con ojos impasibles que no mostraban ningún signo de emoción.

De todos modos, no tenía intención de entregarlo a las fuerzas de seguridad. Aquello era la capital, no el norte, y todos los soldados estaban bajo el mando directo de la familia imperial. Si armaba un escándalo, la noticia podría llegar incluso a oídos del príncipe heredero, el actual líder de la familia imperial.

Kazerre no tenía ningún deseo de disgustar al príncipe heredero. Era aún más reacio a involucrarse en la situación política de la capital.

Kazerre murmuró en voz baja a modo de advertencia al hombre que encorvaba los hombros y contenía la respiración como un ciervo ante un león.

—Me acuerdo de tu cara, así que lo mejor será no hacer ninguna tontería.

—¡Por supuesto, absolutamente!

El hombre asintió repetidamente con la cabeza, con el rostro lleno de gratitud, como si estuviera a punto de entrar en un monasterio y dedicar su vida al servicio.

Cuando la mano que le sujetaba el hombro por fin se aflojó, el hombre echó a correr inmediatamente.

Kazerre observó con desdén la figura del hombre que se alejaba a toda prisa. A juzgar por cómo huía con el rabo entre las piernas, parecía improbable que ignorara la advertencia de Kazerre.

Justo cuando Kazerre estaba a punto de darse la vuelta para regresar por donde había venido después de haber resuelto la situación de forma abrupta…

—Disculpe…

Una voz delicada captó su atención.

Kazerre se volvió hacia la mujer que estaba de pie frente a él.

Su rostro no era claramente visible, ya que llevaba la capucha muy bajada, pero el dobladillo de un vestido de colores vivos se vislumbraba tenuemente bajo la túnica gris.

—Gracias por ayudarme.

La mujer hizo una reverencia a Kazerre. El cabello color trigo que se le había escapado de debajo de la capucha se balanceaba suavemente con sus movimientos.

Su actitud serena hacía difícil creer que fuera ella quien había gritado antes.

Pero Kazerre ya había notado que la mano que sujetaba su túnica temblaba ligeramente.

«Una mujer noble vagando sola por los callejones del distrito comercial de Morbe».

Si bien la calle principal del distrito comercial de Morbe estaba repleta de tiendas espléndidas y glamurosas, el ambiente cambiaba drásticamente a tan solo unos pasos de las callejuelas.

Adivinos heréticos, intermediarios de información ilegales que operaban sin letreros, herboristerías que vendían drogas no identificadas: todo tipo de tiendas sospechosas escondidas entre sombras tan oscuras como brillantes eran los edificios, recordando la reputación del distrito comercial de Morbe de tener «nada que no se pueda conseguir».

Y ahora se encontraba a la entrada de aquellos callejones. Junto a una mujer ingenua que, erróneamente, creía que su identidad quedaba completamente oculta por una simple túnica.

Lo supiera o no, sin duda desconocía las costumbres de la capital.

—Sería mejor que en el futuro vinieras acompañada.

En lugar de indagar en su situación, Kazerre le dio un consejo apropiado y se dio la vuelta.

O, mejor dicho, intentó darse la vuelta.

—Espere un momento, por favor.

La mujer agarró apresuradamente el dobladillo de su ropa.

Kazerre bajó la mirada hacia la mano que lo detenía, y luego levantó lentamente la cabeza para encontrarse con su mirada.

Eran ojos de un verde intenso, que recordaban a un viejo árbol en el bosque. La vida vibrante y tenaz que sobrevive tanto a los días de sol abrasador como a las tormentas de nieve más violentas.

Quizás por eso. Su mirada quedó inesperadamente atrapada en esos ojos durante un largo rato. Como si hubiera sentido algo parecido al destino.

«El destino, ¿eh?»

Kazerre se burló para sus adentros.

Si el destino fuera un objeto tangible, él sería la persona que querría hacerlo pedazos en un instante.

Pero no podía hacerlo. ¿Acaso no se encontraba ya en la situación de tener que regresar, como un perro con correa, a ese «destino» incluso ahora?

Dejó de lado todos los pensamientos que le venían a la mente y le preguntó a la mujer con impasibilidad.

—¿Qué pasa?

—Ah, bueno…

La mujer, nerviosa, soltó rápidamente la ropa que había agarrado. Como si ella misma no supiera por qué lo había hecho.

Había algo en el desconcierto que mostraba la mujer, a pesar de sus esfuerzos por mantener la compostura, que hacía imposible dudar de sus buenas intenciones.

En lugar de instarla a que explicara su asunto, Kazerre esperó. Tal vez al darse cuenta de esto, la mujer, ahora mucho más tranquila, enderezó la postura y abrió la boca.

—No pude agradecerle como es debido antes, así que, si es posible, me gustaría expresarle mi gratitud formalmente. Si no es mucha insolencia, ¿podría decirme su nombre?

—¡Kazerre!

Pero la petición cuidadosamente formulada por la mujer fue interrumpida bruscamente.

Kazerre, plenamente consciente de quién era el dueño de la voz, giró la cabeza con indiferencia hacia la dirección del sonido.

Aveline estaba de pie en la entrada del callejón sin salida. Sus ojos dorados, que ardían como lava fundida, lo miraban fijamente.

Kazerre concluyó la conversación, que había sido interrumpida abruptamente por el intruso, con un leve suspiro.

—Mi compañera me está esperando, así que debo retirarme ahora.

—Ah…

—Por favor, tenga cuidado.

La mujer parecía arrepentida, pero no intentó detenerlo de nuevo.

Finalmente, mientras Kazerre permanecía a su lado, Aveline entrelazó su brazo con el de él de forma ostentosa y se dio la vuelta. No olvidó fulminar con la mirada a la mujer desconocida hasta el último momento.

—Te dije que esperaras.

Aveline alzó la vista hacia Kazerre mientras su reproche sordo se posaba sobre su cabeza.

Tenía una expresión ligeramente incrédula, como si no pudiera comprender por qué ella lo había seguido a pesar de sus instrucciones.

Por el contrario, Aveline, que rápidamente recuperó la compostura, señaló en un tono relajado con una suave sonrisa en los labios.

—Bueno, entonces no debiste haberme dejado atrás. Yo solo te seguí, así que si tenemos que buscar un culpable, ¿no es culpa tuya?

Su voz era tan segura que él sintió como si realmente hubiera cometido un grave error.

Este era otro de los malos hábitos de Aveline: trasladarle a él la responsabilidad de todos sus actos de esta manera.

—¿Ni siquiera pudiste esperar ese breve lapso de tiempo?

—Quién sabe si hubiera sido solo por poco tiempo.

—¿No es así? —preguntó Aveline, encogiéndose ligeramente de hombros.

Kazerre ni siquiera pudo suspirar.

Cada vez que ella mostraba ese nivel de obsesión, él era plenamente consciente de lo incomprensibles que eran el uno para el otro.

A veces, esa brecha le resultaba asfixiante, como si lo estuviera ahogando.

Pero entablar una discusión replicando a sus palabras solo prolongaría esa sensación asfixiante. Del mismo modo, intentar comprenderla solo lo haría más consciente de la insalvable distancia que los separaba.

Cuando Kazerre, habiendo perdido las ganas de discutir, cerró la boca y estaba a punto de apartar la mirada, se detuvo de repente como si algo le hubiera llamado la atención.

—¿Por qué te detuviste?

Aveline lo empujó bruscamente, aparentemente reprochándole a Kazerre que evitara descaradamente su mirada. Mientras tanto, lo sujetaba firmemente por el puño de la manga para impedir que se alejara de ella de nuevo.

Sin embargo, Kazerre, como si no pudiera oír nada, fijó su mirada en sus pies y preguntó de repente.

—¿Están bien tus pies?

—¿Qué?

—Debió de haber sido una distancia considerable hasta aquí.

Kazerre preguntó, frunciendo ligeramente el ceño, tratando de ver a través de sus zapatos ornamentados.

Los callejones del distrito comercial de Morbe no estaban bien pavimentados, con muchos baches y zonas donde los pies se hundían. Era un camino accidentado para una dama noble y refinada que solo había caminado sobre impecables suelos de mármol.

Además, Aveline tenía la piel sensible y le salían ampollas con facilidad si se esforzaba demasiado, aunque fuera un poco.

Y había caminado apresuradamente para alcanzarlo, así que es posible que tuviera ampollas en esos piececitos.

El rostro de Kazerre era bastante serio.

Aveline no pudo responder de inmediato y movió los labios con torpeza antes de volver a cerrarlos.

El filo afilado que había afilado, lista para replicar a cualquier cosa que él pudiera decir, ahora se había marchitado como una hoja caída.

En lugar de volver a hablar, bajó la cabeza siguiendo su mirada.

—…Está bien. —Aveline murmuró en voz baja, encogiéndose sobre sí misma.

Kazerre se quedó mirando por un instante el cabello de Aveline, que bajo la luz del atardecer adquiría un intenso color albaricoque. Como ella tenía la cabeza gacha, no pudo ver qué expresión tenía.

Soltó un pequeño suspiro y respondió al mismo tiempo.

—Entonces eso es bueno.

Kazerre aceptó su respuesta sin problema.

Después de todo, ella no era el tipo de mujer que ocultaría una herida existente. Lo contrario podría ser una historia diferente.

Como si nunca se hubiera preocupado, Kazerre disimuló hábilmente su interés y reanudó la marcha. Su andar seguía siendo el de un paso rígido y caballeresco.

Sin embargo, su ritmo era notablemente más lento que antes.

Siguiendo su ancha espalda que ya no se giraba, Aveline se aferró con fuerza al dobladillo de su ropa, poniendo toda su fuerza en las yemas de los dedos.

Era una dulzura a la que nunca quiso renunciar.

 

Athena: Oooh, se masca la tragedia. Seguramente esa muchacha sea la nueva elegida.

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Capítulo 2

El destino me traicionó Capítulo 2

Su voz, excesivamente baja, era tan fría como una ventisca que sopla desde un campo nevado. Su rostro, que rara vez mostraba expresión, también estaba sumido en la frialdad.

—¿Qué?

Aveline respondió con indiferencia, como si no supiera de qué hablaba. Su expresión, tan dulce como la luz del sol de principios de primavera, permaneció inalterable.

—No finjas que no lo sabes.

Kazerre lo señaló con brusquedad.

Era una voz tan fría que costaba creer que le estuviera hablando a su amada, pero Aveline simplemente se encogió de hombros levemente.

—Después de mucho tiempo, salí de compras para mí misma. Oí que varios grupos de comerciantes importantes habían venido para la celebración del cumpleaños de Su Alteza el príncipe heredero. Y entonces, casualmente, me encontré con la vizcondesa Olang, que había estado allí primero.

—¿Te pasó?

Kazerre chasqueó la lengua brevemente. Ni siquiera pudo reírse de la excusa de que ella ni siquiera intentó ser creíble.

Ya era incontable la cantidad de veces que Aveline lo había utilizado para humillar a las mujeres.

Las razones eran diversas y triviales. Incluso el simple hecho de mirarlo a los ojos o rozar su ropa era motivo suficiente para que Aveline encontrara algún defecto.

¿Y qué hay de Lady Olang, a quien Aveline finalmente había hecho llorar hoy? Kazerre ni siquiera sabía su nombre con exactitud.

Sin embargo, ella se había granjeado injustamente la ira de Aveline y había sufrido una humillación.

Kazerre, que conocía bien los métodos de Aveline, había hecho todo lo posible por evitar ese tipo de situaciones.

La mayoría de las invitaciones sociales que recibía servían para calentar la chimenea en lugar de leña, y cuando tenía que asistir a fiestas inevitables, acompañaba a Aveline y solo bailaba con ella. Incluso entonces, hacía todo lo posible por no responder a las invitaciones de Aveline.

Sin embargo, siguieron apareciendo corderos para el sacrificio en lugares que Kazerre desconocía.

Además, por mucho que Kazerre conociera los métodos de Aveline, ella también sabía cómo manipular a Kazerre.

—Un mensaje de Lady Croeta.

—Lo escucharé más tarde.

—Pero si no viene ahora mismo, amenaza con impedir que la joyería Luna Roja vuelva a invertir en las minas del norte…

La joyería Luna Roja llevaba mucho tiempo invirtiendo en las zonas mineras del norte. Su dueño, Theo, tenía el pequeño defecto de ser un charlatán, como buen comerciante, pero gracias a sus contactos, varios grupos mercantiles habían llegado al norte.

El norte ocupaba un tercio de la superficie total del continente, pero era una tierra árida cubierta de nieve durante todo el año.

Afortunadamente, no era una zona de extrema pobreza gracias a varias minas, incluidas minas de zafiros, dispersas por todo el territorio, pero la supervivencia misma sería difícil si no pudieran vender piedras y minerales en bruto para adquirir bienes.

Así pues, su amenaza, de utilizar como rehenes a los grupos de comerciantes que comerciaban activamente con el norte, fue lo suficientemente efectiva como para provocarle un quebradero de cabeza a Kazerre, que reinaba como amo del norte.

Al final, Kazerre no tuvo más remedio que buscar a Aveline. Resultaba bastante deprimente verse actuando según sus intenciones, incluso previendo un futuro en el que ella lo manipularía.

Sin embargo, lo que más le preocupaba era el sombrío futuro en el que esta situación se repetiría como en una rueda de hámster.

—Sí. Me pasó.

Aquella mujer, capaz de sonreír descaradamente mientras destrozaba la sinceridad de alguien y fingía no saber, era la protagonista de la profecía elegida por Dios y su compañera predestinada.

Todo comenzó con una leyenda transmitida desde el principio de los tiempos.

Hace mil años, la Tribu de la Luz, que gobernaba el mundo, estaba inmersa en una ardua guerra contra la Tribu de la Oscuridad que se les oponía.

Incapaz de soportar la prolongada guerra, Dios envió a Dione como su representante para liderar la Tribu de la Luz, y ella, junto con su caballero y amante Hyperion, llamado el Guardián de la Luz, finalmente provocó el punto de inflexión en la guerra.

Sin embargo, en la batalla final, Hyperion perdió la vida a manos de Serpina, su archienemiga, mientras intentaba proteger a Dione.

Mientras la desesperada Dione abrazaba el cuerpo de Hyperion y lloraba amargamente, Dios mismo descendió, lamentándose con su representante, e hizo una promesa.

Esa era la profecía: que cuando sus almas se encontraran y se unieran de nuevo, la bendición de Dios llegaría a esta tierra.

Pero, lamentablemente, el futuro que Dios prometió era un tiempo imposiblemente lejano para los simples mortales.

Cuando Dione, cuya esperanza de vida había llegado a su fin, también exhaló su último aliento, la Tribu de la Luz cayó rápidamente en la ruina, y varios reinos aparecieron y desaparecieron repetidamente en la tierra que habían abandonado.

Mientras tanto, la sagrada profecía apenas sobrevivió, transmitiéndose únicamente a través de las bocas de los juglares como un poema de amor romántico y trágico.

Pero ahora, más de mil años después, una nueva profecía descendió repentinamente. La palabra de Dios vino a cumplir la promesa olvidada del pasado lejano.

«El primer poseedor del antiguo pacto, que duerme en la sangre que corre sobre el campo nevado, pronto despertará.

El alma atraída por ese llamado también estará esperando donde se pone la undécima luz, y cumplirá la promesa debida.»

Diez meses después, Kazerre nació en la Casa de Evuteren, que reinaba sobre el norte cubierto de nieve.

El futuro duque de Evuteren y nuevo señor del norte, el alma noble elegida por Dios, el primer poseedor del antiguo pacto, la reencarnación de Hyperion, el Guardián de la Luz.

Tras presenciar el milagro, el templo se dispuso de inmediato a encontrar la reencarnación de Dione. Como resultado, se desarrolló la ridícula escena de sacerdotes observando el cielo nocturno a diario, acompañados por astrónomos.

Luego, al año siguiente, la undécima estrella más brillante finalmente se extinguió.

El templo envió caballeros sagrados a las Montañas Doradas del este, donde se habían puesto las estrellas. Tras registrar minuciosamente las aldeas circundantes, encontraron a dos niñas recién nacidas.

Diez años después, una de las niñas despertó su poder sagrado y finalmente fue elegida como la protagonista de la profecía.

Es decir, la misma mujer que ahora yacía tranquilamente y sonreía inocentemente frente a él.

—Aveline Croeta.

Kazerre la llamó por su nombre con una voz aún más grave.

Lo que denotaba su voz baja no era ni acusación ni disgusto hacia ella. Era simplemente un cansancio intenso.

Si había alguien capaz de agotar a Kazerre Evuteren, conocido como el Duque de Sangre de Hierro, esa era solo Aveline Croeta.

Su destino, entrelazado en nombre de Dios, los hizo inseparables.

Cada vez que Kazerre recordaba este hecho, se sentía mareado.

Era difícil creer que Aveline hubiera sido elegida por Dios, o que él la hubiera amado lo suficiente en su vida pasada como para conmover incluso a Dios, pero, sobre todo, el hecho de que tuviera que pasar el resto de su vida con ella era abrumador.

—Llama a tu prometida con más suavidad, Kazerre. Si hablas con una voz tan aterradora, parece que he hecho algo malo.

Su tono, que había sido suave y amonestador como si regañara a una niña, se volvió más frío hacia el final. Los ojos dorados de Aveline, que habían sido brillantes y frescos como un limón recién maduro, se llenaron rápidamente de veneno.

Fue un cambio tan drástico que resultaba difícil imaginarla sonriendo dulcemente y hablando con voz suave apenas unos instantes antes.

—La que se equivocó fue esa mujer estúpida que te admiraba sin saber cuál era su lugar.

Aveline sabía que la mirada de Lady Olang había estado fija en Kazerre durante todo el último baile. Todos los presentes habrían comprendido la emoción que se reflejaba en esa mirada.

Se atrevió a albergar sentimientos por su hombre. Eso, por sí solo, ya era suficiente para molestar a Aveline, pero Kazerre no dejaba de criticarla.

Ese siempre fue el problema con él. Su fría razón, que desestimaba todas sus acciones como «meras», siempre la hacía insoportable.

—¿O será que realmente te gusta esa mujer? ¿Quizás te preocupa que haya podido resultar herida?

La voz de Aveline era fiera, como si lo que decía fuera un hecho consumado. Al mismo tiempo, la fina frente de Kazerre se frunció de nuevo.

Era una acusación ridícula.

Aveline lo acusaba con la feroz certeza de una esposa que había sorprendido a su marido en pleno acto de infidelidad, pero en realidad, sabía que no podía ser cierto.

Porque eran amantes predestinados, elegidos por Dios, ¡por Dios!

Quizás porque estaba convencida de que él le pertenecía. Aveline solía poner a prueba los límites de Kazerre de esta manera.

Su actitud obsesiva de acosar a las mujeres que tan solo lo miraban, hasta el punto de que no podían ni caminar con los ojos abiertos, incluso antes de ser presentadas formalmente, parecía casi desesperada.

—Ya basta. Sabes que esas acusaciones no me afectan.

En lugar de alimentar su acritud, Kazerre zanjó la discusión con un tono indiferente. Ya había aprendido por experiencia que de nada bueno se derivaba de entablar demasiadas conversaciones.

Se produjo un momento de silencio cuando la conversación se interrumpió abruptamente.

Aveline, que había permanecido de pie, desconcertada como un soldado que observa a un enemigo rendirse prematuramente, finalmente levantó una comisura de los labios y esbozó una mueca de desprecio.

—Por supuesto. Lo sé perfectamente. ¿Quién más que yo sabría lo insensible que es Kazerre Evuteren? De lo contrario, esto no podría estar pasando. Fue esa mujer la que me gritó y me tiró el abanico, y, aun así, hasta el final, esa bruja…

—Debes haberla obligado a hacerlo. —Kazerre, incapaz de soportarlo más, refutó fríamente.

Su sereno comentario, desprovisto de cualquier sentimiento personal, era tan directo como hacer lo correcto. A juzgar por su actitud, se parecía más a reprender a un subordinado que había violado la ley militar que a dirigirse a su prometida.

Ante esa rectitud insensible, Aveline se quedó sin palabras y solo se mordió el labio.

Comparada con Kazerre, que no mostraba la menor vacilación, sus ojos temblaban ligeramente. Sus labios, que habían sido de un suave color escarlata, se tiñeron rápidamente de un rojo intenso al mordérselos con tanta fuerza.

—Siempre…

Aveline, que estaba a punto de decir algo, cerró la boca de repente y giró la cabeza bruscamente.

Incluso esa actitud tan severa parecía tan delicada como la de una mujer que soporta el dolor en soledad, y ahí radicaba el poder de la presencia de Aveline.

Pero Kazerre no sintió ninguna emoción.

Tampoco le interesaban las palabras que ella dejaba sin terminar. Probablemente, al final, solo se trataría de una queja sin fundamento.

Ya había tenido demasiadas experiencias para conocer la clase de persona que era Aveline como para prestar atención a cada una de sus palabras.

Aveline Croeta, despiadada e insensible, escupía veneno sin dudarlo y, aun así, sonreía con descaro. Ese temperamento áspero solo se satisfacía cuando todo lo que la irritaba se rendía a sus pies.

—Suficiente.

Aveline se zafó de Kazerre y le dio la espalda. Y comenzó a caminar en dirección contraria a donde estaba el carruaje.

El sendero oscuro y estrecho que discurría entre los edificios conducía al callejón trasero.

En lugar de detenerla, Kazerre se quedó quieto y observó cómo se alejaba. Su postura firme era decidida, como si no fuera a moverse ni un paso de allí.

Sin embargo…

A diferencia de Aveline, que nunca miró hacia atrás, la mirada de Kazerre no podía apartarse de ella.

Era una dama noble que siempre había llevado sus pies envueltos en suave seda. ¿Hasta dónde podría llegar sola, sin un carruaje?

Aunque era evidente, Aveline siempre actuaba con esa terquedad. Como si estuviera poniendo a prueba quién se rendiría primero.

Y Kazerre ya sabía quién sería el ganador de este tedioso partido.

—Aveline.

Kazerre, dejando escapar un leve suspiro, la llamó y lo siguió. Forzando sus pesados pasos que parecían reacios a separarse del suelo, y reprimiendo habitualmente los suspiros que intentaban escaparse.

Quizás sea por eso. La razón por la que Aveline sigue pisoteando sin piedad a la gente con sus pequeños pies calzados con zapatos y poniendo a prueba los límites de Kazerre.

Porque sabía que él acabaría cediendo.

Hacía tiempo que pensaba que no debía seguir complaciendo los caprichos de Aveline. Sin embargo, Kazerre terminaba cediendo ante ella. Como ahora.

—Espera, Aveline.

Aveline siguió caminando con paso firme, fingiendo no oír nada.

Pero un hombre como él podría alcanzar fácilmente sus pequeños pasos con tan solo unas pocas zancadas.

¿Habría sido mejor si se hubiera ido a algún lugar donde él no pudiera atraparla?

Sin embargo, como si lo hubiera calculado de antemano, Aveline nunca se apartaba de su vista. Siempre estaba a una distancia que le permitía alcanzarla en cualquier momento. Hasta el punto de que resultaba un tanto lamentable.

Finalmente, Kazerre, que rápidamente adelantó a Aveline, la agarró suavemente del brazo izquierdo.

Aveline pronto dejó de caminar. Aunque su mirada seguía evitándolo obstinadamente, no le soltó la mano.

—Vamos al carruaje. Primero, sentémonos y…

Justo cuando Kazerre intentaba persuadirla con un tono de voz deliberadamente suave.

—¡Kyaa!

Un grito agudo de mujer, que sonaba como si la estuvieran desgarrando, provenía de algún lugar.

La expresión de Kazerre se tornó sombría al instante, pues instintivamente presentía una situación ominosa. Giró la cabeza rápidamente y escudriñó la dirección del sonido con mirada feroz.

—Espera aquí.

—¡Espera, Kazerre!

Kazerre, sin siquiera volver la mirada hacia Aveline, soltó la mano que la sostenía y salió corriendo.

Aveline observó aturdida cómo su figura se alejaba de ella.

Una brisa fresca recorrió la palma vacía de su mano.

 

Athena: Ains, la hostia de realidad va a ser grande, Aveline. Así no se hacen las cosas.

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Capítulo 1

El destino me traicionó Capítulo 1

Amantes predestinados

En un caluroso día de principios de verano.

El distrito comercial de Morbe, que se dice que ha visto todo el oro y los tesoros del continente al menos una vez, estaba hoy repleto de gente que se había congregado allí procedente de diversos lugares.

Desde artículos de lujo tan deslumbrantes que hacían girar los ojos hasta baratijas extranjeras de propósito desconocido, abundaban por doquier cosas que cautivaban la atención de los espectadores.

Sin embargo, a pesar de las ambiciosas intenciones de los comerciantes, las miradas de los transeúntes en la zona comercial estaban fijas una y otra vez en una sola persona.

—Guau…

De algún lugar surgió una exclamación cercana a la admiración.

Si la palabra "encantadora" se transformara en una persona, ¿sería así?

Su cabello rosa pálido, como un delicado pétalo de flor a punto de florecer, se mecía suavemente con cada pequeño paso, y sus ojos amarillos brillaban intensamente como limones maduros.

Su rostro, de un blanco puro y sereno, que parecía capaz de desprender polvo de estrellas al tocarlo, era tan inocente y delicado que uno podría jurar de inmediato dedicar su vida a protegerla.

—¿Quién demonios es?

—Ya sabes, Aveline Croeta.

—¿Ah, la amante predestinada mencionado en la profecía?

Aveline movía los pies con paso firme y sin inmutarse, incluso en medio de los susurros a su alrededor.

Las miradas fulminantes o los chismes maliciosos que se extendían a sus espaldas eran las humillaciones habituales que sufría cualquier persona en el ojo público, por lo que, para ella, era casi una reacción cotidiana.

Finalmente, Aveline se detuvo frente a un edificio espléndido y asintió levemente. El portero, que la había reconocido hacía rato, le abrió la puerta con cortesía.

Al entrar, la recibieron joyas que centelleaban sin cesar como estrellas en el cielo nocturno. Como correspondía a la joyería más representativa del distrito comercial de Morbe, se exhibían en abundancia diversas gemas de colores.

En ese momento, un empleado que vio a Aveline salió corriendo sorprendido.

—¡Lady Croeta! ¿Cómo es posible que a estas horas…?

—Simplemente llegó el momento.

El rostro del hombre palideció sin rastro de sangre. Contrastaba enormemente con los hombres que había visto antes en la calle, quienes no podían apartar la vista de ella y se sonrojaban.

Pero para Aveline, esta también era una reacción con la que ya estaba cansada de estar familiarizada.

Ella ignoró con calma la expresión aparentemente nerviosa del hombre y añadió tranquilamente:

—¿Qué estás haciendo? Date prisa y guíame adentro.

—Ah, eso es porque el Maestro Theo está reunido en este momento con un huésped que hizo una reserva con anticipación…

—¿Y entonces?

—¿S-Sí?

Por un momento, el hombre, estúpidamente, le devolvió la pregunta.

Era un excelente dependiente, reconocido por Theo, el dueño de la joyería Luna Roja, capaz de atender directamente a los invitados de la nobleza, pero delante de Aveline siempre se mostraba torpe, como un empleado recién contratado.

—¿Entonces, me estás diciendo que dé la vuelta ahora?

Pero no podía evitarlo. Por mucho tiempo que pasara, no lograba acostumbrarse a la discrepancia entre su voz suave y temblorosa y su mirada gélida que helaba la sangre.

—¡Ah, no! ¡Por aquí, por favor!

Finalmente, el hombre, recobrando la consciencia un instante tarde como de costumbre, condujo apresuradamente a Aveline a una sala de recepción privada.

Quizás debido a que habían enviado a un empleado con antelación para dar aviso, el interior de la sala de recepción estaba algo ruidoso.

Pero Aveline intervino con elegancia, sin prestar atención. Era la serenidad de una mujer que siempre causaba revuelo allá donde iba.

—Oh, Dios mío.

Una pequeña exclamación escapó de sus labios rosados. Todas las miradas en la sala de recepción se dirigieron a ella al instante.

—Veo que había un invitado.

Aveline continuó con rostro inocente, como si no lo supiera.

Su voz era tan frágil y suave como el plumón de un pajarito, pero, por el contrario, el ambiente se tensó rápidamente.

—Lady Croeta.

Un hombre regordete, con anillos y pulseras en ambas manos, corrió apresuradamente hacia ella. Era Theo, el dueño de la joyería.

—¿Cómo es posible que en este momento…?

—¿De verdad necesito explicarlo?

Aveline preguntó con una leve sonrisa en los ojos. La barbilla alzada con arrogancia y la mirada suavemente curvada creaban una disonancia sorprendente.

—Ah, no, en absoluto.

La decepción ensombreció el rostro de Theo mientras lo negaba apresuradamente.

Tras haber vivido toda su vida en el distrito comercial de Morbe, podía lidiar con los caprichos de las damas con los ojos cerrados, pero la historia era diferente cuando se trataba de Aveline Croeta.

—Primero necesito sentarme.

—¿Disculpe?

—Me duelen un poco las piernas de haber estado de pie tanto tiempo.

—Bueno, eso…

Theo miró con nerviosismo a su clienta actual, Lady Olang, en quien se había estado concentrando.

La única silla para invitados que había allí era el sofá de terciopelo en el que ella estaba sentada.

—Ah…

Lady Olang, que había mantenido su posición incómodamente debido a la repentina intrusión de Aveline, soltó una risa sin alegría ante la mirada de Theo. Entonces, finalmente, se puso de pie, miró fijamente a Aveline y señaló.

—Señorita Croeta, ¿no está siendo demasiado grosera?

Los labios de Lady Olang, rígidos como si hubiera sufrido la mayor humillación, temblaron ligeramente.

Theo, atrapado entre las dos, cerró los ojos con fuerza, anticipando la catástrofe inminente. Si hubiera podido, habría deseado mantenerlos cerrados para siempre.

—¡Ay, Dios mío, Lady Olang!

Aveline giró ligeramente la cabeza y miró a Lady Olang con ojos inocentes, como si no supiera que estaba allí.

—¿Qué acaba de decir?

—Le dije que estaba siendo muy grosera. Sea cual sea el asunto que tenga, ¿no sería correcto esperar a que yo termine?

—Ay, Dios mío, supongo que me precipité un poco. —Aveline añadió en un tono suave, como si admitiera su error—. Debería haber esperado al menos hasta que la sacaran de aquí.

—¿Q-Qué dijo?

El rostro de Lady Olang se puso rojo y azul como el de un caballero que ha perdido su honor.

Por el contrario, Aveline permaneció tranquila. Esta diferencia de temperatura avivó aún más la ira de Lady Olang.

Aveline Croeta siempre fue ese tipo de mujer. Con un rostro tan inocente que resultaba detestable, pero cada palabra que salía de esos bonitos labios estaba cargada de veneno y erizada de espinas.

Sabiendo esto, Lady Olang seguía pendiente de cada palabra que pronunciaba, como si estuviera atrapada en una trampa de la que no podía escapar.

—No puedo creer que alguien pueda ser tan inculto. Sin duda, se nota cuando uno no ha recibido una educación adecuada en casa. Tiene muchísima suerte de haber recibido la profecía. Si no se hubiera aferrado como una sanguijuela a la Casa de Evuteren, ¿acaso merecería semejante trato? Bueno, viendo que aún no conoce su lugar, supongo que a los de baja cuna no se les puede hacer nada.

Lady Olang criticó a Aveline punto por punto sin siquiera tomar aliento. Aunque su voz se agitó ligeramente hacia el final, su torrente de críticas fluyó con naturalidad, como si se tratara de una idea largamente meditada.

Sin embargo, el rostro de Aveline permaneció impasible, sin mostrar la menor señal de asombro. En cambio, Theo, que estaba de pie torpemente a su lado, parecía estar siendo estrangulado.

—La señorita Olang tiene razón.

—Qué…

Cuando Aveline no solo no refutó, sino que incluso asintió con una suave sonrisa, el ímpetu de Lady Olang flaqueó por un momento.

Según la experiencia de Lady Olang hasta el momento, esa mujer era la más aterradora cuando ponía esa expresión.

—¿No es una verdadera suerte? Gracias a eso, por mucho que admires al duque Evuteren, el día en que tu vana fantasía se haga realidad nunca llegará.

—¿Q-Qué está diciendo?

—Te doy el consejo obvio de que no debes codiciar al hombre de otra. Parece que ni siquiera alguien que recibió mejor educación en casa que yo entiende estos principios. Ah, ahora que lo pienso, ¿he oído que Lady Olang también es bastante hábil para robar hombres?

La tez de Lady Olang se tornó repentinamente azul pálida.

En cambio, Aveline era simplemente hermosa y serena, casi creando la ilusión de que estaba elogiando a Lady Olang en lugar de atacarla con palabras.

—Quizás recibiste una educación en casa demasiado buena. De hecho, es evidente que eres diferente de alguien sin raíces como yo.

—Eso…

Los ojos de Lady Olang temblaron ante la continua y serena crítica.

La atrocidad de la vizcondesa Olang, quien se enamoró de un plebeyo joven de la edad de su hija e intentó asesinar a su esposa, era una historia que se mantenía en secreto incluso en su ciudad natal.

«¡¿Cómo sabe eso esa mujer?!»

No solo se reveló el preciado secreto que había guardado, sino que incluso se removió la vergüenza de su familia.

Y no se trataba de una cualquiera, sino de Aveline Croeta, su némesis. La mujer insoportable que monopolizó a aquel hombre guapo al que tuvo que renunciar en cuanto se dio cuenta de que era su primer amor.

Finalmente, incapaz de contener su ira, Lady Olang arrojó el abanico que sostenía a los pies de Aveline.

—¿Por qué alguien como tú está al lado del duque? ¡Yo podría hacer mucho más por él que alguien como tú!

Su profundo resentimiento resonó con fuerza en la sala de recepción.

Todos estaban desconcertados, incapaces de reaccionar ante la situación que se había agravado tan drásticamente en un instante. Theo ahora debía preocuparse por el futuro de su tienda, en lugar de solo por el de un cliente más.

Solo Aveline, la misma persona que había echado leña al fuego y avivado la ira, continuó observando a Lady Olang con tranquilidad.

—…Disculpe.

En ese instante, una voz tranquila y baja rompió al instante la tensa atmósfera.

La atención de todos se centró inmediatamente en el nuevo visitante.

—¡D-Duque Evuteren!

Theo y los empleados hicieron una profunda reverencia, sorprendidos por la repentina aparición del duque. El salón de recepción quedó sumido en un silencioso revuelo.

Aquellos que habían logrado controlar sus labios, pero no sus ojos, le lanzaron miradas furtivas sin temor.

Desde su suave cabello negro como una perla negra hasta las puntas de sus pies que sostenían firmemente su robusto cuerpo, era un hombre tan hermoso que era inevitable que las miradas se posaran en él incluso en esa situación.

Pero, lamentablemente, el rostro que se decía había sido moldeado por el mismo Dios permaneció inmutable, y los ojos color amatista, alabados como joyas otorgadas por Dios, simplemente estaban desolados e inexpresivos.

Con la mirada serena y firme, el hombre encontró a Aveline por primera vez.

Justo cuando algo estaba a punto de llenar esos ojos inexpresivos, Aveline abrió la boca como si hubiera estado esperando.

—Viniste a recogerme, mi amado Kazerre.

Aveline se acercó a él con la ligereza de una mariposa y entrelazó sus brazos con los suyos. Eran una pareja tan dulce y cariñosa que era imposible sentir envidia.

«Amantes predestinados, unidos directamente por Dios».

Como correspondía a ese título sagrado, la visión de ambos de pie uno junto al otro era tan hermosa como una bendición. Si alguien se atrevía a negar la existencia de Dios, estos dos podían presentarse como prueba.

—¿Cuándo…?

Lady Olang, que se había quedado paralizada desde su aparición, murmuró con voz temblorosa.

Aveline contempló con calma la lamentable imagen de su rival.

Lady Olang los miraba fijamente con la mirada perdida, sus pálidos puños temblaban. Cuando sus miradas se cruzaron, sus ojos inyectados en sangre se agitaron incontrolablemente.

Fue el momento en que el sencillo sueño de una joven que solo quería mostrar su mejor lado al hombre que admiraba se desvaneció como una burbuja.

—…Bien.

Aveline giró suavemente la cabeza hacia Theo, atrayendo su atención. Una dulce y satisfecha sonrisa, como si acabara de saborear un delicioso postre, iluminó su rostro terso y bello.

—Creo que optaremos por rubíes en lugar de zafiros como regalo de compromiso.

—¿S-Sí?

—Creo que el rojo me sienta mejor después de todo. ¿No lo crees?

Mientras Aveline preguntaba con una sonrisa, la visión de Theo se nubló.

Fue entonces cuando los zafiros Pritten que había comprado a precio de oro se convirtieron en un mal negocio con tan solo una palabra de ella. Theo sintió un nudo en la garganta al calcular el enorme déficit.

La joyería Luna Roja, que había rebosado de la vitalidad propia del principio del verano, ahora se sumía en la tristeza como si se estuviera celebrando un funeral.

Solo Aveline se giró para mirar a Kazerre con semblante fresco, una vez concluido su asunto.

—Volvamos ahora, Kazerre.

Ella lo atrajo hacia sí, ejerciendo fuerza en el brazo que había entrelazado con el suyo. El hombre, que había permanecido rígido como si no fuera a moverse ni un ápice, fue guiado inesperadamente por su delicado toque sin apenas oponer resistencia.

Al cruzar la puerta y salir al pasillo, pronto se oyeron sollozos a sus espaldas. El llanto, que comenzó siendo leve, se hizo más fuerte con la creciente tristeza.

Aveline siguió caminando sin detenerse, con el rostro satisfecho, como si cantara una bendición para su futuro. Sus pasos eran tan ligeros y alegres como los de una niña en un picnic primaveral.

Los dos salieron de la tienda y tomaron el atajo que conducía al lugar donde estaba estacionado su carruaje. El camino era relativamente tranquilo, ya que se trataba de una calle lateral especialmente acondicionada para evitar el bullicio de la calle principal.

¿Cuánto más caminaron así?

Finalmente, cuando no había nadie más alrededor, Kazerre, que la había estado siguiendo obedientemente, se detuvo de repente.

—¿De qué se trata esto?

 

Athena: Uuuuuh. Esta prota es mala. Y se va a dar un hostión cuando la vida le ponga todo del revés. ¿Veremos mujer que tiene que redimirse o un camino hacia la villanía más absoluta y su destrucción? Tengo curiosidad.

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